lunes, abril 09, 2012

Polonia


Al contrario que otros países del entorno, Polonia nunca fue un enclave fácil para la Unión Soviética. Al terminar la segunda guerra mundial, Polonia tenía una larga tradición de colaboración con los aliados; disponía de un gobierno en la sombra en Londres; tenía conciencia política sobrada; y, last but not least, tenía muy poquitas cosas que agradecerle a la URSS porque, de hecho, la que pronto sería la quintaesencia del progresismo mundial a los ojos de los veletas de turno se había portado con Polonia, y se seguiría portando, como un sátrapa violento e invasor.

La sociedad polaca guardó como en un dorado camafeo familiar ese sentimiento de traición perpetrada por sus propios salvadores; Occidente, dejando que Yalta acabase por dejar caer Polonia en las manos de Stalin; y el propio Stalin, cercenando después de ello toda esperanza de independencia en el país. Poco a poco, además, y porque este tipo de sentimiento negativo necesita de instituciones estructuradas para conservarse, este tipo de oposición silenciosa acabó por escoger como caldo de cultivo la Iglesia católica, de inusitada fuerza en el país.

La segunda guerra mundial acabó con algo más de un tercio de la población de Polonia. Para que nos hagamos una idea, esto convierte dicha guerra en una tragedia unas diez veces mayor que la guerra civil española para los españoles. La mitad de los abogados o de los médicos, y un tercio de los catedráticos o sacerdotes, habían muerto en la contienda; sin contar con el hecho de que la minoría judía, normalmente de elevado nivel cultural y profesional, había sido literalmente laminada.

Otro tema que habitualmente olvidamos de la Polonia de la segunda guerra mundial, entre otras cosas por el intenso interés de los franceses hacia dicho olvido (en connivencia con los soviéticos), es que en Polonia se montó el movimiento de resistencia antinazi de mayor calado de toda Europa. La archifamosa Résistance gabacha es a la Home Army polaca, con su gobierno en la sombra radicado en Londres, su ejército propio, sus escuelas e incluso su pequeño “Estado del bienestar” que pagaba “pensiones” a sus necesitados, lo que Pocoyó es al Quijote.

Tampoco hay que olvidar, hecho éste sistemáticamente preterido a lo largo de todo el siglo XX porque no cuadraba, ni cuadra, con según qué visiones, que Polonia fue invadida por la URSS tan sólo 16 días después de que Alemania lo hiciese por el otro lado; todo ello merced a un pacto ruso-nazi que, por cierto, los comunistas españoles, ésos que antes, durante y después de la guerra civil hablaron y no pararon de frenar y combatir el fascismo, recibieron aplaudiendo con sus disciplinadas orejas.

En marzo de 1940, el Politburó de la Unión Soviética decretó la muerte segura de casi 22.000 presos polacos, 4.421 de los cuales fueron enterrados en las famosas fosas de Katyn. Muchos de los asesinados allí, por cierto, ni siquiera eran militares, sino reservistas. Estúpido matiz para el régimen Luminaria del Progresismo Mundial.

Con total desparpajo, la URSS permitió a esos mismos polacos a los que había masacrado crear unidades dentro de su ejército desde el momento en que Hitler les invadió. Los varsovianos, hasta los cojones, se levantaron en agosto y septiembre de 1944, en un movimiento de resistencia en el que murieron 250.000 personas (uno de cada tres muertos en la guerra civil española, y eso siendo generosos en el conteo de nuestras víctimas).

El final de la guerra supuso la erupción de un enfrentamiento larvado entre los grupos políticos polacos que rechazaban la influencia soviética, y los que veían en la misma la salvación frente a la barbarie nazi. Esta última tendencia, obviamente promovida desde Moscú, movió ficha con rapidez. En 1948, los partidos Socialista y Comunista celebraron un congreso de unificación, del que salió el Partido Unido de los Trabajadores, que se benefició del órdago estaliniano en Yalta, que acabó por entregar el poder en el país a los comunistas.

Justo es decir que los comunistas, conscientes de las amplísimas masas sociales contrarias a ellos, sobre todo en el campo, pusieron en marcha una política de desarrollo rápido para ponerles a estas capas sociales frente a las ventajas del sistema. En los primeros años de la Polonia comunista, en torno a un millón de campesinos pudieron abandonar el campo, a causa de la creación de otros tantos empleos en la industria.

Desde el primer momento, la nomemklatura comunista tuvo claro que la Iglesia era su gran contrapoder. Por eso se apresuró a embargar sus propiedades y tomar el control sobre sus organizaciones, como Caritas. Además, inventó un movimiento, en el de los Sacerdotes Progresistas, que resulta difícil saber en qué medida consiguió sus acólitos por convicción o “convicción”. Se llegó incluso a colocar bajo arresto en un convento de las montañas al primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszynski.

En 1953 falleció Stalin y eso, para Polonia, siendo como era un país en el que la élite comunista nunca había dejado de vivir con el rabillo del ojo puesto en los centenares de miles de polacos que iban a misa, que construían templetes clandestinos como respuesta a la prohibición de levantamiento de nuevas iglesias; para Polonia, digo, la muerte del medalla de plata al genocida del siglo XX, supuso el comienzo de un proceso acelerado y casi inmediato de desestalinización. En 1954, la cúpula comunista polaca arrestó a la práctica totalidad de la policía secreta estalinista. En diciembre de 1954, Vladislav Gomulka, dirigente comunista que había sido arrestado en los tiempos de Stalin por “desviaciones nacionalistas”, fue liberado. En 1955, por todo Polonia nacieron una especie de grupos de discusión política; aunque bien es verdad que era una discusión entre comunistas. El comunismo polaco, además, impulsó inmediatamente sus movimientos juveniles, lo cual, de una forma casi natural, provocó el nacimiento de la crítica interna más o menos light, muy propia de las personas en su primera juventud. En febrero de 1956 se produjo la famosa denuncia secreta de Khruschev sobre Stalin en el congreso del PCUS, que prácticamente se siguió, en Polonia, de la muerte de Boleslaw Bierut, cabeza del PCP estalinista. De hecho, el 20 de marzo de 1956, con ocasión del funeral de Bierut, Khruschev estuvo en Varsovia, y mantuvo otra reunión secreta, en este caso en el seno del comunismo polaco, en la que estuvo, de nuevo, crítico con Stalin.

En una decisión que no tiene parangón en todo el Bloque del Este, el Partido Comunista Polaco decidió realizar copias de aquel discurso del premier soviético, y distribuirlas públicamente. En el seno del comunismo polaco comenzaron a discutirse temas hasta entonces prohibidos, sobre todo el pacto Hitler-Stalin y las responsabilidades de Katyn. Fue en este ambiente en el que se produjeron los sucesos de Poznan.

En 1956, en Poznan, los obreros polacos “celebraron” la muerte del estalinismo montando una huelga monstruo en un gran complejo industrial metalúrgico que, paradójicamente, llevaba el nombre de Josif Stalin. El motivo fue un nuevo sistema de cálculo de los salarios y los seguidores del paro no menos de 100.000. En las concentraciones, los obreros coreaban un eslógan especialmente hiriente para orejas burocratocomunistas: “Muerte a la burguesía roja”. Lo que siguió fue una represión brutal, con 70 muertos y cientos de heridos.

El comunismo oficial polaco terminó con Poznan a sangre y fuego. Sin embargo, eso no quiere decir que se pudiese permitir seguir como si tal cosa. La presión sobre los comunistas era enorme e interna (no se olvide que muchos de los reformadores finales del comunismo terminal polaco eran entonces jóvenes cuadros del Partido). Como consecuencia, tras la represión, el régimen tuvo que abrir la mano. Las colectivizaciones en el campo se frenaron en seco; más aún, el péndulo fue empujado en sentido contrario y muchas tierras fueron devueltas a los campesinos. El régimen comenzó a autorizar la construcción de iglesias; más aún, los sacerdotes fueron invitados a sentarse en el Sejm, Parlamento polaco (institución, en todo caso, entre inútil y absolutamente inútil). En octubre de aquel 1956, el cardenal Wyszynski fue liberado. Ese mismo mes, entre aclamaciones populares, Gomulka fue colocado al frente del Partido. En las vísperas del primer plenario del Partido Comunista bajo Gomulka, Khruschev se presentó en Varsovia acompañado por un ejército de aparachitniks moscovitas, y no se fue hasta que Gomulka le juró por el mismísimo Lenin que era un devoto comunista. Quizás el juramento gomulkiano se vio de alguna manera influido por el hecho de que, antes de salir de Moscú, el premier soviético había dado órdenes a varias divisiones acorazadas soviéticas para que se acercasen, haciendo ruido, a la frontera polaca.

Desde algunos puntos de vista, se podría decir que, en 1956, la URSS tuvo dos problemas: Hungría, y Polonia. Moscú tenía que decidir en cuál de los dos poner las palabras, y en cuál los tanques; porque haber invadido ambos países a la vez podría haber sido intensamente contraproducente y, de haberse limitado al diálogo en ambos casos, es probable que el Telón de Acero se hubiese ido a tomar por culo. Gomulka, en este sentido, parece haber sido bastante más hábil que Imre Nagy a la hora de convencer a Khruschev de que a él no hacía falta convencerle a hostias.

Sin embargo, Gomulka pagó un precio, porque la penetración de nuevos cuadros en el comunismo oficial polaco se frenó en seco. Los protagonistas de aquellos círculos de calidad creados años antes,donde tan abiertamente se había discutido, fueron rápidamente enterrados en puestos simbólicos del Partido. Sin embargo, esto no supuso la tranquilidad para el PCP, que se vió rápidamente sobrepasado por la Iglesia.

El cardenal Wyszynski, durante su confinamiento en la montaña, se había convertido en un grandísimo devoto mariano. Lo cual no quiere decir que creyese en Rajoy, sino en la Virgen. El marianismo del primado polaco dejó una huella indeleble en el clero polaco y se reprodujo en el Papa Wojtila, uno de esos sacerdotes que hablaron con muchísima más pasión de María que de su Hijo o, incluso, de su Divino Esposo. Wyszynski colocó a Polonia bajo la figura de la Virgen (renovando el voto en tal sentido del rey Juan II Kazimierz, 300 años antes). Luego organizó la conocida como Gran Novena, en la cual, durante nueve años, miles de meditaciones fueron convocadas, durante las cuales fue paseada por todo el país una réplica de la conocida Virgen Negra de Czrestokowa, cuyo original se venera en el monasterio de Jasna Gora (en 1966, la paseada sería la Virgen original). Aquellos actos religiosos generaron demostraciones colectivas de miles y miles de personas que ya quisieran para sí los comunistas. La Gran Novena conforma una movilización que no tiene precedentes en la Historia de la cristiandad moderna.

Después de aquel intensísimo año de 1956, y por mucho que se esforzó el comunismo oficial, ya nada volvió a ser igual. El año dejó un trazo tan importante que en 1966 se celebró entre los progresistas su décimo aniversario, que estuvo centrado por una conferencia del marxista progresista Leszek Kolakowski, quien acusó a Gomulka de haber olvidado el 56 y fue, por ello, expulsado del Partido Comunista. También fue suspendido el profesor Adam Michnik, hijo de una familia judía que ya profesaba el comunismo antes de la segunda guerra mundial y que había sido encarcelado durante algún tiempo; pero dicha suspensión provocó la publicación de un manifiesto de miles de estudiantes y profesores universitarios, muchos de los cuales, además, enviaron sus bajas al Partido.

El comunismo oficial aprendió del affaire Kolakowski-Michnik que tenía que limpiarse de progres y críticos. En 1968, estudiantes polacos fueron expulsados del partido en capazos de cientos, si no de miles; para muchos de ellos, la expulsión fue mucho más allá de un simple extrañamiento político, pues supuso su inmediato llamamiento al servicio militar. Para cuando sucedió la Primavera de Praga, no quedaban en el Partido Comunista Polaco elementos que hubieran podido apoyarla.

En diciembre de 1970, sin embargo, se presentó otro episodio de la que bien puede ser vista como la lucha continuada entre el comunismo polaco y todos aquéllos cuya voz había sido callada tras la segunda guerra mundial por razón de la entrega del país al entorno soviético. En el país se produjo una subida rápida y elevada en el precio de algunos alimentos básicos (diez días antes de Navidad), lo cual lanzó un rápido movimiento de protesta en los astilleros Lenin de Gdansk (Dantzig en alemán). Las autoridades locales cometieron el error de prestar a los dirigentes obreros el sistema de megafonía de la fábrica para convencer a los manifestantes de que depusiesen su actitud; éstos lo utilizaron para convocar a todo el mundo a las puertas de la fábrica. Aquella multitud hizo dos cosas de ésas que mueven a cuestionarse la mitad de la historiografía, y tres cuartos de la politología, del siglo XX (y del XXI): la primera, cantar La Internacional; la segunda, exigir la dimisión de los gobernantes comunistas. Luego marcharon hacia el centro de la ciudad de Gdansk y atacaron la sede del Partido Comunista (menuda patota de fascistas, ¿no?). En Szczecin, los trabajadores convocaron una huelga en solidaridad con Gdansk y establecieron durante tres días una república de trabajadores (quisimos decir: otra república de trabajadores, ya que los regímenes soviéticos es lo que son. O eso dicen).

