martes, septiembre 07, 2010

Folletín de verano (40)

Texto completo








El viernes 31 de octubre, Carlos Luján no tenía que ir a El Pardo, pues no tenía turno de vigilancia. Le vino bien para hacer lo que pretendía. Condujo hacia el sur, al encuentro de Azpíriz, mientras escuchaba en la radio, pasando de una emisora a otra, la noticia machacona de que el Príncipe presidiría el Consejo de Ministros, noticia que en casi todos los casos se difundía tratando indisimuladamente de teñirla de un halo de normalidad. Las radios querían actuar como si aquella vez fuera a ser como la del 74 y, por lo tanto, España volvería a ver a su Caudillo al frente del Estado. Carlos Luján, en cambio, sabía que era enormemente probable que no fuese así.


Al llegar a la comisaría de Azpíriz, le fue franqueado el paso al despacho del comisario. Su ex compañero le recibió en compañía de otro policía de paisano, bastante alto, muy delgado y moreno. Era tal su delgadez que la cabeza aparecía como inusitadamente grande y en el largo cuello reposaba una nuez enorme. El tipo tenía una pequeña verruga justo en el punto más elevado de la nuez y, mientras hablaba y pensaba, se entretenía estrujándola con dos dedos de su mano derecha.


Azpíriz lo presentó como Carlos Hermoso. Él y Luján se estrecharon las manos como si quisieran rompérselas mutuamente.


-Anoche, cuando nos fuimos... de allí, de ver a aquel tipo -explicó, parsimoniosamente, Azpíriz- pensé que, si no hoy, cualquier día vendrías para abrir nuevas vías de investigación. Carlos acaba de llegar de sus islas, pero sé que es un buen policía.


Luján sonrió al extraño.


-¿Así que eres godo?


-Los godos son ustedes -respondió, con voz melosa, el canario, y exhibió una sonrisa amplia y brillante como un amanecer limpio.


-Ya, perdona. Siempre me lío. ¿Te ha puesto tu comisario en antecedentes?


-En lo que se puede contar, sí.


Luján sonrió de nuevo. Le gustaba la franqueza de aquel tipo. Y le gustaba que fuera lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que Azpíriz no le había dado todos los datos.


-Resolver los casos de atraco a bancos, aunque sean frustrados, es importante, ¿no?


Hermoso guiñó un ojo.


-Por supuesto. Un país que deja estas cosas sin resolver acaba siendo fragilón... bueno, quise decir: debilucho, ya me entiende.


Luján asintió. Luego abrió sus notas y dejó escapar un suspiro.


-Vamos a ver... En las últimas ho... er, en los últimos tiempos, hay una prueba que ha adquirido una importancia inesperada -sacó de su pequeño fajo de documentación la foto y se la alargó al canario-. Hace tiempo que sabemos que el joven de la foto es Anselmo López, el hombre asesinado hace ahora más de veinte años, probablemente por al menos uno de los hombres que trató de perpetrar el atraco del otro día.


-Ajá -concedió Hermoso, mirando la foto con atención...


-Pero ahora tenemos razones para sospechar que esa foto es algo más que un recuerdo. Tiene un valor intrínseco, quizá vinculado al caso, que desconocemos. Por la vía de Anselmo López poco tenemos que investigar: es él, y punto. Pero ahora nos llegan testimonios de que, en vida, López decía que en esa foto estaba todo. Lo cual nos lleva a la necesidad de investigar todo lo que hay en esa foto, además de López.


-El otro -afirmó Azpíriz.


-Luján miró alternativamente al comisario y al inspector, asintiendo.


-Ajá. Exacto. Ésta es nuestra labor: investigar al otro.


-Ok, pero, eso, ¿cómo lo vamos a hacer? -Preguntó, con cierta decepción en la voz, Carlos Hermoso.


-Las pistas son pocas, ciertamente -concedió Luján-. Pero esta mañana he pensado algo. Llevo veinte años mirando esa foto, a ratos. Alguna vez he preguntado a testigos por ella, sin resultado. Nadie me ha sabido decir nunca quién es la persona de la foto. Pero algún comentario me han hecho. De personas de mayor edad que yo, acostumbradas a la forma de vestir en los años veinte o treinta en que está hecha la foto, me han comentado que, si bien las ropas de Anselmo López dan la impresión de ser corrientes, en el caso de su compañero la cosa cambia. Lleva un traje probablemente hecho a medida y un sombrero de marca. Esto nos hace pensar que es alguien de cierto estatus.


-Un político -dijo Azpíriz- o... un empresario.


Luján asintió con fuerza.


-Yo más bien creo que lo segundo. Aquí entran en juego algunos datos que, er, yo he acumulado sobre el caso a lo largo de los años. José Antonio, esto que voy a contar también será nuevo para ti.


Tragó saliva. Saboreó la tensión en espera de sus interlocutores.


-El motivo del asesinato de Anselmo López permaneció oculto durante muchos años. Pero a principios de los sesenta, tras la muerte de Rebollo y el desmantelamiento de la célula infiltrada en Falange, pudimos averiguar que el probable motivo de dicho asesinato pudo ser el dinero. En el otoño de 1936, durante el traslado del oro del Banco de España a Cartagena, desde donde fue llevado a la URSS, se extraviaron unos documentos que eran prácticamente dinero contante y sonante. Quien realizó ese robo fue realmente inteligente. Pensó, y no se equivocó, que los comunistas que custodiaban el traslado se obsesionarían con vigilar el oro, sin percatarse de que en un sitio como el Banco de España puede haber papeles que valgan mucho más que el oro. Ese robo fue probablemente cometido por Anselmo López.


-¡Joder! -Exclamó Azpíriz- Pero, ¿cómo lo robó?


-No lo sabemos con exactitud. Pero sólo ese robo puede explicar la constante huida de Anselmo tras terminar la guerra. Alguien sabía que tenía el dinero, y le perseguía para quitárselo. En todo caso, quizá la respuesta precisa a la pregunta esté en la foto.


-¿En la foto? -Los dos policías preguntaron casi al unísono.


-Sí, en la foto. He pasado la mitad de la noche pensando en ello. Me intrigaba la frase que nos dijo nuestra fuente. Eso de que todo está en la foto. Todo, todo. Y entonces caí en la cuenta: en la foto se ve el Banco de España.


Carlos Hermoso, que tenía la foto, la miró con atención.


