viernes, noviembre 05, 2010
Lectura electrónica
Vaya por delante que mi experiencia como consumidor es bastante negativa. A principios de octubre, por mi cumpleaños, mi costilla me compró un lector de libros electrónicos. El último modelo de El Corte Inglés. Conseguí conectarlo a mi wi-fi pero jamás conseguí darlo de alta en una cosa que se llama Adobe-no-sé-qué, y que era imprescindible para poder bajarme libros sin conectarme a ningún ordenador ni leches. Por alguna razón que no supe explicarme, la máquina no ingresaba la contraseña correcta. El servicio de atención al cliente de El Corte Inglés tampoco fue capaz de averiguar la causa. Ignoro si era un problema de mi aparato o de toda la gama. Lo devolví (ventajas del emporio Areces; con otros eso no puedes ni soñarlo).
Con la tarjeta-regalo que me dieron me compré otro lector. De Samsung. Éste daba un problema aún más estúpido. La ventana para ingresar la contraseda de wi-fi tenía 9 espacios; la contraseña de Movistar tiene 12. Llamé a la atención al cliente. Me dijeron que el producto era muy nuevo y que hablarían con los ingenieros; que al día siguiente me llamarían. Al día siguiente, como no me llamaban, llamé yo. Me dijeron que la persona que me había atendido se había puesto enferma. Debe de ser un tifus jodido, porque ha pasado un mes, y sigo sin saber de ellos. También devolví el lector.
Mi experiencia personal, por lo tanto, es clara: esto de los lectores electrónicos todavía tiene que avanzar mucho. Los que hay son un poco, algunos bastante, caros para lo que hacen. Yo mismo, sin ir más lejos, he renunciado a la lectura electrónica, al menos de momento. Pero, tratándose de tecnología, ¿quién duda de que en cuatro o cinco años valdrán 150 euros y darán saltos mortales?
Como autor, ya la cosa cambia. Aquí sí que me indigno. Los grandes autores, con nombre y campanillas y bla, van por ahí diciendo que los lectores no han hecho otra cosa que multiplicar las descargas y joder el negocio. Pero eso lo hacen, primero que nada, porque se creen que el mundo de los creadores son ellos, los que ganan premios, van a la radio a opinar absolutamente de todo y, de vez en cuando, plagian.
Cuando publiqué La oportunidad de Judas en este blog, coloqué un botón de donación de Paypal para que todo aquel lector que considerase que mi esfuerzo creador valía dinero, y que además podía y quería pagarlo, lo pudiese hacer. Los ingresos derivados de la novela han sido modestos si los comparamos con lo que gana Le Bron James por botar un balón. Pero es que la comparación no es con eso. La comparación ha de hacerse con los cero euros que mi creación, por así decirlo, estaba condenada a recaudar en un mundo de papel.
Con lo que la pandilla de esforzados pagadores han donado (y gracias a todos, en verdad), he podido pujar en subastas por un par de libros que me interesaban; uno me lo pisaron, pero el otro lo pillé. Ahora lo veo en mi estantería y pienso que, si no existiese el fenómeno de la lectura electrónica, simplemente no lo tendría. Mi mejora no ha sido del 100%, ni del 200%. Ha sido infinita. De cero a cien.
Todos esos intelectuales de himplan en los medios sobre la gran catástrofe del libro electrónico podrían parar a pensarse cuántas pildoritas como la mía suma la edición electrónica. Cuántos creadores, condenados al ostracismo total por un mundo editor que no tiene sitio para ellos a menos que se hagan de un partido político o le hagan la pelota a algún osito, han conseguido sacar la cabeza, ser leídos, apreciados en mayor o menor manera y, además, por qué no, han recibido algo a cambio.
Yo creo que los escritores tienen miedo, porque miran de reojo al mundo del periodismo. Cuando contar historias era carísimo, porque había que tener rotativas, y repartidores, y la de Dios, aquellos que las contaban podían aspirar a que la gente creyese que eran los que más sabían de su tema en el mundo. Internet, y muy especialmente la blogosfera, cambió eso. En la blogosfera hemos aprendido que hay gentes, desde Wonkapistas a Omalaled, de los Gaussianos a las Historias de la Historia o el mítico CPi, que saben un huevo más de lo que saben que los periodistas. Hoy ha aparecido la figura del blogoculto: ciudadano que toda la cultura que adquiere, poca o mucha, la obtiene de los blogs.
Los escritores temen lo mismo. Tienen nostalgia del mundo en el que publicar era carísimo, porque entonces poca gente publicaba y entonces parecía que lo único que merecía leerse era lo que estaba en las librerías. Tienen miedo de que el mundo comience a poblarse, con el tiempo, de personas que digan: yo sólo leo libros electrónicos que voy pillando por la red. Porque ese día, Dios lo quiera, un agregador bien montado será más opinion maker que el premio Planeta.
¿Tú te haces una idea de la pasta que cuesta apostar por la novela de un escritor?, suelen preguntar estos editores asustados. Cabe responderles a la gallega, con otra pregunta: entonces, ¿por qué apuestas por novelas que son una mierda? ¿Por qué apuestas por gentes que escriben historias de espías ambientadas en la guerra civil española con escenas en las de dos comunistas van en un coche y paran a repostar... en Burgos? Hay una ley inexorable del mercado libre, y es que cuando te dedicas a vender mierda, más tarde o más temprano el personal te cala, y te castiga. No son pocos los casos en los que la mal llamada revolución de los libros electrónicos no es más que una mera aceleración de ese proceso.
El libro electrónico es una realidad inevitable. No sólo es más barato y resuelve el problema del espacio; es que para personas como yo, que solemos buscar libros descatalogados y raros, el día de mañana bastará que una sola alma caritativa, en una sola biblioteca del mundo, la haya escaneado y colocado en su web, para que podamos leerla. Quien no quiera ver esto, es que quiere forzar el mercado editorial para que no sea lo que lleva camino de ser. Imagine el lector un mañana en el que el estudiante de la ESO cargará en su lector la lección del día de su libro de matemáticas; y podrá, con su puntero, hacer los ejercicios en la misma pantalla, mientras el propio lector le va corrigiendo si se equivoca y explicándole el error. Al lado de eso, ¿verdaderamente habrá algun tonto'los'cohone que prefiera seguir estudiando con libros en papel? Pues sí: el que los vende. No sólo defenderá el papel, sino que intentará que el gobierno de turno impida que se pueda leer/estudiar de otra manera.
Cuando la creación es un oligopolio, se llama academicismo. Los historiadores de la cultura han demostrado mil veces que no hay periodos menos creativos en la Historia del hombre que aquéllos en los que el academicismo ha sido el modo dominante de crear. El buen creador no tiene nada que temer del libro electrónico. Eso, claro, si es que tal cosa existe.
martes, noviembre 02, 2010
La guerra civil, hace 45 años
A mediados de los años sesenta, Luis Ramírez, colaborador habitual de Ruedo Ibérico y creo que seudónimo de Luciano Rincón, afrontó un proyecto bastante complejo. Se trataba de hacer una encuesta sobre la visión que en ese momento, hace ahora casi 45 años, tenían los españoles de la guerra civil. Obviamente, el proyecto era de difícil realización en el interior de España; no es de extrañar que algunas de las entrevistas se hiciesen a españoles emigrantes en el extranjero, es decir en Francia.
El autor del trabajo era consciente de que para tener representatividades debía hacer entre 2.000 y 3.000 entrevistas, pero apenas pudo acopiar dos centenares. Como consecuencia, hubo de renunciar a realizar una aproximación cuantitativa a los resultados, limitándose a una descripción cualitativa de los mismos.
El trabajo fue publicado en el informe de Ruedo Ibérico Horizonte Español 1966, suplemento de los Cuadernos del Ruedo Ibérico, del que da la casualidad que poseo una copia. El trabajo es complejo y abarca más matices que los pocos que voy a intentar desplegar aquí, pero creo que tiene su interés la cosa porque lo que le salió a Ramírez, por mor probablemente de las personas que se avinieron a contestar su cuestionario, fue cierto retrato de la percepción, en los primeros años de su juventud, de la generación inmediatamente posterior a la guerra civil. La que todavía pudo oír de primera mano testimonios de la misma y formarse por ello una opinión cercana.
La primera cosa que le sorprende a Ramírez es recibir, una y muchas veces, la para él inesperada respuesta: «¿La guerra civil? ¿Qué guerra civil?» Esta respuesta, a mi modo de ver, no es tanto el fruto de una estrategia del franquismo, como una estrategia de los españoles. Un hojalatero nacido en 1948 responde: «No sé si mi padre estuvo en la guerra o no, yo qué sé. No me lo va a contar a mí». Esta respuesta, como otras muchas, revela un deseo claro por parte de muchos hogares de no referir a la generación siguiente las circunstancias de la guerra. En ese sentido, la lectura del informe da la falsa impresión de que las respuestas que incluye son lo más importante. A la luz de las propias confesiones del autor de la encuesta, en realidad lo más importante es lo que no se lee, es decir la cantidad enorme de encuestados que, ya en 1966, no sabían nada de la guerra civil, no eran capaces de hablar de uno solo de sus personajes, menos aún de sus orígenes o desarrollo.
Como digo, algo pudo colaborar el entorno educativo, ciertamente. Tras los primeros años triunfales, y sobre todo coincidiendo con la pérdida de peso específico de Falange dentro del régimen, la educación pierde parte de su sentido revanchista para envolver la guerra civil dentro de un halo de generalidades y centrarse (así era la Formación del Espíritu Nacional, vulgo la presunta Educación para la Ciudadanía de la época) en los logros posteriores del régimen, que pasaba a justificarse, ante sus infantes, por el éxito económico y la paz, sin que ésta tuviese unos referentes claros. Con todo, ya digo, un desconocimiento tan flagrante por parte de personas que cronológicamente estaban cercanas al hecho bélico sólo encuentra su justificación en la actitud de los hogares.
Hay en 1966, tal y como lo veo yo, tres tipos de hogares: los vencedores, los vencidos, y los otros. Los primeros son los que guardan un recuerdo más presente de la guerra o, más bien, de los agravios que, según su visión, la generaron. Juega un papel fundamental aquí la agresión contra la religión, lo cual abona la idea, que es cuando menos mi tesis, de que la actitud, más que laica, anticatólica, de la II República, fue su gran, gran error estratégico. Por lo que respecta a los vencidos, construyen su propia versión, igual de maniquea que la contraria. Y luego están los otros, que a raíz de la actitud abstencionisa ante la guerra cabe sospechar eran mayoritarios, presididos por dos ideas: la primera, la necesidad de olvidar, pues son ellos los que, conscientemente, cortocirtuitan la transmisión del conocimiento y renuncian a contarle a sus hijos lo que pasó; y, en segundo lugar, un discurso reivindicativo basado en la idea de que en la guerra pagaron el pato los de siempre, en lo que parece adivinarse cierta rebelión contra las élites que la habrían provocado.
Pero, por supuesto que hay recuerdos. Y bandos en los recuerdos.
Los vencidos, por ejemplo.
Un estudiante de Barcelona, al que cuesta sacarle nada porque afirma no tener ni puta idea del tema, finalmente se arranca: «A mi padre lo llamó a filas la República casi al final; estuvo en el Ebro. De lo que más he oído es de los bombardeos de Barcelona por parte del ejército nacional y de la estúpida actuación de los catalanistas de la Lliga, que se vendieron a Franco por miedo a la FAI. He oído comentar también que la gente sencilla no comprendía nada de la guerra y sólo sufrían las consecuencias. De mi abuela, por ejemplo, he oído decir que tenía tanto miedo de las bombas que no quería salir del Metro y aún ahora se horroriza cuando hay una tempestad porque los truenos se las recuerdan. Mucha gente creo que está enferma debido al miedo pasado».
