viernes, enero 22, 2010

Goliat agotado (3)

Llegó, como decíamos, 1935. Se cumplían quince años desde los tratados de posguerra, y esto significaba que debía celebrarse un referendo en el Sarre para que sus ciudadanos decidiesen cuál querían que fuese su destino. Los aliados temían que Alemania la montase. Por eso, Londres forzó a la Liga para que instrumentase unas tropas de vigilancia del proceso electoral. Soldados de Gran Bretaña, Holanda, Suecia e Italia supervisaron el plebiscito, bajo la atenta mirada del británico Geoffrey Knox. Pero no pasó nada. Bueno, nada, nada... Lo que pasó fue que los habitantes del Sarre, en una proporción que iba contra lo que todos los aliados esperaban, votaron masivamente por volver a ser alemanes. Hitler era extremadamente popular incluso entre quienes podían elegir no formar parte de su dictadura. Sólo así se entiende que, algunos meses más tarde, cuando el Frente Popular de izquierdas gobernase en Francia, hubiese grupos de derechas que acuñasen el eslógan «mejor Hitler que Blum» (por Leon Blum, líder del FP). Británicos y franceses decidieron tratar de llevar a cabo una política de conciliación con Alemania.

Desde el punto de vista de Goliat, es decir de Londres, esto era así porque, si había carrera de armamentos, los británicos no deseaban correr. El 4 de marzo de 1935, el gobierno de Ramsay MacDonald publicó el Libro Blanco de la Defensa Británica, que contenía unas propuestas de aumento del ejército que sólo cabe calificar de modestas. Aún así, la oposición pacifista recibió estas propuestas considerándolas «un insulto a Alemania» (repetimos: las izquierdas y centro-izquierda parlamentaria británicas consideraban que el hecho de que su país intentase armarse frente a Hitler era insultarlo. Y lo repito porque, a toro pasado, es muy fácil intentar dar la impresión de que siempre se estuvo en contra de los asesinos). De hecho, Clement Attle, el líder laborista, presentó una censura al gobierno por el Libro Blanco, cuyas propuestas motejó de reaccionarias y provocativas.

El día 5 Hitler, que tenía agendado un encuentro con representantes británicos, pretextó un resfriado para levantar la cita. Y luego lanzó su serie de ganchos de derecha: 9 de marzo, anuncio de creación de la Luftwaffe; 16 de marzo, introducción del servicio militar obligatorio y creación subsiguiente de un ejército con medio millón de efectivos. Gran Bretaña protestó, pero en ese momento Hitler (ya he dicho que manejaba los tiempos como pocos) se curó del resfriado y propuso la fecha del 25 de marzo para la entrevista con los ingleses, y éstos aceptaron. Ahora, el austriaco ya sabía que el mosqueo británico era más de fachada que otra cosa.

En Berlín, John Simon y Anthony Eden, el otro gran factótum de la diplomacia británica del momento, se encontraron un Hitler muy dolido con las provocaciones de los aliados, pero bienintencionado. Les dijo que anexionarse territorios era un coñazo que sólo daba problemas y que Alemania nunca haría cosa tal. Que el Reich no tenía interés en anexionarse Austria. Que tenía un tratado con Checoslovaquia para la resolución de conflictos bilaterales, así pues nunca tendría problemas con ese país que tres años después se apioló. Les dijo que Alemania jamás le haría la guerra a Rusia. Y no les dijo que tenía un rabo de medio metro, supongo, porque no se lo preguntaron.

En la entrevista con la pareja de diplomáticos británicos, Hitler hizo algo más. Una jugada hasta cierto punto maestra. Acostumbrado como estaba a mentir y a ser creído, Hitler les soltó a los ingleses la bomba de que el poderío aéreo alemán estaba ya, de hecho, a punto de igualarse con el británico. A Simon y Eden ni se les pasó por la cabeza, por lo que se ve, la idea de que alguien en la situación de Hitler, si verdaderamente estuviera a punto de conseguir lo que decía, lo que haría sería callarse. Le creyeron. Y, como le creyeron, a la vuelta a Londres forzaron el rearme más rápido de las fuerzas aéreas. Algo que podría llevar a pensar que Hitler se hizo un pan con unas tortas por hacer aquella confesión que, además, para más inri era básicamente falsa.

Pero es que Hitler consiguió otra cosa.

Presionados por la pretendida igualdad conseguida por los alemanes, los británicos aceptaron en mayo una oferta teóricamente sustanciosa de Hitler para llegar a un acuerdo naval entre ambos países, por el cual la fuerza naval alemana sería equivalente al 35% de la inglesa. Suena bien, ¿eh? Pues no tanto, porque en el mismo tratado, Inglaterra le levantaba la prohibición que el Tratado de Versalles había decretado de que Alemania fabricase submarinos. Podría hacerlo hasta el 60% de la fuerza británica e, incluso, en circunstancias excepcionales que no quedaban claras (y cuya valoración quedaba al albedrío alemán) , el 100%. En las negociaciones de este Tratado, que fue nefasto para la seguridad europea, tuvo un papel importante el Primer Lord del Almirantazgo, un político inglés que se haría viejo conocido de los españoles y de Franco: Samuel Hoare.

Tras visitar a Hitler, Eden estuvo en Moscú, donde se encontró a un Stalin que, tal vez, era en ese momento el único jefe de gobierno europeo que era realmente consciente de la amenaza que suponía Alemania (el otro es Churchill; pero no gobernaba). Unos días más tarde, Inglaterra, Francia e Italia se reunieron en Stresa, en una negociación que fue completamente inútil porque el francés Laval se negó a sacar el tema de las intenciones italianas respecto de Etiopía, silencio que los británicos aceptaron con su propio silencio. Mussolini salió de Stresa sospechando la verdad: que si se atrevía con el Negus, era probable que las dos potencias de referencia de Europa no hiciesen nada. El 17 de abril, la Liga de Naciones censuró el rearme alemán. En mayo, franceses y soviéticos firmaron un pacto. El 21 de mayo, Hitler pronunció un nuevo discurso público, en el que contrapuso la maldad del Tratado de Versalles con la bondad del de Locarno, que dijo estar dispuesto a respetar. Prometió no militarizar el Rhin, firmar tratados de seguridad con todos sus vecinos salvo la URSS, y mantener la fuerza naval en el famoso 35%. Consiguió lo que quería, pues tranquilizó a la opinión pública, sobre todo a los pacifistas británicos, los cuales siguieron poniendo pies en pared en el Parlamento cada vez que se hablaba de rearme a lo bestia.

Hacia finales de junio, el gobierno de Stanley Baldwin comenzó a preocuparse seriamente por lo de Etiopía. Por ello, presentó una oferta que entregaba a Roma la región de Ogaden y, a cambio, garantizaba a Abisinia una salida al mar a costa de tierras de dominación británica. Fue un error mayúsculo. A Mussolini ni se le despeinó una ceja; probablemente, ni leyó en serio la propuesta. Pero, sin embargo, a los franceses eso de que Londres quisiera arreglar las cosas por su cuenta no les gustó nada, así que aumentaron los recelos entre los teóricos socios.

El 7 de aquel mes había cambiado el gobierno de Su Graciosa Majestad. Ramsay MacDonald había dejado su lugar a Stanley Baldwin y, lo que es más importante para lo que aquí tratamos, John Simon había dejado el Foreign Office. Todo el mundo esperaba que fuese sustituido por Anthony Eden pero, por razones que es difícil desentrañar, el elejido fue Samuel Hoare, con Lord Halifax de secretario. Con el tiempo, Hoare cometería la Gran Cagada de la preguerra.

A finales del verano, todo el mundo esperaba que Italia atacase en Abisinia, en cuanto terminase la temporada de lluvias. Pero, aún así, la opinión británica seguía aferrada a la Liga y a la aplicación de sanciones. Consecuentemente, el objetivo del binomio Hoare-Eden (el segundo era ministro para los asuntos de la Liga de Naciones) era evitar que Italia se dejase caer del lado alemán. En ese momento, había elementos para pensar que eso era posible. Los británicos consideraban que algún tipo de autoridad italiana en Abisinia tendría lógica; y luego estaban los sucesos de 1934 en Austria, tras el asesinato del canciller Engelhart Dollfuss, tras el cual Mussolini, temiendo la anexión del país por Hitler, envió varias divisiones al paso del Brennero, además de mostrarse conciliador con Francia e Inglaterra en Stresa. Creo que no es en modo alguno aventurado afirmar que Inglaterra y Francia estaban de acuerdo en abandonar a Abisinia (miembro de la Liga de Naciones) a cambio de mantener a Hitler lejos de Austria, lo cual quiere decir más lejos aún de Checoslovaquia, y a Italia jugando un doble juego que podría haber dado tiempo para el rearme francobritánico.

La otra posibilidad era la de defender el Convenio de la Liga hasta el final e ir a por Italia mediante sanciones económicas, confiando en el hecho, bastante evidente en aquel entonces, de que Hitler no estaba en condiciones de poner sobre la mesa grandes ejércitos (ni siquiera había ocupado aún el Rhin). El margen de actuación de los futuros aliados era amplio: podrían realizar un embargo de petróleo sobre Italia tras el cual Mussolini no habría podido mover a sus tropas; o podía haber bloqueado el paso italiano por el Canal de Suez.

El 1 de agosto, en Westminster Palace, Hoare dejó claro que la opción inglesa era hacer respetar los tratados de la Liga. Londres, por lo tanto, optaba por una política de sanciones.

Pero ya hemos dicho antes que la debilidad del rearme británico (en realidad, desarme) había hecho que, en todas estas materias, Londres tuviese que contar para todo con París. Y aquí es donde saltó el problema, porque en París, el dubitativo Laval no estaba tan convencido de que las sanciones fuesen la mejor política.

Los franceses, que no olvidemos tienen una frontera con Italia de la que Gran Bretaña carece, todavía querían que se explorase con más fuerza la posibilidad de ganar Italia para los aliados. El 11 de septiembre, sin embargo, Sam Hoare pronunció un discurso ante la Liga en Ginebra, un discurso vibrante que acompañaba una propuesta británica decidida que incluía una frase de un hondo significado histórico que pocos podían sospechar entonces: «si hay que correr riesgos para mantener la paz, estos riesgos debemos correrlos todos juntos». 24 horas después, dos cruceros británicos acompañados por una flotilla de barcos menores fondeaban en Gibraltar. Londres enseñaba los dientes. La ola se llevó por delante incluso a los pacifistas laboristas, que votaron mayoritariamente las sanciones, lo cual provocó la dimisión de su líder, Lansbury, que fue sustituido por Clement Attle, que llegaría a primer ministro tras la guerra.

Italia, sin embargo, invadió Abisinia. Y no hubo sanciones efectivas contra ella. Es difícil contar por qué, pero yo voy a intentarlo.

miércoles, enero 20, 2010

Goliat agotado (2)

La imagen excesivamene simplista de la Alemania de los años veinte dibuja un país abrumado por el pago de reparaciones, enfangado en una crisis económica muy cruel. Lo último es totalmente cierto, sobre todo después de la equivocadísima ocupación de la cuenta del Ruhr por los franceses en 1923, que acabó por provocar la famosa hiperinflación alemana. Pero otras cosas han de ser matizadas. Durante los años veinte, Alemania también jugó sus cartas. El complejo de culpa de media Europa le supuso un flujo de créditos con el que pudo pagar buena parte de las reparaciones; y para cuando llegó la crisis del 29 y el grifo se cerró, las reparaciones habían desaparecido en la práctica. Por lo demás, antes incluso de Hitler, los alemanes inventaron ya los primeros trucos para sortear las limitaciones militares de los tratados de posguerra según los cuales el ejército alemán no podía superar los 100.000 hombres. La República de Weimar, en fecha tan poco nazi como 1930, ya estaba haciendo las primeras pruebas de las famosas V-1 y V-2 con las que luego Hitler bombardearía Londres.

