Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Müller presentó su gobierno al Reichstag el 3 de julio. Lo hizo en un tono triunfalista, que desde luego no cabe reprocharle: por primera vez desde hacía mucho tiempo, parecía existir un gobierno alemán con votos suficientes. El nuevo canciller aseguró que la política de buen rollo internacional de Stresemann seguiría siendo la nota, y pidió tres cosas a los aliados: evacuación de Renania, desarme generalizado, y una solución para el tema de las reparaciones. El programa de gobierno ganó la aprobación por 261 votos contra 134.
El primer marronetti que estaba esperando al nuevo gobierno
era el tema del Panzerkreuzer A. El
10 de agosto, Groener le explicó al gobierno que la construcción era compatible
con el presupuesto gubernamental; en estas condiciones, la construcción fue
aprobada. Esta aprobación le causó a los socialdemócratas un serio problema con
los comunistas. Pero no sólo ésos. El 15 de agosto, el propio grupo
parlamentario del SPD aprobó una nota en la que criticaba a sus ministros
socialdemócratas por no haberse opuesto. Los comunistas, doblando la apuesta,
comenzaron a exigir un referendo sobre el tema.
El grupo parlamentario del SPD sacó adelante una proposición
no de ley, en noviembre, llamando al parón en la construcción. Groener dejó
claro que si esa propuesta ganaba, él dimitiría como ministro. En este
ambiente, el 17 el Reichstag aprobó la construcción del barco por 257 votos
contra 202, y 8 abstenciones.
Aquel verano, Adolf Hitler se había retirado Berchtesgaden.
Quería publicar un nuevo libro, centrado en la política exterior, que le dictó
a Rudolf Hess, su particular Coque Calatrava. El líder del NSDAP tenía interés en desarrollar la que se conoce
como teoría del espacio vital. El resultado de aquel trabajo veraniego fue un
manuscrito de 239 páginas que, sin embargo, nunca fue publicado en vida de
Hitler. En Alemania se lo conoce como El Segundo Libro de Hitler y, como digo,
tardó mucho en ver la luz. En inglés no se publicó hasta 1961.
Efectivamente, en este texto Hitler explica que su objetivo
en política exterior es garantizarle al pueblo alemán su Lebensraun. Asimismo, también vuelve sobre la idea de que el peor
enemigo del pueblo alemán es el pueblo judío.
En esencia, aunque no lo dice con estas palabras, el plan de
Hitler es diseñar un proceso que ha de terminar en una guerra de carácter
mundial, en cuatro grandes fases. La primera fase estará presidida por un
rearme masivo, la revisión del tratado de Versalles, y la formación de alianzas
con Gran Bretaña e Italia. La segunda fase se nutriría de pequeñas guerras
locales contra Francia y sus aliados en el este y sur de Europa
(Checoslovaquia, Polonia, Rumania, los Balcanes...) La tercera fase sería una
guerra contra la Unión Soviética, dado que Hitler se había convencido de que la
expansión alemana hacia occidente era ya imposible.
Estas tres etapas, para ser sinceros, estaban ya en Mein Kampf; lo que no tenía el primer
libro era la cuarta etapa, consistente en la guerra de Alemania contra los
Estados Unidos por la dominación mundial.
Aquel verano, por lo demás, las potencias aliadas se
reunieron en el Salon de l'Horloge
del Quai d'Orsay (Saló de Lorló duké dorsé) en París. Fue el 27 de agosto, y se citaron para firmar el
tratado general de renuncia de la guerra como instrumento de las políticas
nacionales. El origen de aquello habían sido las negociaciones de un pacto
bilateral estadounidense-francés entre el secretario de Estado USA, Frank
Kellogg; y el ministro Aristide Briand. Es lo que se conoce como el pacto
Briand-Kellogg, que los estadounidenses enseguida quisieron extender más allá
de la bilateralidad. De hecho, aquel 25 de agosto firmaron ya 15 naciones: Gran
Bretaña, Alemania, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Australia, Bélgica,
Canadá, Checoslovaquia, India, Irlanda, Nueva Zelanda, Polonia y Suráfrica. Al
final, el tratado tendría 49 signatarios.
El pacto Kellogg-Briand, que en su momento fue considerado como poco más que el mayor avance del hombre desde la invención de la rueda, tenía su truco. Es una papela que parece que destierra la guerra para siempre de la Historia del mundo; pero, en realidad, no lo hace, al aceptar explícitamente el derecho de toda nación a defenderse. Por lo demás, no contenía ningún instrumento, ni jurídico ni de otro tipo, que pudiera obligar a los signatarios a cumplir lo firmado. Para lo único que sirvió, de hecho, fue para dar base jurídica para el concepto de crimen contra la Humanidad.
El ministro Stresemann le dio mucha importancia a aquella ceremonia. Tanto, que se empeñó en estar presente. Se desplazó a París en compañía de su médico personal, el doctor Hermann Zondek, quien por supuesto no había querido que hiciera el viaje.
