jueves, octubre 21, 2010

Pensar Madrid

Madrid nace en la Edad Media, y por eso mismo no es nada más que una ciudad medieval. Para su emplazamiento se aprovecha la amplia cornisa que el terreno dibuja cerca del río Manzanares, y que permite una vista a gran distancia, como sabe cualquiera que haya estado alguna vez en Las Vistillas. Así pues, el Madrid inicial es apenas un conjunto de arrabales que acompañan al alcázar, de tamaño tan pequeño que la ciudad, en su cara Este, apenas llegaba a unos cientos de metros de la plaza de la Villa, antes, desde luego, de lo que hoy es la Puerta del Sol. Este esquema permanece hasta nuestros días a causa de la decisión de Felipe V, tras el incendio del viejo alcázar en 1734, de encargar a Juan Batista Sachetti la erección de su palacio real en el lugar donde había estado dicho alcázar. Por lo tanto, y pese a que en el siglo XVIII las cosas ya han cambiado mucho y el concepto de ciudad ha mutado, Madrid no dejó de tener, en su formulación básica, la idea medieval que lo fundó.

Desde el momento en que Felipe II piensa en Madrid para ser la capital de España, la historia de la ciudad se escribe, prácticamente, a partir de los proyectos de planeamiento de la misma y cómo se ven desbordados por la realidad. Ya en los tiempos del Rey Prudente, los límites de la muralla de la ciudad han sido sobradamente sobrepasados, y hay mucha gente viviendo extramuros, sobre todo por el Este. En 1566 se construye una nueva cerca, que abraza todo lo que hasta entonces se ha construido, y se decreta la prohibición absoluta de construir fuera de la misma. Buena seña de lo eficiente que fue la orden es que en 1590 la superficie de la ciudad era el doble que la de la cerca.

Felipe IV retomó el proyecto anterior, es decir una nueva cerca, en 1625. Las razones de tanta obsesión por delimitar Madrid eran, sobre todo, fiscales, pues con una estructura de impuestos como la de la época, fuertemente vinculada al concepto de villa y de ayuntamiento, estar fuera era un chollo aunque, en realidad, se trabajase y se vendiese en el mismo Madrid. La cerca de 1625 fue más efectiva que la anterior y, de hecho, convirtió a Madrid en una de las ciudades del mundo de su época con mayor densidad de población.

El Madrid de Felipe IV experimenta el primer crecimiento a lo bestia. En El Tribunal de los majaderos, Salas Barbadillo hace decir a uno de sus personajes: «Suspéndeme infinito el ver en Madrid tanto edificio nuevo y luego ocupado. Nácenle nuevas casas, y las que ayer fueron arrabales hoy son principales».

Aquel Madrid que cartografió, en famoso plano, Pedro Teixeira, finaba al Este en la Puerta de Alcalá (situada entonces más o menos a la altura de Casa Gallardón) y de traza mucho más modesta de la que se levantaría Rege Carolus III, arriba de la cuesta.

La cerca de Felipe IV arrancaba en aquella puerta de Alcalá, colina arriba, hasta doblar hacia el norte más o menos por lo que hoy es la calle Serrano, entonces conocida como Ronda de la Veterinaria. Seguía hasta la calle Goya y al llegar a la cafetería que hace esquina doblaba hacia el oeste, bordeando las huertas de los Agustinos Recoletos, que daban nombre a la puerta situada más o menos donde hoy está Colón señalando con el dedo a La Meca. Zizagueaba la cerca real por la calle Génova, llegando al portillo de Santa Bárbara, en la plaza hoy de Alonso Martínez. La calle Sagasta se llamaba los Campos de Santa Bárbara, y era lugar habitual para que allí acampasen los gitanos nómadas. Terminaban estos campos en una plaza, llamada de los Pozos de la Nieve porque allí estaban algunos de los que se usaban para conservar ese fruto del invierno. Esta plaza hoy se llama de Bilbao.

Seguimos bordeando la verja por lo que hoy es la calle de Carranza, donde estaba, quizá en la calle San Andrés, la puerta de las Maravillas, que tomaba el nombre de un monasterio cercano. Bordeando la huerta de los condes de Monteleón, la cerca llegaba hasta la actual glorieta de San Bernardo, bajando hasta San Hermenegildo, donde se situaba la llamada puerta de Fuencarral. Seguía la cerca por Alberto Aguilera hasta la calle Princesa, entonces San Bernardino, donde estaba el portillo de tal nombre. A partir de ahí, la cerca hacía para tomar el cauce del Manzanares, dejando fuera la montaña del Príncipe Pío; o sea, el templo de Debod. Y seguía hasta unirse con la Puerta de la Vega, más o menos en la entrada de la catedral; y la Puerta del Puente, en el de Segovia. Seguía por las Vistillas hasta San Francisco The Great, Puerta de Toledo (que estaba algo más cerca de la Plaza Mayor que hoy en día), portillo de Embajadores (al final de la calle de ídem), portillo de Lavapiés (final de la calle de Valencia), serpenteaba hacia la puerta de Atocha, y de ahí bordeaba el Buen Retiro, de nuevo hacia la Puerta de Alcalá. En total: 400 calles, 16 plazas, 13 parroquias, 30 conventos de religiosos, 26 de monjas y 24 hospitales.