En febrero de 1932, bajo la presidencia del político británico Arthur Henderson, se convocó la Conferencia de Desarme que llevaba preparándose varios años, y en la que estaban llamados a participar nada menos que setenta países. Teóricamente, la Conferencia debía de ser el pistoletazo de salida del nuevo mundo mundial surgido tras el trauma de la Gran Guerra que acabaría con todas las guerras. En la práctica, fue más de lo mismo. Ni una sola de las propuestas preparadas en Ginebra como trabajo previo incluía limitaciones de fuerzas, salvo en el caso de Alemania. Aquello, pues, era como un Protocolo de Kyoto que estableciese que Noruega tiene que reducir sus emisiones de gases en un 70%, y el resto del mundo puede hacer lo que le salga de los huevos. Así pues, la primera voz que se oyó fue la de los alemanes protestando. Los alemanes reclamaron la igualdad. Sir John Simon, el liberal secretario de Asuntos Exteriores en el gobierno de Ramsay MacDonald, recelaba de esta posición, que consideraba los franceses nunca aceptarían.

Una vez más, como otras en la Historia, los británicos pecaron de lentos. En el momento en el que la demanda alemana se produjo, en dicho país todavía estaba en el poder el gobierno Brüning; ya entonces gobernaba por decreto, pero era un gobierno de esencia democrática. Hubo amagos de aceptar la igualdad, pero sólo fueron amagos. En septiembre de 1932, ante la incapacidad de avanzar, el gobierno Von Papen, bastante más escorado ya en la dirección que finalmente representaría el nazismo, anunció que Alemania se piraba de la conferencia. Alarmados por la pinta que tomaba la cosa, británicos y franceses convocaron una reunión restringida con alemanes e italianos, a la que Washington envió un observador. Sólo entonces se hizo una oferta en firme de garantizar igualdad de derechos a Alemania, aunque con el importante matiz de que «siempre y cuando garantizase la seguridad de todas las demás naciones»; lo cual venía a equivaler a que dicha igualdad de derechos tenía que ser que Francia se quedase tranquila. La propuesta permitió que el negociador alemán, general Von Schleiter, aceptase el regreso de Alemania a las salas de la Conferencia. Pero ya era tarde. La aceptación de Schleiter de la propuesta MacDonald-Herriot se produjo en noviembre. Dos meses después, Hitler era nombrado canciller. Y Hitler no estaba dispuesto a aceptar ninguna propuesta proveniente de una sedicente Conferencia de Desarme.

En marzo de 1933, Ramsay MacDonald presentó a la Conferencia su propuesta, que consolidaba la igualdad previendo reducciones en los ejércitos francés y alemán. Pero, como digo, lo que doce meses antes habría sido oro molido, para entonces ya no valía una mierda. Además, ese mismo mes de marzo Japón, que sostenía el Estado títere de Manchukuo desde doce meses atrás, abandonó la Liga de Naciones.

Pocas semanas después, Hitler comenzó su juego. El canciller alemán nunca estuvo exento de cierta inteligencia política y era, a mi modo de ver, un consumado maestro en eso que se llama la gestión de los tiempos. El 17 de mayo de 1933, pronunció un discurso público en tonos conciliadores en el que afirmó que estaba dispuesto a destruir todo el armamento que hiciera falta siempre y cuando el resto de naciones hicieran lo mismo. Incluso aceptó la parte más conflictiva de las propuestas de MacDonald, que era el establecimiento de inspecciones periódicas sobre el cumplimiento del desarme. Este movimiento de Hitler, como digo no exento de inteligencia, tuvo la gran virtud de provocar dudas entre los aliados. A Gran Bretaña (sobre todo a su opinión pública) le encantó. Sin embargo, a Francia la perspectiva de reducir su armamento no le gustaba, y comenzaba a recular. Hitler consiguió lo que buscaba: que los aliados discutiesen entre ellos.

Mordiendo a fondo el anzuelo, Simon presentó en octubre una nueva propuesta. Dicha propuesta aplazaba cinco años todo rearme o desarme, y prometía el comienzo del desarme pasado ese tiempo hasta lograr la igualdad de fuerzas con Alemania. Era una propuesta estratégica que buscaba empantanar a Hitler en una espera muy larga, supongo que esperando que en el ínterin los alemanes le echasen de la cancillería. Si fue así, Hitler vio la jugada, porque automáticamente abandonó la Conferencia, y también la Liga de Naciones. Aunque la Conferencia siguió trabajando durante 1934, había fracasado.

Los nazis, que como sabemos dominaban como casi nadie en la Historia el arte de la propaganda, consiguieron salir de aquello quedando como los puteados. Especialmente la opinión pública británica, como hemos dicho antes con importantísimas bolsas de pacifismo, sacó la conclusión de que el egoísmo de los ganadores (de algunos ganadores; en las islas, el desprecio al francés es un deporte nacional) lo había jodido todo y que Alemania (aún gobernada por Hitler; aún después de que se supo en Inglaterra y en todo el mundo la enorme matanza de la noche de los cuchillos largos) tenía todo el derecho a reivindicar lo que reivindicaba.

La Conferencia se colapsó en junio de 1934. En febrero, los británicos habían publicado una nueva propuesta que a Mussolini no le parecía del todo mal, pero que Hitler consideraba inaceptable porque limitaba el ejército alemán por debajo de las 300.000 almas. La actitud de Mussolini tiene su lógica. Ambos, él y Hitler, eran fascistas, sí. Pero Italia tenía sus propios intereses y, en el marco de dichos intereses, le inquietaba que Alemania pudiera expandirse comiéndose a Austria.

Manejando de nuevo el palo y la zanahoria, Hitler insinuó entonces que aceptaría un pacto de diez años en el que Francia conservase su potencial armamentístico durante los primeros cinco. La fuerza aérea alemana no superaría el 30% del potencial de sus vecinos y el 50% del de Francia. Tanto las SA como las SS serían unidades no armadas. Pero ese acuerdo nunca se alcanzó, fundamentalmente por dos razones. Una, que los franceses no creían en él: Alemania estaba disparando su fabricación de aviones originalmente civiles, pero fácilmente convertibles en militares. Por lo demás, lo que los franceses querían era que las fuerzas paramilitares no existiesen; porque si existían, aunque fuesen desarmadas, siempre podían ser movilizadas (y armadas) en unos pocos días. El segundo factor fue que Gran Bretaña no logró encontrar métodos efectivos de inspección y comprobación. Sin ir más lejos, en aquel entonces nadie (salvo Stalin, claro) tenía una idea clara de cuál era el tamaño de la fuerza aérea soviética.

En el verano de aquel año de 1934, Stalin entró en la Liga. El dirigente soviético estaba seriamente preocupado por la amenaza alemana, y por eso promovió dentro de su gobierno al más filoeuropeo de sus camaradas, Máximo Litvinov. Cinco años después, Litvinov caería y no por casualidad su sucesor, Molotov, firmaría el pacto nazi-soviético.

El 9 de octubre de dicho año de 1934, el rey Alejandro de Yugoslavia y Luis Barthou, ministro de Asuntos Exteriores francés, fueron asesinados en Marsella. Ambas pérdidas fueron muy jodidas, pero especialmente la segunda. Con Barthou se fue el más firme político francés contra la tendencia alemana de no respetar los tratados de posguerra. Fue sucedido por Laval, un tipo mucho más voluble y acojonable; justo el tipo de gente que Hitler quería tener enfrente.

Llegó 1935. Es el año del referéndum del Sarre, que dejó a los aliados con el belfo caído y cara de idiotas; y el año, en realidad, en el que el Eje enseña los dientes por primera vez y comienza a sospechar que su contrincante de la mesa va de farol con sus amenazas. Pero no será Hitler el centro de la historia, sino Mussolini.

Pronto lo contaremos.

lunes, enero 18, 2010

Goliat agotado (1)

Me siento delante del ordenador para escribir una historia muy triste. Una de las más tristes de la Historia, probablemente. La consecuencia de los hechos que aquí voy a relatar, fusionándolos con alguna cosa que ya he contado parcialmente en algún post del blog, fue una guerra enormemente sangrienta que provocó muchos millones de muertos: la segunda guerra mundial.

Todo el mundo sabe algo sobre la segunda guerra mundial. Pero no todo el mundo sabe algo sobre cómo se llegó a ella. La información esencial, desde luego, está al alcance de todos: una Alemania resentida por el maltrato del Tratado de Versalles, que entre otras cosas le impuso unas indemnizaciones de guerra impagables, se embarcó en un rearme rápido al que los aliados contestaron tratando de evitar en lo posible la guerra, hasta que dicha guerra fue ya imposible de detener. Pero lo que pretendo con estas notas es contar ese proceso en algo más que tres líneas y hacerlo, además, como creo que debe hacerse, que es desde el punto de vista del principal actor del teatro de la preguerra, es decir Gran Bretaña.

He llamado a este conjunto de posts Goliat agotado porque, a principios de los años treinta del siglo pasado, Gran Bretaña es Goliat, es decir el primer imperio del mundo. La URSS todavía se está consolidando y Estados Unidos, a pesar de su decisiva intervención en la primera guerra mundial, mantiene un férreo aislacionismo hacia los asuntos mundiales que entiende no le conciernen que impide que todavía asuma su papel de gendarme del mundo. Ese gendarme es Londres y, por eso, si alguna posibilidad hubo de parar a Hitler, estuvo allí. Historiar, aunque sólo sea de forma aficionada, la preguerra mundial, es, pues, historiar qué fue lo que hizo, y lo que dejó de hacer, Gran Bretaña durante ese proceso.

El principal problema de la preguerra mundial es que Goliat llegó a la misma cansado. Más bien, agotado. La llamada crisis del 29 impactó muy gravemente en la economía británica, creando ejércitos de millones de parados que eran nuevos para la praxis económica británica. Aunque esta situación no supuso la pujanza en las islas de las ideas marxistas como en otras partes, sí supuso la eclosión del Partido Laborista como fuerza de gobierno. A finales de la década de los veinte, efectivamente, las disensiones y diferencias dentro del Partido Liberal, tradicional turnante con el Conservador, auparon a los laboristas a dicho turno. Aunque la década de los treinta comenzó con los experimentos de gobiernos que contaban con cierto nivel, si no de colaboración, sí de comprensión por parte de la oposición, ello no impidió que la crisis económica británica fuese traumática tanto para la sociedad como para su clase política.

A los gravísimos problemas económicos se unía toda una sensación de never again respecto del belicismo. A los ojos de los británicos de mil novecientos treinta y tantos, la primera guerra mundial había sido una guerra especialmente sangrienta cuya misión histórica había sido acabar con la guerra como instrumento de resolución de conflictos. Ésta era una visión muy wilsoniana, pues había sido el presidente americano Wilson quien había acuñado la idea de posguerra según la cual todo conflicto internacional se dilucidaría, a partir de 1918, mediante la diplomacia; para lo cual se creaba la institución de la Liga de las Naciones. Resulta curioso que el inveterado aislacionismo americano llevase a Estados Unidos precisamente a darle la espalda a la Liga pero, aún así, la confianza europea en este mecanismo era infinita. Nuestros abuelos creían en la Liga de Naciones cien veces más de lo que nosotros creemos en la ONU.

Un siguiente elemento que es importante entender para poder absorber los hechos de la preguerra es la simpatía básica que el pueblo inglés sentía hacia Alemania. Gran Bretaña no albergaba tantas deudas contra Alemania; hasta la primera guerra mundial, la historia de la gran conflictividad europea había sido la de las diferencias francogermánicas. Además, los británicos, probablemente, pensaban que la primera guerra mundial no había sido hecha por Alemania, sino por el Kaiser, a cuyas ínfulas invasivas y belicistas, su prusianismo orgulloso, atribuían la locura de la guerra, de la que, por lo tanto, absolvían a ese pueblo alemán que era el mismo que ahora pagaba los platos rotos. Cuando el político más radicalmente favorable al rearme británico, Winston Churchill, comenzó a perorar en público sobre la amenaza alemana, cosa que pasó a partir de 1933 con la victoria de Hitler en el país teutón, la gente, simple y llanamente, no le creyó. Le tomó por un radical. Los británicos contemporáneos de la Alemania de Hitler fueron los primeros que se resistieron a creer que todo un pueblo podía seguir a aquel mesías inverso y a tirarse de nuevo al abismo de la muerte y la destrucción con él.