En París, sobre todo en los encuentros con Raymond Poincaré,
Stresemann se marcó como objetivo número uno explicar a los franceses que
Alemania estaba muy lejos de ser un enfermo fuera de peligro. Para entonces, la
industria germana daba muestras de estancamiento; y, sobre todo, el país se
enfrentaba al problema de que la híper inflación se había comido los ahorros de
los ciudadanos y, consecuentemente, los bancos, ahora, no tenían tracción.
Alemania era un país básicamente dependiente de los préstamos estadounidenses Next Generation.
Aparentemente, Poincaré, o creyó al ministro o, lo que es más probable, tenía
informaciones propias más que suficientes para saber que no mentía; por esta
razón, le prometió que trataría de impulsar un acuerdo definitivo en materia de
reparaciones. Stresemann retrucó recordando el tema de Renania; pero ahí
Poincaré no se movió, recordándole que aquella ocupación era ya, de facto, la única garantía que tenía
Francia de que Alemania pagaría.
En septiembre había reunión de la Liga de las Naciones; pero
Stresemann estaba hecho un escombro. Así que viajó Müller, que fue,
básicamente, para encontrarse con el ministro Briand y exigirle una salida de
Renania; a lo que el francés, una vez más, contestó diciendo que no habría
salida hasta que no hubiese un acuerdo definitivo en materia de reparaciones.
Al canciller alemán aquello no le sentó nada bien, y, cabreado, hizo varias
intervenciones reclamando que los demás se desarmasen totalmente, como había
hecho Alemania. Aquellas palabras provocaron una áspera respuesta en boca de
Briand, quien le contestó que Francia nunca aceptaría desarmarse totalmente,
entre otras cosas porque Alemania, aunque decía que era lo que había hecho,
mentía.
A pesar de este ambiente enrarecido, en Ginebra las
negociaciones para arreglar el tema de las reparaciones fueron muy intensas,
dirigidas por el agente general en la materia, Seymour Parker Gilbert. El 16 de
septiembre, todavía en la reunión de la Liga, representantes de Francia,
Alemania, Gran Bretaña, Bélgica, Italia y Japón acordaron nombrar una nueva
comisión de reparaciones para discutir una fecha, cuando antes, de evacuación
de Renania, mientras que un nuevo comité de expertos financieros se ocuparía de
analizar el problema de los pagos por reparaciones.
El 28 de septiembre fue un gran día para Hitler. La
prohibición de hablar en público en Prusia fue finalmente levantada. En esos
días, el líder nacionalsocialista alquiló otro chalet cerca de Berchtesgaden,
Haus Wachenfeld, propiedad de la viuda Margerete Winter. En 1933, Hitler compró
la propiedad con los derechos de autor de Mein
Kampf (que siempre fueron su principal fuente de ingresos; claro que, las cosas como son, ayudó mucho que, cuando llegó a canciller, la lectura, y consiguientemente la compra, del libro, se convirtiese en obligatoria o semi obligatoria). A partir de ahí, se abordaron una serie de obras de ampliación que
acabaron convirtiendo aquella vivienda en lo que se conoció como el Berghof, o
guarida de la montaña. Hitler llevó desde Viena a su medio hermana, que había
quedado viuda, a esa casa, para que trabajase allí. Se llamaba Angela Raubal.
Ella llegó con sus dos hijas: Angela junior, llamada Geli; y Friedl.
La relación entre Hitler y Geli Raubal comenzó a ser muy
estrecha. De hecho, Hitler se la llevó a Munich, y la alojó en la misma casa
donde vivía él. Pero, bueno, la historia de Geli Raubal ya la he contado en
este blog. Aquí me limitaré a recordaros que Geli Raubal, objeto y victima de
las obsesiones posesivas de su tío, que nunca le permitió tener una vida
normal, apareció muerta en un suceso que nunca ha quedado suficientemente
aclarado, y en el que lo mismo Hitler fue una víctima, que el inductor de la
tragedia.
El 20 de octubre, Alfred Hugenberg fue elegido como nuevo
líder del DNVP, sustituyendo al conde Kuno von Westarp, que había dimitido el 8
de julio tras los malos resultados electorales. Hugenberg pertenecía al ala
derecha de aquel partido de derechas, y siempre se había opuesto a la entrada
del partido en el gobierno Marx. Era, por lo demás, un radical oponente de la
política de Stresemann y el buen rollo con los aliados.
El 26 de octubre, lío. El tribunal de arbitraje de
Düsseldorf o Schlichterkammer decidió
fallar que los trabajadores de la industria del hierro y el acero del Ruhr
debían recibir un aumento de 6 pfennings por hora. La asociación de
industriales, a pesar de que el arbitraje era de obligado cumplimiento, se
negaron a cumplirlo. El 1 de noviembre, se produjo un cierre patronal que dejó
en la calle a 220.000 trabajadores. Es lo que se conoce como la Ruhreisenstreit o disputa de la
industria férrea del Ruhr. El lockout continuó durante cinco semanas.
