lunes, septiembre 24, 2018

Constantino (3: la conferencia de Carnuntum)

Ya hemos corrido por:

El hijo del césar de Occidente.
Augusto, o tal vez no

Con el mismo desparpajo con el que un político incrementa el impuesto de sociedades sin siquiera preguntarse en las consecuencias de ello sobre la inversión productiva, Constantino dio el paso de York, probablemente, sin plantearse que otros podrían hacer lo mismo. Que es, exactamente, lo que ocurrió. En Roma, mientras llegaban las noticias de la proclamación de Constantino, Majencio, hijo de uno de los miembros de la tetrarquía, el emperador Maximiano que, además, había abdicado arrastrando el escroto porque no quería, se proclamó emperador. Majencio tenía la ventaja de estar en la propia Roma y de contar con el apoyo de la famosérrima guardia pretoriana. Al parecer, el de Majencio fue un golpe de Estado militar, pero de base popular. Algunas fuentes aluden a un incremento de la presión fiscal sobre los romanos, que hizo que éstos se decantasen por un poder alternativo (la ciudadanía, siempre tan tocapelotas intentando no pagar impuestos).


Algo debería haber de esto, puesto que Majencio se las arregló para ser el poder obrante en el Imperio en la península itálica y en norte de África; y esto hubiera sido difícil de conseguir sin apoyo popular. A la fiesta se unió el papá de Majencio, Maximiano quien, cuando vio que todo se interpretaba como un cachondeo y cada quisqui proclamaba su legitimidad a gusto, decidió dar marcha atrás en su abdicación y permanecer como emperador.

Para estabilizar mínimamente este galimatías, Galerio, desde Nicomedia, aceptó el órdago de Constantino, aunque fue una aceptación parcial. Decretó que Severo llegaría a la categoría de emperador y que Constantino sería su césar, esto es su futuro sucesor ya designado.

Lo cual dejaba el Imperio romano tal que así:
  1. En el Imperio Oriental, era emperador Galerio, y césar Maximiano Gaya.
  2. En el Imperio Occidental, tenemos:
    1. A Severo, con Constantino de césar.
    2. A Maximiano regresado de su retiro.
    3. A Majencio, hijo de Maximiano, proclamado en Roma por los pretorianos.
Si alguno de vosotros está pensando que tal vez Maximiano y Majencio operaban de forma más o menos coordinada por ser padre e hijo, es que no conocéis suficientemente las dinámicas por las que se movía el poder en Roma. En aquella Roma, que un oponente político fuese pariente tuyo no es que te moviese a la compasión, sino que era más bien un aliciente para cargártelo. Maximiano, de hecho, se cogió un rebote de la hostia cuando vio en la tele las noticias de la proclamación de Majencio. Él también estaba en Italia, aunque no está del todo claro dónde, pero se puso rápidamente en camino hacia Roma para darle dos hostias al puto niño. Naturalmente, pues era lo que mejor le venía, desarrolló la teoría de que lo que había que hacer para recuperar la estabilidad en Roma era dar marcha atrás en el movimiento pollas de la abdicación. De hecho, intentó convencer a Diocleciano para que volviese al machito, pero éste le dijo que el huevo.

Galerio, quien hemos de recordar administraba una parte del Imperio no sometida a las tensiones centrífugas de candidatos más o menos legítimos, era quien tenía que tomar cartas en el asunto. Su instrumento para ello, lógicamente, era Severo, pues Severo era eso que podríamos denominar el emperador del aparato del Partido en Occidente. Así pues, le mandó un e-mail ordenándole que atacase a Majencio y acabase con la coña del hijito. Severo, sin embargo, contaba, según todos los indicios, con poco predicamento entre sus propias legiones; y esto era un problema de la leche en un montaje político como el romano del siglo IV, en el que era ya, fundamental, el apoyo de la única institución que había quedado en pie desde the good old days, es decir, el Ejército, que fue la institución de referencia hasta que llegaron los obispos (y, ya, si eras obispo y encima militar, eso era como tener los quince puntos).

Severo sitió Roma, donde se encontraba Majencio, para hacerlo capitular. Pero, una vez allí, se encontró con que sus propias tropas lo abandonaban y vitoreaban al emperador usurpador, con el que se sentían mucho más identificado y al que de hecho consideraban más legítimo; pues, para entonces, las legiones romanas habían asumido ya el criterio general de que es más legítimo quien tiene más espadas en el armario; lo de la sangre son polladas. De hecho, tengo por mí que fue observando esa realidad, y preguntándose a sí mismo cómo se la maravillaría para cambiar eso, que Constantino maquinó la idea de hacer al rey un ungido por Dios. De esta manera, incluso los que tuvieran más espadas tendrían que doblar la cerviz ante una legitimidad superior.

