viernes, noviembre 12, 2010
¿Existe el terrorismo intelectual (en España)? (y 2)
Todos estos nombres esconden la plétora de escisiones, y escisiones de escisiones, de la izquierda radical. Los comunistas oficiales tienen como líder a Georges Marchais. Pero buena parte de los líderes y activistas universitarios y colegiales del 68 están más a la izquierda, y su troskismo les lleva a ser seguidores de Alain Krivine. Y, por medio, la estrella rutilante del maoísmo, que ha sido abrazada por... ¿quién? ¡Otro perrito piloto! Jean Paul Sartre y su compi Simone de Beauvoir venden la publicación sinófila La Cause du Peuple por las calles de París, fotógrafos de prensa mediante. En 1973, Sartre justificará algunos de los excesos de aquellos momentos con una declaración abracadabrante: «Un régimen revolucionario debe desembarazarse de un determinado número de individuos que lo amenazan, y yo no veo otro medio que la muerte». Querrás decir el asesinato, mon ami...
¿Qué es, ideológicamente, el mayo del 68? En sus resultados, se podría decir que es un movimiento apenas revolucionario, o revolucionario de escaso éxito, que sin embargo tiene unas consecuencias más duraderas que la mayoría de las revoluciones. Todos nosotros, hoy, somos, en buena parte, hijos de mayo del 68.
El movimiento, incluyendo por supuesto sus trompeteros intelectuales, que venían a ser más o menos los mismos que hasta entonces habían sido caja de resonancia del sovietismo, tenía como primer objetivo poner en tela de juicio todos los pilares de la sociedad: los conceptos de nación (alternativa: internacionalismo, ciudadano del mundo; o, paradójicamente, nacionalismo exacerbado, siempre que se refiriese a una nación oprimida), Estado (alternativa: democracia popular, sin dejar muy claro qué quiere decir eso), familia (alternativa: amor libre, inexistencia de la autoridad paterna), escuela (alternativa: el cachondeo), empresa (alternativa: gestión o cogestión obrera), Iglesia (alternativa: Gran Hermano, Sálvame de Luxe et altera), son puestos en solfa. Incluso el concepto de manicomio cae al suelo como vulgar estatua de Stalin, con lo cual, por el camino, las sanidades públicas se han quitado de encima un problema de gónadas.
La apoyatura intelectual de este proceso de revisión completa es el estructuralismo y, sobre todo, el concepto de deconstrucción de Jacques Derrida, que es algo así como El Quijote: todo el mundo habla de él, pero pocos pueden explicar en qué consiste. Es en este contexto estructuralista en el que se pueden hacer afirmaciones como que una lengua, en sí, puede ser fascista (potente meconio teórico debido a Roland Barthes), o que se puede maridar marxismo y psicoanalismo (Marcuse).
El gran mensaje del 68, destinado a tener un gran éxito en Europa, es aquél según el cual toda autoridad puede ser puesta en duda. O, si se prefiere, la colocación del concepto de igualdad en el mismo centro de todo debate. De esos tiempos del «prohibido prohibir» es de donde parte la forma reflexiva del verbo realizar, y el concepto de «realizarse» toma forma y exigencia. Todo el mundo ha de aspirar a «realizarse», y todo lo que obstaculice ese proceso debe ser removido. Las personas eligen cómo se realizan, y si su elección pasa por, un suponer, ponerse ciegos de pastis (como ocurre con un montón de artistas, sobre todo si concebimos que hacer gorgoritos delante de un micrófono es arte), pues hay que permitírselo. Y no permitírselo se convierte en una actitud «fascista».
Mayo del 68, en este sentido, toma prestado del montaje intelectual anterior a su producción esa estrategia de estigmatizar como fascista todo lo que le estorba. El Estado es fascista, la policía es fascista, la escuela es fascista, la normativa antidrogas es fascista. La familia y la escuela, en especial, son fascistas en tanto que censuren al infante en su «realización». Este concepto es padre de algunas cosas de indudable sentido positivo (como, por ejemplo, que los educandos reciban educación sexual), pero también de excrecencias muy jodidas, fundamentalmente, dos: por un lado, la asunción de que el maestro no ha de disponer de una posición más elevada que sus alumnos; y, por otra, la idea filosófica de que la principal función de la escuela es ayudar al alumno a construir su personalidad, no transmitirle conocimientos. Hijos del 68, por lo tanto, son todos los humanos que hoy pululan por el mundo, que atesoran una sólida conciencia de la importancia de reciclar la basura y donar dinero para el Tercer Mundo y, al mismo tiempo, creen que la Reconquista fue un partido de fútbol.
En el paroxismo de la igualdad educativa, en aquellos tiempos se proponen ideas como que los profesores lo sean por votación de sus alumnos (y a ver quién es el guapo que suspende o castiga), o que los alumnos formen parte de los jurados de examen. ¿Quién hizo tales propuestas? Una pista: su apellido empieza por S.
La teoría de la igualdad también viene a impulsar de forma definitiva el feminismo, que encuentra su gran soporte en un libro de Simone de Beauvoir, El segundo sexo. La principal tesis de De Beauvoir es que no existe una natureza femenina, dado que cosas como el sentimiento maternal son desarrollos culturales. En un manifiesto publicado el 5 de abril de 1971, 343 mujeres, entre ellas la Beauvoir, Cathérine Deneuve, Margérite Duras, Jeanne Moreau, Françoise Sagan o Nadine Trintignant, se autoacusan de haber abortado. Estas 343 firmantes serán conocidas como las 343 putas, pero en un sentido positivo, reivindicativo; como cuando un latinoamericano se llama a sí mismo sudaca.
Hay que decir, en todo caso, que las feministas no fueron las únicas que hicieron pasta con el nuevo movimiento. La avispadísima escritora Esther Vilar conmociona al mundo con un libro en el que, sucintamente, viene a sostener la tesis de que la mujer domina al hombre, e insinúa que ha inventado el feminismo para hacerse la víctima y así garantizarse la pervivencia de su momio. Su aparición en el Estudio Abierto de la televisión española provoca una de las polémicas sociales más masivas de aquella España pacata, sólo superada por la surgida entre detractores y partidarios de Uri Geller.
En 1945, un joven oficial del ejército soviético envía una carta a un amigo en la que critica a Stalin. Le caen ocho años y, después de esos ocho, una vida de paria más allá del sistema. Ese joven oficial es matemático y físico, pero también tiene el don de escribir, y eso es lo que hace.
Dado que en la URSS carece de perspectiva alguna de publicar, Alexandr Solsenitsyn hace pasar a Occidente los manuscritos de sus obras, que aparecen en París. En 1969, como castigo, el sindicato soviético de escritores lo expulsa. En 1970, y es difícil que Washington sea ajena al proceso, recibe el Nobel de Literatura.
En diciembre de 1973, en París, se publica El Archipiélago Gulag, la obra más conocida de Solsenitsyn y, probablemente, el más efectivo torpedo que jamás recibió el sistema soviético en su línea de flotación. Aquel libro, avalado por el hecho de haber sido escrito por un premio Nobel, lo cual siempre aporta más ventas, será el manotazo definitivo que arrancará de los ojos de Occidente la venda que, cuidadosamente atada por la propaganda, los intereses y la calculada estulticia intelectual, tapaba los ojos que miraban hacia el Este.
Solsenitsyn no deja lugar a la duda. La tesis central de su libro es que el fundamento de la URSS en el terror y la represión no es ni siquiera una idea de Stalin. El hasta entonces angélico Vladimir Lenin, conceptuado en Occidente como una especie de ONG con perilla, un padre Coplillas rojo repartiendo el bien entre los desheredados, aparece como el primer conceptuador de la represión masiva de los otros, de los que estorban o dicen no, estrategia que su heredero no hace sino sublimar.
Los soviéticos arrestan al escritor pero, protegido como está por su notoriedad, lo tienen trece días en el maco, y lo expulsan. La llegada de Solsenitsyn a Occidente no hace sino empeorar las cosas y enconar el debate. En España, por cierto, al franquismo le falta tiempo para traerse a la estrella literaria al programa de José María Íñigo, donde el ruso soltará por la boca lo que los jerifaltes del régimen quieren oír: ustedes [los españoles] no saben lo que es no tener libertad. Recuerdo como si fuese el día de hoy a mi padre sentado en el comedor de nuestra casa, mirando la tele. En aquel entonces yo no entendí una mierda de lo que estaba diciendo Solsenitsyn en la caja tonta, y mi padre me lo resumió así: «El ciervo le dice al toro: tú no sabes lo que es tener cuernos».
Solsenitsyn hace predicciones. La fundamental es que Indochina se va a convertir en un Gulag. La intelectualidad de izquierdas se le tira a la chepa. Pero, desgraciadamente, acierta. El 17 de abril de 1975, los jémeres rojos entran en Phnom Penh, dan la orden a sus habitantes de que emigren al campo con inmediatez (e inmediatez quiere decir inmediatez) e inician una serie de actos altamente edificantes entre los que se encuentran, según confesiones de sus propios verdugos bastantes décadas después, estrellar bebés contra las paredes con la estimable intención de reventarles la cabeza.
En 1978, un fenómeno deja en evidencia las condiciones de vida en la zona: el fenómeno de los balseros vietnamitas. Ellos no se enteraron, no tenían parabólica en sus cayucos de mierda, pero echarse a la mar y calificarlos el Partido Comunista Francés de «reaccionarios», fue todo uno. En fin, veámosle a la cosa el lado bueno: por lo menos, no les llamó fascistas. Eso sí, la tragedia indochina, que cada vez se puede esconder menos, acaba por forzar cierto despego de la intelectualidad respecto de la ortodoxia de izquierdas. Los intelectuales, con ese fino olfato que les permite detectar siempre las mejores corrientes de viento, se solidarizan con los vietnamitas a pesar de que no hacen otra cosa que huir del régimen político que ellos han alabado sin ambages hasta antes de ayer (una cosa y la contraria, y siempre son verdad...). Raymond Aron, destacado intelectual de espíritu liberal, sale en la prensa dándose la mano con el pollo cuyo apellido empieza por S (es que estoy un poco harto de citarlo).
Un periodista, Olivier Toll, entrega un artículo en Le Nouvel Observateur en el que reconoce que «hemos colocado al régimen comunista de Vietnam del Norte en un pedestal». La redacción lo rechaza. Otro periodista de izquierdas, Jean Lacoutre, se autoacusa en los papeles de haber practicado la «información selectiva» en el asunto vietnamita. Como se dice en mi tierra: tarde piaches... De todas formas, pronto la intelectualidad encontrará sus caminitos para poner las cosas en su sitio. Así, Patrice de Beer establece esta interpretación del genocidio camboyano: «No fue otra cosa que el resultado de una guerra suscitada por los americanos». Hala, ya todo está en su sitio de nuevo.
La muerte de Mao, en 1976, provee a la intelectualidad de izquierdas con otro disgustillo, por cuanto es seguida del conocimiento masivo de las cositas que hizo este señor, aparte de la guarrísima de no haberse lavado los dientes en toda su vida. El eterno Sartre había escrito en 1960: «El marxismo es el horizonte indispensable de nuestro tiempo». Los años ochenta le contestan: pues va a ser que no, colega.