En un claro signo de desesperación mezclada con indecisión, el PCP llamó a los trabajadores a crear comités para elaborar sus reivindicaciones de una forma ordenada; curiosa incongruencia histórica ésta, en la que la figura del soviet, tras haber sido usada, sesenta años antes, para deteriorar un régimen, era usada ahora, a la desesperada, para salvar otro.

El propio llamamiento del PCP supuso la creación del Comité de Huelga Interfactorías, que eligió a sus representantes, entre ellos un electricista de Gdansk, que entonces tenía 27 años, llamado Lech Walesa.

Después de varios meses de tiras y aflojas, huelgas y negociaciones, las subidas de los alimentos fueron revertidas. No obstante, esto no se había hecho sin disparar hasta la muerte a 44 obreros del astillero, como poco (son las cifras oficiales). Demasiado para Gomulka, que fue elegantemente sustituido por Edward Gierek, un ex minero.

Gierek estableció en Varsovia la que se conoció como La Mafia de Silesia, la región minera donde había sido gestor. Tomó las grandes unidades de poder comunistas y las dividió en pequeñas unidades, buscando no tanto la eficiencia en la gestión como la ineficiencia en la lucha por el poder; la mayoría de los líderes comunistas no han trabajado para otra cosa que para prevenir las acciones de otros para desalojaros. Gierek, asimismo, también creyó en una estrategia en la que, por aquel entonces, creyeron muchos, casi todos, los gestores de los países comunistas satélite, quizá con la excepción del peripatético Nicolae Ceaucescu. Se trata de la estrategia de tomar préstamos milmillonarios en Occidente con los que financiar una mayor oferta de consumo para la población interior (reduciendo así su cabreo) y, al mismo tiempo, una modernización de la industria que la haría más competitiva. Se trataba de una especie de cuento de la lechera en la que las futuras exportaciones lo iban a pagar (más bien repagar) todo.

Y, en su inicio, funcionó. En la primera mitad de los años setenta, Polonia creció a tasas chinas, como lo hicieron los salarios. Pero para 1979 los créditos se habían acabado y la industria no había respondido. Se debían 20.000 millones de dólares y el país tenía un modo de vida económico el que debía de importarlo prácticamente todo, pagándolo en dólares.

En junio de 1976, subidas monstruo de los alimentos (entre el 70% y el 100%), provocan la huelga en 130 factorías. Apenas 24 horas después de haberla aplicado, el primer ministro apareció en televisión rectificando la subida de la carne y anunciando extrañas “consultas” con “representantes de la sociedad” (lo cual, bien mirado, venía a suponer la admisión por su parte de que el Partido Comunista ya no representaba, ay, a la clase obrera). Fue en este punto en el que un grupo de intelectuales y profesionales forma la KOR, Komitet Obrony Robotnikow, o Comité de Defensa Obrera. Los fundadores del KOR animaban a los trabajadores a crear pequeños KOR en cada fábrica y comunicarles cualesquiera casos de agresión, que publicaban en un Boletín. Otros grupos nacionalistas crearon un comité para la defensa de los ciudadanos y de los derechos humanos, y la Iglesia creó el llamado Movimiento por la Joven Polonia. Movimientos, todos éstos, que publicaban trabajos de intelectuales amortajados por el régimen, como Czeslaw Milosz o Witold Gombrowicz. Nada de esto podían prohibirlo los dirigentes comunistas. Sabían que una acción de este tipo sería inmediatamente denunciada en Radio Europa Libre, cuya recepción en media Polonia era imparable (las ondas hertzianas no saben de fronteras), generando con ello, además, problemas con los prestamistas occidentales sin los cuales el comunismo era una cáscara de huevo.

A finales de la década de los setenta, la estrategia de mejorar la capacidad de consumo de los polacos los había sumido en una humillante pobreza relativa y un déficit en la balanza de pagos de 25.000 millones de dólares. Para colmo, en octubre de 1978, en Roma, el colegio cardenalicio, según los no creyentes; o el Espíritu Santo, según los creyentes, tiene la humorada de elegir Vicario de Cristo en la Tierra a un tipo que está dispuesto a hacer lo que sea (incluso embarcar a la Iglesia católica en negocios financieros que lo más elegante que se puede usar para definirlos es la expresión “poco claros”) con tal de cargarse el comunismo en Polonia.

El 2 de junio de 1979, Karol Wojtyla, ya investido de los albos ropajes merengues del Padre Santo, visitó Polonia, en la que estuvo nueve días durante los cuales, como han escrito diversos observadores polacos, el Estado comunista prácticamente desapareció. La retransmisión de la misa monstruo celebrada en Varsovia ante un cuarto de millón de personas fue cautelosamente realizada en los planos para no dar la exacta medida de la multitud. Los comunistas hubieron de permitir la publicación de los sermones papales sin censura. Tras setenta años de ingeniería social, primero de Hitler, y luego de Moscú, para hacer de la sociedad polaca otra cosa, el cántico más repetido durante los encuentros con el Papa (“queremos a Dios en nuestras familias, queremos a Dios en la escuela, queremos a Dios en los libros”) dejó bien claro que Polonia se obstinaba en seguir siendo lo que siempre había sido: un stronghold católico. En nueve días, 30 años de trabajo social comunista se fueron a la puta mierda.

1 de julio de 1980. De nuevo, como no puede ser de otra manera estando la economía polaca como está, se decretan subidas de los alimentos. Comienzan las huelgas. En Lublin, una huelga general de once días. Son las fechas inmediatamente previas a los Juegos Olímpicos de Moscú, y en todos los países satélites es común el rumor de que la URSS está chupando alimentos de donde puede para poder dar una buena impresión al mundo; rumor que no ayuda demasiado a los comunistas polacos.

El gobierno hace ofertas diversas para parar la huelga de Lublin. Pero a mediados de agosto, los 17.000 trabajadores de los astilleros Lenin de Gdansk inician un movimiento de protesta por el despido de Anna Walentynowicz, una operadora de grúa con 30 años de experiencia en la factoría. Cinco meses antes de haberse jubilado con pensión, es despedida por repartir hojas clandestinas a la puerta de la factoría, y por pertenecer al Sindicato Libre de la Costa, fundado por un KOR, Bogdan Borusiewicz. Fue Borusiewicz quien, el 10 de agosto, había convencido a Lech Walesa, quien había sido despedido de los astilleros en el 76, para montar bulla. Cuatro días después, con la huelga a punto de comenzar, a los gestores del Lenin de repente se les aparece la virgen de Montserrat tocando la cobla, y readmiten a Walesa. Sin embargo, éste no cesa en la presión. El día 16, el director del astillero anuncia subidas de salarios, para equilibrar la subida de los alimentos, la readmisión de Walesa, y la de Walentynowicz. Walesa anunció por los altavoces de la fábrica el final de la huelga (que incluía la ocupación de los astilleros). Siendo fin de semana, la mayoría de los huelguistas comenzaron a desfilar hacia sus casas.

Sin embargo, dentro del astillero continuaron las protestas. Provenían de los trabajadores de las empresas auxiliares del astillero, que habían ido a la huelga en solidaridad con los obreros de Gdansk, y que ahora se sentían traicionados por los dirigentes sindicales. Walesa se dio cuenta entonces de que había cometido un error y, acompañado de la veterana gruísta y otros activistas, se plantó en la puerta del astillero para anunciar a los que se iban de que había que continuar la huelga, ahora en solidaridad con los trabajadores de las auxiliares. No obstante, apenas convencieron a unos cientos de trabajadores.

En ese momento, un sacerdote de Gdansk, el padre Henryk Jankowski, celebró una misa justo enfrente de los astilleros, que fue seguida por una ceremonia por la cual se colocó una cruz de madera en el punto donde los huelguistas de 1970 habían sido asesinados a tiros.

Los centenares de trabajadores que permanecieron en el interior del astillero aquel domingo elaboraron una plataforma reivindicativa de 21 puntos, entre los cuales figuraba la abolición de la censura, la liberación de los prisioneros políticos, o el derecho para formar sindicatos autónomos; en otras palabras, exigiendo del comunismo que dejase de ser comunista. El 18 de agosto, los astilleros de Szcecin se encontraron con una huelga. El día 24, por si fuera poco, se publicó una parte de una carta de Wojtyla al cardenal Wyszynski, escrita el 18, en la que llamaba a los obispos a “defender el derecho inviolable del pueblo polaco a su propia vida”. Todo el mundo entendió aquella carta, por mucho que estuviese escrita en elegante lenguaje vaticano, como un apoyo a las huelgas.

Lo era.

Las gentes de Gdansk entraban en el astillero comida para los trabajadores encerrados dentro. Médicos y enfermeras les procuraban atención sanitaria gratuita. Sacerdotes daban misa tras misa, mientras las tropas rodeaban el astillero. El mismo día que se publicó el mensaje papal, representantes del Partido abrieron una negociación con los representantes de los trabajadores que, hecho éste inusitado, fue retransmitida en directo por los altavoces al interior de los astilleros (no al exterior; las lineas telefónicas con Gdansk estaban cortadas).

Los denominados acuerdos de Szczecin (30 de agosto) y Gdansk (31) incluyeron aumentos salariales, y la aceptación de sindicatos independientes. El PCP echó en septiembre a Gierek, sustituido por Stanislaw Kania, quien duró poco, pues en octubre fue sustituido por el general Wojciech Jaruzelski. En noviembre de 1980, un tribunal reconoció la legalidad del sindicato Solidaridad. En enero de 1981, Walesa encabezó una delegación que fue a Roma a besar el anillo papal. Para entonces, el sindicato tenía 10 millones de miembros. De hecho, un tercio de los militantes del PCP eran ya miembros de Solidaridad; porque la gente puede ser tonta, pero no gilipollas.

Jaruzelski no estaba en la mejor de las situaciones. Cada vez que sonaba el teléfono y la secretaria le informaba que era Moscú, ya sabía lo que le tocaba: desde la sala de máquinas del leninismo se le exigía la imposición de la ley marcial. En abril de 1980, el general y Kania se reunieron secretamente con el dirigente del KGB Yuri Andropov (ser jefe del KGB ayuda para llegar al poder en Rusia, como bien sabe Vladimiro Putin) en un tren aparcado en una vía báltica. Los polacos le insistieron a los soviéticos en que tenían que dejarles restablecer el orden con sus propias fuerzas.

Solidaridad, además, supo medir sus fuerzas. Creó todo un sistema de debates libres y prácticas de libertad en el día a día; pero en momento alguno se postuló como alternativa al Partido Comunista y, lo que es más, nunca, en aquella época, cuestionó la propiedad centralizada de los elementos de producción (excepción hecha de las granjas rurales que ya habían sido transferidas a los agricultores).

El 13 de diciembre de 1981, finalmente, el general Jaruzelski llevó a cabo algo que podría definirse como una ley marcial light, usando la policía antidisturbios (ZOMO) y el ejército; pero que, en todo caso, supone un nuevo frenazo en seco del aperturismo. Se hicieron unas 5.000 detenciones, de las cuales 12 fallecieron. En la radio, el general afirmó que Polonia estaba al borde de un abismo, y que para el país la única vía de salvación era el socialismo. Las medidas retrotrajeron a Polonia a los tiempos totalitarios: se limitó el tráfico ferroviario, se limitó enormemente el aéreo, se impuso la música militar en la radio, y los presentadores de la televisión fueron obligados a llevar ropa militar. El primer mandatario polaco formó una junta con 16 generales y 5 coroneles, la llamada WRON (siglas polacas del Consejo Militar para la Salvación Nacional).

Jaruzelski decretó la ilegalización de Solidaridad, pero ya era tarde. Los polacos, y la propia Solidaridad, habían vivido 16 meses de libertad.

En 1988, muchas cosas habían cambiado en el mundo soviético. Polonia había empezado a ser un problema en el tiempo de Leónidas Breznev quien, de hecho, había encomendado el seguimiento del tema polaco a su mejor hombre, Mikhail Suslov. Yuri Andropov, a quien hemos visto enterándose de la movida de primera mano, quizás amenazando con una intervención soviética en el país, pocas oportunidades tuvo de ocuparse del asunto polaco cuando fue jefe de la URSS. Por último, Konstantin Chernienko es probable que, en plena mamandurria de vodka, no fuese capaz de distinguir Polonia del cárter de un tractocamión. Ahora en 1988, sin embargo, al frente de la URSS se encuentra un comunista joven, Mikhail Gorbachov, con ideas liberales y ganas de trabajar.