Las voces de los vencidos no esconden que ellos también, como es lógico, han crecido bajo ciertas dosis de adoctrinamiento: una estudiante catalana dice que en el hogar donde creció «los rojos y los catalanes eran los buenos, y los nacionales, los moros, los guardias civiles y los castellanos, los malos. Los curas también». El componente ideológico también lleva, en ocasiones, a la exageración: «Mis padres hablan de los rojos de una manera partidista, eran los malos. En Canarias prácticamente no hubo nada. En Canarias a los republicanos los llevaban a un barco y les cortaban las piernas [sic]». El que habla tiene 26 años cuando contesta la encuesta, y estudia bioquímica.
Hay un componente evidente de resistencia frente a la educación oficial, que, al fin y al cabo, ha sido el principal punto de fricción de quienes en 1966 eran razonablemente jóvenes con la guerra: «En el colegio de monjas donde estudié se me dio una visión mítica de la guerra, los rojos eran la personificación del demonio que luchaba contra la religión. Franco era una especie de mesías que había pasado el estrecho, al parecer ayudado por la Virgen [sic], y había realizado la cruzada para salvar la religión». O también: «De la guerra me han contado la situación que tuvieron que vivir. Estaban en zona ocupada por los republicanos, las angustias que pasaron por los juicios que formaron a algunos de los miembros de la familia, el dolor de la muerte de alguno de ellos. Pero todo ello contado de una manera tendenciosa, que no puede olvidar el rencor».
También existe la voz de los vencedores, una voz normalmente identificada con la vertiente religiosa de la lucha: «Mi familia estaba en Burgos y mi padre luchó con los nacionales. En casa se habla siempre de aquel tiempo y en Burgos estamos todos muy orgullosos de vivir en la ciudad que fue capital del gobierno de Franco. Lo que más me han contado es sobre lo torpes que eran los rojos en la guerra, no eran militares y no sabían luchar. Tenían miedo de Franco y hasta la Iglesia estaba contra ellos». O también: «Me han hablado de la inseguridad del poder vivir [sic], peligro de muerte violenta, matanza general de toda persona que tenía una conciencia recta». Otro joven dice: «lo que más contaban es que los catalanistas eran unos extremistas y que gracias a Franco nos libramos del comunismo».
Otro elemento significativo de la respuesta profranquista es la influencia de los saqueos republicanos: «Mis padres se acababan de casar. Estaban en zona roja, en una casa de campo. Los rojos se la pidieron [sic] y la dieron para cuartel. En Asturias les trasladaron en camión a casa de mi familia. La casa se convirtió en prisión. Se lo llevaron todo. La casa de Oviedo la robaron los rojos. Le quitaron el coche a mi padre. Les dejaron sin nada. La familia tiene una aversión horrorosa de la guerra. Franco es la persona que les trajo la paz». Otra respuesta: «Terror policiaco, falta de respeto hacia la persona, sectarismo antirreligioso, falta de respecto al derecho a la propiedad».
Otro elemento inherente a la guerra son las traiciones: «Nosotros vivíamos en Sarriá. Mi padre era un hombre muy bueno y caritativo y como la casa era grande teníamos escondidos a dos jesuitas perseguidos por los rojos. Teníamos un chófer que era un chico huérfano que mi padre había recogido y llevado a la escuela y que en agradecimiento [sic] se había hecho de la CNT y nos traicionó».
Tampoco faltan aquéllos que son vencedores y vencidos a la vez: «Mi padre, dice un campesino de Valdepeñas entonces de 24 años, era de la Guardia Civil. Él y sus compañeros estuvieron siempre del lado de Franco. La guerra provocó una gran pelea familiar entre la familia de mi padre, en la que había otros guardias civiles, y la de mi madre, ya que mi abuelo era alcalde de un pueblo de la provincia durante la República, y todas sus simpatías estaban del lado rojo». Otro: «Mi padre era teniente de la Guardia Civil y en el 37 consiguió escapar [de Barcelona] para ir a luchar con los nacionales, finalmente murió en la batalla del Ebro. Nosotros aquí pasamos muchas miserias porque mi madre siempre temía que se supiera que mi padre luchaba con los nacionales y nos mataran, y luego todos los vecinos nos miraban mal a causa de mi padre. Yo hubiera querido ir con él, cosas de chiquillo, pero no pude escapar. Mi hermano mayor era un loco y creo que estaba en la CNT, el caso es que cuando mi padre se marchó, él se presentó de voluntario y no volvió más a casa. Esto acabó de destrozar a mi madre. Lo que más recuerdo es que mi padre fue un héroe y mi hermano un canalla».
Como he dicho, un componente importante del discurso, propio a mi modo de ver de esa tercera vía formada por los otros, la mayoría fundamentalmente silenciosa de quienes no se sienten ni vencedores ni vencidos, es la interpretación de la guerra como algo que afectó principalmente a los más humildes: «Oí hablar del gran sacrificio que tuvo que hacer el pueblo». Una joven empleada de hogar que vive en París, por ejemplo, refiere: «La guerra la pasamos en casa, zona nacional. Mi padre fue al frente y nos contaba que los soldados de uno y otro bando se hablaban entre ellos y que no querían hacer la guerra, se daban tabaco y a veces se ayudaban pero esto era muy peligroso si se enteraban los oficiales». «No me llamaron a filas debido a mi corta edad, cuenta un encuestado. Recuerdo la ilusión de que ganasen los nacionales la guerra en pro de una justicia mejor; y el desengaño al comprobar la ausencia de dicha justicia hacia la clase necesitada». Una mujer cuenta: «Pasé la guerra en Gijón. Recuerdo que cuando entraron los nacionales, a los que esperábamos con impaciencia, me robaron todas las monedas de oro que tenía y en aquel momento hubiera preferido haber sido roja».
Por supuesto, la desconfianza en la política tiene su versión franquista: «Los que tenían juicio eran falangistas porque sabían que eso de los partidos y la política es una trampa de los masones».
Este discurso se complementa con una cierta exaltación de la solidaridad precisamente entre los más humildes, solidaridad que va más allá de la propia guerra. Un joven nacido en 1945 explica: «Lo que más me han contado es lo mucho que la gente del pueblo quería a mi padre [médico rural] y que nunca nos faltó nada; parece que en los pueblos se pasó mejor porque la gente se conoce y se ayuda».
Esta especie de «tercera España», no directamente implicada ni en las causas de la guerra ni en su producción, acaba mutando, en sus hijos, en un fenómeno bien conocido por la democracia: el escepticismo: «Todo el mundo me ha dado la visión de que los rojos eran unos seres monstruosos. Me hablaron de la Falange, la Legión, la necesidad de tender un puente espiritual sobre la barbarie roja. Y al final, ¿para qué? Lo de siempre, los políticos salen ganando. La política es un asco». Un estudiante de Barcelona concluye: «Se hicieron muchas barbaridades en Cataluña por parte de los rojos y en el otro lado igual. Consecuencia: no meterse en política».
El principal recuerdo de los más humildes de la generación de posguerra es el hambre: «Lo que más recuerdo es el hambre y el miedo que teníamos los críos a la Guardia Civil. Muchas calamidades y sufrimientos fue lo que pasamos por esta dichosa guerra: se fusilaba continuamente y sin ninguna explicación». Y más: «Mis padres no me han contado nada, dicen que la gente pasaba mucho hambre»; «me han hablado de los muertos y del hambre»; «me han hablado del miedo y del hambre». Mientras unos dicen «en mi casa se hablaba poco de la guerra, y cuando se hacía era aludiendo al terror fascista», otros aseveran: «Lo que más me contaron de la guerra fueron los crímenes rojos». Y la tercera vía: «Mi padre no me cuenta nada porque no quiere y mi madre porque pasó mucho miedo».
En la encuesta de Ramírez se preguntaba también por los personajes de la época sobre los que se hablaba en las casas (o que se recordaban más), así como organizaciones políticas. Los dos elementos principales que se aprecian en las respuestas son que Azaña es, probablemente, el personaje de la guerra más conocido, habitualmente por ser blanco de críticas aceradas tanto de vencedores como de vencidos: «Azaña creo que fue el hombre más nefasto para España»; y que los sindicatos UGT y CNT son las organizaciones recordadas como de militancia masiva, hecho éste que responde muy probablemente a la verdad; aunque no pocas respuestas responden al modelo de recordar afiliaciones masivas al PSOE al principio de la guerra, y al PCE al final. Hay que hacer notar, sin embargo, que, para asombro del autor de la encuesta, Franco fue escasamente citado entre los personajes de la guerra, lo cual es bastante lógico teniendo en cuenta que, para ellos, no era un personaje del pasado, y la guerra sí lo era. Entre los militares sublevados, yo diría que Queipo de Llano se lleva la palma del recuerdo.
La inquina contra Azaña llega incluso a la manipulación de los hechos históricos. Si no, véase cómo este perito cordobés, de 26 años, hace una curiosa mezcla entre la represión del golpe de Estado revolucionario del 34 y Casas Viejas: «Azaña, quien decía: tiradles al vientre a los mineros; y Azaña era socialista...» ¿Lo cualo? En Cataluña se cita mucho a Companys y a Maciá (a pesar de que este último estaba literalmente hecho polvo cuando la guerra empezó). Entre los encuestados en Madrid, se cita a Casado y, entre los que hicieron la guerra, a Miaja.
Por supuesto, también existe el punto de vista totalmente personal. Preguntado sobre qué personajes de la guerra recuerda, un encuestado dice: «He oído hablar bien del chófer de Queipo de Llano, que trajo mucho pan a mi casa».
«Mi padre, dice otro, hablaba de José Antonio y de Azaña. Decía que a José Antonio lo mataron por orden de Franco». No faltan las empanadas mentales. Una señora catalana, nacida aproximadamente en 1915, que se declara conservadora, asevera: «L'Estat Catalá era el que nos inspiraba más confianza». Sic.
Resulta, en suma, una lectura curiosa, en la distancia de 45 años. Dentro de cinco, cuando se cumpla medio siglo, creo que ya podré escanear las páginas para que podáis leerlas directamente :-).
lunes, noviembre 01, 2010
Porlier
Esteban abrazó pronto la vida militar y, merced al apoyo de sus padres, fue nombrado capitán de Infantería con sólo quince años, y destinado al Regimiento de Parma. Al año siguiente, el virrey le nombró asistente suyo.
Esteban Porlier era un muchacho muy fogoso y de ésos a los que les gusta vivir la vida deprisa. Así pues, a la edad en la que la mayoría, hoy, apenas piensa en las videoconsolas, entabló unas escandalosas relaciones con una muchacha. En 1787, aquel espectáculo indignó de tal manera al virrey que éste mandó a Esteban a España y le obligó a dejar a su amante, embarazada, en Cartagena de Indias. Al año siguiente, la amante abandonada dio a luz a un niño al que puso de nombre Juan. Juan Díaz Porlier.
Este bastardo, a quien todo el mundo en Nueva Granada conocía como El Marquesito, fue confiado a una familia de cierta alcurnia que lo llevó a Buenos Aires, donde fue educado. Mientras tanto su padre, Esteban, medraba en la Corte de Carlos IV, donde fue nombrado teniente coronel. Con 24 años, ya coronel, es puesto al mando del Regimiento de la Princesa, con el que participa en 1807 en la invasión franco-española de Portugal. Al año siguiente, cuando España se levanta contra el francés, Esteban Porlier y su soldadesca se desplazan a Galicia, donde se une a las tropas del inglés Joachim Blake.