En realidad, la intelectualidad adelanta la caída del Muro. Antes de que el sistema comunista termine de derrumbarse, en un proceso al que quizá no sea ajena la debilidad manifiesta de la URSS en sus últimos diez años, el monopolio intelectual ejercido por una determinada cosmovisión se quiebra. Son los años de las primeras obras ajenas a la interpretación marxista, los libros de Jean François Revel, de Lévy, etc.
Falta de su misión clara, máxime después de 1989 con la caída del Muro, la intelectualidad cambia el registro, y encuentra dos elementos en su apoyo: el ecologismo y, sobre todo, la inmigración. Donde decía fascista ahora dice racista, o xenófobo. La utilización de los mecanismos bien conocidos de décadas atrás (monopolización del «pensamiento correcto», estigmatización de todo lo contrario) ha impedido la realización de debates reposados sobre la materia. Basta media hora de foro en foro en internet para darse cuenta de que discutir sobre la inmigración o el cambio climático equivale a resignarse a leer conceptos de gran altura filosófica como: moro de mierda, fascista, puto racista, payopony, negacionista, exaltado, hijoputa, mentiroso, y otros de parecido jaez. Los científicos partidarios de la teoría del calentamiento global se intercambian correos felicitándose de que uno de sus detractores la haya palmado. Vamos bien; pero que muy bien.
Hechas estas apreciaciones, cabe la pregunta: ¿Existe el terrorismo intelectual en España? En mi opinión, lo primero que hay que decir es que, viviendo como vivo en un país que sabe muy bien lo que significa la palabra terrorismo, yo la reservaría para los cabrones. Así pues, no creo que haya que hablar de terrorismo intelectual. Para mí, se trata más bien de un monopolio intelectual que trata de imponer un pensamiento único, y estigmatizar el contrario.
El monopolio intelectual ha existido en España a lo largo de buena parte del siglo XX. Al principio, porque se apoyaba en una dictadura que a quienes no comulgaban con dicho monopolio, no es que los estigmatizase; es que los encarcelaba. Nosotros, tal vez, tuvimos, merced a dicha dictadura, la oportunidad de entender que los monopolios intelectuales no llevan a nada bueno. Y, sin embargo, con la Transición y el régimen democrático, muchos de los elementos producidos en otros países, y notablemente en Francia, durante décadas en las que nosotros estuvimos calladitos, fueron adoptados.
España reprodujo, a partir de 1976, y de una forma acelerada, todos los elementos que antes no pudo aplicar, o sólo pudo aplicar de forma embrionaria. El monopolio intelectual afecta, por ejemplo, a la interpretación de la Historia de España, notablemente de la más reciente. La interpretación que hoy podríamos denominar canónica de la Guerra Civil tiene claros elementos de esa estrategia monopolística. Resulta, por lo tanto, por lo menos curioso comprobar que, habiendo existido la oportunidad de librarse de esta lacra, la hayamos adoptado con tanta pasión.
Y hasta el miércoles. Je pars...
lunes, noviembre 08, 2010
¿Existe el terrorismo intelectual (en España)? (1)
En algún pretérito post he dicho, y aquí lo mantengo, que de las diversas y variadas guerras de que se compuso la Guerra Fría entre mediados de los años curarenta y 1989, la URSS sólo ganó una: la guerra de la propaganda. En cualquier país del mundo, el régimen soviético y afines (afines, aún enfrentados con él), pese a ser, de largo, los mayores merecedores del calificativo «genocida», caen más simpáticos, o en ocasiones se benefician de distintos niveles de indiferencia, comparados con sus contrincantes. Aquí no se trata de hacer una historia de buenos y malos; en eso consiste, más bien, la dinámica argumental de esta inmensa operación de propaganda. No se trata, por lo tanto, de defender la virtuosidad de lo que podríamos denominar el bando norteamericano, que tiene para dar y tomar y sólo con el macartismo tiene como para esconderse unos cien años. Se trata de entender cómo fue posible que durante décadas del siglo XX, décadas en el curso de las cuales estaban ocurriendo los hechos más atroces de la Historia del mundo, tantos y tantos intelectuales pudieron vivir, no sólo ajenos a esa realidad, sino aplaudiéndola como la vanguardia del progreso del hombre.
Este proceso se analiza en un librito que me he leído en dos o tres aviones este mes, del que, por lo menos de creer al ISBN, no hay edición en español (SÉVILLIA , JEAN. Le terrorisme intelectuel de 1945 à nos jours. París, Perrin, 2004). El libro, como todo, tiene sus limitaciones y sus errores. Como toda persona que arma una tesis, el autor tiende a apartar lo que le molesta y a mostrarse consecuentemente comprensivo con diversos fenómenos ocurridos en la Francia del siglo pasado, notablemente las tomas de posición de la Iglesia católica y el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen, con los que cabe poca comprensión. La lectura, por lo tanto, hay que desbastarla de cierta exageración teórica pero, más allá, la exposición de los hechos es, en algunos casos, demoledora.
La tesis de Sevillia, que tomo prestada para estos post, es que existe un terrorismo intelectual, es decir una estrategia como tal armada para procurar la prelación exclusivista de un cierto modo de pensamiento, que no siente necesidad de justificarse porque se cree, o se dice, representante del pensamiento libre del hombre. El terrorismo intelectual, por lo tanto, busca que entre los intelectuales exista un discurso único, cuyas cambiantes tesis y contenidos serán, de alguna forma, controladas por una élite. Se trata de un pensamiento de tintes progresistas, o es lo que diremos hoy, porque hasta hace dos o tres décadas, la palabra hubiera sido marxistas. Pero eso, claro, ha pasado de moda.
El 99% de los hechos descritos por Sevillia se refieren a la realidad y a la intelectualidad francesas. Ciertamente, eso hace ciertos pasajes del libro un tanto pesados para un lector, como el presente, para el cual la Historia de Francia no es precisamente el primer interés. Pero Francia tiene su interés a efectos de lo que hablamos por la fuerte influencia que ejerció su intelectualidad dentro del discurso de Occidente, y los hechos importantes que tuvieron a Francia por centro.
De la lectura del libro cabe concluir, creo yo, que eso que se llama terrorismo intelectual tiene una serie de características, a saber:
En primer lugar, la expresión del mundo en términos maniqueos. Esto quiere decir que siempre que dos se enfrentan, uno ha de ser el bueno, y el otro el malo. No puede haber fisuras aquí. Al bueno se le comprende casi cualquier desviación o error, mientras que al malo se le niega el pan, la sal y la Playstation.
En segundo lugar, el «empaquetamiento» en una sola categoría de todo lo que no concuerda con el pensamiento que se pretende defender. Es una actitud totalmente coherente con el maniqueísmo: si todo lo que no es bueno (todo lo que no piensa como yo) es malo, ¿por qué hacer distinciones en materia de maldad? El que está contra mí debe ser expulsado del nido; no importa que tan sólo tenga problemas de matiz o que quiera presentar una enmienda a la totalidad.
Esta metodología está tomada del estalinismo. El estalinismo resumió a todos sus críticos en calificativos como troskista, zinozievista, revisionista, etc., todos ellos sinónimos. Todos significaban no-estalinista, y todos terminaron frente al mismo pelotón de fusilamiento. Lo que Sevillia llama terrorismo intelectual se basa en otro concepto: el concepto de fascista, o facha si estamos en confianza. El mundo se divide, a partir de aquí, en fascistas y en antifascistas, y todo aquél que pisa el suelo tiene que elegir dónde se pone.
Este asunto tiene mucho que ver con la tercera gran catacterística de este movimiento, que es sublimar el arte de manejar las palabras. Para convertirse en un pensamiento único, la intelectualidad necesita, y en buena parte lo consiguió en el siglo pasado, adquirir el monopolio de inventar y difundir las palabras, y definir su significado. Así, como decimos, las dictaduras de derechas se convirtieron en «regímenes fascistas»; y las comunistas en «democracias populares». Hay que reconocer que no fueron los únicos que intentaron este juego; ahí está, sin ir más lejos, el general Franco y su democracia orgánica.
El final de la segunda guerra mundial operó como una especie de tabla rasa tendente a igualar a todos aquéllos que habían estado finalmente apuntados al bando que la ganó. Esto favoreció especialmente a las formaciones comunistas, que tenían un pequeño pecadillo que lavarse: su actitud, en 1939, tras la firma del pacto germano-soviético y las instrucciones que les llegaron desde Moscú de mostrarse comprensivos con el nazismo; así, el Partido Comunista francés, durante las primeras jornadas de ocupación alemana de Francia, llamaría en sus publicaciones a confraternizar con los germanos.
Siempre atento a las operaciones de propaganda, el comunismo aprovecha esta circunstancia para dar un paso adelante y apostar por convertirse en el héroe de la guerra. El PCF se intitula «el partido de los 75.000 fusilados», en alusión a la cifra (exagerada) de víctimas de la Resistencia comunista. En 1947, en el congreso del partido, en un momento en que la formación roza el 30% de los sufragios en las elecciones, el dirigente comunista Laurent Casanova lanza la consigna de movilizar a los intelectuales. Aunque la relación del comunismo, rígido y disciplinado, con los creadores, a algunos de los cuales les gusta hacer lo que les apetece, no fue fácil. Ahí está, por ejemplo, la famosa anécdota de Louis Aragon, quien tuvo que hacer una autocrítica ante el Partido por haber encargado a Picasso un retrato de Stalin, a la muerte del dictador. Picasso hizo lo que le gustaba hacer y, lógicamente, lo que le salió estaba bastante lejos de la estética del realismo socialista. En Moscú el retratito no gustó.
Las líneas de trabajo de la intelectualidad procomunista en la posguerra son, fundamentalmente, dos.
En primer lugar, consolidar la imagen y el concepto del resistente antifascista. Se identifica el antifascismo con la lucha por la libertad para, posteriormente, monopolizar el término por la vía, como hemos visto, de meter en la bolsa del concepto de fascista a todo lo que no gusta.
En segundo lugar, establecer la identificación estricta entre pacifismo y sintonía con la URSS. La URSS, según esta teoría, trabaja para la paz mundial, frente a un segundo actor, los Estados Unidos, que quiere quebrarla. Bajo este concepto se producen declaraciones tan abracadabrantes como la de Frédéric Joliot-Curie, premio Nobel de famosos apellidos asimismo nobelizados, según el cual la bomba atómica soviética es un factor de paz. Esta es, sin ir más lejos, al tesis del congreso intelectual mundial celebrado en agosto de 1948 en Wroclaw, Polonia, al que no falta, entre otros, Pablo Picasso.
Este congreso, por otra parte, es un buen ejemplo del juego que realiza la intelectualidad marxista para dejarle claro a todo el mundo medianamente interesado en ser admirado por sus letras que el que no se mueva, no sale en la foto. En esos años cuarenta, Jean Paul Sartre aún escribe cosas que pretenden buscar una tercera vía a las dos fuerzas enfrentadas en la Guerra Fría. En el curso del congreso, el escritor soviético Alexandre Fadeiev toma la palabra para calificar a Sartre de «hiena dactilográfica», que hay que reconocer que el insulto tiene su curro. Ese mismo año, Sartre, mensaje recibido señor, se adhiere al Rasemblement Democratique Revolutionnaire, y desde entonces será el perejil de todas las salsas y manifiestos habidos y por haber de la intelectualidad progresiva.