Un hecho que conviene dejar claro, en aras de la claridad histórica, es que la imagen de una Europa que mantuvo ciegamente las altísimas deudas de Versalles que Alemania debía pagar, hundiéndola en el fango de la pobreza, es hasta cierto punto de vista falsa o, cuando menos, matizable. El llamado Plan Dawes había ejercitado una reducción de las reparaciones tan sólo seis años después de terminada la guerra. En 1929, el Plan Young realizó una nueva reducción y, finalmente, en la Conferencia de Lausana dichas reparaciones quedaron casi definitivamente liquidadas. De hecho, el mayor paso hacia la reconciliación entre los otrora combatientes se dio mucho antes de la victoria de Hitler en las elecciones alemanas; antes incluso del putsch fallido del propio austriaco. Se trató del Tratado de Locarno, firmado en 1925 y que, esto es lo más importante, fue el fruto de una conferencia en la que participaron libremente Gran Bretaña, Francia y Alemania. Libremente quiere decir que Alemania no participó en Locarno como país contendiente perdedor, sino como un negociador más, de igual a igual. La importancia de Locarno, tratado que permitió el ingreso de Alemania en la Liga de Naciones al año siguiente, estriba en que es la primera vez que no se le impone nada a Alemania, sino que se negocia con ella. Casi hasta el último minuto antes de invadir Polonia, Adolf Hitler repetía, en todas las entrevistas que podía, que Alemania siempre respetaría Locarno.

En 1928, la mayoría de las naciones firmaron al pie del llamado Pacto Kellog-Briand, por el cual renunciaban a la guerra. Entre 1929 y 1930, las tropas aliadas que ocupaban el Rhin se fueron de allí.

De entre el grupo de países que resultaría a la postre ganador de la segunda guerra mundial, el primero que se puso nervioso en medio de aquel mundo cascada de colores, fue la URSS. Y es que la cascada de colores comenzó a ser cagada de colores desde un flanco que era de interés menor para el resto de los europeos. De las tres potencias del llamado Eje: Alemania, Italia y Japón, los asiáticos fueron los primeros en poner en marcha sus ínfulas imperialistas. Ya en 1931, los súbditos de Hiro Hito habían comenzado sus planes de invasión del Asia continental. El Convenio de la Liga de las Naciones, ese superdocumento que garantizaba que ya no habría más guerras entre coleguitas, sufrió su primer embate con la presión japonesa sobre Manchukuo o Manchuria, provincia china donde más adelante acabaría colocando como emperador títere al célebre Pu Yi, y donde los japoneses cometerían tantas atrocidades y de tal calibre que hoy es el día que los historiadores japoneses y chinos tienen un nivel de enfrentamiento entre ellos que ríete tú de la polémica entre memoriohistóricos e intérpretes de la derecha en torno a la Guerra Civil Española.

Los movimientos de Japón en Manchuria pusieron muy nervioso a Stalin. Los soviéticos, no sin falta de razón, observaban el fenómeno fascista en Europa, constataban sus rabiosas raíces anticomunistas, y consecuentemente se veían objeto de sus iras. Como digo, no les faltaba razón, pues es un hecho hoy indiscutido que el gran objetivo de Hitler fue siempre invadir la Unión Soviética. Así las cosas, Stalin veía un teatro en el que él, y sólo él, tendría que soportar una pinza de ataques: Alemania por el Oeste y Japón por el Este. En 1935 le expresó sus dudas a los británicos, les trasladó su opinión de que la situación era tan grave como la que había provocado la primera guerra mundial, y sondeó la posibilidad de recibir ayuda británica. Pero se quedó con las ganas. Gran Bretaña estaba aún sumida en una guerra atroz contra el desempleo y, consecuentemente, sus funcionarios en materia presupuestaria dejaron claro que no sería posible una guerra contra Japón en diez o quince años. Es posible que Hitler manejase una previsión parecida, toda vez que sus estudiosos, como Kernshaw, opinan que el punto de máximo poder del rearme alemán debía conseguirse en algún momento entre 1941 y 1942, fecha que cuadra con las previsiones británicas. Paradójicamente, quien había impuesto estas restricciones, durante su etapa como canciller del Exchequer, era quien más piaría en los años subsiguientes pidiendo más armas, o sea Churchill.

Gran Bretaña, en alguna parte como respuesta a la filosofía de pacifismo rampante y eso que podríamos denominar liguismo; y en mucha mayor parte aún como respuesta a las graves dificultades provocadas por la crisis económica y la necesidad de acudir en ayuda keynesiana de las zonas más deprimidas, había procedido en los años veinte y primeros treinta a un desarme radical. Este desarme, aunque siguiendo la honda tradición británica afectó en menor medida a su marina, tuvo una consecuencia fundamental para lo que habría de venir. Una Gran Bretaña rearmada, digamos, a un ritmo similar al que imprimió Hitler en Alemania durante los años treinta, quizá podría haber impuesto condiciones por sí misma. Pero, como de hecho lo que estaba era desarmándose, cuando hizo falta poner músculo sobre la mesa para responder a Hitler, hizo falta combinar las fuerzas británicas y francesas (porque Estados Unidos ni estaba ni se le esperaba). En consecuencia, cualquier acción, cualquier política frente a Alemania debía provenir del acuerdo enter Londres y París, dos países con situaciones distintas, sociedades distintas y sensibilidades distintas.

Por mucho que gritase Churchill, el rearme británico no hubiera sido posible en los primeros años treinta. Aunque el pacifismo convencía a no pocos políticos conservadores, quizá este partido, de haber optado por el rearme, habría recibido su apoyo disciplinado. Pero el resto del arco parlamentario era pacifista. Tanto los laboristas como los liberales repugnaban el rearme de Gran Bretaña y profesaban una confianza casi ciega hacia la Liga de Naciones. Por mucho que pueda sorprender hoy en día, la asensión de Hitler al poder en 1933 apenas inquietó a la opinión pública y la clase política en Gran Bretaña. Se podría decir, incluso, que Hitler llegó al poder en Alemania casi sin mellar la confianza y la simpatía de elementos muy importantes de la opinión pública británica, tanto de derechas como de izquierdas.

En el próximo post ahondaremos en ello.

viernes, enero 15, 2010

¿Quién es? (2): The solution

Bueno, esta vez he podido con vosotros.

Aunque la verdad, no me extraña; la pista, esta vez, tenía muy mala leche.

¿Queréis a un tipo que de joven tenía cierta cara de empanao, escritor infatigable y que alguna vez haya estado en compañía de Felipe González y Alfonso Guerra? Pues aquí está la solución:



La foto, que le dedico a mi amigo Calvin, está tomada en la caseta del Partido Socialista Obrero Español de la feria de Sevilla, en abril de 1977.

Unos mesecitos después, el conjunto flamenco cambió de guitarrista.

Feliz finde.

miércoles, enero 13, 2010

¿Quién es? (2)


Esta imagen casi adolescente está buscada, obviamente, para confundiros. La persona retratada, y que obviamente os propongo que adivinéis, no era demasiado conocida en la época del retrato. De él os puedo decir que su representación más conocida la habéis visto miles de veces, y que fue, entre otras cosas, un escritor infatigable.

La pista final, definitiva quizás, que tiene un poco de mala milk: desvelaré su identidad enseñándoos una foto muy divertida en la que este personaje está en compañía de Felipe González y Alfonso Guerra.

Hala , a pensar.

lunes, enero 11, 2010

La caída de la URSS (y 3): Cuanto mejor, peor

En la Historia son relativamente frecuentes los casos en los que un actor, sobre todo un imperio, cae en el pozo del colapso justo cuando aparentemente ha triunfado. Le pasó, por ejemplo, al imperio español, que en los tiempos de Felipe II era temido en el mundo entero y admirado por no pocos, cuando en realidad lo que estaba haciendo era poner los cimientos de su final. La URSS es otro caso. El comunismo bolchevique tuvo, tras su implantación en Rusia, el objetivo de consolidar primero, y extender después, la revolución mundial proletaria. Pero con la segunda guerra mundial, todo cambió. En la segunda guerra mundial el actor principal del mundo occidental cambió. Gran Bretaña se retiró y entró en danza un nuevo imperio global, el americano, que era además sanguíneamente anticomunista. Desde 1945, por lo tanto, el objetivo de la URSS ya no fue extender la revolución mundial, sino competir con EEUU por la supremacía mundial; y, de hecho, todos los muchos intentos de la URSS por extender la revolución mundial por el Tercer Mundo no son, en realidad, bienintencionado internacionalismo proletario, sino parte de este enorme Stratego que llamamos Guerra Fría.

Todo lo que quería la URSS era producir más que Estados Unidos y, sobre todo, ser más fuerte. Tener más músculo. En algún momento a finales de los años setenta, lo consiguió. Finalmente, después de décadas de durísima existencia, la URSS consiguió ser una potencia militar superior a la americana. Había dedicado en ello la totalidad de sus recursos económicos. Había sacrificado en aquel altar cosas tan importantes como la satisfacción de sus ciudadanos. Pero lo había conseguido. Y, el mismo día en que lo consiguió, a partir de ese mismo puto segundo, empezó a caer.

En lo que normalmente se denomina el primer periodo Breznev, el que va de 1964 a 1968, la carrera militar soviética experimentó un empujón de la leche. No olvidemos que Kruschev fue invitado a cesar como líder del PCUS por el lobby militar-industrial, que lo encontraba excesivamente acojonado con la amenaza nuclear; y que Breznev, su sucesor, fue siempre un tipo cuya obsesión era que ninguno de los poderes del país le pusiera la proa, así pues sabía bien que si le habían nombrado era para que fabricase más balas.

Entre 1969 y 1979, a causa sobre todo de que EEUU empezaba a sacudirse el problema de Vietnam, a que, les gustase o no a los soviéticos, en los países satélite había cosas que se movían, y a los movimientos americanos respecto de China (de los que espero hablemos pronto), la URSS entró en un periodo de mayor entendimiento con los Estados Unidos, aunque sin abandonar la carrera armamentística. Con la llegada de la década de los ochenta, este entendimiento se fue al garete, en un movimiento por el cual Occidente contestó con un «envido más», y acabó ganando la partida.

Se ha estimado que a principios de los setenta la URSS consiguió la paridad en poder militar respecto de los EEUU y que, a lo largo de la década, obtuvo alguna ventaja. Esto cambió radicalmente la calidad de su posición en las negociaciones armamentísticas. Además, dichas negociaciones tenían una plena base racional, porque ambas partes habían construido ya unos arsenales militares capaces de destruir la Tierra varias veces, lo cual era a todas luces exagerado.

La URSS breznevita, en todo caso, tenía una razón más para buscar niveles de acuerdo con Washington. Había llegado a equipararse con los EEUU, pero eso lo había hecho, como decía antes, a costa de su sistema económico, que estaba en estado de puta mierda. El octavo plan quinquenal (1965-1970), en el que se planificaron reformas importantes en la economía para hacerla más eficiente, fracasó estrepitosamente. Así las cosas, a principios de los setenta la única forma que tenía la URSS de mantener a flote su estructura económica era importar de Occidente la tecnología que sus estructuras mal diseñadas y peor gestionadas no habían sido capaces de generar.

A finales de los años setenta, sin embargo, el buen rollito entre las potencias se acabó. Yo creo (y esto, más que muchas otras cosas, es una opinión personal) que la razón principal del cambio de opinión del Politburó fue que los años de cierta amistad con Washington no habían podido evitar que los sucesivos presidentes americanos siguiesen la estela de Richard Nixon y mantuviesen unas excelentes relaciones con China (en la medida en que pueden mantenerse buenas relaciones con un país tan opaco como la China comunista, mediando además el problema de Taiwán). Pero no puede obviarse el otro gran factor. Las dos grandes crisis del petróleo de aquella década (1973 y 1979) habían demostrado la vulnerabilidad del poder de Estados Unidos y, en consecuencia, la URSS estaba por delante militarmente hablando. La crisis de los rehenes de Teherán, dolorosa y humillante para los Estados Unidos, vino a ser el gran síntoma de la debilidad americana. En este entorno, la URSS decidió que era el momento de imponer su ritmo y sus reivindicaciones.