-¡Es verdad! -Exclamó-. A la izquierda de la foto. Se ve toda la calle Alcalá, en frente el Banco Central y...


-¿Y si lo que quiere decir la frase es eso exactamente? Está todo porque se ve el Banco de España. El sitio donde se produjo el robo. Y dos personas se hacen una foto precisamente delante del Banco de España. ¿Qué nos sugiere eso?


Azpíriz abrió los ojos, se quedó a medio levantar y señaló a su ex compañero.


-¡No es casualidad! -Casi gritó- ¡No es casualidad que la foto se haya hecho allí!


-¿Qué teoría tiene usted? -Preguntó, casi en un susurro, el canario.


Luján respiró hondo antes de contestar.


-Mi teoría es que Anselmo López supo de la existencia de los papeles del Banco de España porque tenía relación con aquél para quien fueron extendidos. Lo conocía y quizá participó en la gestión. Una gestión muy importante: un empresario agobiado por las huelgas y los conflictos del 36, con serios problemas de liquidez. Tan importante que, alguno de los días en que fueron a negociarla, dicho empresario y su amigo se hicieron una foto...


Hubo unos segundos de silencio. Luego, la voz de Azpíriz se deslizó desde lo más profundo del navarro.


-Hay un agujero en tu teoría.


-¿Cuál?


-Si Anselmo López ayudó al empresario en su gestión, tendría que ser financiero, o abogado. Pero lo suyo eran las matemáticas y la física.


Luján se rascó la barbilla.


-No había pensado en ello, y reconozco que es un problema en mi teoría. Pero no insalvable. Lo cierto es que éste es el único hilo que tenemos para tirar.


-OK, ¿conoces el nombre del empresario?


-Hice por saberlo en su día -contestó Luján-. Norberto Ayllón, constructor e importador. Pero, desgraciadamente, también sé que está muerto.


-¿Muerto?


-Sí, su foto está en la Causa General. Le reventaron el cráneo a las pocas semanas de estallar la guerra. Pero -elevó la voz para reponer a sus interlocutores del desánimo que se podía palpar- hay hilos que tocar. Está su familia. Buscadla y tratad de saber cosas de él. Eso y lo del anarquista vendedor de tocadiscos es todo lo que tenemos.


Carlos Hermoso se levantó. Luján hizo lo propio. Se estrecharon las manos.


-Si hay una sola persona que recuerda algo de su Ayllón -le dijo el canario-, yo lo averiguaré. Esté tranquilo.


Tras aquel encuentro se abrió un plazo de inacción en el caso Anselmo López. El 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos, Luján pasó casi todo el día en el Pardo, al borde de su perímetro tres, sin grandes novedades. El día 2 era Día de Difuntos y no tuvo servicio. Fue el primer día en mucho tiempo que pasó completo con su mujer. Fueron juntos al cementerio y los dos estaban frente al televisor cuando comenzó a informar del viaje sorpresa del Príncipe a El Aaiún y el discurso que pronunció allí. Laura se confesó feliz de ver que España volvía a mostrarse fuerte y decidida. Luján no sabía qué pensar.


El día tres, a eso de las tres de la tarde, Carlos Luján había comido ya en su perímetro tres. Le trajo el almuerzo un guardia de Franco muy joven. Fiel a su costumbre profesional de tratar tener cerca a todo el mundo, los amigos y los enemigos, Luján bromeó con él sobre la calidad de la comida y afirmó que ojalá el menú del Caudillo fuese diferente. El chico, que le dijo llamarse Armando, contestó con una sonrisa forzada. Un gesto tan transparente que en ese momento le quedaron claras a Luján dos cosas: una, que Armando había servido en el perímetro uno. Otra, que Franco ya no estaba para ingerir nada que se pudiera identificar con el concepto de comida.


Eran las tres de la tarde. Luján compartía guardia en la misma habitación con un capitán de la guardia civil. Habían convenido que fumarían dentro de la estancia, pero sólo cigarrillos porque otros tipos de tabacos eran demasiado olorosos; a pesar de estar lejos de Franco, el olor a habano o a pipa muy probablemente provocaría la ira de los médicos. Fue por eso que el guardia civil se levantó y, tras pedirle permiso a Luján, se ausentó para salir al patio a fumar unos puritos a los que era muy aficionado.


A los vigilantes de guardia les dejaban utilizar el teléfono. Para llamadas cortas. Luján miró su reloj y decidió que dos días, festivo y medio laborable, eran suficiente plazo para esperar que los policías que trabajaban con él tuviesen algo que contarle. Confiaba en la creatividad y eficiencia de Azpíriz y su subordinado canario. Así pues, descolgó el teléfono, marcó un número para obtener línea, y luego hizo que el dial diese vueltas parsimoniosas conforme iba marcando él los dígitos correspondientes a la comisaría de Azpíriz.


Dos minutos después, estaba hablando con el navarro.


-¿José Antonio?


-Al aparato, Luján.


-Sí. ¿Hay algo?


-Algo sí. Poco, de momento, pero algo.


-Cuéntame.


-¿Puedes hablar?


-Ahora está la cosa tranquila. Dime.


-Hermoso ha estado investigando al empresario. Ayllón. Evidentemente, está fiambre. Eso ya lo sabías. Pero ha rastreado a la familia. Hemos tenido suerte. Es enorme. El tipo tenía un montón de hermanos y la mayoría trabajaban con él.


-¿Sobrevive alguno?


-Hermoso ha localizado a tres. Uno está gagá. La segunda es la típica hermana que no quiere hablar de la guerra; no quiere acordarse de que a su hermano lo mataron. Es que ni siquiera fue el único pariente que se apiolaron los rojos.


-Pues menos mal que hemos tenido suerte.


-La hemos tenido, sí. El tercero era el pequeño de la familia. Tiene cincuenta y pico años ahora. Muy buena memoria. Recuerda bien las andanzas de su hermano mayor.


-¿Ha aportado algún nombre?


-No -concedió Azpíriz, con voz ronca-. Pero nos ha dado una pista clara de dónde buscar.


-¿Sí?


-Sí. Ayllón era Rotario.


Luján trató de aclarar sus ideas.


-¿Eso no es una orden de caballería, o algo así?