Nada querían los gobernantes polacos más que evitarle problemas a Gorbachov, sabiendo como sabían que el secretario general del PCUS tenía que atravesar los pasillos del Kremlin corriendo en zigzag, para evitar las navajas. Y, sin embargo, no pudieron evitarlo. En mayo de 1988, una nueva generación de sindicalistas de Solidaridad organizó una nueva ola de huelgas, probablemente animada por los cambios en la URSS y por la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán. En agosto del mismo mes, con la reivindicación de relegalizar Solidaridad, el Lenin de Gdansk fue de nuevo a la huelga. Frente a los cuadros comunistas, Jaruzelski dijo adiós a la represión por la represión. En los días anteriores, había leído decenas de informes de la policía secreta que aseguraban que el recuerdo de la ley marcial no tenía la menor afección en los trabajadores polacos. El 31 de agosto, como consecuencia, el general Czeslaw Kiszczak se reunió con Lech Walesa y representantes de la Iglesia. Fue un movimiento liberal que provocó la reacción inmediata de los más conservadores en el Partido, liderados por Alfred Miodowicz, que obligaron a Jaruzelski, el principal impulsor de las negociaciones, a trazar líneas rojas: ni Solidaridad sería relegalizada, ni los miembros más radicales de su círculo, como Jacek Kuron o Adam Michnik, formarían parte de los grupos de diálogo.

Moidowicz, quien tenía una elevada opinión de sí mismo, concedió una entrevista en el periódico oficial Tribuna Ludu, en la que afirmaba que los sindicatos oficiales, bajo su dirección, protegían al trabajador mucho más que Solidaridad; y que estaba dispuesto a debatirlo con Walesa en televisión. El 17 de noviembre, un día después de publicarse la entrevista, Walesa aceptó.

Fue un error, quizás el último, del comunismo polaco. El debate, contra la opinión de la mayoría de los funcionarios del partido, se celebró el 30 de noviembre. Walesa cocinó a Moidowicz a fuego lento y, luego, se lo comió con patatas y mermelada, mascando muy, muy despacio. Para colmo, mediante aquel debate, Walesa había superado la enorme barrera de censura en la que había sido encerrado durante años; y eso lo habían hecho los mismos que durante tanto tiempo habían trabajado para que la mayoría de los polacos supiesen de Walesa, pero no conociesen a Walesa.

Solidaridad fue relegalizada. En diciembre, Walesa fue recibido en París por François Mitterand, poco menos que como un jefe de Estado. Para Jaruzelski y su primer ministro, Mieczyslaw Rakowski, era claro que había que negociar; pero esta estrategia sólo fue aprobada por el Partido después de que los dos, junto con Kiszczak, amenazasen con dimitir si la propuesta no era aprobada, y se ausentasen dramáticamente de la votación.

Lo cierto es que los comunistas estaban convencidos de que serían capaces de retener el poder. Así lo ha afirmado el negociador del Partido (y presidente de la Polonia poscomunista), Aleksander Kwannievski. De hecho, estaban tan convencidos que permitieron a la televisión transmitir las sesiones de diálogo en directo. Acojonante. Personajes que habían desaparecido de la legalidad hace años, teóricamente borrados de la faz de la Tierra, de repente aparecían en televisión, frente a los dirigentes comunistas, con pegatinas de Solidaridad en el pecho.

Y, lo que es más importante: el muro de carga del leninismo, que no es otro que su reclamación del monopolio en la defensa de los intereses de la clase trabajadora, se había ido al carajo. Pero, claro, para entonces, el gobierno comunista polaco no podía ni ir a cagar si antes no le habían enviado de Occidente un par de dólares para el papel higiénico...

Todo lo que buscaba para entonces Giemerek, designado jefe de la negociación en la mesa política, era la organización de unas elecciones de juguete que, por supuesto, los comunistas ganarían. O sea: reconocimiento de la oposición, pero ni hablar de darles el poder. El 65% de los puestos del Sejm fueron reservados para lo que entonces se dio en llamar, en una humorada de cojones, “la coalición gobernante” (ahora se acordaban los comunistas de que, once upon a time, les apoyaron el Partido Unido Campesino y el Partido Demócrata). Además, claramente como respuesta a la presión soviética, se incluyó la figura de una presidencia, elegida por el Parlamento, con enormes poderes. Eran unas condiciones que garantizaban la pervivencia de Jaruzelski como hombre de poder en Polonia.

La oposición, lógicamente, dijo no. Pero Kannievski hizo una contraoferta: un Senado con 100 escaños, elegidos, todos, libremente.

En la primera vuelta de las votaciones, la oposición ganó 160 escaños de los 161 por los que luchaba, y 92 de los 100 puestos en el Senado; la “coalición en el poder” consiguió tres escaños en el Sejm, y ninguno en el Senado. 

A la luz de estos resultados, Walesa negoció con los dos aliados tradicionales del Partido Comunista para elaborar una coalición de gobierno. Ambos aceptaron, y fue de esa forma que Walesa pudo presentar la candidatura a primer ministro de su viejo amigo y colaborador, Tadeusz Mazowiecki. El 12 de septiembre, cuando Mazowiecki se presentó frente al Sejm (audiencia ante la cual, por cierto, se desmayó), el comunismo en Polonia había muerto. Bueno, muerto. Se había sometido, por fin, a unas elecciones, y había sacado lo que más o menos ha sacado siempre que ha intentado imponerse con argumentos, y no con tanques.




Josif Stalin, en famosa anécdota, había respondido con displicencia cuando Winston Churchill le había hablado en Yalta de la influencia del Papa: “¿El Papa? Pero, ¿cuántas divisiones tiene?”

Y es que todo el mundo se equivoca alguna vez.

Creo que corresponde a la verdad considerar a Polonia como el país del bloque soviético, de largo, menos totalitario y dictatorial de todos los que formaron parte del mismo. Cosa que consiguió Polonia sin que jamás se produjese en este país la entrada de los tanques rusos, como le ocurrió a húngaros o checoslovacos; hasta ese punto Moscú hubo de asumir que Varsovia era “algo especial”.

Simplificando mucho, podría decirse que mientras Moscú pudo creer, sinceramente, que era la alternativa mundial al poder estaounidense, no le importó que en Polonia, por así decirlo, pasasen cosas. Sin embargo, en el momento en que tuvo la conciencia de haber perdido la batalla; en el momento que llegó a la idea clara de que no podría con los Estados Unidos, y que a éstos les cabía esperar de Varsovia el primer punto de apoyo en su trastienda; en el momento en que tuvo conciencia de todo esto, decidió sacar el cuchillo de capar.

En diciembre de 1981, como hemos visto, la élite soviética declaró la ley marcial en todo el país, enviando a toda su oposición, sindical y social, a la clandestinidad. Sin embargo, para entonces Polonia tenía ya el tipo de problemas que tenían el resto de los satélites soviéticos, muy especialmente la RDA: había pedido, y obtenido, importantísimos créditos en Occidente para financiar un salto adelante industrial y tecnológico que nunca había llegado; ahora debía todo ese dinero; su producción se vendía así así en los mercados internacionales; y, para colmo, su moneda se depreciaba por minutos, encareciendo la deuda en cada movimiento.

El gran error de la élite polaco-soviética fue pensar que el mando en el gobierno se podía mantener como consecuencia de negociar con una treintena de personas en una sala.

Pero los hechos son mucho más fuertes que las negociaciones.

viernes, marzo 30, 2012

Santo reposo

El quiosco se cierra hasta el 9 de abril mediante. Digamos que la Semana Santa puede ser vista como el descanso del bloguero.

En abril, historias mil. Que os lo paséis bien.

martes, marzo 27, 2012

La familia Earp

..bueno, como esto ya va siendo toda una serie, aquí tienes otros capítulos.

Billy the Kid
Butch Cassidy
Los Dalton
La familia Earp
Wyatt Earp
Jesse James

Si una cosa hacen como nadie los Estados Unidos, es explotar incluso su basura para hacerse grandes. Dejemos, pues, esta primera cosa clara: los pistoleros del Oeste son basura. En su gran mayoría. Exactamente igual que lo son los piratas y otros seres que, por razones que tienen que ver con los extraños recovecos del alma humana, disfrutan de la admiración de mucha gente (ninguno de ellos, claro, ha caído jamás en sus manos).

viernes, marzo 23, 2012

El mito del rey zombi y la movida de Madrigal de los Altos Timos


Lo más suave que se puede decir del rey Sebastián de Portugal es que era algo rarito. No se le conoce pulsión alguna por holgar con mujer, mucho menos casarse con una, a pesar de que es obligación de rey hacerlo y procrear; algunos historiadores especulan con que pudiera tener tal o cual enfermedad. Religioso hasta la médula, estaba empeñado a parar al turco, y por eso realizó la expedición a Marruecos de la que, por pasar, hasta pasó su tío, el todopoderoso Felipe II. Así las cosas, era inevitable que Sebastián encontrase la muerte en aquella expedición, concretamente en las tierras de Alcazarquivir.

Eran los primeros estertores de 1580. Sebastián murió en la batalla, que fue un auténtico desastre para los portugueses, que se pasaron años después pagando rescates para recuperar a tanto conde y duque como apresaron los turcos. Sin embargo, una anécdota estúpida (unos soldados que pidieron asilo en una villa asegurando que venían con el rey), unida al deseo que los portugueses tenían de que ese rey sin descendencia siguiese vivo, garantizando así su independencia; unido todo ello a tendencias mesiánicas existentes en la religiosidad popular lusa, generaron el mito sebastianista o, como yo lo llamo aquí, mito del rey zombi. Casi todo un país creyó, lo cual quiere decir que quiso creer, que el rey Sebastián en realidad estaba vivo, y vagaba de incógnito por aquí y por allá. Como pasó con Hitler tras el final de la segunda guerra mundial, por toda la península ibérica se multiplicaron los friquis y enteradillos que debían haber visto al rey en tal o cual lugar.

Más allá de la leyenda y los relatos más o menos exagerados, se planteó la cuestión de quién heredaría el trono. Y había varios candidatos. El más popular entre los portugueses era, sin lugar a dudas, el prior de Crato, don Antonio, hijo de del infante real don Luis y de una plebeya, pero que había sido legitimado por su padre. También estaba doña Catalina, duquesa de Braganza. El duque de Saboya. El príncipe de Parma. Catalina de Médicis, reina madre de Francia. Y, por supuesto, Felipe II, quien, como sabemos, acabaría por llevarse el gato al agua.

La candidatura a la corona portuguesa, pues, parecía el metro de Sol. En junio de 1580, apoyado por las gentes, el prior de Crato se hace proclamar rey en Santarem. Sin embargo, sus amplios apoyos populares despiertan los recelos de la nobleza, que pacta rápidamente con el rey castellano. En Alcántara (25 de agosto de 1580), las tropas del de Crato son derrotadas, motivo por el cual éste huye a Francia; es posible que en esa batalla participe un hijo de pastelera madre, al que volveremos a ver algunos párrafos más abajo. 

En 1589 se producirá la intentona más seria de recuperar el país por parte de don Antonio cuando una escuadra inglesa, al mando de Francis Drake, desembarque en Peniche e intente, sin éxito, tomar Lisboa.

Conforme se desarrollaba esa competición en lo más alto, en lo más bajo, esto es entre la clase común lusa, se desarrollaba, como la peste, el mito sebastianista. Un importantísimo fondo de este mito son las cancioncillas proféticas de Bandarra, el zapatero de Troncoso. Este Bandarra, que al parecer (ojo, ojo, ojo… ¡mis fuentes NO son hebreas! :-p) era de inspiración judaica, razón por la cual andaba el Santo Oficio buscándole las vueltas. Compuso unos versos cantados en plan Nostradamus, vaticinando que en Portugal nacería un Mesías que salvaría, lo primero que todo, el país. Este tipo de ideas mesiánicas se mezcló pronto con la creencia de que el Sebas estaba vivo todavía. Y, verdaderamente, incluso nosotros, ciudadanos de la contemporaneidad, sabemos lo fácil que es conseguir que esa leyenda sea creída; no sé si alguien, alguna vez, ha hecho alguna estimación de cuántos estadounidenses creen o han creído en los últimos años que Elvis seguía vivo; pero tienen que haber sido millones. Incluso yo, en mi adolescencia coruñesa, tuve algún amiguete que creía a pies juntillas que Jim Morrison andaba por ahí vendiendo castañas.