Sin embargo, como ya he dicho, a menudo es cuando uno se cree el más fuerte cuando le aparecen los problemas insolubles.

En primer lugar la URSS, que acababa de ver a EEUU meterse en un pozo como Vietnam del que no salió sino excrementado, hizo exactamente lo mismo. En 1979 comenzó sus movimientos de invasión de Afganistán y cinco años después tenía 105.000 soldados enfangados en el apoyo al gobierno de Babrak Karmal. Moscú acabaría saliendo de allí con el culo prieto igual que los americanos de Vietnam (y quién sabe si de Afganistán, again) y, además, por el camino entró en una dinámica de enfrentamiento con los Estados Unidos, especialmente cuando acabó por tener conciencia de que quienes le combatían recibían asesoramiento americano.

Asimismo, el gran imperio soviético, como digo justo en el momento en el que había conseguido tener los bíceps más gordos del patio, tuvo que experimentar otro síntoma de que algo falla en el imperial montaje: problemas allí donde no sería imaginable tenerlos.

En el verano de 1980 las otrora tranquilas aguas soviéticas se volvieron turbulentas en el país que tenía el segundo mayor ejército del Pacto de Varsovia: Polonia. Polonia, con sus 36 millones de almas, no era Checoslovaquia; allí, la reacción prodemocrática jugaba un juego mucho más jodido para Moscú. En los siguientes meses, Moscú amagó todo lo que hizo falta para amenazar con una intervención militar directa en Polonia si el propio gobierno local no ponía las cosas en su sitio frente a los empleados de los astilleros de Gdansk y su movimiento sindical Solidaridad. En diciembre de 1981 un militar, Woyzek Jaruzelvsky, toma el poder del Partido Comunista Polaco y del gobierno, declara la ley marcial, arresta a millares de sindicalistas, y nombra un directorio militar para que dirija el país. El movimiento de Jaruzelvsky consiguió cierta pacificación en el país e impidió la intervención armada soviética; pero no resolvió el problema polaco, y menos aún ahora que en el Vaticano se había sentado un papa polaco, Karol Wojtyla, para el cual el asunto polaco era absolutamente prioritario.

El otro gran problema de la URSS, China, no hizo sino agravarse. El presidente Roland Reagan, desde muchos puntos de vista heredero de Nixon, tomó su herencia e incluso la amplió. En 1984 el premier chino Zao Ziyang visitó Washington, un movimiento que jodió en Moscú tanto que los soviéticos, como respuesta, anularon sine die la prevista visita a Beijing de su viceprimer ministro, Iván Arkipov.

El terreno en el que se concretarían las dificultades entre las potencias durante los ochenta serían las negociaciones armamentísticas.

Durante el tiempo del buen rollo, la URSS y EEUU habían alcanzado dos acuerdos de reducción de armamentos, llamados SALT I y SALT II. El primero expiró en 1977 y el segundo no llegó a ser ratificado, pero en todo caso sus negociaciones consolidaron entre las dos potencias el acuerdo tácito de que respetarían los principios de reducción de armamento en la medida que el otro lo hiciese.

SALT I y SALT II, sin embargo, tenían dos grandes problemas. El primero es que se referían únicamente a las denominadas armas estratégicas, como las lanzaderas intercontinentales. El segundo es que sus restricciones eran meramente cuantitativas y no cualitativas. Eran como un acuerdo en el que cada parte se comprometiese a deshacerse de un boxeador: siempre existía la posibilidad de que los soviéticos se deshiciesen de Rufus Ivanov, supercampeón de los pesos tal y tal, mientras que los americanos le retirasen la licencia a John Smith, conocido en su casa a la hora de la merienda. Paradójicamente, pues, los dos primeros SALT permitían a cualquiera de las partes cumplirlos escrupulosamente mientras incrementaban su armamento.

Estados Unidos jugó en los primeros ochenta una jugada de trilero hábil. Las negociaciones iban, como he dicho, de las armas estratégicas, es decir de los pedazo pepinos capaces de saltar el charco. Como eso era lo que se estaba vigilando, Washinton puso a bailar a la OTAN, la cual decidió modernizar lo que se conoció con las siglas INF. INF quiere decir Intermediate Nuclear Force, lo cual puede traducirse por «jódete soviético, que tengo un misil a medio metro de tu culo».

Desde que los Kennedy le aguantaron a Kruchev el órdago de la crisis de los misiles, la Cuba comunista se ganó el derecho a existir mientras quiera la aorta de Castro; pero, al tiempo, Moscú perdió algo que le era totalmente necesario en el orbe mundial: un lugar en el vestíbulo de su enemigo para plantar misiles. La URSS sólo podía amenazar Wisconsin mediante armas estratégicas. Pero eso no le pasaba a EEUU. Esto hacía, de hecho, la superioridad militar soviética un hecho algo más opinable.

En 1979, la INF tomó cuerpo. La OTAN decidió desplegar 572 misiles Pershing II y crucero en terreno de Alemania, Reino Unido, Italia, Países Bajos y Bélgica. Todo estaría en su sitio en 1983. Cuando los soviéticos protestaron, la OTAN contestó: me echaré atrás si tú detienes la implantación de tus SS-20. Como diría Peter Griffin: ¡zas, en toda la boca!

El SS-20 era la niña bonita de Moscú. Un misil de alcance intermedio que verdaderamente marcaba la diferencia con los Estados Unidos. Era capaz de llevar tres cabezas nucleares, más preciso que cualquier misil de tierra que tuviese la OTAN, y muchísimo menos vulnerable a medidas antimisiles que sus antecesores el SS-4 y SS-5. La URSS había comenzado su implantación ya en 1977, y la OTAN, nos ha jodido, lo sabía.

La discusión era imposible. Estados Unidos no estaba dispuesto a eliminar la INF, pues la necesitaba para eliminar en Europa (y, muy significativamente, en Alemania) la sensación de que la URSS tenía más poder armamentístico instalado, lo cual podría llevar a Berlín a intentar llevarse bien con Moscú. Por su parte, los soviéticos defendían la idea de que la paridad armamentística entre Este y Oeste de Europa se había alcanzado antes de la INF y, por lo tanto, se negaban a quitar los SS-20. Como se ve, una discusión insoluble.

Los cálculos soviéticos eran en cierto sentido falsos. Para cuadrar el balance de fuerzas, por la parte occidental Moscú sumaba a las armas de Estados Unidos las de Alemania, Gran Bretaña y Francia; no era del todo exacto hacer esta suma, sobre todo en el caso de Francia, a quien siempre le ha gustado ser el enfant terrible de Occidente, y quién no se acuerda de Dominique de Villepin poniendo a parir a Bush por atacar Irak. No obstante, su punto de vista se demostró finalmente bastante acertado.

Al comenzar las negociaciones de reducción, la Administración Reagan puso sobre la mesa la que se conoció como Opción Cero: nada de INF a cambio de que la URSS desmantelase los SS-4. SS-5 y SS-20. Con ello, Washington inició una especie de guerra de opinión pública mundial, en la cual ambos bandos trataban de aparecer como pacifistas. La respuesta soviética llegó en 1982, ya con Andropov en el poder: se propuso limitar el número de misiles SS-20 desplegados a 162, correspondientes a la fuerza combinada de Reino Unido y Francia, y a cambio, por supuesto, de olvidar la INF. Era un trile demasiado burdo como para pasar: si un SS-20 tenía tres cabezas nucleares y un misil britanofrancés una, entonces la pretendida relación de uno a uno que proponía Andropov lo era de tres a uno.

A finales de 1983, Reagan comenzó la instalación de misiles de crucero en Alemania y Reino Unido según sus previsiones. Esto fue la ruptura. La URSS se retiró de la mesa y declaró que no volvería hasta que esos nuevos misiles fuesen retirados.

La URSS jugaba una carta. Puede que EEUU tuviese la ventaja de que no podía ser atacado de cerca por ningún estado prosoviético. Pero Moscú tenía la ventaja de que se peleaba con una democracia, es decir con un sistema que tiene oposición política, grupos civiles, todo eso. En los primeros años ochenta, las resistencias y protestas por el despliegue de los misiles en Europa fueron masivas; el papel que en esa masividad pudo jugar el dinero o la agit-prop soviética, son cosas que aún están por investigar, y la verdad no sé si se podrán investigar a fondo algún día. Sin embargo,.en el año 1983 las sociedades europeas hablaron, y hablaron con claridad con decisiones que, de alguna manera, sellaron el destino final de la URSS. En marzo de dicho año, el cristianodemócrata Helmut Kohl ganó las elecciones en Alemania; en junio, la izquierda se quedó en la acera de Italia mientras en agosto se formaba el primer gobierno Craxi, de pentapartito con participación de la Democracia Cristiana; y, finalmente, también en junio, Margaret Thatcher gana las elecciones británicas a los laboristas.

Las personas que se sienten y consideran verdaderamente de izquierdas sienten cierto resquemor hacia Felipe González y la política otanista que acabó defendiendo para España. La verdad es que el avance de los acontecimientos en los tres primeros años ochenta no le dejaba mucho margen, menos aún en un país periférico del problema como era España. Por mucho que los socialistas hubiesen ganado en España y fuesen fuertes en Francia, lo que hubo en 1983 fue un movimiento claro que le decía a Reagan: vale, tío. Coloca tus pepinos en mi jardín, y defendámonos de esos cabrones.

El aparcamiento de las discusiones sobre la INF puso en primera línea la discusión en torno a las armas estratégicas. Las armas estratégicas eran fundamentalmente ICBMs (Intercontinental Ballistic Missiles, misiles balísticos intercontinentales),. SLBMs (Submarine-Launched Ballistic Missiles, misiles balísticos lanzados desde submarinos), bombaderos intercontinentales y misiles de crucero; estos últimos con la capacidad de volar a escasos metros del suelo y, más importante aún, pilotables después del lanzamiento. Las negociaciones para la reducción de estas armas recibieron el nombre de START.

Los Estados Unidos buscaban la reducción soviética de sus ICBM, sobre todo los SS-17, SS-18 y SS-19, pues consideraban que esta fuerza era capaz de destruir la mayoría de los ICBM de tierra instalados en Estados Unidos en caso de ataque sorpresa. Por su parte, Moscú quería evitar la consolidación por parte de Estados Unidos de una fuerza también capaz de un primer ataque devastador, así como evitar el desarrollo de sus misiles de crucero.

La propuesta Reagan fue limitar las cabezas nucleares desplegadas a 5.000 (una reducción del 33%, aproximadamente), con no más del 50% de las mismas situadas en ICBM. Andropov contraofertó con una reducción del 25% de la fuerza soviética. No hubo acuerdo. Como probable respuesta a la retirada soviética de las negociaciones, Reagan comenzó su particular cruzada anticomunista, durante la cual presionó hasta la saciedad a los aliados europeos para que cesasen de intercambiar con la URSS tecnología a cambio de gas y, en movimientos que son sobradamente conocidos, apoyó todo movimiento anticomunista que surgió en Latinoamérica.



Aunque no lo sabía, en 1985, esta es, al menos, mi opinión, la URSS había perdido ya la Guerra Fría. La había perdido a pesar de tener, como he escrito, sus poderosos SS-20 desplegados y acojonando a la OTAN.

Cuando yo era un crío, apenas comía. Me recuerdo con cinco o seis años y recuerdo que sólo me gustaban los huevos fritos, los macarrones con tomate y el arroz blanco. A pesar de que a mí me parecía racional un mundo en el que un humano en crecimiento sólo se alimentase de eso y de peta-zetas, mis padres y abuelos no eran de esa opinión. Mi abuela materna tenía una estrategia para esto. Preparaba siempre comidas en las que había varios platos y varias guarniciones distintas y, como ella gobernaba la mesa, se las arreglaba para acabar consiguiendo que todas esas fuentes estuviesen rodeando mi plato. Así que yo comía cercado por la visión de todas las cosas que me tenía que comer. Aunque no es relevante para lo que cuento, diré que la estrategia fue exitosa; poco a poco, aprendí a pulirme alguna de las fuentes que me rodeaban para que así mi padre me dejase en paz, y fue de esa manera como entraron en mi vida la ensaladilla, las sardinas, las lentejas, esas cosas.