-Suena como, pero es otra cosa -respondió, con tono casi profesoral, Azpíriz-. Los rotarios son un club americano de hombres de negocios. Se reúnen periódicamente para charlar y mantener el contacto. Si eres rotario estás moralmente obligado a ayudar a tus compañeros rotarios si te lo piden. No sé si ves por dónde voy...


Luján sintió que el optimismo crecía en la boca de su estómago.


-Lo veo con claridad. Si Ayllón hubiese sido ayudado en sus contactos con el Banco de España por alguien cercano a la familia, probablemente su hermano lo recordaría.


-Eso mismo pienso yo.


-Si no lo recuerda, entonces el apoyo tuvo que venir por contactos de negocios fuera de la familia. Y, si Ayllón pertenecía a un club en el que precisamente los miembros se ayudan unos a otros...


-Emites en la misma onda que yo, Carlos.


-Hay que hacerse con un directorio de miembros de los Rotarios.


-Estamos en ello. De hecho...


-Espera, espera. Calla...


Con el teléfono en la mano, Carlos Luján observaba a Armando, el guardia de Franco. El chico lo miraba desde la puerta de la habitación, la puerta que daba al perímetro dos. Lo miraba con los ojos muy abiertos, implorantes. Toda la sangre había huido de su rostro.


-Azpíriz, ya te llamaré.


-¿Qué pasa? ¿Por qué...? ¿Franco...?


Colgó.


Se levantó.


Dio los cuatro pasos que lo separaban del guardia. Sentía como si las rodillas se negasen a sujetarlo.


-Armando, ¿qué pasa?


El chico abrió y cerró la boca varias veces, pero ningún sonido salió de ella.


Luján recordó sus lecciones sobre interrogatorios. Lo mejor para recuperar la atención de un interrogado es el dolor. Los interrogados que saben de qué va la cosa se entrenan para conseguir pensar en otra cosa. La tortura tiene como objetivo impedírselo, y luego doblegar su voluntad.


Tomó la mano de Armando, agarró disimuladamente el dedo gordo y, apoyando la uña del suyo en el nacimiento de la del guardia, apretó fuerte.


El chico soltó un gemido y apartó la mano. Pero ahora le miraba y le reconocía.


-Te he preguntado qué pasa.


El rostro del muchacho se ensombreció de nuevo.


-El... el...


-¿El Caudillo?


Armando asintió.


-¿Ha muerto?


Armando negó con la cabeza.


-¿Entonces?


El chico quiso contestar, pero otra vez no fue capaz. Aquello fue demasiado para Luján.


Atravesó el perímetro dos sin ver a nadie. Aunque, verdaderamente, iba tan centrado en llegar al perímetro uno que podría haber pasado al lado de una orquesta sinfónica en pleno concierto sin siquiera oírla. Conocía bien la distribución de las habitaciones. Aunque no era su misión estar en ellas, había tenido que aprender la disposición. Llegó finalmente a una pesada puerta de madera noble tras la cual, él lo sabía, estaba la habitación del Caudillo. Dudó unos segundos antes de accionar el pomo. En ese momento sintió un calor en la espalda. Se volvió. Detrás de él estaba Armando, aún angustiado, que lo miraba implorante.


-¿Vas a impedirme que pase? -Preguntó el ex policía.


El guardia ni afirmó ni negó. Se limitó a seguir mirándolo.


Carlos Luján tiró de la manija y escuchó, con angustia, el chasquido de la cerradura cediendo.


Lo que vio una vez que abrió la puerta deseó no haberlo visto nunca.



lunes, septiembre 06, 2010

El black jack vasco

Lo que está pasando en los últimos días en el País Vasco, que ojalá sea histórico, es la directa consecuencia de las últimas elecciones autonómicas vascas. La ecuación de eso que quienes lo ven llaman "el conflicto vasco" sólo da un resultado entero y positivo si quien representa a los vascos, es decir su gobierno, sostiene dicho conflicto. Si no es así, entonces cada día que pasa se produce la demostración palpable de que hay una mayoría social vasca que no tiene conflicto alguno.

El independentismo vasco violento (conocido habitualmente por independentismo a secas, ya que, por razones que me son ignotas, el independentismo vasco no violento recibe el nombre de soberanismo) ha movido ficha ante la evidencia de que, en la primavera del año que viene, se van a producir unas elecciones municipales vascas en las que no será, o no sería, invitado a participar. El IVV necesita de las instituciones públicas para vivir, como cualquier otro partido político. En política, en realidad, puedes hacer muchas cosas; pero la única que no puedes hacer nunca es irte, o dejar que te echen. En política, hay que estar siempre. Esto lo ha terminado por entender el independentismo, que ahora se muestra dispuesto a exigir de los terroristas el cese de la violencia y coquetea con la idea de participar en las instituciones del modo y en la forma que dichas instituciones exigen.

A mi modo de ver, la clave de toda esta historia no está, al menos de momento, tanto en lo que las fuerzas democráticas hagan o digan, sino en lo que haga o diga este mundillo ideológico que se conoce como izquierda abertzale. Ahora que ETA ha hecho probablemente todo lo que puede hacer sin asambleas ni consultas más profundas a la militancia, esto es anunciar que ha dejado de dar por culo con las balas, es esa izquierda con nombres y apellidos, residente en España o en el Estado Español como se prefiera, la que tiene que mostrar sus cartas y ver cuáles son sus ambiciones. Esto es un black jack político. Si el independentismo sigue emperrado o que o black jack o nada, y me paso las veces que me tenga que pasar, esto acabará como ha acabado hasta ahora. Si, para sorpresa de todos, comienza a plantarse en 17, en 18, en 19 o en 20, entonces ya veremos.

Esto equivale a decir: ¿dónde están las líneas rojas? ¿Dónde está la línea roja de los demócratas, es decir ese punto a partir del cual cualquier cesión es intolerable? Y, ¿dónde están las del independentismo? ¿Son dos conjuntos que se interseccionan, o no?

Éste es un blog de Historia. Y escribo sobre el asunto porque, pensándolo en la mañana de hoy mientras leía los periódicos, he dado en albergar la idea de que lo que tiene por delante el independentismo vasco, y con él todos los políticos y organizaciones sociales vascos sin excepción, es un reto sin precedentes en la Historia.

