martes, noviembre 02, 2010

La guerra civil, hace 45 años

A mediados de los años sesenta, Luis Ramírez, colaborador habitual de Ruedo Ibérico y creo que seudónimo de Luciano Rincón, afrontó un proyecto bastante complejo. Se trataba de hacer una encuesta sobre la visión que en ese momento, hace ahora casi 45 años, tenían los españoles de la guerra civil. Obviamente, el proyecto era de difícil realización en el interior de España; no es de extrañar que algunas de las entrevistas se hiciesen a españoles emigrantes en el extranjero, es decir en Francia.

El autor del trabajo era consciente de que para tener representatividades debía hacer entre 2.000 y 3.000 entrevistas, pero apenas pudo acopiar dos centenares. Como consecuencia, hubo de renunciar a realizar una aproximación cuantitativa a los resultados, limitándose a una descripción cualitativa de los mismos.

El trabajo fue publicado en el informe de Ruedo Ibérico Horizonte Español 1966, suplemento de los Cuadernos del Ruedo Ibérico, del que da la casualidad que poseo una copia. El trabajo es complejo y abarca más matices que los pocos que voy a intentar desplegar aquí, pero creo que tiene su interés la cosa porque lo que le salió a Ramírez, por mor probablemente de las personas que se avinieron a contestar su cuestionario, fue cierto retrato de la percepción, en los primeros años de su juventud, de la generación inmediatamente posterior a la guerra civil. La que todavía pudo oír de primera mano testimonios de la misma y formarse por ello una opinión cercana.

La primera cosa que le sorprende a Ramírez es recibir, una y muchas veces, la para él inesperada respuesta: «¿La guerra civil? ¿Qué guerra civil?» Esta respuesta, a mi modo de ver, no es tanto el fruto de una estrategia del franquismo, como una estrategia de los españoles. Un hojalatero nacido en 1948 responde: «No sé si mi padre estuvo en la guerra o no, yo qué sé. No me lo va a contar a mí». Esta respuesta, como otras muchas, revela un deseo claro por parte de muchos hogares de no referir a la generación siguiente las circunstancias de la guerra. En ese sentido, la lectura del informe da la falsa impresión de que las respuestas que incluye son lo más importante. A la luz de las propias confesiones del autor de la encuesta, en realidad lo más importante es lo que no se lee, es decir la cantidad enorme de encuestados que, ya en 1966, no sabían nada de la guerra civil, no eran capaces de hablar de uno solo de sus personajes, menos aún de sus orígenes o desarrollo.

Como digo, algo pudo colaborar el entorno educativo, ciertamente. Tras los primeros años triunfales, y sobre todo coincidiendo con la pérdida de peso específico de Falange dentro del régimen, la educación pierde parte de su sentido revanchista para envolver la guerra civil dentro de un halo de generalidades y centrarse (así era la Formación del Espíritu Nacional, vulgo la presunta Educación para la Ciudadanía de la época) en los logros posteriores del régimen, que pasaba a justificarse, ante sus infantes, por el éxito económico y la paz, sin que ésta tuviese unos referentes claros. Con todo, ya digo, un desconocimiento tan flagrante por parte de personas que cronológicamente estaban cercanas al hecho bélico sólo encuentra su justificación en la actitud de los hogares.

Hay en 1966, tal y como lo veo yo, tres tipos de hogares: los vencedores, los vencidos, y los otros. Los primeros son los que guardan un recuerdo más presente de la guerra o, más bien, de los agravios que, según su visión, la generaron. Juega un papel fundamental aquí la agresión contra la religión, lo cual abona la idea, que es cuando menos mi tesis, de que la actitud, más que laica, anticatólica, de la II República, fue su gran, gran error estratégico. Por lo que respecta a los vencidos, construyen su propia versión, igual de maniquea que la contraria. Y luego están los otros, que a raíz de la actitud abstencionisa ante la guerra cabe sospechar eran mayoritarios, presididos por dos ideas: la primera, la necesidad de olvidar, pues son ellos los que, conscientemente, cortocirtuitan la transmisión del conocimiento y renuncian a contarle a sus hijos lo que pasó; y, en segundo lugar, un discurso reivindicativo basado en la idea de que en la guerra pagaron el pato los de siempre, en lo que parece adivinarse cierta rebelión contra las élites que la habrían provocado.

