El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto
Serrano y Cánovas se vieron, por fin, en agosto de 1872. Convinieron que el general no haría nada ni pactaría sino a través de Cánovas. Es evidente que se entendieron a la perfección; ambos eran animales políticos, ambos, pues, tenían la capacidad de dominar los tiempos; y eso supone que ambos entendían que la causa monárquica no estaba madura. Así pues, se juramentaron para rebajar en lo posible las pasiones tanto de Satisfier como de El Duelista. Serrano, en todo caso, siguió tirándole migas a los montpensieristas durante todo aquel año.
En el otoño de aquel año, después de una representación operística que ofreció la posibilidad de juntar a muchas personas importantes en el mismo sitio sin despertar sospechas (aunque dio igual, porque estaban estrechamente vigilados por Marlaska), un grupo de nobles conspiradores alfonsinos se fue a una casa del barrio de Pozas, donde vivía un ayudante de Serrano. Allí acordaron que trabajarían para que Serrano fuese nombrado jefe del ejército del Norte, ahora que existía cierta opinión de que sería capaz de sofocar la rebelión carlista. Una vez conseguida la victoria, Serrano marcharía con sus tropas sobre Madrid para proclamar a Alfonso. En esas fechas, el embajador francés informa a París de que Serrano, refiriéndose al rey Amadeo, ha dicho: “hay que echar a ese imbécil”.
Serrano, sin embargo, estaba jugando en su propio beneficio. En algún momento de aquel invierno, probablemente cuando se dio cuenta de que la hablilla de que era uno más de la conspiración alfonsina dominaba todo Madrid, decidió que había llegado demasiado lejos. Sabemos, por ejemplo, que si bien semanas antes no sólo se había entrevistado con el general Lersundi sino que lo había dejado literalmente empalmado, ahora ni siquiera lo quiso recibir. Serrano, cuyo Plan A, no me cansaré de repetirlo, fue convertirse en presidente vitalicio de una República desbastada de perroflautas, quería rebajar el suflé de su adscripción alfonsista; consciente de que, en una Restauración, corría el peligro de ser uno más, y no precisamente el más importante.
En diciembre de aquel 1872, además, los temas se le complicaron; porque los políticos dominan los tiempos y leen los partidos, pero no son Dios. La deriva del amadeísmo en el tema de la esclavitud puso de los nervios al conservadurismo colonial, como hemos visto. Esto hizo que la monarquía entrase en una grave crisis, al perder apoyo en su pie derecho. Este hecho provocó un fenómeno muy español, el fenómeno de la zanja: en el país se cavó una zanja, y los españoles fueron conminados a estar de un lado, o del otro, de esa zanja. En esas circunstancias, personas como Serrano, acostumbradas a cruzar de un lado a otro a conveniencia, lo tenían jodido.
El general eligió distanciarse del alfonsismo; algo que tiene plena lógica, pues ya os he dicho que la revolución, fuere la monarquía amadeísta, fuere la república, era su Plan A. A ello contribuiría que en Madrid cada vez más todos, del rey abajo, lo tuvieran por imprescindible. Todo el mundo lo quería. Isabel escribía que confiaba en él. Los sagastinos lo veían baluarte de Amadeo. Los esclavistas consideraban que si alguien les podía garantizar el momio, ése era el general.
El 11 de diciembre de aquel año hubo unos violentos y extraños disturbios en Madrid. Violentos, porque lo fueron. Extraños, porque toda la parafernalia de aquellas asonadas callejeras hizo parecer que eran cosa de radicales de izquierdas; pero siempre se ha tenido por bastante cierto que, en realidad, fueron los círculos hispano-ultramarinos los que movieron el cotarro, buscando segar la hierba que pisaba el rey. Fuere como fuere, aquella violencia no hizo sino intensificar la imagen de Serrano como salvador y gran alternativa.
El duque de la Torre, en todo caso, no estaba solo. Muy importante en su evolución fue siempre su mujer, que además era su prima, Antonia Domínguez y Borrell, quien desde 1854, a la muerte de sus padres, era condesa de San Antonio. Alguno de sus contemporáneos la describió como persona de mecha intelectual más bien corta. Sin embargo, exactamente igual que muchas personas que no tienen oído alguno adoran cantar, la condesa adoraba las intrigas políticas que no dominaba, ya que eran el medio para colmar sus muchas y variadas ambiciones de poder y, sobre todo, de joyas sin afán patrimonial.
Aunque doña Antonia no escatimó cartas y expresiones de cariño hacia la reina, que ésta agradeció afectando emoción, lo cierto es que la duquesa de la Torre odiaba al gotha monárquico. En otro lugar de este blog he dejado contado qué importante llegó a ser, en la época de Amadeo, la resistencia de la alta nobleza madrileña, que se dedicó a hacer oposición bailando. La alta nobleza española: los Molins, Heredia-Spínola, etc., dejaban claro en sus bailes cuál era la España que les importaba; la clave, pues, estaba en ser invitado. Y la Antonia rarísima vez lo fue. La condesa, en el marco de los apliques políticos de su marido, había aceptado ser dama de la reina María Victoria, lo que la convertía prácticamente en la única grande de España que pisaba el Palacio Real amadeísta; y esto es algo que los monárquicos no le perdonaron. La inquina llegó a ser tan profunda que a la mujer de Serrano se le atribuía haber dicho que su marido podría traer a Alfonso a España si ella quisiera, que no quería. La reina, desde París, acudió rauda al embroque, escribiéndole breves en los que venía a disculparse por los desaires de su gente.