La URSS de 1985 es un poco como ese niño de mi memoria. Sentada en su silla, rumia su teórica victoria (ha conseguido la superioridad militar) intentanto no mirar las varias fuentes donde residen los diferentes puteos que acabarán con ella.

En 1985, la URSS tiene una economía descojonada. La política de disciplina de Andropov apenas ha dejado una muesca en el duro muro de una economía corrupta, borracha, ineficiente, desmotivada y a la que le falta el principal elemento de creación de riqueza, que, se pongan Michael Moore y los antiglobalización decubito prono o decubito supino, es el ánimo de lucro. En Rusia ya no funcionan ni los teléfonos. Por las calles de Moscú se cuenta el chiste del alto funcionario a quien le han dicho que no tiene que hacer cola para conseguir un kilo de salmón y, cuando va al economato, se encuentra una cola kilométrica. Protesta a gritos diciendo que él tiene privilegios y que le dejen pasar, y el último tipo de la cola le mira con displicencia y le dice: «¡Serás imbécil! ¡Ésta es la cola de los que no tienen que hacer cola!»

En especial, la política Reagan de secar tecnológicamente a la URSS ha tenido éxito. Muchos elementos cruciales del desarrollo tecnológico de los setenta y ochenta (piénsese, sin ir más lejos, en cómo avanzó la microinformática en aquellos años) nunca llegaron a ver el sol bolchevique.

Contra lo que pensaron los generales que asesoraron a Breznev en su día, lo de Afganistán no sale bien. No, como pudieron pensar, por la ayuda americana, sino por la incapacidad de la URSS, un país que como ya hemos visto nunca comprendió bien los fenómenos nacionalistas y mucho menos los religiosos, de entender la emergencia del islamismo. Prueba de ello es la política extremadamente dubitativa llevada a cabo por Moscú cuando dos países musulmanes, Irán e Irak, decidieron pelearse en el patio trasero de su mansión.

El primer factor, es decir el agostamiento económico y tecnológico, hace que la URSS comience a perder su gran as en la manga, que es la superioridad militar. En 1983, el presidente Reagan anuncia la puesta en marcha de un programa para el desarrollo de una estrategia tecnológica de defensa estratégica, un programa que ha pasado a la Historia con el nombre de Guerra de las Galaxias. Si la guerra fría fue una carrera de 1.500, entonces estamos en la última vuelta y de repente el atleta que ha ido segundo los últimos 500 metros, y que parecía cansado, de repente pega un arreón. El líder de la carrera, simplemente, no pudo seguirlo. A pesar de que la guerra de las galaxias nunca se desarrolló completamente, conforme fueron avanzándose algunos de sus logros, la superioridad soviética se iba al garete. Si Breznev y Andropov negociaron de machitos, Gorvachov lo haría en otro tono bien distinto.

China era un problema en los setenta, y ya nunca dejó de serlo. Una ideología como el marxismo sólo puede tener un líder. Los chinos, en los ochenta, ya estaban pensando en términos de eficiencia económica, y por eso le dijeron a Felipe González aquello del gato que caza ratones y tal.

Polonia. La tercera, y la vencida. Fue primero Hungría. Luego Checoslovaquia. Y, después, Walesa/Wojtyla/Reagan. La segunda mitad de los ochenta no fue la segunda mitad de los sesenta. Para entonces, el boxeador estaba ya medio sonado.

Por último, el fracaso de la estrategia soviética de buscar grietas en Europa. En este mundo nuestro en el que somos tan amigos de hablar de confluencias planetarias, en los ochenta sí que hubo una de verdad: la producida por Ronald Reagan y Margaret Thatcher. El moderno Roosevelt (Teddy) y la moderna Churchill formaron una argamasa que mantuvo el muro occidental en total unión frente a los intentos soviéticos de conseguir cancillerías más comprensivas en Europa. Hay mucho que opinar sobre Reagan y Thatcher, y no siempre bueno, desde luego. Pero este efecto es, a mi modo de ver, totalmente innegable. La URSS siempre pensó que, dado que podía susurrar al oído de los europeos la maledicencia de que los Estados Unidos, allá lejos, jugaban con pólvora del rey a la hora de presionar a Moscú, se encontró con unas cancillerías que apenas prestaron oídos a estos cantos de sirena. ¡Hasta los socialistas españoles entraron en la OTAN!

De alguna manera, en aquellos difíciles años ochenta, la URSS se ahorcó con su propia soga.


viernes, enero 08, 2010

The train who killed the guild star

Hace algunos siglos, cuando el mundo no era como ahora lo conocemos, surgieron las ciudades y villas. Las ciudades y villas acabaron con una figura hasta entonces existente, que era la del hombre autosuficiente. El hombre, hasta que existieron las ciudades, vivía, primero en su cueva, luego en su granja, y se regía por la regla fundamental de que consumía sólo aquello que era capaz de producir. La auténtica dieta mediterránea es el queso de cabra porque la España de toda la vida es un país de cabreros (frase ésta que facilita escribir el chiste fácil de que ahora es un país de cabrones).

Luego el hombre descubrió el trueque o, como se llama hoy en día, el barter. Poco a poco fue capaz de producir más de lo que necesitaba consumir, y con ese excedente se dedicó a hacer cambios con personas que fabricaban cosas que él no sabía o no podía hacer. El trueque y las ciudades alumbraron los oficios. El oficio puede definirse como aquella ocupación que no produce medios de vida, pero puede procurar su logro mediante el trueque. Si uno es guarnicionero no puede comer sillas de montar. Pero puede cambiar una por un solomillo y así, cambio a cambio, hacer lorza.

La historia económica que va de los siglos XII o XIII hasta el XVIII-XIX es, en buena parte, la historia de la lucha de estos oficios por mantener sus monopolios. El gran y principal ejemplo de esta lucha, por parte de los oficios, es el gremio. El gremio establecía las condiciones por las cuales se accedía a un oficio y, muy comúnmente, las condiciones en las que se ejercía. Es, pues, una institución exclusivista, que busca generar cotos de producción cerrados que, además de estar cerrados, son refractarios a la competencia: todo aquél que no pertenezca al gremio de alfareros no sólo no es alfafero, es que además no puede fabricar y vender productos de alfarería.

Los gremios desaparecieron por muchas razones. Un marxista diría que desaparecieron porque eran incompatibles con los intereses de la burguesía. En mi opinión, lo que mató la estrella de los gremios fue el proceso, imparable desde el siglo XVII, por el cual el mundo se fue haciendo cada vez más pequeño.

El gremio es un fenómeno que funciona en tanto en cuanto tienes dominio sobre todo aquél que quiere ejercer el oficio que representas. Es, por lo tanto, una institución claramente medieval, porque en la Edad Media las personas que vivían apenas a centenares de kilómetros de distancia apenas se conocían y trataban y era imposible contratar en Soria un carpintero de Estella (salvo para las grandes obras, como las catedrales) porque al navarro no le compensaba moverse por una puta mesa. Consecuentemente con lo que acabo de decir, conforme las comunicaciones se van haciendo más efectivas, los gremios tienen que extender su autoridad, y hacerla respetar, entre más personas.

A mi modo de ver, aunque los gremios ya prácticamente no existían entonces, la puntilla definitiva a eso que podríamos llamar el estilo de vida gremial se lo dio el ferrocarril. Nosotros, ciudadanos del 2009, no nos podemos hacer una idea de lo que supuso la llegada del ferrocarril, pero marcó un antes y un después para muchas sociedades y para todas las economías en las que impactó. Existiendo el ferrocarril, de repente era posible recorrer distancias enormes, y eso cambió la faz del comercio. El siglo XIX es el siglo del ferrocarril y, no por casualidad, el siglo de la desaparición de portazgos, fielatos, y demás aduanas locales.

Después de existir y extenderse el ferrocarril, los oficios tuvieron que cambiar su punto de vista estratégico. Ya no podían basar su supervivencia económica en la exclusividad y la eliminación de toda competencia. Tuvieron que especializarse y sofisticarse. Aunque la huella de los gremios es tan profunda que aún siguen existiendo hoy, de alguna manera, es eso que se llama colegios profesionales; instituciones que hasta antesdeayer por la tarde todavía decidían lo que podía cobrar o dejar de cobrar un abogado por su trabajo, que tiene tela.

La pregunta es: ¿hasta qué punto internet es el ferrocarril del siglo XXI? ¿Hasta qué punto el proceso de hacer el mundo más pequeño mediante las comunicaciones físicas no se ha repetido en los últimos 50 años con las comunicaciones de datos? Es un hecho que hoy el mundo es mucho más pequeño. Y se empequeñece a una velocidad que crece en progresión geométrica.

Los gremios medievales y barrocos hubieran deseado parar la Historia. Hubieran deseado que alguien, de alguna manera, evidentemente coercitiva, impidiese la evolución de las cosas e impidiese que ingenieros, científicos, masones, arquitectos, pusieran cada vez más en manos de la Humanidad la posibilidad de moverse a donde quisiese, cuando quisiese, para hacer lo que quisiese. Ellos hubieran preferido que todo eso se detuviese; y, con total seguridad, se sentían con derecho a ello. Con seguridad, argumentaban que el gremio tenía una función; que garantizaba que el que tuviese un oficio lo conociese bien; que daba a las relaciones económicas la seguridad de conocer el coste de un trabajo. Incluso es probable que en parte tuviesen razón.

Yo me pregunto hasta qué punto los creadores contemporáneos no estarán intentando lo mismo: parar la Historia. Internet es el ferrocarril de hoy y es un fenómeno tan imparable como lo fue aquél. La creación, fílmica, literaria, musical, pictórica, de cualquier tipo, siempre va tener que desarrollarse en un soporte. Un soporte, por definición, se puede replicar. Y todo lo que se puede replicar se puede compartir. Hasta hace muy poquitos años, vivíamos en un mundo en el que quienes querían compartir tenían una capacidad limitada para ello. Cuando yo llegué a Madrid, hace treinta años, ya había revistas y anuncios por palabras de tipos que se dedicaban a grabar discos famosos en cintas de casete y las vendían a bajo coste. Esos tipos estaban constreñidos por dos cosas: la primera, que las grabaciones que hacían eran en tiempo real, así pues cada vez que grababan un disco de 45 minutos tenían que esperar 45 minutos para hacer la siguiente grabación. La segunda es que compartir esas copias era relativamente complicado: tenían que anunciarse, tú leías el anuncio, les llamabas por teléfono, quedabas con ellos o, si no, te lo mandaban por correo. La verdad es que lo pienso y me da la impresión de que en lugar de 30 años han pasado 300.

A mi modo de ver, lo que se está produciendo con todo este follón de las copias privadas y espotifai y tal y tal es algo muy parecido a lo que sucedió con los gremios: hay un choque entre una solución, que es mantener el statu quo que había antes de que la novedad (internet) se presentase; y la otra, que es asumir el cambio de las cosas.

Los autores son claramente partidarios de la primera, y sus abogados aducen que además debe de ser así porque la ley les ampara. Y es que es lógico que les ampare, porque la ley sigue siendo la ley antigua de los tiempos antiguos. Como ya se han dado cuenta de que el estado antiguo de las cosas no es posible, se han inventado la solución del canon, cuya filosofía es sencilla: si eres un usuario de los nuevos tiempos, has de pagar una tasa por ello. La innovación es gravada con una exacción. Se impone un impuesto al paso de los tiempos.

Los gremios podrían haber hecho lo mismo. Puesto que los culpables, en última instancia, de su crisis fueron las diligencias, las carreteras y el ferrocarril, podrían haber solicitado a los reyes y gobiernos que cada ciudadano decimonónico que tomase el tren pagase un recargo con el cual se indemnizase a los gremios por no poder ya ejercer sus monopolios locales por culpa de los trenes.