El apoyo de los intelectuales le fue extremadamente útil al Partido Comunista y a la URSS a la hora de actuar contra sus críticos. Como veremos más tarde, el gran momento en que la URSS se ve publicamente criticada llegará en los años setenta con la obra de Alexandr Solsenitsyn, pero en 1949 se produce ya un hito importantísimo con la publicación del libro del primer gran famoso disidente de la URSS: el ucraniano Victor Kravchenko.
A través de publicaciones directamente comunistas o medios de orientación progresista como Le Monde, multitud de escritores se lanzarán a la yugular de Kravchenko (que vendió medio millón de ejemplares, sólo en Francia, en unas pocas semanas), acusándole, sobre todo, de haber mentido en su libro, incluso de no haberlo escrito (argumento que viene a insinuar que el auténtico autor es la CIA). En esta batahola de críticas, hay algunas épicas. Por ejemplo, el profesor de Sciences-Po Jean Baby:«Jamás ha habido persecuciones en la URSS». Muy bueno lo tuyo, Juanito.
Kravchenko lleva a los tribunales a la publicación Les lettres françaises por difamación. En el juicio declara Margarete Buber-Neuman, viuda de un comunista alemán con el que residía en Moscú en 1933. Refiere al tribunal cómo su marido fue arrestado, enviado a Siberia y, con ocasión del pacto nazi-soviético, entregado a los alemanes, que lo alojaron en Ravensbrück (conocido hotel de cinco estrellas, con unos desayunos de puta madre), del que lograría escapar. Buber-Neuman describe en el juicio, y es quizá la primera vez que ocurre esto en Occidente, las deplorables condiciones de los campos de concentración soviéticos. El abogado de la publicación comunista protesta. No se les puede llamar campos de concentración porque ella misma ha dicho que no tienen alambradas. Claro que ella ha dicho que no tienen alambradas por el simple hecho de que, en medio de la puta Siberia, no las necesitan.
Éste es un fenómeno que no debiera ser extraño a los españoles. Nosotros tenemos nuestra propia literatura disidente: aquélla escrita por comunistas que lo eran durante la guerra civil, dejaron de serlo y luego escribieron libros sobre las manipulaciones cometidas por la URSS durante el conflicto. Aún es el día de hoy en que, cuando en medio de cualquier debate se argumenta recordando alguna de las cosas que esas personas escribieron, surgen de la nada un montón de expertos, algunos de ellos de campanillas, recordando que esos libros no son creíbles. Sólo por casualidad, la posibilidad de que cronicones de la guerra como los de Pasionaria, Díaz, Líster, Cordón, Hidalgo de Cisneros o cualesquiera otros comunistas de libro puedan estar trufados de mentiras o medias verdades, es una posibilidad que esos mismos expertos no se plantean.
Otro punto importante se produce en 1953, tras la ejecución en Estados Unidos de los esposos Rosemberg. Algún día debería yo hablar de esta historia. Los Rosemberg fueron ejecutados por espiar para la URSS, ante el convencimiento por parte de la opinión pública mundial de que o bien eran inocentes o bien no se había podido demostrar su culpabilidad. Al parecer, sin embargo, la constancia que tenían los EEUU de su labor como espías era bastante mayor de la que mostraron en el juicio; pero, si fue así, no lo sacaron a la luz por razones de seguridad. En todo caso, la muerte de los Rosemberg dio una oportunidad importante para la propaganda tendente a mostrar a la URSS como el eterno agredido y los EEUU como el eterno agresor.
Ese mismo año Sartre, la hiena dactilográfica, viaja a la URSS. A la vuelta, concede una entrevista a Libération. Cita: «El ciudadano soviético posee en mi opinión una total libertad de crítica». La otrora hiena se ha ganado el carné de león.
En 1956, la cosa cambia. La prensa francesa publica lo suficiente del discurso secreto de Nikita Kruschev sobre los crímenes del estalinismo (que en la URSS, donde según Sartre la libertad de crítica es total, apenas se conocerá en el tiempo de descuento, en los años ochenta). La revelación de que las acusaciones de aquéllos que habían dicho que Stalin era un genocida eran ciertas supuso un choque para la intelectualidad europea de izquierdas. Pero, aún así, se repusieron pronto, haciendo uso de un mecanismo que les serviría otras veces. Exactamente igual que, en los años ochenta, los mismos intelectuales que habían reclamado comprensión e incluso admiración para la URSS se declararon fans de la perestroika, que no era otra cosa que la voladura teóricamente controlada de todo lo que hasta entonces habían alabado, los intelectuales de mediados de los cincuenta encontraron consuelo y defensa para la situación con el argumento de que, al fin y al cabo, había sido un comunista, Kruschev, el que había lanzado el soplo de democracia en la URSS.
Lo malo es que el aliento se le terminó pronto a don Nikita. La desestalinización de la URSS fue uno de esos típicos procesos en los que se sabe cuándo empieza, pero no se sabe cuándo ni cómo acaba. El 23 de octubre de 1956, decenas de miles de húngaros, en un clima casi de paroxismo democrático, se manifiestan en Budapest y derriban una estatua de Stalin. Pocos días después, Hungría denuncia su adhesión al Pacto de Varsovia. Tres días después, 3.000 carros de combate soviéticos ponen camino hacia Budapest.
Parece que, finalmente, el armamento ruso no era un instrumento de paz.
Aunque eso, como ya he dicho, no le supone gran problema a la intelectualidad. Con el mismo desparpajo con que se había deshienizado y se había convencido de que en las calles de la URSS la gente paseaba a los perros atados con longaniza mientras hablaba (mal) del gobierno, Sartre rompe con el Partido Comunista. En la URSS, dice, «es el horror lo que domina». Y es que otra característica propia de la intelectualidad es su gran facilidad para decir, y escribir, una cosa y su contraria. En España hay casos como el de José Saramago, tan capaz de romper con el régimen cubano cuando fusiló a unos balseros, sentenciando: «hasta aquí he llegado»; como de asegurarle a Fidel Castro, bien poco tiempo después, que estaba «caminando con vosotros».
Durante los años cincuenta y sesenta, en los cuales es cada vez más difícil sostener la idea de que la URSS es el crisol donde se ha conservado, tras la segunda guerra mundial, el fuego fatuo de la auténtica democracia, la intelectualidad cambia de discurso. Son los años en los que descubre el Tercer Mundo. La descolonización y los países más pobres (aunque, en realidad, el responsable es el rosario de errores cometidos por Estados Unidos en ese terreno) proveen a no pocos intelectuales de argumentos que les permiten sostener las bases de su discurso y, al tiempo, distanciarse de los presupuestos prosoviéticos, cada día más rancios y difíciles de sostener. El tercermundismo permite afirmar la existencia de una tercera vía, lo que en su momento se denominó movimiento no alineado. Aunque, visto con la perspectiva de la Historia, pocas cosas hay más alineadas que los países no alineados; básicamente, lo que venía a ocurrir en los mismos era la instauración de gobiernos, bien proamericanos, bien prosoviéticos. Pues el Tercer Mundo, en la segunda mitad del siglo XX, no es sino el escenario caliente de la guerra fría.
La lista de héroes del tercermundismo, sin embargo, hace sospechar que esta forma de pensamiento no es tan equilibrada como sus sostenedores pretenden: Tito, Ho Chi Mihn, Sekou Turé, Fidel Castro, Che Guevara, Mao Zedong, Gadafi, Arafat, Salvador Allende... Sobre la ola protercermundista se suben genocidas declarados como el líder chino, responsable de 70 millones de muertes, que se dice pronto. Jean Paul Sartre, el mismo Sartre que bailó las veces que hicieron falta para caerle bien a la URSS y luego rompió, presuntamente, con el comunismo, le dice a los jóvenes: «Sed cubanos». El congreso internacional de inteletuales celebrado en Cuba en 1968 termina con una declaración que dice: «Es en Cuba y por el movimiento de la revolución cubana que la exigencia comunista ha encontrado, al mismo tiempo, un centro vivo y su empuje hacia el futuro». Entre los asistentes al congreso, como no podía ser de otra forma, Jean Paul Sartre. En 1999, François Maspero, importante editor de libros tercermundistas, visita Cuba y, a su vuelta, describe el país como «miseria, inercia, Estado policial, economía dolarizada». Lo dicho: hoy digo una cosa, mañana la contraria, y siempre son la verdad.
Debilitado como está el comunismo soviético entre los intelectuales de izquierdas, la ruptura de Pekín con Moscú les mueve a una nueva situación de fascinación. El Libro Rojo de Mao se traduce a las lenguas occidentales en 1967. Cuatro años más tarde, en 1971, una diputada comunista italiana, Maria Antonieta Macciocchi, publica un libro sobre el país en el que afirma que «Mao Zedong es esencialmente antidogmático y antiautoritario». En 1974, los redactores de la revista Tel Quel, con Roland Barthes a la cabeza, viajan a Pekín y vuelven entusiasmados: «En el país de Mao, materialismo y dialéctica alcanzan un grado jamás constatado de precisión, eficacia y claridad». Bien vista, esta frase tiene todo el punto de ser cierta; aunque, probablemente, no en el sentido que sus autores le quisieron dar. Un año más tarde, para su desgracia, un corso hijo de madre china y que ha pasado siete años en la prisión de Mao, Jean Pasqualini, publica un libro con sus vivencias. Resulta que lo que todos los intelectuales habían visto durante sus visitas al país (visitas estrechamente controladas por el régimen) era sólo una pequeña parte de lo que estaba pasando. Vaya por Dios.
Aunque hay que recordar que a Mao no sólo lo cortejaron los personajes de izquierdas. A su muerte, alguien tan poco sospechoso de haber leído a Engels, y mucho menos de entenderlo, como Valery Giscard d'Estaing, lo calificó de «faro del pensamiento humano».
Con todo, qué duda cabe que, para la intelectualidad de izquierdas, el mayor punto de inflexión de la década de los sesenta se produce en el famosísimo mayo del 68. Pronto lo veremos.
viernes, noviembre 05, 2010
Lectura electrónica
Vaya por delante que mi experiencia como consumidor es bastante negativa. A principios de octubre, por mi cumpleaños, mi costilla me compró un lector de libros electrónicos. El último modelo de El Corte Inglés. Conseguí conectarlo a mi wi-fi pero jamás conseguí darlo de alta en una cosa que se llama Adobe-no-sé-qué, y que era imprescindible para poder bajarme libros sin conectarme a ningún ordenador ni leches. Por alguna razón que no supe explicarme, la máquina no ingresaba la contraseña correcta. El servicio de atención al cliente de El Corte Inglés tampoco fue capaz de averiguar la causa. Ignoro si era un problema de mi aparato o de toda la gama. Lo devolví (ventajas del emporio Areces; con otros eso no puedes ni soñarlo).
Con la tarjeta-regalo que me dieron me compré otro lector. De Samsung. Éste daba un problema aún más estúpido. La ventana para ingresar la contraseda de wi-fi tenía 9 espacios; la contraseña de Movistar tiene 12. Llamé a la atención al cliente. Me dijeron que el producto era muy nuevo y que hablarían con los ingenieros; que al día siguiente me llamarían. Al día siguiente, como no me llamaban, llamé yo. Me dijeron que la persona que me había atendido se había puesto enferma. Debe de ser un tifus jodido, porque ha pasado un mes, y sigo sin saber de ellos. También devolví el lector.
