domingo, septiembre 05, 2010

Folletín de verano (38)











Julio Abrantes. O Lev Petrovic. O Hans Heissenbüttel. Más tres o cuatro nombres más, según la policía soviética. Un pequeño grano en el culo de Stalin, de Kruschev y hasta de Leónidas Breznev, aunque es probable que sólo el primero de los citados supiese algún día de su existencia.


El informe que recibió Carlos Luján en la angustiosa madrugada del 27 de octubre de 1975 era muy completo. Había sido concienzudamente elaborado, tanto que Luján imaginó que, tal vez, el funcionario que había escrito aquellos folios siempre había deseado poder escribirlos, y no le habían dejado. Porque escribir aquella historia era como escribir la historia de un fantasma. La peripecia de Julio Abrantes hasta mediados de los cincuenta estaba perfectamente descrita en las notas tal y como, veinte años antes, se la había referido a él de viva voz Ismael Rebollo. Abrantes se apunta a la División Azul. Lo hace, probablemente, para quitarse de enmedio de una España donde lo buscan ya. Nada político; es, simple y llanamente, un ladrón, un violador, un asesino. Durante sus primeros tiempos en Alemania, antes de jurar fidelidad al Führer y, por lo tanto, siendo aún un ciudadano español movilizado voluntariamente, comete un asesinato. Pero consigue marcharse al frente. Allí se reengancha las veces que hacen falta y, de hecho, cuando la División vuelve a casa, él se reengancha con las SS. Es hecho prisionero por los rusos en esa circunstancia y, juzgando que será mejor para su supervivencia, se hace pasar por alemán hasta que un perspicaz coronel carcelero se percata de su juego. Los soviéticos quieren devolverlo. Pero España no quiere. Abrantes es, a la vez, un voluntario de la División Azul y un delincuente al que habría que juzgar de regresar a España. Hasta aquí la historia conocida por Rebollo en el 56.


Pero el informe sigue. A todas luces, su redactor tiene muy buenas fuentes, o ha repasado esta historia mil veces con sus amigos de vodka, quienes quiera que sean. A la tercera o cuarta vez que Franco contesta que no a las propuestas de repatriación, los rusos deciden enterrar la identidad de Julio Abrantes. Para entonces, el español habla un alemán y, sobre todo, un ruso fluido. Así pues, es convertido en Lev Petrovic, aceptado como ciudadano de la URSS oriundo de una de sus remotas repúblicas caucásicas, y enviado a una factoría siderúrgica como obrero forzoso.


Lev Petrovic comete su primer delito como ciudadano soviético en 1961. Ese año monta un sistema de pequeños robos del economato de su factoría, alimentos que vende en el mercado negro. Cuando lo descubren, lo empapelan y condenan a la cárcel. En la cárcel mata a un recluso por una discusión tonta. A partir de ahí, Lev Petrovic comienza a deambular de cárcel en cárcel, cada vez a establecimientos de mayor seguridad. El autor del informe dice haber podido consultar informes carcelarios que lo califican de peligroso, falto de escrúpulos, y no lo califican de psicópata porque se supone que ese tipo de cosas sólo ocurren en el Occidente corrupto. Pero Abrantes/Petrovic tiene una naturaleza que todo ese tratamiento carcelario no hace sino incrementar. En 1974, como colofón a una continuada carrera de conflictos, peleas, agresiones, comenzado tras su encarcelamiento, vuelve a jugar fuerte. En la cárcel ucraniana donde está ingresado se monta una monumental pelea de patio durante la cual Julio Abrantes se las ingenia para matar a tres reclusos. Al tercero de ellos incluso lo ultima con sus propias manos. El informe incluye recortes de la prensa oficial soviética haciéndose eco del suceso, algo poco común para aquel país.