Internet ha cambiado la creación y sus flujos de ingresos. En realidad, le ha dado un giro copernicano. Lo primero que hay que decir es que somos muchos más los beneficiados que las víctimas. La existencia de la red lleva camino de cargarse todos los monopolios de la creación. El monopolio de los editores de música, que decidían si Russian Red merecía ser escuchada o no, ya se ha ido, básicamente, a tomar por culo. Hay uno que ya está herido de muerte, que es el monopolio que hasta hace poco tenían los medios de comunicación de decidir qué merece ser contado como noticia y qué no. El que sigue, probablemente, es el monopolio ejercido por la industria editorial, que hoy decide qué merece ser publicado y qué no.

¿Todo esto es crimen, robo? No digo yo que no lo sea en algunos casos. Pero lo que es, por encima de todo, es un cambio de modelo. Un cambio radical. El creador, se ponga como se ponga, decubito supino o decubito prono, va a poder confiar cada vez menos en la existencia efectiva de un intermediario que controla la difusión de su obra y le retribuye de acuerdo con dicha difusión. El creador, se ponga como se ponga, encontrará cada vez más inútil la existencia del gremio de creadores. Y, ¿va a ser eso el fin del mundo? Pues me cuesta creer que sea así. Supongo que el hall of fame de los pirateados estarán Shakira y Alejandro Sanz, y a ninguno de los dos lo he visto todavía ir pidiendo por la calle. Las revoluciones también son evoluciones. Lo que probablemente está a punto de surgir es un nuevo modelo de relaciones económicas; como ocurrió con el ferrocarril. Y los modelos de relaciones económicas se basan siempre en el beneficio mutuo, porque una relación económica en la que una parte lo gana todo y la otra nada no es una relación económica.

Los creadores, pues, pueden seguir tirando de las riendas, refrenando al futuro. O pueden ponerse a pensar sobre cuáles pueden ser las nuevas bases sobre las que debería asentarse ese hecho económico llamado creación.

Pero, por mucho que se obstinen en dejar el tema para mañana, no por eso la Historia dejará de andar sus pasos.

miércoles, enero 06, 2010

La caída de la URSS (2): Comunismo versus nacionalismo

Continuamos hoy con el asuntillo de la caída de la Unión Soviética con otro asunto que es de gran importancia para entenderla: el nacionalismo.

La URSS es un experimento único en la Historia por muchas razones. Esto es lo que la hace tan interesante. La primera, clara, evidencia, es que es un experimento de puesta en marcha de una economía centralizada con un tipo de relaciones de producción desconocidas hasta el momento en las sociedades desarrolladas. En este punto la verdad es que las cosas no le salieron muy bien, pero ciertamente la economía centralizada, basada en esquemas sin propiedad privada, tiene sus defensores.

Pero la URSS fue un experimento desde más puntos de vista. Y hay uno que me parece especialmente interesante, a la par que muy poco estudiado: el choque producido entre nacionalismo y comunismo.

En puridad, el comunismo no puede ser nacionalista. El comunismo es internacionalista y clasista. Un comunista de Baracaldo está, digamos, obligado a sentir más proclividad hacia un trabajador no cualificado de Pakistán que hacia un tendero de Bilbao. Esto la realidad de las cosas (entre otras, la muy importante realidad de que el comunista de Baracaldo no va a ningún lado en unas autonómicas vascas si lo que tiene es el apoyo de los obreros pakistaníes) lo matiza mucho, pero es un hecho que está ahí. Y que impregna, en buena medida, la Historia de la URSS y su, por decirlo en sus términos marxistas, dialéctica histórica.

Por decirlo mal y pronto, la URSS es el último gran experimento histórico que ha creído que podía con los nacionalismos. Que estaba por encima de ellos. Los padres del bolchevismo creían firmemente que la lucha de la clase obrera contra la burguesía opresora era de la misma esencia en cualquier parte, así pues entendían que aquel régimen que liberase al proletariado de dicho yugo estaría por encima de la distinción entre proletarios eslavos, de origen mongol o de cualquier otra raza. Así pues, los inventores de la URSS no le prestaron demasiada atención al asunto de los nacionalismos. De la mucha y prolija literatura alumbrada por Vladimir Lenin, los nacionalismos ocupan una muy pequeña parte.

Esto fue así a pesar de que la URSS era un dédado de nacionalidades y razas. Los etnógrafos cuentan en la extinta URSS entre 90 y 100 identidades nacionales distintas y hasta 170 grupos étnicos que hablan más de doscientos idiomas y dialectos. La URSS es un cóctel variadísimo de gentes de su padre y de su madre, aunque justo es reconocer que los rusos, por sí solos, eran la mitad. ¿Por qué esta gran variedad? Pues por una razón que a muchos leninistas no les gusta admitir: Lenin fue, a su manera sí, pero fue, un imperialista.

Entendámonos: Vladimir Lenin no era imperialista. Otra cosa no sería Lenin, pero leninista, era un leninista cojonudo. En consecuencia, el primer teórico del Estado soviético no podía creer en la prevalencia de los nacionalismos ni en las ideas imperialistas. Pero, sin embargo, Lenin fue, a su manera, un gran imperialista. Cayó en el error, o mejor habría que decir en la tentación, de ambicionar que la URSS heredase los ámbitos territoriales de la Rusia zarista, que sí era un imperio.

La Rusia que heredó ese peripatético ticket formado por Lenin y Trosky comenzó a gestarse en el siglo XV, con la llegada de Iván III al frente del Gran Ducado de Moscú, que se había librado de la invasión de los mongoles unos doscientos años antes. Los moscovitas comenzaron haciendo suyas las áreas de terreno de su alrededor. Ivan IV fue el primero de estos monarcas expansionistas que logró hacer suyos terrenos no eslavos, concretamente Astracán y Kazan. En lo siglos XVI y XVII comenzó la penetración rusa por Siberia y los Urales. Luego, la victoria de Pedro el Grande sobre los suecos le dio el control de los estados bálticos. A finales del XVIII adquirió partes de la actual Polonia y en el siglo siguiente Finlandia, mientras seguía la expansión por el Este siberiano y el Cáucaso. Al final de la primera guerra mundial, de cuyo tren se bajó Rusia en Brest-Litkovsk, el país perdió Finlandia, los países bálticos y las posesiones polacas. Terminada la segunda guerra mundial, aún crecería más la URSS recuperando los países bálticos, así como partes de la Prusia Oriental, la Ucrania subcarpática, y por supuesto sus países satélite.

Lo que es importante de la Historia de Rusia APL (Antes del Padrecito Lenin) es que siempre se explicó desde el expansionismo y el panrusismo, es decir la defensa de la prevalencia absoluta de los ruso sobre todo lo demás existente en el imperio. La Rusia zarista toleró al resto de nacionalidades en su seno pero en 1883, tras el asesinato de Alejandro II, su hijo Alejandro III y el sucesor de éste Nicolás II se empeñaron en una política de rusificación sin ambages, en la que los no rusos eran presionados para abandonar su educación autóctona. La oposición a la especificidad fue especialmente dura con los judíos, que fueron obligados a vivir en las ciudades, sufrieron la imposición de periodos de servicio militar anormalmente largos y, sobre todo, fueron objeto de progromos de violencia inusitada permitidos, cuando no alentados, por el propio poder político.

En estas circunstancias, no fueron pocos los nacionalistas bálticos, ucranianos, georgianos, etc., que vieron en la revolución una ocasión para sacudirse el yugo ruso. Pero si lo pensaron, se iban a llevar una buena sorpresa.

Como hemos dicho, el marxismo no casa bien con el nacionalismo. Marx consideraba el sentimiento nacionalista como uno de los trucos usados por la burguesía para putear al proletariado (y, bien pensado, probablemente no iba muy descaminado). Esta idea fue adoptada por Lenin, quien veía en la realización del comunismo la creación de un mundo con una sola clase social, una sola nacionalidad y un solo lenguaje. La frase principal de la política leninista hacia el nacionalismo es aquélla que apuesta por un mundo futuro que provoque «no sólo la sblizhenie [colaboración] entre naciones, sino su sliyanie [fusión]». No obstante la claridad de esta apuesta, el hecho de que el bolchevismo, en parte, necesitase de los ánimos nacionalistas como aliados para la revolución hizo que Lenin relativizase algo sus posiciones y tendiese puentes con los nacionalismos. En 1916, publica su folleto «El marxismo y el problema nacional», que se convertirá en la Biblia soviética en materia de nacionalismo.

En dicho folleto, Lenin reconocía el derecho de algunos de los pueblos de Rusia (los situados más en la periferia) a solicitar su autodeterminación (¡ojo! No a obtenerla) en el momento de la revolución, y sólo entonces. Consecuentemente, según el planteamiento leninista, una vez que esos pueblos aceptasen subirse al barco soviético, ya no podrían bajarse. Obsérvese con qué elegancia resolvía el problema de los nacionalismos; bajo el esquema leninista, ningún nacionalismo tendría hoy sentido de existencia en España: puesto que los vascos una vez, in illo tempore, decidieron unirse a España, bajo el esquema leninista ya no hay vuelta atrás. En cuanto a los catalanes, al ser ellos parte del mismo centro del Estado, al ser hondamente relevantes desde el punto de vista geográfico, demográfico y económico, al no ser por lo tanto una nacionalidad periférica de España sino España misma, su derecho a plantearse su autodeterminación no existe.

Según todos los indicios, Lenin consideraba que la autodeterminación de los pueblos propugnada en su opúsculo era meramente cosmética. Probablemente, estaba convencido de que ninguna de las pequeñas nacioncillas periféricas querría jamás separarse de un trasatlántico como la URSS. Pero, en todo caso, su aceptación formal de la autodeterminación tuvo su efecto, porque no pocos grupos nacionalistas se unieron de buen grado a la revolución. Pero, conforme ésta ganaba momento angular, a Lenin los hijitos se le dejaron bigote y se le fueron de cachondeo: entre 1917 y 1918, Ucrania, Finlandia, Letonia, Lituania, Estonia, Bielorrusia, Georgia, Armenia, Azerbayán y las naciones transcaucásicas proclamaron su independencia. Lo gordo del soberanismo de estas naciones estaba en las mayoritarias capas campesinas rurales. De hecho, para entender adecuadamente la inquina con que Lenin se desempeñó durante la guerra civil posrevolucionaria (1918 a 1921) y posteriormente mediante las colectivizaciones a hostias, es importante entender este efecto: no se estaba actuando sólo contra unos campesinos que se resistían a la nueva estructura de propiedad agraria estatal. Se estaba actuando contra el núcleo duro del nacionalismo antirruso.

La Rusia aún comandada por Lenin recuperó el Cáucaso, Ucrania y Bielorrusia, aunque perdió parte de la población ucraniana con la anexión de Besarabia por Rumanía, mientras que Finlandia, Polonia y los países bálticos se mantenían independientes. Tanto Besarabia como los países bálticos acabarían en la URSS tras la segunda guerra mundial.

Con este movimiento expansionista y de control, Lenin se tragó sus propias palabras sobre la autodeterminación, consiguió lo que quería, que era una URSS suficientemente grande como para poder defenderse, y reprodujo el mismo esquema expansionista y panruso que habían llevado a cabo los zares a los que derrocó. Sin embargo, dejó un residuo importante de su pasada política en la propia Constitución de la URSS, basada en el hecho nacional, y que reconocía diversos derechos como la educación en la lengua materna, así como la concepción de la URSS como la unión de seis repúblicas: la República Soviética Federada Rusa, la República Soviética Socialista de Ucrania, la RSS de Bielorrusia, la RSS de Georgia, la RSS de Armenia y la RSS de Azerbayán. En su estructura final, la URSS estaría formada por 15 repúblicas de la unión (las eslavas Rusia, Ucrania y Bielorrusia; la moldava Moldavia; las musulmanas no trascaucásicas Uzbekistán, Kazajstán, Tayikistán, Turmekistán y Kirguizistán; las transcaucásicas Azerbayán -también musulmana-, Armenia y Georgia; y las bálticas Lituania, Letonia y Estonia) , 20 repúblicas autónomas, 8 provincias autónomas y 10 distritos nacionales.

