martes, octubre 19, 2010

Pues claro

Pues claro, no podía ser de otra manera. El autor de este blog es un listillo pero sus lectores son bien listos. No se tardó ni una hora en ganar Zamora, pues nada más plantear yo la adivinanza había ya un comentario con la respuesta correcta: la estatua de Felipe IV.

Como magistralmente refiere José Alba en su divertidísima Historia sintética de Madrid. Madrid, Estades, 1949, si la estatua de Felipe IV está en pie, es en parte gracias a Galileo Galilei.

Pero esperemos un poco antes de erigir la estatua. Echemos hacia atrás la máquina del tiempo, a los momentos en que el palacio real de Madrid era un alcázar. Entonces, lo que hoy es la plaza de Oriente era un simple y puro erial. Sin embargo, la cercanía con el castillo fue provocando que al sitio fuesen realizándole trabajos de roturación que acabaron convirtiendo el erial en un huerto. El Huerto de la Priora, perteneciente al monasterio de Santo Domingo el Real. Allí hubo instalado, entre otras cosas, un juego de pelota, amén de varios conventos. Todo aquello, salvo los Caños del Peral, se los llevaría por delante José Bonaparte cuando alumbró la idea de crear un eje entre el Palacio de Oriente y la Cibeles, al modo de los campos Elíseos de París.

La verdadera renovación de la plaza, acercándola al aspecto que tiene hoy, se produce en 1841, gracias a la labor de dos personajes bien conocidos por quienes pasean por Madrid: Agustín Argüelles, tutor de la reina Isabel; y Martín de los Heros, intendente de Palacio. Son ellos los que colocan los jardines de la plaza, así como las 44 estatuas de monarcas que adornan el lugar, y que fueron esculpidas para colocar en la balaustrada del Palacio; labor que no se realizó porque pesan un huevo y se temió que no se sostuviesen.

¿Alguien se sabe de memoria los nombres de los retratados? Lo dudo. Yo copio: Ataúlfo, Eurico, Teodorico, Leovigildo, Suintila y Wamba, todos ellos godos; Pelayo, Alfonso I el Católico, Ídem II el Casto, e Ídem III el Magno. Ramiro I y Ordoño I, reyes que fueron de Asturias. Fernán González, conde de Castilla, Alfonxo VIII y doña Berenguela; Íñigo Arista, fundador del reino pirenaico; Wilfredo el Belloso y Ramón Berenguer, condes de Barcelona. Ramiro I, Ramiro II, Sancho Ramírez, Alfonso V, Doña Petronila, Jaime I y Sancho IV, reyes de Aragón. Ordoño II, Ramiro II, Alfonso V, Alfonso IX, reyes de León. Fernando I, Fernando V, Isabel la Católica, Alfonso VI, Alfonso X, Alfonso XI, doña Urraca, Sancho IV, Juan I y Felipe II, reyes de Castilla y de León.

Petrus Tacca F. Florenciae anno salutis MDCXXXX. Ésta es la expresión que, si no habéis sido atacados por la presbicia o el estrabismo, podréis leer en la cincha del caballo que gobierna Felipe IV, y que declara la autoría de Pedro Tacca, el soberbio artesano italiano que también participó en la estatua de Felipe III de Gianbologna (que es, dicho sea de paso, mi escultor renacentista preferido). Felipe IV, queriendo tener la estatua, le pidió a la gran duquesa de Toscana, Cristina de Lorena, que hiciese el encargo. Ella, o tal vez el rey, quería que en la estatua apareciese el caballo cabalgando, hecho éste que le presentó notables dificultades técnicas a Tacca, pues la estatua ya no podría apoyarse tan sólidamente como otras.

Dado que Tacca consideraba la obra imposible, Diego Velázquez le envió un boceto del rey con lo que se le pedía. Fue Galileo, según Tacca, quien arregló la cosa, recomendando al escultor que aligerase la carga de la obra fundiéndola en dos fascículos: el culo y la mitad posterior, macizo (para que aguante); y la mitad de delante, hueca (para que no pese).

La estatua así concebida pesa unas 18.000 libras, dice Alba, que deben de ser como 9 toneladas. Mucho me parece; puede que sea otra libra que la que yo conozco. En el pedestal, y como homenaje a la actuación del pintor sevillano, hay un bajorrelieve con la imposición por el rey del hábito de Santiago a Velázquez, y otro que loa a las ciencias y a las artes.

Durante la guerra civil, el peso de la estatua fue un problema. En la zona las bombas caían con profusión, así pues el orgulloso Felipe corría peligro de recibir un obusazo que lo convirtiese en un recuerdo. Aquí le vemos en la protección que se le dispensó.