lunes, noviembre 01, 2010

Porlier

Don Antonio Porlier Sopranis, marqués de Bajamar, fue un alto funcionario de la España colonial del siglo XVIII, residente en Perú junto a su mujer Josefa de Astequieta Iribarren. En 1768 tuvieron un primer hijo llamado Esteban, al que siguió Rosendo, nueve años después, y luego Antonio.

Esteban abrazó pronto la vida militar y, merced al apoyo de sus padres, fue nombrado capitán de Infantería con sólo quince años, y destinado al Regimiento de Parma. Al año siguiente, el virrey le nombró asistente suyo.

Esteban Porlier era un muchacho muy fogoso y de ésos a los que les gusta vivir la vida deprisa. Así pues, a la edad en la que la mayoría, hoy, apenas piensa en las videoconsolas, entabló unas escandalosas relaciones con una muchacha. En 1787, aquel espectáculo indignó de tal manera al virrey que éste mandó a Esteban a España y le obligó a dejar a su amante, embarazada, en Cartagena de Indias. Al año siguiente, la amante abandonada dio a luz a un niño al que puso de nombre Juan. Juan Díaz Porlier.

Este bastardo, a quien todo el mundo en Nueva Granada conocía como El Marquesito, fue confiado a una familia de cierta alcurnia que lo llevó a Buenos Aires, donde fue educado. Mientras tanto su padre, Esteban, medraba en la Corte de Carlos IV, donde fue nombrado teniente coronel. Con 24 años, ya coronel, es puesto al mando del Regimiento de la Princesa, con el que participa en 1807 en la invasión franco-española de Portugal. Al año siguiente, cuando España se levanta contra el francés, Esteban Porlier y su soldadesca se desplazan a Galicia, donde se une a las tropas del inglés Joachim Blake.

Juan, por su parte, aparece en el año 1805, con 17 años pues, enrolado como voluntario en el Argonauta, un buque de la escuadra al mando del cual se encuentra su tío, Rosendo Porlier Astequieta. Es más que probable que su bastardía le impidiese entrar en la marina por la puerta grande y que hubiera de buscar esta recomendación familiar para poder cumplir sus objetivos. Los dos Porlier, Rosendo y su sobrino Juan, pasaron al buque Príncipe de Asturias, sede del estado mayor del almirante Gravina, cuando éste llamó al capitán del Argonauta a su lado. Juntos, tío y sobrino participaron en la celebérrima batalla de Trafalgar. Después de aquella experiencia, Juan decidió hacerse soldado de tierra e ingresó en el arma de Caballería como oficial.

Se tiene por cierto que Juan Díaz Porlier luchó durante la jornada del 2 de mayo en Madrid, aunque no son muchos los indicios que existen. Reaparece con claridad participando en la batalla de Gamonal, ocurrida el 10 de noviembre de 1808, y que supuso una importante derrota para el ejército de Extremadura comandado por el general Ramón Rufino Patiño. La batalla de Gamonal marcó un antes y un después para Porlier, quien pasó a realizar acciones de guerrilla.

Porlier, en unión de su lugarteniente, el sargento de granaderos Bartolomé Amor Pisa, actuó en el área de León, aunque llegándose en ocasiones hasta Cantabria. En 1809, Porlier ascendió a brigadier y ya comandaba una división, conocida como División Porlier; aunque a partir del verano de aquel año, cuando el comandante general de Asturias Nicolás Mahy le encargase reorganizar las tropas y organizar una nueva división, ésta fue rebautizada como División Cántabra. Antes de terminar aquel año, La Cántabra, considerada una de las unidades más disciplinadas y eficaces de su territorio, realizó diversas acciones en el norte de Castilla y León, y luego en La Rioja, donde combatió junto a las tropas de Espoz y Mina, para pasar después a Asturias. Tomó sede en La Coruña, desde donde hostigó a los franceses por toda la costa, en ocasiones utilizando barcos y realizando desembarcos sorpresivos.

En febrero de 1811, le fue encomendada a Porlier la creación del VII Ejército a partir de la División Cántabra. Sin embargo, en 1813 las unidades a su mando fueron dispersadas para reforzar otros ejércitos. Algo debió pasar con Porlier, porque fue preterido en el curso de la guerra. Las unidades marcharon hacia Tolosa para intentar cortar el paso de una eventual retirada francesa, pero Porlier quedó en Oviedo. Desesperado, remite diversas requisitorias al general Castaños hasta conseguir ser enviado a Tolosa con la fuerza que le han dejado en Asturias. Sin embargo, una vez allí, en lugar de encomendársele acciones de guerra, se le adscribió al cuartel general de Francisco Agustín Girón, duque de Ahumada. Girón no le encargó ningún cometido concreto, motivo por el cual Porlier solicitó permiso para poder marcharse, a lo que su jefe respondió ordenándole algo muy parecido a un arresto en Mondragón. No obstante, cualesquiera que fuesen los recelos o mosqueos que rodeaban al joven militar, los disolvieron las necesidades de la guerra, que forzaron su nombramiento al frente de la Quinta División del IV Ejército, a la que consiguió adscribir a las tropas de La Cántabra, para participar, el 31 de agosto de 1813, en la batalla de San Marcial, donde se ganó el ascenso a mariscal de campo. Se da la casualidad de que su padre, Esteban, obtuvo el mismo ascenso en la misma acción bélica.

