viernes, abril 03, 2009
¿Quién es el español más endeudado?
Os pregunto una cosa. En vuestra opinión, ¿quién es el español más endeudado?
Alguno de vosotros pensará: yo. Menos lobos. Pero, si lo pensáis un poco, supongo que muchos acabaréis por contestar que el español más endeudado será un tipo o tipa que sabe Dios cómo se llama, que montó un negocio, le fue de puñetera angustia, ahora no tiene un duro y todos los créditos los debe.
Según la prensa española, sin embargo, el español más endeudado será Emilio Botín o, quizá, Amancio Ortega.
Hace unos días, el ministerio de Economía y Hacienda hizo públicas las cifras de la deuda bancaria viva de los ayuntamientos españoles. Medida de transparencia pública que no merece sino aplausos. Automáticamente, Google os lo demostrará fácilmente, todo el mundo, es decir medios de comunicación, políticos, etc., se lanzó como un lobo sobre los datos, de los que sacó una conclusión básica: el ayuntamiento de Madrid es el ayuntamiento más endeudado de España, con más de 6.000 millones de deuda.
Lo sorprendente es que hasta los propios políticos del PP, y digo del PP porque en esto están a la defensiva porque gobiernan en Madrid, se hayan tragado esto así, sin más. Es cierto que Madrid debe un pastón, concretamente 6.683 millones de euros. Pero no por eso es, a mi modo de ver, el ayuntamiento más endeudado de España.
Yo debo por mi hipoteca ahora mismo unos 68.000 euros. Y supongo que la baronesa Thyssen, si compra cuadros y obras de arte y hace obras en sus casas financiándolas total o parcialmente con créditos, tendrá préstamos por un valor muy superior a esta cifra. Pero hasta un lerdo entiende que esto no quiere decir que ella esté más endeudada que yo. La intensidad de mi deuda dependerá de los recursos con que yo cuento para pagarla. Porque si yo soy, un suponer, mileurista, estoy bien, pero bien, jodido. Y lo mismo la baronesa, debiendo, digamos, 6.800.000 euros (esto es, 100 veces más que yo), desayuna tan tranquila, porque tiene patrimonio para dar y tomar.
Conscientes de esto, los expertos del Ministerio de Economía, en la hoja que aportan, incluyen una columna al lado, que es la de la población del ayuntamiento. Es un indicador un poco cutre; a mí me parecería más lógico que hubiesen incluido la recaudación de impuestos del último ejercicio auditado, que es la cifra realmente fetén. Si yo debo 6.000 millones de euros y recaudo cada año 3.000 millones, entonces mi deuda equivale a dos años de recaudación completos. Pero si yo debo, tan sólo, 1 millón de euros pero soy un ayuntamiento pequeñito que sólo recauda 10.000 euros anuales, entonces debo el equivalente de 100 años de recaudación; y estoy mucho más puteado que el pez gordo que presuntamente debe tanto.
No obstante, nos tenemos que conformar con el dato, indiciario, de la deuda per capita (y digo indiciario porque la tasa per cápita no tiene en cuenta que el nivel de ingresos no es el mismo por ayuntamientos o, si lo preferís, el ingreso medio, ergo la base imponible, en ciudades grandes tiende a ser también más elevado). La cuenta se hace en un Excel en aproximadamente minuto y medio. De la misma se deduce que el ayuntamiento más endeudado de España es el de Ochánduri (La Rioja), cuyos 74 habitantes deben 726.000 euros, lo cual son algo más de 9.800 lúas por cabeza. Ochánduri ocupa el puesto 1.658 en deuda bruta. Así pues, si lo miramos con ojos «periodístico-políticos» va razonablemente de coña (hay algo menos de 5.000 ayuntamientos con alguna deuda, luego el puesto 1.658 tampoco está tan mal); pero si hallamos la cifra media, canta.
Ahora bien, hay que reconocer que entre un titular que diga «Gallardón es el alcalde más endeudado de España» y «Ugarte es el alcalde más endeudado de España», no hay color. Más que nada porque casi nadie sabe quién es el tal Ugarte, alcalde de Ochánduri según internet. Por cierto, también del PP.
Ciertamente, la intensidad de la deuda madrileña no puede negarse. Los madrileños debemos per cápita 2.080 euros; cifra que se compara con los 993 de los valencianos, 603 de los sevillanos, 477 de los barceloneses o 31 euros de los bilbainos. Pero hay 57 ayuntamientos que están más endeudados que Madrid. Y son más bien pequeños, lo cual me lleva a la última reflexión: centrar el problema del endeudamiento municipal en las grandes áreas metropolitanas es un error por parte de los medios de comunicación, y una grave irresponsabilidad por parte de los políticos, a los que cabría suponerles una capacidad de análisis por encima de la media.
Madrid puede alcanzar una deuda relativamente elevada; como casi cualquier capital de provincia, y muy especialmente las más grandes. Y digo esto porque este tipo de grandes ciudades tienen obvios márgenes de maniobra en su actuación. Pueden intentar ser sedes de juegos olímpicos, o de regatas millonarias; pueden montar una esfera armilar para atraer el turismo (¿ya nadie se acuerda de la esfera armilar?); pueden sacarse del sobaco un Fórum de las Culturas o una Exposición Mundial del Agua. Pero nada de eso es posible cuando mandas sobre un puñado de vecinos y tu pueblo encima está en cuesta.
Lo que las cifras ahora publicadas demuestran, a mi modo de ver, es que igual que el problema del desempleo está presente, mayoritariamente, en las casas modestas, el problema de la financiación local está localicado en los ayuntamientos modestos. Es en ellos donde, Excel en mano, los ciudadanos corren peligro de empezar a experimentar un déficit de servicios mayor del que ya por sí tenían por vivir en un municipio pequeño.
Eso es lo serio. Madrid y sus 6.300 millones saldrá adelante, porque siempre lo ha hecho y siempre lo hará. Pero en los otros, por lo que se ve, no piensa nadie.
Si lo he hecho bien, la hoja de cálculo estará aquí.
jueves, abril 02, 2009
Hess (1): el extraño viaje a Escocia
Es un secreto a voces que Tiburcio Samsa y éste que aquí escribe tenemos una interminable discusión en la que ambos somos capaces de ser muy apasionados. Si algún día veis en algún VIPS de Madrid a un tipo resultón y otro que es la viva imagen de George Clooney discutiendo vehementemente sobre si Rudolf Hess era más tonto que Joachim von Ribentropp o al revés, ésos somos nosotros. Hace tiempo que Tiburcio y yo abrimos esta discusión y me temo (bueno, más bien me solazo de ello) que nunca la cerraremos. Yo pienso que en el nazismo no hay un personaje más limitado y simple que Hess. Tiburcio apuesta por don Riben.
Era sólo cuestión de tiempo que echase mi cuarto a espadas hablando de mi candidato. El hombre que más pagó por la locura de Hitler. Ésta es, no su historia, sino lo que yo sé de su historia.
A las generaciones actuales el nombre de Rudolf Hess probablemente no les dice nada. Al fin y al cabo, si alguno de vosotros, lectores, nació el mismo año que Hess moría, entonces ahora tienes más de 20 años. Y, sin embargo, Hess fue una figura que en su día despertó, no diría yo que pasiones, pero sí opiniones muy encontradas y no poco interés. Rudolf Hess era una persona de escasa inteligencia (aunque alguno de los carceleros que lo trataron desmiente con vehemencia esta idea) destinada a no jugar un papel importante ni en su vida ni en la Historia. Y, sin embargo, fue el hombre que el destino escogió para ser un símbolo. El símbolo de los crímenes del nazismo y de la decisión de quienes lo derrotaron de no olvidarlos. Tan lejos llegó la convicción, sobre todo soviética, de no olvidar y no perdonar, que Hess se convirtió en una figura casi inusitada en la Historia pues fue, durante los largos últimos años de su vida, el único inquilino de una cárcel que se construyó para albergar a 600 internos. La cárcel de Spandau, en Berlín.
Rudolf Hess nació en Egipto, concretamente en Alejandría, el 26 de abril de 1894. Las características de su familia lo impulsaban a dedicarse al negocio del comercio exterior. Sin embargo, al joven Hess aquel destino no le llamaba demasiado. Para regatearlo, aprovechó el estallido de la Gran Guerra, en la que se enroló voluntario. Llegó a teniente y fue transferido a las fuerzas aéreas, donde aprendió a volar, una habilidad que habría de serle muy necesaria años después, cuando decidiese protagonizar la Historia.
Terminada la guerra, Hess decidió ingresar en la universidad de Munich para estudiar diversas materias relacionados con la política. Allí tuvo un profesor de geopolítica que sería su gran influencia: Karl Haushofer.
Haushofer era como luego serían muchos nazis. Sabido es que el nazismo, sobre todo en sus inicios, se apoyó mucho, a la hora de fabricar el mito de la raza aria, de elementos mistagogos y más propios de un programa-timo de ésos paranormales, como Thule y tal. Las clases de Haushofer solían estar trufadas de referencias a la astrología y este tipo de fuerzas tan inaprehensibles como rentables, y su influencia en la Historia de Alemania. Hess siempre lo admiró profundamente.
Haushofer decía querer levantar a Alemania sobre sus cenizas en aquellos años tan difíciles. Hess se dio cuenta de que ése era también su objetivo, así que comenzó a juntarse con compañeros estudiantes más o menos con las mismas inquietudes. Comenzó a repartir panfletos antisemitas y a ir a reuniones. En 1920 asistió a una reunión nazi, donde le pasó lo que le pasaría a mucha gente en los años siguientes: quedó literalmente fascinado por la oratoria de Adolf Hitler. Se afilió al partido. Es probable que Hitler llegase a leer, o a tener noticia de, la tesina del joven Hess, trabajo en el que había escrito que el hombre que salvase a Alemania «no debe vacilar por el derramamiento de sangre. Las grandes cuestiones se deciden siempre con sangre y hierro. Para alcanzar su objetivo, este hombre deberá estar dispuesto a atropellar incluso a sus más íntimos amigos». Ése es el tipo de fidelidad perruna que Hitler buscaba en sus lugartenientes.
Tras el putsch de la cervecería de 1923, Hitler fue condenado a cinco años y Hess a 18 meses. Ambos coincidieron en la prisión de Landsberg. Allí, Hitler comenzó a escribir su biblia particular, Mein Kampf, y Hess se prestó para ayudarle con la labor. Ambos, desde entonces, fueron uña y carne política. En 1932, Hess era ya director de la comisión política del NSDAP.
A partir de ese momento, Rudolf Hess comienza una existencia gris, siempre dos pasos por detrás del líder. Mientras otros jerifaltes nazis comienzan a construir sus propios mitos y esferas de poder (véase Göring, Himmler, o Göbbels), Hess sabe cuál es su papel, y lo ejerce con sumo cuidado y paciencia. Esta es la primera razón que hace tan inexplicable su movimiento de 1941, la decisión que, según algunos testimonios, arrancaría algunas de las escasísimas lágrimas que derramó Hitler durante la guerra. Que no fue otra que tomar, casi robar, un avión, y tirarse en paracaídas sobre la nación enemiga, Gran Bretaña, con la pretensión de negociar un tratado de paz.
Los servicios secretos estadounidenses sabían, como muy tarde en mayo de 1941, que Hess había derivado hacia el pesimismo en lo que a la guerra se refería. Era evidente que la Blitzkrieg había dado sus frutos, pero tras la batalla de Inglaterra, a los alemanes les había quedado claro que la defección de Gran Bretaña era imposible y prácticamente todo lo que podía pasar, y pasó, era ya malo, a saber: la entrada de EEUU en la guerra, la invasión del norte de África, y la apertura del frente del Este, que es de suponer que todos los nazis bien informados daban por segura porque conocían a Hitler y sabían que ésa era en realidad la pelea que quería librar; además, todo el mundo en el NSDAP estaba convencido que si Stalin había firmado con ellos el pacto de no agresión había sido con la intención de poder ganar tiempo para luego aplastarlos.