Mi experiencia personal, por lo tanto, es clara: esto de los lectores electrónicos todavía tiene que avanzar mucho. Los que hay son un poco, algunos bastante, caros para lo que hacen. Yo mismo, sin ir más lejos, he renunciado a la lectura electrónica, al menos de momento. Pero, tratándose de tecnología, ¿quién duda de que en cuatro o cinco años valdrán 150 euros y darán saltos mortales?
Como autor, ya la cosa cambia. Aquí sí que me indigno. Los grandes autores, con nombre y campanillas y bla, van por ahí diciendo que los lectores no han hecho otra cosa que multiplicar las descargas y joder el negocio. Pero eso lo hacen, primero que nada, porque se creen que el mundo de los creadores son ellos, los que ganan premios, van a la radio a opinar absolutamente de todo y, de vez en cuando, plagian.
Cuando publiqué La oportunidad de Judas en este blog, coloqué un botón de donación de Paypal para que todo aquel lector que considerase que mi esfuerzo creador valía dinero, y que además podía y quería pagarlo, lo pudiese hacer. Los ingresos derivados de la novela han sido modestos si los comparamos con lo que gana Le Bron James por botar un balón. Pero es que la comparación no es con eso. La comparación ha de hacerse con los cero euros que mi creación, por así decirlo, estaba condenada a recaudar en un mundo de papel.
Con lo que la pandilla de esforzados pagadores han donado (y gracias a todos, en verdad), he podido pujar en subastas por un par de libros que me interesaban; uno me lo pisaron, pero el otro lo pillé. Ahora lo veo en mi estantería y pienso que, si no existiese el fenómeno de la lectura electrónica, simplemente no lo tendría. Mi mejora no ha sido del 100%, ni del 200%. Ha sido infinita. De cero a cien.
Todos esos intelectuales de himplan en los medios sobre la gran catástrofe del libro electrónico podrían parar a pensarse cuántas pildoritas como la mía suma la edición electrónica. Cuántos creadores, condenados al ostracismo total por un mundo editor que no tiene sitio para ellos a menos que se hagan de un partido político o le hagan la pelota a algún osito, han conseguido sacar la cabeza, ser leídos, apreciados en mayor o menor manera y, además, por qué no, han recibido algo a cambio.
Yo creo que los escritores tienen miedo, porque miran de reojo al mundo del periodismo. Cuando contar historias era carísimo, porque había que tener rotativas, y repartidores, y la de Dios, aquellos que las contaban podían aspirar a que la gente creyese que eran los que más sabían de su tema en el mundo. Internet, y muy especialmente la blogosfera, cambió eso. En la blogosfera hemos aprendido que hay gentes, desde Wonkapistas a Omalaled, de los Gaussianos a las Historias de la Historia o el mítico CPi, que saben un huevo más de lo que saben que los periodistas. Hoy ha aparecido la figura del blogoculto: ciudadano que toda la cultura que adquiere, poca o mucha, la obtiene de los blogs.
Los escritores temen lo mismo. Tienen nostalgia del mundo en el que publicar era carísimo, porque entonces poca gente publicaba y entonces parecía que lo único que merecía leerse era lo que estaba en las librerías. Tienen miedo de que el mundo comience a poblarse, con el tiempo, de personas que digan: yo sólo leo libros electrónicos que voy pillando por la red. Porque ese día, Dios lo quiera, un agregador bien montado será más opinion maker que el premio Planeta.
¿Tú te haces una idea de la pasta que cuesta apostar por la novela de un escritor?, suelen preguntar estos editores asustados. Cabe responderles a la gallega, con otra pregunta: entonces, ¿por qué apuestas por novelas que son una mierda? ¿Por qué apuestas por gentes que escriben historias de espías ambientadas en la guerra civil española con escenas en las de dos comunistas van en un coche y paran a repostar... en Burgos? Hay una ley inexorable del mercado libre, y es que cuando te dedicas a vender mierda, más tarde o más temprano el personal te cala, y te castiga. No son pocos los casos en los que la mal llamada revolución de los libros electrónicos no es más que una mera aceleración de ese proceso.
El libro electrónico es una realidad inevitable. No sólo es más barato y resuelve el problema del espacio; es que para personas como yo, que solemos buscar libros descatalogados y raros, el día de mañana bastará que una sola alma caritativa, en una sola biblioteca del mundo, la haya escaneado y colocado en su web, para que podamos leerla. Quien no quiera ver esto, es que quiere forzar el mercado editorial para que no sea lo que lleva camino de ser. Imagine el lector un mañana en el que el estudiante de la ESO cargará en su lector la lección del día de su libro de matemáticas; y podrá, con su puntero, hacer los ejercicios en la misma pantalla, mientras el propio lector le va corrigiendo si se equivoca y explicándole el error. Al lado de eso, ¿verdaderamente habrá algun tonto'los'cohone que prefiera seguir estudiando con libros en papel? Pues sí: el que los vende. No sólo defenderá el papel, sino que intentará que el gobierno de turno impida que se pueda leer/estudiar de otra manera.
Cuando la creación es un oligopolio, se llama academicismo. Los historiadores de la cultura han demostrado mil veces que no hay periodos menos creativos en la Historia del hombre que aquéllos en los que el academicismo ha sido el modo dominante de crear. El buen creador no tiene nada que temer del libro electrónico. Eso, claro, si es que tal cosa existe.
martes, noviembre 02, 2010
La guerra civil, hace 45 años
A mediados de los años sesenta, Luis Ramírez, colaborador habitual de Ruedo Ibérico y creo que seudónimo de Luciano Rincón, afrontó un proyecto bastante complejo. Se trataba de hacer una encuesta sobre la visión que en ese momento, hace ahora casi 45 años, tenían los españoles de la guerra civil. Obviamente, el proyecto era de difícil realización en el interior de España; no es de extrañar que algunas de las entrevistas se hiciesen a españoles emigrantes en el extranjero, es decir en Francia.
El autor del trabajo era consciente de que para tener representatividades debía hacer entre 2.000 y 3.000 entrevistas, pero apenas pudo acopiar dos centenares. Como consecuencia, hubo de renunciar a realizar una aproximación cuantitativa a los resultados, limitándose a una descripción cualitativa de los mismos.
El trabajo fue publicado en el informe de Ruedo Ibérico Horizonte Español 1966, suplemento de los Cuadernos del Ruedo Ibérico, del que da la casualidad que poseo una copia. El trabajo es complejo y abarca más matices que los pocos que voy a intentar desplegar aquí, pero creo que tiene su interés la cosa porque lo que le salió a Ramírez, por mor probablemente de las personas que se avinieron a contestar su cuestionario, fue cierto retrato de la percepción, en los primeros años de su juventud, de la generación inmediatamente posterior a la guerra civil. La que todavía pudo oír de primera mano testimonios de la misma y formarse por ello una opinión cercana.
La primera cosa que le sorprende a Ramírez es recibir, una y muchas veces, la para él inesperada respuesta: «¿La guerra civil? ¿Qué guerra civil?» Esta respuesta, a mi modo de ver, no es tanto el fruto de una estrategia del franquismo, como una estrategia de los españoles. Un hojalatero nacido en 1948 responde: «No sé si mi padre estuvo en la guerra o no, yo qué sé. No me lo va a contar a mí». Esta respuesta, como otras muchas, revela un deseo claro por parte de muchos hogares de no referir a la generación siguiente las circunstancias de la guerra. En ese sentido, la lectura del informe da la falsa impresión de que las respuestas que incluye son lo más importante. A la luz de las propias confesiones del autor de la encuesta, en realidad lo más importante es lo que no se lee, es decir la cantidad enorme de encuestados que, ya en 1966, no sabían nada de la guerra civil, no eran capaces de hablar de uno solo de sus personajes, menos aún de sus orígenes o desarrollo.
Como digo, algo pudo colaborar el entorno educativo, ciertamente. Tras los primeros años triunfales, y sobre todo coincidiendo con la pérdida de peso específico de Falange dentro del régimen, la educación pierde parte de su sentido revanchista para envolver la guerra civil dentro de un halo de generalidades y centrarse (así era la Formación del Espíritu Nacional, vulgo la presunta Educación para la Ciudadanía de la época) en los logros posteriores del régimen, que pasaba a justificarse, ante sus infantes, por el éxito económico y la paz, sin que ésta tuviese unos referentes claros. Con todo, ya digo, un desconocimiento tan flagrante por parte de personas que cronológicamente estaban cercanas al hecho bélico sólo encuentra su justificación en la actitud de los hogares.
Hay en 1966, tal y como lo veo yo, tres tipos de hogares: los vencedores, los vencidos, y los otros. Los primeros son los que guardan un recuerdo más presente de la guerra o, más bien, de los agravios que, según su visión, la generaron. Juega un papel fundamental aquí la agresión contra la religión, lo cual abona la idea, que es cuando menos mi tesis, de que la actitud, más que laica, anticatólica, de la II República, fue su gran, gran error estratégico. Por lo que respecta a los vencidos, construyen su propia versión, igual de maniquea que la contraria. Y luego están los otros, que a raíz de la actitud abstencionisa ante la guerra cabe sospechar eran mayoritarios, presididos por dos ideas: la primera, la necesidad de olvidar, pues son ellos los que, conscientemente, cortocirtuitan la transmisión del conocimiento y renuncian a contarle a sus hijos lo que pasó; y, en segundo lugar, un discurso reivindicativo basado en la idea de que en la guerra pagaron el pato los de siempre, en lo que parece adivinarse cierta rebelión contra las élites que la habrían provocado.
Pero, por supuesto que hay recuerdos. Y bandos en los recuerdos.
Los vencidos, por ejemplo.
Un estudiante de Barcelona, al que cuesta sacarle nada porque afirma no tener ni puta idea del tema, finalmente se arranca: «A mi padre lo llamó a filas la República casi al final; estuvo en el Ebro. De lo que más he oído es de los bombardeos de Barcelona por parte del ejército nacional y de la estúpida actuación de los catalanistas de la Lliga, que se vendieron a Franco por miedo a la FAI. He oído comentar también que la gente sencilla no comprendía nada de la guerra y sólo sufrían las consecuencias. De mi abuela, por ejemplo, he oído decir que tenía tanto miedo de las bombas que no quería salir del Metro y aún ahora se horroriza cuando hay una tempestad porque los truenos se las recuerdan. Mucha gente creo que está enferma debido al miedo pasado».
Las voces de los vencidos no esconden que ellos también, como es lógico, han crecido bajo ciertas dosis de adoctrinamiento: una estudiante catalana dice que en el hogar donde creció «los rojos y los catalanes eran los buenos, y los nacionales, los moros, los guardias civiles y los castellanos, los malos. Los curas también». El componente ideológico también lleva, en ocasiones, a la exageración: «Mis padres hablan de los rojos de una manera partidista, eran los malos. En Canarias prácticamente no hubo nada. En Canarias a los republicanos los llevaban a un barco y les cortaban las piernas [sic]». El que habla tiene 26 años cuando contesta la encuesta, y estudia bioquímica.