Una cosa que no sé, y me gustaría saber, es si la expresión coloquial española que define al vago o desaliñado como “un bandarra” tiene, o no, alguna relación con este trovador mesiánico.

En el fondo, todas estas creencias seudoreligiosas no dejaban de ser machadas que la sociedad portuguesa hacía para esconder los temblores que le provocada el hecho, palmario de toda palmatoriez a finales del siglo XVI, de que el país ya no era lo que había sido, y que Os Lusiadas venía a tener con la realidad más o menos la misma relación que la España medieval con el mundo del Capitán Trueno.

Pero ya sabemos lo que pasa; cuando en pueblos y ciudades las esquinas están petadas de gente que quiere creer, surge, con facilidad, el descuidero que les ayuda amablemente a alimentar su fe.

Hasta cuatro tentativas de tangar al pueblo portugués con el cuento del sebastianismo registra la Historia. La primera surgió en 1584 en Alcobaça, y se conoce como El rey de Penamacor. Cuatro años después de que Felipe I de Portugal y II de España ocupase la corona lusa, este antiguo lego carmelita se dedicó a pasearse por la localidad contando presuntas anécdotas de la batalla de Alcazarquivir y asegurando que él era el rey Sebastián. Finalmente, alguien le denunció, y fue detenido por los alguaciles, conducido a Lisboa y, una vez allí, condenado a galeras. Condenado a galeras estaba cuando se formó en Lisboa la célebre Armada Invencible, en los sótanos remeros de alguno de sus barcos acabó el bueno de aquel Sebastián de pacotilla. Todo parece indicar que, en tocando la flota la costa francesa, se escabulló.

Al año siguiente, un tal Mateo Alvares prueba suerte en Ericeira. Cantero de profesión (o al menos eso era su padre) había nacido en las Azores. Tal vez a causa del anticiclón, no debía de estar muy bien de la cabeza porque, tras trasladarse a la península, se estableció algo así como un ermitaño eremita en Sintra y luego en la mentada playa de Ericeira. Allí empezó a comer orejas con el rollo de que si era el rey de Portugal y toda la pesca, consiguiendo reunir un selecto grupo de amiguitos, por los que se hizo declarar rey de Portugal y a los que nombró condes, duques y lo que se terció. En la iglesia de Ericeira le robó la diadema a la virgen local, con la cual “coronó” a su reina.

O Rei de Ericeira acabó por alzar sus armas contra el pérfido rey español, y con su pequeña tropa hostigó la zona. Felipe II, desde El Escorial, le mandó a los boinas verdes, los cuales no tardaron en desarmar al ejército rebelde y llevarse al pollo aquél, cargado de cadenas, a Lisboa, donde lo colgaron del cuello el 14 de junio de 1585. Como los regentes filipinos estaban un poco hasta los huevos de los bandarras, Alvares y priores de Crato, le cortaron la mano derecha al cadáver en señal de humillación, y la cabeza la dejaron meses expuesta en la calle, en el extremo de una pica.

Con todo, el tercer caso de timo del rey zombi es el más elaborado, el más rocambolesco, el más complicado y, también, el más recordado: hablamos de la conspiración de Madrigal.

El centro de este trile es un presunto rey Sebastián de Portugal que, por no ser, ni siquiera es portugués. Y, por supuesto, no era rey, sino repostero. Se trata de Gabriel Espinosa, pastelero español que, durante su etapa en el ejército, había formado parte de las tropas con las que el duque de Alba había penetrado en Portugal para combatir al prior de Crato. Pero no es él, como se dice hoy, el autor intelectual de la movida.

El autor del timo es, en realidad, un fraile: Fray Miguel dos Santos, agustino, provincial de la orden en Portugal, consejero espiritual, en su día, del muy religioso rey Sebastián, así como confesor del prior de Crato. Con estas mimbres, militó obviamente en el partido cratense de don Antonio, y por ello había sido detenido por los filipinos y encarcelado en España. Tras unos años de cautiverio, fue perdonado y enviado como vicario al convento de monjas de Santa María la Real, en Madrigal de las Altas Torres.

En Madrigal coincidió el bueno de Fray Miguel con Ana de Austria, hija de don Juan de Austria y, por lo tanto, nieta por bastardía de Carlos V y sobrina, o sobrinastra, del propio Felipe II. Con esas cosas que tenía el rey Prudente, que hacía y deshacía con las vidas de la familia real sin que le temblase la mano, había decidido, cuando Ana tenía seis años y tras quedar huérfana del bastardo, que profesaría la vida religiosa; así pues, ni corto ni perezoso, y sin consultarla obviamente, la metió en Santa María la Real (suerte tiene Urdangarín de no haber caído en sus manos).

El agustino luso oficiaba, como vicario, de confesor de la ilustre monja forzada. Poco a poco, el taimado fraile se dio cuenta de lo que tenía delante: Ana, por mucho que llevase desde los seis años enterrada en el convento, no dejaba de ser miembro importante de la casa de Austria; y, además, puesto que la su vocación nunca le había sido demandada para meterla en el convento, es más que probable que, a lo largo de las confesiones, fuese dándose cuenta el hombre de Dios de que a aquella mujer su destino, por decirlo finamente, le daba por culo.

Blanco y en botella, debió pensar el fray: cojo a esta tía, que no sabe del mundo la media porque lleva rezando rosarios desde antes de la primera regla, y la convenzo de que: a) el rey Sebastián sobrevivió a la batalla de Alcazarquivir; b) ha escogido Madrigal para esconderse; c) quiere casarse con ella.
Para que nadie lo reconociese, le contó el confesor a la monja, Sebastián utiliza como tapadera el humilde oficio de pastelero.

Parece ser que Espinosa, el pastelero, y Fray Miguel, el muñidor, se conocían de los tiempos en los que el primero era soldado del duque de Alba y había entrado en Portugal con la intención de hacer albóndigas de prior de Crato.  Como el mundo entonces era el lapo de un cuervo, ambos se encontraron en Madrigal, uno de vicario y el otro vendiendo bollitos. El fraile, entonces, convenció a Espinosa de que se trabajase a la monja con el rollo de yo soy el rey zombi, la animase a casarse con él (cabe pensar que ella no hubiese conocido mucho varón antes, así pues no sería difícil atraerla) y, una vez emparentado con la sobrina del rey de España y, por lo tanto, titular de derechos sobre la corona portuguesa, ambos se presentasen en el país, llamando al pueblo a alzarse. El final del timo consistiría en que, una vez triunfada la revolución, Espinosa declamaría su pastelera verdad, abdicando en favor del prior de Crato, que era el verdadero candidato del fraile.

Todo esto se fraguó en 1594; esto es, Felipe II era rey de Portugal desde hacía ya 14 años. Contó, desde luego, con la activa colaboración de Ana de Austria, sospecho que sin tener demasiada idea de que se iba a casar con un pastelero pero, en todo caso, loca, a sus veintiséis añitos, por salir del convento.

Había un problema, eso sí. Habiendo nacido don Sebastián en 1554, con lo que en ese momento tendría 40 años, ¿cómo tenía aquel aspecto de viejo, pues Espinosa andaba por los cincuenta? A esto, el pastelero contestaba diciendo que su vida había sido muy difícil tras escapar del campo de batalla marroquí; y, además, en un claro precedente del fenómeno just for men, comenzó a teñirse las canas para parecerse al rubio rey que supuestamente era.

El agustino trató de redondear el embuste trayendo a Portugal al médico Joao Mendes Pacheco. Mendes era famoso en todo Portugal por haber atendido una vez a un misterioso herido que tenía el rostro velado; todo el país se hacía pajas con la idea de que fuese el famoso Sebas Prestley. Fray Miguel, como digo, lo trajo a Madrigal para que “adverase” la identidad de “su” Sebastián. Pero Mendes le salió rana, porque se negó a reconocer a Espinosa; se conoce que fraile y médico no se pusieron de acuerdo en la cifra.

Siguiente problema: si Espinosa era Sebastián, entonces él y Ana de Austria eran… medio primos. El auténtico Sebastián, en efecto, era sobrino de Felipe II y, consecuentemente, sobrino-nieto de Carlos V, abuelo de Ana de Austria. Esto lo salvó Fray Miguel convenciendo a a la monja de que el pastelero era portador de una dispensa del Papa (que, obviamente, no le enseñó; siempre he pensado que Anita debía de estar tan loca por salir del convento que se había creído incluso que le hubieran dicho que la iban a rescatar el capitán Kirk y el doctor Spock) por la cual ambos, a pesar de ser parientes, podían consumar el himeneo. El presunto Sebastián, además, tenía, o decía tener, otra dispensa, por la cual Ana era liberada de sus votos monjiles.

En una más que probable estrategia de bola de nieve (para sostener una mentira cuentas otra, y para sostener la segunda una tercera, cada vez más gordas), Fray Miguel acabó refiriéndole a Ana de Austria que tenía un hermano joven, de unos veinte años, que vendría personalmente a sacarla del convento. Este papel corrió a cargo del hijo de Espìnosa el pastelero.

¿Por qué fracasó el plan? Bueno, además de porque era un poco carallada, quiero decir. Pues fracasó porque Espinosa era un bocas. El hijo del pastelero no vivía en Madrigal, así que el padre tuvo que ir a buscarlo. En una etapa de descanso de dicho desplazamiento, en una posada, Espinosa se tomó cuatro whiskies en mal momento y comenzó a hablar y a mostrar, chulesco, unas joyas de Ana de Austria que ésta le había dado. Con la tal apoyatura, comenzó a jactarse de que se tiraba a una tía de la alta nobleza. Aquello no pasó desapercibido en aquella Castilla donde todo el mundo se conocía y, finalmente, el alcalde de Valladolid, Rodrigo de Santillán, ordenó su detención. Lo trincaron cuando estaba a escasa distancia de Madrid, o sea, calculo yo, en las inmediaciones de la plaza de Cristo Rey, tal vez. Se le encontraron en su poder cartas de la propia Ana de Austria, y otras donde se le daba trato de Majestad. De hecho, la primera sospecha de la poli es que había detenido al prior de Crato.

La cosa no terminó bien para los conjurados. A doña Ana le dijo su tío el rey: si no querías caldo, toma dos tazas; porque los jueces la sentenciaron a permanecer cuatro años en una celda del convento de Nuestra Señora de la Gracia (Ávila) de la que sólo podía salir para oír misa. A Luisa Delgado y María de Nieto, las típicas amigas cómplices, monjas también, les cayeron ocho años de reclusión como la de su colega.

De hecho, Ana de Austria, despojada además de todos sus títulos, ya no saldría de la vida conventual, en la que moriría teniendo 63 años.

Espinosa, por su parte, fue condenado a la horca, sentencia que se ejecutó en la plaza mayor de Madrigal el 1 de agosto de 1595. Genio y figura hasta la sepultura, cuando tenía ya la cuerda alrededor de su cuello, dijo: “Merezco mi suerte, pero si supieran quién soy…”

Fray Miguel dos Santos fue degradado como fraile y provincial el 16 de octubre del mismo año, y ahorcado tres días después. Murió afirmando que era Espinosa quien le había engañado.

Tres años después, en 1598, aparece en Venecia un tipo que se hace llamar El Caballero de la Cruz, y que dice ser el rey Sebastián. El embajador español monta un pollo que te cagas y exige que le entreguen al impostor. Pero lo protegen los portugueses, que quieren creer; tanto, tanto quieren creer que ni el hecho de que el tal señor no se parezca en nada (pero en nada, nada, nada) al rey Sebastián; ni el hecho de que hable italiano, los frena de considerar que es el mesiánico monarca zombi. A los venecianos, que para entonces tienen preso al tipo, les quema en las manos, así que lo sueltan. En Florencia, El Caballero de la Cruz no tendrá tanta suerte. Las autoridades lo apresan y se lo entregan a los españoles, que se lo llevan a su Guantánamo particular de Nápoles. Una vez allí, lo interrogan, hay que suponer que no sin violencias, y acaban arrancándole la verdad: se trata de Marco Tulio Catizone, calabrés, timador profesional. Tras varios dimes y diretes procesales, en 1602 es condenado a galeras, con la idea española de llevarlo a Lisboa, donde quedará demostrado el embuste.

Un año después, sin embargo, un tal Fray Estebam de Sampayo, del partido sebastianista, logra contactar con Catizone, que se encuentra en los sótanos de la nave capitana de una flota napolitana surta en el Puerto de Santa María. Le envía cartas apelándolo de Majestad y el otro contesta diciendo que sí, que soy el rey y tal. Se escapan, pero son apresados ambos y Catizone es, finalmente, ejecutado, junto con algunos de sus cómplices, en Sanlúcar de Barrameda, el 23 de septiembre de 1603.