Doy por hecho que la línea roja de los demócratas (aparte de la obvia de la entrega de las armas) es la colaboración con España. Traspasar esa línea, y por lo tanto avenirse a negociar, siquiera hipotéticamente, un estatus para el País Vasco distinto del que dibuja la Constitución (o dibuje cualquier futura Constitución aprobada con las correspondientes mayorías exigidas para ello), equivaldría a retribuir el asesinato. Equivaldría a darle el sentido de guerra que los terroristas dan a sus acciones. La línea roja de la democracia, pues, es: a partir de hoy, serás todo lo raro que quieras ser, péinate como quieras, dí las cosas que quieras, desea en público lo que te apetezca; pero tendrá que ser siempre bajo una legalidad que marco yo, que para eso me votan.

Esta es una experiencia radicalmente nueva para la política vasca. Nunca la ha vivido desde que existe su nacionalismo independentista. En la II República, que es su referente anterior, la autonomía vasca no existió hasta que fue teóricamente dependiente de un gobierno débil y desestructurado, que si no podía impedir que a tres calles de su sede el personal se apiolase aristócratas, curas y sospechosos a su puro gusto, menos iba a impedir que en Bilbao se creyesen otro país, como de hecho se creyeron. Desde que Sabino Arana Goiri tuvo aquella conversación con un cántabro y luego le vino la visión y todo eso, desde entonces, digo, el independentismo vasco nunca se ha planteado, ni de lejos, colaborar con España.

Por eso es tan importante conocer las líneas rojas del independentismo. ¿Navarra es una línea roja? ¿Y que pasa si el País Vasco también es una línea roja para Navarra; esto es, si los navarros deciden que ya les va bien con su histórico fuerismo colaborante y no quieren saber nada con el "conflicto"? Las condiciones de la democracia para que la izquierda abertzale participe en las instituciones de España están bien claras; pero, ¿cuáles son las suyas? ¿Qué está dispuesta a sacrificar, y qué a entregar, cada una de las dos partes para conseguir un entendimiento?

¿Y qué pasa con las víctimas y con los verdugos? Porque podremos discutir si lo producido en los últimos 40 años es una guerra entre naciones o un simple y puro rosario de acciones terroristas. Pero lo que nunca podremos negar es la existencia en sí de personas que son víctimas y de personas que ejecutaron las acciones que los convirtieron en víctimas. La Historia reciente, de otros países me refiero, demuestra que, para gran dolor de las víctimas, las líneas rojas de la democracia son, en este punto, muy difusas. No sería la primera vez que una democracia permitiese a un asesino, o mejor dicho a decenas de ellos, reconstruir sus vidas a cambio de dejar de dar por culo y de renegar de sus enculadas. Pero el problema es más sutil. Una cosa es liberar a un asesino en aras de un acuerdo, y otra cosa permitirle ser un héroe público en el marco de una sociedad en la que sus seguidores o simpatizantes llegan a tener sartenes por el mango. Terroristas excarcelados en el marco de procesos de paz los hay en muchos países; pero no van por ahí alardeando de sus pistoletazos; y no hay nada, de momento, que nos asegure que eso sea una línea roja.

Desde ayer por la tarde, que supe del comunicado de ETA, estoy pensando en los 13 puntos de Negrín. Lo que está pasando me suena un poco a eso. El jefe de un ejército que está perdiendo una guerra por goleada, que sabe que ya sólo una serie casi imposible de carambolas le puede salvar, y que además sabe que entre sus mesnadas prácticamente sólo quedan acérrimos militantes (en este caso comunistas) que acabarán con él si transige con el enemigo, se saca de la manga un comunicado en el que pone 13 condiciones a un tratado de paz con Franco. 13 condiciones que reputa admisibles en las cancillerías europeas (en puridad, muchas lo eran; de hecho, se parecían bastante a las condiciones de arministicio que franceses e ingleses propugnaron a fines del 36, y que Largo rechazó displicentemente, tan seguro estaba de la victoria revolucionaria). Los 13 puntos de Negrín son un trile que consiste en hacer como que dos partes que ya no están ni de coña al mismo nivel van a negociar de tú a tú.

A todos, a cada uno de nosotros, nos cabe hacernos la pregunta de qué habríamos hecho de ser el general Franco. En este juego de ucronías, tenemos la opción de hacer lo que él hizo, es decir proseguir impasible el ademán, seguir contemplando matanzas tan tremendas como la llamada Batalla del Ebro, donde murieron españoles en racimos de a treinta, pero a la postre ganar la guerra y dominarlo todo. O podemos cambiar la Historia y transigir; aceptar que las vidas de los que van a morir antes de abril del 39 bien valen una transacción y, de acuerdo con los intermediarios al uso, pactar con el enemigo. Pero, como historiadores, nos cabe preguntarnos: ¿era posible el pacto? ¿Tenian ambos bandos unas líneas rojas lo suficientemente difusas o cercanas como para poder pactar?

Franco le dijo a sus íntimos cien veces, durante la guerra, que nunca pactaría con sus enemigos, porque el Estado que él quería defender y levantar era absolutamente inaceptable por parte de ellos (y lo era). Al final, el dilema de los 13 puntos de Negrín se reduce a saber si, lejos de lo que Franco decía en la guerra, sí que hay un terreno común en el que encontrarse. Por eso es tan importante conocer del independentismo vasco cuál es su lista de reivindicaciones irrenunciables.

Folletín de verano (39)

Texto completo








Julio Abrantes tenía el aspecto de una persona entrada en años que hubiera pasado toda su vida en labores de campo. Salvo que su vida de presididario le había dejado, como Luján previó, una piel casi láctea. Tenía el aplomo de quien ha visto mucho y vivido más. De las muchas personas a las que Carlos Luján había visto a lo largo de su vida en su tesitura, rodeados por policías armadas e inspectores de paisano, Julio Abrantes fue, de largo, quien más conservó la calma.


-No sé lo que sabe de mí -le dijo a Luján, con una sonrisa queriendo nacer en un extremo de sus labios-, pero puedo demostrar que he sido absuelto de todos los delitos de los que una vez estuve acusado.


-Yo no diría tanto -contestó Luján-. Hay un asuntillo en Alemania, antes de partir hacia Rusia con la Azul. Quizá lo hayas olvidado.


Abrantes se lo quedó mirando, como midiéndolo. Luego, casi repentinamente, se alzó de hombros.


-De eso hace mucho tiempo.


-Pero yo te puedo tocar mucho los cojones por ello.


-Oiga, el cabrón de la historia era aquel tipo. Él me...


-Ya. Y tú, antes de que él te corrompiese, eras un monaguillo, ¿verdad?


