viernes, septiembre 10, 2010

Folletín de verano (43)

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El día 9 de noviembre, incluso las personas que están de guardia en La Paz, donde el dispositivo de El Pardo se ha trasladado aunque algo más adelgazado, están más pendientes de Marruecos que de Franco. En Agadir se encuentra Antonio Carro, ministro de la Presidencia del gobierno Arias y a quien todos tienen por adalid del reformismo desde el franquismo. Tras horas de espera que son angustiosas, pues media España cree al rey Hassan completamente capaz de lanzar hacia delante su Marcha Verde incluso en plena estancia de un ministro español en Marruecos, lo que ocurre es lo contrario. Finalmente, llega la noticia de que el rey de Marruecos ha dado la orden de parar la Marcha. El día 10, por la mañana, Carlos Luján desayuna con su jefe Felipe Lastres, ya liberado de sus labores de vigilancia pero aún así visitante asiduo de todos los perímetros, cerca de la ciudad sanitaria. Lastres ha traído tres o cuatro periódicos. Todos destacan el fin de la Marcha Verde como una victoria personal del príncipe, jefe de Estado en funciones.


-Qué rápido abandonan las ratas el barco -apostilla amargamente Luján, mientras mastica un churro.


El día 11 tiene algo de desagradable descubrimiento para Luján. El ex policía lleva 72 horas escuchando partes anodinos en la radio y en la televisión y observando, durante las guardias, cierto tono de monotonía en el equipo que cuida al Caudillo. Eso le hace comentar durante su guardia, delante de un coronel de la guardia de Franco, que la situación parece estabilizada. Pero el maduro militar hace un rictus, mueve lentamente la cabeza negando, y, finalmente, susurra.


-No creas. El día 9, los médicos estuvieron esperando que orinase algo. Pero no salió nada. Así que los riñones están definitivamente kaput. Y hoy ha tosido sangre. Joder, si con todo lo que tiene encima pilla una pulmonía, es que ni él lo va a aguantar.


Por diversas circunstancias que atañen al equipo de vigilancia habitual, a Luján le proponen que doble turno, y acepta. Lo hace pensando en tener así la mayor parte del día 12 y el 13 para ocuparse del caso Anselmo López. Espera una noche tranquila. Pero a eso de las tres de la madrugada, alguien le zarandea en su sillón. Cuando Luján aparta los velos del sueño, se encuentra cara a cara con una enfermera.


-Señor, dice el doctor que si podría usted ayudarnos. Hay que sentar al general para intentar que tosa.


«Luego algo hay de verdad en lo de la pulmonía», dice Luján para sí.


Es la segunda vez en pocos días que Luján está en la sala hipóstila del régimen, frente al cadáver con respiración que ya parece su Caudilllo. El general está lleno de catéteres y cables. No parece estar consciente, pero debe estarlo, puesto que una persona inconsciente no tose ni sentada ni en postura alguna. Luján domina con facilidad sus sentimientos. Su mente se adapta a la situación con rapidez y encuentra terrenos para el optimismo. El enfermo que tiene delante no se parece al que transportó en un manta, sangrando como un becerro. Para él, esa diferencia se parece al concepto de curación. O se quiere parecer.


Las enfermeras y un guardia de Franco incorporan al enfermo. Primero sentarlo en la cama y, luego, sacarlo a pulso para sentarlo en el sillón. En esta segunda operación es donde está previsto que se queden solos el guardia y Luján. Pero ese momento nunca llega. Luján, que es testigo de la incorporación del enfermo, se fija en el detalle de que los facultativos no miran a Franco. Miran a los monitores. Esperan que pase algo. O lo temen.


Y lo que quiera que sea que temen, pasa.


Uno de los médicos da órdenes cortantes, eléctricas.


-Abajo de nuevo. Posible hemorragia. Quien no sea médico o enfermera, fuera de la sala.


Luján sale disciplinadamente, junto con el guardia de Franco que se sienta en un silloncito frente a él, mirándose las manos, como si pensara que ha matado al Caudillo al moverlo. Ya no dormirán en toda la noche. Ambos pasarán la madrugada completa sentados, espiando comentarios de las personas que salen y entran de la sala. Tratando de averiguar por los tonos de voz, por el contenido de las frases, el nivel de gravedad de la situación. A eso de las cinco y media, se observan signos de una cierta relajación. Los médicos abandonan la sala donde está Franco y, al contrario de lo que han hecho toda la noche, no vuelven inmediatamente. Se permiten demorarse en los pasillos, donde sostienen conciliábulos en voz baja entre ellos. Esto hace pensar a Luján que o la situación está controlada, o Franco está muerto. Pero si Franco hubiera muerto, ¿acaso no lo sabrían ya?


