lunes, septiembre 06, 2010

El black jack vasco

Lo que está pasando en los últimos días en el País Vasco, que ojalá sea histórico, es la directa consecuencia de las últimas elecciones autonómicas vascas. La ecuación de eso que quienes lo ven llaman "el conflicto vasco" sólo da un resultado entero y positivo si quien representa a los vascos, es decir su gobierno, sostiene dicho conflicto. Si no es así, entonces cada día que pasa se produce la demostración palpable de que hay una mayoría social vasca que no tiene conflicto alguno.

El independentismo vasco violento (conocido habitualmente por independentismo a secas, ya que, por razones que me son ignotas, el independentismo vasco no violento recibe el nombre de soberanismo) ha movido ficha ante la evidencia de que, en la primavera del año que viene, se van a producir unas elecciones municipales vascas en las que no será, o no sería, invitado a participar. El IVV necesita de las instituciones públicas para vivir, como cualquier otro partido político. En política, en realidad, puedes hacer muchas cosas; pero la única que no puedes hacer nunca es irte, o dejar que te echen. En política, hay que estar siempre. Esto lo ha terminado por entender el independentismo, que ahora se muestra dispuesto a exigir de los terroristas el cese de la violencia y coquetea con la idea de participar en las instituciones del modo y en la forma que dichas instituciones exigen.

A mi modo de ver, la clave de toda esta historia no está, al menos de momento, tanto en lo que las fuerzas democráticas hagan o digan, sino en lo que haga o diga este mundillo ideológico que se conoce como izquierda abertzale. Ahora que ETA ha hecho probablemente todo lo que puede hacer sin asambleas ni consultas más profundas a la militancia, esto es anunciar que ha dejado de dar por culo con las balas, es esa izquierda con nombres y apellidos, residente en España o en el Estado Español como se prefiera, la que tiene que mostrar sus cartas y ver cuáles son sus ambiciones. Esto es un black jack político. Si el independentismo sigue emperrado o que o black jack o nada, y me paso las veces que me tenga que pasar, esto acabará como ha acabado hasta ahora. Si, para sorpresa de todos, comienza a plantarse en 17, en 18, en 19 o en 20, entonces ya veremos.

Esto equivale a decir: ¿dónde están las líneas rojas? ¿Dónde está la línea roja de los demócratas, es decir ese punto a partir del cual cualquier cesión es intolerable? Y, ¿dónde están las del independentismo? ¿Son dos conjuntos que se interseccionan, o no?

Éste es un blog de Historia. Y escribo sobre el asunto porque, pensándolo en la mañana de hoy mientras leía los periódicos, he dado en albergar la idea de que lo que tiene por delante el independentismo vasco, y con él todos los políticos y organizaciones sociales vascos sin excepción, es un reto sin precedentes en la Historia.

Doy por hecho que la línea roja de los demócratas (aparte de la obvia de la entrega de las armas) es la colaboración con España. Traspasar esa línea, y por lo tanto avenirse a negociar, siquiera hipotéticamente, un estatus para el País Vasco distinto del que dibuja la Constitución (o dibuje cualquier futura Constitución aprobada con las correspondientes mayorías exigidas para ello), equivaldría a retribuir el asesinato. Equivaldría a darle el sentido de guerra que los terroristas dan a sus acciones. La línea roja de la democracia, pues, es: a partir de hoy, serás todo lo raro que quieras ser, péinate como quieras, dí las cosas que quieras, desea en público lo que te apetezca; pero tendrá que ser siempre bajo una legalidad que marco yo, que para eso me votan.

Esta es una experiencia radicalmente nueva para la política vasca. Nunca la ha vivido desde que existe su nacionalismo independentista. En la II República, que es su referente anterior, la autonomía vasca no existió hasta que fue teóricamente dependiente de un gobierno débil y desestructurado, que si no podía impedir que a tres calles de su sede el personal se apiolase aristócratas, curas y sospechosos a su puro gusto, menos iba a impedir que en Bilbao se creyesen otro país, como de hecho se creyeron. Desde que Sabino Arana Goiri tuvo aquella conversación con un cántabro y luego le vino la visión y todo eso, desde entonces, digo, el independentismo vasco nunca se ha planteado, ni de lejos, colaborar con España.