Creo bastante lejos de toda duda que fue 13 (tal era la identificación que usaban los monárquicos en sus cartas para referirse a la mujer de Serrano) quien arrastró a m (el general) al distanciamiento. Todavía en las últimas semanas de 1872, un mosqueado Jacinto María Ruiz se entrevistó con el general, quien le dijo que si había grito no sería él quien lo acallase; aunque tampoco dejó claro que fuera a salir de su garganta. Apenas semanas después, enero de 1873, ya hay cartas a París en las que se informa: “13 se ha convertido en nuestra enemiga”.
¿Qué es lo que había pasado? Pues, sustancialmente, lo que había pasado era que Serrano había dejado de apostar por Amadeo, y había empezado, por así decirlo, a apostar por Pavía (o sea: apostar por sí mismo). El rey, de hecho, era bien consciente de esta celada. Le ofreció nombrarlo príncipe de Alcolea, y a ella designarla para presentar al nuevo infante cuyo nacimiento era casi inminente. Era, pues, bien consciente de que Serrano, como Richard Gere en Pretty woman, quería que le hiciesen más la pelota.
Serrano daba por amortizado a Amadeo. La escisión de los progresistas, único baluarte serio de su corona, así lo hacía prever. Comenzó a jugar un juego personal muy peligroso, que incluso lo malquistó con los viejos unionistas y los nuevos sagastinos. Serrano, manejando bien los tiempos, amagó con retirarse a sus posesiones andaluzas y no regresar nunca al poder (ja).
Para Serrano, Luis Napoleón siempre había sido un modelo. Pero más lo fue todavía, por ajustarse más a sus propias características, el ejemplo de Thiers tras el descalabro del II Imperio. El general, como mucha más gente en España, estaba convencido de que lo que había ocurrido en París acabaría por pasar en Madrid, y que él sería el gran receptor de ese maná político. Cuando Amadeo comenzó a capotar, ni siquiera los monárquicos esperaban que el pueblo español pidiese el regreso de Alfonso. Pensaban que, o llegaría la república, punto en el que todos apostaban por que colapsaría; o llegaría la república moderada, bajo la presidencia de Serrano.
Lo que pasó, ya lo sabemos. Haciendo un análisis muy simplista, pero al mismo tiempo extremadamente lógico, el pueblo español, y buena parte de su clase política, hizo una lectura de la situación pos amadeísta en el sentido de que el fracaso de la monarquía no hacía sino avalar la pertinencia de la república. Esa república llegó, pero llegó con planteamientos casi infantiles en materia territorial, por lo que pronto comenzaron a chirriar sus cuadernas bajo la presión federalista. En ese momento, los mismos radicales que habían creído librarse de Serrano, lo buscaron. Su situación bien la resumió con la frase: “muy pronto tendré la sartén por el mango, o me freiré en ella”.
Como es natural en un general que era un hombre político nato, Serrano supo jugar sus cartas. Su gran baza fue la cuestión artillera, malamente gestionada en tiempos de Amadeo y que, verdaderamente, la república tendió a gestionar como el culo. Serrano hizo piña con los artilleros, viniendo a insinuar que si eran disueltos, él se disolvería con ellos; esto le granjeó una extrema popularidad en los cuarteles.
El gobierno de la república estaba atrapado entre la necesidad de tener un ejército que luchase contra el carlismo y para sofocar las rebeliones cantonales, y la alianza sellada con el progresismo radical antimilitarista. O sea, un poco como Sánchez con el rearme, pero con la guerra en casa. Bajo la presión de los perroflautas del siglo, las quintas fueron abolidas y el vacío dejado se trató de colmar con una milicia nacional que no funcionó muy bien que digamos. La disolución del ejército de Cataluña fue un gravísimo error que eliminó plomo de las alas carlistas. El gobierno trató de acercarse al serranismo, consciente de que estaba poniendo las bases de un nuevo golpismo militar, sobre todo porque se veía incapaz de parar la anarquía reinante. En Madrid, el 23 de abril, el republicanismo unitario y el federalista se enfrentaron en las calles; las milicias afectas al gobierno tomaron los edificios clave y pudieron imponerse. Pi i Margall y el gobernador civil de Madrid, Nicolás Estévanez, supieron dar la victoria a los federalistas.
