lunes, noviembre 08, 2010

¿Existe el terrorismo intelectual (en España)? (1)



En algún pretérito post he dicho, y aquí lo mantengo, que de las diversas y variadas guerras de que se compuso la Guerra Fría entre mediados de los años curarenta y 1989, la URSS sólo ganó una: la guerra de la propaganda. En cualquier país del mundo, el régimen soviético y afines (afines, aún enfrentados con él), pese a ser, de largo, los mayores merecedores del calificativo «genocida», caen más simpáticos, o en ocasiones se benefician de distintos niveles de indiferencia, comparados con sus contrincantes. Aquí no se trata de hacer una historia de buenos y malos; en eso consiste, más bien, la dinámica argumental de esta inmensa operación de propaganda. No se trata, por lo tanto, de defender la virtuosidad de lo que podríamos denominar el bando norteamericano, que tiene para dar y tomar y sólo con el macartismo tiene como para esconderse unos cien años. Se trata de entender cómo fue posible que durante décadas del siglo XX, décadas en el curso de las cuales estaban ocurriendo los hechos más atroces de la Historia del mundo, tantos y tantos intelectuales pudieron vivir, no sólo ajenos a esa realidad, sino aplaudiéndola como la vanguardia del progreso del hombre.

Este proceso se analiza en un librito que me he leído en dos o tres aviones este mes, del que, por lo menos de creer al ISBN, no hay edición en español (SÉVILLIA , JEAN. Le terrorisme intelectuel de 1945 à nos jours. París, Perrin, 2004). El libro, como todo, tiene sus limitaciones y sus errores. Como toda persona que arma una tesis, el autor tiende a apartar lo que le molesta y a mostrarse consecuentemente comprensivo con diversos fenómenos ocurridos en la Francia del siglo pasado, notablemente las tomas de posición de la Iglesia católica y el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen, con los que cabe poca comprensión. La lectura, por lo tanto, hay que desbastarla de cierta exageración teórica pero, más allá, la exposición de los hechos es, en algunos casos, demoledora.

La tesis de Sevillia, que tomo prestada para estos post, es que existe un terrorismo intelectual, es decir una estrategia como tal armada para procurar la prelación exclusivista de un cierto modo de pensamiento, que no siente necesidad de justificarse porque se cree, o se dice, representante del pensamiento libre del hombre. El terrorismo intelectual, por lo tanto, busca que entre los intelectuales exista un discurso único, cuyas cambiantes tesis y contenidos serán, de alguna forma, controladas por una élite. Se trata de un pensamiento de tintes progresistas, o es lo que diremos hoy, porque hasta hace dos o tres décadas, la palabra hubiera sido marxistas. Pero eso, claro, ha pasado de moda.

El 99% de los hechos descritos por Sevillia se refieren a la realidad y a la intelectualidad francesas. Ciertamente, eso hace ciertos pasajes del libro un tanto pesados para un lector, como el presente, para el cual la Historia de Francia no es precisamente el primer interés. Pero Francia tiene su interés a efectos de lo que hablamos por la fuerte influencia que ejerció su intelectualidad dentro del discurso de Occidente, y los hechos importantes que tuvieron a Francia por centro.

De la lectura del libro cabe concluir, creo yo, que eso que se llama terrorismo intelectual tiene una serie de características, a saber:

En primer lugar, la expresión del mundo en términos maniqueos. Esto quiere decir que siempre que dos se enfrentan, uno ha de ser el bueno, y el otro el malo. No puede haber fisuras aquí. Al bueno se le comprende casi cualquier desviación o error, mientras que al malo se le niega el pan, la sal y la Playstation.

En segundo lugar, el «empaquetamiento» en una sola categoría de todo lo que no concuerda con el pensamiento que se pretende defender. Es una actitud totalmente coherente con el maniqueísmo: si todo lo que no es bueno (todo lo que no piensa como yo) es malo, ¿por qué hacer distinciones en materia de maldad? El que está contra mí debe ser expulsado del nido; no importa que tan sólo tenga problemas de matiz o que quiera presentar una enmienda a la totalidad.

Esta metodología está tomada del estalinismo. El estalinismo resumió a todos sus críticos en calificativos como troskista, zinozievista, revisionista, etc., todos ellos sinónimos. Todos significaban no-estalinista, y todos terminaron frente al mismo pelotón de fusilamiento. Lo que Sevillia llama terrorismo intelectual se basa en otro concepto: el concepto de fascista, o facha si estamos en confianza. El mundo se divide, a partir de aquí, en fascistas y en antifascistas, y todo aquél que pisa el suelo tiene que elegir dónde se pone.