Así las cosas, Hess comenzó a abrigar la idea de una paz, ahora que Alemania tenía una posición fuerte para negociar (tenía la bota sobre el cuello de media Europa), en la que se llegaría a una entente con algunas potencias, notablemente con Gran Bretaña, beneficiosa para los germanos. No fue el único que tuvo esta idea. Hay testimonios, por ejemplo, de que Heinrich Himmler se pinchaba con la idea de que Hitler y Roosevelt se repartiesen el mundo en una especie de Yalta adelantada.
A través sobre todo de la familia Haushofer, Hess decidió actuar por sí solo, lo cual sugiere que, si bien le era completamente fiel a Hitler, en realidad por quien bebía los vientos, intelectualmente hablando, era por su querido profesor.
Por lo demás, Hess tenía acceso a Hitler y si algo que le gustaba al Führer era hablar, hablaba en ocasiones durante horas, en monólogos interminables y, además, como tenía el hábito de levantarse tarde, lo solía hacer en madrugadas que a las gentes de su entorno se les hacían eternas. A Hess no le costó averiguar que Hitler estaba dispuesto a negociar un acuerdo con Gran Bretaña que no se basara en una mera reparación a Alemania por las pérdidas impuestas en Versalles (si hemos de creer a Hess, Hitler decía que eso no sería sino otro Versalles después de Versalles, y que acabaría por generar nuevas guerras; juicio que demuestra que Hitler era un sanguinario y un loco, pero no era nada tonto en materia de política exterior); acuerdo en el que sólo veía dos condiciones irrenunciables: la fijación de esferas de interés para que ambas potenciales no volviesen a ponerse en peligro de pisarse la manguera, y la recuperación de las colonias alemanas. Y, bueno, supongo que lo cómodo es ir por la vida pensando que Hitler estaba loco y tal, y que todo lo que hizo era malo y todo lo que hicieron sus enemigos, bueno. Pero a mí me parece que esto mismo que pretendía, es decir la repartición de esferas de poder geográficas, es exactamente lo que hicieron los aliados al final de la guerra.
Rudolf Hess tenía una gran capacidad de rayarse con determinadas ideas que le venían a la cabeza, hasta convencerse de que eran verdades como puños. Así que se convenció a sí mismo de que la única razón de que Inglaterra no aceptase un trato tan bueno es que no lo conocía; o, quizá, de que necesitaba una, llamémosle «disculpa», para poder negociar con Hitler salvando la cara. A esta última idea no le faltaba lógica. Al fin y al cabo, el gobierno de su majestad ya había negociado con Hitler en 1938 por la cuestión de Checoslovaquia, sin estar ambos países siquiera en guerra, y el gobierno había sido severamente censurado por ello.
Fue entonces cuando Hess decidió darle a Churchill la oportunidad de negociar, volando él a Gran Bretaña.
Todo el viaje de Hess se basa en dos ideas, las dos erróneas; lo cual demuestra que ni él ni el astropolítico Haushofer eran precisamente lumbreras. La primera idea se basaba en considerar que los elementos británicos de corte muy conservador y dosis de, digamos, «comprensión» con el nazismo, tales como el coronel Hamilton a quien Hess quiso ver nada más tocar tierra en Escocia, pondrían en juego su posición para defender una negociación con Alemania. Nada de eso ocurrió, sin embargo.
El segundo error es aún más gordo y demuestra, a mi modo de ver, los estrechos sistemas binarios que utilizaba Hess para verlo todo en política internacional. Siempre había sabido que Alemania atacaría a la URSS y pensaba que, una vez que ese ataque se produjese, las posibilidades de negociación con Inglaterra se multiplicarían, porque Inglaterra nunca haría lo que verdaderamente hizo, esto es: favorecer, con su ayuda, una victoria del comunismo ruso sobre la civilizada Alemania.
Hess no se daba cuenta de que los agresores habían sido ellos. Que a los ojos de Churchill, y de cualquier otro inquilino del War Office, no eran negociadores de fiar; al fin y al cabo, ¿acaso no estaban tratando de apuntalar su postura a base de invadir un país con el que habían firmado un tratado de paz dos días antes por la tarde? Hess no se daba cuenta de que Inglaterra no percibía riesgo, ni para sí ni para sus áreas de influencia, en una alianza con la URSS, pues Stalin no ambicionaba ni uno solo de los bombones de la bombonera de Churchill.
Rodolfo, por lo tanto, soñaba con un Estado Mayor del Foreign Office celebrando con champán la invasión de la URSS, al grito de «¡por fin alguien se atreve con el comunismo!», y obligando a los Comunes a votar afirmativamente un acuerdo con Alemania en el que dijese que toda Europa central le pertenecía y que ahí nadie más que ellos mandaban.
De alguna manera, pues, Hess tenía un sueño que, curiosamente, quien acabaría por realizar sería Francisco Franco, esto es: siendo un país antidemocrático, conseguir el apoyo decidido de las democracias a base de hinchar el pecho y decir que eres el campeón contra el comunismo.
El 10 de mayo de 1941, tras almorzar con Alfred Rosemberg, Rudolf Hess se inventó un vuelo desde Ausburgo a Stavanger y solicitó un avión para realizarlo.
El lugarteniente del Führer dejó tras de sí dos cartas. Una era para su mujer y la otra la tenía su asistente, Pintsch, quien tenía instrucciones de ir a Berchtesgaden, al Nido de Águila, a entregársela en mano a Hitler. Don Adolf recibió la carta en presencia de Fritz Todt, ministro de Armamento, pero la apartó por pensar que no era importante. Cuando la leyó finalmente se quedó pegado, y esto es algo que está fuera de toda a la luz de los testimonios. Él mismo dictó la declaración a la prensa, en la que sostenía que Hess estaba loco.
En Inglaterra, la cosa fue al trantrán. Hess cayó en su paracaídas muy cerca de una casa y con una pierna herida. Fue asistido por un lugareño y luego rápidamente detenido. Cuando la noticia llegó a Londres, Winston Churchill estaba a punto de entrar en su sala de cine, donde le proyectaban aquella noche Los hermanos Marx en el Oeste. Le dijeron que alguien había caído en paracaídas en Escocia y que podía ser Hess. «Sea o no sea Hess», dictaminó el premier, «yo me voy a ver a los hermanos Marx».
Dos días después, un colérico Adolf Hitler daba personalmente la orden a Albretch Haushofer, hijo de Karl, para que confesara por escrito todas y cada una de las empanadas mentales que se había construido aquel grupito sobre una negociación con Inglaterra. Haushofer, cuando consiguió tener un diálogo civilizado con su esfínter, escribió un informe en el que puso cuantos más posibles interlocutores ingleses, mejor: el duque de Hamilton, parlamentario conservador; Lord Dunglass, secretario privado de Neville Chamberlain; el subsecretario de Estado del ministro del Aire, Balfour; el subsecretario de Estado del ministerio de Educación, Lindsay; y el subsecretario de Estado de asuntos escoceses, Wedderburn. Luego citaba a otros subsecretarios, personajes presuntamente prominentes y un extraño y fantasmagórico «Círculo de la Mesa Redonda», formado por jóvenes ingleses defensores del imperialismo británico.
O sea: más o menos como si Obama mañana quisiera negociar con Zapatero una cosa muy importante y decidiese dirigirse a un oscuro diputado socialista por Palencia, el secretario de algún viejo político del PSOE de la época de Felipe González y un grupo de funcionarios de segunda fila.
Por mucho que Haushofer escribiese en su informe, es de suponer que mientras se iba por la braga, que todas esas personas tenían una relación de puta madre con Buckingham Palace, es más que probable que Hitler, que como digo podía ser un loco pero no tenía un pelo de tonto, cuando leyese aquellas notas, pensara: estos tíos son tontos del culo.
Y es que lo eran, querido Tiburcio. Lo eran.
Eran tan imbéciles que el mismo Haushofer reconoce en su tembloroso informe que en 1940, cuando Hess le habló de la posibilidad de impulsar una negociación, él le ofreció dos posibilidades. Una era contactar con Lothian (el presunto líder del circulito artúrico antes citado), Hoare (embajador en Madrid por aquel entonces) u O'Malley (director general para Europa del Foreign Office), dado que todos ellos podían ser encontrados en países neutrales. Y la otra era una carta, primero, y un encuentro después, en Inglaterra, con Hamilton.
Hess escogió la segunda posibilidad. O sea: sabiendo que podía hacer gestiones discretas, que es como se hacen las gestiones diplomáticas, eligió dejar a Alemania en evidencia, a Hitler en gayumbos frente a sus enemigos, y marcharse a Inglaterra a negociar ¡con un diputado! la paz entre dos naciones. Y todo eso, sin el placet del único que podía dar, en Alemania, real contenido a una oferta de paz.
¿Era o no era limitadito?
Visto lo visto, no debe llevarnos a sorpresa la forma tan racional que tuvo Hess de explicarse que los ingleses lo encerrasen y no le dejasen hacer sus ofertas de paz a nadie. El lugarteniente de Hitler decidió que todas las personas que le visitaban lo hacían drogadas y por eso no se enteraban de lo que él les decía. «Tengo la impresión», acabaría diciendo en Nuremberg, «de que a la mayoría de la gente que venía a verme por primera vez le habían ofrecido antes té o algo de comer» donde, según él, les habían metido el orfidal o el rohipnol a paletadas. ¿Quiénes? Pues quiénes va a ser: los judíos y los bolcheviques.
En la primavera de 1942, Hess sufrió el primero de los muchos periodos de estreñimiento de su vida; periodos que, invariablemente, tendería a interpretar como envenenamientos. Decidió que lo envenenaban a través del cacao (eso a pesar de que el primer estreñimiento se solucionó precisamente tras haberlo tomado). Así que, siempre según su confesión, guardó pequeñas cantidades de la bebida con las que realizó una serie de experimentos (sic) que «demostraron claramente» (resic) que el cacao contenía «algún tipo de sustancia» (re-re-sic) que no podía curarse con laxantes normales. A continuación Hess hace una confesión que suena tristemente coñuda en alguien que admiró tanto al asesino y torturador de millones de personas: «el sufrimiento era indescriptible. Si me hubieran pegado un tiro o gaseado, incluso dejado morir de hambre, habría sido humano en comparación». Otro signo de inteligencia de don Rudolf: entre la perspectiva de agonizar en un campo de concentración y no cagar, la primera de las opciones le parecía la más beneficiosa.
Asimismo, el noviembre de 1941, Hess tendría el primero de sus muchos ataques de amnesia que por casualidad lo atacarían durante su vida, el más importante de los cuales duró casi todo el juicio de Nuremberg. Este primer ataque de amnesia duró hasta el 4 de febrero de 1945, fecha en la que confesó a los médicos que se lo había inventado todo. En julio de aquel año, ya perdida la guerra, se le reseteó de nuevo el disco duro. Lo hizo porque estaba convencido de que en el juicio de Nuremberg le estaban dando un «veneno cerebral» (re-re-re-sic).
La guerra había terminado y Hitler estaba muerto. Ahora, tocaba pagar. Hess lo haría hasta el último segundo de su vida.
A modo de epílogo de este capitulín: son muchas las teorías que apuntan a que Hitler, o bien impulsó el viaje de Hess, o bien lo conocía y miró hacia otro lado, permitiéndolo por omisión. Yo, sinceramente, no las creo. No es que piense que Adolf Hitler fuese una persona de extremada inteligencia, pero ya he dicho en este comentario que no le faltaban ni olfato estratégico-bélico ni visión de la jugada en política internacional. Hitler tendría que haber sido mucho más idiota de lo que era para poder creer que la misión de Hess sería atendida por los ingleses, quienes además no utilizarían al prisionero nazi de forma propagandística, como de hecho hicieron.
