lunes, septiembre 17, 2018

Constantino (2: Augusto, o tal vez no)

Ya hemos corrido por:

El hijo del césar de Occidente.


Sigamos a Constancio, que es quien lógicamente más nos interesa por ser el papá de Nino. En el reparto de responsabilidades y administraciones que se produjo entre los tetrarcas, a Cloro le tocaron la Galia y Britania, razón por la cual estableció su Corte en una ciudad muy importante para la época tardorromana: Trier o Tréveris. Sin embargo, no se llevó consigo a su hijo Constantino, que empezaba a hacer carrera en los rangos militares. Constantino prefirió medrar a la sombra de Diocleciano, el primero de los emperadores. Se había reservado el emperador el que en ese momento era el territorio más prometedor y beneficioso del Imperio, esto es las posesiones asiáticas y Egipto. Para supervisar la administración de estos territorios, Diocleciano se estableció fundamentalmente en Nicomedia, en el antiguo reino de Bitinia, en el norte de Turquía. Allí fue donde sirvió Constantino como tribuno militar.


El hecho de que las posesiones asiáticas se convirtiesen en la vertiente más dinámica e interesante del Imperio romano tuvo otra consecuencia importante: su orientalización. Los territorios hoy turcos, mesopotámicos o sirios, que durante décadas habían sido para los romanos meros teatros para el enriquecimiento de gobernadores enviados desde la metrópoli, comenzaron a ganar cada vez más papel en las costumbres y en la geopolítica interna del Imperio. Esto es muy importante para la conformación del cristianismo el cual, a través del Imperio, entró en conexión con cultos y creencias orientales que claramente influyeron en la teología cristiana (sin ir más lejos, es por ese contacto, concretamente con Babilonia, que los occidentales creemos en eso de que Dios está en el Cielo; Dios, hasta que se produjo la influencia sobre Roma de los mitos orientales, siempre había vivido en el subsuelo).

Pero también fue importante para otras cosas, entre ellas la mutación experimentada por la figura del emperador. Diocleciano, quien como acabamos de decir se olvidó del teatro histórico de la grandeza romana y se trasladó a vivir a un tiro de piedra de las tradiciones asirias, medas y persas, quedó fascinado por la figura a la vez temible y admirada del rey en esas culturas. Asumió de los persas un concepto que hasta entonces no había defendido ningún emperador romano: que el poder de un mandatario es declarado, primero que por todo, por las riquezas que acumula en sus vestidos. Y, además, adoptó la complicada liturgia de las cortes asiáticas, con inclusión de la prueba de pleitesía por antonomasia, que es la postración delante de la persona del emperador. Los romanos, delante de su emperador, estaban acostumbrados a ensayar una especie de medio gesto de inclinación en seña de respeto. Pero a partir de ahora deberían arrodillarse y tocar el suelo con su frente.

Dicho esto, lo que no está en discusión es el hecho de que la tetrarquía funcionó bastante bien para aquello para lo cual había sido inventada, esto es: para dotar al Imperio de mayor efectividad defensiva. La Roma de Diocleciano ya no soñaba con ganar más territorio del que tenía; su principal ambición era mantener la espesa red de centenares, miles de tributarios en perfecto estado de revista y fluyendo recursos hacia las metrópolis. Uno de los grandes problemas del Imperio en las décadas anteriores había sido precisamente la frontera oriental, esto es, la frontera persa. Los sasánidas habían conseguido sacarle brillo a la plata de la pasada hegemonía persa y, de hecho, Sapor I había infligido una durísima derrota a los romanos en tiempos del emperador Valerio, a quien de hecho hizo su prisionero y se permitió el lujo de hacer morir en cautividad. Galerio, como césar designado de Diocleciano, participó en estas campañas, si bien en general lo hizo con menor efectividad que su jefe, cosa que éste se preocupó de destacar bastantes veces.

En el otro extremo del Imperio, el principal problema estaba precisamente en los territorios que controlaba Constancio, esto es, la Galia y Bretaña. Y habría de ser en una de esas campañas cuando, en el año 306, muriese Constancio. Ocurrió en las Islas Británicas, y allí las tropas del emperador (porque ya no era césar) aclamaron como nuevo augusto a su hijo Constantino.

Pero las cosas no eran tan fáciles como un aclamación por unas tropas. En realidad, Diocleciano estaba pensando en otra cosa y, como veremos ahora mismo, se había adelantado en el tiempo a la muerte de Constancio.

La invención de la tetrarquía tenía dos objetivos fundamentales: uno, militar, era procurarse una mayor eficiencia bélica para un Imperio que tenía que defender unas fronteras interminables. El otro era evitar el cesarismo y, por lo tanto, las conspiraciones. La idea de Diocleciano era que, con la existencia de dos emperadores, aunque uno fuese superior al otro, y de dos césares, designados por cada uno de ellos, las querellas sucesorias pasarían a ser un tema del pasado. Para Diocleciano, el funcionamiento adecuado de este sistema era de la mayor importancia. En realidad, era tan importante que estaba dispuesto incluso a sacrificar lo que más quería, que era el propio poder. En el año 305, él solo o debidamente asesorado, llegó a la conclusión de que, para dar absoluta credibilidad al sistema tetrárquico, había algo que quedaba por hacer: poner en juego el mecanismo sucesorio. Y esto pasaba porque tanto él como Maximiano, emperadores, abdicasen de su machito.