Juan, por su parte, aparece en el año 1805, con 17 años pues, enrolado como voluntario en el Argonauta, un buque de la escuadra al mando del cual se encuentra su tío, Rosendo Porlier Astequieta. Es más que probable que su bastardía le impidiese entrar en la marina por la puerta grande y que hubiera de buscar esta recomendación familiar para poder cumplir sus objetivos. Los dos Porlier, Rosendo y su sobrino Juan, pasaron al buque Príncipe de Asturias, sede del estado mayor del almirante Gravina, cuando éste llamó al capitán del Argonauta a su lado. Juntos, tío y sobrino participaron en la celebérrima batalla de Trafalgar. Después de aquella experiencia, Juan decidió hacerse soldado de tierra e ingresó en el arma de Caballería como oficial.
Se tiene por cierto que Juan Díaz Porlier luchó durante la jornada del 2 de mayo en Madrid, aunque no son muchos los indicios que existen. Reaparece con claridad participando en la batalla de Gamonal, ocurrida el 10 de noviembre de 1808, y que supuso una importante derrota para el ejército de Extremadura comandado por el general Ramón Rufino Patiño. La batalla de Gamonal marcó un antes y un después para Porlier, quien pasó a realizar acciones de guerrilla.
Porlier, en unión de su lugarteniente, el sargento de granaderos Bartolomé Amor Pisa, actuó en el área de León, aunque llegándose en ocasiones hasta Cantabria. En 1809, Porlier ascendió a brigadier y ya comandaba una división, conocida como División Porlier; aunque a partir del verano de aquel año, cuando el comandante general de Asturias Nicolás Mahy le encargase reorganizar las tropas y organizar una nueva división, ésta fue rebautizada como División Cántabra. Antes de terminar aquel año, La Cántabra, considerada una de las unidades más disciplinadas y eficaces de su territorio, realizó diversas acciones en el norte de Castilla y León, y luego en La Rioja, donde combatió junto a las tropas de Espoz y Mina, para pasar después a Asturias. Tomó sede en La Coruña, desde donde hostigó a los franceses por toda la costa, en ocasiones utilizando barcos y realizando desembarcos sorpresivos.
En febrero de 1811, le fue encomendada a Porlier la creación del VII Ejército a partir de la División Cántabra. Sin embargo, en 1813 las unidades a su mando fueron dispersadas para reforzar otros ejércitos. Algo debió pasar con Porlier, porque fue preterido en el curso de la guerra. Las unidades marcharon hacia Tolosa para intentar cortar el paso de una eventual retirada francesa, pero Porlier quedó en Oviedo. Desesperado, remite diversas requisitorias al general Castaños hasta conseguir ser enviado a Tolosa con la fuerza que le han dejado en Asturias. Sin embargo, una vez allí, en lugar de encomendársele acciones de guerra, se le adscribió al cuartel general de Francisco Agustín Girón, duque de Ahumada. Girón no le encargó ningún cometido concreto, motivo por el cual Porlier solicitó permiso para poder marcharse, a lo que su jefe respondió ordenándole algo muy parecido a un arresto en Mondragón. No obstante, cualesquiera que fuesen los recelos o mosqueos que rodeaban al joven militar, los disolvieron las necesidades de la guerra, que forzaron su nombramiento al frente de la Quinta División del IV Ejército, a la que consiguió adscribir a las tropas de La Cántabra, para participar, el 31 de agosto de 1813, en la batalla de San Marcial, donde se ganó el ascenso a mariscal de campo. Se da la casualidad de que su padre, Esteban, obtuvo el mismo ascenso en la misma acción bélica.
Manuel Freire, comandante del IV Ejército, le concedió permiso, ya en 1814, con la guerra ya muy avanzada, para que se fuese a ver a su mujer, Josefa Queipo de Llano, y a su pequeña hija, la cual desgracidamente moriría durante esos días. Porlier solicita diversas prórrogas de dicho permiso hasta que, a finales de mayo de aquel año, fue detenido. El motivo de la detención fueron dos cartas escritas por Porlier a sus amigos Tiburcio Añibarro y José Irunciaga. En dichas misivas, el militar expresaba su indignación porque el rey Fernando VII no hubiese abrazado la Constitución de Cádiz. El 7 de julio, fue condenado por esta causa a cuatro años reclusión en el castillo coruñés de San Antón.
El capitán Eugenio del Barrio, jefe del castillo, trató al preso con enorme deferencia y, muy especialmente, le permitió recibir visitas. Fue de esta manera como los liberales y masones coruñeses pudieron tomar contacto con el preso y preparar, con él, una conspiración. Aunque la policía estatal logró detener a uno de los conspirados, el sargento Sinforiano López Alía, éste soportó los interrogatorios y no delató a sus compañeros.
A principios de agosto, Porlier solicitó permiso para salir del castillo e ir a Arteixo a tomar unos baños por motivos de salud. El rey concedió el permiso. Una vez en el pueblo cercano a La Coruña, que con los años sería vivero de entrenadores de fútbol, quedó bajo la custodia del capitán José Castañeda. El 19 de septiembre, Porlier arengó a la guardia que le vigilaba, con un vibrante discurso sobre la libertad, que arrancó los vítores de los soldados. Todos juntos formaron y entraron al amanecer en La Coruña, dando vivas al rey constitucional. Porlier accedió a la presidencia de la Junta Revolucionaria, al frente de la cual arrestó al capitán general de la plaza, Felipe Saint-Marcq, destituyó al Ayuntamiento e invitó al resto de las guarniciones gallegas a unírsele.
El movimiento de Porlier, sin embargo, careció pronto de apoyos. Los jefes de las principales unidades de la región, coroneles José Núñez, José María Peón y Ramón Romay, dudaron en sumarse al movimiento. El que no dudó en lo absoluto (nunca mejor dicho) de ponerse en contra fue el clero gallego, fuertemente absolutista.
Se da la circunstancia de que el mismo día 19 de septiembre que comenzaba la rebelión, el Batallón de Navarra, denominado durante la guerra Regimiento de Monterrey, al mando de José Miranda Cavezón, estaba comenzando el traslado que se le había ordenado desde Orense a La Coruña. Miranda era un militar de fuertes convicciones absolutistas, que mantendría toda su vida. Cuando Miranda llegó a Santiago, el día 21, el gobernador militar, José Pescis, y el jefe militar de la región, mariscal de campo José Imaz, decidieron retenerle ahí, conocedores ya de la rebelión coruñesa.
El día 23, Porlier, que una vez reforzado con los efectivos sublevados en Vigo y Ferrol se dirigía a Santiago, se encontraba ya muy cerca, en un pueblo llamado Órdenes (Ordes en gallego), donde, por cierto, se pueden comprar algunos de los mejores filetes de España. En la hoy capital de Galicia no había sino el Batallón de Navarra y cuatro compañías de granaderos, pero aún así tanto militares como civiles se mostraron dispuestos a plantar cara. A su entusiasmo colaboraron los 50.000 reales para gastos aportados por el Cabildo compostelano.
No hubo enfrentamiento, sin embargo. En el momento en que Imaz montaba una línea de defensa en el arroyo Cigüelo, un tal Antonio Chacón, sargento en las tropas de Porlier, desertó e informó a las tropas compostelanas de que fuerzas del 6º Regimiento de Marina habían detenido a Porlier en la posada donde estaba, junto con otros mandos afectos, y que eso estaba provocando la disolución de sus unidades. Miranda, pues, fue a Ordes con apenas dos compañías, para hacerse cargo del detenido, que acabó de nuevo en San Antón.
El 2 de octubre de 1815 se celebró el juicio de Porlier, uno de los 106 celebrados por causa de aquella rebelión. Fue rápidamente condenado a la horca . Murió, según las crónicas, con total altivez y presencia de ánimo, hasta el punto de que, durante el viaje hacia la horca iba entretenido con una pequeña moldura de un mueble. Por cierto, que el lugar donde se instaló el cadalso, conocido entonces como Campo de la Leña, es más o menos la actual plaza de España.
Cinco años más tarde, en Cabezas de San Juan, el teniente [quise decir coronel] Rafael Riego se alza en armas para lograr que el rey acepte la Constitución de Cádiz. En buena medida, esta rebelión fracasó y estuvo muy cerca de ser definitivamente sofocada; pero, en ese momento, en Galicia surgió otro foco que se extendió rápidamente por Aragón, Cataluña y otras zonas. El ejército de Enrique O'Donell fue enviado para sofocar la rebelión gallega pero, lejos de ello, su general proclamó la Constitución en Ocaña, acto que reavivó la llama revolucionaria en Andalucía, en un momento que, como decimos, Riego estaba a punto de rendir sus armas, precisamente en la persona del coronel José Miranda Cavezón, el mismo que había detenido a Porlier.
Resulta verdaderamente increíble que La Coruña, ciudad que se precia de recordar a sus valientes figuras revolucionarias, no recuerde con mayor intensidad al mariscal de campo Juan Díaz Porlier. De ser La Coruña una ciudad mediana de los Estados Unidos, hoy sólo los muy zotes en la escuela desconocerían la historia de su vida. Con toda seguridad, fue su ejemplo muriendo en la horca con toda dignidad, en favor de sus ideales, el que alimentó el movimiento gallego sin el cual no sabemos si la sublevación de Riego habría podido triunfar. Sinceramente, los gallegos tienen por costumbre, en mi opinión, ensalzar figuras que atesoran muchos menos merecimientos que los de este militar liberal del siglo XIX.
Hay, por lo que se ve, memorias históricas que no interesan.
viernes, octubre 29, 2010
Sin [más] comentarios
Una noche, hace muchos años, en un programa televisivo de Jesús Hermida, le vi alardear de su pasado iconoclasta durante el franquismo aseverando que en Soria había sido una vez acusado por las autoridades de calvinista. La sola formulación de la anécdota levanta, a mi modo de ver, ciertas dudas sobre su veracidad (empezando por el detalle de que en la Soria del franquismo hubiese una sola autoridad que supiese en qué consiste el calvinismo); y, cierta o falsa, la mera ostentación de la misma por parte del hablante me hizo colocarlo en la estantería mental en la zona de «intelectualitos que ahora van de lo mucho que hicieron contra Franco»; esta zona de la estantería la he tenido que ampliar varias veces en los últimos treinta años.
Me puedo creer, por lo tanto, que toda la famosa anécdota que al parecer ha contado en un libro sea inventada. El problema cuando te inventas constantemente detalles de tu vida es que al final no sabes ya lo que has vivido o has dejado de vivir. Eso lo sabe cualquier persona que haya sido un niño travieso. A mí me da la impresión de que Dragó lleva cuarenta años tratando de ir de eso, de niño travieso del panorama cultural español, y a base de inventarse tontunas para alimentar ese autoespectáculo ha acabado por no tener muy claro qué ha vivido y qué no.
Pero en la famosa anécdota/invención/VUAS (Vaya Usted A Saber) hay algo más que me estomaga especialmente. Me estomaga, como digo, independientemente de que sea cierta o no lo sea. La anécdota «huele» a cierta actitud del intelectual en favor de su superioridad. Los nazis consideraban a los judíos Untermenschen, humanos de baja calidad. Los intelectuales se consideran a sí mismos Übermenschen, superhombres, personas por encima de lo normal. Gentes que perciben lo que otros no perciben, entienden lo que otros no entienden, saben lo que otros no saben y, sobre todo, infinitamente más libres que el común de los mortales; lo cual hace que, quizá, lo que en otros puede ser un error o un dislate, en ellos es un proyecto cultural, o un paso necesario. No es casualidad, a mi modo de ver, que no pocas veces que te aprestas a conocer a fondo la vida de un intelectual, acabes topándote con un tipo que dejó a sus hijos en el arroyo, abandonó a sus mujeres a su suerte, andaba todo el día mamado obligando a los amigos a sacar constantemente la cara por él, o cosas parecidas.