Algunos meses después del suceso, ocurre algo extraordinario. Mientras la justicia soviética prepara el juicio para condenar a Lev Petrovic, quizá a muerte, el recluso se saca un as de la manga que todo el mundo creía tenía olvidado o, en cualquier caso, había decidido no usar. Cualquier día, a la hora de pasar lista y al oír su nombre, se limita a gritar en español: yo no soy Lev Petrovic; me llamo Julio Abrantes, y soy español.


Veinte años después, el grano en el culo de Stalin vuelve a infectarse y a doler. Sólo que ahora es más complicado. Ahora Julio Abrantes es, con seguridad, el último miembro de la División Azul que queda en la URSS. Para entonces tiene 53 años y, por no quedar, en la Rusia soviética no quedan ni presos nazis. Los únicos que siguen pagando las consecuencias de la guerra son Julio Abrantes, en Ucrania, y Rudolf Hess, en Spandau. Los rusos saben que, en realidad, aquello por lo que está pagando Abrantes no tiene nada que ver con la lucha final contra el comunismo. Pero saben bien que Occidente no tiene por costumbre escucharlos, mucho menos creerlos. Si su historia, por cualquier casualidad, acaba en los periódicos de Occidente, harán maravillas con ella. El último combatiente. Abrantes, si es listo, dirá que todas las cosas malas que ha hecho son fruto del trato recibido en la cárcel; los soviéticos serán doblemente culpables: por haberlo mantenido preso, y por haberlo corrompido hasta convertirlo en un asesino.


Esta vez, los rusos no se andan con mariconadas diplomáticas. No existe constancia de ninguna consulta oficial al gobierno español ni a la embajada en Moscú. No obstante, el hecho de que el informe mantenga el mismo tono a partir de ese punto demuestra que su redactor siguió teniendo una buena información de los hechos, que tal vez le fueron referidos de forma extraoficial. En todo caso, lo que el informe cuenta es que Ricardo Abrantes nunca fue juzgado por los crímenes de Ucrania. El caso se cierra considerando que fueron actos de defensa propia. Inmediatamente, sobre Abrantes comienzan a llover, casi de un día para otro, diversos beneficios por presunta buena conducta, reducciones de condena, perdones, indultos parciales. La URSS fuerza su propia ley todo lo necesario para dejar al español limpio de polvo y paja, aunque sin dejar nunca de actuar como si verdaderamente fuese Lev Petrovic.


Un día de agosto de 1975, un turista soviético llegado de Moscú, llamado Lev Petrovic, está en Berlín Este. Toma un coche negro oficial del gobierno de la República Democrática de Alemania, con el que se acerca a la puerta de Brandenburgo. Los guardias fronterizos ni siquiera revisan el vehículo. Dos minutos después, Julio Abrantes se baja de ese coche a escasos quinientos metros de la puerta que acaba de traspasar, y acto seguido se lo traga la tierra.


Fin del informe.


-¿Qué opinas? -pregunta Luján, algunas horas después de haberlo leído por primera vez.


-Espera... -contesta, con un susurro, Azpíriz y, acto seguido, se concentra en la imagen y la voz del locutor del teledario que les mira desde la pantalla del televisor.


Ha pasado la tarde apaciblemente. Ha pedido más alimento. Ha descendido la hipertermia. La tensión arterial continúa estable. Ha disminuido la taquicardia. El ritmo cardiaco es normal. No ha cesado aún la tendencia del estómago a sangrar. Persisten los mismos signos de insuficiencia cardiacocongestiva. Continúa la gravedad.


Cuando termina el parte, el navarro está como embobado. Musita como para sí...


-¿Por qué lo llamarán hipertermia y no fiebre, coño?


-Por la misma razón que tú dices ilícito penal y no hijoputada.


La broma parece galvanizar al comisario de ciudad-dormitorio. Mira a su otrora compañero, y sonríe de medio lado, sin sonreír en realidad. Como en los viejos tiempos. A Luján el gesto le conforta de alguna manera que no sabría definir.


-Venga, va. ¿Qué opinas?


Azpíriz se alza de hombros.


-Que está bastante claro. Es uno de ellos. Las fechas coinciden.


