viernes, noviembre 12, 2010

¿Existe el terrorismo intelectual (en España)? (y 2)

Mayo del 68 será, espero, motivo de un pronto artículo en el que trataré de contar sus antecedentes y desarrollo. Obvio aquí, por lo tanto, el relato de sus vicisitudes. Cabe hacer notar, en todo caso, que mayo del 68 no es en modo alguno, como quizá se ha pretendido alguna vez y, sobre todo, se pretende en la distancia del tiempo, un movimiento sin referencias, dependencias incluso, respecto de la alternativa marxista (en mayor medida que soviética). Fruto de los disturbios generados en aquella movida es la decisión gubernamental de 12 de junio de aquel año disolviendo once formaciones sociales y políticas, lo cual no hará sino enervar el surgimiento de nuevas organizaciones cuyo nombre deja poco lugar a la duda: Liga Comunista, Organización Comunista Internacional, Lucha Obrera, Revolución, Alianza Marxista Internacional, Tendencia Marxista Revolucionaria, Partido Comunista Revolucionario, Izquierda Proletaria, Humanidad Roja, Viva la Revolución, Línea Roja, Círculos Comunistas, Grupos Marxistas-Leninistas, Unión de los Comunistas Franceses, Frente Rojo, Comité Comunista Enver Hoxa [el dictador de Albania], Comité Comunista Josif Stalin, Partido Comunista Internacional... Si alguien, leyendo este párrafo, está recordando La Vida de Brian, que sepa que no es el único.

Todos estos nombres esconden la plétora de escisiones, y escisiones de escisiones, de la izquierda radical. Los comunistas oficiales tienen como líder a Georges Marchais. Pero buena parte de los líderes y activistas universitarios y colegiales del 68 están más a la izquierda, y su troskismo les lleva a ser seguidores de Alain Krivine. Y, por medio, la estrella rutilante del maoísmo, que ha sido abrazada por... ¿quién? ¡Otro perrito piloto! Jean Paul Sartre y su compi Simone de Beauvoir venden la publicación sinófila La Cause du Peuple por las calles de París, fotógrafos de prensa mediante. En 1973, Sartre justificará algunos de los excesos de aquellos momentos con una declaración abracadabrante: «Un régimen revolucionario debe desembarazarse de un determinado número de individuos que lo amenazan, y yo no veo otro medio que la muerte». Querrás decir el asesinato, mon ami...

¿Qué es, ideológicamente, el mayo del 68? En sus resultados, se podría decir que es un movimiento apenas revolucionario, o revolucionario de escaso éxito, que sin embargo tiene unas consecuencias más duraderas que la mayoría de las revoluciones. Todos nosotros, hoy, somos, en buena parte, hijos de mayo del 68.

El movimiento, incluyendo por supuesto sus trompeteros intelectuales, que venían a ser más o menos los mismos que hasta entonces habían sido caja de resonancia del sovietismo, tenía como primer objetivo poner en tela de juicio todos los pilares de la sociedad: los conceptos de nación (alternativa: internacionalismo, ciudadano del mundo; o, paradójicamente, nacionalismo exacerbado, siempre que se refiriese a una nación oprimida), Estado (alternativa: democracia popular, sin dejar muy claro qué quiere decir eso), familia (alternativa: amor libre, inexistencia de la autoridad paterna), escuela (alternativa: el cachondeo), empresa (alternativa: gestión o cogestión obrera), Iglesia (alternativa: Gran Hermano, Sálvame de Luxe et altera), son puestos en solfa. Incluso el concepto de manicomio cae al suelo como vulgar estatua de Stalin, con lo cual, por el camino, las sanidades públicas se han quitado de encima un problema de gónadas.

La apoyatura intelectual de este proceso de revisión completa es el estructuralismo y, sobre todo, el concepto de deconstrucción de Jacques Derrida, que es algo así como El Quijote: todo el mundo habla de él, pero pocos pueden explicar en qué consiste. Es en este contexto estructuralista en el que se pueden hacer afirmaciones como que una lengua, en sí, puede ser fascista (potente meconio teórico debido a Roland Barthes), o que se puede maridar marxismo y psicoanalismo (Marcuse).