No es el de Dragó el único ejemplo en el que pienso de esa especie de superioridad moral autoadjudicada. Estos días, leyendo las noticias sobre el escándalo de su último libro, he recordado un pasaje de un libro que me escandalizó en su día. He encontrado ese libro en internet y he tomado el pasaje (página 45 de la obra original, en la edición de Seix Barral):
Mi solitario y aislado bungalow estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.
Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.
El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.
Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.
Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.
Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado. Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.
Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.
Y es que en todas partes cuecen habas.
El pdf lo he encontrado aquí.
martes, octubre 26, 2010
El conflicto de los remensas
La relación entre señor feudal y vasallo tiene algo de mafiosa. El vasallo es en su origen un agricultor que, harto de que vengan gentes de armas a darle por culo y violar a sus hijas, decide juntar pasta con otros de la zona que son como él para mantener al más bruto del pueblo a cambio de que les proteja. Esta forma de organizarse es tan vieja como el mundo, pero digamos que cuando en la Historia del hombre occidental se abre un paréntesis en el que éste parece de repente incapaz de imaginar estructuras estatales centralizadas, adquiere mayor importancia.
La protección genera vasallaje. Eso, cualquier buena peli sobre la Mafia lo demuestra con facilidad. En un entorno de sistemas estatales débiles, con reyes que son, en realidad, primus inter pares, los señores feudales toman verdaderamente la sartén por el mango y aprenden a hacer las cosas de manera que sus privilegios tiendan a eternizarse.
Cuando ser habla de los privilegios de la nobleza, a todo el mundo se le viene a la mente el derecho de pernada. Una idea parcialmente, pero en bastante medida, errónea. El derecho de pernada no existió en todas partes ni durante toda la Edad Media; y, aún existiendo, para muchos señores era un derecho meramente teórico pues, por mucho que en las pelis en las que aparece siempre la mujer del vasallo está buenísima, ello no era demasiado habitual. El malentendido, sobre todo, proviene de la parte del marido. Es un típico ejemplo de incapacidad de ver la Historia con otros ojos que los propios del tiempo propio. Para nosotros, basados en nuestras creencias democráticas, de moral pública y de derechos civiles, que un señor feudal se pase por la piedra a la prometida de un vasallo es un ultraje. Pero no podemos olvidar que el campesinado medieval europeo era un colectivo social apenas epidérmicamente cristianizado que mantenía muchas de sus creencias anteriores, basada en gran medida en la capacidad de una persona u objeto de transmitir sus cualidades por cercanía. El hombre, además, a fuerza de observar cómo los hijos se parecen a los padres, se dio pronto cuenta de que esa transmisión por la sangre (ellos no sabían nada de los genes) estaba más que probada.
Si el señor feudal se tiraba a la mujer de un campesino, por lo tanto, le «donaba» su sangre, una sangre especial, a esa familia. Las posibilidades de dicha familia de tener al menos un hijo robusto y capaz se multiplicaban. El derecho de pernada, de hecho, podía llegar a ser más bien un incordio para quien lo ejercía.
La dominación feudal sobre el vasallo tiene poco que ver con historietas de película de serie B y más con las instituciones de derecho por las cuales la dominación económica del señor tendía a perpetuarse y profundizarse. En Cataluña, la asimétrica relación entre los señores del castillo y los pollos que plantaban alrededor generó toda una serie de instituciones juridicas que son la mejor expresión de por qué, en la Edad Media, ser vasallo era estar más bien jodido. Eran, concretamente, seis instituciones jurídicas.
La primera institución, que da nombre a los vasallos de la época, es la remensa. La remensa era un precio de redención, una especie de indemnización, que el vasallo pagaba al señor por abandonar las tierras.
En segundo lugar, se encontraba la intestia, por la cual el señor feudal percibía entre un tercio y la mitad de los bienes legados por un vasallo que muriese sin testar.
El tercer uso jurídico era la exorquia, que era una intestia automática para el señor en el caso de que el vasallo muerto no tuviese descendencia.
La cugucia era la multa pagada por el payés en el caso de que su mujer cometiese adulterio. Según el derecho catalán de la época, si el adulterio se había cometido sin consentimiento del marido, vasallo y señor se repartían a partes iguales lo bienes de la mujer. Pero si el marido había consentido en dicho adulterio, todos los bienes eran para el señor.
La arsia, quinta institución jurídica, era verdaderamente humillante. En el caso de producirse un incendio en el predio trabajado por el vasallo, éste tenía que transmitir parte de su patrimonio al señor feudal en pago por su negligencia.
Finalmente, la firma spolii, era un impuesto que cobraba el señor feudal si un payés, teniendo unos terrenos en garantía de la dote de su mujer, los hipotecaba.
Ya durante el siglo XIV, las muestras de descontento de los payeses son muchas. Pronto, los agricultores encuentran una alianza táctica con la corona, deseosa de recortar los poderes y privilegios de la nobleza. Tanto Juan I como Martín el Humano adoptan políticas propayeses. Pero el signo cambiará con la llegada a esas tierras de la dinastía Trastámara en la persona de Fernando I de Antequera, el cual concede a los propietarios la constitución Com a molts, que supone una clara marcha atrás a los ya viejos tiempos del vasallaje más intenso.
Alfonso V el Magnánimo, que siguió al antequerano, recupera la política de concordia. En 1455, intenta abolir los llamados malos usos (las instituciones jurídicas antes descritas) a cambio de un pago de 100.000 florines a la corona por parte de los payeses. O sea, da dos veces: jode a los nobles, y cobra de los agricultores. A la muerte de Alfonso, Juan II confirmó su política y abolió los usos.
Los decretos del rey Juan le granjean la total oposición tanto de la Generalitat o Diputación como del Consell del Cent, en ese momento representantes de los intereses de la nobleza terrateniente. En 1462, tras el fracaso de las negociaciones ante la renuencia de la Generalitat a aceptar casi cesión alguna, estalla la guerra. Se trata, por lo tanto, de una guerra de campesinos contra ciudades, aquéllos aliados con la corona y éstas con la nobleza. Lo que se está ventilando, en las últimas boqueadas de la Edad Media, es cómo será la Cataluña renacentista.
La guerra, a causa sobre todo de lo mucho que supieron organizarse los remensas, duró diez años, hasta la Paz de Pedralbes (1472). Juan II impuso sus tesis sobre la Generalitat y la ciudad de Barcelona, aunque con posterioridad, probablemente por querer administrar dicha victoria, estuvo lento y cicatero a la hora de aplicar las mejoras a los remensas. El rey trató de atraerse a los caudillos remensas, sobre todo Françesc Verntallat, el jefe militar con más prestigio y de talante moderado, pero no otorgar las reivindicaciones principales.
Debido a esta política de paños calientes, Juan II fallece en 1479 sin haber resuelto propiamente el problema. El sucesor de Juan II de Aragón es Fernando de Aragón, un joven y ambicioso monarca, con una sensibilidad política rubalcabiana de gran fineza, a quien su padre, en buena parte, ha estado preparando durante los años de su delfinato para un proyecto de enorme proyección: el ingreso de Aragón en la champions leage del poder planetario, mediante la unión de coronas.
De alguna manera, Fernando está a años-luz de sus predecesores, a causa de las diferencias en su aceramiento al hecho del poder. Hijo del Renacimiento, sus puntos de vista y sus ambiciones son muy distintos a los de otros monarcas que lo han precedido. Él quiere monarquías fuertes, centralizadas. Entiende el proceso centrípeto que se está produciendo ya en buena parte del mundo conocido, y que acabará obrando milagros como que provenzales, francos y borgoñones, al igual que galeses, ingleses y escoceses, dejen de darse de hostias y pasen a sentarse en el mismo consejo de ministros. Sin embargo, como demuestran conflictos como el dinástico castellano del que es centro su mujer, Isabel, uno de los problemas del nuevo montaje es el excesivo poder de la nobleza, poder, por definición, centrífugo. Aquí tenemos la razón fundamental del empleo fernandino en el conflicto de los remensas. No es tanto la justicia social lo que busca, ni siquiera la eficiencia económica, como la justicia monárquica.
Eso sí: en un principio, cede, esperando su momento. Fernando de Aragón, a quien acabaremos conociendo como El Católico, trata de arreglar las cosas, pero se encuentra con una oligarquía cada vez más envalentonada con la idea de volver al pasado. Fruto de esta presión, Fernando acaba estampando su firma al pie de la constitución Com per lo Senyor, que anula, décadas después, las provisiones de Alfonso el Magnánimo. Los remensas, pues, perdían todas las que hoy llamaríamos conquistas sociales obtenidas en la guerra; y, además, todavía debían 60.000 de los 100.000 florines comprometidos en la norma de Alfonso.
Así las cosas, era lógico que entre los remensas los más radicales fuesen los que prevaleciesen. Pere Joan Sala, guerrillero formado a los pechos de Verntallat, inicia una sangrienta revuelta en 1484, que dura un año.
Las tropas de Sala derrotan a capitán real Gilabert Salbá en La Garrotxa, Girona. Luego toma el castillo de Anglés, momento en que la rebelión se extiende por Vic, La Selva y el Vallés.
Fernando, entonces en Sevilla buscando pasta para luchar contra el moro (y zumbándose a ratos a su barragana murciana), se da cuenta de que la cosa es seria, y que plugue negociar. Se llega a redactar un proyecto de acuerdo en 1485, por el cual se eliminan los malos usos pero se mantienen los censos y otras cargas económicas tradicionales sobre los vasallos. Se establecen indemnizaciones para los señores feudales (100 sueldos por casa) a pagar por los remensas, una cuarta parte a ingresar en la corona, eso sí a cambio de que Fernando renunciase a la deuda de los 60.000 florines. Las partes, sin embargo, estaban demasiado radicalizadas como para acordar aquello.
Sala decide no esperar, y toma Granollers, luego Tarrassa, y luego Sabadell, lo cual supone situarse casi a las puertas de Barcelona. Fernando contraataca formando un gran ejército, ahora aliado con sus enemigos de hogaño, y el 4 de marzo de 1485 recupera Granollers. Sala, a pesar de la derrota, tomó Mataró, y luego se dirigió a Tarrassa. En Llerona, las tropas fernandinas le dieron caza y le arrearon tal surtido de capones que la derrota de los remensas fue total. Cuatro días después, Sala fue ejecutado.
Fernando trató de administrar su derrota. Delegó en Luis deMargarit, hermano del entonces obispo de Gerona, para que negociase con los remensas moderados (Verntallat) una solución. La gestión de Margarit, sin embargo, fracasó por la obstinada negativa de los nobles. Ellos también habían ganado; sus mercenarios estaba en el ejército que había ganado en Llerona; y, consecuentemente, reclamaban la reimposición de los usos y la vuelta atrás.
Fernando, probablemente hasta los huevos del problema ya, decidió buscar un primera fila para resolver la cuestión. Así pues, se la encargó a su Rubalcaba particular, Iñigo López de Mendoza, quien cuando no estaba escribiendo poemas oficiaba de consigliere del rey. Fue don Iñigo quien, a base de negociar y negociar, acabó logrando el OK de ambas partes, más expedito desde el momento en que logró resolver el espinoso asunto de los castillos tomados por los remensas y que éstos no querían devolver. Finalmente, fueron devueltos a cambio de que el rey recibiese en persona a una delegación de los líderes más radicales, y les escuchase.
