martes, septiembre 07, 2010

Folletín de verano (40)

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El viernes 31 de octubre, Carlos Luján no tenía que ir a El Pardo, pues no tenía turno de vigilancia. Le vino bien para hacer lo que pretendía. Condujo hacia el sur, al encuentro de Azpíriz, mientras escuchaba en la radio, pasando de una emisora a otra, la noticia machacona de que el Príncipe presidiría el Consejo de Ministros, noticia que en casi todos los casos se difundía tratando indisimuladamente de teñirla de un halo de normalidad. Las radios querían actuar como si aquella vez fuera a ser como la del 74 y, por lo tanto, España volvería a ver a su Caudillo al frente del Estado. Carlos Luján, en cambio, sabía que era enormemente probable que no fuese así.


Al llegar a la comisaría de Azpíriz, le fue franqueado el paso al despacho del comisario. Su ex compañero le recibió en compañía de otro policía de paisano, bastante alto, muy delgado y moreno. Era tal su delgadez que la cabeza aparecía como inusitadamente grande y en el largo cuello reposaba una nuez enorme. El tipo tenía una pequeña verruga justo en el punto más elevado de la nuez y, mientras hablaba y pensaba, se entretenía estrujándola con dos dedos de su mano derecha.


Azpíriz lo presentó como Carlos Hermoso. Él y Luján se estrecharon las manos como si quisieran rompérselas mutuamente.


-Anoche, cuando nos fuimos... de allí, de ver a aquel tipo -explicó, parsimoniosamente, Azpíriz- pensé que, si no hoy, cualquier día vendrías para abrir nuevas vías de investigación. Carlos acaba de llegar de sus islas, pero sé que es un buen policía.


Luján sonrió al extraño.


-¿Así que eres godo?


-Los godos son ustedes -respondió, con voz melosa, el canario, y exhibió una sonrisa amplia y brillante como un amanecer limpio.


-Ya, perdona. Siempre me lío. ¿Te ha puesto tu comisario en antecedentes?


-En lo que se puede contar, sí.


Luján sonrió de nuevo. Le gustaba la franqueza de aquel tipo. Y le gustaba que fuera lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que Azpíriz no le había dado todos los datos.


-Resolver los casos de atraco a bancos, aunque sean frustrados, es importante, ¿no?


Hermoso guiñó un ojo.


-Por supuesto. Un país que deja estas cosas sin resolver acaba siendo fragilón... bueno, quise decir: debilucho, ya me entiende.


Luján asintió. Luego abrió sus notas y dejó escapar un suspiro.


-Vamos a ver... En las últimas ho... er, en los últimos tiempos, hay una prueba que ha adquirido una importancia inesperada -sacó de su pequeño fajo de documentación la foto y se la alargó al canario-. Hace tiempo que sabemos que el joven de la foto es Anselmo López, el hombre asesinado hace ahora más de veinte años, probablemente por al menos uno de los hombres que trató de perpetrar el atraco del otro día.


-Ajá -concedió Hermoso, mirando la foto con atención...


-Pero ahora tenemos razones para sospechar que esa foto es algo más que un recuerdo. Tiene un valor intrínseco, quizá vinculado al caso, que desconocemos. Por la vía de Anselmo López poco tenemos que investigar: es él, y punto. Pero ahora nos llegan testimonios de que, en vida, López decía que en esa foto estaba todo. Lo cual nos lleva a la necesidad de investigar todo lo que hay en esa foto, además de López.


-El otro -afirmó Azpíriz.


-Luján miró alternativamente al comisario y al inspector, asintiendo.


-Ajá. Exacto. Ésta es nuestra labor: investigar al otro.


-Ok, pero, eso, ¿cómo lo vamos a hacer? -Preguntó, con cierta decepción en la voz, Carlos Hermoso.