El gran mensaje del 68, destinado a tener un gran éxito en Europa, es aquél según el cual toda autoridad puede ser puesta en duda. O, si se prefiere, la colocación del concepto de igualdad en el mismo centro de todo debate. De esos tiempos del «prohibido prohibir» es de donde parte la forma reflexiva del verbo realizar, y el concepto de «realizarse» toma forma y exigencia. Todo el mundo ha de aspirar a «realizarse», y todo lo que obstaculice ese proceso debe ser removido. Las personas eligen cómo se realizan, y si su elección pasa por, un suponer, ponerse ciegos de pastis (como ocurre con un montón de artistas, sobre todo si concebimos que hacer gorgoritos delante de un micrófono es arte), pues hay que permitírselo. Y no permitírselo se convierte en una actitud «fascista».

Mayo del 68, en este sentido, toma prestado del montaje intelectual anterior a su producción esa estrategia de estigmatizar como fascista todo lo que le estorba. El Estado es fascista, la policía es fascista, la escuela es fascista, la normativa antidrogas es fascista. La familia y la escuela, en especial, son fascistas en tanto que censuren al infante en su «realización». Este concepto es padre de algunas cosas de indudable sentido positivo (como, por ejemplo, que los educandos reciban educación sexual), pero también de excrecencias muy jodidas, fundamentalmente, dos: por un lado, la asunción de que el maestro no ha de disponer de una posición más elevada que sus alumnos; y, por otra, la idea filosófica de que la principal función de la escuela es ayudar al alumno a construir su personalidad, no transmitirle conocimientos. Hijos del 68, por lo tanto, son todos los humanos que hoy pululan por el mundo, que atesoran una sólida conciencia de la importancia de reciclar la basura y donar dinero para el Tercer Mundo y, al mismo tiempo, creen que la Reconquista fue un partido de fútbol.

En el paroxismo de la igualdad educativa, en aquellos tiempos se proponen ideas como que los profesores lo sean por votación de sus alumnos (y a ver quién es el guapo que suspende o castiga), o que los alumnos formen parte de los jurados de examen. ¿Quién hizo tales propuestas? Una pista: su apellido empieza por S.

La teoría de la igualdad también viene a impulsar de forma definitiva el feminismo, que encuentra su gran soporte en un libro de Simone de Beauvoir, El segundo sexo. La principal tesis de De Beauvoir es que no existe una natureza femenina, dado que cosas como el sentimiento maternal son desarrollos culturales. En un manifiesto publicado el 5 de abril de 1971, 343 mujeres, entre ellas la Beauvoir, Cathérine Deneuve, Margérite Duras, Jeanne Moreau, Françoise Sagan o Nadine Trintignant, se autoacusan de haber abortado. Estas 343 firmantes serán conocidas como las 343 putas, pero en un sentido positivo, reivindicativo; como cuando un latinoamericano se llama a sí mismo sudaca.

Hay que decir, en todo caso, que las feministas no fueron las únicas que hicieron pasta con el nuevo movimiento. La avispadísima escritora Esther Vilar conmociona al mundo con un libro en el que, sucintamente, viene a sostener la tesis de que la mujer domina al hombre, e insinúa que ha inventado el feminismo para hacerse la víctima y así garantizarse la pervivencia de su momio. Su aparición en el Estudio Abierto de la televisión española provoca una de las polémicas sociales más masivas de aquella España pacata, sólo superada por la surgida entre detractores y partidarios de Uri Geller.

En 1945, un joven oficial del ejército soviético envía una carta a un amigo en la que critica a Stalin. Le caen ocho años y, después de esos ocho, una vida de paria más allá del sistema. Ese joven oficial es matemático y físico, pero también tiene el don de escribir, y eso es lo que hace.