Luján se levantó y se inclinó sobre Abrantes, hasta poner su rostro a muy pocos centímetros del delincuente.


-Si he podido esperar veinte años para tenerte delante, créeme, soy capaz de encontrar todo lo que haga falta para putearte hasta el día que te mueras en cualquier cárcel. Española, por supuesto.


-Soy ciudadano soviético -respondió Abrantes, con aplomo, como sacando su as de la manga.


-Lo sé, tovarich Petrovic -contestó tranquilamente Luján, quien disfrutó observando cómo Abrantes, a pesar de sus nervios de plomo, acusaba el golpe-. Como sé que los rusos preferirían regalarle el Bolshoi a Gerald Ford antes que volver a verte por ahí.


Se sentó frente a él. Le palmeó una rodilla.


-Pero, ¡ea, dejémonos de polladas! Tú eres un tío listo, Abrantes. Si te buscara por lo de Alemania o por algo anterior, no estarías aquí, en tu putiferio, hablando con nosotros. Estarías en una comisaría. Y eso todavía te da una oportunidad.


Los ojos de Abrantes brillaron una milésima de segundo. Suficiente como para que Luján se percatase de que, obviamente, no sabía lo que no podía saber, y él sí. Durante su visita al Coronel con Lastres, éste había comprometido su colaboración pero, cuando ya se iban, había sido claro.


-Oiga, Luján. Todo esto tiene un denominador común: Abrantes no existe. Sea cual sea su situación, sean cuales sean sus ideas, Luján, no quiero a ese hijo de puta en una comisaría; no quiero su nombre en un parte de denuncia; no lo quiero delante de un juez. Espero haber sido suficientemente claro.


Carlos Luján tenía que soltar a Julio Abrantes. Pero eso, el retenido aún no lo sabía.


-¿Cómo de grande es esa oportunidad? -Acabó por preguntar Abrantes, lentamente.


-La hostia de grande -informó Luján-. Aquí tengo -sacó un sobre del bolsillo interior de su americana- un billete de avión. Buenos Aires. Esta noche. Los agentes tienen orden de, er, escoltarte hasta el embarque. Qué cojones, la orden es cerciorarse de que subes al puto avión.


-¿A cambio?


-Información.


Abrantes se alzó de hombros de nuevo.


-Pues vale. ¿De qué quieren que les hable? ¿Quieren saber cómo puede alguien conseguir LSD en una cárcel rusa?


Luján rió brevemente, y encendió un cigarrillo. Se lo ofreció a Abrantes, quien lo tomó con una de sus manos esposadas. Luego él encendió un segundo cigarrillo, fumó parsimoniosamente. Se sentó frente a él. Ambos hombres se miraban. Ambos procuraban que sus ojos no dijesen nada.


-Háblame del lago Ilmen -dijo, finalmente, Luján.


A Abrantes la pregunta lo descolocó por completo.


-¿Qué lago?


Luján disfrutó con su desorientación.


-El lago Ilmen. La División Azul. ¿No lo recuerdas?


Abrantes estrechó su mirada, en un gesto de incredulidad.


-¿Me han detenido para hablar de la guerra?


Esta vez fue Luján quien se alzó de hombros.


-No sé por qué te extraña tanto. Tú acabaste en una sección de la División. Allí tuviste un compañero. Y da la casualidad de que ese compañero es el mismo con el que hace unos pocos días has intentado atracar un banco a un par de barrios de aquí. ¿No es así?


Carlos Luján sabía que Julio Abrantes podía negarlo todo perfectamente si imaginaba, y no le sería difícil, que todo lo que tenían sobre la participación de Cendoya en el atraco eran sospechas. Por eso le había enseñado el billete de avión. Necesitaba que tuviese algo que perder en caso de mentir.


La estrategia funcionó. Abrantes suspiró, como diciéndose a sí mismo: ya está, hasta aquí hemos llegado. Luján aprovechó el momento.


-¿De cuándo es vuestro reencuentro?


-Muy reciente. Por lo que me ha contado, vivió en Rusia varios años tras la guerra, pero sin continuidad. A los rusos sigue dándoles urticaria la gente a la que no le van las banderas de un solo color.


-Ya. Mejor que rojas, rojinegras, ¿es así?


Abrantes asintió fuertemente.


-Cendoya dice que es anarquista. Pero los rusos, o algunos rusos, parecen creer que es uno de los suyos.


-¿Por qué dices eso?


-Joder, por todo. Supongo que si saben tanto de Cendoya es porque ya han descubierto que, en realidad, no murió en... claro, joder. ¡Por eso me preguntaba por el lago Ilmen!


Luján rió y le palmeó un muslo.


-¡Exacto, amigo, por eso mismo! En efecto, hace mucho tiempo que sabemos que Cendoya se las arregló para engañar a sus propios compañeros, simular su muerte en el lago Ilmen, y pasarse a los rusos. Quizá él no sepa que fue condecorado por esa acción tan valiente. A título póstumo. Quizá quiera pasarse por el Ministerio del Ejército a recoger su medalla. Aunque tendría que dar algunas explicaciones.


Abrantes quiso responder a la sonrisa de Luján con otra, pero no lo consiguió.


-Sigue con lo de Cendoya y los rusos, anda.


-Según él -contestó Abrantes-, ha estado entrando y saliendo de Rusia varias veces en las últimas décadas. Eso no lo puede hacer cualquiera. Y, cuando me soltaron de la prisión, me fue a buscar en un coche enorme y me acompañó a la oficina donde me explicaron todo lo de mi liberación, el pasaporte nuevo con identidad soviética, todo. Él dice que todo eso no tiene más motivo que tener camelado a quien podía ayudarle. Hace veinte años...


Abrantes se detuvo para sorber su pitillo, pero no pudo seguir porque le detuvo la voz de Azpíriz.


-Yo te lo cuento. Hace veinte años, Cendoya estaba montando una célula dentro de la propia Falange. Una mezcla de falangistas radicales y anarquistas que juntó a base de extrañas amistades que hizo al final de la guerra. Pero unos policías le desmantelaron la organización.


Abrantes miró a Azpíriz como quien mira a un león que se prepara a saltar. Luján alabó en silencio la inteligencia estratégica de su compañero. Había conseguido dar la impresión de que sabían mucho más de lo que realmente sabían.