El 21 de abril de 1486, en Guadalupe, se promulgaba el laudo arbitral. Se suprimirían los malos usos, a cambio de una indemnización a los nobles equivalentes a 60 sueldos barceloneses por predio. Una vez pagada esa indemnización, el remensa quedaba lire de comprar, vender o permutar sus tierras, sin permiso ni pago al señor. Eso sí, debía prestar homenaje al señor y pagarle los censos y otras exacciones tradicionales a contar desde 1480. Ambas partes declaraban una tregua de 101 años y renunciaban expresamente a reclamación alguna, fuera de las establecidas en el documento, relacionada con las guerras; es decir, acordaron una amnistía en toda regla. Se establecieron unas indemnizaciones por daños a favor de los nobles por valor de 6.000 libras. Sólo los cabecillas más radicales fueron condenados por sus acciones.
La sentencia de Guadalupe hizo mucho por el corporativismo agrario catalán, ya que para cumplir la sentencia los remensas crearon un sindicato que existió durante 20 años y los colocó, como digo, en el carril del asociacionismo.
El gran ganador en Guadalupe fue la corona de Aragón. Fernando el Católico aplicó durante el conflicto esa estrategia del pescador que da sedal a su presa. Inició su reinado aplacando a los terratenientes y llegó a aliarse con ellos cuando los remensas se radicalizaron; algo que, con seguridad, él sabía que iba a pasar tomando las medidas que estaba tomando. Así pues, manipuló el conflicto con habilidad, y en su momento, tras dos guerras, puso sus cartas boca arriba y demostró a los nobles que no estaba dispuesto a permitir una simple vuelta atrás; postura altamente racional, pues el tiempo pasa para algo. Ayudando, pues, a los nobles a vencer, fue él quien venció. Había conseguido lo que sus antecesores no pudieron: demostrar a las partes implicadas, y muy especialmente a los nobles, que ya no podían soñar con mover fíchas en el tablero del poder sin contar con el rey.
A partir del conflicto de los remensas, cuestionar el papel arbitral y superior de la monarquía se convirtió en misión difícil, cuando no imposible.
Ficcionar la Historia
Estas dos fuentes que cito hablan de cosas que, de una forma u otra, orbitan alrededor de la siguiente cuestión primigenia: ¿tiene sentido hacer espectáculo de la Historia, y con qué reglas de precisión?
Yo tengo algunas ideas bastante claras al respecto, y es por ello que me he decidido a exponerlas.
Voy a la primera pregunta del guionista hastiado: ¿se pueden hacer series históricas con los presupuestos que se manejan hoy? Y cuando menos mi respuesta es: la cortedad de un presupuesto no puede ser nunca disculpa para hacer las cosas mal, o hacerlas a medias.
El año que yo hice el examen de Selectividad, allá por el Jurásico Gallego (o sea, el Xurásico), los dos temas de desarrollo a escoger en Historia fueron la vida del zar Alejandro y la Europa de la preguerra mundial (primera). Quizá sólo por casualidad, los diseñadores del examen de Selectividad escogieron dos temas que estaban siendo desarrollados, en aquel momento, por otras tantas series de televisión. Siempre he pensado que nuestros examinadores, que aunque nosotros estábamos mejor formados ya empezaban a gestionar un sistema educativo putomiérdico, se debieron decir: «al menos, pillando de lo que recuerden de los episodios, algo podrán escribir; cosa que no les pasará si les preguntamos por la Comuna o los Cien Mil Hijos de San Luis».
La Historia filmada, por lo tanto, no es asunto baladí. Vale que es una gilipollez pretender que, puesto que los curricula escolares sólo valen para ser procesados en Valdemingómez, tienen que ser los guionistas y productores de series de televisión los que resuelvan el problema. El problema, desde luego, lo tienen que resolver los que descojonaron nuestro sistema educativo. Pero los productos de entretenimiento no pueden ser ajenos a ese proceso y mucho menos, como a mí me parece que insinúan un poco las preguntas del guionista, sentirse beneficiarios de una patente de corso que les permite tratar la realidad histórica a través de la licencia poética.
La pregunta de si es más importante el rigor histórico, por una parte, o la credibilidad y el entretenimiento, me parece una pregunta de un insondable cinismo. Es la misma pregunta que se hace un político cuando se cuestiona si lo que debe hacer con los ciudadanos es dejar que sigan felices o contarles la verdad. En realidad, no existe tan dicotomía. El rigor histórico, en el relato de algo pasado, no es algo que sea negociable. El creador tiene herramientas que son perfectamente lícitas; por ejemplo, puede ocupar cuatro horas de acción en hechos que apenas ocupan un mes de tiempo histórico, y luego resumir 30 años en apenas media hora, en aras de la intensidad dramática. De hecho, que un narrador, lo sea escrito, fílmico o de cualquier tipo, cuente siempre con herramientas para hacer que su relato tenga tensión e interés (si es que sabe hacerlo, claro), es el mayor abono de que no tiene ninguna necesidad de hacer trampas con la trama histórica, cambiándola a su gusto o necesidad.
¿Y por qué? Pues, en primer lugar, porque como insinuaba algunos párrafos más arriba, el cine y la televisión tienen una misión educativa, les guste o no. I, Claudius es, probablemente, el único contacto que miríadas de personas de mi generación tuvieron, tienen y tendrán con ese periodo tan interesante de la Historia de Roma en el que la República se abrocha con el Imperio. En realidad, Robert Graves tiró en exceso en sus libros de las historietas contadas por Suetonio, muchas de ellas bastante cuestionables, pero estos matices quedan ya para los latinofrikis. Lo que no hubiese tenido sentido es que el guionista de la serie, por ser por ejemplo vegetariano o un furioso opositor de la libre venta de armas, fuese a convertir a Claudio en un comedor compulsivo de berros o en un emperador cuyo máximo deseo fuese colocar bolitas de cera en la puta de los pepla para que no hiciesen daño.
Estas conversiones extrañas son bastante habituales en las series históricas o seudohistóricas españolas. Demasiados personajes de las series históricas españolas no son lo que fueron, lo poco o mucho que sabemos que fueron, sino lo que los guionistas, los productores o el director hubiesen deseado que fuesen, en aras de una idea, o de lo que se piensa que puede dar audiencia. Este efecto es palmario en todas las series españolas que abarcan la Historia del siglo XX, cuyos personajes no son los personajes que vivieron los tiempos descritos, sino sus nietos, que lo están escribiendo.
Los guionistas de malas series históricas no parecen entender, a mi modo de ver, que lo que en ellos quizá es falta de capacidad de ser más meticulosos, otros lo pueden convertir en manipulación. Cuando nos acostumbramos a que contar la Historia es en realidad recrearla, la hemos cagado, con perdón. En una historia fílmica se pueden cometer errores cuya única consecuencia es delimitar la torpeza de quien perpetra la escena. En el inicio de El capitán Alatriste, por ejemplo, los españoles avanzan por un lago cenagoso, en plena noche nebulosa, para pillar al enemigo por sorpresa. Van, como digo, en mangas de camisa, caminando por unas aguas que con suerte estarán a cinco o seis grados, y no tiritan. Éste es el tipo de error que uno calificaría de error friki, porque sólo afecta a los muy meticulosos. Pero cuando un guionista escribe una escena de los años sesenta en la que la esposa de un bedel pluriempleado se va a cenar sola con otros hombres mientras el marido la espera en casa (Cuéntame), ya la cosa cambia. Aquí pasan una de dos cosas, o las dos: o bien es que el guionista quiere hacer de ese script una reivindicación de la igualdad de la mujer, o bien no tiene ni puta idea de en qué dirección corría el viento en la España de los años sesenta.
Algunos años antes de la acción de aquella escena, en una ciudad de España hubo un alcalde que prohibió a las mujeres sacar la basura por la noche sin medias. España era así, nos guste o no. Y, a mi modo de ver, los guionistas tienen dos opciones: o contar la Historia de España, en cuyo caso habrán de sujetarse a ciertas normas; o contar la Historia del País de Ajofrín, en cuyo caso ya pueden montar las tramas que les salga del pingo.
Esto requiere, con perdón, de cierto conocimiento. No es de recibo que el coordinador de guiones de una serie ambientada en los tiempos de la invasión de la península ibérica por los romanos se plantee la pregunta de si en esa época había gays. Con que se hubiese leído en la escuela el Fedón, ya le habría quedado claro.
El argumento de la audiencia es otra chorrada. Al narrador siempre le cabe la posibilidad de construir una trama interesante que no tenga nada que ver con la Historia, no tenga vínculos con hechos históricos reconocibles o apenas los use como telón de fondo. Incluso puede combinar ambas cosas: la acción histórica y la trama inventada con personajes ignotos, como ocurre, por ejemplo, en Roma. Las herramientas del narrador, pues, son interminables. Precisamente por eso, ¿por qué tiene que forzar los hechos? Nunca existió un paladín cristiano llamado El Capitán Trueno, que se ligase al pibón Sigrid de Thule. ¿Qué habría ganado su guionista diciendo que aquel tipo era Rodrigo Díaz de Vivar o Fernando Álvarez de Toledo en su juventud?
Ficción histórica quiere decir rellenar los huecos, que en Historia los hay a puñaos, y realizar una interminable labor de ambientación en la que siempre, eso sí, habrá errores, porque es materialmente imposible reproducir todos los detalles. El obispo malo de Los pilares de la Tierra aparece en muchos minutos de la serie blandiendo un libro, que se supone es una Biblia, que tiene una encuadernación que, para mí, tardó aún bastante tiempo en realizarse. Pues qué le vamos a hacer. Ahora bien, hacerle decir ¡Por las barbas del Profeta! al mercader árabe que se sorprende de la habilidad de Ben-Hur a la hora de llevar una cuádriga, con todos los respetos, no tiene pase.
Ciertamente, la Historia es interpretación. Dos guionistas cultos y profesionales escribirán dos guiones completamente distintos de una serie cuyo protagonista sea Felipe II. Pero eso es así porque las visiones de Felipe II son variadas; porque, dentro del mundo del conocimiento histórico, hay quien concibe al Rey Prudente de una manera, y quien lo concibe de otra muy diferente. Pero si los dos guionistas son, como digo, cultos y profesionales, ninguno de ellos hará su labor traicionando la verdad histórica.
No, no da igual precisión que entretenimiento. Nadie entendería que mañana una televisión realizase una serie sobre la vida de Fernando Alonso y metiese cosas en el guión como que se hiciese que su etapa en McLaren la pasara en Red Bull (por ejemplo, por razones publicitarias); o que, por razón de que los guionistas están muy concienciados contra el racismo y la xenofobia, el personaje de Louis Hamilton fuese convertido en un ser angélico que dona sus ganancias a Intermon y se dirige a Alonso apelándolo siempre de «mi muy querido amigo».
Los personajes históricos, desde Viriato hasta Zapatero, merecen el mismo nivel de respeto.
domingo, octubre 24, 2010
El Jarabo
jueves, octubre 21, 2010
Pensar Madrid
Madrid nace en la Edad Media, y por eso mismo no es nada más que una ciudad medieval. Para su emplazamiento se aprovecha la amplia cornisa que el terreno dibuja cerca del río Manzanares, y que permite una vista a gran distancia, como sabe cualquiera que haya estado alguna vez en Las Vistillas. Así pues, el Madrid inicial es apenas un conjunto de arrabales que acompañan al alcázar, de tamaño tan pequeño que la ciudad, en su cara Este, apenas llegaba a unos cientos de metros de la plaza de la Villa, antes, desde luego, de lo que hoy es la Puerta del Sol. Este esquema permanece hasta nuestros días a causa de la decisión de Felipe V, tras el incendio del viejo alcázar en 1734, de encargar a Juan Batista Sachetti la erección de su palacio real en el lugar donde había estado dicho alcázar. Por lo tanto, y pese a que en el siglo XVIII las cosas ya han cambiado mucho y el concepto de ciudad ha mutado, Madrid no dejó de tener, en su formulación básica, la idea medieval que lo fundó.