El sebastianismo ni siquiera murió entonces. Por increíble que parezca, en el siglo XIX se encuentran trazas en Portugal de la creencia en o príncipe encuberto; mito que cruzó el mar hasta Brasil, pues se detecta, a mediados de dicho siglo, en la zona de Pernambuco.




Dicho lo cual, quitémonos las caretas: póstrate, oh lector portugués de este post, ante tu Monarca. No hace falta que hagas huelga general el 26, que ya me encargo Yo. I'm Sebastian, and I'm back.

miércoles, marzo 21, 2012

Vita Mariae

Si la existencia histórica de Jesucristo es cosa dudosa, obviamente lo es también la de su madre. Especialmente si nos referimos al paquete cristiano completo, esto es asumir, no sólo que Jesucristo nació de hombre de una madre, sino que lo hizo en las condiciones que nos dice la tradición evangélica. La inmaculada concepción, mito tardío del cristianismo (no será hasta bien entrada la Edad Media que se celebre en España, por ejemplo), es uno de esos típicos hechos binarios, tan fácil de ser creído por unos como imposible por los otros.

La Virgen María ha cumplido una función fundamental dentro de la liturgia católica en los últimos mil años. El culto mariano conecta con otras muchas tradiciones del hombre precristiano y, con el desarrollo de la cristiandad, tanto en occidente como en oriente, tomó una fuerza inusitada debida a su gran capacidad de captar adeptos entre los fieles, enormemente sensibles al culto a las divinidades nutricias y vinculadas a la concepción, que han sido adoradas por el hombre desde hace miles de años.

En zonas del Tibet, de Japón e incluso de la India hay una deidad conocida como Fo, que es un salvador de los hombres que se encarna en el seno de una joven a punto de celebrar los esponsales con un rey. En China se adoraba en los años antiguos a una diosa, Shing Mou, que se quedaba embarazada con sólo tocar las flores de los ríos (por no mencionar a la madre de Confucio, que se quedó preñada de él tras contemplar una estrella en el cielo; o Lao-Tsé, a quien la tradición quiere hijo de una virgen hermosa de piel morena). El dios-rey de Siam Sommonokhodom nació de una virgen, inseminada por los rayos del sol. Virgen y madre es Isis, la diosa egipcia; como hijo de virgen es Krishna, a cuyo nacimiento acuden a adorarle ángeles y pastores. Dogdo, deidad babilónica, ve en sueños a Aura-Mazda, quien coloca a sus pies ricos vestidos, antes de que un rayo de sol le ilumine la cara y ella quede preñada de Zoroastro.

El culto de María se hunde, pues, en las profundidades del diario de la Humanidad, y es además coherente con la religiosidad humana ante la que actuó el cristianismo (y a la que se adaptó), basada en la creencia en grandes dioses, que luego, sin embargo, dejaban espacio para el culto local a otras deidades menores, que eran, realmente, aquéllas a cuya adoración se entregaban los hombres y las mujeres de tal o cual localización. Es por ello que el culto de la Madre de Dios se despliegue con tanta facilidad en centenares, si no miles, de Marías con apellido, las más de las veces concitadoras de una fe mucho más intensa de la que merece Dios mismo.

Dicho lo dicho, tal vez sería lógico callar, teniendo en cuenta que quien esto escribe cree, más bien, que la figura mariana es una transmigración de cultos ya existentes; una más de las piezas de esa estrategia exitosa llevada a cabo por los primeros padres de la Iglesia, constructores de una fe que se parecía tanto a la que ya existía, que abrazarla evitaba todo conflicto. Sin embargo, cabe la posibilidad, y yo de hecho tengo muchos amigos cuya inteligencia respeto y la creen; cabe la posibilidad, digo, de que el relato, o bien sea plenamente cierto, o lo sea parcialmente. Y haya, en tal sentido, existido una María, una Marian, o Miriam, que fuese madre de un profeta, o de un hombre con voluntad divina (digámoslo en viejos términos nestorianos), o del Hijo de Dios. Quién sabe.

Pero, si María existió, ¿cómo existió? Por empezar por el principio, que lógicamente es el nacimiento, lo que nos dice la tradición es algo muy normal, casi chabacano. Lo que sabemos de María es que es hija tardía de un matrimonio que había, cuando su madre, Ana, se embarazó de ella, perdido prácticamente toda esperanza de tener descendencia. Como digo, es lo que nos dice la tradición y no tiene nada de extraño, aunque sí lo es el siguiente paso: confiarla a la custodia del templo de Jerusalén.

Verdaderamente, es un paso que no tiene mucho sentido. Dos padres que han estado esperando años por el nacimiento de su hija, ¿de repente renuncian a ella y la entregan al templo para una enseñanza de claro corte religioso? Pudo influir en esta decisión, evidentemente, la religiosidad de ambos padres (que son santos para la Iglesia; aunque esto no es sino una condición casi obligada para prolongar la pureza de la Madre de Dios incluso más allá de su propia concepción), aunque también otras cosas más, digamos, prosaicas. La tradición nos dice que los padres de María, pequeños propietarios de unas tierras, las cultivaban lejos de Jerusalén, pero sólo durante relativamente poco tiempo, porque cuando María es apenas una niña (su padre morirá cuando ella tenga algo más de diez años y lo que ahora relatamos, por fuerza, tuvo que pasar antes), los vemos a ambos jubilados de su labor campestre y tomando una pequeña casa en la propia capital hebrea. De donde cabe colegir que el matrimonio tuvo a su hija en un momento en el que el padre estaba ya empezando a no ser capaz de llevar las labores agrícolas diarias, como de hecho dejó de hacer pocos años después; así pues, el nacimiento de una niña tan tardía, quizá, no fuese lo que esperaban. Un hijo habría sido de mayor ayuda, y tal vez por eso, porque una niña no venía a colaborar con las labores del campo ni a garantizar el futuro de la hacienda, fue por lo que su destino fue la escuela del templo.

Siendo éste el destino de la hija de Joaquín y Ana, era lógica que fuese presentada y ofrecida en el templo. Si la ceremonia no se apartó del ritual que entonces se realizaba (y no tenía por qué apartarse; o más, habría tenido que tener una muy buena razón para hacerlo), tuvo que celebrarse en presencia de toda la parentela de los padres (como en una boda de hoy en día). Todo este cortejo atravesaría el patio exterior del templo, a partir del cual los extranjeros ya no podían seguir, hasta el llamado chel; un espacio de unos diez codos que separaba el patio de los gentiles del de las mujeres. Aquéllos del cortejo que fuesen fariseos extenderían entonces sus tephilim, pedazos de pergamino que reproducían cuatro sentencias de las Escrituras, y cubrirían sus cabezas con su taled de lino blanco, adornado de púrpura y color de Jacinto, un tejido cuadrado no muy grande que los judíos llevaban para orar y con el que, en aquel entonces, se cubrían la frente o se anudaban el cuello, cual sanfermineros.

Siendo María una niña, la celebración tuvo que celebrarse en el llamado patio de las mujeres, el segundo atrio de la construcción, pues era el último punto que las féminas podían sobrepasar. La espiritualidad hebrea terminaba para las mujeres en la denominada Puerta de Nicanor.

En las últimas gradas, esperarían al padre los doctores y levitas que habrían de recibir a la niña, tocados con mitras redondeadas de lino, con túnicas también blancas y también de lino ceñidas con un cinturón dorado: el traje sacerdotal que sólo se usaba en el interior del templo. Uno de ellos se adelantaría y, tras echar por encima de su hombro izquierdo los cordones púrpura y azul pastel (Jacinto) colgantes de su cinturón, tomaría el cordero traído por el padre y, volviendo la cabeza de éste hacia el norte, le hundiría el cuchillo en la garganta.

Carnicero experto, el sacrificador extrae con habilidad las vísceras, la cola del animal y todas las partes grasas, y las coloca en un gran plato de oro, no sin que otros sacerdotes las hayan lavado concienzudamente antes; las ceremonias de este tipo demandaban la presencia de hasta 18 sacerdotes con diversos cometidos. El sacrificador, una vez lleno el plato de oro, despliega sobre los trozos incienso y sal, sube al altar del holocausto y, una vez allí, hace libaciones de vino y de sangre. Luego encendía la pira arrojando aceite sobre carbón caliente (nunca, pues, usando mechas, como hacen hoy multitud de humanos en sus barbacoas dominicales), echaba al fuego, usando una copa de oro, un poco de harina mezclada con aceite, además de leños venidos expresamente de los bosques del país de Sichem (en la actual Nablús), previamente desprovistos hasta de la última mácula de corteza por otros sacerdotes; y, finalmente, colocaba sobre las brasas los tajos corderiles.

El pecho del cordero y su espaldar derecho era el pago que se quedaban los sacerdotes sacrificadores por su curro. El resto era entregado al padre, que lo repartía entre sus parientes. Finalmente, el padre acudiría frente a los sacerdotes con la niña, y pronunciará palabras parecidas a éstas: “vengo a ofreceros el presente que Dios me ha hecho”.

En el templo, María se unió al grupo de vírgenes allí situadas. Como ya hemos comentado en otros artículos de este blog, la impureza intrínseca de la mujer, fruto más que probable de un hecho físico (la menstruación) y otro moral (la turbación que es capaz de generar en el hombre, hasta el punto de, como Eva, turbar su raciocinio), es una constante de la espiritualidad organizada humana. Ni los cristianos, ni siquiera sus predecesores los hebreos, la inventaron; mucho menos los musulmanes, que son posteriores a todos ellos y, en buena medida, producto de ellos también. La vieja religión hebrea, en todo caso, era extraordinariamente pejiguera con el asunto de la pureza, como lo son aun hoy buena parte de los judíos, especialmente los más ortodoxos.

Sin embargo, es un error considerar que la virginidad ocupase un punto especialmente importante entre los hebreos. Ciertamente, la religión hebrea conectaba la virginidad con un estado de mayor pureza por parte de la mujer (la mujer virgen sigue menstruando; pero al menos no va por ahí tratando de atraer al hombre), pero, más allá de la pubertad, consideraba el dicho estado básicamente contrario a la ley mosaica; lo cual es lógico si tenemos en cuenta que buena parte de la ley mosaica data de una época en la que si el pueblo hebreo pudo hacer su destino en Egipto, fue en primer lugar por su notable capacidad de reproducción. Para la religión hebrea, por lo tanto, la procreación era, más que una obligación, una consecuencia lógica de la pubertad; y la esterilidad aparecía como un grande castigo divino.

Los hebreos, que conquistaban otros pueblos a sangre y fuego como cualquiera en su época, respetaban sin embargo a las vírgenes. E incluso algunas de sus normas, que prohibían a ciertas personas asistir a funerales incluso de personas a las que querían mucho, permitían dicha asistencia si la fallecida lo había hecho virgen. Las mujeres jóvenes que se juntan con Marian, la hermana de Moisés, para celebrar con cantos y bailes el paso del Mar Rojo, son vírgenes; lo cual nos viene a decir que, ya en aquellos tiempos, la organización de cofradías de jóvenes con precinto era ya común entre los hebreos; es, pues, incluso anterior al desarrollo de la complicada liturgia que tuvo como centro el templo de Jerusalén. El Éxodo, además, nos pinta a un grupo de mujeres cuya función es velar y orar a la puerta del tabernáculo donde se guarda el Arca de la Alianza; escena que ha hecho pensar a muchos intérpretes bíblicos que se trata de vírgenes especialmente encomendadas al servicio religioso. Si hemos de creer a exégetas antiguos como Gregorio Niceno, las vírgenes tenían un lugar especial, destacado, dentro del peristilo en el cual las mujeres seguían las celebraciones de la sinagoga.

El voto de entrega de la virgen al templo, además, era redimible. Los padres de una hija entregada al templo la podían recuperar tras el pago de una suma (que la ley mosaica establecía en 50 siclos). Los propios hijos entregados al templo podían enervar el pago si sus padres no querían hacerlo. Como puede verse, al revés de lo que ocurrirá siglos después, con el desarrollo del catolicismo, el sacerdocio hebreo es muy puntilloso a la hora de prevenir la adhesión al mismo, por la fuerza o el interés, de elementos en realidad no muy interesados en él.

Esta relativa liberalidad, sin embargo, se fue perdiendo con los siglos, tras el regreso del pueblo judío a su tierra prometida, probablemente por influencia de otras religiones mucho más machistas que estaban en contacto con ellos (como los persas). Así, cuando Heliodoro el Sirio entró en Jerusalén a llevarse todos los euros del templo (tal y como nos cuenta Macabeos, II, capítulo 3), las tradiciones hebreas nos describen, como cosa extraña, a las vírgenes del templo corriendo acojonadas a demandar la protección del rabino Onías; signo de que, probablemente, para entonces tenían ya una existencia más claustral que en el pasado (motivo por el cual fue extraordinario verlas por la calle).