Carlos Luján sabe desde la buena mañana del día 12 que Franco superará esta crisis, que ha consistido, en efecto, en la apertura de hemorragias internas en el estómago operado. Pero sólo parece saberlo él. Se pasea de incógnito por el hall del hospital, donde se hacinan los periodistas, y es testigo de los preparativos que casi todos los periódicos hacen de una edición especial notificando la muerte de Franco.


Mediodía. Su turno ha terminado, pero demora marcharse. Entonces ve llegar a la marquesa. La hija de Franco. Cruza los salones taconeando con seguridad y entra en la habitación de su padre. No hay trazas de discusión. No se oyen gritos. En realidad, nadie se permitiría el lujo de gritar en esa habitación. Todo parece muy civilizado, pero Luján no pierde detalle de que la mujer, al salir de la habitación, tiene la cara desencajada, desfigurada por la rabia, por la impotencia o, quizá, por la compasión. Detrás va su marido, el cardiólogo. Desaparece con ella. Vuelve. Se encara con los médicos. Abre los brazos y los deja caer en un signo de impotencia.


-¿Qué pasa? -Le pregunta Luján al coronel de la guardia, testigo como él de la escena.


El viejo militar se alza de hombros.


-Creo que se lo quiere llevar a El Pardo. Dice que su padre quiere morir allí. Que, en realidad, ni siquiera es consciente de estar en La Paz. Pero parece que los médicos piensan que ya es bastante delgado el hilo para que encima lo pisemos.


En ese momento, una enfermera se les acerca.


-¿Alguno de ustedes es el señor Luján?


El ex policía se identifica.


-Tengo un recado para usted.


En La Paz ha desaparecido el privilegio telefónico para los vigilantes. Para hacer llamadas deben bajar a los teléfonos de las zonas comunes, y no gusta que lo hagan porque podrían ser acosados por los periodistas. Luján entiende que, quienquiera que le haya llamado, lo ha hecho por algo importante. Mentalmente, renuncia a su plan primero de irse a casa a dormir un poco.


-Dígame.


-Lo he apuntado para no olvidarlo -la mujer saca un papel de un bolsillo de su bata y lo lee con inseguridad -. El comisario Azpi, Anchu...


-Azpíriz.


-Eso, Azpíriz. El comisario Azpíriz quiere que sepa que Camilo Pérez ha caído a las dos de la tarde.











-Era más fácil de lo que parecía -explicaba Azpíriz, en el asiento de atrás del coche celular con el que serpenteaban por las calles de la ciudad-dormitorio, camino de la comisaría-. Buscábamos a alguien con capacidad para conseguir tocadiscos de cierta calidad a precios lo suficientemente bajos como para que los pudiera pagar un muerto de hambre. Y nos centramos en los decomisos y contrabandos varios. Ése fue nuestro error, el pensar que el contacto, por ser ácrata, tenía que pertenecer a algún submundo, o ser directamente un delincuente.


-Y no lo es.


-No lo es, no. Hace unos días, fui a casa de uno de mis cuñados a comer. Un cumpleaños. Me fijé en su tocadiscos. Enorme, nuevo, potente. Y de la misma marca. Así que le pregunté. Y me dijo: es un problema de tener contactos. Les venden equipos a los empleados a precios muy bajos. Todo lo que necesitas es un empleado que lo quiera comprar por ti.


-Ajá. Eso redujo la búsqueda un montón.


-Y tanto. En toda la plantilla de la empresa, hay sólo dos fichados por actividades cenetistas. A los dos les pusimos vigilancia, tomando en cuenta las fotos de Camilo Pérez hace veinte años. Ayer lo avistaron saliendo de uno de los domicilios. Hoy por la mañana salió, y ha vuelto a eso de la una y media. Claramente, ha llegado a comer y a dormir la siesta.


-Menuda siesta...


-Pues sí. Se la hemos jodido. Pero no ha opuesto resistencia.