Por eso es tan importante conocer las líneas rojas del independentismo. ¿Navarra es una línea roja? ¿Y que pasa si el País Vasco también es una línea roja para Navarra; esto es, si los navarros deciden que ya les va bien con su histórico fuerismo colaborante y no quieren saber nada con el "conflicto"? Las condiciones de la democracia para que la izquierda abertzale participe en las instituciones de España están bien claras; pero, ¿cuáles son las suyas? ¿Qué está dispuesta a sacrificar, y qué a entregar, cada una de las dos partes para conseguir un entendimiento?

¿Y qué pasa con las víctimas y con los verdugos? Porque podremos discutir si lo producido en los últimos 40 años es una guerra entre naciones o un simple y puro rosario de acciones terroristas. Pero lo que nunca podremos negar es la existencia en sí de personas que son víctimas y de personas que ejecutaron las acciones que los convirtieron en víctimas. La Historia reciente, de otros países me refiero, demuestra que, para gran dolor de las víctimas, las líneas rojas de la democracia son, en este punto, muy difusas. No sería la primera vez que una democracia permitiese a un asesino, o mejor dicho a decenas de ellos, reconstruir sus vidas a cambio de dejar de dar por culo y de renegar de sus enculadas. Pero el problema es más sutil. Una cosa es liberar a un asesino en aras de un acuerdo, y otra cosa permitirle ser un héroe público en el marco de una sociedad en la que sus seguidores o simpatizantes llegan a tener sartenes por el mango. Terroristas excarcelados en el marco de procesos de paz los hay en muchos países; pero no van por ahí alardeando de sus pistoletazos; y no hay nada, de momento, que nos asegure que eso sea una línea roja.

Desde ayer por la tarde, que supe del comunicado de ETA, estoy pensando en los 13 puntos de Negrín. Lo que está pasando me suena un poco a eso. El jefe de un ejército que está perdiendo una guerra por goleada, que sabe que ya sólo una serie casi imposible de carambolas le puede salvar, y que además sabe que entre sus mesnadas prácticamente sólo quedan acérrimos militantes (en este caso comunistas) que acabarán con él si transige con el enemigo, se saca de la manga un comunicado en el que pone 13 condiciones a un tratado de paz con Franco. 13 condiciones que reputa admisibles en las cancillerías europeas (en puridad, muchas lo eran; de hecho, se parecían bastante a las condiciones de arministicio que franceses e ingleses propugnaron a fines del 36, y que Largo rechazó displicentemente, tan seguro estaba de la victoria revolucionaria). Los 13 puntos de Negrín son un trile que consiste en hacer como que dos partes que ya no están ni de coña al mismo nivel van a negociar de tú a tú.

A todos, a cada uno de nosotros, nos cabe hacernos la pregunta de qué habríamos hecho de ser el general Franco. En este juego de ucronías, tenemos la opción de hacer lo que él hizo, es decir proseguir impasible el ademán, seguir contemplando matanzas tan tremendas como la llamada Batalla del Ebro, donde murieron españoles en racimos de a treinta, pero a la postre ganar la guerra y dominarlo todo. O podemos cambiar la Historia y transigir; aceptar que las vidas de los que van a morir antes de abril del 39 bien valen una transacción y, de acuerdo con los intermediarios al uso, pactar con el enemigo. Pero, como historiadores, nos cabe preguntarnos: ¿era posible el pacto? ¿Tenian ambos bandos unas líneas rojas lo suficientemente difusas o cercanas como para poder pactar?

Franco le dijo a sus íntimos cien veces, durante la guerra, que nunca pactaría con sus enemigos, porque el Estado que él quería defender y levantar era absolutamente inaceptable por parte de ellos (y lo era). Al final, el dilema de los 13 puntos de Negrín se reduce a saber si, lejos de lo que Franco decía en la guerra, sí que hay un terreno común en el que encontrarse. Por eso es tan importante conocer del independentismo vasco cuál es su lista de reivindicaciones irrenunciables.