-Y la oportunidad. Aunque ésta no la tengo muy clara.


-¿Que no?


-Bueno, quiero decir... la oportunidad está clara. Abrantes ha salido hace semanas de la URSS. Lo que no tengo claro es por qué le dio de repente por querer salir. Las amenazas con que soy español y todo eso. No hay un solo indicio de que su vida se deteriorase ahora en especial.


Azpíriz sorbió su puro con fruición.


-Joder, jefe. Estás perdiendo facultades...


-¿Yo?


-Tú, sí, tú. Parece mentira que no lo veas.


-No sé a qué te refieres.


-¿No me enseñaste en el informe recortes de la prensa de cuando lo de Ucrania?


-Pues... sí, pero no te sigo.


-Noticias enormes, varias columnas. En algunas incluso salía la foto de Abrantes.


-Ya. ¿Y?


-Joder, Luján. ¡Si te ve Rebollo te degrada! Piénsalo. Incluso salió la foto e más o menos en la misma época, Abrantes empieza a reivindicar su españolidad...


Zas. El escalofrío, como siempre. Un puñetazo en el mostrador.


-¡Me cago en Dios!


Tres o cuatro parroquianos volvieron el rostro. No muy interesados, en realidad. La expresión en el rostro de Azpíriz era de triunfo.


-Julio Abrantes está enterrado en el sistema penitenciario soviético. Hasta que se asoma por una ventana: los periódicos. Alguien ve su foto. Alguien lo reconoce.


-Un camarada...


-... que no puede ser Camilo Pérez. Camilo Pérez no era un veterano de la División Azul. Era un falangista miembro de la célula dirigida por Cendoya, pero no se movilizó con él a Rusia. Fue allí donde Cendoya y Abrantes coincidieron. Pero no Pérez. Compañero de la División Azul que pudiese estar hace unos meses en Rusia, que sepamos, sólo hay uno.


-El Choto.


-Cendoya, sí. Ve la foto. Dice: coño, Julio. Esto nos dice que la relación entre Cendoya y Abrantes en la División tuvo que ser algo más que hola y adiós. Quizá Abrantes era miembro de su cuadrilla de radicales.


-Rebollo no lo creía en el 56.


-Rebollo está muerto, pero no es Dios -Azpíriz, algo asustado por lo categórico de su afirmación, carraspeó levemente antes de seguir-. Sea como sea, ambos se conocen. Cendoya conoce las habilidades de Abrantes. Es un delincuente. Justo lo que él necesita. Alguien que le ayude a dar un palo, llevarse una pasta, y luego, con esa pasta, quizá, aplicarse a Rip 203.


-Lo que sea que sea eso.


-Lo que sea que sea, en efecto.


-Tiene sentido todo lo que dices. Pérez y Cendoya son políticos. No son delincuentes. Cuando Cendoya se da cuenta de que Abrantes sigue vivo, piensa que es la pieza que le falta a su equipo. El tipo de persona que necesita para atracar bancos. Así que probablemente consigue entrevistarse con él, y le aconseja toda la estrategia para que le suelten.


Azpíriz suspiró pesadamente, tras apurar su copa de coñá. Miró su reloj. Diez de la noche. Con un gesto de la boca, quiso decir que tenía que marcharse.


-Mientras no salga lo del tocadiscos, es el hilo que tenemos. Hay que buscar a Abrantes. Pero no sabemos nada de él. No sabemos lo que le gusta hacer.


-Cierto -concedió Luján, aunque esta vez la media sonrisa de triunfo estaba en sujs labios-, aunque siempre hay medios. Si no hubieses perdido facultades, tal vez ya se te habrían ocurrido.


-Touché -contestó Azpíriz, siempre inexpresivo-. Tú dirás.


-No sabemos lo que hace. Pero sí sabemos lo que lleva mucho tiempo sin hacer. Y seguro que le gusta.


-¿A qué te refieres?