Cualquier persona que ha negociado con un enemigo sabe cómo se hace eso. Para negociar con la ETA, uno no va y coge el autobús que le lleve a dondequiera que suelan residir sus jefes. Se va a Argel, a Suiza, a Noruega, a sitios así. Utiliza intermediarios, hombres buenos con interlocución por ambas partes. El plan de Hess es tan burdo, tan estúpido, tan basado en preconcepciones absurdas, que un estadista de la talla de Hitler, un tipo capaz de firmar el pacto ruso-soviético por ejemplo, jamás lo podría albergar, apoyar y alentar. Una cosa es decir que Hitler era un cabrón; otra, muy distinta, que era un estúpido. Hitler, que había negociado con Stalin, que tenía compromisos con Mussolini y otros aliados, jamás habría aceptado como posibilidad de negociación el diálogo con un diputado conservador y un grupito de diletantes. Pero es que, además, hasta Hitler podía comprender que ninguna negociación con Alemania sería escuchada ni cinco segundos a menos que llevase un aval cierto y comprobable de su persona. Si Hitler hubiese apoyado la misión de Hess, hoy leeríamos en los libros de Historia los testimonios de militares británicos que recordarían cómo Hess, nada más tocar tierra, dijo haber hecho ese viaje en nombre de su jefe. Cualquier persona medianamente lista hubiera entendido que ésa era la única manera de no ser arrestado por gilipollas.
Y como eso es lo que pasó, yo me inclino a creer que el viaje a Escocia no fue otra cosa que el viaje, bienintencionado si se quiere, de alguien con más bien pocas luces. Lo que pasa es que la dificultad de aceptar eso, la dificultad de aceptar que alguien pueda albergar en su cabolo una gilipollez de tal calibre, es la que alimenta las teorías, como digo en mi opinión falsas, de que había algo más detrás.
miércoles, abril 01, 2009
Historias de España se Feisbuquea
Me hablaron también de Tuenti, pero al parecer ésta es una red social para gente predominantemente joven. Parece ser que para entrar en Tuenti tienes que tener como minimo seis erecciones diarias, al menos dos de ellas espontáneas. Así que me he quedado en Facebook.
Sólo hacer notar, para aquellos que queráis buscarme, que si os olvidais de que el nombre es Juan de Juan no debéis hacerlo con el correo electrónico que es habitual en mí, granmiserable, porque éste lo he dejado para otros menesteres. La ficha en Facebook está dada de alta con mi segundo correo, que es grancucaracha@live.com Pero para mensajes, críticas, alabanzas, cortapisas, valladares, casamatas o forillos, sigo prefiriendo que escribáis al miserable.
La próxima vez que nos veamos, será para hablar de nazis.
martes, marzo 31, 2009
Putas (y 2)
El otro día hemos dejado a los españoles renacentistas pasándoselo teta (y nunca mejor dicho) en las celebraciones de Semana Santa. Costumbre inveterada que se prolongó en el tiempo. A finales del siglo XVI, sin ir más lejos, los Jurados de Valencia dictaminaron normas por las cuales las rameras debían visitar las iglesias de Semana Santa adecuadamente vestidas con hábitos de lienzo crudo, «cerrados de cuello a los pies, de modo que no enseñen los pechos y vayan honestamente». ¿A qué se podía ir a la iglesia hace cuatro siglos enseñando canalillo? Pues a qué va a ser, a hacer bisnes.
Valencia parece haber sido un lugar especialmente dotado para el putiferio. Una descripción que nos ha llegado de la burdelía valenciana, debida al diplomático italiano De Montigni (allá por 1511) nos dibuja un gran lupanar con una sola entrada (frente a la cual había una horca) que dentro escondía un pequeño pueblo con cuatro calles y un buen racimo de sublupanares donde trabajaban 300 hetairas. Además, tenía servicios adyacentes en forma de tabernas y posadas. Un auténtico Port Aventura Polvera, vaya.
Y como en la España católica no se hace hilo sin puntada, anótese esta información del De Montigni: «Notamos, de paso, la fuerza de la antigua costumbre, que persistía aún en aquella época, de percibir diezmos hasta del mismo libertinaje. La Iglesia no ponía en olvido sus regalías tradicionales, y el clero no perdía nada en la fundación de tales conventos». ¿Debe extrañarnos esto? Será porque desconozcamos la Historia. Varias cortes de Valladolid, a lo largo de aquel siglo XVI, reclamaron del rey que obligase a los hombres que visitasen monjas que las hablasen por la reja, en lugar de entrar con ellas hasta la cocina. Algunos digo yo que rezarían de ver en cuando.
En la etimología de las palabras que con el tiempo se van usando para designar a la puta encontramos, conforme nos adentramos en el Siglo de Oro, algunas novedades. Por ejemplo, se las comienza a denominar sotas, apelación que tuvo bastante éxito y larga vida. También se la llama marca o mafla. Así, por ejemplo, lo dice Polo de Medina en unos versos:
Serás, ¡oh, Venus!, mi manfla.
yo seré, Venus, tu cuyo;
Serás de este Marte, Marta.
Que le abrigues aún por julio.
Otro denominativo es tusona, que proviene del hecho de que las putas son llamadas Damas del Tusón, como correlato coñero de los Caballeros del Toisón. Asimismo, se la llama chula, chanflona, mujer de fortuna, daifa, cuya [que también significa amante, con en el poema antescrito], y picaña, cantonera [esquinera], manceba, ramerilla, pellejo, tapada de medio ojo [pues las putas copiaron de las musulmanas esta costumbre] o germana. El burdel es la ramería o el guantos. La cama barata donde se acuestan los amantes se llama trinquete, el chulo jayán o rufo.
Y también, ojirri, a las putas del XVI se las llama solanas, concretamente en el caso de que desarrollen su oficio en la gran mancebía madrileña situada en la Puerta del Sol. Así pues, puede parecer que Solana es apellido insulso; pero, como si fuese un kinder sorpresa, tal vez lleve dentro alguna que otra cosa inesperada.
En Antón Martín, zona de antigua vocación putera como sabemos (allí está la calle de Ave María), funcionó un hospital de los hermanos de la orden de San Juan de Dios, específicamente dedicado a la cura de las enfermedades venéreas, morbo bastante común por aquellas calles, pues, pese a las medidas profilácticas, la inmensa mayoría de las putas estaban enfermas.
Sobre la clientela de los burdeles alguna pista tenemos. Véanse, al efecto, estos versos de fray Domingo Cornejo [nota: Marica, aquí, es meramente un diminutivo de María]:
Marica, que a decir mal
de frailes te precipitas
estando por condenado
tu amor siempre en la capilla.
Resabio de privilegio
tienes, y lo saco, amiga,
en que de tu trato todas
las órdenes participan.
Del mercedario te pagas,
del agustino te obligas,
y el teantino de tus partes
tiene muy larga noticia (...)
O éstos del conde de Rebolledo:
En escrupulosa da
Clice con extremo tal
que en pecado venial
un solo instante no está.
Ifúndele tanto horror
la muerte, siempre temida,
que para estar prevenida
duerme con su confesor.
O esta otra letrilla, ya del siglo XIX:
Entré en la casa del cura
y sólo conté una cama.
Si en la cama duerme el cura,
¿en dónde se acuesta el ama?
Tal vez el sexoescándalo más bestia del que yo he leído sea el de doña Ángela de Luna, natural de la ciudad navarra de Corella. Doña Ángela fundó un convento en su pueblo y fue nombrada abadesa del mismo, pero resultó ser una jeta. Resulta que la buena señora se decía milagrera; por ejemplo, expelía, a través de la orina, ciertas piedrecitas rojas con una cruz impresa que luego se demostró fabricaba ella misma con polvos de ladrillo. Pero lo más abracadabrante es que tuvo siete abortos auxiliada por los frailes.
Fue padre de buena parte de las criaturas fray Juan de la Vega, provincial de los carmelitas descalzos. Sin embargo, Juan y Ángela se dedicaban a otros menesteres. Una sobrina de la De Luna, Vicenta de Loya, acabó por denunciarla y afirmó que siendo todavía una niña, su propia tía la sujetó mientras fran Juan la violaba; este cabronazo, al tiempo que cometía la dicha tropelía, le susurraba a la pobre niña: «¡Dichosa tú, que así logras este mérito más ante Dios!».
Esta historia, aunque con algo menos de escándalo sexual, se repitió en el siglo XIX en la calle de Lope de Vega de Madrid, donde vivía la beata Clara, que hacía milagros con los que encandilaba a la nobleza. Finalmente se supo que aquellos milagros eran más bien caralladas y que la tal beata tenía una juerga diaria y un amante semanal.
Una institución paralela al burdel, que existió ya desde finales de la Edad Media, fueron las casas de recogidas, donde las putas arrepentidas podían acudir para intentar rehacer su vida. En Madrid hubo una muy famosa en la calle de Hortaleza, a cargo de de las hermanas de Santa María Magdalena de la penitencia. Normalmente, casi todas las casas de recogidas, de las que hubo ejemplos en todas las ciudades de España, tenían como norma que quien entraba en ellas ya no podía salir, como no fuese casada o entregada a la vida monacal. Algunas de estas casas admitían también mujeres ingresadas por adulterio, aunque parece que en este caso la decisión del ingreso se debía más a los familiares que a ellas mismas.
Felipe IV, en 1623, dictó una pragmática que prohibía los burdeles. Fue, por lo que sabemos, algo así como la Ley Seca americana; no la respetó ni quien la dictaba, pues de este cuarto Felipe se dice que le construyeron un túnel para poder meter en palacio a una jovencita con la que quería cometer guarreridas españolas.
Se dice que, en las guerras de Felipe V contra el archiduque austríaco, que consolidaron a la actual dinastía borbónica en la corona española, las putas rindieron un gran servicio a la causa francesa, por odio hacia lo soldados del archiduque, fundamentalmente ingleses y alemanes, por lo tanto protestantes. Resolvieron inocularlos con sus bichitos, así pues los buscaron, se los pasaron por la piedra y enviaron a 6.000 de ellos al hospital, debilitando las filas del austríaco. Finalizada la guerra incluso solicitaron llevar una escarapela conmemorativa de la hazaña.
Es por aquellos años en los que el barrio de las Huertas de Madrid, hoy centro del barrio de las letras y culto y tal, se convirtió en el epicentro de los polvos por encargo. Decía una letrilla madrileña:
Calle de las Huertas,
más putas que puertas.
Por aquel siglo XVIII aparecen otras denominaciones para la puta, como churriana o dama del Barranco. Esto del barranco tiene que ver, probablemente, con el mucho putiferio que se produría en el barranco que había entonces por la zona de Embajadores, más o menos donde está hoy la calle Miguel Servet. Una copla de la época, referida al tipo de la maja (majas, como manolas y chulas, las hubo putas; pero no todas lo fueron) dice:
Si quieres saber majo
dónde trabajo,
calle de Embajadores,
junto al Barranco,
y por más señas
Fábrica que la llaman
de Cigarreras.
El regidor madrileño José María Barrafón intenta en 1830 el confinamiento de las putas en el barrio de Huertas. Dado que la calle de San Juan fue la que más burdeles abrió, se dio en llamar a las prostitutas damas sanjuaneras. Por lo tanto, tengo por mí que el apellido San Juan, si fuere de raigambre madrileña y relativamente moderno origen, también puede esconder sorpresitas.