-¿Está solo?


-Ajá. Solo.


-Quizá Cendoya está en la casa del otro.


Azpíriz negó con gravedad.


-Ése, macho, está hecho con madera de otro tronco.


El coche se paró frente a la comisaría. Ambos antiguos compañeros salieron, cada uno por su lado, y entraron en el edificio andando a trancos. Luján franqueó el paso a Azpíriz. El navarro caminó con seguridad, atravesando el edificio, luego bajó dos tramos de escaleras, se encaró con una puerta de metal con una pequeña claraboya a la altura de la cara, y llamó con los nudillos. Un rostro con gorra de plato apareció en el vidrio, asintió, y luego se oyeron los cinco golpes de otras tantas vueltas de las llaves.


Había siete calabozos, pero sólo uno estaba ocupado.


-Liérganes -le dijo el comisario al uniformado -váyase a tomar un café. O, mejor: dos cafés.


-'sus órdenes, comisario.


Entraron en el calabozo donde estaba Camilo Pérez, aparentemente tranquilo, con los codos sobre las rodillas, las manos juntas, mirando al suelo. Alzó la vista para observar a sus interlocutores.


-¿Os conozco?


-No -contestó Luján-. Nosotros, en cambio, a tí sí. Como a tu amigo Vigo y otros más que tenías hace veinte años.


Pérez se mordió el labio inferior y asintió lentamente mientras los escrutaba de nuevo.


-Vosotros matasteis al manco.


-Que yo sepa, el Manco Durán fue víctima de una explosión de gas -contestó Luján, que se había sentado junto al detenido. Le ofreció un cigarrillo, que Pérez aceptó-. Haz la pregunta, Camilo.


-¿La pregunta?


-La pregunta, sí. La pregunta que estás pensando.


Camilo Pérez sonrió de medio lado, falsamente divertido. Luego se puso serio, miró a Luján, luego a Azpíriz, y preguntó:


-¿Cómo de jodido estoy?


-No mucho. Fuiste miembro de un grupo de falangistas radicales que probablemente pensó en matar a Franco. Pero la clave es eso de probablemente. Además, hace veinte años de eso; nosotros, como ya sabes, preferimos fusilar amenazas más modernas. Tu amigo el manco, como tú le llamas, mató a una persona. Lucía Odriozola; en realidad mató a otra, el inspector Ismael Rebollo, pero oficialmente es sólo otra víctima del butano. No hay nada que te vincule con el crimen de Odriozola. Imaginando, imaginando, podríamos pensar que mataste a Higinio Longares; el que se suicidó en el Viaducto.


-No fui yo -contestó, categórico, el detenido.


-Desde luego, desde luego -Luján le dedicó una sonrisa casi rastrera-. Higinio Longares era en realidad hermano de tu cómplice Cendoya y, visto que éste es el más listo de todos vosotros, porque el conductor murió en el atraco, a Abrantes lo trincamos hace días, y ahora has caído tú, visto eso, digo, supongo que si tú le hubieses rozado un pelo a su hermano ya habría acabado contigo.


Camilo Pérez se movió nerviosamente en su asiento. Luján y Azpíriz se cruzaron una mirada y asintieron. Esa mirada quería decir: de repente se siente incómodo. Luego Cendoya, que él sepa, ni siquiera sospecha que sabemos quién es en realidad. Piensa que pensamos que en el 57 nos limitamos a desactivar una célula falangista radical.


-Como te digo, no estás tan mal. De momento, todo lo que tenemos contra ti es tu participación en un atraco que os salió mal y en el que, además, tuvisteis la delicadeza de no disparar a nadie. Así pues, eres culpable de un delito y pagarás por él. La cuestión es cuánto. Y si será el único.


Pérez ni siquiera dijo nada. Se limitó a mirar a Luján, con curiosidad mezclada con miedo.


-Las cosas se te pondrían más jodidas si tu ficha empezase a politizarse. O sea, has venido a España clandestinamente, integrado en una banda cuyo jefe aún estaba hace unos meses paseando por el Kremlin como Pedro por su casa -Luján chasqueó la lengua-. Mala cosa, amigo. Si al comisario Azpíriz y a mí nos sale de los santos cojones, en menos de tres horas lo que ahora mismo es un puto atraco de sirleros se puede convertir en una acción terrorista. Distinta ley, distinta pena. Franco está enfermo, sí. Pero yo estoy en mi mejor momento.