De la estancia de María en aquella escuela templaria han dicho los propagandistas cristianos muchas bobadas. En verdad, las hagiografías de María y de su hijo son muy aficionadas a describir prodigios mil realizados por ellos durante su infancia. En algunos de los evangelios apócrifos, por ejemplo, Jesús es como una especie de Harry Potter con mala leche, que convierte en animales a niños que se meten con él, para luego restituir el mal a demandas de su padre. Con las mismas, devotos cristianos como Andrés Cretense o Jorge de Nicomedia sostuvieron en su día que la santidad de María en su infancia era tal que los rabinos la dejaban entrar como Pedro por su casa por el sancta sanctorum del templo. O sea: un lugar que sólo era hollado por una persona, el Gran Rabino, una sola vez al año, después de complejísimos ayunos y preparativos; y en el que sólo permanecía unos minutos, mientras los judíos sollozaban en el patio exterior, temerosos de que muriese al contemplar el rostro de Dios (algo que, según la tradición hebrea, nadie puede hacer sin espicharla). En fin, la afirmación de que María dispusiese de una tarjeta Travel Club para entrar allí cuando quisiera no merece el más mínimo comentario por parte de cualquiera que se limite a saber que Jerusalén no es la capital de Nueva Zelanda.

En el templo, María aprendió sobre todo labores domésticas. No se olvide que para los hebreos, la virgen no lo era para toda la vida; se la preparaba para su vida futura como madre y esposa. Llevaba, nos dice la tradición, un vestido color jacinto con una túnica blanca, cinturón modesto con los inevitables cordones, más un velo. La cosa, en todo caso, podía tener sus variantes. Las monjas anunciatas de Génova vestían, en el siglo XVII, un traje blanco por debajo y azul celeste por encima, con zapatos de cuero azul; y su regla decía expresamente que el hábito quería recordar el vestido de la Virgen. Por su parte, viajeros europeos decimonónicos del Medio Oriente, como Lamartine, dejaron escrito que las mujeres de Nazareth se vestían con túnicas azul celeste con un cinturón blanco cuyos cordones llegaban al suelo, todo ello cubierto con una túnica blanca. Sea como sea, parece que el color preferido de María, o tal vez de quienes regían su vestuario, era el azul.

Obviamente, su día a día comenzaría con las abluciones, para después encaminarse a la tribuna, donde repetiría las dieciocho oraciones de Esdras.

La parte más solemne de las oraciones judías era (ignoro si todavía lo es, aunque supongo que sí) la denominada Shemoné-Eshre (o así), que creo que quiere decir 18 súplicas, pretendidamente establecidas por Esdras. Poco antes de la destrucción del templo serían 19, tras la introducción de una súplica contra los cristianos por parte del rabino Gamaliel. En tiempos de María, todos los judíos en edad de razonar estaban obligados a ofrecer estas dieciocho súplicas a Dios en la mañana, al mediodía y por la noche.

A las dieciocho súplicas seguiría el Kaddish, una oración que pedía la llegada del Mesías y probablemente desarrollada también en los tiempos de Esdras (de hecho, se rezaba en caldeo, signo de su origen babilónico, donde Esdras fue rabino), para terminar con el salmo que aquellos judíos atribuían a los profetas Ageo y Zacarías, y que es, o a mí me lo parece, un claro precedente de ese famoso El señor es mi Pastor, nada me falta que se lee hoy en las iglesias. Más allá, se leía la Schema (conjunto de citas de Deuteronomio y Números que conforman una profesión de fe), y el sacerdote bendecía. Y hasta la tarde, que la cosa volvería a empezar.

¿Cómo sería María? Si hemos de creer al santo Epifanio, citado por Nicéforas, quien se habría documentado con tradiciones existentes en el siglo IV, era de una talla algo mayor que mediana, esto es ligeramente más alta que la media de su tiempo, morena de tez y rubia de pelo, pupilas color aceituna y nariz aguileña. No podía ser muy rellenita de ser cierto lo contado por Ambrosio, según el cual ayunaba muy a menudo; y conviene que tengamos en cuenta que el ayuno de los viejos hebreos no tiene nada que ver con el de los cristianos (y sí mucho con los musulmanes), pues era sentencia habitualmente seguida por el pueblo judío que un ayuno sobre el que no se pusiese el sol no podía considerarse tal.

Como ya hemos contado, la tradición nos dice que los padres de María se trasladaron a Jerusalén más o menos cuando ella tenía siete u ocho años de residencia en el templo, que supongo serían unos diez a doce. Al cumplir los nueve de enseñanza, esto es más o menos con trece, falleció su padre. Al instante, siguiendo las costumbres de los judíos, las mujeres comenzaron a llorar en grandes aspavientos mientras se mesaban los cabellos, y los hombres se cubrieron la cabeza con ceniza y se rasgaron las vestiduras (costumbre de donde viene la expresión tan común entre nosotros que dice: “esto no es como para rasgarse las vestiduras”), además de abrir de par en par las ventanas de la casa. ¿Por qué? Pues porque la presencia de un cadáver convierte a los seres humanos vivos en impuros y para los hebreos, cuya religión estaba obsesionada con la pureza, abrir las ventanas era la única manera de impedir que las almas de los vivos en vigilia se emponzoñasen.

Al día siguiente se verificaría el entierro, con una comitiva de plañideras y flautistas y los parientes llevando el cadáver a hombros hasta alguna pequeña cueva, donde lo dejarían antes de sellarla con una buena piedra; no sin antes colocar sobre la frente del muerto un pequeño saco de tierra y clavar el ataúd. Las exequias terminarían después de que los asistentes arrancasen por tres veces un puñado de yerba del campo y, tras arrojarlo hacia su espalda, salmodiasen: “florecerán como la yerba de los campos”. Luego, por supuesto, María guardaría luto por su padre, vistiendo, según era la costumbre, un camelote (tela de pelo de cabra) basto y estrecho, que recibía el nombre de cilicio, cabeza y pies destocados, escondiendo el rostro en un pliegue del vestido, sentada, junto a su madre, durante siete días de ayuno y silencio rigurosos. Pasados esos siete días, y durante once meses, María habría de ayunar todos los días de la semana coincidentes con aquél en el que murió su padre.

El viejo luto tradicional judío era realmente muy duro, especialmente para personas de edad avanzada. Como Ana, la madre de María, seguramente anciana ya en aquel momento y que, fuese por los rigores del luto, por la tristeza, la vejez o todo ello, falleció, nos dice la tradición, casi inmediatamente después de su marido.

La orfandad de María habría de generar el problema de su tutoría, que fue automáticamente asumida por los sacerdotes del templo; y, consecuentemente, su casamiento. Con trece o catorce años, la estudiante del templo estaba ya en edad de casarse, y los sacerdotes lo sabían. Y aquí es donde las Escrituras, forzadas por el dogma de la inmaculada concepción, hacen un arabesco complejo, por el cual dichos sacerdotes aceptan la decisión de María de permanecer virgen toda la vida, incluso mediando un matrimonio; e, incluso, acaban encontrando un hombre, José, que se aviene a dicho pacto.

Ambas cosas, sobre todo la primera, son bastante difíciles de creer. Ya hemos dicho que la sociedad judía valoraba la virginidad femenina como un paso de pureza religiosa hasta la edad de casarse, pero ni un minuto más. La moral hebrea presuponía que el destino de toda mujer núbil era casarse y tener hijos; no apreciaba virtud en la conservación del himen intacto, y es por ello que el culto de la Virgen es, en la Historia del cristianismo, cosa de gentiles; pues a los judíos convertidos, llegados al cristianismo desde el mesianismo mosaico, les era un culto extraño. La moral judía se regía por la sentencia sin ambages que cita Orígenes en sus escritos: “el que no deje descendencia, en Israel será maldito”. Tampoco parece lógico esperar que los ancianos rabinos fuesen a apreciar el albedrío de una niña huérfana de trece o catorce años como algo que se tuviese que respetar; eran tiempos, y siguieron siéndolo después, en los que a la mujer, por el hecho de serlo, se le suponía la minoridad mental.

Autores de los tiempos de la patrística como Gregorio Niceno, que además se dice inspirado por fuentes aun más antiguas, refieren sin ambages las fuertes resistencias de María a la idea rabínica de su matrimonio. No es de extrañar que, como insinúa el Niceno, los rabinos se sintiesen incluso encabronados ante la propuesta de la niña. Hacer voto de castidad de por vida equivalía a extinguir el nombre del padre; y eso, en un pueblo como el hebreo, muchos de cuyos miembros aun hoy, dos mil años después, guardan con orgullo el dato de su pertenencia a alguna de las tribus de Israel, sería a sus ojos de una impiedad estratosférica.

Existía, además, otro impedimento fatal para la pretensión de la adolescente: las profecías mesiánicas. En efecto, en los tiempos contemporáneos de Cristo y de su madre, los judíos vivían en grande agitación en la espera de la llegada del Mesías, y la profecía decía que llegaría del linaje del rey David. María, si hemos de creer en la tradición, pertenecía al tronco de Jesé y, por lo tanto, era descendiente de David. A los ojos de los judíos, no se podía permitir el lujo de no procrear, no fuese que, por hacerlo, dejase de parir al Mesías.

Finalmente, y por mucho que porfió la niña, se convocó una asamblea de parientes (hombres), todos ellos del linaje de David y de la tribu de Judá. La ley judía prescribía que el matrimonio debía de producirse con personas de tal tronco, para que así la heredad que aportaba María permaneciese en poder de la tribu. Esto es: los viejos judíos eran libres de casarse con quien quisieran, siempre y cuando esa boda conservase el patrimonio en el seno del mismo tronco tribal. La tradición nos dice que, por encima de jóvenes aguerridos y fuertes, y miembros de la tribu forrados de pasta, María eligió a un humilde carpintero, José, quien, además, se avendría a realizar el voto de castidad que ella pedía.

Éste es el relato, digamos, oficial. Pero ya he dicho que dicho relato está diseñado claramente para cuadrar con los objetivos finales de sí mismo. Visto lo visto, es decir que María tendría que casarse sí o sí, a pesar del rechazo, si no repugnancia, que le provocaba el tránsito carnal con el hombre, tengo yo por posible que urdiese un sencillo Plan B: casarse con un viejo.

La edad del carpintero de Nazareth es cosa que no está demasiado clara. Algunos autores, como Epifanio, le atribuyen la increíble edad de 80 años el día de su matrimonio. Pero es ésta una suposición que se da de leches con la ley judía, que reputaba escandalosos y prohibidos los matrimonios con fuertes diferencias de edad. José tenía que ser mayor, pero no tan mayor; las apuestas de los primeros exégetas se inclinaban, sobre todo, por una edad en torno a los 50 años, que ya es talludita para el tiempo.

José era soltero, o viudo. Sinceramente, yo me inclino por lo segundo. Si una mujer que quisiese permanecer virgen aparecía como una impiedad a los ojos de los hebreos, por las mismas razones se lo parecería un hombre canoso nunca casado; menos aún voluntariamente virgen, como afirman muchos padres de la Iglesia (Pedro Damiano, sin ir más lejos). De hecho, Epifanio, de nuevo, asevera que era viudo, y que de su anterior matrimonio habría tenido cuatro varones y dos mujeres (lo que convertiría la carpintería de Nazareth en algo así como la tribu de los Brady). Hipólito de Tebas informa incluso de que su primera mujer se llamó Salomé. Orígenes, Eusebio o Ambrosio son ejemplos de otros exégetas que creyeron en la viudedad de este hombre que, por su condición de padre putativo (dos pes) hizo nacer el coloquial Pepe para referirse a los Josés. El santo Jerónimo, sin embargo, escribe, categórico: aliam uxorem eum habuisse non scribitur. Nunca se ha escrito que (José) tuviese otra mujer. Pero el obispo de Hipona, tan seguro para según qué cosas, deja la polémica en un sí es no es.

Mi idea personal es que lo más probable es que, si toda esta historia ocurrió, lo que pasó fue que la joven María maniobró para casarse con un hombre mayor, juzgando que ello le permitiría guardar los votos con los que se habría prometido, si no en un 100%, sí cerca de la totalidad. Sólo así se entiende que rechazara a pretendientes más jóvenes y prósperos, alguno de los cuales, incluso, pretende la tradición se volvieron medio tolilis con la negativa (así, el joven Agabus, quien, despechado por la joven, montaría en cólera y se retiraría a las afueras de Jerusalén, a vivir en cuevas con los discípulos del gran Elías y, con el tiempo, se haría ferviente cristiano).