Este asunto tiene mucho que ver con la tercera gran catacterística de este movimiento, que es sublimar el arte de manejar las palabras. Para convertirse en un pensamiento único, la intelectualidad necesita, y en buena parte lo consiguió en el siglo pasado, adquirir el monopolio de inventar y difundir las palabras, y definir su significado. Así, como decimos, las dictaduras de derechas se convirtieron en «regímenes fascistas»; y las comunistas en «democracias populares». Hay que reconocer que no fueron los únicos que intentaron este juego; ahí está, sin ir más lejos, el general Franco y su democracia orgánica.

El final de la segunda guerra mundial operó como una especie de tabla rasa tendente a igualar a todos aquéllos que habían estado finalmente apuntados al bando que la ganó. Esto favoreció especialmente a las formaciones comunistas, que tenían un pequeño pecadillo que lavarse: su actitud, en 1939, tras la firma del pacto germano-soviético y las instrucciones que les llegaron desde Moscú de mostrarse comprensivos con el nazismo; así, el Partido Comunista francés, durante las primeras jornadas de ocupación alemana de Francia, llamaría en sus publicaciones a confraternizar con los germanos.

Siempre atento a las operaciones de propaganda, el comunismo aprovecha esta circunstancia para dar un paso adelante y apostar por convertirse en el héroe de la guerra. El PCF se intitula «el partido de los 75.000 fusilados», en alusión a la cifra (exagerada) de víctimas de la Resistencia comunista. En 1947, en el congreso del partido, en un momento en que la formación roza el 30% de los sufragios en las elecciones, el dirigente comunista Laurent Casanova lanza la consigna de movilizar a los intelectuales. Aunque la relación del comunismo, rígido y disciplinado, con los creadores, a algunos de los cuales les gusta hacer lo que les apetece, no fue fácil. Ahí está, por ejemplo, la famosa anécdota de Louis Aragon, quien tuvo que hacer una autocrítica ante el Partido por haber encargado a Picasso un retrato de Stalin, a la muerte del dictador. Picasso hizo lo que le gustaba hacer y, lógicamente, lo que le salió estaba bastante lejos de la estética del realismo socialista. En Moscú el retratito no gustó.

Las líneas de trabajo de la intelectualidad procomunista en la posguerra son, fundamentalmente, dos.

En primer lugar, consolidar la imagen y el concepto del resistente antifascista. Se identifica el antifascismo con la lucha por la libertad para, posteriormente, monopolizar el término por la vía, como hemos visto, de meter en la bolsa del concepto de fascista a todo lo que no gusta.

En segundo lugar, establecer la identificación estricta entre pacifismo y sintonía con la URSS. La URSS, según esta teoría, trabaja para la paz mundial, frente a un segundo actor, los Estados Unidos, que quiere quebrarla. Bajo este concepto se producen declaraciones tan abracadabrantes como la de Frédéric Joliot-Curie, premio Nobel de famosos apellidos asimismo nobelizados, según el cual la bomba atómica soviética es un factor de paz. Esta es, sin ir más lejos, al tesis del congreso intelectual mundial celebrado en agosto de 1948 en Wroclaw, Polonia, al que no falta, entre otros, Pablo Picasso.

Este congreso, por otra parte, es un buen ejemplo del juego que realiza la intelectualidad marxista para dejarle claro a todo el mundo medianamente interesado en ser admirado por sus letras que el que no se mueva, no sale en la foto. En esos años cuarenta, Jean Paul Sartre aún escribe cosas que pretenden buscar una tercera vía a las dos fuerzas enfrentadas en la Guerra Fría. En el curso del congreso, el escritor soviético Alexandre Fadeiev toma la palabra para calificar a Sartre de «hiena dactilográfica», que hay que reconocer que el insulto tiene su curro. Ese mismo año, Sartre, mensaje recibido señor, se adhiere al Rasemblement Democratique Revolutionnaire, y desde entonces será el perejil de todas las salsas y manifiestos habidos y por haber de la intelectualidad progresiva.

El apoyo de los intelectuales le fue extremadamente útil al Partido Comunista y a la URSS a la hora de actuar contra sus críticos. Como veremos más tarde, el gran momento en que la URSS se ve publicamente criticada llegará en los años setenta con la obra de Alexandr Solsenitsyn, pero en 1949 se produce ya un hito importantísimo con la publicación del libro del primer gran famoso disidente de la URSS: el ucraniano Victor Kravchenko.

A través de publicaciones directamente comunistas o medios de orientación progresista como Le Monde, multitud de escritores se lanzarán a la yugular de Kravchenko (que vendió medio millón de ejemplares, sólo en Francia, en unas pocas semanas), acusándole, sobre todo, de haber mentido en su libro, incluso de no haberlo escrito (argumento que viene a insinuar que el auténtico autor es la CIA). En esta batahola de críticas, hay algunas épicas. Por ejemplo, el profesor de Sciences-Po Jean Baby:«Jamás ha habido persecuciones en la URSS». Muy bueno lo tuyo, Juanito.

