miércoles, septiembre 08, 2010

Folletín de verano (41)

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Franco llevaba años siendo para los españoles que veían la televisión o el Nodo un anciano de gestos inseguros y andar parkinsoniano. Para Carlos Luján, sin embargo, no. Para Luján, en gran parte, Francisco Franco seguía siendo el general maduro, de unos 65 años, con el que él había tenido aquella lejana, inconfesada, entrevista en el último mes de 1956. Precisamente porque atesoraba en su memoria aquel recuerdo, le impresionó tan vivamente la visión del anciano que yacía acostado sobre su cama. El hombre que vio aquél mediodía Carlos Luján era ya menos de la mitad del hombre que él había conocido. Completamente desnudo, tenía los brazos abiertos y reposando a ambos lados del cuerpo, de donde le salían catéteres. Tenía los ojos entreabiertos, pero todo lo que alcanzó a distinguir Luján en el intersticio de los párpados fue blancura. La boca abierta, pues la mandíbula caía sin fuerza.


Alrededor de Franco dos mujeres y varios hombres de bata blanca se afanaban en acciones aparentemente caóticas. Luján distinguió al menos tres personas de paisano alejadas de la cama, apoyadas en las paredes, observando la escena.


En la habitación se percibía un olor acre y una sensación de horror. De hecho, Luján tuvo que acordarse de dónde estaba para no gritar. Porque lo más terrible de la escena no era encontrar al Caudillo convertido en un cuerpecillo enfermo que no podía ni levantar los brazos y parecía estar en una inconsciencia sufriente. Lo más terrible era ver la sangre brotar de sus narices y de su boca como de un surtidor. A pesar de la incansable labor de las enfermeras, que parecían trabajar como autómatas, el rostro del Caudillo nunca dejaba de estar teñido de rojo. La sangre brotaba por los agujeros de su cara como si huyese despavorida del interior.


Nadie hablaba. Salvo los médicos. Órdenes secas. Preguntas entrecortadas, telegráficas, usando la clave profesional. Franco ya tenía para entonces colocada la transfusión. Pero hasta un lego como Luján podía comprender que de nada servía meter dentro sangre si luego salía tan rápidamente. Luján miraba la escena fascinado, sin poder apartar los ojos, pero no quería seguir viendo el rostro del anciano que a ratos boqueaba como si se estuviese ahogando en su propia sangre. Bajó la vista. Sin saber por qué, se concentró en el muslo izquierdo del Caudillo. Se lo quedó mirando sin pensar nada, hasta que lo vio. Tenue al principio, tan tenue que se podía pensar que era fruto de la imaginación. Pero, pronto, neta y oscura. La mancha roja bajo la pierna.


Luján señaló en la dirección de la vista y dijo en voz alta, sin hablar a nadie en especial.


-Es... está... ¡también está sangrando por el...!


Una enfermera y dos médicos entendieron. Se colocaron al costado del Caudillo y lo movieron con cuidado. Debajo de su ano había un lago de sangre.


Poco tiempo después, casi todo el Caudillo estaba ya acostado sobre su propia sangre. El lenguaje de los médicos se hizo más comprensible. Lo suficiente como para que un testigo se percatase de que no sabían qué hacer. Uno de ellos, un hombre alto, ancho y de bigote, se inclinó sobre Franco. Le abrió la boca y se puso a accionar dentro de ella. Fue demasiado para Luján, que apartó la vista. No supo realmente cuánto tiempo había pasado antes de escuchar la voz de aquel hombre, que dijo:


-¿Habéis visto esto?


Luján se volvió. Aquel médico sostenía delante de sus colegas, en la palma de una mano enguantada completamente roja, una masa sanguiñolienta del tamaño de un puño.


-Una hemorragia que genera ese coágulo tiene que ser muy grande -dijo-. Señores, hay que operar.