Pero, por supuesto que hay recuerdos. Y bandos en los recuerdos.

Los vencidos, por ejemplo.

Un estudiante de Barcelona, al que cuesta sacarle nada porque afirma no tener ni puta idea del tema, finalmente se arranca: «A mi padre lo llamó a filas la República casi al final; estuvo en el Ebro. De lo que más he oído es de los bombardeos de Barcelona por parte del ejército nacional y de la estúpida actuación de los catalanistas de la Lliga, que se vendieron a Franco por miedo a la FAI. He oído comentar también que la gente sencilla no comprendía nada de la guerra y sólo sufrían las consecuencias. De mi abuela, por ejemplo, he oído decir que tenía tanto miedo de las bombas que no quería salir del Metro y aún ahora se horroriza cuando hay una tempestad porque los truenos se las recuerdan. Mucha gente creo que está enferma debido al miedo pasado».

Las voces de los vencidos no esconden que ellos también, como es lógico, han crecido bajo ciertas dosis de adoctrinamiento: una estudiante catalana dice que en el hogar donde creció «los rojos y los catalanes eran los buenos, y los nacionales, los moros, los guardias civiles y los castellanos, los malos. Los curas también». El componente ideológico también lleva, en ocasiones, a la exageración: «Mis padres hablan de los rojos de una manera partidista, eran los malos. En Canarias prácticamente no hubo nada. En Canarias a los republicanos los llevaban a un barco y les cortaban las piernas [sic]». El que habla tiene 26 años cuando contesta la encuesta, y estudia bioquímica.

Hay un componente evidente de resistencia frente a la educación oficial, que, al fin y al cabo, ha sido el principal punto de fricción de quienes en 1966 eran razonablemente jóvenes con la guerra: «En el colegio de monjas donde estudié se me dio una visión mítica de la guerra, los rojos eran la personificación del demonio que luchaba contra la religión. Franco era una especie de mesías que había pasado el estrecho, al parecer ayudado por la Virgen [sic], y había realizado la cruzada para salvar la religión». O también: «De la guerra me han contado la situación que tuvieron que vivir. Estaban en zona ocupada por los republicanos, las angustias que pasaron por los juicios que formaron a algunos de los miembros de la familia, el dolor de la muerte de alguno de ellos. Pero todo ello contado de una manera tendenciosa, que no puede olvidar el rencor».

También existe la voz de los vencedores, una voz normalmente identificada con la vertiente religiosa de la lucha: «Mi familia estaba en Burgos y mi padre luchó con los nacionales. En casa se habla siempre de aquel tiempo y en Burgos estamos todos muy orgullosos de vivir en la ciudad que fue capital del gobierno de Franco. Lo que más me han contado es sobre lo torpes que eran los rojos en la guerra, no eran militares y no sabían luchar. Tenían miedo de Franco y hasta la Iglesia estaba contra ellos». O también: «Me han hablado de la inseguridad del poder vivir [sic], peligro de muerte violenta, matanza general de toda persona que tenía una conciencia recta». Otro joven dice: «lo que más contaban es que los catalanistas eran unos extremistas y que gracias a Franco nos libramos del comunismo».