Desde el momento en que Felipe II piensa en Madrid para ser la capital de España, la historia de la ciudad se escribe, prácticamente, a partir de los proyectos de planeamiento de la misma y cómo se ven desbordados por la realidad. Ya en los tiempos del Rey Prudente, los límites de la muralla de la ciudad han sido sobradamente sobrepasados, y hay mucha gente viviendo extramuros, sobre todo por el Este. En 1566 se construye una nueva cerca, que abraza todo lo que hasta entonces se ha construido, y se decreta la prohibición absoluta de construir fuera de la misma. Buena seña de lo eficiente que fue la orden es que en 1590 la superficie de la ciudad era el doble que la de la cerca.
Felipe IV retomó el proyecto anterior, es decir una nueva cerca, en 1625. Las razones de tanta obsesión por delimitar Madrid eran, sobre todo, fiscales, pues con una estructura de impuestos como la de la época, fuertemente vinculada al concepto de villa y de ayuntamiento, estar fuera era un chollo aunque, en realidad, se trabajase y se vendiese en el mismo Madrid. La cerca de 1625 fue más efectiva que la anterior y, de hecho, convirtió a Madrid en una de las ciudades del mundo de su época con mayor densidad de población.
El Madrid de Felipe IV experimenta el primer crecimiento a lo bestia. En El Tribunal de los majaderos, Salas Barbadillo hace decir a uno de sus personajes: «Suspéndeme infinito el ver en Madrid tanto edificio nuevo y luego ocupado. Nácenle nuevas casas, y las que ayer fueron arrabales hoy son principales».
Aquel Madrid que cartografió, en famoso plano, Pedro Teixeira, finaba al Este en la Puerta de Alcalá (situada entonces más o menos a la altura de Casa Gallardón) y de traza mucho más modesta de la que se levantaría Rege Carolus III, arriba de la cuesta.
La cerca de Felipe IV arrancaba en aquella puerta de Alcalá, colina arriba, hasta doblar hacia el norte más o menos por lo que hoy es la calle Serrano, entonces conocida como Ronda de la Veterinaria. Seguía hasta la calle Goya y al llegar a la cafetería que hace esquina doblaba hacia el oeste, bordeando las huertas de los Agustinos Recoletos, que daban nombre a la puerta situada más o menos donde hoy está Colón señalando con el dedo a La Meca. Zizagueaba la cerca real por la calle Génova, llegando al portillo de Santa Bárbara, en la plaza hoy de Alonso Martínez. La calle Sagasta se llamaba los Campos de Santa Bárbara, y era lugar habitual para que allí acampasen los gitanos nómadas. Terminaban estos campos en una plaza, llamada de los Pozos de la Nieve porque allí estaban algunos de los que se usaban para conservar ese fruto del invierno. Esta plaza hoy se llama de Bilbao.
Seguimos bordeando la verja por lo que hoy es la calle de Carranza, donde estaba, quizá en la calle San Andrés, la puerta de las Maravillas, que tomaba el nombre de un monasterio cercano. Bordeando la huerta de los condes de Monteleón, la cerca llegaba hasta la actual glorieta de San Bernardo, bajando hasta San Hermenegildo, donde se situaba la llamada puerta de Fuencarral. Seguía la cerca por Alberto Aguilera hasta la calle Princesa, entonces San Bernardino, donde estaba el portillo de tal nombre. A partir de ahí, la cerca hacía para tomar el cauce del Manzanares, dejando fuera la montaña del Príncipe Pío; o sea, el templo de Debod. Y seguía hasta unirse con la Puerta de la Vega, más o menos en la entrada de la catedral; y la Puerta del Puente, en el de Segovia. Seguía por las Vistillas hasta San Francisco The Great, Puerta de Toledo (que estaba algo más cerca de la Plaza Mayor que hoy en día), portillo de Embajadores (al final de la calle de ídem), portillo de Lavapiés (final de la calle de Valencia), serpenteaba hacia la puerta de Atocha, y de ahí bordeaba el Buen Retiro, de nuevo hacia la Puerta de Alcalá. En total: 400 calles, 16 plazas, 13 parroquias, 30 conventos de religiosos, 26 de monjas y 24 hospitales.
De 1811 data el proyecto de Silvestre Pérez, consistente en comunicar el Palacio Real con la iglesia de San Francisco el Grande. En mi opinión, estamos ante la primera ambición expansiva moderna de Madrid, que sólo será posible salvando la enorme quebrada formada por la calle Segovia mediante la construcción de lo que todo Madrid conoce como El Viaducto, obra de Eugenio Barón que se estrenó en 1874, aunque en 1934 fue reconstruido por Aracil, Ferrero y Aldaz. Surge, además, este eje como complemento o alternativa a la otra gran dirección de crecimiento de la ciudad, por el Este, en el eje Palacio Real-Puerta de Alcalá. En 1767, sin embargo, ha comenzado a concebirse el que, al fin y a la postre, será el gran eje ganador del Madrid moderno, con el proyecto del Salón del Prado de José de Hermosilla. Dicho proyecto es el primer creador del eje Prado-Castellana, concebido en su momento como un resultado directo de la Ilustración, razón por la cual en él se situarán los dos museos de Ciencias Naturales (el que lo es, y el que alberga el Museo del Prado) y el Jardín Botánico, todos ellos monumentos al conocimiento y al arte.
El concepto de Madrid como ciudad no cerrada, es decir superando el concepto del amurallamiento, tiene que esperar hasta el revolucionario año de 1868. Aunque, a mi modo de ver, no es la idea revolucionaria la que impulsa el crecimiento de Madrid, sino el gran avance de la Historia de la ciudad, que no es otro que el desarrollo del canal de Isabel II. Este desarrollo, que en realidad designa la construcción de una red de agua moderna en la ciudad, es el que permite que Madrid pueda, de verdad, ambicionar ser una ciudad grande en la que todos tengan un acceso sencillo a algo tan necesario como el agua.
En todo caso, 1868 es la primera vez que se proyecta, no la delimitación de la ciudad, sino su crecimiento, mediante un proyecto que les sonará a los barceloneses: el Ensanche. Porque sí, los madrileños también tenemos nuestro Eixample. Lo que pasa es que Eixample, en castellano, se dice Paseo de Ronda.
El proyecto del Ensanche, en Madrid como en Barcelona, se quedó corto. Era un proyecto que pensaba, en ese momento, en la burguesía. Sin embargo, en los veinte o treinta años que siguen a su concepción, en Madrid aparece una nueva realidad, que es la clase obrera. Y sus necesidades, claro. La industrialización de Madrid fue tan rápida, y la insensibilidad de los rectores hacia ello tan insondable, que en 1907 había más viviendas construidas fuera del Ensanche que dentro; y no pocas de ellas eran auténticas Cañadas Reales en las que el personal vívía, no sólo como ratas, sino con las ratas. Eran barrios netamente obreros, entonces, los de Cuatro Caminos, Tetuán, El Carmen, la Guindalera, La Prosperidad, Ventas, doña Carlota, Puente de Vallecas, los dos carabancheles...
Ya desde principios del siglo XX, urbanistas y políticos tenían claro que había que abordar el crecimiento de Madrid hasta los límites de su término municipal. Sin embargo, el planeamiento tuvo escasos avances hasta la llegada de la II República. Así como la República fue dubitativa o ineficaz para muchas cosas, en el caso de Madrid no fue tan así. Indalecio Prieto, político sin demasiada formación técnica pero con cierta inspiración para eso que hoy se llama la ordenación del territorio, tuvo muy claro que Madrid tenía que crecer y que dotarse de una buena red de transportes. Quizá su principal obra fuese el área de los Nuevos Ministerios.
La apuesta de Prieto por los transportes tenía mucho que ver con el nuevo planeamiento estratégico que la República hizo sobre Madrid. La Comisión de planeamiento fundada al efecto, y que presidió el también socialista Julián Besteiro, es la primera que se plantea seriamente que el crecimiento de Madrid ciudad, en realidad, debe concebirse en relación con todas las poblaciones que la rodean. Besteiro y su gente, por lo tanto, conciben, de alguna manera, la idea de área metropolitana, cuyos crecimientos deben estar, de alguna manera, coordinados. Estos planteamientos, sin embargo, apenas prosperaron, por razones que conocemos bien.
Terminada la guerra civil, la administración franquista tomó derroteros diferentes. Madrid se fusionó 28 municipios de sus alrededores, en una decisión que acabarían sintiendo los gestores de la democracia, pues es el origen del hecho de que en la región madrileña apenas hubiese municipios de escaso desarrollo, acreedores por lo tanto de los fondos estructurales europeos. El Plan de Urbanización de Madrid da, más o menos, por terminado el desarrollo de la almendra central, y prevé el desarrollo de los poblamientos periféricos que acaban de ser anexionados. La intención del franquismo era la de encerrar el centro de la capital el un anillo verde, más allá del cual los nuevos núcleos poblacionales crecerían de acuerdo con las previsiones demográficas.
Muchos teóricos han querido ver en esta forma de planeamiento una intención política. Verdaderamente, este planeamiento «reservaba» la ciudad para las clases más pudientes, estableciendo el crecimiento de las viviendas modestas en núcleos distintos y separados por el famoso anillo verde. Suponía, por lo tanto, una intención de colocar, por decirlo en términos marxistas, a burgueses y proletarios en ámbitos distintos. Esta interpretación tiene probablemente visos de certitud, aunque también es cierto que en el mundo no eran pocas las ciudades que se planeaban con esquemas muy parecidos, sin necesidad de que los gobiernos que tales cosas impulsaron fuesen muy fachas.
Los urbanistas del franquismo, sin embargo, erraron como conejas a la hora de planificar el crecimiento de la ciudad. El Plan de Urbanización soñaba con un Madrid que tendría dos millones y medio de habitantes en 1980 y tres millones a fines de siglo. Lo que se dice un fallo del 100%. En los años subsiguientes, sobre todo a partir de 1960, no será ya sólo el crecimiento indiscriminado el que desborde los límites de la planificación. Lo hará el propio Estado mediante sus planes de vivienda, creando poblados de absorción, poblados dirigidos, y otras figuras, donde se supone que tenía que estar el famoso anillo verde; y, sobre todo, mutando las pequeñas unidades poblacionales que rodeaban el centro de la ciudad en las conocidas en los años setenta como «ciudades dormitorio», núcleos urbanos dotados con cantidades interminables de viviendas, y apenas servicios.
A partir de los sesenta, además, la entrada en juego de la iniciativa privada, que aupada en el desarrollismo comienza a sentar las bases del futuro boom inmobiliario, hace que los escrúpulos del crecimiento se hagan aún menores.
Prueba de que el franquismo no se dio mucha prisa en el planeamiento de la ciudad es que el Plan de Urbanización de 1946 no es sustituido hasta casi 20 años después, 1964, cuando la ciudad es ya claramente otra. El Plan de 1964 recupera, de alguna manera, las viejas ideas de Besteiro y de Prieto, se plantea planificar el crecimiento de todo el área metropolitana y, consecuentemente, crea una institución que hoy no sonará a nada pero que en su tiempo fue la pera limonera: la Coplaco (Comisión de Planeamiento y Coordinación).