El teórico emperador de Occidente se retiró a Rávena y allí la palmó (aunque pudo ser en otras circunstancias; el tema no está claro). Al parecer, a pesar de las órdenes de Galerio, Severo, que algo tenía que barruntarse de la insoportable levedad de sus tropas, se lo pensó mucho antes de avanzar sobre Roma, pero fue Maximiano quien lo convenció, tal vez buscando que el pobre maula se llevase las hostias, debilitase a Majencio y, así le dejase el toro en suerte a él para rematarlo. Muerto Severo, en todo caso, el lógico heredero de su posición era Constantino quien, como ya hemos visto, fue aceptado como césar occidental por Galerio. Éste, Galerio, intentó por su cuenta una expedición punitiva a Italia contra Majencio, to no avail.

En esas circunstancias, Constantino tenía una obvia capacidad de resistir, dado que tenía un control más que potable sobre las potentes legiones romanas establecidas en la Galia, en Britania y probablemente también en Hispania. Fue probablemente esta exhibición de poder la que aconsejó a Maximiano acercarse a él, para intentar atraerlo a su proyecto de recuperar su dignidad imperial deshaciéndose de su hijo Majencio, a todas luces ofreciéndole a Constantino ser su césar. Probablemente, antes Maximiano intentó resolver las cosas por su cuenta matando a su hijo Majencio, pero no lo consiguió. Así pues, viajó al norte para encontrarse con Constantino y firmar una alianza. La primera consecuencia de esta alianza, como siempre, fue familiar: en el año 307, Constantino se casó con Fausta, hija de Maximiano.

Aunque pueda parecer que con estos movimientos Constantino iba empedrando el camino hacia el poder absoluto, en realidad su estrategia revela más bien lo contrario. Revela, en este sentido, que Constantino percibía que sus movimientos, cuando menos de momento, carecían de legitimidad. Él había intentado conseguir esa legitimidad a través de la proclamación de York, esto es, la afirmación ante el mundo de que Constantino era el hijo de Constancio y como tal retenía los derechos de éste. Sin embargo, si había sido proclamado césar había sido por un acto de Galerio y, por lo tanto, igual que de él le venía su legitimidad, el emperador se la podía quitar. Por eso decidió apoyarse en Maximiano; pero, en realidad, éste, ofreciéndole a Fausta como esposa, no hacía otra cosa que vincularlo a un proyecto ilegal de proclamación imperial, pues Maximiano había abdicado.

Una vez aliado con Constantino, Maximiano procedió a realizar un movimiento que, probablemente, le fue exigido por su ahora socio: la eliminación de Majencio, bien política, bien física. El padre lo intentó; primeramente se desplazó a Italia dando la impresión de colaborar con su hijo, pero, al fin y a la postre, y frente a una asamblea de soldados, pretendió impulsar a esas tropas para proclamar la destitución de Majencio como emperador ilegítimo. Majencio, sin embargo, había consolidado un mando muy importante en la península italiana y, como consecuencia, quien acabó abucheado por los soldados fue Maximiano. Éste, tras esta derrota, salió de Italia (yo creo bastante probable que temiese por su vida) hacia la Galia, buscando la protección de su asociado. La situación presentaba tantas incertidumbres e ineficiencias que en Oriente se produjo todo un movimiento para implicar a Diocleciano en la solución al conflicto. La mediación del emperador provocó una reunión, la conocida como conferencia de Carnuntum, ocurrida en noviembre del año 308.

La conferencia de Carnuntum, sin embargo, fue un fracaso desde el principio. Con la inspiración de Diocleciano, contó con la implicación del emperador Galerio; pero, por parte de los poderes en conflicto en Occidente, tan sólo concitó la colaboración de Maximiano quien, además, probablemente no fue allí para aceptar algún tipo de solución, sino para lograr el apoyo del poder oriental para acabar con su hijo Majencio.

