viernes, enero 19, 2007

Un poco de respeto

Uno de los defectos que nos visten a los seres humanos es hablar con desparpajo de lo que desconocemos. Las personas desconocen, en general, la Historia. Y los teóricos de la sociología suelen decir que los políticos no son sino personas corrientes y molientes; que tendemos a votar a quien es, un poco, como nosotros mismos.

Por eso mismo, la ignorancia histórica suele ser bastante habitual entre los políticos. No me refiero exactamente a la visión sectaria, porque una visión sectaria puede ser una visión razonablemente culta y, por lo tanto, respetable. Quien, después de haberse estudiado la vida y campañas militares de Reckiario, quiera ver en él a un germen del galleguismo, está en su derecho. Lo que ya es menos respetable es el tipo que repite lo mismo como un loro sin saber decir ni en qué siglo vivió Reckiario.

A los políticos les gusta mucho tirar de la Historia y de los personajes históricos para atacar. Uno lo ha hecho en España hace muy pocas horas, al calificar una iniciativa de bloqueo parlamentario como estalinista. A mi modo de ver, este simple calificativo descalifica a quien lo hace. Vale que mancomunarse, no ya para votar que no una propuesta parlamentaria sino para que dicha propuesta no llegue a votarse, está un poco feo. Pero Stalin, de haberse encontrado en esa situación, no habría bloqueado nada. Stalin se las habría arreglado para que el partidario de las proposiciones parlamentarias falleciese en un extraño atentado (y si no, que se lo pregunten al fantasma de Kirov); o habría acusado a sus partidarios de traicionar al Estado, los habría metido en Alcalá-Meco y los habría sometido a interminables torturas hasta que ellos mismos, cambio de que los matasen de una vez, confesaran, por supuesto, su traición al Estado, el asesinato de Kennedy y hasta su implicación en el de Viriato. Y, si no, que se lo pregunten a los fantasmas de Kamenev y Zinoviev, por citar sólo dos casos de entre unos cuantos millones.

Caso de que el implicado huyese de España acojonado, hasta la otra punta del mundo lo perseguiría Stalin para cargárselo de un golpe de pico en medio de la cabeza.

Lo más lamentable es que el soplamocos no es ni casual ni único. Sorprende la identificación estalinista por parte de un político que ha tenido un líder, José María Aznar, al que no pocos hombrecitos y mujercitas del mundo de la opinión, la política y esas cosas, gustaban de comparar (o sea, «es igual que») con Hitler. No sabía yo que el gobierno del PP habría resuelto el problema de los enfermos siquiátricos graves y las personas con discapacidad mental gaseándolos como a los judíos y los gitanos. O las comparaciones hoy tan de moda con Videla, ese señor que mató ilegalmente a 90.000 personas.

En términos generales, las comparaciones con personas que simbolizan algo suelen ser para partirse de risa. Por ejemplo, no pocas veces he leído y escuchado a críticos de cine decir que el humor de los Marx Brothers era kafkiano. ¿Ein? Llevo treinta años buscando el vínculo secreto entre El proceso y la parte contratante de la primera parte, que será considerada como la parte contratante de la primera parte.

Lo de los políticos, sin embargo, suele doler. En su afán por buscar la manera de denigrar al contrario lo más posible, sacan del zurrón la imagen de los peores fetos que ha parido su oficio, y los orean con un desparpajo que indica, a todas luces, el escaso conocimiento que tienen de aquello que blanden. Felipe González llamó una vez a los periodistas gusanos goebbelsianos; en algunos países del mundo, llamarle a alguien goebbelsiano es delito; y con razón.

Pues no. A dios gracias, el mero hecho de que alguien pueda llamar a alguien estalinista es la mejor demostración de que no lo es. A dios gracias, el hecho de que alguien pueda decir de alguien que es igual que Hitler desmiente la propia afirmación. Y hay que tener un respeto por las cosas, porque hay personas, notablemente las más jóvenes, que por estar aún en formación, por pasotismo o por miles de razones, y sobre todo porque afortunadamente para ellos no han podido vivir tiempos sin libertad, no saben de qué se está hablando, y hacen identificaciones falsas.

A estas alturas de la vida, ya me he acostumbrado a la idea de que los tiempos de Castelar, los días en los que un diputado en Cortes citaba a Tácito de memoria y sin papeles, se han ido. Pero, a pesar de eso, un poquito de respeto con la Historia, señores. Que se empieza por no respetar al pasado y se acaba por no respetar a la inteligencia.