Camilo Pérez aparentó tranquilidad. O lo mismo es que verdaderamente, estaba tranquilo.


-Si me cuenta todo eso es porque me necesita. Si no, a ustedes dos ya les habría salido de sus santos cojones cagarme la vida.


-Cierto, cierto -concedió Luján-. De hecho, nos preguntamos si nos harías un favor. Estamos dispuestos a ser algo generosos.


-¿Cómo de generosos?


-No estás en condiciones de hacer esa pregunta.


-Ni usted de no hacer un trato.


-En eso te equivocas -contestó, muy tranquilo, Luján, mirándose las uñas con aparente interés-. Ya te he dicho que de cuatro que erais ya habéis caído tres. Yo me lo monto muy bien, Pérez. Pero tengo billetes para irme a París con mi mujer dentro de unos días. Me vendría bien terminar esto... con agilidad.


-Si pierde ese tren -intervino Azpíriz-se cabreará mucho. Y, como Luján se cabree, te vas a aprender de memoria las galerías de Carabanchel, tío.


Camilo Pérez sopesó sus posibilidades durante unos largos segundos. Luego suspiró, les miró a los dos de nuevo, y, abriendo las palmas, dijo:


-Está bien. Buena fe. Ustedes preguntan, y yo contesto.


Luján se acomodó en el banco.


-¿Quién es Julio Cendoya?


-Usted ya lo sabe -contestó dubitativamente, Pérez-. El hermano de Higinio Longares.


-Es más que eso, ¿no?


Pérez asintió exageradamente.


-Bueno, claro. Claro que sí que lo es. El hombre hoy conocido como Julio Cendoya fue una vez el policía más hábil de España. Y también el que menos escrúpulos tenía.


-Todo un carabinero.


-Mucho más que eso. Lo llamaban el rey de Pontejos. En el cuartel de la motorizada era más famoso que el puto Castillo1. En el 36 yo tenía trece años. Era demasiado joven para estar en la primera línea2, pero ya me paseaba a diario por Marqués de Riscal3. Hasta nosotros lo teníamos siempre en la boca. Longares esto, Longares aquello... era una jodienda. Nos perseguía con saña, literalmente nos cazaba.


-Es extraño. En un anarquista, quiero decir.


Camilo Pérez pareció hasta divertido con el comentario.


-El anarquismo de Longares es muy posterior. Él era, y sigue siendo creo yo, un comunista de libro. En el 57, cuando huimos de España, nos reagrupamos en París. Él me dijo que no me preocupara, que contábamos con el apoyo logístico del Partido. Pero un día volvió de ver a su gente cabreadísimo. La Puta Reconciliación Nacional, gritaba. Pateaba los muebles de la rabia que tenía. Ése día se hizo faísta. No lo fue ni un milímetro antes. Se hizo anarco porque los anarquistas aún querían montarla. Porque lo que él quería era volver a España. Lo que él quería era armarla gorda. Y si podía pescar el pez gordo, mejor.


-Te creo -concedió Luján-. Más que nada porque con algunos de esos... pescadores me he terminado por encontrar yo. Llevan años en el fondo de la laguna.


A Camilo Pérez la demostración de poderío de Luján no pareció importarle demasiado. Siguió fumando como si la conversación no fuera con él. Luján esperó unos segundos y luego le palmeó una rodilla, para darle confianza.


-Háblame de ti.


-¿Hay algo que aún no sepan de mí?


-No sé. De hecho, no lo sabré hasta que me hables de ti.


En realidad, lo que Luján intentaba con esa pregunta era relajar a su interrogado. Tratar de que entrase en una suerte de rutina de respuesta.


-¿Por dónde quiere que empiece?


-Por la guerra, por ejemplo. Has dicho que cuando aún no tenías edad para estar en la primera línea de José Antonio ya querías un sitio en Falange. Luego llegó la guerra.


Pérez asintió.


-Mi padre tenía una vaquería en la calle Velázquez. Era un tipo razonablemente acomodado. Originario de Valladolid. El 14 de julio, cuando lo de Calvo Sotelo4, se quedó impresionado. Era de la vecindad, así pues supongo que si no lo conoció, conocería a alguien de su casa, el servicio quizá. Ese mediodía cerró la vaquería y proclamó que Madrid ya no era un lugar seguro. Nos llevó a todos al pueblo en la mañana del 15.