Según la Constitución de la URSS de 1936, la República Socialista Federada de Rusia estaba formada por las repúblicas autónomas de Bashkiria, Buriatia, de los Calmucos, Karelia, Checheno-Ingushetia, Chuvashia, Daguestán, Kabardino-Balkaria, de los Komis, de los Maris, Mordovia, Osetia del Norte, Tartaria, Tuva, Udmurtia y Yakutia; así como las regiones autónomas de los Adigués, de los Judíos, de Gorno-Altái, de Jakasia y de Karacháevo-Circasia.

La República de Ucrania, por su parte, consistía en las regiones de Vinnitsa, Volynsk, Voroshilovgrado, Dnepropetrovsk, Drogobych, Zhitomir, Zaporozhe, Izmail, Kamenets-Podolsk, Kiev, Kirovogrado, Lvov, Nikolaev, Odessa, Poltava, Rovno, Stalino, Stanislav, Sumy, Tarnopol, Kharkov, Chemigov y Chernovitsy (digo yo que será en esta última donde está Chernobyl).

Georgia se componía de las repúblicas autónomas de Abjazia y Adzharia y la región autónoma de Osetia del Sur. Por su parte, Uzbekistán incluía la república autónoma de Kara-Kalpakia, y Tayikistán la región autónoma de Gorno-Badajshán.

Los felices años veinte fueron muy jodidos para la URSS. La Unión había surgido de una tremenda guerra civil y, para colmo, el Estado surgido de dicha guerra era tan nuevo que su consolidación era especialmente difícil. En ese entorno, la reacción del mando bolchevique fue no enmerdar con el asunto de los nacionalismos. Se sacrificó el panrusismo en el altar de la recuperación económica. Así pues, los años veinte son los años del máximo respeto étnico de la URSS, de la multiplicación de escuelas, teatros, etc., que operan en las lenguas maternas de los diferentes territorios y los diferentes pueblos.

Stalin, que era mucho más ducho en asuntos de nacionalidades que Lenin, continuó retóricamente la línea marcada por su predecesor e, incluso llegó a escribir que el chauvinismo ruso era el principal escollo para que se pudiera realizar la sliyanie de las nacionalidades soviéticas. Sin embargo, igual que los perros todo lo clasifican en orden al olor, Stalin era un animal de poder que todo lo clasificaba de acuerdo con eso mismo, es decir el poder. Para Stalin las cosas valiosas en tanto que pudieran aportar o conservar poder. Pronto se dio cuenta el secretario general de que los rusos, se mire por donde se mire, eran la sala de máquinas del Estado soviético. En 1946, por ejemplo, los rusos eran aproximadamente el 54% de los habitantes de la URSS; pero eran el 68% de los militantes del Partido Comunista. Stalin, pues, decidió algo que ya está en muchas de las actuaciones de Lenin (y es que eso del ticket Lenin-Stalin en plan poli bueno y poli malo es algo en lo que se puede creer sólo se si se sabe poca Historia): la construcción del hombre soviético se haría desde el ruso. El futuro protagonista de la sociedad comunista hablaría ruso, escribiría en cirílico y tendría las tradiciones de la Gran Rusia. Fue tan fuerte este pensamiento en Stalin que él, que era georgiano, ha pasado a la Historia como uno de los rusos más chovinistas que se conocen.

Hay dos factores importantes a la hora de valorar el alejamiento entre Stalin y lo soviético no ruso. El primero es que buena parte de los enemigos políticos a los que se tuvo que apiolar procedían de minorías étnicas; muy especialmente los judíos, a los cuales odiaba profundamente y a los que podría estar pensando, en el momento de su muerte, en deportar en masa fuera del país a través de la frontera china. El segundo es que, llegada la segunda guerra mundial, el secretario general del Partido Comunista desarrolló una inquina muy potente hacia las minorías étnicas situadas en los territorios que Alemania llegó a ocupar. Stalin consideraba, por ejemplo, que los ucranianos habían ayudado a Hitler a avanzar por su territorio, cuando más cierto es que Hitler, que consideraba a los eslavos seres humanos de baja estofa, untermenschen como los judíos, los trató con una crueldad y una violencia difícilmente imaginables. Asimismo, Stalin se convenció de que una pequeña minoría étnica a la vera de las montañas, los checheno-ingusetios, se había dejado invadir e incluso había señalado a los alemanes los mejores pasos por las montañas para poder llegar a los pozos de petróleo que Berlín ambicionaba. Por esta razón, terminada la guerra, Stalin deportaría a la totalidad de los chechenos a Siberia, repoblando su país con rusos y ucranianos a la búsqueda de oportunidades para establecerse. Los chechenos no pudieron regresar a su tierra, y eso con gravísimas limitaciones (amén de pérdidas de terreno a favor de la propia Rusia o de Osetia del Sur), hasta 1957, ya muerto el Padrecito; y en esos diez años de exilio desarrollaron una inquina antirrusa que ha provocado ya dos guerras entre ambos países, así como el concurso de uno de los terrorismos más ciegos y sanguinarios que hoy en día se conocen.

En todo caso, no son éstos los únicos casos de la brutalidad estalinista. Cuando los campesinos ucranianos quisieron resistirse a las colectivizaciones, Stalin envió al ejército, se abrió paso a hostias y deportó a los campos de prisioneros del norte a centenares de miles de ucranianos. Asimismo, también decretó que los kazajos nómadas debían abandonar su modo de vida y establecerse en las ciudades; cuando se negaron, los arrestó y fusiló, provocando un éxodo masivo kazajo hacia China. Dentro de su paranoia contra los presuntos colaboracionistas con Hitler, Stalin llegó a fusilar a la totalidad del Comité Central del PC de Kazajstán de antes de la guerra. Inmediatamente después de la guerra, 6 de cada 10 delegados del congreso del PC de Georgia celebrado en 1937 habían sido ejecutados o estaban en el exilio. Además de los chechenos, fueron objeto de sus deportaciones masivas formuladas como castigo por pronazismo los tártaros de Crimea, los alemanes del Volga, los Kalmyks y los Karachai. Todos ellos fueron enviados a Siberia, hasta sumar más de un millón de personas. Algunos estudiosos sostienen que también quiso deportar de su país a la población de Ucrania; al parecer, sin embargo, los ucranianos eran demasiados, incluso para Stalin.

En un terreno más general, el estalinismo supuso, claramente, toda una campaña de acoso y derribo de las tradiciones culturales autóctonas no rusas, cuya punta de lanza fue la imposición del alfabeto cirílico a todas las lenguas de la URSS. En materia de creación artística, impuso el que se llamó principio de «nacional en las formas, socialista en el contenido»; que viene a querer decir que se podía crear en las lenguas distintas y con las tradiciones de cada uno, pero siempre se tenía que hacer desarrollando obras en las que, por ejemplo, los rusos siempre debían aparecer como los salvadores del proletariado. Algo así como si Franco hubiese dejado a vascos y catalanes componer obras de teatro en sus idiomas, pero con la condición de que en las mismas los madrileños fuesen siempre santos varones y el Real de Di Stefano terminase por ganarle la Liga al Barça o al Athletic.

Como tantas otras cosas, a la muerte de Stalin el centro de su política respecto de las nacionalidades permaneció incorrupta en manos de sus sucesores. Sin embargo, hubo matices y sordinas. Tanto Kruschev como Breznev jamás se refirieron, en uno solo de los discursos, a la sliyanie, a la fusión como objetivo. Todo parece indicar que ambos aplazaron ese objetivo, como tantos otros, hasta el ignoto momento en el que se produjese al evolución del comunismo hacia su siguiente fase (evolución por la que aún estamos esperando, cubanos y coreanos incluidos). De una forma que en su día fue muy sorprendente, Andropov volvió a sacar el concepto a pasear. Fue durante un discurso el 21 de diciembre de 1982, durante la celebración del 60 aniversario de la URSS. En el curso de su alocución, reprodujo la famosa cita de Lenin, lo cual llevó a muchos a pensar si sería una cita retórica o verdaderamente estaba pensando en algo. La respuesta a la pregunta forma parte del enigma Andropov.

Por lo demás Kruschev, muy obsesionado por enseñar a sus camaradas que él no era Stalin, hizo algo bastante acojonante, como fue promocionar a miembros de pleno derecho del Politburó a bielorrusos, georgianos, letones, uzbekos y kazajos; proceso que empezó en fecha tan temprana como 1957 con la promoción del uzbeko N. Mukhitdinov. La tradición era exactamente la contraria, es decir exportar rusos para que mandasen en los partidos comunistas de las repúblicas.

Nosotros, e incluso me atrevería a decir que la mayoría de los rusos, no nos hemos enterado. Pero la URSS, en verdad, ha sido durante décadas una olla a presión nacionalista, porque la URSS, a pesar de practicar una política de permisividad y comprensión hacia el uso de lenguas vernáculas, nunca abandonó el objetivo de rusificar todo su territorio. Ya hemos hablado de la decisión de formular todas las lenguas en cirílico, que era algo completamente extraño para las lenguas asiáticas, sobre todo las basadas en el turco. Más allá, en la URSS se creó todo un sistema basado en discriminar gravemente a quien no hablase ruso. Oficialmente, en la URSS del último cuarto de siglo el 82% de la población hablaba ruso. Pero ésas son cifras oficiales. Algunas estimaciones hablan de que en torno al 40% de la población, especialmente la asiática, no podía manejarse adecuadamente en la lengua de Dostoievsky. Y la actitud de los rusos era exigir ese dominio. Un ejemplo: en 1983, el máximo líder del PC de Kirguizistán informaba de que el 30% de los soldados de su república no habían podido ser adscritos a unidades de combate. Eran incapaces de entender a su sargento cuando mandaba atacar o cesar el fuego. Todavía en 1978, durante el proceso de readaptación de las constituciones de la Unión a la nueva Constitución Federal de 1977, los jerifaltes soviéticos intentaron declarar el ruso el único idioma oficial en Georgia y Armenia; tentativa por la que se montó la mundial.

Andropov fue muy breve, como lo fue Chernenko; aún así, éste último tuvo tiempo, antes de morir de viejo, de criticar el nacionalismo ruso. Todo parece indicar que los vientos reformistas de la década de los ochenta soplaban a favor de los nacionalismos, aunque con la boquita pequeña. Demográficamente hablando, Rusia tenía el problema de que los soviéticos musulmanes se apareaban con mucha más frecuencia, lo cual estaba cambiando lentamente la distribución de la población de la URSS: en 1983, los demógrafos estadounidenses estimaban que en el año 2000 la población no rusa se equilibraría con la rusa. En todo caso, en el momento en que Gorvachov llegó al poder, en el momento en que se impuso la perestroika y las tensiones internacionales (la carrera de armamentos, Afganistán, Polonia, Chechenia...) colocaron a la URSS en el disparadero de la Historia, quedó claro el error de Lenin y de Stalin: en el choque de trenes entre comunismo y nacionalismo, no era el primero el llamado a vencer y disolver al segundo.


Hoy es el día que prácticamente todos los comunistas son nacionalistas, mientras que son apenas unos pocos nacionalistas los que son comunistas.

domingo, enero 03, 2010

La caída de la URSS (1): El enigma Andropov.

¿Qué tal? ¿Se ha portado bien con vosotros la Navidad y el nuevo año del 2010? Espero que sí. Al menos, el año todavía no ha tenido tiempo de haceros muchas putadas. Es, al menos, mi caso.

Aquí estamos, pues, un año más, leyendo y escribiendo. Resulta reconfortante descansar, especialmente cuando se hace como yo lo he hecho, es decir en un pequeño rincón de España casi sin conexiones con internet en el que ni el correo electrónico he podido leer. Pero también resulta reconfortante volver. La monotonía, cuando es una monotonía voluntaria y deseada, y escribir este blog lo es, también tiene su punto.