A mediados de 1850 funcionó en Madrid lo que parece haber sido la primera sociedad de sexo libre y consentido que existió en nuestra capital. Se trató de Los Guiñolistas, un grupo de hombres y mujeres bien situados, que se dejaban ver por teatros y casinos y que, según un relato de la época que he podido leer, «llegaban al grado íntimo y secreto que a mujeres con mujeres, y a hombres con hombres, enlazan entre sí como a los antiguos cainitas, como a las antiguas discípulas de Safo». De todas maneras, en Madrid existieron mancebías en lugares como el Jardín Botánico, el Prado o la plaza de Oriente, especialmente dedicados a los sodomitas. En un baile celebrado en 1879 en la calle de la Alameda se pudieron ver más de cien homosexuales vestidos con trajes elegantes, joyas, los hombros al aire y el pecho como el de la mujer. Así que si los actuales desfilantes del Orgullo se creen que han inventado algo, mejor que se compren un libro.
Con todo, en aquellos años el mayor lupanar de España, o para ser más políticamente correctos debiéramos decir del Estado español, era Cuba. La existencia de la esclavitud en las colonias favorecía la explotación de mujeres para la prostitución; por así decirlo, la trata de negras era legal. A lo que hay que unir las propias mujeres blancas que, quizá huyendo de escándalos u amenazas en sus lugares de origen, acababan recalando en la isla. En 1873 se hizo una revisión de las prostitutas de La Habana, campaña en la que se inscribieron 400 putas, de las cuales 126 (96 blancas y 30 negras) precisaron asistencias. En 1878 las inscritas son medio millar, y aún no contamos a las clandestinas u ocasionales. La mayoría de ellas se exhibían en la propia cama, pudiendo ser vistas por los paseantes desde la calle.
Bueno, con estas notas queda cerrado este puto capítulo. Y no olvidéis usar condón hasta en los sueños eróticos.
sábado, marzo 28, 2009
Putas (1)
miércoles, marzo 25, 2009
Fútbol (y 4)
España se consagró como un miembro más del variopinto universo futbolístico europeo en 1964, cuando se hizo perdonar la espantá de Moscú en 1960 y consiguió ser sede de la Eurocopa. La roja ya ha hecho el relevo generacional de sus primeros jugadores eternos (Basora, Kubala, Gainza, Pahíno, o Zarra, que hay quien dice que es el Manolete del fútbol español, es decir una estrella no superada por nadie) y presenta en su once algunos jóvenes valores que inscribirán sus nombres en el imaginario colectivo con letras de oro: el gallego Amancio Amaro, el navarro Zoco, el rojiblanco Isacio Calleja, el sobrio defensa culé Fusté, Marcelino, el Chopo José Ángel Iríbar (que años después se destacaría como batasunero de pro) y el otro genio galaico, Luis Suárez, uno de los primeros españoles que triunfó en una liga entonces tan exigente como el scudetto italiano.
La suerte, el esfuerzo y el factor campo quieren que España haga un campeonato de ídem y gane en las semifinales a Hungría. Por lo tanto, llegamos a la final, donde nos espera Rusia.
El Madrid de 1964 se hace lenguas con cuál será la actitud de Franco. Para el Caudillo, acudir a la final no es trago de gusto; supone, de por sí, tener que escuchar reverentemente el muy bello himno soviético, y ver alzarse delante de sus barbas la bandera roja con la hoz, el martillo y toda la pesca. Pero había un escenario peor y, además, altamente probable: que Rusia ganase. ¿Franco, entregando la copa a unos comunistas? ¡Eso habría que verlo!
Fue, al parecer, don José Solís Ruíz, más conocido como La sonrisa del régimen, un político falangista que con los años se haría famoso por decir imbecilidades como aquélla de «menos latín y más deporte» (y así nos va en los informes PISA); fue él, digo, quien convenció a Franco de que acudiese a la final. Una vez que lo consiguió, se fue escopetado a ver a Benito Pico, presidente de la FEF, al que sugirió que no estaría mal que los hombres del comandante Villalonga (el entrenador nacional tenía galones) se partiesen los huevos con tal de ganar. Algunos rumores señalan que incluso hubo jerifaltes de la Federación, falangistas puros y duros, que pensaron echarle en la comida a los rusos algún tipo de tranquilizante para que jugasen un poco drogados.
España salió muy motivada al campo. Aunque sólo sea por la espontánea demostración de adhesión patria que realizaron los 120.000 espectadores que abarrotaban el Bernabéu, coreando al unísono el apellido de su Caudillo. Marcamos en el minuto seis. Pero tres minutos después Jusainov aprovechó un mal despeje para equilibrar las cosas. El partido se consume en dominios alternos pero sin realización. Hasta que, en el minuto 84, Pereda corre la banda derecha casi hasta el final, centra hacia el punto de penalty y allí Marcelino, de soberbio cabezazo, coloca la pelota donde la Araña Negra, el portero Yashin, no puede alcanzarla.
Para hacerse una idea del ambiente que generó aquella victoria, que hemos tenido que esperar hasta el 2008 para ver repetida, he aquí el texto de cómo la saludó el ABC: «Al cabo de 25 años de paz, detrás de cada aplauso sonaba un auténtico y elocuente respaldo al espíritu del 18 de julio. En este cuarto de siglo, diríase que nunca había rayado más alta la intencionada y entusiasta adhesión popular al Estado nacido de la victoria sobre el comunismo y sus compañeros de dentro y de fuera».
Y dos huevos duros.
Otra anécdota jugosa de aquellos años de franco-madridismo, anécdota muy querida de los culés entendidos en Historia, se produce en la final de la copa de 1968, en la que el Barça le ganó al Madrid por 1-0. El partido fue una batalla campal. El árbitro, señor Rigo, se comió con patatas un penalty cometido por el defensa blaugrana Torres sobre Serena, lo que originó una auténtica cascada de botellas sobre el campo, una de las cuales impactó en la cabeza de un jugador barcelonista y otra estuvo a punto de alcanzar al árbitro. Y eso que Franco estaba en la tribuna.
Finalizado el partido, la mujer del ministro Camilo Alonso Vega, hombre de la máxima confianza de Franco y al que tan sólo estar más cascado que él le impidió sucederle, se acerca en el palco a Santiago Bernabéu y le dice: «¡Santiago, qué desgracia, hemos perdido!». El general Alonso Vega, que se da inmediata cuenta de lo impolítico de la exclamación delante de los directivos culés, le ordena: «¡Ramona, por Dios! ¡Felicita ahora mismo al presidente del Barcelona!»
La buena señora se acerca a Narcís de Carreras, presidente culé, y le dice: «¡Ah, claro que le felicito! Porque Barcelona también es España, ¿verdad?»
A esta boutade, más debida a la torpeza que a la mala intención, De Carreras responde con un sincerísimo, y más bien escaso de seny: «¡Senyora, no fotem!» (Señora, no jodamos)
Días después, Bernabéu echará gasolina en la hoguera con unas declaraciones a la prensa en la que asevera que «quiero y admiro a Cataluña, a pesar de los catalanes». Así eran las cosas entonces (¿entonces?)
Ahora bien, si un hecho hizo correr toneladas de tinta, a pesar de la censura, sobre el asunto de la relación entre madridismo y franquismo, ese algo fue el Barça-Madrid jugado en el Camp Nou el 6 de junio de 1970. Dentro de nada, pues, hará 39 añitos.
En el primer tiempo, Rexach aprovecha el rechazo de un córner y perfora la portería de Junquera. En el minuto 14 del segundo tiempo, Amancio centra sobre Velázquez, que se escapa hacia el área. A un mundo del área (no menos de dos metros), Rifé, uno de los defensas más inteligentes que han jugado en España, le hace una falta táctica. Velázquez, que es un pillo, comienza a dar trompicones y se las arregla para caer en el área. El árbitro Guruceta pita penalty. Y se monta la de Dios es Cristo y habla catalán en la intimidad. Guruceta expulsa a Eladio, lateral culé, porque directamente le llama sinvergüenza y madridista (y, por cierto, en el acto de expulsar a Eladio, y por accidente, le calza una hostia al madridista Grosso). Caen almohadillas a cientos. Amancio, claro, era como Gerd Müller: no fallaba un penalty ni recién operado de cataratas en ambos ojos. Gol. Uno a uno.
Minutos más tarde, Rifé cae dentro del área madridista. A Guruceta la acción le pilla observando las nubes de Magallanes. En todo el segundo tiempo, apenas hay momentos en los que dejan de caer almohadillas, hasta dar la impresión de que el catalán medio tiene cosa de seis o siete culos. En el minuto 85, a las almohadillas se han unido espontáneos que saltan al verde con la intención de saludar efusivamente al colegiado. El partido se suspende. Al entrenador del Madrid, Miguel Muñoz, le arrean un botellazo en todo el cabolo.
El aftermath del partido deja sentir que aquéllos eran otros tiempos. Agustí Montal, presidente del Barça, hace pública una nota en la que justifica la reacción del público; hoy que eso de la violencia en los campos se toma en serio, sería seguramente cesado por incitar a la violencia. El gerente del Real Madrid contesta afirmando que «estas cosas sólo ocurren en los pueblos», lo cual pone a los catalanes todavía más de canto. Bernabéu dice haber recibido hasta 300 amenazas de muerte.
El fútbol, como vemos, da para mucho. Cuesta saber si el fútbol es nosotros o nosotros somos fútbol. Pero es lo cierto que el deporte del balón tiene la virtud de no dejar a nadie indiferente.
En eso, no es por nada, se parece a Franco.
lunes, marzo 23, 2009
Fútbol (3)
La temporada 1950-51, hace por lo tanto ahora más de medio siglo, comenzó, a su manera, la Liga de las Estrellas. Aquel año, el fúbol comenzó a ser un espectáculo en España, o más bien el espectáculo. Y lo hizo de la mano de aquel húngaro rubio, aquel tipo que cuando se inclinaba alrededor de un balón convertía la misión de quitárselo en misión imposible, llamado Ladislao Kubala.
En la primavera de 1950, Kubala había llegado a España formando parte de un equipo de exiliados húngaros. En junio de aquel mismo año firmó con el Barcelona. Fue una jugada muy arriesgada por parte de los catalanes, pues resultaba muy dudoso que Kubala pudiera llegar a jugar competiciones internacionales, toda vez que las federaciones del Este comunista lo consideraban un desertor. El asunto fue oro molido para el régimen de Franco (y esto lo deberían recordar todos aquellos, culés en no pocos casos, que consideran que el franquismo siempre estuvo al lado del Real Madrid) por los interesantísimos matices que presentaba aquella historia de un futbolista huído de un país comunista que quería rehacer su vida en aquella España que perdía el culo por caer bien en las cancillerías occidentales.
En 1951, el doctor Muñoz Calero, representante de España ante la FIFA, consigue arrancar de ésta el permiso para que Kubala juegue en España. Inmediatamente, el húngaro solicita la nacionalidad española. E, igual de inmediatamente, Franco se la concede. Con Kubala en el once, el Barcelona gana la copa del 51, del 52 y del 53, así como la liga del 52 y del 53. Da la impresión de que el reinado blaugrana va a ser eterno, y eso a pesar de que en los otros equipos juegan deportistas que no son mancos, como el madridista Pahíno. Pahíno, que consiguió arrebatarle algún año el pichichi a Kubala, es un casi desconocido precedente de Jorge Valdano, pues era un futbolista que gustaba de leer libros profundos e intelectuales. De hecho, el defensa barcelonista Biosca, tras sufrir una tarascada del delantero blanco, se levantó exclamando: «¡Que se puede esperar de un delantero que lee a Dostoievsky!»
De aquellas temporadas de los primeros cincuenta es la anécdota de Pardo de Santallana; anécdota que, por supuesto, el amanuense que estas notas pergeña ha escuchado alguna que otra vez. Pardo era un falangista enorme y ancho, sanguíneo y echado para delante, aparte de, cómo decirlo, un poco simplón. Siendo como era un miembro conspicuo del partido único, era miembro de su nomenkatura de cargos intermedios, por lo que ocupó diversos gobiernos civiles. Y, aficionado que era al fúbtol, tenía una manía o deseo: que el equipo de la zona donde se ubicase su mando estuviese en primera.