Casarse con un carpintero era bajar en la escala social. Pero no tanto como hoy se pretende, ni como pretendieron los traductores de la Vulgata. El trabajo manual estaba lejos de ser un escalón bajero de la sociedad hebrea, la cual tenía en tal alta estima a los artesanos que incluso aconsejaba a los padres enseñar un arte manual a sus hijos, “a menos que queráis criar un ladrón que vague por las calles”.

La ceremonia del matrimonio recuerda lejanamente a las que hoy celebramos. José ofrecería una pequeña pieza de plata o, si tenía ahorros suficientes, un anillo de oro, mientras le decía a la novia “si consientes en ser mi esposa, acepta esta prenda”. El mero gesto de la mujer de tomar el ofrecimiento sellaba el matrimonio. Luego, los escribas redactaron el breve contrato al uso, por el cual el esposo se comprometía honrar y alimentar a su mujer; es posible que, tratándose de un carpintero más bien humilde, se limitase a consignar la dote mínima de la ley mosaica (50 escudos).

El texto del contrato sería algo como esto: En el año bla, el día bla del mes de bla, Fulano, hijo de Zutano, le ha dicho a Fulana, hija de Zutaneiro: sé mi esposa según la ley de Moisés y de Israel. Yo prometo honrarte y proveer a tu mantenimiento y a tus vestidos según la costumbre de los maridos hebreos que honran a sus mujeres y las mantienen como conviene. Yo doy, desde luego, blablábla escudos, y te prometo, además de los alimentos, los vestidos y todo lo que te será necesario, la amistad conyugal, cosa común a todos los pueblos del mundo. Fulana ha consentido en ser la esposa de Fulano, quien de su voluntad, para formar una viudedad conforme a sus propios bienes, añade a la suma anteriormente citada la de blablablá.

Tras el matrimonio propiamente dicho, se abrió un proceso de unos meses hasta la celebración de los esponsales o, si así lo preferimos, el himeneo y la convivencia; aunque, si hemos de creer a la tradición, entre José y María se pactó que sólo lo segundo se llevaría a cabo. Esta segunda celebración hubo de producirse, según la costumbre judía, en luna nueva. Una procesión de mujeres y esclavos, ricamente vestida y fácil de reconocer por la costumbre de teñir de rojo la punta de sus dedos va a la casa donde espera María, la esposa. En memoria de los viejos tiempos de la raza judía, ella lleva pendientes y brazaletes de oro, como también los llevó Rebeca. Todas las novias judías, en el momento de aquellos esponsales, aparecían rizadas en el peinado; una imposición rabínica, naciente del hecho de que, según la tradición hebrea, Dios había ordenado en bucles el pelo de Eva antes de entregársela a Adán. Tratándose de una boda sencilla y humilde, la novia llevaría una corona de mirto. Las hebreas pudientes consumaban su matrimonio tocadas con una corona almenada de oro, similar a la que puede ver cualquier madrileño que se acerque por la plaza de Cibeles. El emperador Tito, de paso se metía los bulldozer en el templo de Jesusalén, la prohibió por ostentosa.

La novia sale de la que hasta entonces ha sido su casa bajo un palio que portan cuatro hombres; los judíos ya se casaban así durante su cautiverio en Egipto. El esposo la espera con una corona que, al parecer, se hacía de sal y azufre. Al llegar a la casa, esposo y esposa se sientan en el suelo bajo el palio, y José le pone el anillo en el dedo a ella y, acto seguido, en símbolo de posesión, se quita la tela que le cubre la cabeza y cubre la envelada cabeza de quien ya es su mujer. Entonces, un amigo de la familia escancia una copa de vino, bebe y da a beber a los dos novios. Se arroja al aire puñados de trigo (no arroz), símbolo de abundancia y, como en las ceremonias judías de hoy en día, un niño rompe la copa del vino. Al final de esta ceremonia se seguían, en los tiempos antiguos, siete días de fiesta. Por eso, no hemos de extrañarse que, años después, al anfitrión del hijo de aquel matrimonio se le acabase el vino.

Luego llegó la Anunciación; esto es, el punto en el que, decididamente, el relato de la vida de María de Nazareth se convierte en un relato simbólico, cada vez menos enraizado en las tradiciones verdaderas de su siglo y de su pueblo, de la mano de los reformadores cristianos que decidieron construir una creencia para los gentiles. Pero hasta este punto, lo que nos dice la Biblia es perfectamente creíble, entre otras cosas porque no nos describe nada que se aparte demasiado de, literalmente, lo que había.

O pudo haber.


Pour en savoir plus: La principal razón de que no cite bibliografía es que mi bibliofilia hace que, habitualmente, no pocas de mis fuentes de información sean difíciles de encontrar. Los primeros padres de la Iglesia y exégetas están citados en el texto, y en las bibliotecas cristianas suelen encontrarse reediciones y traducciones de sus textos. Asimismo, yo recomendaría las obras de Juan de Módena sobre las costumbres de los judíos, si es que el lector logra encontrarlas. Extraordinariamente recomendable es la denominada Biblioteque Oriental de Barthélemy d'Herbelot, que dudo esté editada en español aunque, al parecer, se pueden encontrar tomos en francés (yo lo encontré, de hecho; y a buen precio). Obligado es citar a Flavio Josefo, profusamente editado en libros modernos

lunes, marzo 19, 2012

El verdadero mosqueperro


Corría en siglo XV en Francia. Un tal Paulon de Montesquiou se casó con una mujer llamada Jaquemette d’Artagnan, por ser de esa comarca situada en Bigorre. Jacquecita, a su muerte, legó sus tierras a su marido, quien se convirtió, por ello, en señor de Montesquiou-d’Artagnan.

La familia siguió su curso hasta 1623, fecha aproximada, en la que debió nacer, en Béarn, más concretamente en un pueblo llamado Lupiac, Charles de Batz-Castelmore. Tuvo tres hermanos y tres hermanas y, con 17 años, decidió marcharse a París, con lo que se convirtió en lo que en aquella época se conocía como les cadets de Gascogne, o los chicos gascones. Casi todos estos cadets eran hijos de buena familia que, sin embargo, por las circunstancias de los muchos hijos que entonces tenían éstas, solían ser pobres y, por eso, iban a la capital a buscar fortuna. Según el historiador francés Charles Pasteur, en aquella época nuestro Charles era como “un gallo que desplegase sus primeros espolones”.

En aquel entonces, el cuerpo de los mosqueteros del reino estaba al mando de un gascón que tenía gran aprecio por estos jóvenes sin presente: el famoso señor de Tréville. Lo llama a integrarse en el cuerpo, y pronto comienza para Charles d’Artagnan esa vida que Alexandre Dumas describirá tan bien: juegos, pendencias, asuntos de faldas. Gentilhombre del cardenal Mazarino, tendrá la oportunidad de implicarse en los grandes asuntos políticos del momento, como los conflictos de la Fronda.

Según escribió a mediados del siglo pasado un descendiente directo de D’Artagnan, el diputado de la república Pierre de Montesquiou, duque de Montesquiou-Fezensac, el expurgado de los archivos familiares denota que no fue tan rocambolesca la vida real del mosquetero. En realidad, su vida fue muy intensa, pero desde el punto de vista político. Era el hombre de enlace de Mazarino para sus relaciones con muchos políticos de la época. También trabajó de emisario de confianza para la reina madre, y no le era desconocido al joven rey.

El 5 de marzo de 1659, Charles d’Artagnan se casó con una joven viuda, la dama Charlotte-Anne de Chanlecy, quien tras la muerte de su marido había heredado un río de pasta relativamente caudaloso. Es muy probable que el joven mosquetero la hubiese enamorado bien; pero alguien tenía que haber por ahí que no se fiaba del gascón, porque el contrato de matrimonio es un meticuloso documento jurídico cuyo constante objetivo es proteger el patrimonio de la esposa de las eventuales prodigalidades del marido.

La cosa era, verdaderamente, como para no fiarse. A base de quemar París noche sí, noche también, el marido se casó, en realidad, con más deudas que patrimonio. Era persona de ingresos modestos, aún a pesar de las gabelas del cardenal y los miembros de la familia real por servicios prestados; y, aun así, tenía una pasión desmedida por los uniformes, que tenía muy lujosos y en gran número; los caballos y las armas, cosas todas que necesitaba criados para poder cuidar. Era asimismo jugador y no tenía rubor, como de hecho hacían muchos hombres en su época, en aceptar dinero de sus amantes.

De hecho, tras tener casi inmediatamente dos hijos, el matrimonio se separa de facto. La mujer abandona París para irse a vivir a sus posesiones campestres, y el marido le tiende un puente de plata. A partir de ese momento, vivirá en la capital en mancebía, cada vez más cercano a su sobrino Pierre, que también ha recalado en París y se ha unido a los mosqueteros, acumulando el favor del joven Luis XIV, quien encuentra divertido a este oficial tan expansivo y libertino. Incluso, cuando el rey destituya y meta en la cárcel a su superintendente de Finanzas, Fouquet, será a d’Artagnan a quien encargue la vigilancia del preso durante los primeros cuatro de los quince años de su cautiverio.

Al iniciarse la guerra en Flandes, d’Artagnan parte a la misma como brigadier de infantería, y tras el sitio de Lille es nombrado mariscal de campo. Finalizada la guerra, es nombrado gobernador de Lille. En el oficio de nombramiento, el rey escribe: “Nos hemos puesto nuestros ojos en usted, sabiendo que no podríamos posarlos sobre algo más digno”.

Pero el conflicto, latente, vuelve a intensificarse y, algún tiempo después, se produce el sitio de Maastricht, en el que participan tropas aliadas francesas e inglesas. En las segundas se encuentra el duque de Malborough, antecesor de un personaje muy importante para la Historia de su país que se llamó Winston Churchill. Según los recuerdos del inglés recogidos en las memorias de Churchill, el duque de Monmouth tenía que dirigir un ataque por un pasaje estrecho. Charles d’Artagnan solicitó el honor de pasar el primero, porque dijo, “un oficial francés no puede sino preceder a los oficiales ingleses, que son invitados del rey de Francia”. Tal expresión de chovinismo (que, como se ve, existía antes de que el famoso Chauvin siquiera tomase su primera leche) le costó muy cara. Fue alcanzado por una bala en la garganta. Con riesgo de sus vidas, los mosqueteros lo rescataron de la línea de fuego.

Como escribiría hace décadas el duque de Montesquiou-Fezensac, la escena inventada por Dumas en la que el exangüe d’Artagnan recibe el bastón de mariscal de Francia para morir con él en las manos, es eso: inventada. En realidad fue su sobrino, al que todos conocieron como le petit d’Artagnan, el que llegaría a ser mariscal de Francia; y por méritos propios, además.

Una prueba del enorme respeto que tenía el rey por el auténtico d’Artagnan nos la da el dato de que, aprovechando el hecho de que a su muerte sus hijos no estaban aun bautizados, el monarca quiso ser su padrino. Los hijos de D’Artagnan fueron, por lo tanto, patrocinados por el rey y la reina en persona, en una ceremonia, para más inri, oficiada por Bossuet. Yo no creo que haya ningún civil en la Historia de España que haya sido objeto de homenaje de parecido jaez (excepción hecha de Urdangarín, claro).

La señora D’Artagnan, por su parte, renunció a la herencia que le correspondía. Chica lista, porque la herencia dejaba una cola de acreedores que daba varias vueltas al Louvre.

Charles d’Artagnan fue una personalidad tan fuerte e importante que, de hecho, eclipsa a su sobrino Pierre, una figura histórica en modo alguno desdeñable. Se encontró por primera vez con su tío en San Juan de Luz, durante las celebraciones de los esponsales de Luis XIV. Entonces tenía 14 años. Quedó tan impresionado de la figura de su tío, ricamente vestido con ese uniforme tan impresionante de los mosqueteros, viéndole cómo lo aclamaba la gente cuando pasaba por la calle, que decidió seguir sus pasos. Consiguió ser mosquetero en 1669. Tanto admira a su tío y desea emularlo que se casa, como él, con una viuda. Es 1672 y la afortunada es Jeanne Peaudeloup, de familia burguesa. Estuvieron casados 27 años y, por lo que parece, felices.

Más ambicioso que su tío en realidad, Pierre d’Artagnan abandona los mosqueteros en 1670 para convertirse en lugarteniente de la guardia y participar, en primera línea, en las importantes reformas militares abordadas por Luis XIV.

Enrique IV  y Luis XIII se habían conformado con juntar armadas de entre 10.000 y 15.000 hombres para sus acciones. Luis XIV, sin embargo, ambicionaba un ejército de 300.000 hombres; y lo obtuvo. Pero esa construcción suponía cambiar radicalmente el régimen de la vida militar, a partir de ahora más disciplinada y ordenada, así como las relaciones entre soldados y mandos, por no hablar del crecimiento exponencial de los problemas logísticos. Todo esto hubo de hacerse en relativamente poco tiempo, y le petit D’Artagnan fue un elemento crucial de ello. Como ya hemos dicho, en 1710 estos esfuerzos cristalizan en el nombramiento de D’Artagnan como mariscal de Francia. Falleció en 1729 en su castillo de Plessis-Piquet.