-Las pistas son pocas, ciertamente -concedió Luján-. Pero esta mañana he pensado algo. Llevo veinte años mirando esa foto, a ratos. Alguna vez he preguntado a testigos por ella, sin resultado. Nadie me ha sabido decir nunca quién es la persona de la foto. Pero algún comentario me han hecho. De personas de mayor edad que yo, acostumbradas a la forma de vestir en los años veinte o treinta en que está hecha la foto, me han comentado que, si bien las ropas de Anselmo López dan la impresión de ser corrientes, en el caso de su compañero la cosa cambia. Lleva un traje probablemente hecho a medida y un sombrero de marca. Esto nos hace pensar que es alguien de cierto estatus.


-Un político -dijo Azpíriz- o... un empresario.


Luján asintió con fuerza.


-Yo más bien creo que lo segundo. Aquí entran en juego algunos datos que, er, yo he acumulado sobre el caso a lo largo de los años. José Antonio, esto que voy a contar también será nuevo para ti.


Tragó saliva. Saboreó la tensión en espera de sus interlocutores.


-El motivo del asesinato de Anselmo López permaneció oculto durante muchos años. Pero a principios de los sesenta, tras la muerte de Rebollo y el desmantelamiento de la célula infiltrada en Falange, pudimos averiguar que el probable motivo de dicho asesinato pudo ser el dinero. En el otoño de 1936, durante el traslado del oro del Banco de España a Cartagena, desde donde fue llevado a la URSS, se extraviaron unos documentos que eran prácticamente dinero contante y sonante. Quien realizó ese robo fue realmente inteligente. Pensó, y no se equivocó, que los comunistas que custodiaban el traslado se obsesionarían con vigilar el oro, sin percatarse de que en un sitio como el Banco de España puede haber papeles que valgan mucho más que el oro. Ese robo fue probablemente cometido por Anselmo López.


-¡Joder! -Exclamó Azpíriz- Pero, ¿cómo lo robó?


-No lo sabemos con exactitud. Pero sólo ese robo puede explicar la constante huida de Anselmo tras terminar la guerra. Alguien sabía que tenía el dinero, y le perseguía para quitárselo. En todo caso, quizá la respuesta precisa a la pregunta esté en la foto.


-¿En la foto? -Los dos policías preguntaron casi al unísono.


-Sí, en la foto. He pasado la mitad de la noche pensando en ello. Me intrigaba la frase que nos dijo nuestra fuente. Eso de que todo está en la foto. Todo, todo. Y entonces caí en la cuenta: en la foto se ve el Banco de España.


Carlos Hermoso, que tenía la foto, la miró con atención.


-¡Es verdad! -Exclamó-. A la izquierda de la foto. Se ve toda la calle Alcalá, en frente el Banco Central y...


-¿Y si lo que quiere decir la frase es eso exactamente? Está todo porque se ve el Banco de España. El sitio donde se produjo el robo. Y dos personas se hacen una foto precisamente delante del Banco de España. ¿Qué nos sugiere eso?


Azpíriz abrió los ojos, se quedó a medio levantar y señaló a su ex compañero.


-¡No es casualidad! -Casi gritó- ¡No es casualidad que la foto se haya hecho allí!


-¿Qué teoría tiene usted? -Preguntó, casi en un susurro, el canario.


Luján respiró hondo antes de contestar.


-Mi teoría es que Anselmo López supo de la existencia de los papeles del Banco de España porque tenía relación con aquél para quien fueron extendidos. Lo conocía y quizá participó en la gestión. Una gestión muy importante: un empresario agobiado por las huelgas y los conflictos del 36, con serios problemas de liquidez. Tan importante que, alguno de los días en que fueron a negociarla, dicho empresario y su amigo se hicieron una foto...


Hubo unos segundos de silencio. Luego, la voz de Azpíriz se deslizó desde lo más profundo del navarro.


-Hay un agujero en tu teoría.


-¿Cuál?


-Si Anselmo López ayudó al empresario en su gestión, tendría que ser financiero, o abogado. Pero lo suyo eran las matemáticas y la física.


Luján se rascó la barbilla.


-No había pensado en ello, y reconozco que es un problema en mi teoría. Pero no insalvable. Lo cierto es que éste es el único hilo que tenemos para tirar.


-OK, ¿conoces el nombre del empresario?