Dado que en la URSS carece de perspectiva alguna de publicar, Alexandr Solsenitsyn hace pasar a Occidente los manuscritos de sus obras, que aparecen en París. En 1969, como castigo, el sindicato soviético de escritores lo expulsa. En 1970, y es difícil que Washington sea ajena al proceso, recibe el Nobel de Literatura.

En diciembre de 1973, en París, se publica El Archipiélago Gulag, la obra más conocida de Solsenitsyn y, probablemente, el más efectivo torpedo que jamás recibió el sistema soviético en su línea de flotación. Aquel libro, avalado por el hecho de haber sido escrito por un premio Nobel, lo cual siempre aporta más ventas, será el manotazo definitivo que arrancará de los ojos de Occidente la venda que, cuidadosamente atada por la propaganda, los intereses y la calculada estulticia intelectual, tapaba los ojos que miraban hacia el Este.

Solsenitsyn no deja lugar a la duda. La tesis central de su libro es que el fundamento de la URSS en el terror y la represión no es ni siquiera una idea de Stalin. El hasta entonces angélico Vladimir Lenin, conceptuado en Occidente como una especie de ONG con perilla, un padre Coplillas rojo repartiendo el bien entre los desheredados, aparece como el primer conceptuador de la represión masiva de los otros, de los que estorban o dicen no, estrategia que su heredero no hace sino sublimar.

Los soviéticos arrestan al escritor pero, protegido como está por su notoriedad, lo tienen trece días en el maco, y lo expulsan. La llegada de Solsenitsyn a Occidente no hace sino empeorar las cosas y enconar el debate. En España, por cierto, al franquismo le falta tiempo para traerse a la estrella literaria al programa de José María Íñigo, donde el ruso soltará por la boca lo que los jerifaltes del régimen quieren oír: ustedes [los españoles] no saben lo que es no tener libertad. Recuerdo como si fuese el día de hoy a mi padre sentado en el comedor de nuestra casa, mirando la tele. En aquel entonces yo no entendí una mierda de lo que estaba diciendo Solsenitsyn en la caja tonta, y mi padre me lo resumió así: «El ciervo le dice al toro: tú no sabes lo que es tener cuernos».

Solsenitsyn hace predicciones. La fundamental es que Indochina se va a convertir en un Gulag. La intelectualidad de izquierdas se le tira a la chepa. Pero, desgraciadamente, acierta. El 17 de abril de 1975, los jémeres rojos entran en Phnom Penh, dan la orden a sus habitantes de que emigren al campo con inmediatez (e inmediatez quiere decir inmediatez) e inician una serie de actos altamente edificantes entre los que se encuentran, según confesiones de sus propios verdugos bastantes décadas después, estrellar bebés contra las paredes con la estimable intención de reventarles la cabeza.

En 1978, un fenómeno deja en evidencia las condiciones de vida en la zona: el fenómeno de los balseros vietnamitas. Ellos no se enteraron, no tenían parabólica en sus cayucos de mierda, pero echarse a la mar y calificarlos el Partido Comunista Francés de «reaccionarios», fue todo uno. En fin, veámosle a la cosa el lado bueno: por lo menos, no les llamó fascistas. Eso sí, la tragedia indochina, que cada vez se puede esconder menos, acaba por forzar cierto despego de la intelectualidad respecto de la ortodoxia de izquierdas. Los intelectuales, con ese fino olfato que les permite detectar siempre las mejores corrientes de viento, se solidarizan con los vietnamitas a pesar de que no hacen otra cosa que huir del régimen político que ellos han alabado sin ambages hasta antes de ayer (una cosa y la contraria, y siempre son verdad...). Raymond Aron, destacado intelectual de espíritu liberal, sale en la prensa dándose la mano con el pollo cuyo apellido empieza por S (es que estoy un poco harto de citarlo).