Otro elemento significativo de la respuesta profranquista es la influencia de los saqueos republicanos: «Mis padres se acababan de casar. Estaban en zona roja, en una casa de campo. Los rojos se la pidieron [sic] y la dieron para cuartel. En Asturias les trasladaron en camión a casa de mi familia. La casa se convirtió en prisión. Se lo llevaron todo. La casa de Oviedo la robaron los rojos. Le quitaron el coche a mi padre. Les dejaron sin nada. La familia tiene una aversión horrorosa de la guerra. Franco es la persona que les trajo la paz». Otra respuesta: «Terror policiaco, falta de respeto hacia la persona, sectarismo antirreligioso, falta de respecto al derecho a la propiedad».

Otro elemento inherente a la guerra son las traiciones: «Nosotros vivíamos en Sarriá. Mi padre era un hombre muy bueno y caritativo y como la casa era grande teníamos escondidos a dos jesuitas perseguidos por los rojos. Teníamos un chófer que era un chico huérfano que mi padre había recogido y llevado a la escuela y que en agradecimiento [sic] se había hecho de la CNT y nos traicionó».

Tampoco faltan aquéllos que son vencedores y vencidos a la vez: «Mi padre, dice un campesino de Valdepeñas entonces de 24 años, era de la Guardia Civil. Él y sus compañeros estuvieron siempre del lado de Franco. La guerra provocó una gran pelea familiar entre la familia de mi padre, en la que había otros guardias civiles, y la de mi madre, ya que mi abuelo era alcalde de un pueblo de la provincia durante la República, y todas sus simpatías estaban del lado rojo». Otro: «Mi padre era teniente de la Guardia Civil y en el 37 consiguió escapar [de Barcelona] para ir a luchar con los nacionales, finalmente murió en la batalla del Ebro. Nosotros aquí pasamos muchas miserias porque mi madre siempre temía que se supiera que mi padre luchaba con los nacionales y nos mataran, y luego todos los vecinos nos miraban mal a causa de mi padre. Yo hubiera querido ir con él, cosas de chiquillo, pero no pude escapar. Mi hermano mayor era un loco y creo que estaba en la CNT, el caso es que cuando mi padre se marchó, él se presentó de voluntario y no volvió más a casa. Esto acabó de destrozar a mi madre. Lo que más recuerdo es que mi padre fue un héroe y mi hermano un canalla».

Como he dicho, un componente importante del discurso, propio a mi modo de ver de esa tercera vía formada por los otros, la mayoría fundamentalmente silenciosa de quienes no se sienten ni vencedores ni vencidos, es la interpretación de la guerra como algo que afectó principalmente a los más humildes: «Oí hablar del gran sacrificio que tuvo que hacer el pueblo». Una joven empleada de hogar que vive en París, por ejemplo, refiere: «La guerra la pasamos en casa, zona nacional. Mi padre fue al frente y nos contaba que los soldados de uno y otro bando se hablaban entre ellos y que no querían hacer la guerra, se daban tabaco y a veces se ayudaban pero esto era muy peligroso si se enteraban los oficiales». «No me llamaron a filas debido a mi corta edad, cuenta un encuestado. Recuerdo la ilusión de que ganasen los nacionales la guerra en pro de una justicia mejor; y el desengaño al comprobar la ausencia de dicha justicia hacia la clase necesitada». Una mujer cuenta: «Pasé la guerra en Gijón. Recuerdo que cuando entraron los nacionales, a los que esperábamos con impaciencia, me robaron todas las monedas de oro que tenía y en aquel momento hubiera preferido haber sido roja».

Por supuesto, la desconfianza en la política tiene su versión franquista: «Los que tenían juicio eran falangistas porque sabían que eso de los partidos y la política es una trampa de los masones».

Este discurso se complementa con una cierta exaltación de la solidaridad precisamente entre los más humildes, solidaridad que va más allá de la propia guerra. Un joven nacido en 1945 explica: «Lo que más me han contado es lo mucho que la gente del pueblo quería a mi padre [médico rural] y que nunca nos faltó nada; parece que en los pueblos se pasó mejor porque la gente se conoce y se ayuda».