-A follar, por supuesto. Recuerda que, cuando estuvo movilizado, tuvo el problemilla aquél de la chica embarazada y casualmente muerta. Un tipo así, decenas de años en la cárcel... tiene que ser una bomba.


Azpíriz tomaba notas en su libreta.


-Ajá. Buscaremos entre las putas de la zona. Preguntando por un tipo con acento...


-O sin acento. Vete a saber.


-Ajá.


-Mejor que busquen a un tipo blanco. Poco bronceado.


Luján apuró también su copa, e hizo un gesto al camarero para pagar.


-Y, sobre todo, José Antonio, los gustos. Dile a tu gente que busque a un putero con gustos muy, muy raros.











Tras aquella entrevista con su ex compañero, Carlos Luján hizo algo que tenía terminantemente prohibido: facilitar el número directo del teléfono de su despacho a un ajeno, como en la jerga de su unidad llamaban a quienes no tenían relación con ella. Ese ajeno era Azpíriz. Para Luján, encontrar a Julio Abrantes, o mejor aún a Cendoya, era un objetivo crucial; y dado lo desestructurado de los tiempos que estaban pasando, le costó juzgar que mantener en secreto siete dígitos fuese a ser crítico. Consciente de que llevaba muchos años sin patear las calles y los lugares que los policías a las órdenes del navarro tendrían que recorrer para conseguir la información que buscaban, se habituó a esperar en su despacho, mirando el teléfono cada rato, esperando que sonase.


Sonó a las nueve y media de la noche del día 28. Pero no era Azpíriz. Era Lojendio, uno de sus compañeros de unidad.


-¿Has escuchado la radio?-Le preguntó a Luján, con un deje de temblor en la voz que al ex policía se lo dijo todo, sin decirle nada.


-No.


-Trombosis venosa mesentérica.


-Oh -Luján trató de afectar indiferencia-. Y, eso, ¿qué quiere decir?


-Serás imbécil -fue la respuesta de Lojendio-. Significa muerte en doce horas. Como mucho.


Cuarenta y cinco minutos después, Carlos Luján estaba en El Pardo, a prudente distancia de la entrada del palacio, tal y como le había ordenado Lastres por intermedio de Lojendio. La entrada estaba literalmente tomada por periodistas. Carlos Luján reconoció entre la turba a tres o cuatro secretas. Puede que los periodistas no se diesen ni cuenta, pero él, contemplándolos allí, tomando notas, se dijo para sí, con una sonrisa, que no había más que verlos para darse cuenta de que estaban allí disimulando, y pescando.


Hubo un pequeño revuelo y, finalmente, la masa de periodistas se quebró con mucho trabajo para dejar a pasar a Solistres, que en ese momento no estaba ni para sonrisas grandes ni pequeñas. El jefe directo de Carlos Luján, en realidad el único jefe que conocía, caminó parsimoniosamente hacia el lugar donde fumaba su subordinado, apoyado contra un semáforo. Muy profesional. Nadie habría imaginado que acudía a una cita en lugar de caminar sin rumbo.


Al llegar a la altura de Luján, le musitó un buenas noches de educación y siguió andando. Luján contó hasta trescientos diecisiete, cual era su costumbre, y luego echó a andar en la misma dirección. Atento a los chist. Finalmente, llegando a una bocacalle pequeña y penumbrosa, lo escuchó. Descubrió, en medio de la oscuridad, la roja llama ancha del puro de Lastres, dibujando líneas en el aire.


-¿Órdenes? -Inquirió Luján.


-Todo Dios a su casa, a esperar -El jefe parecía contrito, casi fastidiado, por lo que decía-. El general va a morir esta noche en compañía de los suyos. O sea, los Martínez -Lastres nunca decía Martínez-Bordiú; por alguna razón que Luján nunca supo, odiaba al yerno cardiólogo-, los Franco en sí mismos, los Polo. Y luego, la transición. Lo que sea que sea eso. Eso si los tirios tienen razón, claro.


-¿Qué tirios, coño?