Resulta curioso, pero, cuando lo nombraron mariscal de Francia, Pierre de Montesquiou abandonó completamente el nombre D’Artagnan; de no haber sido por Dumas, hoy no lo conocería nadie. Un abad de Montesquiou fue ministro del Interior de Luis XVIII, cargo en el cual redactó la Carta Otorgada del rey a los franceses (especie de Constitución a la remanguillé de los reyes absolutistas). Asimismo, creó el cuerpo de bomberos de París y de él se rumoreaba que era el verdadero padre de Teophile Gauthier.

Otro Montesquiou, en este caso otra, entró en la Historia por ser observadora. Madame de Montesquiou era gobernanta del rey de Roma, o sea Napoleón II. Cuando el rey de Roma nació, todos los que estaban en la habitación lo dieron por muerto y, ni cortos ni perezosos, dejaron el niño sobre la alfombra para atender a su débil madre. La Montesquiou, sin embargo, se fijó en el niño, y dudó de que hubiese nacido muerto. Así pues, lo cogió en sus brazos, le puso una gota de vino en los labios y, al instante, el niño se puso a llorar (quizá es que le gustaba más el ribera del Duero). Napoleón mismo le regaló por ello un camafeo que, al menos en vida de Pierre de Montesquiou, seguía en poder de la familia.

El libro del duque de Montesquiou-Fezensac, Le vrai D’Artagnan, es de lectura interesantísima. Editado en 1963, se puede llegar a encontrar en librerías de reventa francesas, y en la propia Amazon. También se pueden encontrar las Memoires de Monsieur d’Artagnan, escritas por Gatien Courtilz de Sandras, libro anterior al de Dumas y algo más respetuoso con la verdad.

Y la cosa sigue. Hoy es el día que en el mismo centro del hemiciclo del Senado francés, en primera fila, se sienta el senador Aymeri deMontesquiou, a quien bien podríamos llamar, si él quisiera, D’Artagnan.

viernes, marzo 16, 2012

El triunfo de los ratas


A menudo, los ciudadanos del hoy no nos damos cuenta de que las cosas no fueron siempre como son ahora y que, en consecuencia, algunas cosas que hoy parecen de gran sencillez, en el pasado fueron enormemente complejas.

Una de esas cosas es el reconocimiento de los delincuentes. En un mundo sin fotografía, sin cámaras ni huellas dactilares, los policías solían pasar, nos dicen  las crónicas, horas enteras en las cárceles, observando a los presos ya trincados. Partían de la base de que aquellos delincuentes, con probabilidad, delinquirían de nuevo tras salir del maco y, por eso, era importante memorizar sus rasgos.

Hasta hace un par de horas, históricamente hablando, todo lo que tenían los investigadores de los crímenes para resolverlos era las pruebas; y no siempre en las mejores condiciones. A decir verdad, si de antiguo se ha desarrollado la inteligencia del ser humano para delinquir, también lo ha hecho aquélla que sirve para luchar contra el crimen. Un libro chino del siglo XI nos cuenta la historia de un hombre que tuvo que investigar un asesinato en una zona rural. Al pie de una carretera, hizo reunir a todos los jornaleros de la zona, que acudieron con sus hoces en la mano. Entonces les dijo que colocasen la hoz en el suelo, delante de sus pies, y esperó. A los pocos minutos, las moscas que por ahí pululaban volaban sobre una de las herramientas; aquélla que se había manchado con la sangre del finado, sangre de la que, a pesar de haber lavado la hoja el asesino, quedaban trazas suficientes como para que las moscas las oliesen.

Así pues, la investigación de los crímenes siempre ha tenido sus desarrollos; pero qué duda cabe que poder utilizar las características personales de los sospechosos para trincarlos es una ayuda de primer nivel que, en ausencia de testigos directos, no se ha podido usar hasta hace bien poco tiempo.

La invención de la fotografía mejoró las condiciones de los que persiguen a los malos; aunque no del todo, porque todo el mundo sabe dejarse la barba, o cortársela. En realidad, el primer paso serio hacia la correcta identificación de los delincuentes lo dio un oscuro policía, un funcionario de despacho, llamado Alphonse Bertillon.

Bertillon era, ya lo hemos dicho, un rata. Uno de ésos tipos cuyo trabajo consiste en anotar constantemente datos relacionados con las detenciones que otros hacían en la calle. Poco a poco, el meticuloso Bertillon se fue dando cuenta de que los datos que de las personas se anotaban en las fichas eran tan genéricos, tan inespecíficos, que resultaba imposible usarlos para identificarlos. Al mismo tiempo, se fue fijando en algo que también es bastante evidente para una persona observadora: las personas, en realidad, somos distintas. Todos, o casi todos, tenemos signos físicos distintivos que nos distancian de los demás. Todo lo que hay que hacer es correcta notaría de su presencia.

Ante el escepticismo, si no la burla, general, Bertillon obtuvo de sus superiores permiso para comenzar a medir y anotar las características personales de los detenidos. Así, por su cuenta y riesgo, comenzó a tallar a los delincuentes, a medir su distancia de hombro a hombro, el perímetro de sus cabolos, el perímetro torácico, la longitud de manos y pies... Muy bien dotado para las matemáticas, Bertillon comenzó a estudiar las identificaciones, similitudes y correlaciones existentes entre los centenares de datos que fue acopiando, hasta descubrir que la adecuada combinación de características corporales nos convierte a cada uno de nosotros en una pieza única. Más en concreto, en el informe que elevó a sus superiores decía haber calculado que, si las personas son clasificadas según once medidas diferentes del tipo de las citadas, la probabilidad de que dos personas tengan las mismas es del 0,000238589%.

A finales del siglo XIX, un anarquista aterrorizó París, cometiendo diversos atentados, para lo cual se escudaba en utilizar dos identidades distintas. A ratos era un tal Ravachol, a ratos un tal Königstein (éste era su apellido real; a pesar de ser francés, François Claudius Königstein era hijo de holandés). Pero fue el método Bertillon, mediante la medición en momentos diferentes de ambos "personajes", el que permitió establecer que eran la misma persona y, consecuentemente, resolver el caso. A partir de ese día, la antropometría como método de lucha contra el crimen estuvo razonablemente aceptada en la policía francesa, venciendo con ello la natural resistencia de los policías de calle, que siempre han tendido a ver la labor de oficina como tiempo perdido.

En paralelo a estos trabajos, en 1877 un funcionario británico destinado en la India, de nombre William J. Herschel, enviaba un oficio a sus superiores en el que, por primera vez en la Historia, defendía el uso de las huellas digitales para la identificación de las personas. En su escrito, Herschel confesaba que llevaba veinte años solicitando de todas las personas que entraban en su oficina a solicitar documentos oficiales que imprimiesen la huella entintada de su dedo, y había ido creando centenares de fichas con esas impresiones. Afortunadamente, no se encontró con la Agencia Española de Protección de Datos Personales, porque de lo contrario le había metido un puro que te cagas. En realidad, todo lo que había hecho el inglés era fijarse en que los comerciantes chinos de la zona tenían por costumbre firmar contratos con el pulgar.

A base de estudiar sus fichas, Herschel acabó por darse cuenta de que las líneas de las huellas dactilares nunca son las mismas. Como confesaba en su escrito, comenzó a aplicar sus conocimientos, y rápidamente comenzó a detectar fraudes entre los indios que acudían a su oficina a pedir subsidios, los cuales solían aprovecharse de que los blancos les viesen a todos iguales, y se suplantaban unos a otros. El funcionario inglés, sin embargo, no consiguió interesesar a las autoridades bengalíes.

En esos mismos tiempos, el profesor y arqueólogo aficionado Henry Faulds, que residía en Tokio, encontraba unos vasos antiguos de arcilla y, al clasificarlos, cayó en la cuenta de que tenían impresa la huella de un pulgar; evidentemente, la firma del autor. Esto le llevó a estudiar las huellas dactilares con la misma metodología que Herschel, con la diferencia de que él puso sus conocimientos en práctica. Un vecino suyo, en efecto, fue robado en su casa y, conocedor de la afición del profesor, le enseñó una huella dactilar que había quedado grabada en una pared de la casa. Faulds la guardó y, cuando un sospechoso fue detenido, imprimió su huella y anunció, ante el escepticismo general, que el detenido no era el ladrón. Finalmente, el verdadero ladrón fue encontrado, demostrándose así la pertinencia del método.

Herschel y Faulds son, por lo tanto, los descubridores de la singularidad de la huella dactilar humana, aunque, que yo sepa, aun a día de hoy se discute sobre cuál de los dos exactamente fue el primero. Sin embargo, su descubrimiento permaneció en el terreno de la especulación durante algunos años más. Fue otra persona quien implantaría la metodología: Francis Galton, que era primo hermano de Charles Darwin y, como él, estaba muy interesado por todas las cuestiones relativas a la evolución y las características de los seres vivos.

Cuando conoció los primeros avances de la dactiloscopia, Galton se obsesionó con el tema. Realizó ampliaciones fotográficas de miles de huellas distintas, que estudiaba constantemente. Lo que buscaba era dar un paso que ni Herschel ni Faulds habían intentado: una sistematización de las diferencias entre las huellas, sin la cual, obviamente, el método no es útil para algo como la investigación policial, que necesita razonables dosis de inmediatez. Tras consumir centenares, si no miles, de horas en la contemplación y anotación de sus fotografías, finalmente, concluyó que existían cuatro tipos de diseños de huella dactilar humana. Su obra sobre la materia data de 1892, aunque tiene la desventaja de que el método de trabajo con las huellas que propone es notablemente farragoso, especialmente para un mundo sin ordenadores. Hacía falta el concurso de alguien menos teórico.

Como leo en los comentarios que os va la marcha, aquí podéis ver una obra sobre Galton, aunque centrada en otros conceptos, porque sir John, en realidad, estaba obsesionado con los temas de herencia darwinianos, así como con las implicaciones estadísticas de su estudio.

Pero acabamos de decir que hacía falta una persona con un punto de vista más pragmático. Ese alguien fue Edward Henry, quien en 1896 era inspector de la policía británica en Bengala. En dicho año, durante un viaje a Londres, Henry, que era un convencido de la antropometría y la dactiloscopia, y las usaba en su comisaría, conoció a Galton, quien le explicó su método. El policía se planteó simplificarlo, y fruto de esa labor es la segmentación de las huellas en cinco diseños: arco, bucle interno, bucle externo, verticilo y verticilo con doble bucle; cada uno de ellos representado por una letra. Asimismo, estableció una serie de puntos fijos dentro de la huella, y contó las líneas que cruzaban las rectas trazadas entre ellos. Contaba, por lo tanto, con dos datos (la letra, que definía el diseño; y el número de rayas atravesadas por los segmentos); por lo tanto, con sólo dos elementos podía ponerle nombre a las huellas.

En 1898, el método Henry identificó, por sí solo, a 345 delincuentes; al año siguiente, 570. El gobierno de Su Majestad quedó impresionado, hasta el punto que llamó a Henry a Londres, donde lo nombró Jefe del departamento de Encuestas Judiciales de Scotland Yard. La celebérrima condena, en su tiempo, de los hermanos Stratton (1905) disipó finalmente todas las dudas e implantó la metodología en los servicios policiales británicos.

Esta pequeña y breve historia es, pues, el triunfo de los ratas. El momento en el que la vida policial y la lucha contra el crimen da un paso más allá y se da cuenta de que estar en la calle no es todo lo que se puede hacer contra el crimen. La buena imagen siempre se la llevan las personas activas. Si le preguntamos a cualquier persona si conoce a un arqueólogo (real o de ficción), es probable que los suficientemente friquis citen a Howard Carter; pero, sin duda, el ejemplo es Indiana Jones. Los arqueólogos, sin embargo, saben bien que su vida se compone, fundamentalmente, de largas horas sobre la mesa de un despacho o de un museo, catalogando y estudiando piezas; a menos que sean aficionados a las parafilias sexuales, rara vez utilizarán el látigo.

Con la policía pasa lo mismo. La imagen guay del poli, hoy y hace 150 años, es la del tipo que persigue a los malos en la calle, y los pone en vereda. Pero quienes realmente hicieron avanzar la criminología no fueron ellos. Fueron tipos oscuros, de aspecto y modos funcionariales, ratas de despacho.

Y ni siquiera ponían los brazos en jarras tras calzarse las gafas de sol, como el insoportable Horatio Caine.