Esta especie de «tercera España», no directamente implicada ni en las causas de la guerra ni en su producción, acaba mutando, en sus hijos, en un fenómeno bien conocido por la democracia: el escepticismo: «Todo el mundo me ha dado la visión de que los rojos eran unos seres monstruosos. Me hablaron de la Falange, la Legión, la necesidad de tender un puente espiritual sobre la barbarie roja. Y al final, ¿para qué? Lo de siempre, los políticos salen ganando. La política es un asco». Un estudiante de Barcelona concluye: «Se hicieron muchas barbaridades en Cataluña por parte de los rojos y en el otro lado igual. Consecuencia: no meterse en política».

El principal recuerdo de los más humildes de la generación de posguerra es el hambre: «Lo que más recuerdo es el hambre y el miedo que teníamos los críos a la Guardia Civil. Muchas calamidades y sufrimientos fue lo que pasamos por esta dichosa guerra: se fusilaba continuamente y sin ninguna explicación». Y más: «Mis padres no me han contado nada, dicen que la gente pasaba mucho hambre»; «me han hablado de los muertos y del hambre»; «me han hablado del miedo y del hambre». Mientras unos dicen «en mi casa se hablaba poco de la guerra, y cuando se hacía era aludiendo al terror fascista», otros aseveran: «Lo que más me contaron de la guerra fueron los crímenes rojos». Y la tercera vía: «Mi padre no me cuenta nada porque no quiere y mi madre porque pasó mucho miedo».

En la encuesta de Ramírez se preguntaba también por los personajes de la época sobre los que se hablaba en las casas (o que se recordaban más), así como organizaciones políticas. Los dos elementos principales que se aprecian en las respuestas son que Azaña es, probablemente, el personaje de la guerra más conocido, habitualmente por ser blanco de críticas aceradas tanto de vencedores como de vencidos: «Azaña creo que fue el hombre más nefasto para España»; y que los sindicatos UGT y CNT son las organizaciones recordadas como de militancia masiva, hecho éste que responde muy probablemente a la verdad; aunque no pocas respuestas responden al modelo de recordar afiliaciones masivas al PSOE al principio de la guerra, y al PCE al final. Hay que hacer notar, sin embargo, que, para asombro del autor de la encuesta, Franco fue escasamente citado entre los personajes de la guerra, lo cual es bastante lógico teniendo en cuenta que, para ellos, no era un personaje del pasado, y la guerra sí lo era. Entre los militares sublevados, yo diría que Queipo de Llano se lleva la palma del recuerdo.

La inquina contra Azaña llega incluso a la manipulación de los hechos históricos. Si no, véase cómo este perito cordobés, de 26 años, hace una curiosa mezcla entre la represión del golpe de Estado revolucionario del 34 y Casas Viejas: «Azaña, quien decía: tiradles al vientre a los mineros; y Azaña era socialista...» ¿Lo cualo? En Cataluña se cita mucho a Companys y a Maciá (a pesar de que este último estaba literalmente hecho polvo cuando la guerra empezó). Entre los encuestados en Madrid, se cita a Casado y, entre los que hicieron la guerra, a Miaja.

Por supuesto, también existe el punto de vista totalmente personal. Preguntado sobre qué personajes de la guerra recuerda, un encuestado dice: «He oído hablar bien del chófer de Queipo de Llano, que trajo mucho pan a mi casa».

«Mi padre, dice otro, hablaba de José Antonio y de Azaña. Decía que a José Antonio lo mataron por orden de Franco». No faltan las empanadas mentales. Una señora catalana, nacida aproximadamente en 1915, que se declara conservadora, asevera: «L'Estat Catalá era el que nos inspiraba más confianza». Sic.

Resulta, en suma, una lectura curiosa, en la distancia de 45 años. Dentro de cinco, cuando se cumpla medio siglo, creo que ya podré escanear las páginas para que podáis leerlas directamente :-).