No se trata de una idea totalmente nueva en la Historia de Roma. Lucio Cornelio Sila también abandonó el poder omnímodo que ejerció en los tiempos republicanos cuando estaba precisamente en la cúspide de dicho poder. Pero para el sistema imperial sí que suponía una novedad importante. Además, Diocleciano observaba este sistema a través de un prisma de mérito y valor, no sucesorio; consideraba que los césares, una vez convertidos en emperadores, deberían nombrar césares a quien les petase; pero no necesariamente, en realidad evitando, que fuesen parientes suyos. Esta idea, sin embargo, chocó con los fuertes elementos dinásticos que había tenido siempre el sistema imperial ya desde Augusto y, de hecho, le labró al emperador dos sólidos enemigos en las dos personas que más tenían que perder en el sistema diocleciano: Constantino y Majencio, hijos, cada uno, de Constancio y de Maximiano, y en ambos casos esperaban ser césares cuando les tocase.

En el año 305, sin embargo, fue la voluntad del emperador la que se impuso y los dos que portaban tal título: Diocleciano y Maximiano, abdicaron de su poder y se marcharon a sus casas. Constancio y Galerio pasaron a ser augustos. Constancio, sin embargo, no pudo nombrar césar a su hijo Constantino y tuvo que aceptar a Severo, que era un hombre de la confianza de Galerio. Galerio, asimismo, nombró como césar suyo a Maximino Gaya, otra persona de su confianza. Tanto Constantino como Majencio quedaban, por lo tanto, fuera de la competencia por la dignidad imperial.

Como ya os he contado, un año después de la abdicación de los emperadores, uno de los nuevos, Constancio, falleció en York, Inglaterra. Las tropas de Constancio encontraron plenamente lógico aclamar a Constantino como nuevo césar, dado que el hijo del emperador se encontraba allí, con ellos (y aceptó la proclamación). Pero eso, claro, quiere decir que Constantino había abandonado el teatro de su curro que, como hemos dicho, era Oriente. ¿Fue eso una casualidad? La verdad es que la mayoría de los historiadores se inclina por contestar que no.

Constantino, en efecto, abandonó Oriente para reunirse con su padre en el norte de Francia antes de pasar el Canal para llevar a cabo una expedición contra los pictos. Lo siguiente que sabemos es que Constancio murió algunas semanas después de haberse producido dicho paso. Pero no murió como consecuencia de una acción bélica, sino a consecuencia de una enfermedad. Es fácil, pues, imaginar un estado de cosas concreto: ¿y si Constancio se sintió morir, o tal vez fueron sus médicos los que le adelantaron dicho diagnóstico; y, tras saber que las cosas iban a ser así, llamó a su hijo a su lado para hacerlo protagonista de una aclamación, de alguna manera, preparada? Buen conocedor, con seguridad, de los planes de Diocleciano, Constancio tenía que ser consciente de que, en buena teoría, a su muerte su hijo perdería toda posibilidad de hacer carrera imperial; así pues, no es nada descabellado imaginar que concluyese que el golpe de Estado era la única vía que tenía su hijo de pasar a la Historia.

El hecho de que fue un movimiento golpista nos lo demuestra el dato de que la proclamación de Constantino no fue como césar, que era a lo que podía aspirar en la legalidad tetrárquica (según esta legalidad, a la muerte de Constancio era Severo quien se convertía en emperador, y por lo tanto era el puesto de césar el que quedaba vacante). Constantino no fue aclamado césar, sino directamente augusto, esto es: emperador.

En realidad, resulta muy difícil saber hasta qué punto ese movimiento de Constantino fue o no un movimiento contra la legalidad. Como iremos, creo, viendo en estas notas, de las variadas habilidades que perfeccionó a lo largo de vida el emperador, la opinión pública fue la mejor de ellas. Constantino fue un perfecto propagandista de sí mismo, y se preocupó de exigirle a las gentes que trabajaban para él que estuviesen a la altura. Buena parte de los testimonios sobre el acceso de Constantino al poder imperial de que disponemos fueron escritos después de que dicho acceso se hubiera producido; después de que Constantino se hubiera convertido en el único e incontestado emperador de Roma. Pero, claro, para entonces él mismo tenía la capacidad de leer los borradores antes de ser copiados y, consecuentemente, de recomendar enfoques; y, por decirlo así, gracias a su excelente alianza con la Iglesia, conservó, como el Cid, la capacidad de seguir influyendo en esos borradores después de su propia muerte. Como puede verse, el consejo de administración de Radiotelevisión Española está inventado muchos siglos antes de su primera reunión.

Sea como sea, el hecho es que en el año 306 tenemos un hecho que se produce en uno de los extremos del Imperio, dado que York quedaba entonces donde Cristo perdió las alpargatas de San Pedro; se produce, digo, un hecho disolvente de la tetrarquía. Los hechos posteriores vienen a sugerirnos la posibilidad, en la que yo creo, de que Constantino no estuviese en ese momento pensando en cargarse la tetrarquía como modelo, entre otras cosas porque como he dicho era un modelo que estaba funcionando mejor que otros; sino más bien corregir sólo el sesgo antidinástico que le había dado Diocleciano, asegurándose para sí, cuando menos, un estatus de césar que la desaparición de la legación de los honores por sangre ponía en peligro.

Sin embargo Constantino, como todos los políticos que fueron, son y serán, cometió el error de no darse cuenta de que, cuando alguien pone en marcha un proceso, controla esa puesta en marcha, pero absolutamente nada más. Una vez lanzada la inercia, ésta avanza a su bola, normalmente complicando las cosas.