Manuel Freire, comandante del IV Ejército, le concedió permiso, ya en 1814, con la guerra ya muy avanzada, para que se fuese a ver a su mujer, Josefa Queipo de Llano, y a su pequeña hija, la cual desgracidamente moriría durante esos días. Porlier solicita diversas prórrogas de dicho permiso hasta que, a finales de mayo de aquel año, fue detenido. El motivo de la detención fueron dos cartas escritas por Porlier a sus amigos Tiburcio Añibarro y José Irunciaga. En dichas misivas, el militar expresaba su indignación porque el rey Fernando VII no hubiese abrazado la Constitución de Cádiz. El 7 de julio, fue condenado por esta causa a cuatro años reclusión en el castillo coruñés de San Antón.

El capitán Eugenio del Barrio, jefe del castillo, trató al preso con enorme deferencia y, muy especialmente, le permitió recibir visitas. Fue de esta manera como los liberales y masones coruñeses pudieron tomar contacto con el preso y preparar, con él, una conspiración. Aunque la policía estatal logró detener a uno de los conspirados, el sargento Sinforiano López Alía, éste soportó los interrogatorios y no delató a sus compañeros.

A principios de agosto, Porlier solicitó permiso para salir del castillo e ir a Arteixo a tomar unos baños por motivos de salud. El rey concedió el permiso. Una vez en el pueblo cercano a La Coruña, que con los años sería vivero de entrenadores de fútbol, quedó bajo la custodia del capitán José Castañeda. El 19 de septiembre, Porlier arengó a la guardia que le vigilaba, con un vibrante discurso sobre la libertad, que arrancó los vítores de los soldados. Todos juntos formaron y entraron al amanecer en La Coruña, dando vivas al rey constitucional. Porlier accedió a la presidencia de la Junta Revolucionaria, al frente de la cual arrestó al capitán general de la plaza, Felipe Saint-Marcq, destituyó al Ayuntamiento e invitó al resto de las guarniciones gallegas a unírsele.

El movimiento de Porlier, sin embargo, careció pronto de apoyos. Los jefes de las principales unidades de la región, coroneles José Núñez, José María Peón y Ramón Romay, dudaron en sumarse al movimiento. El que no dudó en lo absoluto (nunca mejor dicho) de ponerse en contra fue el clero gallego, fuertemente absolutista.

Se da la circunstancia de que el mismo día 19 de septiembre que comenzaba la rebelión, el Batallón de Navarra, denominado durante la guerra Regimiento de Monterrey, al mando de José Miranda Cavezón, estaba comenzando el traslado que se le había ordenado desde Orense a La Coruña. Miranda era un militar de fuertes convicciones absolutistas, que mantendría toda su vida. Cuando Miranda llegó a Santiago, el día 21, el gobernador militar, José Pescis, y el jefe militar de la región, mariscal de campo José Imaz, decidieron retenerle ahí, conocedores ya de la rebelión coruñesa.

El día 23, Porlier, que una vez reforzado con los efectivos sublevados en Vigo y Ferrol se dirigía a Santiago, se encontraba ya muy cerca, en un pueblo llamado Órdenes (Ordes en gallego), donde, por cierto, se pueden comprar algunos de los mejores filetes de España. En la hoy capital de Galicia no había sino el Batallón de Navarra y cuatro compañías de granaderos, pero aún así tanto militares como civiles se mostraron dispuestos a plantar cara. A su entusiasmo colaboraron los 50.000 reales para gastos aportados por el Cabildo compostelano.

No hubo enfrentamiento, sin embargo. En el momento en que Imaz montaba una línea de defensa en el arroyo Cigüelo, un tal Antonio Chacón, sargento en las tropas de Porlier, desertó e informó a las tropas compostelanas de que fuerzas del 6º Regimiento de Marina habían detenido a Porlier en la posada donde estaba, junto con otros mandos afectos, y que eso estaba provocando la disolución de sus unidades. Miranda, pues, fue a Ordes con apenas dos compañías, para hacerse cargo del detenido, que acabó de nuevo en San Antón.

El 2 de octubre de 1815 se celebró el juicio de Porlier, uno de los 106 celebrados por causa de aquella rebelión. Fue rápidamente condenado a la horca . Murió, según las crónicas, con total altivez y presencia de ánimo, hasta el punto de que, durante el viaje hacia la horca iba entretenido con una pequeña moldura de un mueble. Por cierto, que el lugar donde se instaló el cadalso, conocido entonces como Campo de la Leña, es más o menos la actual plaza de España.

Cinco años más tarde, en Cabezas de San Juan, el teniente [quise decir coronel] Rafael Riego se alza en armas para lograr que el rey acepte la Constitución de Cádiz. En buena medida, esta rebelión fracasó y estuvo muy cerca de ser definitivamente sofocada; pero, en ese momento, en Galicia surgió otro foco que se extendió rápidamente por Aragón, Cataluña y otras zonas. El ejército de Enrique O'Donell fue enviado para sofocar la rebelión gallega pero, lejos de ello, su general proclamó la Constitución en Ocaña, acto que reavivó la llama revolucionaria en Andalucía, en un momento que, como decimos, Riego estaba a punto de rendir sus armas, precisamente en la persona del coronel José Miranda Cavezón, el mismo que había detenido a Porlier.


Resulta verdaderamente increíble que La Coruña, ciudad que se precia de recordar a sus valientes figuras revolucionarias, no recuerde con mayor intensidad al mariscal de campo Juan Díaz Porlier. De ser La Coruña una ciudad mediana de los Estados Unidos, hoy sólo los muy zotes en la escuela desconocerían la historia de su vida. Con toda seguridad, fue su ejemplo muriendo en la horca con toda dignidad, en favor de sus ideales, el que alimentó el movimiento gallego sin el cual no sabemos si la sublevación de Riego habría podido triunfar. Sinceramente, los gallegos tienen por costumbre, en mi opinión, ensalzar figuras que atesoran muchos menos merecimientos que los de este militar liberal del siglo XIX.

Hay, por lo que se ve, memorias históricas que no interesan.