El Deportivo de La Coruña estuvo a punto de joderle la estadística. Siendo Pardo de Santallana gobernador civil de mi tierra, temporada 52-53, el equipo de La Coruña tuvo una de sus habituales pájaras (en mi infancia lo llamábamos El Ascensor, por la facilidad que tenía para subir y bajar) y se fue al pozo de la clasificación de primera. En Oviedo tenía un partido a vida o muerte. Todo parecía indicar que el torreón azul, de aquella, iba a tener que irse al infierno con el equipo.
Pero Pardo de Santayana era como era.
Reunió a los jugadores (sí; el gobernador civil reunió a los jugadores. No habéis leído mal) y les soltó una arenga, al final de la cual anunció a la plantilla que, de no conseguirse al menos el empate en Oviedo, ordenaría afeitar la cabeza de todos los jugadores, además de administrarles aceite de ricino (la ingestión de aceite de ricino, a veces mezclado con sidol, era un castigo inventado por Ramiro Ledesma en los tiempos de la República, que fue adoptado por Falange tras la fusión con las JONS).
El Deportivo conservó la categoría. No te jode. Yo mismo la habría conservado jugando solo.
En todo caso, el gran cambio de aquellos años, como ya se ha dicho, fue el fichaje de Kubala. Algo ante lo cual el Real Madrid tenía que reaccionar; reacción que provocó el grave conflicto en torno al argentino Alfredo di Stefano.
Di Stefano jugaba en el Millonarios de Bogotá después de haberse marchado sin permiso del River Plate argentino, lo cual generó un conflicto en torno a la propiedad del jugador o, lo que es lo mismo, quién podía transferirlo. En 1953, el Congreso Americano de Fútbol decide que la propiedad es del River, pero Di Stefano prosigue en la disciplina del club colombiano esa temporada, que es la que aprovecharon los directivos del Madrid para alcanzar un acuerdo con ellos, acuerdo que es previo en el tiempo al que alcanza el Barcelona con el River.
Ante el conflicto debe mediar la Delegación Nacional de Deportes, la cual lo primero que intenta es quitarse el marrón de encima de una forma tan expeditiva como es la suspensión de la autorización para fichar jugadores extranjeros. Pocas semanas después, la Federación de Fúbtol toma la famosísima y salomónica decisión de decretar que Di Stefano pertenece a los dos clubes, de forma que el Madrid lo disfrutará en las temporadas 53-54 y 56-57, mientras que será culé en la 54-55 y la 57-58, tras lo cual ambos clubes deberán llegar a un acuerdo consensuado con el jugador.
El Barcelona, que como vemos por el acuerdo es el que pierde el uso del jugador en el más corto plazo, reacciona poniendo pies en pared. La directiva del club dimite en pleno (obsérvese el detalle de que hace medio siglo las directivas de los grandes clubes dimitían) y es sustituida por una gestora, que decide no compartir al jugador; por una compensación de unos cuatro millones y medio de pesetas, el Madrid se hace con la propiedad total del argentino. En todo caso, todo hace pensar que al Barcelona aquel jugador no acababa de convencerle. Los directivos catalanes tenían encima de sus mesas un informe el entrenador culé, Daucik, que desaconsejaba a Di Stefano por un problema de mal carácter. Impresión que, quizá, no sea del todo descaminada. No hay que olvidar que Di Stefano se vio envuelto, poco tiempo después, en un pequeño escándalo después de que fuera acusado de haber golpeado a un periodista en la cabeza con una toalla en unos vestuarios.
Di Stefano es hoy presidente de honor del club blanco. Y no es para menos. Su llegada supuso que automáticamente el Madrid rompiese, en la temporada 53-54, una serie de nada menos que 21 años sin ganar la liga. Y, por supuesto, cinco copas de Europa, que se dice pronto.
En el año 54 nos quedamos fuera del Mundial tras un sorteo, pues habíamos quedado empatados con Turquía. Pero lo importante de dicha eliminación no es en sí el resultado sino el extraño telegrama que se recibió antes del partido de desempate, por el cual la FIFA decretaba la imposibilidad de alinear a Kubala con la roja. Lo cierto es que días después del partido la FIFA declararía que no sabía nada de dicho telegrama; más aún, que nunca había prohibido la alineación de Kubala y nadie le había exigido dicha prohibición. Nunca, que yo sepa, se supo a ciencia cierta quién envió aquel telegrama. El franquismo, por cierto, hizo mucha leña con aquel árbol. Habló, desde luego, de conspiración comunista. Pero también se echó la culpa a los masones e incluso se insinuó que podían haber sido los turcos como venganza... ¡por Lepanto! ¿Suena ridículo? Pues no tanto. Al fin y al cabo cuando, en plena guerra, España jugó contra Portugal y perdió, la prensa portugesa saludó la gesta de su selección calificándola de «la más grande victoria portuguesa desde Aljubarrota».
Los años que siguen son los de las grandes victorias del Madrid, los de las cinco copas de Europa seguidas, logros que fueron jaleados por el régimen con un favoritismo que está fuera de toda duda. Toda la plantilla del Madrid del año 55, por ejemplo, fue condecorada con la Orden del Yugo y las Flechas (la pregunta es: Ley de Memoria Histórica en la mano, ¿estarán obligados los supervivientes de aquel once, entre ellos Di Stefano, a devolverla?); Bernabéu recibió la Gran Cruz del Mérito Civil; Di Stefano, la Encomienda de Isabel la Católica. Datos éstos que abonan la tesis de la consideración del Real Madrid como equipo del régimen; tesis en la que, sin embargo, no casan otros datos, como que ese mismo Real Madrid se pasara los primeros 15 años del franquismo a dos velas, sin ganar la liga, y estando a punto de descender un año incluso. Más parece, como dije en la primera toma de estas notas, que fue el franquismo el que se aprovechó de los éxitos del Madrid, como habría hecho con otro club que hubiese ganado la copa de Europa cinco años seguidos.
En mayo de 1960 teníamos que jugar el partido de ida de los cuartos de final de la Eurocopa de naciones. Nos tocaba la URSS y el partido tenía que haberse celebrado en Moscú. Las entradas se agotaron pronto en Moscú mientras en Madrid se mascullaban los escasos pros y las toneladas de contras que se veían en dicho partido. A ello se une la rumorología periodística. Se habla de la posibilidad de que los jugadores españoles sean drogados o detenidos y llevados a un campo de concentración. Finalmente, el franquismo anunciará que, ante la negativa de los soviéticos de jugar en un campo neutral, España no jugaría el partido. En el libro de Franco Salgado Araújo sobre sus conversaciones con su primo nos informa de que el Caudillo tomó personalmente esta decisión ante las noticias que tenía de que el partido en Moscú se iba a convertir en un acto de repulsa al régimen franquista. Todo parece indicar que fueron los elementos más reaccionarios del gobierno, probablemente sus teóricos sucesores naturales Camilo Alonso Vega y Luis Carrero Blanco, quienes lo convencieron.
Cuatro años después, en la nueva edición eurocopera, volvimos a cruzarnos con la URSS. Pero esa vez sí que jugamos. E incluso marcamos un gol épico: el gol de Marcelino.
Pero todo a su tiempo. A bientôt.
viernes, marzo 20, 2009
Fútbol (2)
Con el final de la guerra civil llegó, como decíamos, la normalidad teórica al fútbol. Y digo teórica porque al fútbol del franquismo siempre le perseguirá la interminable discusión sobre si el franquismo favoreció al Real Madrid por ser el equipo del régimen o no. Cuestión en la que hay opiniones para todos los gustos en las que, además de intervenir la ciencia histórica , también tienen su papel, y no desdeñable, los amores deportivos de cada uno.
Son los primeros años de posguerra años de débiles campeonatos de liga y de escaso brillo de la selección española, la cual sólo se bate con equipos de su cuerda política como la Francia de Vichy, Italia, Alemania o Portugal. Italia era, de todas estas selecciones, la más potente, pues había sido por entonces ya dos veces campona del mundo. En el estadio de San Siro nos metieron un 4-0 sin paliativos, tras el cual la autoridad federativa sancionó a los jugadores por no haber puesto en el campo toda la garra que se esperaba de ellos. Es, pues, obvio, que a los jerarcas del deporte, o tal vez al mismísmo Franco, aquella derrota les sentó fatal.
Es en esos años cuando se produce un verdadero hecho histórico que llena hoy de solaz a los madridistas que lo conocen, así como de una recíproca mala leche a todo el que por culé se tiene. Hecho que, además, tiene su historia. Se trata de la eliminación del Barcelona en la copa a manos del Real Madrid, tras un partido en la capital de España en la que los blaugranas fueron vencidos nada menos que por 11-1.
El partido de ida había sido en el campo de Les Corts y en él habían ganando los catalanes por 3-0, tanteo tras el cual la prensa de Madrid clamó por una remontada histórica y esas cosas.
Sin embargo, lo más importante del partido de Les Corts fueron los incidentes que se produjeron. Hoy por hoy se vigila, no podía ser de otra manera, la violencia en los estadios. Pero aquel franquismo tenía el listón mucho más bajo. No tengo yo la sensación de que nadie pasara por un peligro para su integridad física en el partido de Barcelona, pero lo que sí está claro es que los aficionados culés se desempeñaron con esa capacidad suya de abuchear a fondo al rival. La Federación, por toda respuesta, sancionó al Barcelona e incluso impidió el desplazamiento de un tren de culés a Madrid para el segundo partido. El presidente del Barcelona envió al Madrid una misiva en los mejores tonos que pudo redactar. Una misiva en la que la voluntad de dorar la píldora a los blancos es tan acojonante que incluso asevera una cosa que ni era verdad entonces, ni lo es ahora ni lo será nunca. Aseveraba el presidente del Barcelona que el Real Madrid era «el club que, después del nuestro, goza de las preferencias de nuestros socios». La verdad es que esa figura, o sea el tipo que es del Barça y que tiene al Real Madrid por segundo equipo, es una figura de ficción. De serie B, más bien.
Aquel partido de vuelta de la copa del Generalísimo es, quizá, el primer partido multitudinario que en España provoca medidas especiales de seguridad. Se prohibió, por ejemplo, vender bebidas con casco en el campo (lo cual sugiere que algún botellón debió de caer al verde en Barcelona). Y, en un acto que, que yo sepa, no tiene precedentes, la policía visitó el vestuario del Barcelona antes del partido, conminando a sus jugadores a no provocar violencia alguna bajo amenaza de sanción. Es fácil de estimar, por lo tanto, que los jugadores del Barça salieron a jugar más bien acojonados y que, en consecuencia, es posible que ello tuviera algo que ver en el abultado tanteo de que fueron objeto.
No fue sólo la policía. Hasta la prensa de Madrid, y la madridista también, reconoció que la actitud del público madrileño había sido tan intimidatoria como la del catalán en el partido de ida. Sin embargo las autoridades, que habían impuesto al Barcelona la multa máxima por registrar incidentes en su estadio, impusieron al Madrid la mínima para, acto seguido, probablemente para dar una impresión salomónica que estaba lejos de ser cierta, volver a multar a ambos equipos con 25.000 pesetas cada uno.
En la liga 44-45, el Barça se tomaría cumplida venganza asestándole en Barcelona al Madrid una «manita»: 5-0.
La liga 47-48 es aquélla en la qu ese producen hechos que forman parte de la leyenda urbana del fútbol pero que, al menos en el estado de conocimiento que tengo al escribir estas notas, son eso, una leyenda urbana.
Se dice mucho (casualmente un amigo mío sacó esa conversación en un almuerzo hace unos días) que el mayor favor que le hizo Franco al Real Madrid fue ampliar el número de equipos de primera división el año que el club blanco había quedado para descender. Es, ya digo, una historia muy conocida; yo, cuando manos, la he oído un puñado de veces.