Un periodista, Olivier Toll, entrega un artículo en Le Nouvel Observateur en el que reconoce que «hemos colocado al régimen comunista de Vietnam del Norte en un pedestal». La redacción lo rechaza. Otro periodista de izquierdas, Jean Lacoutre, se autoacusa en los papeles de haber practicado la «información selectiva» en el asunto vietnamita. Como se dice en mi tierra: tarde piaches... De todas formas, pronto la intelectualidad encontrará sus caminitos para poner las cosas en su sitio. Así, Patrice de Beer establece esta interpretación del genocidio camboyano: «No fue otra cosa que el resultado de una guerra suscitada por los americanos». Hala, ya todo está en su sitio de nuevo.

La muerte de Mao, en 1976, provee a la intelectualidad de izquierdas con otro disgustillo, por cuanto es seguida del conocimiento masivo de las cositas que hizo este señor, aparte de la guarrísima de no haberse lavado los dientes en toda su vida. El eterno Sartre había escrito en 1960: «El marxismo es el horizonte indispensable de nuestro tiempo». Los años ochenta le contestan: pues va a ser que no, colega.

En realidad, la intelectualidad adelanta la caída del Muro. Antes de que el sistema comunista termine de derrumbarse, en un proceso al que quizá no sea ajena la debilidad manifiesta de la URSS en sus últimos diez años, el monopolio intelectual ejercido por una determinada cosmovisión se quiebra. Son los años de las primeras obras ajenas a la interpretación marxista, los libros de Jean François Revel, de Lévy, etc.

Falta de su misión clara, máxime después de 1989 con la caída del Muro, la intelectualidad cambia el registro, y encuentra dos elementos en su apoyo: el ecologismo y, sobre todo, la inmigración. Donde decía fascista ahora dice racista, o xenófobo. La utilización de los mecanismos bien conocidos de décadas atrás (monopolización del «pensamiento correcto», estigmatización de todo lo contrario) ha impedido la realización de debates reposados sobre la materia. Basta media hora de foro en foro en internet para darse cuenta de que discutir sobre la inmigración o el cambio climático equivale a resignarse a leer conceptos de gran altura filosófica como: moro de mierda, fascista, puto racista, payopony, negacionista, exaltado, hijoputa, mentiroso, y otros de parecido jaez. Los científicos partidarios de la teoría del calentamiento global se intercambian correos felicitándose de que uno de sus detractores la haya palmado. Vamos bien; pero que muy bien.




Hechas estas apreciaciones, cabe la pregunta: ¿Existe el terrorismo intelectual en España? En mi opinión, lo primero que hay que decir es que, viviendo como vivo en un país que sabe muy bien lo que significa la palabra terrorismo, yo la reservaría para los cabrones. Así pues, no creo que haya que hablar de terrorismo intelectual. Para mí, se trata más bien de un monopolio intelectual que trata de imponer un pensamiento único, y estigmatizar el contrario.

El monopolio intelectual ha existido en España a lo largo de buena parte del siglo XX. Al principio, porque se apoyaba en una dictadura que a quienes no comulgaban con dicho monopolio, no es que los estigmatizase; es que los encarcelaba. Nosotros, tal vez, tuvimos, merced a dicha dictadura, la oportunidad de entender que los monopolios intelectuales no llevan a nada bueno. Y, sin embargo, con la Transición y el régimen democrático, muchos de los elementos producidos en otros países, y notablemente en Francia, durante décadas en las que nosotros estuvimos calladitos, fueron adoptados.

España reprodujo, a partir de 1976, y de una forma acelerada, todos los elementos que antes no pudo aplicar, o sólo pudo aplicar de forma embrionaria. El monopolio intelectual afecta, por ejemplo, a la interpretación de la Historia de España, notablemente de la más reciente. La interpretación que hoy podríamos denominar canónica de la Guerra Civil tiene claros elementos de esa estrategia monopolística. Resulta, por lo tanto, por lo menos curioso comprobar que, habiendo existido la oportunidad de librarse de esta lacra, la hayamos adoptado con tanta pasión.

Y hasta el miércoles. Je pars...