Lo que siguió fue aún más caótico. Entre los médicos parecía haber opiniones para todos los gustos. Había quien veía innecesaria la operación, por imposible. A eso otros médicos contestaban con vehemencia que no podían sentarse a contemplar cómo se desangraba el Jefe del Estado. Luego se habló de operarlo en La Paz. Se sopesó la distancia, se discutió mucho sobre qué trayecto y cómo debería realizar la ambulancia. Otro de los médicos propuso la residencia Francisco Franco, porque allí, dijo, era donde estaba acostumbrado a operar. Pero, finalmente, uno de los hombres de paisano que estaba al fondo de la habitación dio tres pasos secos y se acercó a los médicos.


Luján conocía muy bien a aquel hombre. En esos días, de hecho, era su jefe. Era Manuel Llaneras, jefe de seguridad de Franco.


-Señores, la seguridad del Caudillo no se puede garantizar en ninguno de los establecimientos que han dicho.


Entre los médicos se reaccionó vehementemente. Se argumentó que si no se operaba al Caudillo con garantías, la seguridad sería lo de menos. Pero Llaneras no se movió ni un ápice. Ambas partes parecían avanzar hacia un enfrentamiento sin solución.


Luján se inclinó hacia Armando, que seguía a su lado.


-¿No tenéis los de la guardia algunas instalaciones aquí, para vosotros?


Armando se alzó de hombros. Seguía en gran parte sonado. Luján interpretó que era un sí.


-¿Y si lo operan aquí, en las instalaciones de la Guardia?


La idea de Luján no fue bien recibida inicialmente por los médicos, pero fue ganando terreno ante el apoyo decidido del jefe de seguridad, quien empezó a actuar como si ésa fuese la única alternativa. En realidad, lo era.


Ese frágil consenso lleva a la necesidad de trasladar a Franco, que está en un segundo piso, a la planta baja, donde hay un quirófano de la guardia de Franco que se usa de almacén y que, según informaciones que llegan, está siendo adecentado a toda prisa.


En la habitación no hay órdenes ni voluntarios. Mandan los médicos, y son ellos los que, de entre los presentes y los que han ido llegando, sin pedir credenciales de perímetros, escogen a las personas más fuertes y enteras para la labor. Luján da un paso al frente. Algo debe de llevar en la mirada porque es rápidamente aceptado por un médico joven de mirada reposada. Las enfermeras, con la pericia de su oficio, han conseguido mover levemente al general para colocar una manta debajo de su cuerpo. Para cuando los seis porteadores designados se acercan a la cama, ya está empañada de sangre. El olor a la vera de Franco es repugnantemente agridulce. Es como si su sangre se coagulase de nuevo en la boca de los testigos. A Luján lo colocan a izquierda del Caudillo, arriba, junto a su cabeza. Antes de agarrar la manta levanta la vista, para chocar con la mirada de Armando, al borde de la angustia.


-Respira hondo -le dice Luján- respira hondo y piensa cada cosa que vayas a hacer.


-Yo... no sé...


-¡Sí sabes, coño! Lo vas a hacer de puta madre, ya lo verás.


-Es que... es que... está.


-¡Pues no lo mires!


Alguien tiene que dirigir. Estar pendiente de puertas, de muebles, de posibles choques que pueden ser fatales para el enfermo. Luján le dice a Armando que levante él la vista. Rodeados como van de gente no hace ni falta. Pero lo hace para que así no se le troquele la vista en el enfermo. Al joven guardia de Franco, ver al Caudillo en ese estado lo está colocando al borde del colapso.


A la de tres, doce manos y doce brazos levantan muy suavemente a Franco. Luján cree estar levantando un cadáver pero, al perder contacto con la solidez de la cama, Franco gime.


-Og agor, éjeme ga -balbucea el general. Y luego, como en un eco, muy quedo- éjeme ga, éjeme ga...


Luján levanta la vista fugazmente. Para controlar a Armando. Sigue asustado, pero sus manos se cierran firmes sobre el trozo de manta con que sujeta su lado.


-¿Qué ha dicho? -Pregunta en un susurro.


-Creo que ha dicho que lo dejemos ya -contesta Luján-. Hay que ser cuidadosos.