Las clasificaciones que he podido consultar dicen que esta temporada 47-48 es la temporada en que el Real Madrid quedó en peor puesto durante los años de Franco; y al año siguiente no hubo ampliación alguna de la primera división. Tengo por mí, pues, que esta historia es, como digo, una leyenda urbana.
Lo que pasó fue que el Madrid se jugó la permanencia en un último partido contra el Oviedo, que en la visita de los blancos al norte les había dado un baño importante. Se mascaba, pues, la tragedia. Y, sin embargo, el Madrid ganó. También hay quien dice que ganó con malas artes. Podría ser, aunque ciertamente no sería ni el primer ni el último equipo que se salva de descender en el último momento. Además, hay que tener en cuenta que el Oviedo, perdiendo con el Madrid, condenó a la segunda división al Sporting de Gijón. Así pues, lo mismo pudo ser una manipulación del Madrid que una putada entre asturianos. Y no parece que Franco interviniese mucho.
A finales de los cuarenta, asimismo, la selección española comienza a ampliar el rango de oponentes y a obtener resultados algo más aseados. Consigue, por ejemplo, empatar a 3 con Suiza en Zurich. Este partido fue en el que fue designado representante de la delegación española el general Gómez Zamalloa, futbolero y sanguíneo como pocos, el cual arengó a sus muchachos en el vestuario y terminó su filípica con una famosa frase: «Y ahora, muchachos, ya lo sabéis: cojones y españolía». O sea, igual que viva el semen español, pero en franquista.
En 1949, entre otros partidos, Italia sigue exhibiendo superioridad (1-4) pero ya comenzamos a ganar algún que otro partido a domicilio, como el 1-3 que le escasquetamos a Irlanda, partido en el que Gaínza actuó tan bién que se ganó el sobrenombre de «el gamo de Dublín». A la semana siguiente, se ganana 1-5 a Francia en París. Allí el verdadero animal es el culé Basora (el mismo que en canción de Serrat completa delantera con César, Kubala, Moreno y Manchón), que tras su hat trick se ganará el derecho a ser conocido como «el héroe de Colombes».
Claro que para apoteosis la de 1950 en Brasil. Los muy puristas suelen recordar que aquel partido contra Inglaterra en el Mundial no era de vital importancia dada la clasificación del fútbol; los muy puristas, por lo tanto, entenderán mucho de fútbol, pero no tienen, con perdón, ni puta idea de lo que el fútbol puede llegar a significar para una nación que, hasta dos días antes, había estado aislada y que seguía teniendo un papel internacional que sin recato cabe reputar de putomiérdico.
Ramallets, Alonso, Parra, Gozalvo II, Gozalvo III, Puchades, Basora, Igoa, Zarra, Panizo y Gainza. Ésta es la lista de héroes de Brasil. A los tres minutos de la segunda parte, Ramallets saca de portería con la mano hacia Gozalvo II. El defensa avanza unos metros y pasa a Gainza, y éste a Panizo. El delantero no lo ve claro y retrasa la pelota hacia Puchades y éste trata de enervar de nuevo el ataque pasando a Gainza. El medio inglés Wright corta ese pase, pero la pelota vuelve a los españoles, concretamente a Gabriel Alonso, quien se da cuenta de que el despeje ha descolocado al inglés y vuelve a apostar por Gainza, que de cabeza le pasa a Zarra, quien remata.
Gol.
Un gol que, en la voz de Matías Prats senior, dura más de un minuto. Tratad de hacerlo, a voz en grito, a ver si podéis.
Si estás leyendo estas líneas y naciste más allá de, digamos, 1970, debes entender una cosa. Los españoles de los tiempos del franquismo éramos una puta mierda. Nunca ganábamos nada. Ganó cosas Joaquín Blume, pero se murió. Ganó cosas Manolo Santana, para qué negarlo; pero, al lado de Rafa Nadal, los triunfos de Santana empalidecen. Nuestros jugadores parecían en muchos casos haber soltado el arado media hora antes del partido, mientras que, a partir de la década de los cincuenta, las selecciones de Inglaterra, de Francia, de Alemania, de Italia, comenzaban a verse trufadas de bien alimentados deportistas urbanos. Nosotros tendíamos a ser retacos, anchotes y de piernas arqueadas; ellos ya querían parecerse a David Beckam. Además, en 1950 alguno de los grandes planetas de la galaxia fubtolística estaba en plena formación. El propio Brasil es un ejemplo. Por aquel entonces, Inglaterra, inventora del fútbol y tan importante en este deporte que es la responsable de que digamos cosas como córner, penalty o gol, era el no va más del fútbol. Y estaba, también la idea imperial de España, que la ideología del país y su Educación para la Ciudadanía consolidaban día a día en las mentes de los españoles; idea imperial que tenía algunos enemigos muy concretos y, muy especialmente, esa Inglaterra que le había encendido el pelo a nuestra Armada Invencible.
Todo eso se condensó en la famosa frase del doctor Muñoz Calero, presidente de la FEF: «hemos vencido a la pérfida Albión». Frase que sentó a los británicos como si le hubiéramos mentado la madre a su majestad británica, que provocó algún que otro sudor en El Pardo y que obligó a una estúpida rectificación según la cual el doctor Calero había dicho pérfida cuando en realidad quiso decir rubia.
En la temporada 50-51 se producen dos hechos de larga recordación. El primero es el descenso a segunda del Alcoyano, tras defenderse durante todo el año con un pundonor tan ejemplar que, a decir de muchos, es entonces cuando se forma esa frase tan española de «tienes más moral que el Alcoyano». La segunda cosa es la integración en la plantilla del Barcelona de Ladislao Kubala; el cual, sin saberlo, estaba inaugurando la primera gran etapa de fichajes del fútbol español.
... y me vais a disculpar, pero esta noche me espera The front page; quizá, una de las dos o tres comedias más divertidas jamás filmadas.
lunes, marzo 16, 2009
Fútbol (1)
Pues sí. En este país nuestro, no hay nada que genere tanta pasión como el fúbol. Consecuentemente, el fútbol es parte de nuestra Historia e Historia misma, motivo por el cual sólo era cuestión de tiempo que le dedicásemos algún espacio en este rincón de la red. Eso sí, debo decir que, como siempre, mis amables lectores han demostrado lo poco que necesitan recibir conocimientos que obviamente ya tienen, al menos los que contestan con mensajes.
viernes, marzo 13, 2009
Football History Quiz
Bueno, pues ha llegado el momento de hablar de fútbol. Seguro que piensas que sabes la hostia de fútbol. Y no seré yo quien te lo niegue. Lo que es prácticamente seguro es que me superas. Fíjate si seré yo ignorante en esto del fútbol, que durante muchos años creí que un medio volante se llamaba así porque llevaba la dirección del juego. En fin.
Pero escribo estas líneas con la sana intención de pillarte. Porque lo mío es la Historia y el fútbol, en buena medida, es Historia. Así que vamos a ver si eres tan bueno en mi terreno.
Preguntas:
1.- Guerra civil. Un famosísimo jugador de la liga española pasó por la cárcel Modelo madrileña, la misma donde algún tiempo después se produciría una matanza de presos. ¿Quién fue?
a. Jacinto Quincoces.
b. Ricardo Zamora.
c. Santiago Bernabéu.
d. Eduardo Samitier.
2.- ¿Qué equipo fue especialmente premiado en 1938 por la «heroica contribución de sus hombres a la Cruzada de Liberación»?
a. El Real Madrid.
b. El Real Unión de Irún.
c. El Deportivo de La Coruña.
d. Osasuna.
3.- En marzo de 1939, recién caída Barcelona, los jerarcas franquistas decidieron reactivar la actividad del fútbol catalán. Sus planes, al parecer, incluyeron cambiar la camiseta y el nombre del Barcelona. ¿Cuál era el nombre que quisieron ponerle?
a. España.
b. Real Cataluña.
c. Flechas Azules de Cataluña.
d. Sporting Hispania.
4.- El primer presidente de la FEF tras la guerra civil fue, por supuesto, un militar. El teniente coronel Troncoso. Días después de su nombramiento, Troncoso envía una circular imponiendo una curiosa regulación en los clubes de fútbol de primera división. ¿Cuál fue?
a. Deberían tener al menos tres jugadores en la plantilla que fuesen militares en activo.
b. Todos los jugadores deberían tener cuando menos el equivalente de graduado escolar.
c. Se limitaban los sueldos para que no pudiesen ganar menos que un militar de carrera.
d. Se establecía un examen público sobre su conocimiento del «Cara al sol» y otros himnos patrióticos.
5.- En la temporada 1942-1943 se produjo un hecho histórico. El Real Madrid eliminó al Barcelona en la copa tras un partido en Madrid que permanece insuperado, pues los blancos ganaron por 11-1. A ver si sabes quién visitó el vestuario blaugrana antes del partido.
a. Franco.
b. Serrano Súñer.
c. El general Moscardó
d. La policía.
6.- A ver si sabes terminar esta frase, pronunciada con ocasión de un Suiza-España en Zurich: «Y ahora, muchachos, ya lo sabéis: cojones y ....»
a. visión de juego.
b. voluntad nacionalsindicalista.
c. españolía.
d. vergüenza torera.
7.- ¿Quién fue bautizado «el gamo de Dublín»?
a. Gaínza.
b. Zarra.
c. Artigas.
d. Venancio.
8.- El 2 de julio de 1950 se produce el histórico partido de Brasil entre España e Inglaterra. La verdad, si no sabes que les ganamos gracias a un gol de Zarra, no sé qué haces leyendo este cuestionario. Pero preguntarte eso sería muy sencillo. A ver si sabes, no quién lo marcó, sino quién le dio el pase.
a. Gaínza.
b. Panizo.
c. Puchades.
d. Gabriel Alonso.
9.- Jorge Valdano tuvo un antecesor en el Madrid. Un jugador que, como él, era muy intelectual y que, de hecho, fue públicamente criticado por la prensa falangista por leer a Dostoievsky. ¿Sabrías decir quién fue?
a. Puskas.
b. Molowny.
c. Pahíno.
d. Di Stefano.
10.- También supongo que algo sabrás sobre el rocambolesco fichaje de Di Stefano por el Madrid y la salomónica decisión de la FEF de que jugaría primero en el Madrid y luego en el Barcelona. Sin embargo, el Barça renunció al argentino. Muchas cosas pudieron incidir en dicha decisión pero, al parecer, una de ellas fue un informe del entrenador blaugrana, el húngaro Daucik (cuñado de Kubala) en el que se expresaban serias dudas sobre el jugador por un motivo. ¿Cuál?
a. Sus excesivas ambiciones económicas.
b. Su mal carácter.
c. Su presunta propensión a las lesiones.
d. Su incompatibilidad personal con Kubala.
Nos vemos...
miércoles, marzo 11, 2009
Álvaro de Luna, o el parto de España (y 7)
¿Cuál fue el motivo de la huida de Enrique de Castilla? Pues, simple y puramente, la pasta. Alguno de los terratenientes que había perdido en aquella pelea, como el almirante de Castilla, había solicitado de Enrique que se encargase de sus haciendas en tanto en cuanto durase su desgracia política; algo que todo el mundo, conociendo a Juan II El Pendular, tampoco esperaba que durase mucho. Enrique, a la menor insinuación que pudo haber (y lo decimos así porque las crónicas contemporáneas no son prístinas al respecto) de que tal vez alguno de los activos embargados no iba a caer en sus zarpas, resolvió volverse contra su padre y poner la disponibilidad de las riquezas como condición necesaria, y tan sólo quizás suficiente, para apoyar a su padre.