-Muy hábil, tu padre.


-Muy hábil, sí. Pero yo me marché cabreado. De golpe y porrazo, me separó de mi gente.


-Tu gente murió a puñados en las siguientes semanas. Y de formas no muy heroicas, por cierto.


-Lo sé. Pero no me hubiera importado compartir destinos como los de Ledesma o Albiñana5.


-O José Antonio.


Camilo Pérez contestó con el silencio y mirando en dirección contraria a su interrogador, hacia la pared. Luján volvió a palmearle la rodilla.


-Ya veo, ya veo... Así que nos saliste jonsista, ¿eh?


Pérez se volvió hacia él. Había en su mirada una dureza que hasta entonces había permanecido ignota.


-Yo siempre fui jonsista. Los fascismos de señoritos son de señoritos.


-Tú eras un señorito, Pérez. Acabas de decir que tu padre era un hombre acomodado.


-Mi padre se levantaba a las cuatro de la mañana para ordeñar a las vacas. Si mi padre era un señorito, José Antonio era un Róchil. O el puto bastardo de cualquier infante de España salido.


En apenas dos segundos, Carlos Luján recordó a Carlos Luján. El Luján que, hace quince, veinte años, habría contestado a ese desprecio levantándose y apaleando quien hubiese osado proferirlo. De una forma tenue, difusa, se preguntó por qué aquello ya no despertaba la misma pasión en él. Por lo demás, Pérez bajaba por la cuesta.


-José Antonio dijo que los falangistas llevaban camisa azul porque esa es ropa de obrero, de mecánico. Dictaminó que se llevasen las mangas remangadas como hacen los obreros. Y supongo que con eso ya pensó que había lavado todas sus culpas de burgués. En el fondo, era como su padre, el generalito. Don Miguel, el que se pasaba los desfiles oficiales lanzando requiebros a las chicas bonitas, y que pensaba que por detalles así ya era uno más del pueblo. Pero todos ellos eran unos palaciegos. Unos mierdas.


-Así que tú crees que todo habría sido igual de haber sobrevivido José Antonio a la guerra.


Pérez asintió, entristecido.


-Nos dejamos nuestros dos pilares el día que a Ledesma lo asesinaron y el otro en el que cayó Onésimo6. Después de eso...


-¿Tú qué hiciste, entonces?


-En primer lugar -declamó el interrogado, mirando fijamente a la pared que tenía enfrente, como hablando para sí-, verle caer. A Onésimo, me refiero.


-¿Estabas allí?


-Estaba. Me alisté en Valladolid en cuando la situación se estabilizó. La guerra fue muy monocorde para mí. Bajamos a Segovia para reforzar la lucha en la sierra. Aquello estuvo empantanado los tres años. Pero tuve tiempo de hacer mis muescas en la culata de mi fusil.


-Lo supongo.


-Cuando llegó el 39, la situación se hizo más permeable. Había ya bastante gente que había logrado salir de Madrid y muchos que volvieron a entrar. Pero con la caída de Cataluña, las personas dentro del ejército que defendía Madrid que se ofrecieron para ser delatores fueron legión. Entrar en Madrid se convirtió en algo relativamente fácil, si tenías cojones.


-Y te apuntaste.


-De correo, sí. Quinta columna. Sacar gente, llevar mensajes, dar por culo. Asistir a la gente de dentro. Un día me detuvieron y me llevaron a Pontejos.


-Y allí conociste a Cendoya.


-Ajá. Supongo que conocen la historia.


-Ésta sí. La clave para penetrar las defensas de Madrid a cambio de la salvación del pequeño grupo de guardias de asalto, una novia, un hermano... Cendoya, Anselmo López, Lucía Odriozola y sus amigos sindicalistas. Sacáis a estos últimos. Pero luego la cosa sale mal.


-Casado dio el golpe, sí. Cendoya confiaba en la resistencia de Negrín, pero Negrín no pudo impedir el golpe y sus consecuencias. O le fallaron los comunistas, o él les falló a ellos.


-O los dos se fallaron entre ellos, y Casado a los dos.


-Es lo más probable, sí.


-Lo increíble es que lograse sobrevivir. Cendoya, quiero decir.