-En Berlín me dijo -musitó Abrantes- que aquel comando iba a matar a Carrero. Iban a hacerlo apenas dos meses después de la fecha en que los desmantelaron. El tipo aquél, por lo visto, tenía la costumbre de pasar horas en un despacho de la Castellana que daba a la calle. Habían diseñado una acción por la cual tomarían el hotel de enfrente y le dispararían. Ustedes... o los que desmantelaron la célula, le salvaron la vida. Claro que, a la larga, no le ha servido de mucho.


Abrantes se rió de su propia gracia. Luján y Azpíriz lo observaron estólidos.


-¿Qué te ha dicho Cendoya de su hermano Higinio? Higinio Longares.


Abrantes se alzó de hombros.


-No sé quién es ese tipo.


-¿Lucía Odriozola?


El interrogado negó tranquilamente con la cabeza.


Luján suspiró, fumó, intercambió una mirada con Azpiríz. Luego trató de serenarse.


-En fin, vamos al torrao. Lago Ilmen. La División Azul. Aquella sección. Refréscame la memoria. Estabas tú, y Cendoya, un tal Dositeo Galán...


-Ajá.


-Herminio Pozas...


-Hermi... ¡ah, sí, uno de Los Metralletas! -Abrantes se quedó parado un momento, decodificando que sus interlocutores no sabían de qué les hablaba-. Los llamaban así porque se tatuaron una metralleta aquí, en el dorso de la mano derecha.


-Ok, vale. Así que tenemos: Cendoya, Galán, Pozas... ¿y?


-Sí -concedió Abrantes-. También estaban Malaguita, y Castán el Loco, y Turienzo, y... espere... Cañadas, sí, Cañadas. Y López. Anselmo López.


-Es curioso -respondió Luján- Has citado al final a los muertos.


Abrantes se quedó quieto unos segundos, mirando a ninguna parte, como si delante de él estuviesen proyectando la muerte de sus compañeros.


-No todos -respondió finalmente, con seguridad- López fue gravemente herido, pero se recuperó y lo repatriaron.


Luján sintió que un peso del estómago se aligeraba. Esa reacción era un dato importante: si Julio Abrantes no sabía que Anselmo López había sido asesinado en 1948, eso quería decir que, cualesquiera que fuesen las cosas de las que le hubiese hablado Cendoya en las últimas semanas, López no era una de ellas. Silencio el de Cendoya que era coherente con que además hubiese callado sobre su hermano y su novia. Cada vez le quedaba más claro a Luján que Cendoya había buscado a Abrantes porque necesitaba un brazo criminal ejecutor. Compartió la información telepáticamente con Azpíriz antes de seguir interrogando.


-Malaguita, Castán, Turienzo y Cañadas murieron en Rusia.


-… y os quedasteis solos tú y El Choto.


Abrantes miró a Luján con extrañeza.


-¿Solos? Ya le he dicho que estaban…


-Sí, me lo has dicho. Pero yo te hablo del grupito, no de la escuadra.


-¿Grupito?


-El grupito, sí. In Bello Amicitia. Anillos negros. ¿Dónde tienes el tuyo?


Abrantes apretó los labios y negó tranquilamente.


-Nunca lo tuve. Yo no voy de eso. En mi mundo los grupos se hacen y deshacen para dar palos. Pero, sí. Cendoya se quedó solo cuando Malaguita, Turienzo y Cañadas la palmaron. Días antes de lo del Ilmen.


-Cendoya también «murió» allí continuó Luján-. Galán perdió una mano, regresó y murió de cirrosis algunos años más tarde. Y a Anselmo López lo mataron en 1948. Y es posible que Cendoya no fuese ajeno a ello.


Aquella era la tarde de las sorpresas para Abrantes. Pero esta vez aguantó el tipo más que razonablemente.


-¿Cendoya? ¿A López? ¿Por qué? Y, ¿cómo, si él...?


-¿Si él estaba fuera de España? -Le interrumpió Azpíriz- Tú mismo has dicho que estaba formando una célula terrorista interior. Para alguien que se planea la posibilidad de reventarle el cráneo a la mano derecha de Franco, un puñetero veterano le parecerá poca cosa, ¿no?


-Y, si preguntas por qué -continuó Luján-, ahora ya conoces la razón de este interrogatorio.


-¿Yo? Pero, yo, ¿qué puedo decirles?


Luján trató de mostrarse tranquilo, casi desinteresado.


-Piensa, Abrantes, piensa. 1948. Quien quiera que mató a Anselmo López no podía tener más motivos que los que surgieran mientras vosotros caminabais por el hielo ruso. Así que háblame de la relación entre Luján y Cendoya.


Abrantes sacudió la cabeza, como tratando de convocar los recuerdos.


-No sé. Lejana. En realidad, no se conocieron mucho. Cendoya llegó al batallón cuando ya estaba formado. Se hizo rápidamente famoso por su grupo de radicales, los del anillo.


-In Bello Amicitia


-Eso. La bella amistad, todo eso.


-López era uno de ellos.


Abrantes se echó hacia atrás.


-¿López? ¡Eso, con perdón, no se lo cree ni usted!


-Su cadáver llevaba uno de esos anillos.


Abrantes reflexionó.


-Entonces... ¡qué cojones! Entonces, es que Cendoya lo mató, y ésa fue su marca. Porque Anselmo López, créame, jamás habría llevado ese anillo por deseo propio -tiró y aplastó su cigarrillo; Luján, sin solución de continuidad, le dio otro y le acercó la llama del mechero-. Ése López no sé qué coño hacía con nosotros, la verdad. La mayoría eran falangistas sinceros, antimarxistas decididos, que querían empujar a los comunistas hasta echarlos al mar por el otro lado de Siberia. Luego había otros... otros...


-Como tú -terció Azpíriz-. Llamémosles aventureros.


-A...ventureros, sí. Y luego la gente como Cendoya. Tremendos. Algunos de los que sobrevivieron se reengancharon conmigo en las SS. Yo lo hice por no volver, por no... ¡por no volver, vaya! Pero ellos creían en todo eso. Les vi llevar el uniforme con orgullo. Eran arios de verdad. Y odiaban a Franco.


-Menuda panda -comentó Azpíriz.


Abrantes lo miró con indisimulado desprecio.