El 14 de noviembre, el Reichstag aprobó una decisión por la cual tanto el
gobierno alemán como el prusiano podrían pagar seguro de desempleo a los
trabajadores afectados, con lo que el impacto del cierre patronal se redujo
sustancialmente.
El canciller Müller se reunió con ambas partes para tratar
de resolver el tema. Propuso el nombramiento de un árbitro gubernamental. El
elegido no fue Negreira, sino el ministro del Interior, el socialdemócrata Carl Severing, que
tenía el aval de haber sido un trabajador metalúrgico. El 3 de diciembre,
terminó el cierre patronal.
En su informe final, Severing reconocía que la industria
metalúrgica del Ruhr estaba sufriendo grandes presiones de rentabilidad por sus
dificultades a la hora de exportar; pero aún así consideraba que la demanda de
una subida salarial era justa, aunque algo menor que la originalmente
propuesta.
El laudo provocó la desilusión de los empresarios. Desde su
punto de vista, era el resultado de lo muy organizada que estaba la clase
sindical en el país, y las visiones sectarias de los socialdemócratas. La
patronal alemana produjo un documento, titulado Progreso o caída, en el que abogaba por una urgente reducción de
los impuestos y de los gastos sociales. El tema tiene su importancia por lo que supone que las organizaciones empresariales se diesen cuenta de que los obreros se estaban organizando mucho mejor que ellos. Ya os he contado que, hasta el momento, cuando habían sido contactados para ser convencidos de que su futuro estaba en apoyar al tipo ése de bigotito que hablaba tan bien, los industriales habían preferido pasar, asustados como estaban por la retórica radical de algunos nacionalsocialistas; sobre todo de los emplazados en las zonas industriales donde ellos tenían sus fábricas. Ahora, sin embargo, se hicieron más proclives a creer a Hitler cuando les dijese que nunca dejaría caer la propiedad privada. El giro de la tuerca fue leve; pero giró.
El 3 de noviembre, mientras tanto, el ministro Stresemann
había sido dado de alta. El día 13, se reunió con Seymour Parker Gilbert, el
agente general de reparaciones. Éste no le dio al alemán buenas noticias. Le dijo que no tenía
muy claro cuál iba a ser el tono de la propia reunión del Comité de
Reparaciones, y al tiempo le advirtió a Stresemann de que un acuerdo final en
la materia no iba a ser barato para Alemania. El ministro germano se mostró
alarmado por estas apreciaciones. Le dijo a Parker que todo el mundo fuera del
país parecía estar sobrevalorando la prosperidad alemana que, dijo, era
extremadamente frágil.
El 8 de diciembre, monseñor Ludwig Kaas fue elegido en
Colonia como nuevo líder del Zentrum en sustitución del superviviente Wilhelm
Marx. Kaas era un político del ala derecha de su partido, y su ascensión era el
resultado de todo un movimiento en el seno de Zentrum, consecuencia de los
resultados de las elecciones de 1928, que leía aquel fracaso como la
consecuencia de que el voto católico se había divorciado del partido, por
haberse éste acercado demasiado a los postulados de la izquierda social. Sin embargo,
las tendencias dentro de Zentrum partidarias precisamente de esa agenda
reformista también eran muy fuertes y, de hecho, los dos contrincantes de Kaas
en aquella elección, Adam Stegerwald y Joseph Loos, eran ambos partidarios del
entendimiento por la izquierda. La elección final de Kaas reforzó la identidad
del partido con los principios católicos.
Entre el 9 y el 15 de diciembre se reunió en Lugano la Liga
de Naciones. El tema fundamental del orden del día era la creación de una
comisión que habría de estudiar el monto de los futuros pagos de reparaciones
alemanes. Stresemann, que estuvo presente, fue muy crítico con las ideas de los
aliados en torno a la formación de este comité. En teoría, dijo, era un comité
de expertos que no se debían más que a sus criterios; pero en la práctica,
dijo, el riesgo era muy grande de que obedeciesen todos a los análisis y
prioridades de sus gobiernos respectivos. El alemán consideraba que se veía con
demasiado optimismo la situación económica de Alemania; un país, decía, que
estaba “bailando en la boca de un volcán”.
El 22 de diciembre, la Comisión de Reparaciones publicó una
nota de prensa en la que se anunció que los aliados habían aceptado la
propuesta alemana de crear un comité de expertos para examinar la capacidad
real de la economía germana a la hora de hacer frente a pagos, y crear un
calendario definitivo para los mismos. Los expertos serían independientes, y en
el comité participaría la propia Alemania.
El comité estaba presidido por el estadounidense Owen D.
Young, fundador de la Radio Corporation of America o RCA y miembro del consejo
de la Fundación Rockefeller. Young había participado en el comité Dawes; y era
algo así como mano derecha de John Morgan, el banquero que había heredado el
negocio de su padre, J. P. Morgan, a la muerte de éste en 1913.
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