Camilo Pérez rió unos segundos, con ganas.


-Joder, amigo. Para todo lo que parece que sabe del tipo al que persigue, ¿no le ha dado para darse cuenta de que es un espía de primera?


-No sé qué quieres decir con eso.


-Los espías son excelentes jugadores de mus. Un buen jugador de mus siempre tiene dos planes. Porque el contrario puede acojonarse con los envites, o puede que no. Y tienes que tener dos planes, no uno.


-No estoy seguro de entenderte.


Camilo Pérez hizo un gesto de incomodidad por la ceguera de su interrogador.


-Cendoya no se vendió barato. Cuando nos detuvo y contactó con nosotros, nos animó a que pasáramos las líneas con algunos mapas que demostraran el nivel de información que tenía. Lo hicimos. Pero aquellos mapas, aquellos mapas que nos fueron extraordinariamente útiles para acabar con unas posiciones que nos traían por la calle de la amargura en el área de Navacerrada, no fueron gratis. A cambio, nos exigió documentación auténtica de la FET. Supongo que tenía a alguien que hizo las falsificaciones.


Azpíriz puso una mano en el hombro de Luján.


-¿Higinio Longares no dibujaba?


Carlos asintió.


-Y muy bien. Él debió falsificar las identidades.


También nos hizo fotos. Sin que nos diésemos cuenta. Cuando estábamos con él. Es un tipo muy listo. Supongo que las utilizó para demostrar sus relaciones. Debió de pensar que nadie podría imaginar de qué iban, en realidad, esos contactos.


-Pero vosotros, tú por ejemplo, pudisteis delatarlo. Después de la guerra ya no os servía de nada.


-Cierto -concedió Pérez, mirando a Luján-. Pero, ¿por qué iba a delatarlo? Él me salvó la vida. Pudo darme el paseo, y no me lo dio. Y, además, conforme terminó la guerra, cuando lo vi reaparecer con todos los arreos de la FET y una camisa que tenía toda la pinta de ser muy vieja, hizo que olvidase pronto al comunista que llevaba dentro. Julio Cendoya se convirtió en un falangista de pura cepa, extraordinariamente radical. Conforme fue avanzando la posguerra, nosotros nos fuimos desafectando del franquismo, hasta colocarnos enfrente. ¿Por qué íbamos a hacerle a Franco el favor de señalarle a un comunista en sus filas que, además, cada vez parecía pensar más exactamente lo que nosotros pensábamos? Eso, más que miedo, lo que nos daba era risa.


-Y, además, se convirtió en vuestro jefe.


Pérez asintió de nuevo, tomando otro cigarrillo que le ofrecía el ex policía.


-Ninguno de nosotros podíamos competir con él. Con su inteligencia natural para la estrategia. Con su extraordinaria capacidad para adivinar si era o no comprometido hablarle con sinceridad a algún camarada... Sin Cendoya, nos habrían detenido pronto, o algo peor. Es el tipo más frío que he conocido nunca.


-¿Por qué no le seguiste a Rusia?


Pérez negó con la cabeza, mientras soltaba chorros de humo por la comisura de la boca.


-La guerra de Rusia era la puñetera guerra de Franco. El cubo de basura del Régimen. Lo repetimos una y mil veces en las discusiones del grupo. Y lo curioso es que Cendoya estaba de acuerdo.


-¿De acuerdo?


-De acuerdo, sí. Hasta un día, unos meses antes de la salida del contingente. Estuvo desaparecido cosa de una semana. Lo hacía con asiduidad. Sus asuntillos, lo llamaba. Cuando regresó estaba cambiado. Excitado, como si algo que llevaba esperando mucho tiempo hubiese ocurrido finalmente. Simplemente, anunció que se alistaba. Tuvo problemas para conseguir que lo aceptaran. Movió Roma con Santiago, hasta lo que lo consiguió. De repente, parecía que irse a la División Azul era lo último que tenía que hacer en la vida.


-¿Recuerdas algo de aquellos días en que desapareció? ¿Dijo adónde iba, para qué?


Camilo Pérez se enfrascó en sus recuerdos.


-No, no. Ya digo que era muy reservado. Bueno, si acaso... no sé si lo recuerdo bien.


-¿El qué?


-Es una tontería.


-Deja que eso lo decidamos nosotros.