-Los tirios -respondió Lastres, en medio de un suspiro-. Ahí dentro hay una montada de la rehostia. Los médicos discuten entre ellos. Educadamente, desde luego, pero se arrean de lo lindo.


-No entiendo qué discusión puede haber alrededor de un enfermo terminal.


-Es que es eso lo que no está claro -Lastres se acercó a Luján y, aunque estaban solos, susurró-. Al parecer, no hay acuerdo en torno a la trombosis venosa de los cojones. Es... como si los intestinos se muriesen por delante. O sea, no hay riego de sangre y dejan de funcionar. Entonces el cuerpo no elimina mierda, cosas que le sobran. Se puede sobrevivir sin riñones, pero sin intestinos no hay chichi que sobreviva, ¿lo entiendes?


-A la primera.


-Mejor que sea así -continuó Lastres, señalando al bulto oscuro de su subordinado con el brillante rescoldo de la punta de su habano-. El general tiene los riñones hechos cisco. El abdomen como un tambor y sangra por el estómago. Con la mitad de eso, tú y yo estaríamos muertos, pero él... joder que tiene cojones, el Caudillo.


-O tal vez le tienen que durar hasta el puto 27, sí o sí.


Lastres sopesó la respuesta. En el silencio espeso de la espera, Luján casi podía oír el frío de la noche.


-Tal vez -se limitó a contestar, finalmente-. Está jodido, Luján. Pero no muerto. Y si no tiene la puta trombosis, pues entonces...


Sorbió su puro, lentamente.


-... o sea, o sea -Lastres continuaba como si no hubiese dejado de hablar; como si, de repente, aflorase en su boca una conversación que bullía dentro de su cabeza-. Curar ya no se cura. El Caudillo se muere, macho. Hoy, mañana o el puto Día de la Raza del año que viene. Pero de ésta se muere. Pero si no hay trombosis no se va a morir esta noche. Eso sí, media España, o sea los cabrones y los crédulos, va a estar convencida de que ya está muerto. Pero ésa es su milonga.


Luján tenía las manos en los bolsillos de la gabardina. Apretó los puños.


-Lastres, oye: ¿qué hago aquí?


Esperaba que su superior afectase sentirse desagradablemente sorprendido por la pregunta. Pero nada de eso pasó. Lastres se limitó a suspirar y fumar a fondo antes de contestar.


-Hace diez días tuvimos un pequeño cónclave aquí. Gentes. Ya sabes.


-Gentes, sí. No preguntaré quiénes.


-Ajá. Nos convocaron por nuestra... probada lealtad.


-Ya.


-Probada, no -Lastres hizo esfuerzos por recordar-.No, no. La palabra que usó el Caudillo fue adentrada, o así.


Luján sintió arañas bailando en su estómago.


-Acendrada -acertó a decir-. Supongo que diría acendrada.


-¡Eso, acendrada! Fue hace cosa de dos semanas. No seríamos ni diez personas en la reunión. Franco nos habló de su estado. Muy sincero, telegráfico. Yo creo que aquella mañana le salió el general de la Legión que lleva dentro. Nos dijo que los médicos le habían hablado alto y claro de lo que tenía, que le habían dicho que si no se dejaba cuidar y lo dejaba todo peligraba su edad, pero que él había decidido seguir adelante con lo suyo.


-Era de esperar en él.


-Desde luego. Nos dijo también que era consciente de que a su alrededor había, cómo dijo... Mucha bulla. Ésas fueron sus palabras: mucha bulla.


-No estoy seguro de entender eso.


-Lo explicó, lo explicó. Se refería a su círculo íntimo y a la necesidad de que, cuando las cosas se pusieran feas, y es hoy el día que los suyos han decidido que están verdaderamente feas, ese círculo estuviese bien controlado. Franco, Luján, no quiere ni un paso en falso a su alrededor. Habló de dejar hacer a los médicos, dar prioridad a la familia y, más allá, establecer lo que llamó un perímetro de disciplina.