Esta anécdota tiene su importancia, a mi modo de ver, para entender un poco mejor a Isabel de Castilla. Que Isabel y Fernando se desempeñaron con sus competidores, nobles y coronados, con una notable crueldad, es algo que está fuera de toda duda. Pero también hay que tener en cuenta que este tipo de cosas estaban al cabo de la calle y que los católicos reyes, de alguna manera, resolvieron acabar con ellas. En una nación moderna, un hijo no se vuelve contra su padre, poniendo con ello en peligro la estabilidad de la nación y de la propia corona, por un quítame allá esas tierras. Y, pensaría Isabel algunos años más tarde, si para hacerlo entender hay que dar una mano de hostias, pues se da, y punto.
Juan II, en fase Deep, Deep Blue, se bajó los gayumbos y acabó resolviendo incluso el perdón del almirante de Castilla, lanzando una vez a sus enemigos el mensaje claro de que una represalia castellana duraba menos que un mantero en la acera de la calle Fernando el Santo.
En 1447 el rey Juan, que ha enviudado ya de María de Aragón, concierta una nueva boda-alianza. Como la cosa con Aragón no ha ido bien precisamente, prueba con el punto cardinal que le queda y concierta con Joao de Portugal su boda con la hija de éste, Isabel. Probablemente, Álvaro de Luna fue muñidor de este acuerdo, cuyas ventajas en materia de política exterior hasta Moratinos muerto de sueño sería capaz de ver. Sin embargo, lo que él no sabía es que esa boda, a la larga, le costaría el cuello.
De hecho, es más que probable que esta boda fuese cosa del privado, pues sabemos que Juan se cogió un mosqueo del 42 cuando supo lo de la boda, pues él, en realidad, quería casarse con la hija del rey de Francia, de nombre Regunda, que al parecer estaba más buena; bueno, lo que nos dicen las crónicas es que estaba como para dejar un rastro de baba masculina desde La Coruña hasta Vladivostok. Fruto del casorio real del rey (obsérvese la aliteración) con Isabel de Portugal sería Isabel de Castilla, la reina católica; así pues, de haber hecho el rey lo que su glande le dictaba, Isabel habría sido Regunda y quien sabe si no habría reinado en Castilla también, también casándose con Fernando. En ese caso, ¿cuál sería el lema que habríamos aprendido en la escuela? En lugar de «tanto monta monta tanto, Isabel como Fernando», quizá sería, «sea Fernando o sea Regunda, da igual quién te funda».
Todos sabemos que Isabel de Castilla era mujer recia a la que le gustaba mandar más que a mí el chorizo cular. Y conste que yo, por un buen chorizo cular, soy capaz de muchas cosas, un tercio de ellas humillantes. La pregunta es: si padre era un péndulo agilipollado y el más resolutivo de sus cortesanos estaba muerto cuando ella empezó a dar sus pasos de razón, ¿de dónde pudo haber sacado ese carácter?
Pues de quién va a ser. De Lisbeth La Lusa. Que era de armas tomar.
Isabel de Portugal llegó a la corte castellana para mandar. A la tercera o cuarta vez que el De Luna se le intentó imponer, se dijo: hasta aquí has llegado, chaval.
Mi reconstrucción de las cosas es tal que así. Juan de Castilla era un rijoso. Uno de esos tipos que comen y beben a lo bestia, y cuando le dan descanso a la circulación sanguínea por ambos motivos les gusta sacar a pasear el fornicio, y no precisamente para hacer aguas. Esto Isabel de Portugal lo sabía y, ambiciosa que era, quería aprovecharlo para poner sobre la tierra un infante, o en su defecto una infanta, que tuviese tiempo y posibilidad de pelearle a Enrique el liderazgo de Castilla. Para eso necesitaba embarazarse y, por eso, nada más casarse, empeñó sus fuerzas en que su señor esposo, aún siglos antes de inventarse el ferrocarril metropolitano, soñase cada noche con la estación de Empalme, no sé si me explico. Álvaro de Luna, sin embargo, andaba preocupado con la salud de su rey, así pues le aconsejaba morigeración. Cual trigonometra meticuloso, se pasaba el día salmodiando al oído de su señor: «deje en paz los senos, mi Señor». Pronto comprendió la portuguesa que su problema era el condestable, así que resolvió quitarlo de en medio.
Curiosamente, esto es algo que suele pasar, el momento de decadencia de Álvaro de Luna viene a coincidir, engañosamente, con tiempos que parecen los mejores para él. Por esos años, en efecto, el condestable logra la detención masiva de la mayor parte de los nobles que en Olmedo estaban frente al rey, todos ellos protegidos del príncipe Enrique, lo cual inmediatamente malquistó a éste con su padre.
Isabel ya está en fase de diseñar asesinatos en la persona de Álvaro de Luna. Lo intenta en Madrigal de las Altas Torres, donde simula una pelea para hacerle salir a mediar para ser asaeteado, pero el condestable se lo huele y hace salir a uno de sus parciales en su lugar. Aunque los escritores pro-De Luna quieren pintar aquí a un viejo de unos sesenta años que todo lo que trata es de esquivar su destino, yo creo que esa visión es demasiado positiva. Doy por cierto que De Luna intentó acuerdos con los privados del príncipe Enrique, el marqués de Villena y Pedro Girón, maestre de la orden de Calatrava, para intentar algo así como un golpe de Estado desde dentro para, mediante la concertación, controlar a los coronados desde la privanza.
Terreno resbaladizo, pues. Sólo cuestión de tiempo que se cometiese un error.
En 1453, en Burgos, llega el Viernes Santo y la corte se va a misa, como es de ley. Allí, un fraile dominico se encarga de la homilía, en la que, aún sin nombrarle, se dedica a poner al condestable de tonto del culo para abajo. El mosqueo que se coge el apelado es fortísimo y, en las averigüaciones que hace llega a la conclusión, quién sabe si cierta o falsa, de que su criado Alonso Pérez de Vivero, que hasta ha sufrido prisión por él, estaba concertado con el fraile. Al parecer, tenía unas cartas que demostraban la traición. Así que citó a su criado en la alta torre de su posada y, una vez allí, lo tiró por la ventana, haciendo papilla de subalterno.
La muerte de Alonso Pérez de Vivero fue el hecho que necesitaba Isabel de Portugal para vencer las últimas resistencias del rey Juan, el cual, de todas formas, no era ningún hacha manteniendo su opinión. Se dictó cédula contra el condestable. Éste fue cercado en su posada burgalesa, después de haber cometido el segundo error fatal, que fue no huir a Escalona a tiempo. Al parecer, estando ya sitiado logró huir, pero volvió a la posada, probablemente por darse cuenta de que estaba demasiado viejo, y era demasiado principal, como para ser un fugitivo del rey. Además, ¿quién le daría asilo? Todo en derredor de Castilla, no había sino enemigos suyos.
Vuelto a la posada, y con el mismo rey conminándole a rendirse desde la plaza de la Carnicería, plenamente consciente de lo que iba a pasar, Álvaro de Luna se despide de su lujoso vivir con una comilona a la que invita a todos sus parciales. Luego reparte los dineros que allí tiene, que son muchos. Signo de que el condestable no era ningún santo es que reserva veinte mil florines (un pastón) para lavar su conciencia «por cosas adquiridas y habidas sin entera justicia»; o sea, que bien sabía que las había robado.
Esta comida se celebró, en parte, porque el rey había firmado a favor del De Luna un seguro a favor de su integridad física y la seguridad de los suyos. Nada más entregarse el condestable, sin embargo, Juan de Castilla se cagó y se meó en sus propios compromisos, prendiendo a los hombres del condestable y quitándoles el dinero que éste mismo les había dado. Ole con ole la honradez coronada.
El proceso de Álvaro de Luna fue una chapuza. No hubo declaración del acusado, ni gestiones probatorias. Bastó con la palabra del rey para condenarlo. El rey, su amigo. Lástima para don Álvaro que el proceso le pillase con la ciclotimia a la remanguillé.
Por la vallisoletana calle de Francos, luego por Esgueva, la Plazuela Vieja, Cantarranas y Costanilla fue la comitiva con el rey. Sin mostrar emociones especiales, se acostó boca abajo, y el verdugo, experto segador de cuellos, hizo el resto.
El bachiller Cibdareal, personaje probablemente de ficción que esconde a algún notable de aquella Corte, cuenta en su crónica de aquellos tiempos que al año siguiente de la ejecución, en el momento de sentirse morir, Juan II de Castilla habría de confesarle que «naciera yo fijo de un mecánico, é oviere sido fraile del Abrojo, é no Rey de Castilla». Desde luego, macho. Que eres uno más de los que en nuestra Historia demuestran que la presunta eficiencia de la herencia de sangre es algo que hay que tomarse con muchas, pero muchas, prevenciones, está más que claro. Qué gran fraile rijoso se perdió Castilla, y qué enorme cantidad de problemas ganó a cambio.
De los momentos jodidos, sin embargo, los listos aprenden. Esto lo sabe casi cualquiera que alguna vez haya estado casado, y las naciones no son muy distintas. Castilla alcanzó, con Juan II, y muy a pesar de que Álvaro de Luna fue un estadista no exento de amplitud de miras, un punto crítico de disolución y debilidad. Por el mosaico que en estas notas os he querido pintar habéis visto pasar nobles que se sienten más fuertes que su rey, naciones menores que quieren arremeter contra sus potencias, pueblos levantados en ira, familias rotas que en su ruptura reflejan la ruptura de la nación de la que se supone son la quintaesencia.
Pero ya lo he dicho: hay gentes que aprenden.
Juan de Navarra, el hermano de Enrique de Aragón, AKA Tú Date La Vuelta Que Yo Te La Meto, eterno jugador del Teto dinástico, era mucho más listo que su hermano. Maniobrero, lo era un rato. Pero también era un estadista ya moderno, capaz de entender que las naciones tenían que ser algo más que pedazos de tierra que los leones se disputan a base de matarse entre ellos. En 1453, el mismo año que desaparece su gran enemigo político, Álvaro de Luna, nace en la única villa española con nombre de arroz su gran proyecto, a quien pondrá por nombre Fernando. Fernando de Aragón se criará a los pechos de su padre, en crianza que no será nada fácil porque imponerlo como rey de Aragón no fue nada fácil. Pero todas las dificultades fueron vencidas por Juan, todo voluntad, que por llevar adelante sus proyectos fue capaz de sacrificios tan brutales como someterse a una operación de cataratas (ojo: sin anestesia ¡Aaaaay!) para recuperar la vista.
Fruto de ese concepto moderno, renacentista, de estadista cabrón, despiadado, pero estadista al fin y al cabo, nacerá España. Para bien, o para mal. Eso, cada uno según le vaya el viento.
Nación que enterró en sus cimientos a la que quizá fue la última víctima del mundo de ayer, de la desestructurada y demasiado sencilla visión medieval de las cosas: Álvaro de Luna, condestable de Castilla, privado del rey. Esta opinión es una imposible ucronía, pero al menos yo pienso que Álvaro de Luna, de haber vivido más y sobre todo haber podido dejar en la Corte castellana la impronta de su saber, jamás habría sentado las bases para una unión de las coronas castellana, aragonesa y navarra. Su mundo era un mundo en el que los leones no cazaban en manada, sino que se mataban entre ellos.
Si yo fuese un historiador marxista de ésos que ven la Historia como una especie de engranaje que se mueve siempre hacia donde ha de moverse, diría pues que Álvaro de Luna, más que víctima de las ambiciones de una reina lista, fue víctima de los tiempos. Murió porque tenía que morir. España estaba de parto y había que hacerle sitio al bebé.
lunes, marzo 09, 2009
Álvaro de Luna, o el parto de España (6)
A lo largo de estas notas que ya van durando creo haber destilado varias veces mi opinión de que Juan II de Castilla era de natural caprichoso y variable, hecho éste que lo hizo impredecible y que convirtió la presencia de Álvaro de Luna a su lado en prácticamente imprescindible. En 1437, y sin que sepamos a ciencia cierta por qué, el rey da una nueva prueba de que va a su puñetera bola todo el día: ordena el arresto del adelantado Pero Manrique, a quien, en pasadas tomas de esta historia, hemos visto romperse los cuernos por su rey, bien es verdad que debiendo lavar el pecado de haber apoyado al de Aragón en lo de Tordesillas.