-Hice por saberlo en su día -contestó Luján-. Norberto Ayllón, constructor e importador. Pero, desgraciadamente, también sé que está muerto.


-¿Muerto?


-Sí, su foto está en la Causa General. Le reventaron el cráneo a las pocas semanas de estallar la guerra. Pero -elevó la voz para reponer a sus interlocutores del desánimo que se podía palpar- hay hilos que tocar. Está su familia. Buscadla y tratad de saber cosas de él. Eso y lo del anarquista vendedor de tocadiscos es todo lo que tenemos.


Carlos Hermoso se levantó. Luján hizo lo propio. Se estrecharon las manos.


-Si hay una sola persona que recuerda algo de su Ayllón -le dijo el canario-, yo lo averiguaré. Esté tranquilo.


Tras aquel encuentro se abrió un plazo de inacción en el caso Anselmo López. El 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos, Luján pasó casi todo el día en el Pardo, al borde de su perímetro tres, sin grandes novedades. El día 2 era Día de Difuntos y no tuvo servicio. Fue el primer día en mucho tiempo que pasó completo con su mujer. Fueron juntos al cementerio y los dos estaban frente al televisor cuando comenzó a informar del viaje sorpresa del Príncipe a El Aaiún y el discurso que pronunció allí. Laura se confesó feliz de ver que España volvía a mostrarse fuerte y decidida. Luján no sabía qué pensar.


El día tres, a eso de las tres de la tarde, Carlos Luján había comido ya en su perímetro tres. Le trajo el almuerzo un guardia de Franco muy joven. Fiel a su costumbre profesional de tratar tener cerca a todo el mundo, los amigos y los enemigos, Luján bromeó con él sobre la calidad de la comida y afirmó que ojalá el menú del Caudillo fuese diferente. El chico, que le dijo llamarse Armando, contestó con una sonrisa forzada. Un gesto tan transparente que en ese momento le quedaron claras a Luján dos cosas: una, que Armando había servido en el perímetro uno. Otra, que Franco ya no estaba para ingerir nada que se pudiera identificar con el concepto de comida.


Eran las tres de la tarde. Luján compartía guardia en la misma habitación con un capitán de la guardia civil. Habían convenido que fumarían dentro de la estancia, pero sólo cigarrillos porque otros tipos de tabacos eran demasiado olorosos; a pesar de estar lejos de Franco, el olor a habano o a pipa muy probablemente provocaría la ira de los médicos. Fue por eso que el guardia civil se levantó y, tras pedirle permiso a Luján, se ausentó para salir al patio a fumar unos puritos a los que era muy aficionado.


A los vigilantes de guardia les dejaban utilizar el teléfono. Para llamadas cortas. Luján miró su reloj y decidió que dos días, festivo y medio laborable, eran suficiente plazo para esperar que los policías que trabajaban con él tuviesen algo que contarle. Confiaba en la creatividad y eficiencia de Azpíriz y su subordinado canario. Así pues, descolgó el teléfono, marcó un número para obtener línea, y luego hizo que el dial diese vueltas parsimoniosas conforme iba marcando él los dígitos correspondientes a la comisaría de Azpíriz.


Dos minutos después, estaba hablando con el navarro.


-¿José Antonio?


-Al aparato, Luján.


-Sí. ¿Hay algo?


-Algo sí. Poco, de momento, pero algo.


-Cuéntame.


-¿Puedes hablar?


-Ahora está la cosa tranquila. Dime.


-Hermoso ha estado investigando al empresario. Ayllón. Evidentemente, está fiambre. Eso ya lo sabías. Pero ha rastreado a la familia. Hemos tenido suerte. Es enorme. El tipo tenía un montón de hermanos y la mayoría trabajaban con él.


-¿Sobrevive alguno?


-Hermoso ha localizado a tres. Uno está gagá. La segunda es la típica hermana que no quiere hablar de la guerra; no quiere acordarse de que a su hermano lo mataron. Es que ni siquiera fue el único pariente que se apiolaron los rojos.


-Pues menos mal que hemos tenido suerte.