En realidad, el plan del 64 no se apartó de la filosofía de su antecesor. A pesar de que el centro de la ciudad había desbordado su crecimiento, la planificación de Madrid sigue creyendo que puede detenerlo y crecer sólo en los núcleos periféricos. Los años sesenta caen sobre esas ideas como un yunque de toneladas. Aquel Plan, que por ejemplo esperaba el crecimiento de Leganés hasta unos 50.000 habitantes en la década, vio cómo la población real del pueblo se iba a los 150.000. Lo que se dice un fallo del 200%.
Entre 1964 y 1971, el Plan se enmendó 105 veces. Aún así, a principios de los setenta en torno al 50% del suelo ocupado en el Área Metropolitana lo era en contra de las previsiones del Plan. En 1971, el gobierno decide extender el planeamiento urbanístico a todo el ámbito de la región de Madrid, y renuncia, por primera vez, a limitar el crecimiento de la ciudad.
Muchos pensaron que la llegada de la democracia terminaría con la mala planificación de Madrid. Pero se equivocaron. En primer lugar, la democracia trajo fenómenos insospechados hasta entonces, como son la competencia entre ayuntamientos y, sobre todo, con el tiempo, la competencia entre Ayuntamiento y gobierno regional. Por otro lado, en los primeros años de la democracia, los ayuntamientos de las ciudades-dormitorio se encontraron gestionando grandes monstruos urbanos con gravísimas carencias de servicios, presionados ahora además por demandas nuevas como la conservación del medio ambiente, lo cual les dificultó centrar la vista en la cuestión del crecimiento.
Para colmo, la llegada de la democracia a España vino a coincidir con un periodo en el que en muchas grandes ciudades del mundo, Madrid entre ellas, se constaba el lento estancamiento, o aún regresión, de la población del centro de la ciudad. No pocos observadores cometieron el error de aplicar a este hecho un enfoque determinista (lo que ocurre hoy seguirá pasando) para desarrollar, de nuevo, la teoría de que las grandes ciudades iban a dejar de crecer, así pues no había que planear en ellas crecimientos. Esta idea es el germen del boom inmobiliario de 1980, que será de tal magnitud que, en realidad, y hasta la llegada de la crisis en el 2008, nadie ha podido ya con él.
La Historia de Madrid como ciudad es, pues, la Historia de cómo quienes han pensado la ciudad, una vez y otra, han sido incapaces de imaginar algo parecido al futuro real.
La pregunta, obviamente, es si algún día alguien encontrará la piedra filosofal.
martes, octubre 19, 2010
Pues claro
Como magistralmente refiere José Alba en su divertidísima Historia sintética de Madrid. Madrid, Estades, 1949, si la estatua de Felipe IV está en pie, es en parte gracias a Galileo Galilei.
Pero esperemos un poco antes de erigir la estatua. Echemos hacia atrás la máquina del tiempo, a los momentos en que el palacio real de Madrid era un alcázar. Entonces, lo que hoy es la plaza de Oriente era un simple y puro erial. Sin embargo, la cercanía con el castillo fue provocando que al sitio fuesen realizándole trabajos de roturación que acabaron convirtiendo el erial en un huerto. El Huerto de la Priora, perteneciente al monasterio de Santo Domingo el Real. Allí hubo instalado, entre otras cosas, un juego de pelota, amén de varios conventos. Todo aquello, salvo los Caños del Peral, se los llevaría por delante José Bonaparte cuando alumbró la idea de crear un eje entre el Palacio de Oriente y la Cibeles, al modo de los campos Elíseos de París.
La verdadera renovación de la plaza, acercándola al aspecto que tiene hoy, se produce en 1841, gracias a la labor de dos personajes bien conocidos por quienes pasean por Madrid: Agustín Argüelles, tutor de la reina Isabel; y Martín de los Heros, intendente de Palacio. Son ellos los que colocan los jardines de la plaza, así como las 44 estatuas de monarcas que adornan el lugar, y que fueron esculpidas para colocar en la balaustrada del Palacio; labor que no se realizó porque pesan un huevo y se temió que no se sostuviesen.
¿Alguien se sabe de memoria los nombres de los retratados? Lo dudo. Yo copio: Ataúlfo, Eurico, Teodorico, Leovigildo, Suintila y Wamba, todos ellos godos; Pelayo, Alfonso I el Católico, Ídem II el Casto, e Ídem III el Magno. Ramiro I y Ordoño I, reyes que fueron de Asturias. Fernán González, conde de Castilla, Alfonxo VIII y doña Berenguela; Íñigo Arista, fundador del reino pirenaico; Wilfredo el Belloso y Ramón Berenguer, condes de Barcelona. Ramiro I, Ramiro II, Sancho Ramírez, Alfonso V, Doña Petronila, Jaime I y Sancho IV, reyes de Aragón. Ordoño II, Ramiro II, Alfonso V, Alfonso IX, reyes de León. Fernando I, Fernando V, Isabel la Católica, Alfonso VI, Alfonso X, Alfonso XI, doña Urraca, Sancho IV, Juan I y Felipe II, reyes de Castilla y de León.
Petrus Tacca F. Florenciae anno salutis MDCXXXX. Ésta es la expresión que, si no habéis sido atacados por la presbicia o el estrabismo, podréis leer en la cincha del caballo que gobierna Felipe IV, y que declara la autoría de Pedro Tacca, el soberbio artesano italiano que también participó en la estatua de Felipe III de Gianbologna (que es, dicho sea de paso, mi escultor renacentista preferido). Felipe IV, queriendo tener la estatua, le pidió a la gran duquesa de Toscana, Cristina de Lorena, que hiciese el encargo. Ella, o tal vez el rey, quería que en la estatua apareciese el caballo cabalgando, hecho éste que le presentó notables dificultades técnicas a Tacca, pues la estatua ya no podría apoyarse tan sólidamente como otras.
Dado que Tacca consideraba la obra imposible, Diego Velázquez le envió un boceto del rey con lo que se le pedía. Fue Galileo, según Tacca, quien arregló la cosa, recomendando al escultor que aligerase la carga de la obra fundiéndola en dos fascículos: el culo y la mitad posterior, macizo (para que aguante); y la mitad de delante, hueca (para que no pese).
La estatua así concebida pesa unas 18.000 libras, dice Alba, que deben de ser como 9 toneladas. Mucho me parece; puede que sea otra libra que la que yo conozco. En el pedestal, y como homenaje a la actuación del pintor sevillano, hay un bajorrelieve con la imposición por el rey del hábito de Santiago a Velázquez, y otro que loa a las ciencias y a las artes.
Durante la guerra civil, el peso de la estatua fue un problema. En la zona las bombas caían con profusión, así pues el orgulloso Felipe corría peligro de recibir un obusazo que lo convirtiese en un recuerdo. Aquí le vemos en la protección que se le dispensó.
lunes, octubre 18, 2010
Matar a Hitler
Formato pdf, al menos de momento.
Eppur si mouve, tronco
Para endulzar la espera, como sabéis los lectores habituales, suelo dejar por ahí alguna adivinanza que, una vez resuelta, pienso os pueda servir (a los que no sepais la respuesta, porque hasta hoy casi siempre ha habido quien se la sabía) para epatar en las comidas familiares y dejar sentado al típico sabelotodo que pretende tener la respuesta para cualquier cuestión.
Esta adivinanza va tal que así:
En Madrid hay muchos monumentos, y de todos ellos merecería la pena hablar. Pero hay uno, concretamente, que es el único monumento, al menos según mi información, que si está en pie y a la vista de todos es gracias al famoso científico italiano Galileo Galilei, quien tuvo una intervención directa para hacerlo posible.
A ver si sabéis cuál es.
La solución se puede encontrar en internet, por cierto. Pero hay que buscarla...
viernes, octubre 15, 2010
Matar a Hitler (Epílogo)
Inmediatamente después del mensaje radiado de Goebbels, los teléfonos de la Bedlerstrasse se volvieron locos. La mayoría de las llamadas se correspondían con distintos jefes de unidad cuyo nivel de compromiso con la conspiración comenzaba a flaquear claramente. En realidad, el mensaje radiado había sido un mazazo, pero no tanto por afirmar que Hitler estaba vivo (cosa que, al fin y al cabo, podía seguir siendo una mentira, ya que el anuncio no lo había hecho el propio Hitler) como por la demostración palpable de que los jerarcas nazis mantenían un nivel de control de la situación lo suficientemente elevado como para seguir controlando la radio. Stauffenberg seguía repitiendo y repitiendo que no podía ser verdad, que él tenía la certeza de haber matado a Hitler. Sin embargo, a eso de las siete y algo de la tarde, Hoepner parecía estar a punto de derrumbarse, y Olbricht comenzaba a creer que Beck podría tener razón al aseverar que tal vez Hitler estaba vivo.
Cuando, a esa hora, Witzleben por fin se acercó por la Bendlestrasse, con su bastón de mariscal de campo, no estaba de muy buen humor. No quería recibir información de nadie que no fuese Beck (ciertamente, la aristocracia militar alemana siempre ha sido muy rígida) y, además, sabía, porque llegaba de la calle, que las unidades de reserva movilizadas empezaban a dispersarse. Quirnheim y Olbricht convocaron una reunión urgente de oficiales para levantar la moral, pero el remedio fue peor que la enfermedad: Franz Herber y Bode von der Heyde, dos jóvenes coroneles pronazis, espoleados por la noticia de la supervivencia, dieron por culo durante la asamblea todo lo que pudieron, y más.
Más o menos a esa misma hora, el mayor Remer llegaba a la casa de Goebbels. El ministro de Propaganda le preguntó sobre su lealtad, que Remer dijo no se había movido. Campanudamente, el ministro nazi le anunció que el destino del Reich, ahora, estaba en sus manos. En las manos de un oficial intermedio. Según Speer, tomó teatralmente las manos de Remer, las estrechó largamente y, luego, dio su gran golpe de efecto: fue al teléfono, lo descolgó, activó la línea directa con Rastenburg, pidió hablar con el Führer y, cuando le dijeron que Hitler estaba al habla, le ofreció el auricular a Remer.
El mayor del cuerpo de guardias se cagó por la pata abajo mientras aplicaba el auricular a su oreja derecha y dejaba que en su tímpano del mismo lado vibrase la inconfundible tonalidad de la voz de Hitler. El Führer también era un experto manipulador de almas, como Goebbels. Indicó a Remer que a partir de ese momento quedaba bajo su mando personal. Aquello era todo lo que necesitaba aquel modesto mayor para sentirse el salvador de la Patria.
El fundador de Salomon Brothers, en su época una famosa firma de inversiones de Wall Street, solía decir que quería que sus ejecutivos llegasen cada mañana a trabajar con el deseo de morderle el culo a un oso kodiak. Ése, exactamente, fue el espíritu con que el mayor Remer salió a la calle aquella noche. Probablemente, aunque los conspiradores hubiesen contado con diez divisiones acorazadas, lo mismo se los habría llevado por delante.
En Francia, también a eso de las siete, el mariscal Kluge estaba en la duda. Nadie sabía nada con certeza. El mariscal recibía llamadas de compañeros, como el general Von Falkenhausen, a los que no sabía a ciencia cierta qué decir. A esa hora, sin embargo, Blumentritt llegó, por fin, a La Roche-Guyon, portando una presunta orden del general Von Witzleben (presunta, porque Olbricht y Beck la habían remitido horas antes de que el general se presentase en la Bendlestrasse) ordenando el arresto de todos los oficiales importantes de la SS y los miembros del NSDAP. Aquella comunicación estuvo a punto de decidirle de que Hitler estaba muerto, pero para entonces recibió una comunicación telefónica de Keitel desde Rastenburg, informándole de que estaba vivo, así como de que Himmler era ahora el jefe del ejército de reserva, lo que significaba que ninguna orden firmada por Fromm, Hoepner o Witzleben debía ser atendida.