Aquello de don Pero fue, además de difícil de entender, políticamente erróneo. Manrique estaba largamente emparentado con la alta nobleza castellana y, por otra parte, marqués que no era su primo, era su amigo. Con la detención, para empezar, el rey castellano se ganó la enemistad del Almirante de Castilla, que siempre le había sido fiel. Para como el adelantado se fugó de su prisión de Fuentidueña y puso los pechos de su caballo en dirección a Medina de Rioseco, donde se había encastillado don Fabrique. El rey respondió juntando lanzas y sacándolas al campo. Una vez más, Castilla en clave de guerra civil.
Aquel enfrentamiento vino a coincidir con el regreso desde Italia de los aragoneses, ya sin el infante Pedro que murió de un tiro junto a las murallas de Nápoles. Como ya hemos dicho que esta familia es ya una familia de príncipes al estilo maquiavélico, al instante urdieron una trama para engañar al rey castellano. De modo y forma que Alonso se quedaría en Zaragoza como si la cosa no fuese con él, Juan de Navarra haría como que apoyaba al rey, y a Enrique le reservaron el papel que más le gustaba, es decir el de rebelde que apoyaba a los nobles alzados.
En medio de esta tela de araña, y hemos de suponer que para desesperación del condestable que es imposible que no se diese cuenta de jugada (y también es de suponer que alucinaba al comprobar cómo el rey se la tragaba), el monarca castellano fue progresivamente embaucado y convencido de eso de la paz ante todo y tal. Tal cosa se pactó en el llamado Seguro de Tordesillas, pacto que consiste, básicamente, en una nómina de humillaciones del rey castellano, el teóricamente más poderoso, y que prácticamente se baja lo pantalones en cada página del superferolítico documento. Entre las cesiones reales figura una que deja bien claras las intenciones de los firmantes: el apartamiento de Álvaro de Luna de la Corte durante seis meses.
Ya por aquel entonces aparece en escena un personaje más. Si hasta ahora hemos llenado esta página de mentirosos, hipócritas, traidorzuelos y gilipollas, aún nos faltaba uno a quien, sin embargo, a menudo la Historia no trata demasiado mal: Enrique de Castilla, el futuro Enrique IV.
Hay mucha gente a quien Enrique IV le cae bien. No es algo que sea criticable, porque estas cosas van por gustos. De Enrique se destaca, a veces, su presunto talante democrático por gastarse una simpatía hacia los musulmanes (gustaba, al parecer, de vestir a la manera mora) que obviamente su medio hermana Isabel no tenía. Además, Enrique es querido por todos aquellos que consideran que la movida de Isabel contra su hija, La Beltraneja, fue un sucio montaje.
Yo no digo, desde luego, que Isabel de Castilla fuese una santa y, es más, tengo mis dudas de que La Beltraneja no fuese hija del rey (así como las tengo de que lo fuese). Pero eso no mueve ni un ápice ni la imbecilidad ni, sobre todo, la endeblez de palabra de este Enrique de Castilla tan, tan capullo. No desplegó la menor fidelidad hacia su padre y hacia la institución que representaba, se despachó con una falta de escrúpulos tan notable como burda y fue, en general, uno más de los malos reyes que trufan la Historia de España.
En este punto de la guerra civil, Álvaro de Luna, quien como sabemos está desterrado, decide que no es momento de andarse con gollerías, y abandona Escalona para poner sus armas en defensa del rey. Se dirige contra Enrique de Aragón, tomándolo por el núcleo de la rebelión y, tras infligirle una seria derrota cerca de la propia Escalona, lo acorrala en Torrijos. Enrique reacciona pidiendo ayuda, lo cual desenmascara a Juan de Navarra, el cual se ve obligado a acudir en su apoyo desde Arévalo.
Fue Álvaro de Luna, al fin y a la postre, el que cambió las tornas de aquella guerra, que pintaban mal para su rey. Tanto éste como sus enemigos estaban en las inmediaciones de Medina, con notable inferioridad para el ejército castellano. Sin embargo, el condestable consiguió entrar en la ciudad de noche, con más de 1.500 efectivos, convirtiendo dicha inferioridad en todo lo contrario.
No obstante, en Medina había un montón de agentes del rey Juan de Navarra, que fueron los que, una noche de junio, rompieron desde dentro la muralla por dos sitios para facilitar la entrada de los confederados.
Conocedores de la traición, el rey y Álvaro de Luna se colocan en la plaza de San Antolín de la villa, esperando la llegada de unos parciales que, sin embargo, no se juntan en demasiado volumen, por lo que parece imposible que sean capaces de enfrentarse a los dos hermanos, Juan y Enrique, que ya están dentro, buscándole. El rey, viéndose perdido, primero ordena a Álvaro de Luna que se ponga a salvo y, después, llama a parlamentar a don Fabrique, el almirante, que está con los aragoneses como sabemos a causa de la mamonada real de haberla tomado con Pero Manrique.
En la reunión de San Antolín se vuelven a decir por ambas partes palabras dulces relacionadas con los íntimos vínculos familiares que tienen todos los presentes de sangre real. Pero los aragoneses, que saben que han ganado, exigen su pieza mayor. Ésta no puede ser la corona y lo saben. Juan II deberá seguir siendo rey. Eso sí, tampoco es que les pueda parecer mala cosa que sigua al frente del país un tipo tan débil e inconsistente. Lo que exigen es una limpieza étnica en la Corte castellana, limpieza de la cual habrán de ser víctimas Álvaro de Luna y sus parciales. En julio de 1441, se pronuncia la sentencia por la cual el condestable queda desterrado durante seis años.
Esta sentencia supone una victoria sin paliativos para el bando aragonés y la prisión de facto del rey castellano en manos de sus captores. Sin embargo, como ya ha ocurrido en el pasado, también tiene sus contravenciones. Como digo, ya hemos tenido ocasión de ver que el único gran problema de los aragoneses no era que no supieran perder; lo que no sabían era ganar. Era la de los infantes de Aragón una alianza coyuntural, totalmente estratégica. Nadie ha pensado seriamente en lo que hay que hacer una vez que se venza. Y a eso hay que añadir el factor de que ya tiene uso de razón (por llamarlo de alguna manera) el príncipe Enrique de Castilla, otro importante marmolillo que añadir al horizonte real español, ya de por sí preñado de ambiciosos, los más de ellos cortos de miras.
De hecho, la sentencia contra el De Luna nunca llega a aplicarse en su totalidad. Según la misma, debía entregar su stronghold de Escalona, cosa que no existe traza que hiciese nunca. Además, también muy pronto reingresan en la Corte algunos de sus allegados, como Alonso Pérez de Vivero; todo ello signo inequívoco de que al bando ganador, ante el Patio de Monipodio en que se ha convertido Castilla bajo su desgobierno, no tienen más remedio que pactar, siquiera parcialmente, con el odioso exiliado. No obstante lo dicho, el bando ganador parece arrepentirse de su propia debilidad y actuar mediante rabotazos violentos, como la detención del propio De Vivero a cuenta de unos presuntos crímenes que habría cometido. Pero estos rabotazos son, precisamente, los que dejan ver su natural dictatorial y colocan a no pocas gentes de Castilla del lado del condestable.
El muñidor de la coalición contra los aragoneses fue el obispo de Ávila, Lope de Barrientos, quien se empeñó en ganar para su causa al príncipe Enrique, y acabó consiguiéndolo. Así, los partidarios del rey reunieron en Burgos más de 7.000 efectivos, y con ellos avanzaron hacia Pampliega, donde estaba acampado el verdadero ejército que sustentaba el poder sobre el rey castellano, que no era otro que el de Juan de Navarra. Cuando el rey norteño tuvo noticia de lo que se le acercaba y echó cuentas de lo que tenía, se dio cuenta de que no podía ganar y, mucho más listo que su hermano Enrique, pasó de mariconadas de encastillarse y tal y, directamente, pasó a Navarra. Pero fue sólo una retirada táctica. En 1445 se concertó en Navarra con su hermano Enrique para formar un ejército y presentar batalla. Entraron en Castilla y se juntaron con sus aliados castellanos: el almirante de Castilla, el conde de Benavente, Pedro Quiñones, merino mayor de Asturias, Juan de Tobar, Rodrigo Manrique, el conde de Castro y otros nobles. Todos juntos tomaron Olmedo.
Para entonces el rey estaba en El Espinar. Cruzó el puerto de Guadarrama y acampó a cosa de kilómetro y medio de Olmedo. Tenía a su lado a su hijo Enrique, a Álvaro de Luna, al conde Alba, Íñigo López de Mendoza, Juan Pacheco, privado del rey, el conde de Haro y Lope de Barrientos, obispo de Ávila.
Don Lope es el listo de esta parte de la Historia. El taimado obispo era la cabeza más dotada para la diplomacia del lado castellano (y del contrario también), como ya ha demostrado ganándose al príncipe Enrique. Cuando, en un consejo, los castellanos le dijeron que esperaban la llegada en unos días del maestre de Alcántara con tropas que harían a los castellanos decididamente superiores (las fuerzas estaban entonces muy igualadas), De Barrientos se ofreció para parlamentar con los aragoneses una falsa salida negociada que los tuviera unos nueve días ocupados. Y así lo hubiera hecho; no sólo les hizo perder el tiempo, sino que consiguió que, durante toda la negociación, estuviesen convencidos de estar prontos a conseguir una solución satisfactoria. La verdad, no debía de costarle mucho al señor obispo amagar con presuntas cesiones del rey Juan II, pues éste había cedido, de verdad, millones de veces ya.
La batalla de Olmedo se produjo, sin embargo, el 19 de mayo de 1445; días antes de lo que cualquiera de los dos bandos hubiese deseado. Lope de Barrientos era un tipo listo pero, claro, tenía que contar con tener en su bando un tonto del culo como Enrique de Castilla. Enriquito El Voluble (marca de la casa) gustaba de dirigir en las pausas de la batalla pequeñas escaramuzas a las que entonces eran muy aficionadas las gentes de armas. Aquel día se acercó a Olmedo para buscar alguna pequeña pelea. Pero se acercó demasiado, lo que generó la sobrerreacción de los que estaban dentro. Cuando Enrique vio que le perseguía gran tropa (unos cien jinetes) salió echando leches hacia su campamento y el rey, al verlo, lo tomó por un ataque en toda regla, con lo que hizo sonar todas las sirenas que aún no se habían inventado.
En la batalla de Olmedo muere uno de los personajes principales de esta historia. De una forma bastante gilipollas, además. Enrique de Aragón recibe un puntazo de espada en una mano. Es curado de urgencia en Olmedo, pero acto seguid, y dado el signo que adoptó la batalla de Olmedo, tiene que salir para Aragón. Mala decisión. Horas y horas cabalgando camino de la patria chica mientras que los microbios hacen su agosto en la palma de su mano. En Calatayud es ya malamente curado, pues la cosa está fea. La herida, teóricamente poca cosa, le cuesta la vida a este maniobrero candidato eterno al poder, rey sin corona, vasallo de nadie.
La misma noche de la batalla ya se sabe que las huestes de Juan y Enrique de Aragón han vuelto grupas hacia el reino de su hermano Alonso. Los castellanos deciden no perseguirlos.
Castilla ha ganado. Los ejércitos castellanos levantan el campo de Olmedo y recalan en Simancas. Allí se hacen planes sobre qué fuerzas enviar para someter los predios de los nobles que se han juntado con los aragoneses en la batalla. Los hombres de Estado de Castilla piensan sólo en pacificar y consolidar el país.
Pero no cuentan con que hay un ambicioso en sus filas.
Aprovechando la noche, y no se sabe muy bien ni por qué ni para qué, el príncipe Enrique se escapa de la Corte.