-La hemos tenido, sí. El tercero era el pequeño de la familia. Tiene cincuenta y pico años ahora. Muy buena memoria. Recuerda bien las andanzas de su hermano mayor.


-¿Ha aportado algún nombre?


-No -concedió Azpíriz, con voz ronca-. Pero nos ha dado una pista clara de dónde buscar.


-¿Sí?


-Sí. Ayllón era Rotario.


Luján trató de aclarar sus ideas.


-¿Eso no es una orden de caballería, o algo así?


-Suena como, pero es otra cosa -respondió, con tono casi profesoral, Azpíriz-. Los rotarios son un club americano de hombres de negocios. Se reúnen periódicamente para charlar y mantener el contacto. Si eres rotario estás moralmente obligado a ayudar a tus compañeros rotarios si te lo piden. No sé si ves por dónde voy...


Luján sintió que el optimismo crecía en la boca de su estómago.


-Lo veo con claridad. Si Ayllón hubiese sido ayudado en sus contactos con el Banco de España por alguien cercano a la familia, probablemente su hermano lo recordaría.


-Eso mismo pienso yo.


-Si no lo recuerda, entonces el apoyo tuvo que venir por contactos de negocios fuera de la familia. Y, si Ayllón pertenecía a un club en el que precisamente los miembros se ayudan unos a otros...


-Emites en la misma onda que yo, Carlos.


-Hay que hacerse con un directorio de miembros de los Rotarios.


-Estamos en ello. De hecho...


-Espera, espera. Calla...


Con el teléfono en la mano, Carlos Luján observaba a Armando, el guardia de Franco. El chico lo miraba desde la puerta de la habitación, la puerta que daba al perímetro dos. Lo miraba con los ojos muy abiertos, implorantes. Toda la sangre había huido de su rostro.


-Azpíriz, ya te llamaré.


-¿Qué pasa? ¿Por qué...? ¿Franco...?


Colgó.


Se levantó.


Dio los cuatro pasos que lo separaban del guardia. Sentía como si las rodillas se negasen a sujetarlo.


-Armando, ¿qué pasa?


El chico abrió y cerró la boca varias veces, pero ningún sonido salió de ella.


Luján recordó sus lecciones sobre interrogatorios. Lo mejor para recuperar la atención de un interrogado es el dolor. Los interrogados que saben de qué va la cosa se entrenan para conseguir pensar en otra cosa. La tortura tiene como objetivo impedírselo, y luego doblegar su voluntad.


Tomó la mano de Armando, agarró disimuladamente el dedo gordo y, apoyando la uña del suyo en el nacimiento de la del guardia, apretó fuerte.


El chico soltó un gemido y apartó la mano. Pero ahora le miraba y le reconocía.


-Te he preguntado qué pasa.


El rostro del muchacho se ensombreció de nuevo.


-El... el...


-¿El Caudillo?


Armando asintió.


-¿Ha muerto?


Armando negó con la cabeza.


-¿Entonces?


El chico quiso contestar, pero otra vez no fue capaz. Aquello fue demasiado para Luján.


Atravesó el perímetro dos sin ver a nadie. Aunque, verdaderamente, iba tan centrado en llegar al perímetro uno que podría haber pasado al lado de una orquesta sinfónica en pleno concierto sin siquiera oírla. Conocía bien la distribución de las habitaciones. Aunque no era su misión estar en ellas, había tenido que aprender la disposición. Llegó finalmente a una pesada puerta de madera noble tras la cual, él lo sabía, estaba la habitación del Caudillo. Dudó unos segundos antes de accionar el pomo. En ese momento sintió un calor en la espalda. Se volvió. Detrás de él estaba Armando, aún angustiado, que lo miraba implorante.


-¿Vas a impedirme que pase? -Preguntó el ex policía.


El guardia ni afirmó ni negó. Se limitó a seguir mirándolo.


Carlos Luján tiró de la manija y escuchó, con angustia, el chasquido de la cerradura cediendo.


Lo que vio una vez que abrió la puerta deseó no haberlo visto nunca.