De 1811 data el proyecto de Silvestre Pérez, consistente en comunicar el Palacio Real con la iglesia de San Francisco el Grande. En mi opinión, estamos ante la primera ambición expansiva moderna de Madrid, que sólo será posible salvando la enorme quebrada formada por la calle Segovia mediante la construcción de lo que todo Madrid conoce como El Viaducto, obra de Eugenio Barón que se estrenó en 1874, aunque en 1934 fue reconstruido por Aracil, Ferrero y Aldaz. Surge, además, este eje como complemento o alternativa a la otra gran dirección de crecimiento de la ciudad, por el Este, en el eje Palacio Real-Puerta de Alcalá. En 1767, sin embargo, ha comenzado a concebirse el que, al fin y a la postre, será el gran eje ganador del Madrid moderno, con el proyecto del Salón del Prado de José de Hermosilla. Dicho proyecto es el primer creador del eje Prado-Castellana, concebido en su momento como un resultado directo de la Ilustración, razón por la cual en él se situarán los dos museos de Ciencias Naturales (el que lo es, y el que alberga el Museo del Prado) y el Jardín Botánico, todos ellos monumentos al conocimiento y al arte.

El concepto de Madrid como ciudad no cerrada, es decir superando el concepto del amurallamiento, tiene que esperar hasta el revolucionario año de 1868. Aunque, a mi modo de ver, no es la idea revolucionaria la que impulsa el crecimiento de Madrid, sino el gran avance de la Historia de la ciudad, que no es otro que el desarrollo del canal de Isabel II. Este desarrollo, que en realidad designa la construcción de una red de agua moderna en la ciudad, es el que permite que Madrid pueda, de verdad, ambicionar ser una ciudad grande en la que todos tengan un acceso sencillo a algo tan necesario como el agua.

En todo caso, 1868 es la primera vez que se proyecta, no la delimitación de la ciudad, sino su crecimiento, mediante un proyecto que les sonará a los barceloneses: el Ensanche. Porque sí, los madrileños también tenemos nuestro Eixample. Lo que pasa es que Eixample, en castellano, se dice Paseo de Ronda.

El proyecto del Ensanche, en Madrid como en Barcelona, se quedó corto. Era un proyecto que pensaba, en ese momento, en la burguesía. Sin embargo, en los veinte o treinta años que siguen a su concepción, en Madrid aparece una nueva realidad, que es la clase obrera. Y sus necesidades, claro. La industrialización de Madrid fue tan rápida, y la insensibilidad de los rectores hacia ello tan insondable, que en 1907 había más viviendas construidas fuera del Ensanche que dentro; y no pocas de ellas eran auténticas Cañadas Reales en las que el personal vívía, no sólo como ratas, sino con las ratas. Eran barrios netamente obreros, entonces, los de Cuatro Caminos, Tetuán, El Carmen, la Guindalera, La Prosperidad, Ventas, doña Carlota, Puente de Vallecas, los dos carabancheles...

Ya desde principios del siglo XX, urbanistas y políticos tenían claro que había que abordar el crecimiento de Madrid hasta los límites de su término municipal. Sin embargo, el planeamiento tuvo escasos avances hasta la llegada de la II República. Así como la República fue dubitativa o ineficaz para muchas cosas, en el caso de Madrid no fue tan así. Indalecio Prieto, político sin demasiada formación técnica pero con cierta inspiración para eso que hoy se llama la ordenación del territorio, tuvo muy claro que Madrid tenía que crecer y que dotarse de una buena red de transportes. Quizá su principal obra fuese el área de los Nuevos Ministerios.

La apuesta de Prieto por los transportes tenía mucho que ver con el nuevo planeamiento estratégico que la República hizo sobre Madrid. La Comisión de planeamiento fundada al efecto, y que presidió el también socialista Julián Besteiro, es la primera que se plantea seriamente que el crecimiento de Madrid ciudad, en realidad, debe concebirse en relación con todas las poblaciones que la rodean. Besteiro y su gente, por lo tanto, conciben, de alguna manera, la idea de área metropolitana, cuyos crecimientos deben estar, de alguna manera, coordinados. Estos planteamientos, sin embargo, apenas prosperaron, por razones que conocemos bien.

Terminada la guerra civil, la administración franquista tomó derroteros diferentes. Madrid se fusionó 28 municipios de sus alrededores, en una decisión que acabarían sintiendo los gestores de la democracia, pues es el origen del hecho de que en la región madrileña apenas hubiese municipios de escaso desarrollo, acreedores por lo tanto de los fondos estructurales europeos. El Plan de Urbanización de Madrid da, más o menos, por terminado el desarrollo de la almendra central, y prevé el desarrollo de los poblamientos periféricos que acaban de ser anexionados. La intención del franquismo era la de encerrar el centro de la capital el un anillo verde, más allá del cual los nuevos núcleos poblacionales crecerían de acuerdo con las previsiones demográficas.