-Recuerdo que el día que se fue me pidió que lo despertase pronto. Tenía que madrugar. Y creo que me dijo que iba a tomar un tren. Y me dijo adónde. Pero no lo recuerdo.


Luján le apretó la rodilla con una mano.


-A Valencia -no lo preguntó; lo afirmó.


El detenido lo miró con los ojos muy abiertos.


-¿Cómo cojones sabe eso?


Luján sonrió.


-Tu pequeño caudillo fue a Valencia. De allí eran los socios de un constructor para el cual había trabajado Anselmo López. Hablando con ellos, o consultando su documentación, fue cómo descubrió que su compañero de cuartel, al que había tenido media guerra delante de sus narices, era el ladrón que Negrín le había ordenado buscar. Cendoya es muy inteligente, no lo pongo en duda. Pero fue engañado por un ingeniero acojonado. Y eso no estaba dispuesto a perdonarlo. Cuando quiso seguirle la pista a López, se dio cuenta de que se había alistado en la División Azul, probablemente para desaparecer de España. Es probable que Anselmo también supiese o sospechase que le seguían de cerca.


Azpíriz desplazó el peso hacia otro pie, como si estuviese incómodo o cansado. Pero no hizo ademán de sentarse, a pesar de que el uniformado, antes de irse, le había indicado dónde podía encontrar una silla.


-Sea como sea, esa historia demuestra que hubo un tiempo en el que Anselmo López fue bastante más que un pobre cobarde.


-No se equivoca usted -remachó Pérez, mirándolo de hito en hito-. Veinte años son muchos para escuchar historias de ese tipo y, créame, también tenía lo suyo.


-Eso es interesante -terció Luján-, y no había reparado en ello. Dime qué sabes de López. O, mejor, qué sabe Cendoya.


-En enero o febrero del 48, nos hizo llegar la orden de ir a por él. Supongo que ya saben que, estando en la División Azul, alguien descubrió a Cendoya, o mejor dicho a Longares. Lo cual no es de extrañar, porque ya les he dicho que era muy famoso en Marqués de Riscal en los primeros tiempos.


-Ajá. Lo sabemos. Simuló su muerte y se pasó a los rusos.


-Eso es. Después de aquello, ni él podía volver a España pretendiendo ser Julio Cendoya, español y falangista, y aparecer como convicente. Pero siguió dirigiendo la célula mediante mensajeros. Por eso nos dio la orden de encontrarlo y matarlo.


-¿A él sólo?


Pérez negó.


-A él, y a su perica.


-Que había sido la de Cendoya.


Pérez se alzó de hombros.


-Eso lo sé ahora que usted lo dice.


-Pero a Lucía la mató tu amigo el manco, que era compañero de Cendoya, así pues sabía bien que habían sido amantes.


-Pues sí -concedió Camilo-. Pero que sea la misma persona le hace confundir a usted las fechas. El manco no se llevó delante a esa mujer en el marco de esa operación. Fue muchos años después. Para entonces, Cendoya ya no quería matarla.


-¿Ah, no?


-No. A Lucía sí que le iba lo ácrata, como ya sabrán. Ella estaba...


-Sí, lo sé. En la Aromática.


Luján, al decir eso, dedicó una mirada a Azpíriz. El rostro del comisario no denotaba emoción alguna.


-Esa gente se medio reorganizó. Tomaron contacto con el exterior. Para entonces, Cendoya había dejado la URSS y estaba ya en París. A través de ellos la contactó. Nos informó de ello, pero no repitió la orden de matarla.


-Ella le dio algo -repuso Azpíriz.


-Sí -respondió Luján-. Debió ser RiP 203. O, quizás, lo de la foto.


-Lo de la foto ya lo sabía en el 48 -interrumpió Pérez.


-¿Cómo estás tan seguro?


Pérez rió brevemente.


-Para ser tan suspicaces, se les ha escapado un detalle. ¿Por qué recibimos la orden de matar a Anselmo López, si sólo él sabía dónde estaba el botín?


Luján y Azpíriz se quedaron sin palabras. Pérez disfrutó de su triunfo.


-La orden, repito, era matarlo. Sí o sí. Nada de vivo o muerto. Muerto. Cendoya lo quería muerto. Todo lo que teníamos que hacer era recuperar la foto.