Comienza el peregrinaje hacia el ascensor. Cada metro cuesta una eternidad y el enfermo no para de sangrar. Frente al ascensor hay una nueva parada para discutir cómo entrarán seis personas que llevan a otra en el cubículo que no fue diseñado para esto. Para entonces la discusión es breve. Si los porteadores han tenido momentos de debilidad, de miedo o de duda, los han dejado atrás. Incluso Armando parece despejado y hábil. Luján ha de cambiar su posición a la cabecera de la manta, tras la cabeza de Franco, para poder garantizar que la entrada en el ascensor se hace con suavidad.


Comienza la entrada. Luján sostiene la manta con fuerza y suda copiosamente. Como todos, incluso los que no llevan peso alguno. Su rostro está no más de cuarenta centímetros sobre el de Franco. En ese momento, el Caudillo abre los ojos. Las miradas se cruzan. Luján siente un escalofrío.


Franco habla, esta vez con total nitidez.


-Dios mío, qué duro es esto.


Luján siente ganas de llorar.


-Mi general -dice con voz rota-. Soy Luján. Carlos Luján. Y no le voy abandonar. No le fallaré, mi general.


Franco cierra los ojos. La puerta del ascensor se cierra con un chasquido.


Todos los porteadores fueron sustituidos en la planta baja de El Pardo, nada más salir del ascensor. Fueron otros quienes llevaron al Caudillo a la ambulancia y otros quienes se encargaron de llevarlo hasta la camilla donde esa noche fue operado con éxito de la gravísima hemorragia interna que sufría. A los que lo llevaron en el ascensor les dijeron que se marchasen discretamente a casa o se acuartelasen. Era una orden, y todos la cumplieron.


Carlos Luján llegó a su casa temblando de frío. El sudor de las últimas dos horas había envejecido en sus ropas hasta morir y volverse un sudor cadáver, rígido y frío. Su mujer no estaba en casa. Se desnudó muy despacio en el dormitorio, y clasificó sus ropas en el cesto de la ropa sucia. Menos su camisa. La camisa la dobló cuidadosamente, buscó una bolsa de papel y la dejó en el cajón de las cosas propias de su armario. Su familia todavía posee esa camisa a día de hoy. Aún hoy tiene los puños casi completamente manchados con la sangre de Franco. La de Franco y la de sabe Dios cuántos guardias civiles y guardias de Franco, que la donaron en los días anteriores al 3 de noviembre, y en la tarde de aquel día el Jefe del Estado recibió y expulsó casi al mismo tiempo.


Su mujer se alegró de verlo en casa. Él sonrió correspondiendo a esa alegría, pero eso fue todo de lo que fue capaz. Esquivó con torpeza las preguntas de Laura durante la cena. En medio de la misma, a las nueve, el telediario abrió con la noticia de un nuevo parte, extraordinariamente escueto, que hablaba de situación gravísima.


-¿Tú no tenías turno hoy en El Pardo, Carlos?


Luján se alzó de hombros.


-No he ido.


-¿Que no has ido?


-Pues porque no he ido... o sea, me llamaron diciendo que no hacía falta. Para mí esto es tan nuevo como para ti.


Laura lo miró largo rato y luego, solamente, musitó.


-Carlos...


Y cambió de tema.


En la noche, en la oscuridad del dormitorio, Laura se volvió hacia Luján y le colocó una mano en el pecho.


-Carlos, ¿ha muerto?


Luján tragó saliva.


-Cuando yo le dejé -confesó, con voz entrecortada-, estaba vivo.


Su corazón parecía estar a punto de romperle las costillas.


Laura no dijo nada más. Le dejó volverse hacia su lado, quedarse solo con sus recuerdos. Recostado mirando hacia su el bulto penumbroso de su mesilla de noche, Carlos Luján notó el cosquilleo de una lágrima escapándosele por la cuenca de un ojo. La dejó seguir. Luego vino otra, y luego otra. Un poco más tarde, los ojos se le secaron. El ex policía no paraba de pensar en que aquella tarde se había despedido de Franco.


Seguía despierto a eso de las tres cuando, a través de una radio que alguien escuchaba demasiado alta en el vecindario, alcanzó a escuchar el parte que describía la operación. Despertó a Laura para decirle que Franco estaba vivo. Se durmieron abrazados.