Luján tiró su propio cigarrillo.


-En el Pardo hay toda una guardia a servicio del general -dijo.


-Sí. Pero son gentes, en muchos casos, jóvenes, influenciables. Franco quiere cerca a personas con las bragas bien puestas. No sé si me entiendes.


-A la perfección.


Lastres tiró el puro. Se enfrentó a Luján. En la oscuridad, el ex policía notó las dos manos de su superior sobre sus hombros.


-Nosotros sólo teníamos que dar dos nombres, Luján. Te imaginarás que me presenté voluntario. Luego dicté la lista de la unidad. Y Franco te eligió a ti, Carlos.


Después de eso, musitó un lacrimoso enhorabuena, y le abrazó.


En medio de aquel abrazo, Carlos Luján sólo escuchaba la voz de Franco, en la distancia del tiempo, diciéndole, ordenándole: No me decepcione, Luján. No me decepcione.


No encontró motivo para negarle a su mujer la naturaleza de su misión. Confiaba al cien por cien en la discreción de Laura, quien por supuesto no podía contar a nadie lo que sabía; y, al tiempo, necesitaba que ella conociese bien sus circunstancias para que no le extrañasen sus horarios locos.


Porque Franco sobrevive e, incluso, tras la noche en la que debió morir, entra en un periodo de relativa tranquilidad. Carlos Luján acude el mismo día 29 a su puesto en El Pardo. Allí le dan una acreditación especial, lo aleccionan sobre las mejores horas para entrar y salir de Palacio sin ser molestado por los periodistas, y le informan también de que su puesto es de perímetro tres; esto quiere decir que está alejado de Franco, a unas cuatro o cinco puertas. Carlos Luján, en realidad, no sabe si quiere ver a Franco moribundo; pero pronto duda de que, a pesar de la cercanía, alguna vez se le pueda presentar la ocasión.


El 30 de octubre suena el teléfono en el despacho donde Luján hace guardia en compañía de otros dos paisanos de los que apenas sabe su nombre de pila. Uno de ellos, que dice llamarse Ramiro, atiende la llamada.


-¿Tú eres Luján? -Le pregunta, con el auricular en la mano, señalándolo con la barbilla.


Luján asiente.


Ramiro cuelga.


-Era de tu oficina. Que te ha llamado un tal Azpíriz.


A la hora de comer, otro paisano desconocido releva puntualmente a Carlos Luján. Una vez traspasada la puerta de Palacio, el ex policía corre hacia su coche. Dos o tres periodistas, que lo ven, le siguen corriendo y haciéndole jadeantes preguntas. Luján sólo piensa en una cosa: si Azpíriz se ha atrevido a llamar al teléfono, es porque tiene algo.


Más de una hora después, Carlos Luján para su coche frente a la calle y el número que le han indicado en la comisaría de Móstoles, donde le esperaba el recado de Azpíriz. Se acerca al portal y pulsa el timbre del quinto. Espera unos cuatro minutos hasta que oye pasos pesados en el portal, el chasquido de la cerradura, y ve a un uniformado que le saluda respetuosamente y le franquea el paso. Juntos suben, a paso vivo, hasta el quinto piso. La puerta está abierta. Es una casa de dos dormitorios reconvertida a casa de cuatro dormitorios. Una pequeña meublé. El uniformado le señala la última habitación del pasillo a la derecha. Luján abre la puerta de cristales esmerilados. Dentro hay dos uniformados más, que se cuadran, y José Antonio Azpíriz, fumando con aspecto aburrido. Frente a él, un hombre entrado en años, en calzoncillos y camiseta, calvo, de rostro pétreo, y cuerpo macizo de color blanco, muy blanco. El tipo le mira con ojos torvos.


-¿Es usted el tal Luján? -Pregunta el hombre- Me han dicho que me buscaba.


-Jodido Abrantes de los cojones -contesta Luján, y siente que algo se disuelve en su pecho- llevo veinte putos años buscándote.