Kravchenko lleva a los tribunales a la publicación Les lettres françaises por difamación. En el juicio declara Margarete Buber-Neuman, viuda de un comunista alemán con el que residía en Moscú en 1933. Refiere al tribunal cómo su marido fue arrestado, enviado a Siberia y, con ocasión del pacto nazi-soviético, entregado a los alemanes, que lo alojaron en Ravensbrück (conocido hotel de cinco estrellas, con unos desayunos de puta madre), del que lograría escapar. Buber-Neuman describe en el juicio, y es quizá la primera vez que ocurre esto en Occidente, las deplorables condiciones de los campos de concentración soviéticos. El abogado de la publicación comunista protesta. No se les puede llamar campos de concentración porque ella misma ha dicho que no tienen alambradas. Claro que ella ha dicho que no tienen alambradas por el simple hecho de que, en medio de la puta Siberia, no las necesitan.

Éste es un fenómeno que no debiera ser extraño a los españoles. Nosotros tenemos nuestra propia literatura disidente: aquélla escrita por comunistas que lo eran durante la guerra civil, dejaron de serlo y luego escribieron libros sobre las manipulaciones cometidas por la URSS durante el conflicto. Aún es el día de hoy en que, cuando en medio de cualquier debate se argumenta recordando alguna de las cosas que esas personas escribieron, surgen de la nada un montón de expertos, algunos de ellos de campanillas, recordando que esos libros no son creíbles. Sólo por casualidad, la posibilidad de que cronicones de la guerra como los de Pasionaria, Díaz, Líster, Cordón, Hidalgo de Cisneros o cualesquiera otros comunistas de libro puedan estar trufados de mentiras o medias verdades, es una posibilidad que esos mismos expertos no se plantean.

Otro punto importante se produce en 1953, tras la ejecución en Estados Unidos de los esposos Rosemberg. Algún día debería yo hablar de esta historia. Los Rosemberg fueron ejecutados por espiar para la URSS, ante el convencimiento por parte de la opinión pública mundial de que o bien eran inocentes o bien no se había podido demostrar su culpabilidad. Al parecer, sin embargo, la constancia que tenían los EEUU de su labor como espías era bastante mayor de la que mostraron en el juicio; pero, si fue así, no lo sacaron a la luz por razones de seguridad. En todo caso, la muerte de los Rosemberg dio una oportunidad importante para la propaganda tendente a mostrar a la URSS como el eterno agredido y los EEUU como el eterno agresor.

Ese mismo año Sartre, la hiena dactilográfica, viaja a la URSS. A la vuelta, concede una entrevista a Libération. Cita: «El ciudadano soviético posee en mi opinión una total libertad de crítica». La otrora hiena se ha ganado el carné de león.

En 1956, la cosa cambia. La prensa francesa publica lo suficiente del discurso secreto de Nikita Kruschev sobre los crímenes del estalinismo (que en la URSS, donde según Sartre la libertad de crítica es total, apenas se conocerá en el tiempo de descuento, en los años ochenta). La revelación de que las acusaciones de aquéllos que habían dicho que Stalin era un genocida eran ciertas supuso un choque para la intelectualidad europea de izquierdas. Pero, aún así, se repusieron pronto, haciendo uso de un mecanismo que les serviría otras veces. Exactamente igual que, en los años ochenta, los mismos intelectuales que habían reclamado comprensión e incluso admiración para la URSS se declararon fans de la perestroika, que no era otra cosa que la voladura teóricamente controlada de todo lo que hasta entonces habían alabado, los intelectuales de mediados de los cincuenta encontraron consuelo y defensa para la situación con el argumento de que, al fin y al cabo, había sido un comunista, Kruschev, el que había lanzado el soplo de democracia en la URSS.

Lo malo es que el aliento se le terminó pronto a don Nikita. La desestalinización de la URSS fue uno de esos típicos procesos en los que se sabe cuándo empieza, pero no se sabe cuándo ni cómo acaba. El 23 de octubre de 1956, decenas de miles de húngaros, en un clima casi de paroxismo democrático, se manifiestan en Budapest y derriban una estatua de Stalin. Pocos días después, Hungría denuncia su adhesión al Pacto de Varsovia. Tres días después, 3.000 carros de combate soviéticos ponen camino hacia Budapest.

Parece que, finalmente, el armamento ruso no era un instrumento de paz.