A todas luces, cuando menos para mí que ya se sabe que las cosas de la Historia Antigua son bastantes complicadas de interpretar, cuando comenzó la conferencia, o incluso antes, para Galerio se hizo evidente que no podía confiar en ninguno de los poderes obrantes en Occidente para solucionar el problema. Cuando menos en mi interpretación, Galerio entendió que no podía fiarse de Maximiano, pues éste, presente en Carnuntum, debió de dejar claro que a él no le interesaba resucitar el sistema tetrárquico (que era lo que tanto Diocleciano como Galerio querían), sino dominar la mitad del Imperio. De Majencio tampoco se podía fiar, pues claramente se había hecho fuerte en Italia y en norte de África y no parecía respetar mucho la legalidad constitucional romana. Por último, de Constantino no podía olvidar su elevada ambición y el hecho de que le hubiera hecho una envolvente a la muerte de su padre, Constancio.

Compelido a elegir entre tres, Galerio se decidió por un cuarto, y nombró emperador de Occidente a Licinio.

Era Licinio un viejo compañero de armas de Galerio; claramente, éste lo colocó al frente de las posesiones romanas de poniente porque confiaba en él. Un movimiento inesperado en el que, cuando menos, Constantino era el que menos perdía. Para él se reservaba la categoría de césar, que por lo tanto le garantizaba el acceso al poder imperial cuando desapareciese Licinio. Maximiano fue desposeído de la dignidad imperial y, en cuanto a Majencio, fue declarado enemigo del Estado.

Los acuerdos de Carnuntum, en todo caso, no solucionaron nada. En los mismos, Galerio intentó usar su autoridad donde debió haber usado a sus legiones, puesto que ninguno de los tres aspirantes a los que apartó en mayor o menor medida: Constantino, Maximiano y Majencio, aceptó lo prescrito y obedeció. Dos de ellos, Constantino y Majencio, tenían el mando real de los territorios que controlaban, tenían a sus ejércitos detrás de ellos, por lo que el mando imperial de Licinio era más teórico que práctico. De hecho, durante su pretendido mando imperial Licinio apenas controló el área de los Balcanes, esto es, el extremo oriental de su imperio nocional.

Las cosas, de hecho, se pusieron todavía peor. En el año 308, Alejandro, gobernador romano en el norte de África, se pronunció y proclamó emperador. Como ya hemos comentado en el este blog al abordar la caída del Imperio, las tierras libias, tunecinas y argelinas de los romanos tenían una gran importancia por cuanto garantizaban la estabilidad social en la propia Roma; la proveían de buena parte de los alimentos que necesitaba. La rebelión de Alejandro, como ocurriría un siglo y pico después cuando los vándalos y alanos dominasen la misma zona, vaciaba de un plumazo los silos de Roma; Majencio entró en pánico. Envió a su mejor general, Rufio Volusiano, quien logró cerrar la espita.

Con la victoria sobre Alejandro, Majencio consiguió consolidarse en los territorios romanos que controlaba. Esto hacía que la alianza entre Constantino y Maximiano cada día tuviera menos sentido (sobre todo para el primero de ellos), razón por la cual no debe extrañarnos que entre los dos surgiese el conflicto. Todo comenzó, como casi siempre que andaba Maximiano de por medio, por el natural maniobrero de este tipo. Constantino, que como sabemos era quien en realidad controlaba tropas, decidió moverse hacia el Rhin para realizar una campaña contra algunos de los pueblos residentes en la actual Alemania. Se llevó unas cuantas legiones, pero dejó otras al mando de su suegro para que se pudiera defender de Majencio o incluso hostigarlo. Pero Maximiano lo que hizo con esas tropas fue usarlas para proclamarse emperador augusto. Para captar voluntades, el ex emperador hizo circular la noticia de que Constantino había muerto. Éste, sin embargo, estaba muy vivo, y también muy cabreado. Así pues, bajó desde el norte de las posiciones de Maximiano contra él con tanta presión y superioridad que éste se tuvo que bajar hasta Marsella. Si hubo o no hubo asedio de la ciudad no lo sabemos; pero lo que sí sabemos es que Constantino acabó quitándole a su suegro la dignidad purpúrea, pero le respetó la vida.

Al final pasó lo que tenía que pasar. Maximiano habló con su hija Fausta y le pidió que una noche dejara la puerta del dormitorio abierta para que pudiera entrar él y cargarse a su yerno. Fausta, sin embargo, se lo contó todo a su churri, al que con seguridad veía con mucho más futuro que su padre. Constantino, enterado pues, puso a un eunuco en su cama, que fue a quien se cargó Maximiano al entrar en el dormitorio. Enfrentado con su traición, Maximiano fue compelido a acabar con su vida.