-Usted no ha estado a veinte grados bajo cero, corriendo en la nieve para protegerse de los ataques de hordas de cabrones dispuestos a abrirte las tripas, a mordiscos si es preciso si se quedan sin bayoneta. Yo le juro que la mayor suerte que se puede tener en una situación así es que se te presente estando a la espalda de uno de esos hijos de puta.


Azpíriz calló, pero Luján le dedicó una mirada conmiserativa. Le gustaba el giro que había dado la conversación. Todos los veteranos, en el fondo, quieren hablar de su pasado combatiente.


-Por lo que veo, López no encajaba con nadie.


-Con nadie. Nosotros, bueno, nos portábamos mejor que los alemanes con la población...


Luján pensó: «salvo tú, que la violabas y asesinabas». Pero, fiel a sus compromisos, y a sus intereses, se guardó de decir nada.


-... pero lo de López era exagerado. Todos le decíamos que más que de la División Azul parecía de la Cruz Roja. Y, además, era distinto a todos. Le bastaba con hablar para ser distinto.


-¿Y eso?


-Por las cosas de que hablaba. Las cosas que decía. Allí había algunos universitarios, falangistas convencidos que quisieron luchar, pero la mayoría éramos de otra pasta. No sé si me entienden.


-A la perfección.


-A López se le notaba que estaba muy cultivado.


-¿Por qué se le notaba? -Preguntó el navarro, con gesto de perspicacia- ¿Recitaba poemas, hablaba latín, o qué?


Abrantes negó violentamente.


-No, no va por ahí. El cabrón sabía un montón de cosas. Pero un montón.


-¿Qué tipo de cosas?


Abrantes se alzó de hombros de nuevo, dejando ver que eran terrenos que él no dominaba.


-Cosas... complicadas. Matemáticas, por ejemplo. Física, lo llamaba. Había una cosa sobre la que yo creo que lo sabía todo. Qué palizas nos daba. Sobre todo a los mandos. Hablaba y hablaba sobre cosas relacionadas con la resistencia de los materiales. Eso lo tenía en la boca siempre. Decía que se podían construir túneles para la defensa, que sería fácil. Nadie le hizo ni caso.


Carlos Luján anotó en su libreta: «AL era probablemente ingeniero».


-Yo te he preguntado por sus tendencias políticas.


-No tenía, que yo sepa -respondió Abrantes, con seguridad-. Puedo jurarle que López no era falangista.


-¿Qué pensaba de Franco?


Azpíriz no pudo reprimir una mirada de extrañeza hacia Luján. Pero él sabía lo que hacía. Tenía razones sobradas para pensar que pudiese haber una vinculación, algún tipo de relación, entre Franco y Anselmo López.


Pero Abrantes volvió a alzarse de hombros.


-Hace muchos años, pero no recuerdo una sola vez que hablase de él, ni para decir blanco ni para decir negro. Pero lo más increíble no es que no fuese falangista. Esto ya hubiera bastado para preguntarse qué coño hacía ahí. Lo más increíble era el miedo que tenía.


-¿Miedo?


-Miedo, sí. A la guerra, a la muerte. He visto ese miedo, sobre todo al final de la mundial, cuando combatí al lado de adolescentes recién salidos de las academias. Lloraban bajo las bombas y llamaban a su mamá. Pero habían ido obligados. Lo de López no tiene sentido, porque era un voluntario. Estaba allí porque quería. Y, sin embargo, tan sólo el rumor de los obuses en la distancia le ponía en la mirada un miedo hondo y le provocaba temblor de manos.


Luján se rascó la barbilla. Habló para sí.


-¿Por qué alguien con tanto miedo se presenta voluntario para ir a la guerra?


Nadie contestó.


-Y, ¿por qué a la vuelta, condecorado por haber sido herido en combate, y siendo un ingeniero quizá muy valioso, se entierra en una vida arrastrada, sin oficio ni beneficio?


Para Luján estuvo claro, más claro que nunca: Anselmo López huía. Se escondía.


Se inclinó hacia Abrantes.


-Dime una cosa. Antes has dicho que Cendoya se incorporó a vuestra sección más tarde.


-Ajá.


-O sea que, al menos tú, no tuviste relación con él durante la instrucción en Alemania.


-Ninguna.


-Vale. Y, ¿serías capaz de recordar si pasó mucho tiempo entre la incorporación de Cendoya al batallón y la herida de López?


-Joder, ha pasado mucho tiempo. Mucho, mucho... Pero el caso es que...


Luján miró a Azpíriz. El navarro abrió los ojos de par en par.


-Joder, joder, joder. Ambos hechos están ligados... -susurró.


Abrantes miró a Azpíriz. Luego a Luján. Parecía asustado. Asustado por sus propios pensamientos.


-Es... ¡es cierto! Anselmo López resultó herido durante la toma fallida de la cota 789, y eso fue... eso fue... ¡joder!


-La primera acción de guerra después de la llegada de Cendoya.


Abrantes asintió. Su mandíbula colgaba sin fuerza.


-Casi. La segunda. Pero apenas unos veinte días después.


Luján suspiró.


-De tu mirada deduzco que no te sorprenderá que te diga que la bala que extrajimos del cadáver de López en su tumba, hace ahora cosa de quince años, era la bala de un arma alemana.


Esta vez, la sorpresa se dibujó, neta, en el rostro del interrogado.


-¿Existe alguna posibilidad de que se produjese fuego amigo en aquella acción?


-Siempre la hay -contestó Abrantes, con un hilo de voz-. Lo dejamos atrás, fuera del radio de la artillería enemiga. Se le asignaron funciones de intendencia. Teníamos que tomar la cota, pero fracasamos. Los rusos contraatacaron. Por nuestro flanco. Adivinaron que estábamos muy castigados. Traspasaron los perímetros de seguridad, comprometiendo la seguridad incluso de porciones de nuestra retaguardia, donde estaba él. Por eso... por eso nadie dudó de que lo habían herido ellos.


Luján veía ahora las cosas claras. Sacó su fajo de documentación. El fajo de documentación que lo acompañaba desde 1948. Extrajo el viejo papel con la anotación RiP 203.


-Dime, Abrantes, ¿escribió López alguna vez algo delante de ti?


-Decenas de veces -respondió el ex divisionario.


-¿Dirías que ésta es su letra?


Abrantes apenas la miró unos segundos.


-No. Seguro. Esta letra es gordita y vertical. López tenía una letra muy elegante, muy caligráfica. De señorito.