Luján y Azpíriz se dedicaron una mirada. El ex policía sacó de su bolsillo un pequeño hatillo de documentos, y extrajo la foto de él. Se la enseñó a Pérez.


-¿Esta foto?


Pérez no mostró emoción alguna al verla.


-Si apareció en poder de López, sí. Yo nunca la ví.


-El seguro de vida de Anselmo López... -susurró Luján-. La foto en la que está todo. Eso dijo.


-Pero -interrumpió Azpíriz-sigo sin entenderlo. Si Cendoya era incapaz de descifrar la clave RiP 203, ¿por qué se arriesgaba a matar a López, que sí la conocía?


Pérez apretó los labios. Luego negó con la cabeza.


-No lo sé. Sólo sé algo que tengo bien claro. Desde que desapareció en Rusia, desde la primera vez que su hermano Higinio primero y sus tapados anarquistas después vinieron a transmitirnos al Manco, a mí y a todos los del grupo las instrucciones de Cendoya, él siempre dejó clara una cosa: que, en cuanto pudiera pisar España, averiguaría el significado de aquella pista.


Luján y Azpíriz se miraron.


-¿Incluso ahora, décadas después?


Pérez apuró su pitillo y tiró la colilla al suelo.


-Ahora que estaba en Madrid, créanme, más que nunca. Ahora, lo que quiera decir eso...


-Lo que quiere decir eso es bien obvio -interrumpió Luján-. Hay, por lo menos, una persona más que conoce el significado de RiP 203.


Pérez no reaccionó. Actuaba claramente como si la cosa ya no fuese con él. Luján suspiró, se levantó y le tiró su paquete de tabaco en el regazo.


-Una sola cosa más.


-Usted dirá.


-Háblame de volar la Cibeles.


Camilo Pérez alzó la vista con preocupación.


-Yo...


-Tú estás en el punto de decidir si quieres ser un delincuentillo que colabora con la Justicia o un terrorista peligroso. De ésos que fusilamos, no sé si me entiendes.


-Usted lo dijo antes. No puede acusarme de nada que no sea un atraco.


-Yo puedo hacer lo que me salga de los cojones. Puedo colgarte el asesinato de Kennedy si me da la gana. Así que habla. Y rápido, que no tengo todo el día.


Camilo Pérez asintió.


-El dinero era para poder comprar explosivos, y conseguir documentación falsa para comprar un furgoneta. Por lo demás, el plan era sencillo. Tres días antes de tratar de cometer el atraco, el chico que nos sirvió de conductor robó un coche. Hicimos la prueba. Condujimos hasta Cibeles y allí, enfrente del Palacio de Comunicaciones, lo paramos, simulando una avería. Salimos, abrimos el capó y nos fuimos. Nos alejamos unos cientos de metros. Queríamos ver cuánto tardaba la policía en llegar a revisarlo. Tardaron más de cinco minutos. Tiempo suficiente como para poner tierra de por medio.


-No parece un plan muy elaborado.


-Cuando no vas a por nadie en concreto y no te importa lo que pase, no tienen que serlo.


-Y a vosotros os no importaban las víctimas.


-A Cendoya no, desde luego. Nunca mostró la más mínima vacilación.


Luján miró a Azpíriz.


-Habrá que peinar la plaza las 24 horas. Con discreción.


-¿Tú crees que...?


-¿De Cendoya? De este tipo me lo creo todo.


Y luego se dio la vuelta y salió de la celda. Camilo Pérez abortó un torpe gesto de despedida.





1 El teniente Castillo, significado por su izquierdismo. Fue asesinado en 1936.



2 Los miembros más combativos de Falange Española y de las JONS.



3 La sede de Falange estaba en esta calle.



4 José Calvo Sotelo, diputado del Bloque Nacional, fue asesinado en la noche del 13 de julio de 1936. Vivía en la calle Velázquez.



5 Ramiro Ledesma era fundador de las JONS, que fusionó con Falange Española, fue asesinado en las primeras semanas tras el golpe de Estado. Al parecer, se negó a ser trasladado a su lugar de fusilamiento, por lo que fue rematado allí mismo. El doctor Albiñana fundó un grupo parafascista incluso antes que la Falange. Fue desterrado por la República, encarcelado tras el golpe y asesinado.



6 Onésimo Redondo murió en un enfrentamiento de falangistas con fuerzas de la columna Mangada, en Valladolid.