Hay un componente evidente de resistencia frente a la educación oficial, que, al fin y al cabo, ha sido el principal punto de fricción de quienes en 1966 eran razonablemente jóvenes con la guerra: «En el colegio de monjas donde estudié se me dio una visión mítica de la guerra, los rojos eran la personificación del demonio que luchaba contra la religión. Franco era una especie de mesías que había pasado el estrecho, al parecer ayudado por la Virgen [sic], y había realizado la cruzada para salvar la religión». O también: «De la guerra me han contado la situación que tuvieron que vivir. Estaban en zona ocupada por los republicanos, las angustias que pasaron por los juicios que formaron a algunos de los miembros de la familia, el dolor de la muerte de alguno de ellos. Pero todo ello contado de una manera tendenciosa, que no puede olvidar el rencor».
También existe la voz de los vencedores, una voz normalmente identificada con la vertiente religiosa de la lucha: «Mi familia estaba en Burgos y mi padre luchó con los nacionales. En casa se habla siempre de aquel tiempo y en Burgos estamos todos muy orgullosos de vivir en la ciudad que fue capital del gobierno de Franco. Lo que más me han contado es sobre lo torpes que eran los rojos en la guerra, no eran militares y no sabían luchar. Tenían miedo de Franco y hasta la Iglesia estaba contra ellos». O también: «Me han hablado de la inseguridad del poder vivir [sic], peligro de muerte violenta, matanza general de toda persona que tenía una conciencia recta». Otro joven dice: «lo que más contaban es que los catalanistas eran unos extremistas y que gracias a Franco nos libramos del comunismo».
Otro elemento significativo de la respuesta profranquista es la influencia de los saqueos republicanos: «Mis padres se acababan de casar. Estaban en zona roja, en una casa de campo. Los rojos se la pidieron [sic] y la dieron para cuartel. En Asturias les trasladaron en camión a casa de mi familia. La casa se convirtió en prisión. Se lo llevaron todo. La casa de Oviedo la robaron los rojos. Le quitaron el coche a mi padre. Les dejaron sin nada. La familia tiene una aversión horrorosa de la guerra. Franco es la persona que les trajo la paz». Otra respuesta: «Terror policiaco, falta de respeto hacia la persona, sectarismo antirreligioso, falta de respecto al derecho a la propiedad».
Otro elemento inherente a la guerra son las traiciones: «Nosotros vivíamos en Sarriá. Mi padre era un hombre muy bueno y caritativo y como la casa era grande teníamos escondidos a dos jesuitas perseguidos por los rojos. Teníamos un chófer que era un chico huérfano que mi padre había recogido y llevado a la escuela y que en agradecimiento [sic] se había hecho de la CNT y nos traicionó».
Tampoco faltan aquéllos que son vencedores y vencidos a la vez: «Mi padre, dice un campesino de Valdepeñas entonces de 24 años, era de la Guardia Civil. Él y sus compañeros estuvieron siempre del lado de Franco. La guerra provocó una gran pelea familiar entre la familia de mi padre, en la que había otros guardias civiles, y la de mi madre, ya que mi abuelo era alcalde de un pueblo de la provincia durante la República, y todas sus simpatías estaban del lado rojo». Otro: «Mi padre era teniente de la Guardia Civil y en el 37 consiguió escapar [de Barcelona] para ir a luchar con los nacionales, finalmente murió en la batalla del Ebro. Nosotros aquí pasamos muchas miserias porque mi madre siempre temía que se supiera que mi padre luchaba con los nacionales y nos mataran, y luego todos los vecinos nos miraban mal a causa de mi padre. Yo hubiera querido ir con él, cosas de chiquillo, pero no pude escapar. Mi hermano mayor era un loco y creo que estaba en la CNT, el caso es que cuando mi padre se marchó, él se presentó de voluntario y no volvió más a casa. Esto acabó de destrozar a mi madre. Lo que más recuerdo es que mi padre fue un héroe y mi hermano un canalla».
Como he dicho, un componente importante del discurso, propio a mi modo de ver de esa tercera vía formada por los otros, la mayoría fundamentalmente silenciosa de quienes no se sienten ni vencedores ni vencidos, es la interpretación de la guerra como algo que afectó principalmente a los más humildes: «Oí hablar del gran sacrificio que tuvo que hacer el pueblo». Una joven empleada de hogar que vive en París, por ejemplo, refiere: «La guerra la pasamos en casa, zona nacional. Mi padre fue al frente y nos contaba que los soldados de uno y otro bando se hablaban entre ellos y que no querían hacer la guerra, se daban tabaco y a veces se ayudaban pero esto era muy peligroso si se enteraban los oficiales». «No me llamaron a filas debido a mi corta edad, cuenta un encuestado. Recuerdo la ilusión de que ganasen los nacionales la guerra en pro de una justicia mejor; y el desengaño al comprobar la ausencia de dicha justicia hacia la clase necesitada». Una mujer cuenta: «Pasé la guerra en Gijón. Recuerdo que cuando entraron los nacionales, a los que esperábamos con impaciencia, me robaron todas las monedas de oro que tenía y en aquel momento hubiera preferido haber sido roja».
Por supuesto, la desconfianza en la política tiene su versión franquista: «Los que tenían juicio eran falangistas porque sabían que eso de los partidos y la política es una trampa de los masones».
Este discurso se complementa con una cierta exaltación de la solidaridad precisamente entre los más humildes, solidaridad que va más allá de la propia guerra. Un joven nacido en 1945 explica: «Lo que más me han contado es lo mucho que la gente del pueblo quería a mi padre [médico rural] y que nunca nos faltó nada; parece que en los pueblos se pasó mejor porque la gente se conoce y se ayuda».
Esta especie de «tercera España», no directamente implicada ni en las causas de la guerra ni en su producción, acaba mutando, en sus hijos, en un fenómeno bien conocido por la democracia: el escepticismo: «Todo el mundo me ha dado la visión de que los rojos eran unos seres monstruosos. Me hablaron de la Falange, la Legión, la necesidad de tender un puente espiritual sobre la barbarie roja. Y al final, ¿para qué? Lo de siempre, los políticos salen ganando. La política es un asco». Un estudiante de Barcelona concluye: «Se hicieron muchas barbaridades en Cataluña por parte de los rojos y en el otro lado igual. Consecuencia: no meterse en política».
El principal recuerdo de los más humildes de la generación de posguerra es el hambre: «Lo que más recuerdo es el hambre y el miedo que teníamos los críos a la Guardia Civil. Muchas calamidades y sufrimientos fue lo que pasamos por esta dichosa guerra: se fusilaba continuamente y sin ninguna explicación». Y más: «Mis padres no me han contado nada, dicen que la gente pasaba mucho hambre»; «me han hablado de los muertos y del hambre»; «me han hablado del miedo y del hambre». Mientras unos dicen «en mi casa se hablaba poco de la guerra, y cuando se hacía era aludiendo al terror fascista», otros aseveran: «Lo que más me contaron de la guerra fueron los crímenes rojos». Y la tercera vía: «Mi padre no me cuenta nada porque no quiere y mi madre porque pasó mucho miedo».
En la encuesta de Ramírez se preguntaba también por los personajes de la época sobre los que se hablaba en las casas (o que se recordaban más), así como organizaciones políticas. Los dos elementos principales que se aprecian en las respuestas son que Azaña es, probablemente, el personaje de la guerra más conocido, habitualmente por ser blanco de críticas aceradas tanto de vencedores como de vencidos: «Azaña creo que fue el hombre más nefasto para España»; y que los sindicatos UGT y CNT son las organizaciones recordadas como de militancia masiva, hecho éste que responde muy probablemente a la verdad; aunque no pocas respuestas responden al modelo de recordar afiliaciones masivas al PSOE al principio de la guerra, y al PCE al final. Hay que hacer notar, sin embargo, que, para asombro del autor de la encuesta, Franco fue escasamente citado entre los personajes de la guerra, lo cual es bastante lógico teniendo en cuenta que, para ellos, no era un personaje del pasado, y la guerra sí lo era. Entre los militares sublevados, yo diría que Queipo de Llano se lleva la palma del recuerdo.
La inquina contra Azaña llega incluso a la manipulación de los hechos históricos. Si no, véase cómo este perito cordobés, de 26 años, hace una curiosa mezcla entre la represión del golpe de Estado revolucionario del 34 y Casas Viejas: «Azaña, quien decía: tiradles al vientre a los mineros; y Azaña era socialista...» ¿Lo cualo? En Cataluña se cita mucho a Companys y a Maciá (a pesar de que este último estaba literalmente hecho polvo cuando la guerra empezó). Entre los encuestados en Madrid, se cita a Casado y, entre los que hicieron la guerra, a Miaja.
Por supuesto, también existe el punto de vista totalmente personal. Preguntado sobre qué personajes de la guerra recuerda, un encuestado dice: «He oído hablar bien del chófer de Queipo de Llano, que trajo mucho pan a mi casa».
«Mi padre, dice otro, hablaba de José Antonio y de Azaña. Decía que a José Antonio lo mataron por orden de Franco». No faltan las empanadas mentales. Una señora catalana, nacida aproximadamente en 1915, que se declara conservadora, asevera: «L'Estat Catalá era el que nos inspiraba más confianza». Sic.
Resulta, en suma, una lectura curiosa, en la distancia de 45 años. Dentro de cinco, cuando se cumpla medio siglo, creo que ya podré escanear las páginas para que podáis leerlas directamente :-).
lunes, noviembre 01, 2010
Porlier
Esteban abrazó pronto la vida militar y, merced al apoyo de sus padres, fue nombrado capitán de Infantería con sólo quince años, y destinado al Regimiento de Parma. Al año siguiente, el virrey le nombró asistente suyo.
Esteban Porlier era un muchacho muy fogoso y de ésos a los que les gusta vivir la vida deprisa. Así pues, a la edad en la que la mayoría, hoy, apenas piensa en las videoconsolas, entabló unas escandalosas relaciones con una muchacha. En 1787, aquel espectáculo indignó de tal manera al virrey que éste mandó a Esteban a España y le obligó a dejar a su amante, embarazada, en Cartagena de Indias. Al año siguiente, la amante abandonada dio a luz a un niño al que puso de nombre Juan. Juan Díaz Porlier.
Este bastardo, a quien todo el mundo en Nueva Granada conocía como El Marquesito, fue confiado a una familia de cierta alcurnia que lo llevó a Buenos Aires, donde fue educado. Mientras tanto su padre, Esteban, medraba en la Corte de Carlos IV, donde fue nombrado teniente coronel. Con 24 años, ya coronel, es puesto al mando del Regimiento de la Princesa, con el que participa en 1807 en la invasión franco-española de Portugal. Al año siguiente, cuando España se levanta contra el francés, Esteban Porlier y su soldadesca se desplazan a Galicia, donde se une a las tropas del inglés Joachim Blake.
Juan, por su parte, aparece en el año 1805, con 17 años pues, enrolado como voluntario en el Argonauta, un buque de la escuadra al mando del cual se encuentra su tío, Rosendo Porlier Astequieta. Es más que probable que su bastardía le impidiese entrar en la marina por la puerta grande y que hubiera de buscar esta recomendación familiar para poder cumplir sus objetivos. Los dos Porlier, Rosendo y su sobrino Juan, pasaron al buque Príncipe de Asturias, sede del estado mayor del almirante Gravina, cuando éste llamó al capitán del Argonauta a su lado. Juntos, tío y sobrino participaron en la celebérrima batalla de Trafalgar. Después de aquella experiencia, Juan decidió hacerse soldado de tierra e ingresó en el arma de Caballería como oficial.