Kluge se sintió relajado: al fin y al cabo, si ciertamente el golpe había fracasado, él se enteraba antes de haber hecho nada a su favor. Ordenó a Blumentritt que llamase a Rastenburg, pero nadie se puso porque estaban todos reunidos. Finalmente, recordando que allí estaría Stieff, a quien conocía levemente, preguntó por él. Stieff, como sabemos, era parte de la conspiración. Pero a esas horas, viviendo en primera persona todo lo que estaba pasando en Rastenburg, tenía tan claro que el golpe había fracasado que desistió de intoxicar al jefe del frente Oeste.
Quien, sin embargo, no se resignaba, era Stuepnagel. En el momento en que Blumentritt lograba el contacto con Stieff, el general viajaba hacia La Roche-Guyon, acompañado del coronel Hofacker (primo de Stauffenberg) y del doctor Max Horst, éste último cuñado del general Speidel, también partidarios del golpe.
Kluge recibió a esta delegación deshaciéndose en deferencias, e inició una reunión con ellos a la que se unió Blumentritt. Hofacker realizó un largo discurso de un cuarto de hora sobre la necesidad de que Alemania se deshiciese de Hitler. Kluge lo escuchó con total educación y, cuando el coronel hubo terminado, zanjó la cuestión con un lacónico:
-Caballeros, el tiro ha fallado.
Seguidamente, les preguntó si cenarían con él.
En ese momento, Stuepnagel supo que estaba más muerto que vivo. En París, tropas a sus órdenes estaban deteniendo oficiales de la SS y de la Gestapo. Él había ido a La Roche-Guyon para obtener de Kluge el OK a esa orden. Y ahora sabía que el mariscal no lo daría. Estaba perdido.
Espoleado por su sentido del honor, Stuepnagel preguntó a Kluge durante la cena si podían hacer un aparte. Allí, a solas, le confesó lo de las detenciones en París. Cuando Kluge supo que su idea de que no había hecho nada a favor del golpe no era verdad, le pasó lo que Fromm unas dos o tres horas antes: tuvo un gran ataque de ira, seguido de una extraña tranquilidad que, en realidad, quería decir que no sabía qué hacer. Acabó por decirle a Stuepnagel que le quitaba el mando, y aconsejándole que desapareciese. Acto seguido, musitó para sí:
-Si por lo menos ese cerdo estuviese muerto...
Ya de noche, el oficial de la SS que en su día había rescatado a Mussolini, Otto Skorzeny, llegó a Berlín para coordinar el contraataque de la SS. Había sido intereceptado en un coche camino de Viena para poder colaborar en la obra. Algo más tarde de la medianoche, aterrizaría en Berlín Himmler, y se dirigiría inmediatamente a casa de Goebbels
A las diez y media, Herber, Von der Heyde y otros pronazis asaltaron la Bendlestrasse. Entraron en una sala de reuniones donde Olbricht estaba reunido con civiles: Eugen Gerstenmeier, Peter Yorck y Berthold Stauffenberg. Había un cuarto, Otto John, pero se había ido a las nueve. La secretaria Delia Ziegler salió por patas por el pasillo para avisar a Beck y a Hoepner, que estaban con Fromm. Por el camino, encontró a Stauffenberg y Haeften, que se dirigieron inmediatamente a la sala. Hubo un tiroteo. Stauffenberg fue herido en su único brazo. Los pronazis terminaron por ganar, arrestaron a Stauffenberg, Beck, Hoepner, Olbricht y Haeften, y liberaron a Fromm. Éste se apresuró a montar un consejo de guerra a las once de la noche. Sabedor de que las órdenes de los conspiradores, realizadas bajo tu teórico mando, le implicaban en el golpe, estaba ansioso por hacer méritos. Beck solicitó el derecho que le asistía como alto mando de recibir una pistola para suicidarse. A Hoepner le ofrecieron la misma solución, pero la rechazó.
Beck estaba tan nervioso que falló su primer tiro en la sien. Cuando le fueron a quitar la pistola, rogó por una nueva oportunidad, que Fromm le concedió. Solicitó también ayuda si fallaba, por lo que Fromm designó a un sargento para hacer el trabajo. Todo parece indicar que, realmente, lo que mató a Beck fue el disparo en la nuca del sargento, por lo que siempre se ha especulado que también en la segunda intentona falló, cuando menos en parte.
Mientras tanto, Fromm había hecho formar en el patio un pelotón de fusilamiento y, con la vista puesta en el reloj (es de suponer que sabía o suponía que Himmler, el verdadero jefe del ejército de reserva, no tardaría mucho en presentarse, y quería tener el trabajo hecho para entonces) decretó la condena a muerte de Stauffenberg, Olbricht, Quirnheim y Haeften (Hoepner, de mayor graduación, fue enviado a prisión a la espera de juicio). En realidad, Stauffenberg estaba ya muy jodido, por la fea herida recibida en el brazo. De hecho, si bajó al patio fue porque Haeften lo llevó casi en volandas.
En el Hotel Raphael de París, a esas horas, los hombres que habían obedecido las órdenes de Stuepnagel estaban cogiéndose un moco histórico. Uno de los miembros de ese grupo, el coronel Linstow, consiguió hablar con Stauffenberg cuando los pronazis entraban ya en el ministerio y, al colgar, la cascó de un infarto. Stuepnagel llegó pasadas las doce. Se limitó a unirse al consumo inmoderado de alcohol y esperar, indolentemente, al último acto del golpe, que fue la retransmisión radiada del propio Hitler, que se produjo a eso de la una.
Para entonces, los principales conspiradores estaban ya muertos. Goerdeler había huido de la Bendlestrasse y estaba escondido. Otto John, el que se había marchado a las nueve, estaba en su casa con su hermano y el hermano de Bonhoeffer, temiendo que en cualquier momento la Gestapo aporrease la puerta. Gisevius estaba escondido en un sótano. Tresckow, en el frente del Este, estaba acostado sin dormir; cuando Schlabrendorff le informó del fracaso, se limitó a sentenciar: «Me dispararé en la cabeza». Por lo que respecta a Dohnanyi, Müller, Bonhoeffer, Hoepner, Gerstenmaier, Yorck y Berthold Stauffenberg, no pudieron oír el mensaje de Hitler; en la cárcel no dejaban escuchar la radio tan tarde.
Ernst Kaltenbrunner, responsable de seguridad del Reich, se presentó en la Bendlestrasse un poco antes de las doce. Aquello detuvo las ejecuciones sumarias de Fromm. La SS tomó el edificio y, en ese momento, Fromm, radiante con sus muertos bajo el brazo, pensó que era el momento de ir a casa de Goebbels, a hacer méritos. El taimado ministro nazi lo recibió con frialdad, le anunció que estaba arrestado, y le dejó helado al decirle: «Se ha dado usted jodida prisa para poner sus testigos bajo tierra».
En París, el general de la SS Karl Oberg fue encomendado de la misión de arrestar a Stuepnagel. Cuando llegó al Hotel Raphael, se lo encontró mamado, con su gente. Stuepnagel aceptó la misión sin problemas, y le invitó a unirse a la fiesta. Y así los encontró Blumentritt, cuando llegó de La Roche-Guyon, con órdenes de Kluge de tomar el mando de Stuepnagel.
Stuepnagel fue reclamado en Berlín por Keitel. En el coche en el que hizo el viaje solicitó una parada a la altura de Sedan, un lugar de gran significado para cualquier militar prusiano por la importante batalla que allí decidió la guerra franco-prusiana. Salió a mear, aunque en realidad salió para suicidarse. Se cascó un tiro en la sien que reventó su ojo derecho. Lo encontraron flotando inconsciente en el río. En el hospital de Verdún lo curaron lo suficiente como para estar presente en su consejo de guerra.
Kluge, por su parte, envió a Hitler un extenso informe acusando de todo a Stuepnagel. Pero cuando vio llegar a La Roche-Guyon al mariscal de campo Walther Model, con órdenes de sustituirle, supo que estaba condenado. Fue llamado a Berlín. En el viaje en coche, pararon para comer y Kluge se sentó al pie de un árbol para tomar su almuerzo. Su almuerzo, y una dosis de veneno con la que se mató.
En la mañana del 21 de julio, Tresckow se levantó, tomó un coche, condujo hasta el frente y penetró en tierra de nadie, justo entre las líneas alemanas y rusas. Luego hizo varios disparos al aire, quizá para que pareciese que se había visto envuelto en algún tipo de enfrentamiento. Luego cogió una granada, tiró de la anilla. Y la dejó en su mano. En realidad, su compañero Schlabrendorff, que sin éxito intentó convencerle de que no se matase, es el militar de mayor rango que, habiendo estado implicado en el golpe, salvó el pellejo. Aunque también llegó a estar detenido por la Gestapo y coqueteando con la idea de matarse, porque fue salvajemente torturado.
Fellgiebel y Stieff, los compañeros de Stauffenberg en Rastenburg, fueron arrestados, al igual de Hofacker y Finckh. Witzleben, quien había llegado tarde a la Bendlestrasse y se había marchado no más tarde de las diez, fue arrestado en la mañana del día siguiente. Por lo que se refiere a Goerdeler, dado que la Gestapo aprendió en la documentación incautada que tenía un importante papel previsto en la nueva Alemania surgida del golpe, puso precio a su cabeza (un millón de marcos). Huyó de Berlín y llegó hasta Marienburgo, donde durmió en la sala de espera de la estación de tren. Allí lo reconoció una mujer, que lo denunció y facilitó su arresto. Los nazis, por cierto, nunca le pagaron a la señora el millón de marcos.
Kleist y Delia Ziegler fueron arrestados. Gisevius, sin embargo, logró escabullirse, aunque no podía volver a su casa, así pues pasó todo el invierno berlinés cagado de frío porque sólo tenía ropa de verano, hasta que, en enero del año siguiente, consiguió pasar a Suiza. Por lo que respecta a Otto John, aprovechó que era asesor jurídico de la Lufthansa; se limitó a tomar, con toda normalidad, el vuelo de la compañía que, el 24 de julio, le llevó de Berlín a Madrid, y allí se multiplicó por cero. Otros conspiradores que se salvaron fueron Schlabrendorff, Müller, Pastor Niemöller, o los familiares de Stauffenberg, Goerdeler, Tresckow y Hofacker. Estaban todos en un campo de concentración liberado por los estadounidenses el 4 de mayo de 1945.
El 22 de septiembre, la Gestapo encontró y abrió el refugio de papeles de Donanhyi en Zossen. Fruto de la documentación encontrada pudo probar la implicación de personas como Canaris u Oster.
Se estima que no menos de 7.000 personas fueron arrestadas e interrogadas en relación con el golpe, de los cuales unos 200 fueron ejecutados. Antes, algunos fueron torturados, otros mantenidos encadenados, o sin comida. Los libros que he podido consultar dicen que no sólo se filmaron los juicios, sino también las ejecuciones. Lo que no sé es si esas películas siguen existiendo y, si es así, quién las custodia.
He citado en este conjunto de posts decenas de nombres. La inmensa mayoría de ellos, militares. Espero, pues, haberte convencido de que, si quieres hablar con propiedad, cuando te refieras a los alemanes que lucharon durante la segunda guerra mundial, no debes utilizar la expresión «los nazis».
La inmensa mayoría de los citados en esta serie dio su vida para convencerte de esto.