Aunque eso, como ya he dicho, no le supone gran problema a la intelectualidad. Con el mismo desparpajo con que se había deshienizado y se había convencido de que en las calles de la URSS la gente paseaba a los perros atados con longaniza mientras hablaba (mal) del gobierno, Sartre rompe con el Partido Comunista. En la URSS, dice, «es el horror lo que domina». Y es que otra característica propia de la intelectualidad es su gran facilidad para decir, y escribir, una cosa y su contraria. En España hay casos como el de José Saramago, tan capaz de romper con el régimen cubano cuando fusiló a unos balseros, sentenciando: «hasta aquí he llegado»; como de asegurarle a Fidel Castro, bien poco tiempo después, que estaba «caminando con vosotros».

Durante los años cincuenta y sesenta, en los cuales es cada vez más difícil sostener la idea de que la URSS es el crisol donde se ha conservado, tras la segunda guerra mundial, el fuego fatuo de la auténtica democracia, la intelectualidad cambia de discurso. Son los años en los que descubre el Tercer Mundo. La descolonización y los países más pobres (aunque, en realidad, el responsable es el rosario de errores cometidos por Estados Unidos en ese terreno) proveen a no pocos intelectuales de argumentos que les permiten sostener las bases de su discurso y, al tiempo, distanciarse de los presupuestos prosoviéticos, cada día más rancios y difíciles de sostener. El tercermundismo permite afirmar la existencia de una tercera vía, lo que en su momento se denominó movimiento no alineado. Aunque, visto con la perspectiva de la Historia, pocas cosas hay más alineadas que los países no alineados; básicamente, lo que venía a ocurrir en los mismos era la instauración de gobiernos, bien proamericanos, bien prosoviéticos. Pues el Tercer Mundo, en la segunda mitad del siglo XX, no es sino el escenario caliente de la guerra fría.

La lista de héroes del tercermundismo, sin embargo, hace sospechar que esta forma de pensamiento no es tan equilibrada como sus sostenedores pretenden: Tito, Ho Chi Mihn, Sekou Turé, Fidel Castro, Che Guevara, Mao Zedong, Gadafi, Arafat, Salvador Allende... Sobre la ola protercermundista se suben genocidas declarados como el líder chino, responsable de 70 millones de muertes, que se dice pronto. Jean Paul Sartre, el mismo Sartre que bailó las veces que hicieron falta para caerle bien a la URSS y luego rompió, presuntamente, con el comunismo, le dice a los jóvenes: «Sed cubanos». El congreso internacional de inteletuales celebrado en Cuba en 1968 termina con una declaración que dice: «Es en Cuba y por el movimiento de la revolución cubana que la exigencia comunista ha encontrado, al mismo tiempo, un centro vivo y su empuje hacia el futuro». Entre los asistentes al congreso, como no podía ser de otra forma, Jean Paul Sartre. En 1999, François Maspero, importante editor de libros tercermundistas, visita Cuba y, a su vuelta, describe el país como «miseria, inercia, Estado policial, economía dolarizada». Lo dicho: hoy digo una cosa, mañana la contraria, y siempre son la verdad.

Debilitado como está el comunismo soviético entre los intelectuales de izquierdas, la ruptura de Pekín con Moscú les mueve a una nueva situación de fascinación. El Libro Rojo de Mao se traduce a las lenguas occidentales en 1967. Cuatro años más tarde, en 1971, una diputada comunista italiana, Maria Antonieta Macciocchi, publica un libro sobre el país en el que afirma que «Mao Zedong es esencialmente antidogmático y antiautoritario». En 1974, lo redactores de la revista Tel Quel, con Roland Barthes a la cabeza, viajan a Pekín y vuelven entusiasmados: «En el país de Mao, materialismo y dialéctica alcanzan un grado jamás constatado de precisión, eficacia y claridad». Bien vista, esta frase tiene todo el punto de ser cierta; aunque, probablemente, no en el sentido que sus autores le quisieron dar. Un año más tarde, para su desgracia, un corso hijo de madre china y que ha pasado siete años en la prisión de Mao, Jean Pasqualini, publica un libro con sus vivencias. Resulta que lo que todos los intelectuales habían visto durante sus visitas al país (visitas estrechamente controladas por el régimen) era sólo una pequeña parte de lo que estaba pasando. Vaya por Dios.

Aunque hay que recordar que a Mao no sólo lo cortejaron los personajes de izquierdas. A su muerte, alguien tan poco sospechoso de haber leído a Engels, y mucho menos de entenderlo, como Valery Giscard d'Estaing, lo calificó de «faro del pensamiento humano».

Con todo, qué duda cabe que, para la intelectualidad de izquierdas, el mayor punto de inflexión de la década de los sesenta se produce en el famosísimo mayo del 68. Pronto lo veremos.