Se tiene por cierto que Juan Díaz Porlier luchó durante la jornada del 2 de mayo en Madrid, aunque no son muchos los indicios que existen. Reaparece con claridad participando en la batalla de Gamonal, ocurrida el 10 de noviembre de 1808, y que supuso una importante derrota para el ejército de Extremadura comandado por el general Ramón Rufino Patiño. La batalla de Gamonal marcó un antes y un después para Porlier, quien pasó a realizar acciones de guerrilla.
Porlier, en unión de su lugarteniente, el sargento de granaderos Bartolomé Amor Pisa, actuó en el área de León, aunque llegándose en ocasiones hasta Cantabria. En 1809, Porlier ascendió a brigadier y ya comandaba una división, conocida como División Porlier; aunque a partir del verano de aquel año, cuando el comandante general de Asturias Nicolás Mahy le encargase reorganizar las tropas y organizar una nueva división, ésta fue rebautizada como División Cántabra. Antes de terminar aquel año, La Cántabra, considerada una de las unidades más disciplinadas y eficaces de su territorio, realizó diversas acciones en el norte de Castilla y León, y luego en La Rioja, donde combatió junto a las tropas de Espoz y Mina, para pasar después a Asturias. Tomó sede en La Coruña, desde donde hostigó a los franceses por toda la costa, en ocasiones utilizando barcos y realizando desembarcos sorpresivos.
En febrero de 1811, le fue encomendada a Porlier la creación del VII Ejército a partir de la División Cántabra. Sin embargo, en 1813 las unidades a su mando fueron dispersadas para reforzar otros ejércitos. Algo debió pasar con Porlier, porque fue preterido en el curso de la guerra. Las unidades marcharon hacia Tolosa para intentar cortar el paso de una eventual retirada francesa, pero Porlier quedó en Oviedo. Desesperado, remite diversas requisitorias al general Castaños hasta conseguir ser enviado a Tolosa con la fuerza que le han dejado en Asturias. Sin embargo, una vez allí, en lugar de encomendársele acciones de guerra, se le adscribió al cuartel general de Francisco Agustín Girón, duque de Ahumada. Girón no le encargó ningún cometido concreto, motivo por el cual Porlier solicitó permiso para poder marcharse, a lo que su jefe respondió ordenándole algo muy parecido a un arresto en Mondragón. No obstante, cualesquiera que fuesen los recelos o mosqueos que rodeaban al joven militar, los disolvieron las necesidades de la guerra, que forzaron su nombramiento al frente de la Quinta División del IV Ejército, a la que consiguió adscribir a las tropas de La Cántabra, para participar, el 31 de agosto de 1813, en la batalla de San Marcial, donde se ganó el ascenso a mariscal de campo. Se da la casualidad de que su padre, Esteban, obtuvo el mismo ascenso en la misma acción bélica.
Manuel Freire, comandante del IV Ejército, le concedió permiso, ya en 1814, con la guerra ya muy avanzada, para que se fuese a ver a su mujer, Josefa Queipo de Llano, y a su pequeña hija, la cual desgracidamente moriría durante esos días. Porlier solicita diversas prórrogas de dicho permiso hasta que, a finales de mayo de aquel año, fue detenido. El motivo de la detención fueron dos cartas escritas por Porlier a sus amigos Tiburcio Añibarro y José Irunciaga. En dichas misivas, el militar expresaba su indignación porque el rey Fernando VII no hubiese abrazado la Constitución de Cádiz. El 7 de julio, fue condenado por esta causa a cuatro años reclusión en el castillo coruñés de San Antón.
El capitán Eugenio del Barrio, jefe del castillo, trató al preso con enorme deferencia y, muy especialmente, le permitió recibir visitas. Fue de esta manera como los liberales y masones coruñeses pudieron tomar contacto con el preso y preparar, con él, una conspiración. Aunque la policía estatal logró detener a uno de los conspirados, el sargento Sinforiano López Alía, éste soportó los interrogatorios y no delató a sus compañeros.
A principios de agosto, Porlier solicitó permiso para salir del castillo e ir a Arteixo a tomar unos baños por motivos de salud. El rey concedió el permiso. Una vez en el pueblo cercano a La Coruña, que con los años sería vivero de entrenadores de fútbol, quedó bajo la custodia del capitán José Castañeda. El 19 de septiembre, Porlier arengó a la guardia que le vigilaba, con un vibrante discurso sobre la libertad, que arrancó los vítores de los soldados. Todos juntos formaron y entraron al amanecer en La Coruña, dando vivas al rey constitucional. Porlier accedió a la presidencia de la Junta Revolucionaria, al frente de la cual arrestó al capitán general de la plaza, Felipe Saint-Marcq, destituyó al Ayuntamiento e invitó al resto de las guarniciones gallegas a unírsele.
El movimiento de Porlier, sin embargo, careció pronto de apoyos. Los jefes de las principales unidades de la región, coroneles José Núñez, José María Peón y Ramón Romay, dudaron en sumarse al movimiento. El que no dudó en lo absoluto (nunca mejor dicho) de ponerse en contra fue el clero gallego, fuertemente absolutista.
Se da la circunstancia de que el mismo día 19 de septiembre que comenzaba la rebelión, el Batallón de Navarra, denominado durante la guerra Regimiento de Monterrey, al mando de José Miranda Cavezón, estaba comenzando el traslado que se le había ordenado desde Orense a La Coruña. Miranda era un militar de fuertes convicciones absolutistas, que mantendría toda su vida. Cuando Miranda llegó a Santiago, el día 21, el gobernador militar, José Pescis, y el jefe militar de la región, mariscal de campo José Imaz, decidieron retenerle ahí, conocedores ya de la rebelión coruñesa.
El día 23, Porlier, que una vez reforzado con los efectivos sublevados en Vigo y Ferrol se dirigía a Santiago, se encontraba ya muy cerca, en un pueblo llamado Órdenes (Ordes en gallego), donde, por cierto, se pueden comprar algunos de los mejores filetes de España. En la hoy capital de Galicia no había sino el Batallón de Navarra y cuatro compañías de granaderos, pero aún así tanto militares como civiles se mostraron dispuestos a plantar cara. A su entusiasmo colaboraron los 50.000 reales para gastos aportados por el Cabildo compostelano.
No hubo enfrentamiento, sin embargo. En el momento en que Imaz montaba una línea de defensa en el arroyo Cigüelo, un tal Antonio Chacón, sargento en las tropas de Porlier, desertó e informó a las tropas compostelanas de que fuerzas del 6º Regimiento de Marina habían detenido a Porlier en la posada donde estaba, junto con otros mandos afectos, y que eso estaba provocando la disolución de sus unidades. Miranda, pues, fue a Ordes con apenas dos compañías, para hacerse cargo del detenido, que acabó de nuevo en San Antón.
El 2 de octubre de 1815 se celebró el juicio de Porlier, uno de los 106 celebrados por causa de aquella rebelión. Fue rápidamente condenado a la horca . Murió, según las crónicas, con total altivez y presencia de ánimo, hasta el punto de que, durante el viaje hacia la horca iba entretenido con una pequeña moldura de un mueble. Por cierto, que el lugar donde se instaló el cadalso, conocido entonces como Campo de la Leña, es más o menos la actual plaza de España.
Cinco años más tarde, en Cabezas de San Juan, el teniente [quise decir coronel] Rafael Riego se alza en armas para lograr que el rey acepte la Constitución de Cádiz. En buena medida, esta rebelión fracasó y estuvo muy cerca de ser definitivamente sofocada; pero, en ese momento, en Galicia surgió otro foco que se extendió rápidamente por Aragón, Cataluña y otras zonas. El ejército de Enrique O'Donell fue enviado para sofocar la rebelión gallega pero, lejos de ello, su general proclamó la Constitución en Ocaña, acto que reavivó la llama revolucionaria en Andalucía, en un momento que, como decimos, Riego estaba a punto de rendir sus armas, precisamente en la persona del coronel José Miranda Cavezón, el mismo que había detenido a Porlier.
Resulta verdaderamente increíble que La Coruña, ciudad que se precia de recordar a sus valientes figuras revolucionarias, no recuerde con mayor intensidad al mariscal de campo Juan Díaz Porlier. De ser La Coruña una ciudad mediana de los Estados Unidos, hoy sólo los muy zotes en la escuela desconocerían la historia de su vida. Con toda seguridad, fue su ejemplo muriendo en la horca con toda dignidad, en favor de sus ideales, el que alimentó el movimiento gallego sin el cual no sabemos si la sublevación de Riego habría podido triunfar. Sinceramente, los gallegos tienen por costumbre, en mi opinión, ensalzar figuras que atesoran muchos menos merecimientos que los de este militar liberal del siglo XIX.
Hay, por lo que se ve, memorias históricas que no interesan.
viernes, octubre 29, 2010
Sin [más] comentarios
Una noche, hace muchos años, en un programa televisivo de Jesús Hermida, le vi alardear de su pasado iconoclasta durante el franquismo aseverando que en Soria había sido una vez acusado por las autoridades de calvinista. La sola formulación de la anécdota levanta, a mi modo de ver, ciertas dudas sobre su veracidad (empezando por el detalle de que en la Soria del franquismo hubiese una sola autoridad que supiese en qué consiste el calvinismo); y, cierta o falsa, la mera ostentación de la misma por parte del hablante me hizo colocarlo en la estantería mental en la zona de «intelectualitos que ahora van de lo mucho que hicieron contra Franco»; esta zona de la estantería la he tenido que ampliar varias veces en los últimos treinta años.
Me puedo creer, por lo tanto, que toda la famosa anécdota que al parecer ha contado en un libro sea inventada. El problema cuando te inventas constantemente detalles de tu vida es que al final no sabes ya lo que has vivido o has dejado de vivir. Eso lo sabe cualquier persona que haya sido un niño travieso. A mí me da la impresión de que Dragó lleva cuarenta años tratando de ir de eso, de niño travieso del panorama cultural español, y a base de inventarse tontunas para alimentar ese autoespectáculo ha acabado por no tener muy claro qué ha vivido y qué no.
Pero en la famosa anécdota/invención/VUAS (Vaya Usted A Saber) hay algo más que me estomaga especialmente. Me estomaga, como digo, independientemente de que sea cierta o no lo sea. La anécdota «huele» a cierta actitud del intelectual en favor de su superioridad. Los nazis consideraban a los judíos Untermenschen, humanos de baja calidad. Los intelectuales se consideran a sí mismos Übermenschen, superhombres, personas por encima de lo normal. Gentes que perciben lo que otros no perciben, entienden lo que otros no entienden, saben lo que otros no saben y, sobre todo, infinitamente más libres que el común de los mortales; lo cual hace que, quizá, lo que en otros puede ser un error o un dislate, en ellos es un proyecto cultural, o un paso necesario. No es casualidad, a mi modo de ver, que no pocas veces que te aprestas a conocer a fondo la vida de un intelectual, acabes topándote con un tipo que dejó a sus hijos en el arroyo, abandonó a sus mujeres a su suerte, andaba todo el día mamado obligando a los amigos a sacar constantemente la cara por él, o cosas parecidas.