El gobierno publicitó aquel enfrentamiento como una lucha entre la república legítima y una serie de intereses ilegítimos, ligados al capital y al ejército (a ver si os vais a creer que la historiografía actual que interpreta la Guerra Civil del siglo XX como el golpe de Estado de unas elites contra la república legítima e inocente han inventado algo...); con ello, buscaba poder armar represalias. Durante días, el general Serrano fue buscado por todo Madrid. Lo buscaron en casa de Jacinto Ruiz (vecino suyo, vivía en Villanueva) o en la de sus suegros, los condes de San Antonio, en el número 38 de Alcalá. Serrano, sin embargo, se había refugiado en casa de Nicanor Ruiz, primo de Jacinto, desde donde comenzó a negociar con el embajador inglés su salida del país. Finalmente, fue la embajada francesa quien le dio cobertura, y acabó saliendo de Madrid, con el bigote afeitado y patillas postizas, ganando territorio francés.
En el verano de 1873, en torno al huido Serrano se celebra una serie de reuniones en las que participan Caballero de Rodas, López Domínguez, Antonio López de Letona y Lamas, el conde de Toreno, Alejandro de Castro, Cristino Martos, y Cánovas. Estas entrevistas tuvieron lugar en Bayona, donde estaba Serrano, y buscaban pactar una acción política común.
El problema de los maniobreros, empero, siempre será el mismo. Van de impulsores de políticas generales por el bien del país, pero todo lo que les importa es su medro personal. Serrano se acercó a los monárquicos mientras la república fue el puto caos en que se convirtió bajo la presidencia de Pi i Margall. Cuando el político irracional cayó y llegó Salmerón, anunciando un régimen serio, con orden y respeto burgués, la oposición conservadora se mostró mucho más proclive a la república; en ese momento, a Serrano dejó de interesarle la solución restauradora.
Salmerón, sin embargo, como sabemos, duró poco. Dimitió el 6 de septiembre de 1873, y fue sustituido por Castelar. Castelar cerró el parlamento el día 20 y hasta la histórica sesión de 2 de enero de 1874, gobernó por decreto.
La llegada del gobierno Castelar supuso el regreso de los emigrados. Entre ellos, obviamente, Serrano. El general se aplicó a mostrar una total equidistancia entre los hombres que, como Cristino Martos, apostaban por una república unitaria (un poco lo que acabaría trayendo Pavía) y los monárquicos, que en buena proporción aprovecharon la generosidad del nuevo gobierno para regresar ellos también. Las hablillas políticas apostaban por que, si el gobierno lograba la victoria sobre los carlistas, sería Serrano quien tendría en su mano la decisión de apostar por una república conservadora con él al frente, al estilo de Mac Mahon en Francia; o por impulsar el regreso de los Borbones. Serrano, sin embargo, se mostraba cauto. Castelar le ofreció el mando del ejército del norte, pero lo rechazó.
Castelar, sin embargo, estaba acorralado por el cantonalismo y la guerra carlista. Los republicanos más auténticos, además, se unieron en un nuevo frente, que aglutinó a Pi, Figueras y Salmerón. Esta coalición le ponía las cosas bastante complicadas de cara a la reapertura de las Cortes prevista para el día 2.
El golpe de Pavía, que se produjo en ese entorno, tuvo en Serrano a un principal beneficiario. Las cosas como son, desde dos o tres meses antes se venía hablando de una solución semi dictatorial en la que el general bonito recibiría amplios poderes. Serrano, efectivamente, fue confirmado en el ejercicio del poder ejecutivo, con lo que estaba en la mejor situación posible para poder enquistarlo en un mando vitalicio. La convicción general en Madrid apuntaba a que el movimiento de Pavía se había pactado a tres entre el general, Serrano y Castelar, quien habría aceptado una solución así de radical a cambio de la garantía de que España seguiría siendo una república. El resultado debería ser lo que se denomina “una dictadura septenal”, es decir, el modelo francés, con mandatos presenciales muy largos y, a ser posible, eternos.
El alfonsismo, pues, había cometido un error, y ahora lo sabía. Había ligado sus destinos a dos personajes: Montpensier y el general Serrano, con los que, como se suele decir, no hay que ir ni a heredar. Alboreaba 1874, y el gran riesgo en ese momento era que, finalmente, los republicanos españoles, tanto los convencidos como los accidentales, encontrasen la llave que consiguiese abrir la lata de un régimen tan estable y potencialmente generador de bienestar como la propia monarquía. El secreto que todo rey conoce bien, y que los monárquicos niegan con cajas destempladas, es que la monarquía no tiene nada de estructural ni de esencial. La monarquía es un modo de gobierno más; y, como modo de gobierno más que es, sólo necesita un par de generaciones para desaparecer. Cualquiera que observe a una familia natural de la otra punta del mundo establecida en su vecindario se dará cuenta de ello. Los nietos de esa pareja de chinos que emigró a España hace 40 años tienen ya de chinos apenas el ADN. Un país que deja pasar dos generaciones sin rey, se olvida de los reyes. Así que las gentes del entorno de Isabel sabían que, en la relativa estabilización de la república que vino con Pavía se estaban jugando algo muy gordo. Si los beneficiarios de Pavía jugaban bien sus cartas, podrían llegar a borrar a la monarquía del subconsciente español, y convertir a los Borbones en unos juerguistas de pomposo nombre, asiduos a las fiestas de Marbella.
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