Muchos teóricos han querido ver en esta forma de planeamiento una intención política. Verdaderamente, este planeamiento «reservaba» la ciudad para las clases más pudientes, estableciendo el crecimiento de las viviendas modestas en núcleos distintos y separados por el famoso anillo verde. Suponía, por lo tanto, una intención de colocar, por decirlo en términos marxistas, a burgueses y proletarios en ámbitos distintos. Esta interpretación tiene probablemente visos de certitud, aunque también es cierto que en el mundo no eran pocas las ciudades que se planeaban con esquemas muy parecidos, sin necesidad de que los gobiernos que tales cosas impulsaron fuesen muy fachas.

Los urbanistas del franquismo, sin embargo, erraron como conejas a la hora de planificar el crecimiento de la ciudad. El Plan de Urbanización soñaba con un Madrid que tendría dos millones y medio de habitantes en 1980 y tres millones a fines de siglo. Lo que se dice un fallo del 100%. En los años subsiguientes, sobre todo a partir de 1960, no será ya sólo el crecimiento indiscriminado el que desborde los límites de la planificación. Lo hará el propio Estado mediante sus planes de vivienda, creando poblados de absorción, poblados dirigidos, y otras figuras, donde se supone que tenía que estar el famoso anillo verde; y, sobre todo, mutando las pequeñas unidades poblacionales que rodeaban el centro de la ciudad en las conocidas en los años setenta como «ciudades dormitorio», núcleos urbanos dotados con cantidades interminables de viviendas, y apenas servicios.

A partir de los sesenta, además, la entrada en juego de la iniciativa privada, que aupada en el desarrollismo comienza a sentar las bases del futuro boom inmobiliario, hace que los escrúpulos del crecimiento se hagan aún menores.

Prueba de que el franquismo no se dio mucha prisa en el planeamiento de la ciudad es que el Plan de Urbanización de 1946 no es sustituido hasta casi 20 años después, 1964, cuando la ciudad es ya claramente otra. El Plan de 1964 recupera, de alguna manera, las viejas ideas de Besteiro y de Prieto, se plantea planificar el crecimiento de todo el área metropolitana y, consecuentemente, crea una institución que hoy no sonará a nada pero que en su tiempo fue la pera limonera: la Coplaco (Comisión de Planeamiento y Coordinación).

En realidad, el plan del 64 no se apartó de la filosofía de su antecesor. A pesar de que el centro de la ciudad había desbordado su crecimiento, la planificación de Madrid sigue creyendo que puede detenerlo y crecer sólo en los núcleos periféricos. Los años sesenta caen sobre esas ideas como un yunque de toneladas. Aquel Plan, que por ejemplo esperaba el crecimiento de Leganés hasta unos 50.000 habitantes en la década, vio cómo la población real del pueblo se iba a los 150.000. Lo que se dice un fallo del 200%.

Entre 1964 y 1971, el Plan se enmendó 105 veces. Aún así, a principios de los setenta en torno al 50% del suelo ocupado en el Área Metropolitana lo era en contra de las previsiones del Plan. En 1971, el gobierno decide extender el planeamiento urbanístico a todo el ámbito de la región de Madrid, y renuncia, por primera vez, a limitar el crecimiento de la ciudad.

Muchos pensaron que la llegada de la democracia terminaría con la mala planificación de Madrid. Pero se equivocaron. En primer lugar, la democracia trajo fenómenos insospechados hasta entonces, como son la competencia entre ayuntamientos y, sobre todo, con el tiempo, la competencia entre Ayuntamiento y gobierno regional. Por otro lado, en los primeros años de la democracia, los ayuntamientos de las ciudades-dormitorio se encontraron gestionando grandes monstruos urbanos con gravísimas carencias de servicios, presionados ahora además por demandas nuevas como la conservación del medio ambiente, lo cual les dificultó centrar la vista en la cuestión del crecimiento.

Para colmo, la llegada de la democracia a España vino a coincidir con un periodo en el que en muchas grandes ciudades del mundo, Madrid entre ellas, se constaba el lento estancamiento, o aún regresión, de la población del centro de la ciudad. No pocos observadores cometieron el error de aplicar a este hecho un enfoque determinista (lo que ocurre hoy seguirá pasando) para desarrollar, de nuevo, la teoría de que las grandes ciudades iban a dejar de crecer, así pues no había que planear en ellas crecimientos. Esta idea es el germen del boom inmobiliario de 1980, que será de tal magnitud que, en realidad, y hasta la llegada de la crisis en el 2008, nadie ha podido ya con él.

La Historia de Madrid como ciudad es, pues, la Historia de cómo quienes han pensado la ciudad, una vez y otra, han sido incapaces de imaginar algo parecido al futuro real.


La pregunta, obviamente, es si algún día alguien encontrará la piedra filosofal.