No es el de Dragó el único ejemplo en el que pienso de esa especie de superioridad moral autoadjudicada. Estos días, leyendo las noticias sobre el escándalo de su último libro, he recordado un pasaje de un libro que me escandalizó en su día. He encontrado ese libro en internet y he tomado el pasaje (página 45 de la obra original, en la edición de Seix Barral):
Mi solitario y aislado bungalow estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.
Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.
El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.
Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.
Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.
Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado. Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.
Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.
Y es que en todas partes cuecen habas.
El pdf lo he encontrado aquí.
martes, octubre 26, 2010
El conflicto de los remensas
La relación entre señor feudal y vasallo tiene algo de mafiosa. El vasallo es en su origen un agricultor que, harto de que vengan gentes de armas a darle por culo y violar a sus hijas, decide juntar pasta con otros de la zona que son como él para mantener al más bruto del pueblo a cambio de que les proteja. Esta forma de organizarse es tan vieja como el mundo, pero digamos que cuando en la Historia del hombre occidental se abre un paréntesis en el que éste parece de repente incapaz de imaginar estructuras estatales centralizadas, adquiere mayor importancia.
La protección genera vasallaje. Eso, cualquier buena peli sobre la Mafia lo demuestra con facilidad. En un entorno de sistemas estatales débiles, con reyes que son, en realidad, primus inter pares, los señores feudales toman verdaderamente la sartén por el mango y aprenden a hacer las cosas de manera que sus privilegios tiendan a eternizarse.
Cuando ser habla de los privilegios de la nobleza, a todo el mundo se le viene a la mente el derecho de pernada. Una idea parcialmente, pero en bastante medida, errónea. El derecho de pernada no existió en todas partes ni durante toda la Edad Media; y, aún existiendo, para muchos señores era un derecho meramente teórico pues, por mucho que en las pelis en las que aparece siempre la mujer del vasallo está buenísima, ello no era demasiado habitual. El malentendido, sobre todo, proviene de la parte del marido. Es un típico ejemplo de incapacidad de ver la Historia con otros ojos que los propios del tiempo propio. Para nosotros, basados en nuestras creencias democráticas, de moral pública y de derechos civiles, que un señor feudal se pase por la piedra a la prometida de un vasallo es un ultraje. Pero no podemos olvidar que el campesinado medieval europeo era un colectivo social apenas epidérmicamente cristianizado que mantenía muchas de sus creencias anteriores, basada en gran medida en la capacidad de una persona u objeto de transmitir sus cualidades por cercanía. El hombre, además, a fuerza de observar cómo los hijos se parecen a los padres, se dio pronto cuenta de que esa transmisión por la sangre (ellos no sabían nada de los genes) estaba más que probada.
Si el señor feudal se tiraba a la mujer de un campesino, por lo tanto, le «donaba» su sangre, una sangre especial, a esa familia. Las posibilidades de dicha familia de tener al menos un hijo robusto y capaz se multiplicaban. El derecho de pernada, de hecho, podía llegar a ser más bien un incordio para quien lo ejercía.
La dominación feudal sobre el vasallo tiene poco que ver con historietas de película de serie B y más con las instituciones de derecho por las cuales la dominación económica del señor tendía a perpetuarse y profundizarse. En Cataluña, la asimétrica relación entre los señores del castillo y los pollos que plantaban alrededor generó toda una serie de instituciones juridicas que son la mejor expresión de por qué, en la Edad Media, ser vasallo era estar más bien jodido. Eran, concretamente, seis instituciones jurídicas.
La primera institución, que da nombre a los vasallos de la época, es la remensa. La remensa era un precio de redención, una especie de indemnización, que el vasallo pagaba al señor por abandonar las tierras.
En segundo lugar, se encontraba la intestia, por la cual el señor feudal percibía entre un tercio y la mitad de los bienes legados por un vasallo que muriese sin testar.
El tercer uso jurídico era la exorquia, que era una intestia automática para el señor en el caso de que el vasallo muerto no tuviese descendencia.
La cugucia era la multa pagada por el payés en el caso de que su mujer cometiese adulterio. Según el derecho catalán de la época, si el adulterio se había cometido sin consentimiento del marido, vasallo y señor se repartían a partes iguales lo bienes de la mujer. Pero si el marido había consentido en dicho adulterio, todos los bienes eran para el señor.
La arsia, quinta institución jurídica, era verdaderamente humillante. En el caso de producirse un incendio en el predio trabajado por el vasallo, éste tenía que transmitir parte de su patrimonio al señor feudal en pago por su negligencia.
Finalmente, la firma spolii, era un impuesto que cobraba el señor feudal si un payés, teniendo unos terrenos en garantía de la dote de su mujer, los hipotecaba.
Ya durante el siglo XIV, las muestras de descontento de los payeses son muchas. Pronto, los agricultores encuentran una alianza táctica con la corona, deseosa de recortar los poderes y privilegios de la nobleza. Tanto Juan I como Martín el Humano adoptan políticas propayeses. Pero el signo cambiará con la llegada a esas tierras de la dinastía Trastámara en la persona de Fernando I de Antequera, el cual concede a los propietarios la constitución Com a molts, que supone una clara marcha atrás a los ya viejos tiempos del vasallaje más intenso.
Alfonso V el Magnánimo, que siguió al antequerano, recupera la política de concordia. En 1455, intenta abolir los llamados malos usos (las instituciones jurídicas antes descritas) a cambio de un pago de 100.000 florines a la corona por parte de los payeses. O sea, da dos veces: jode a los nobles, y cobra de los agricultores. A la muerte de Alfonso, Juan II confirmó su política y abolió los usos.
Los decretos del rey Juan le granjean la total oposición tanto de la Generalitat o Diputación como del Consell del Cent, en ese momento representantes de los intereses de la nobleza terrateniente. En 1462, tras el fracaso de las negociaciones ante la renuencia de la Generalitat a aceptar casi cesión alguna, estalla la guerra. Se trata, por lo tanto, de una guerra de campesinos contra ciudades, aquéllos aliados con la corona y éstas con la nobleza. Lo que se está ventilando, en las últimas boqueadas de la Edad Media, es cómo será la Cataluña renacentista.
La guerra, a causa sobre todo de lo mucho que supieron organizarse los remensas, duró diez años, hasta la Paz de Pedralbes (1472). Juan II impuso sus tesis sobre la Generalitat y la ciudad de Barcelona, aunque con posterioridad, probablemente por querer administrar dicha victoria, estuvo lento y cicatero a la hora de aplicar las mejoras a los remensas. El rey trató de atraerse a los caudillos remensas, sobre todo Françesc Verntallat, el jefe militar con más prestigio y de talante moderado, pero no otorgar las reivindicaciones principales.
Debido a esta política de paños calientes, Juan II fallece en 1479 sin haber resuelto propiamente el problema. El sucesor de Juan II de Aragón es Fernando de Aragón, un joven y ambicioso monarca, con una sensibilidad política rubalcabiana de gran fineza, a quien su padre, en buena parte, ha estado preparando durante los años de su delfinato para un proyecto de enorme proyección: el ingreso de Aragón en la champions leage del poder planetario, mediante la unión de coronas.
De alguna manera, Fernando está a años-luz de sus predecesores, a causa de las diferencias en su aceramiento al hecho del poder. Hijo del Renacimiento, sus puntos de vista y sus ambiciones son muy distintos a los de otros monarcas que lo han precedido. Él quiere monarquías fuertes, centralizadas. Entiende el proceso centrípeto que se está produciendo ya en buena parte del mundo conocido, y que acabará obrando milagros como que provenzales, francos y borgoñones, al igual que galeses, ingleses y escoceses, dejen de darse de hostias y pasen a sentarse en el mismo consejo de ministros. Sin embargo, como demuestran conflictos como el dinástico castellano del que es centro su mujer, Isabel, uno de los problemas del nuevo montaje es el excesivo poder de la nobleza, poder, por definición, centrífugo. Aquí tenemos la razón fundamental del empleo fernandino en el conflicto de los remensas. No es tanto la justicia social lo que busca, ni siquiera la eficiencia económica, como la justicia monárquica.
Eso sí: en un principio, cede, esperando su momento. Fernando de Aragón, a quien acabaremos conociendo como El Católico, trata de arreglar las cosas, pero se encuentra con una oligarquía cada vez más envalentonada con la idea de volver al pasado. Fruto de esta presión, Fernando acaba estampando su firma al pie de la constitución Com per lo Senyor, que anula, décadas después, las provisiones de Alfonso el Magnánimo. Los remensas, pues, perdían todas las que hoy llamaríamos conquistas sociales obtenidas en la guerra; y, además, todavía debían 60.000 de los 100.000 florines comprometidos en la norma de Alfonso.
Así las cosas, era lógico que entre los remensas los más radicales fuesen los que prevaleciesen. Pere Joan Sala, guerrillero formado a los pechos de Verntallat, inicia una sangrienta revuelta en 1484, que dura un año.
Las tropas de Sala derrotan a capitán real Gilabert Salbá en La Garrotxa, Girona. Luego toma el castillo de Anglés, momento en que la rebelión se extiende por Vic, La Selva y el Vallés.
Fernando, entonces en Sevilla buscando pasta para luchar contra el moro (y zumbándose a ratos a su barragana murciana), se da cuenta de que la cosa es seria, y que plugue negociar. Se llega a redactar un proyecto de acuerdo en 1485, por el cual se eliminan los malos usos pero se mantienen los censos y otras cargas económicas tradicionales sobre los vasallos. Se establecen indemnizaciones para los señores feudales (100 sueldos por casa) a pagar por los remensas, una cuarta parte a ingresar en la corona, eso sí a cambio de que Fernando renunciase a la deuda de los 60.000 florines. Las partes, sin embargo, estaban demasiado radicalizadas como para acordar aquello.
Sala decide no esperar, y toma Granollers, luego Tarrassa, y luego Sabadell, lo cual supone situarse casi a las puertas de Barcelona. Fernando contraataca formando un gran ejército, ahora aliado con sus enemigos de hogaño, y el 4 de marzo de 1485 recupera Granollers. Sala, a pesar de la derrota, tomó Mataró, y luego se dirigió a Tarrassa. En Llerona, las tropas fernandinas le dieron caza y le arrearon tal surtido de capones que la derrota de los remensas fue total. Cuatro días después, Sala fue ejecutado.
Fernando trató de administrar su derrota. Delegó en Luis deMargarit, hermano del entonces obispo de Gerona, para que negociase con los remensas moderados (Verntallat) una solución. La gestión de Margarit, sin embargo, fracasó por la obstinada negativa de los nobles. Ellos también habían ganado; sus mercenarios estaba en el ejército que había ganado en Llerona; y, consecuentemente, reclamaban la reimposición de los usos y la vuelta atrás.