Luego la nota, se dijo Luján, la escribió Lucía Odriozola.


-¿Qué significa RiP 203, Julio?


Cuando se liberó de la sorpresa, Abrantes negó con aplomo.


-No tengo ni idea. De verdad.


-¿No es un mensaje secreto entre los miembros de vuestro grupo?


-No, lo juro.


-¿Tienes tabaco?


-¿Yo?


Mientras Abrantes se recuperaba de la sorpresa de la pregunta, un uniformado le alargó a Luján un paquete de tabaco rubio. Luján tiró los cigarrillos y deshizo el paquete como había aprendido el día que Azpíriz lo visitó. No había nada dentro.


Luján bufó con fastidio. Se levantó. Los rasgos de su rostro se endurecieron.


-Ahora mismo te la estás jugando, Abrantes. Mide bien tus respuestas y, por tu puta madre, macho, no se te ocurra mentirme.


Abrantes lo miraba desde abajo. Era un hombre curtido, pero Luján pudo oler que tenía miedo.


-¿No te dio Cendoya un paquete de tabaco mentolado?


Abrantes se quedó parado, sin palabras.


-¡Contesta, me cago en Dios! ¡Contesta, o te mato aquí mismo!


Sacó su pistola. El seguro sonó con un chasquido, Abrantes intentó echarse hacia atrás, pero tras él había una pared.


-¿Qué... qué cojones?


-¿Es que no te das cuenta, imbécil? ¡El tiempo de proteger ya ha pasado! ¡No tienes a nadie a quien proteger, salvo a ti mismo! ¡Así que habla!


-Yo... yo... una cajetilla... mentolados... yo no...


Luján levantó la mano con la pistola. Pero no descargó el golpe. Sintió un fuerte abrazo en su muñeca y el aliento de Azpíriz en su mejilla derecha. Y escuchó sus jadeos. Ambos compañeros lucharon brevemente. Finalmente, Azpíriz le hizo soltar la pistola.


-Los...mentolados -escuchó Luján decir a Abrantes-. La cajetilla era de Cendoya. ¡Era suya, joder!


-Pero, entonces, ¿por qué la tenía el pobre diablo que reclutasteis de chófer? -Preguntó Azpíriz, más entero que su ex compañero.


Abrantes lo miró como se mira a un salvador.


-Se la dio Cendoya. La noche antes. Estábamos todos: Cendoya, Camilo, el chico y yo. Planificamos. Cuando todo terminó, Cendoya le dio la cajetilla vacía al chico. Y le dijo que al día siguiente, tras el atraco, le diría a quién tenía que hacérsela llegar. De su parte. Durante el tiempo que estuviéramos escondidos.


-¿A quién le quería llevar esa cajetilla?


-No lo sé. Eso sólo lo sabe Cendoya. El chico murió en el atraco, ¿no? Eso dicen los periódicos.


Luján estaba ya más tranquilo. Ordenó sus pensamientos de acuerdo con lo que acababa de oir. Finalmente, sacó la fotografía de López con un señor grueso en la calle Alcalá.


-¿Has visto alguna vez esta foto?


Fue un palo de ciego. No esperaba una respuesta positiva. Por eso fue el primer sorpendido cuando Abrantes contestó:


-Un millón de veces.


-¿Un mi... millón?


-Era de López. Él es el jovencito de la derecha. La tenía consigo en Rusia. Siempre la llevaba encima.


-¿Es su padre la otra persona?


Nueva alzada de hombros.


-Si lo es, nunca lo dijo. Él todo lo que decía es que aquella foto era su seguro de vida. También decía: en esa foto está todo.


-¿Su qué?


-Su seguro de vida. Eso decía.


-¿Y la firma de detrás? ¿Es de López?


Abrantes torció el gesto.


-Nunca le vi firmar pero, por cómo le digo que era su letra, y ésa la vi bien, creo que es difícil que sea su firma.


Luján dio unos pasos por la habitación. Entre interrogatorios pausas y demás, se había hecho de noche en las ventanas. Suspiró y se echó el pelo hacia atrás. Luego volvió hacia Abrantes, que esperaba sin mover ni una pestaña.


-Puedes irte, cabronazo. Pero antes, dime una sola cosa.


-Lo que usted diga.


-¿Para qué el dinero? ¿Qué prepara Cendoya?


Abrantes palideció.


-¿Me... me dejará ir, escuche lo que escuche?


Luján rió.


-Julio Abrantes, sólo llevas una cajetilla de tabaco corriente y moliente. Eres un puto peón. Una hormiga. Con darte un papirotazo, estamos listos. Habla sin miedo.


Abrantes consumió casi un tercio de su cigarro de una sola calada. Luego echó las toneladas de humo por boca y nariz. Y después miró a Luján a los ojos.


-El dinero es para comprar material y un par de voluntades. Eso dice siempre Cendoya. Por eso me esperó a mí. Hace mucho tiempo ya que no tiene apoyo para sus proyectos terroristas en España. Hace mucho que le cortaron el grifo del dinero. Los rusos lo tratan bien, le prestan coches oficiales y apartamentos en Moscú para que duerma; pero más o menos por la época en que ustedes desarticularon la célula que Cendoya dirigía desde fuera, decidieron que no se iban a implicar en acciones desestabilizadoras. Cendoya, en cambio, necesita una acción criminal, dar un palo gordo que le procure mucha pasta. Quiere jugar a lo grande.


-¿Cuánto de grande?


Esta vez fue Abrantes el que rio brevemente.


-Tan grande como volar la plaza de la Cibeles.


Cosa de un par de horas después, Carlos Luján se sentó en su casa frente a la máquina de escribir. Laura ya estaba acostada, pero él tenía que escribir aquel informe a la mayor brevedad. Una bomba en la Cibeles era cosa seria. Además, era terreno de su unidad, así pues él estaba obligado a informar. Escribió con fluidez, pues tenía todos los datos frescos en la cabeza. Cuando quiso mirar el reloj, eran más de las once. Pensó: ahora mismo, Julio Abrantes estará despegando camino de Argentina. Ese pensamiento lo sacó del torrente de informaciones que estaba redactando y lo impulsó a relajarse un poco. Por eso puso la radio.


Fue entonces, al filo de la medianoche, cuando se enteró de que, horas antes, el jefe del Estado, general Francisco Franco, había resignado sus poderes en la persona de Don Juan Carlos de Borbón.