Fernando, probablemente hasta los huevos del problema ya, decidió buscar un primera fila para resolver la cuestión. Así pues, se la encargó a su Rubalcaba particular, Iñigo López de Mendoza, quien cuando no estaba escribiendo poemas oficiaba de consigliere del rey. Fue don Iñigo quien, a base de negociar y negociar, acabó logrando el OK de ambas partes, más expedito desde el momento en que logró resolver el espinoso asunto de los castillos tomados por los remensas y que éstos no querían devolver. Finalmente, fueron devueltos a cambio de que el rey recibiese en persona a una delegación de los líderes más radicales, y les escuchase.
El 21 de abril de 1486, en Guadalupe, se promulgaba el laudo arbitral. Se suprimirían los malos usos, a cambio de una indemnización a los nobles equivalentes a 60 sueldos barceloneses por predio. Una vez pagada esa indemnización, el remensa quedaba lire de comprar, vender o permutar sus tierras, sin permiso ni pago al señor. Eso sí, debía prestar homenaje al señor y pagarle los censos y otras exacciones tradicionales a contar desde 1480. Ambas partes declaraban una tregua de 101 años y renunciaban expresamente a reclamación alguna, fuera de las establecidas en el documento, relacionada con las guerras; es decir, acordaron una amnistía en toda regla. Se establecieron unas indemnizaciones por daños a favor de los nobles por valor de 6.000 libras. Sólo los cabecillas más radicales fueron condenados por sus acciones.
La sentencia de Guadalupe hizo mucho por el corporativismo agrario catalán, ya que para cumplir la sentencia los remensas crearon un sindicato que existió durante 20 años y los colocó, como digo, en el carril del asociacionismo.
El gran ganador en Guadalupe fue la corona de Aragón. Fernando el Católico aplicó durante el conflicto esa estrategia del pescador que da sedal a su presa. Inició su reinado aplacando a los terratenientes y llegó a aliarse con ellos cuando los remensas se radicalizaron; algo que, con seguridad, él sabía que iba a pasar tomando las medidas que estaba tomando. Así pues, manipuló el conflicto con habilidad, y en su momento, tras dos guerras, puso sus cartas boca arriba y demostró a los nobles que no estaba dispuesto a permitir una simple vuelta atrás; postura altamente racional, pues el tiempo pasa para algo. Ayudando, pues, a los nobles a vencer, fue él quien venció. Había conseguido lo que sus antecesores no pudieron: demostrar a las partes implicadas, y muy especialmente a los nobles, que ya no podían soñar con mover fíchas en el tablero del poder sin contar con el rey.
A partir del conflicto de los remensas, cuestionar el papel arbitral y superior de la monarquía se convirtió en misión difícil, cuando no imposible.
Ficcionar la Historia
Estas dos fuentes que cito hablan de cosas que, de una forma u otra, orbitan alrededor de la siguiente cuestión primigenia: ¿tiene sentido hacer espectáculo de la Historia, y con qué reglas de precisión?
Yo tengo algunas ideas bastante claras al respecto, y es por ello que me he decidido a exponerlas.
Voy a la primera pregunta del guionista hastiado: ¿se pueden hacer series históricas con los presupuestos que se manejan hoy? Y cuando menos mi respuesta es: la cortedad de un presupuesto no puede ser nunca disculpa para hacer las cosas mal, o hacerlas a medias.
El año que yo hice el examen de Selectividad, allá por el Jurásico Gallego (o sea, el Xurásico), los dos temas de desarrollo a escoger en Historia fueron la vida del zar Alejandro y la Europa de la preguerra mundial (primera). Quizá sólo por casualidad, los diseñadores del examen de Selectividad escogieron dos temas que estaban siendo desarrollados, en aquel momento, por otras tantas series de televisión. Siempre he pensado que nuestros examinadores, que aunque nosotros estábamos mejor formados ya empezaban a gestionar un sistema educativo putomiérdico, se debieron decir: «al menos, pillando de lo que recuerden de los episodios, algo podrán escribir; cosa que no les pasará si les preguntamos por la Comuna o los Cien Mil Hijos de San Luis».
La Historia filmada, por lo tanto, no es asunto baladí. Vale que es una gilipollez pretender que, puesto que los curricula escolares sólo valen para ser procesados en Valdemingómez, tienen que ser los guionistas y productores de series de televisión los que resuelvan el problema. El problema, desde luego, lo tienen que resolver los que descojonaron nuestro sistema educativo. Pero los productos de entretenimiento no pueden ser ajenos a ese proceso y mucho menos, como a mí me parece que insinúan un poco las preguntas del guionista, sentirse beneficiarios de una patente de corso que les permite tratar la realidad histórica a través de la licencia poética.
La pregunta de si es más importante el rigor histórico, por una parte, o la credibilidad y el entretenimiento, me parece una pregunta de un insondable cinismo. Es la misma pregunta que se hace un político cuando se cuestiona si lo que debe hacer con los ciudadanos es dejar que sigan felices o contarles la verdad. En realidad, no existe tan dicotomía. El rigor histórico, en el relato de algo pasado, no es algo que sea negociable. El creador tiene herramientas que son perfectamente lícitas; por ejemplo, puede ocupar cuatro horas de acción en hechos que apenas ocupan un mes de tiempo histórico, y luego resumir 30 años en apenas media hora, en aras de la intensidad dramática. De hecho, que un narrador, lo sea escrito, fílmico o de cualquier tipo, cuente siempre con herramientas para hacer que su relato tenga tensión e interés (si es que sabe hacerlo, claro), es el mayor abono de que no tiene ninguna necesidad de hacer trampas con la trama histórica, cambiándola a su gusto o necesidad.
¿Y por qué? Pues, en primer lugar, porque como insinuaba algunos párrafos más arriba, el cine y la televisión tienen una misión educativa, les guste o no. I, Claudius es, probablemente, el único contacto que miríadas de personas de mi generación tuvieron, tienen y tendrán con ese periodo tan interesante de la Historia de Roma en el que la República se abrocha con el Imperio. En realidad, Robert Graves tiró en exceso en sus libros de las historietas contadas por Suetonio, muchas de ellas bastante cuestionables, pero estos matices quedan ya para los latinofrikis. Lo que no hubiese tenido sentido es que el guionista de la serie, por ser por ejemplo vegetariano o un furioso opositor de la libre venta de armas, fuese a convertir a Claudio en un comedor compulsivo de berros o en un emperador cuyo máximo deseo fuese colocar bolitas de cera en la puta de los pepla para que no hiciesen daño.
Estas conversiones extrañas son bastante habituales en las series históricas o seudohistóricas españolas. Demasiados personajes de las series históricas españolas no son lo que fueron, lo poco o mucho que sabemos que fueron, sino lo que los guionistas, los productores o el director hubiesen deseado que fuesen, en aras de una idea, o de lo que se piensa que puede dar audiencia. Este efecto es palmario en todas las series españolas que abarcan la Historia del siglo XX, cuyos personajes no son los personajes que vivieron los tiempos descritos, sino sus nietos, que lo están escribiendo.
Los guionistas de malas series históricas no parecen entender, a mi modo de ver, que lo que en ellos quizá es falta de capacidad de ser más meticulosos, otros lo pueden convertir en manipulación. Cuando nos acostumbramos a que contar la Historia es en realidad recrearla, la hemos cagado, con perdón. En una historia fílmica se pueden cometer errores cuya única consecuencia es delimitar la torpeza de quien perpetra la escena. En el inicio de El capitán Alatriste, por ejemplo, los españoles avanzan por un lago cenagoso, en plena noche nebulosa, para pillar al enemigo por sorpresa. Van, como digo, en mangas de camisa, caminando por unas aguas que con suerte estarán a cinco o seis grados, y no tiritan. Éste es el tipo de error que uno calificaría de error friki, porque sólo afecta a los muy meticulosos. Pero cuando un guionista escribe una escena de los años sesenta en la que la esposa de un bedel pluriempleado se va a cenar sola con otros hombres mientras el marido la espera en casa (Cuéntame), ya la cosa cambia. Aquí pasan una de dos cosas, o las dos: o bien es que el guionista quiere hacer de ese script una reivindicación de la igualdad de la mujer, o bien no tiene ni puta idea de en qué dirección corría el viento en la España de los años sesenta.
Algunos años antes de la acción de aquella escena, en una ciudad de España hubo un alcalde que prohibió a las mujeres sacar la basura por la noche sin medias. España era así, nos guste o no. Y, a mi modo de ver, los guionistas tienen dos opciones: o contar la Historia de España, en cuyo caso habrán de sujetarse a ciertas normas; o contar la Historia del País de Ajofrín, en cuyo caso ya pueden montar las tramas que les salga del pingo.
Esto requiere, con perdón, de cierto conocimiento. No es de recibo que el coordinador de guiones de una serie ambientada en los tiempos de la invasión de la península ibérica por los romanos se plantee la pregunta de si en esa época había gays. Con que se hubiese leído en la escuela el Fedón, ya le habría quedado claro.
El argumento de la audiencia es otra chorrada. Al narrador siempre le cabe la posibilidad de construir una trama interesante que no tenga nada que ver con la Historia, no tenga vínculos con hechos históricos reconocibles o apenas los use como telón de fondo. Incluso puede combinar ambas cosas: la acción histórica y la trama inventada con personajes ignotos, como ocurre, por ejemplo, en Roma. Las herramientas del narrador, pues, son interminables. Precisamente por eso, ¿por qué tiene que forzar los hechos? Nunca existió un paladín cristiano llamado El Capitán Trueno, que se ligase al pibón Sigrid de Thule. ¿Qué habría ganado su guionista diciendo que aquel tipo era Rodrigo Díaz de Vivar o Fernando Álvarez de Toledo en su juventud?
Ficción histórica quiere decir rellenar los huecos, que en Historia los hay a puñaos, y realizar una interminable labor de ambientación en la que siempre, eso sí, habrá errores, porque es materialmente imposible reproducir todos los detalles. El obispo malo de Los pilares de la Tierra aparece en muchos minutos de la serie blandiendo un libro, que se supone es una Biblia, que tiene una encuadernación que, para mí, tardó aún bastante tiempo en realizarse. Pues qué le vamos a hacer. Ahora bien, hacerle decir ¡Por las barbas del Profeta! al mercader árabe que se sorprende de la habilidad de Ben-Hur a la hora de llevar una cuádriga, con todos los respetos, no tiene pase.
Ciertamente, la Historia es interpretación. Dos guionistas cultos y profesionales escribirán dos guiones completamente distintos de una serie cuyo protagonista sea Felipe II. Pero eso es así porque las visiones de Felipe II son variadas; porque, dentro del mundo del conocimiento histórico, hay quien concibe al Rey Prudente de una manera, y quien lo concibe de otra muy diferente. Pero si los dos guionistas son, como digo, cultos y profesionales, ninguno de ellos hará su labor traicionando la verdad histórica.
No, no da igual precisión que entretenimiento. Nadie entendería que mañana una televisión realizase una serie sobre la vida de Fernando Alonso y metiese cosas en el guión como que se hiciese que su etapa en McLaren la pasara en Red Bull (por ejemplo, por razones publicitarias); o que, por razón de que los guionistas están muy concienciados contra el racismo y la xenofobia, el personaje de Louis Hamilton fuese convertido en un ser angélico que dona sus ganancias a Intermon y se dirige a Alonso apelándolo siempre de «mi muy querido amigo».
Los personajes históricos, desde Viriato hasta Zapatero, merecen el mismo nivel de respeto.