Y empezamos el año 2010 con algún que otro post (pienso que podrían salirme unos tres, más o menos) que quisiera dedicar al asunto del derrumbe de la URSS. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas es el único gran imperio multinacional que hemos visto caer, hasta ahora, en la Historia de la Humanidad. Quedó herido de muerte con la caída del Muro de Berlín en 1989, aunque aún existiría algún tiempo después, para finalmente disolverse como un azucarillo tras un fallido golpe de Estado que buscaba, entre otras cosas, mantener un pasado ya imposible.

La URSS, pues, desapareció básicamente entre 1982, año de la muerte de su último gran líder, Leonid Breznev, y diez años después. Y cayó, paradójicamente, por haber conseguido, al fin, lo que siempre ansió, el gran sueño de Stalin: equipararse militarmente con su gran contrincante, es decir los Estados Unidos. Pero supongo que ya llegaremos a eso a su debido tiempo, cuando hablemos de los años de las conversaciones armamentísticas. Hoy os quiero hablar de otra cosa, de un misterio. Lo que yo llamo el misterio Andropov.

En la Historia hay personajes, muchos personajes, que son un misterio. La mayoría de ellos, porque no llegaron donde pretendían llegar, o llegaron durante poco tiempo. De los perdedores y de los breves, en efecto, sabemos siempre mucho menos que de los ganadores y longevos.

Hoy, como ya os he dicho, me gustaría hablaros de uno de esos misterios. Un personaje sobre el que sabemos poco o nada, por varias razones. Primera, porque estuvo en el escaparate del interés mundial durante muy poco tiempo, puesto que conseguir colocarse al frente de la URSS y enfermar gravemente y morir en consecuencia, fue todo uno. Segundo, porque la propia URSS no es precisamente un dechado de transparencia. Y tercero, porque el oscurantismo de la URSS, unido a la brevedad de Yuri Andropov como su jefe, hacen que no tengamos, en realidad, claro cuáles fueron las intenciones de este dirigente. Sucintamente, hay quien ve en Andropov un mandatario soviético más que aportó escasas novedades. Yo creo en eso más bien poco. Creo, y por eso escribo este post, que el mandato de Andropov, en realidad, fue la primera victoria del bando reformista de la URSS, y la primera intentona seria, aunque torpe o quizá precipatada, de reforma y cambio en el país. La URSS desapareció a principios de los noventa. Pero cabe, a mi opinión, preguntarse si ese proceso no se habría adelantado en el caso de que los riñones de Yuri Andropov no hubiesen dicho adiós en febrero de 1983.

¿Es posible contar en pocas palabras el final de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas? Todo es posible y, en realidad, imposible. Pero la respuesta más ajustada es negativa. A mi modo de ver la URSS es, quizá, junto con la civilización romana, el imperio más complejo en su estructura que encontramos en la Historia. Y si, en el caso de Roma, encontramos la dificultad de la escasez relativa de fuentes fiables, dicho problema, en el caso de la URSS, se eleva al cubo o a la cuarta potencia, pues si bien la URSS, como hecho histórico moderno, debería ser una realidad relativamente sencilla de documentar, su férrea cerrazón hace que sepamos de ella mucho menos de lo que sabemos de regímenes que existieron décadas o siglos antes.

La historia de la URSS es la historia de una alternativa. La gran novedad del siglo XX, aunque es una novedad relativa, es el cambio de sistemas por los cuales un imperio ejercía la hegemonía geopolítica del mundo hacia un sistema dual en el que ya no es un imperio, sino dos y además opuestos, los que ejercen dicho poder. En el siglo XIX surge todo un sistema político alternativo, el marxismo, que sale por primera y principal vez de los libros y de la discusión académica para convertirse en una praxis de gobierno con la revolución rusa y la creación de la URSS. El bolchevismo fue desde su inicio un bolchevismo internacionalista; puesto que propugnaba la necesidad de una evolución histórica de la Humanidad, en un momento u otro debía afectar a la totalidad de ésta. Así pues, el marxismo-leninismo siempre tuvo un claro y evidente objetivo internacionalista que, necesariamente, lo tenía que convertir en una oferta evolutiva para las diferentes naciones del mundo.

Al terminar la segunda guerra mundial, que fue ganada por una extraña coalición contra natura entre fuerzas políticas netamente conservadoras, como el inglés Winston Churchill que, entre otras cosas, no le hacía ningún asco al régimen franquista en España, y el internacionalismo marxista de la Unión Soviética, ambas mitades de la coalición (conservadores y comunistas) optaron por una solución elegante por la que se repartían zonas de influencia, como si de esa manera fuesen a ser capaces de convivir en la misma jaula sin pelearse. Si hubo alguien que creyó esto alguna vez, quedó claro que no sería así incluso antes de terminar formalmente dicha guerra, pues las famosas bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki no dejaron de ser, en acertada metáfora de Gore Vidal, una patada a Stalin en el culo del Japón. Con extraordinaria rapidez surgió la llamada Guerra Fría, que se basó en cuatro premisas: en primer lugar, una carrera armamentística, fundamentalmente nuclear; en segundo lugar, el desplazamiento de los enfrentamientos bélicos a la amplia zona del mundo de la que no se habló en Yalta, es decir el Tercer Mundo; en tercer lugar, una guerra cainita en el terreno económico-tecnológico, buscando el objetivo de hacerse cada día más fuerte, debilitando al contrario hasta el punto de hacerlo desaparecer; y, en cuarto y último lugar, una guerra ideológica.

De estas cuatro guerras frías, una quedó en empate, la armamentística. Otra, la del Tercer Mundo, pareció haberla ganado la URSS tras la debacle de Estados Unidos en Vietman, aunque la rápida reacción de Nixon terminando por romper el eje Moscú-Pekín logró unas tablas. La guerra económica y tecnológica fue ganada por Estados Unidos por goleada, y esta es, en el fondo, la gran razón de la caída de la URSS. Y, por último, la guerra ideológica fue claramente ganada por los soviéticos, los cuales, durante siete décadas, mantuvieron en su país y las naciones satélites dictaduras en ocasiones atroces, con más muertos en el armario de los que casi puede exhibir cualquier otro dictador de la Historia; y, sin embargo, gracias al apoyo de una sección muy amplia de la intelectualidad occidental, lograron aparecer, al mismo tiempo, como la vanguardia del progresismo mundial.

Lo que sabíamos de la URSS mientras existió fue muy poco. En primer lugar, porque los propios soviéticos no hablaban de sí mismos, como no fuera para contar milongas cubanas (nunca mejor dicho) cuya identificación con la realidad era muy, muy, pero muy, relativa. Y, en segundo lugar, porque contaban con toda un tropa de voces prestigiosas (eso es lo que son los llamados intelectuales) que durante décadas aceptó acríticamente la esencia de estas versiones propagandísticas. Decenas de intelectuales viajaron más allá del Telón de Acero, donde fueron amablemente recibidos por funcionarios disfrazados de guías turísticos, que les enseñaron lo que les quisieron enseñar, y ellos aceptaron lo visto como la verdadera URSS (o la verdadera China; que Mao también le hizo el mismo trile a más de uno, y más de dos).

Así, nos encontramos ejemplos como el del periodista norteamericano Louis Fischer, gran amigo del primer ministro español Juan Negrín e intelectual muy querido por el estalinismo; el cual logró hacer una visita a la Ucrania estalinista, en la que en ese momento había millones (repetimos: millones) de personas muriendo de hambre (repetimos: de hambre), y no ver ni un delgadito por la calle. Sic transit gloria mundi.

Esta realidad oscurantista y acrítica acabó generando otro elemento colateral que es, en realidad, el que nos interesa a la hora de analizar los últimos tiempos de la URSS: la percepción de que la Unión Soviética fue, desde 1917 hasta los años noventa en que desaparece, un monolito sin cambios. Que no evolucionó lo más mínimo y que estuvo en todo momento regida por personas de la misma extracción ideológica.

Ésta, en realidad, es una visión estalinista. La URSS monolítica, absolutamente refractaria al conflicto ideológico y/o a la evolución, es un fenómeno propio de Stalin, pues el régimen estalinista se basaba en la purga simple y pura de todo aquél que no se ajustaba al esquema de la plena coherencia con las ideas y estrategias del secretario general del Partido Comunista. Pero el estalinismo murió con Stalin. A la muerte de éste se produce un enfrentamiento entre candidatos a colocarse al frente del PCUS, fundamentamente entre Kruschev y Malenkov. En la resolución de este enfrentamiento se produce la primera novedad evolutiva de la URSS. Con Stalin, el ejército había sido un instrumento más de su poder, y de hecho Stalin purgó a todos los militares que no le gustaron. Pero con la muerte del líder, el ejército eclosionó como familia de poder dentro del régimen soviético, como fuerza propia; quizá, incluso, como el principal lobby político de la URSS, pues toda la evolución que se produce desde entonces gira, de alguna forma, alrededor de los intereses y reivindicaciones de los militares.

Malenkov se inclina por un entorno de entendimiento con Occidente que debería suponer una mitigación de la escalada armamentística. Sin embargo, la escalada armamentística es el gran argumento que le permite al ejército soviético tener acceso a recursos presupuestarios ingentes, tecnología, y otras gavelas. La estrategia de Malenkov, por lo tanto, habría supuesto una pérdida objetiva de poder del ejército soviético, razón por cual el lobby militar apoya con claridad al otro candidato, Kruschev, entonces decidido a apoyar una continuación de la carrera armamentística y una confrontación constante con los Estados Unidos, que es lo que le conviene al estamento militar.

Una vez en el poder, Kruschev condena el estalinismo (aunque esa condena no se conoció hasta dos décadas después), elimina el terror y la represión física como un elemento de dialéctica política e inaugura una nueva etapa en la Historia de la URSS: una etapa en la que las distintas sensibilidades del régimen se pueden desplegar y actuar, incluso en desacuerdo con el secretario general, sin por ello exponerse a ser torturados, enjuiciados por traidores y ejecutados.

La URSS posestalisnista es claramente más democrática que la estalinista, aunque se parece a una democracia lo que yo a George Clooney. Pero inicia un proceso que ya no tendrá fin y que se puede formular con facilidad. Desde Stalin, la lista de secretarios generales del PCUS es: Nikita Kruschev, Leonid Breznev, Yuri Andropov, Konstantin Chernenko y Mihail Gorvachov. Y la formulación es: cada uno de ellos va teniendo menos poder personal efectivo que su antecesor.

Kruschev firmó un pacto con el ejército que les garantizaba su preeminencia en el sistema soviético, pero acabó con el terror estalinista, con lo que creó la posibilidad de la oposición en su seno. Cuando, para más inri, los hechos le hicieron cambiar su punto de vista militarista, pues aprendió, en la famosa crisis de los misiles, que la guerra nuclear era algo que podía ocurrir, los mismos militares que lo habían encumbrado maniobraron junto con otros opositores para hacerle dimitir. La defenestración en vida de Kruschev fue una forma traumática de enseñar a los hombres de poder soviéticos que el principio hasta entonces sacrosanto según el cual los máximos mandatarios comunistas morían en la cama y en el poder, era falso. El primero que aprendió la lección de que podían botarlo fue Leonid Breznev, quien en consecuencia mutó el sistema soviético en un sistema basado en el equilibrio entre las distintas familias o sensibilidades de la casa común bolchevique. Don Leónidas fue, por lo tanto, una especie de primus inter pares, generó un régimen consensual, además de intensamente gerontocrácico e ineficiente, porque le costaba tomar una decisión más que a mí comprar un décimo de lotería.

Como consecuencia de este esquema basado en dejar a todo el mundo al menos un poco contento, la URSS se convirtió en el complejísimo sistema de poder que durante décadas trató de entender Occidente, no siempre con éxito.

Lo primero que tiene que entender todo lector acostumbrado a nacer, crecer y desarrollarse en el ámbito de un régimen parlamentario es que, en la Unión Soviética, lo principal no eran ni el poder legislativo ni el que llamamos ejecutivo. Quien realmente mandaba no era ni el parlamento ni el gobierno, sino el Partido. El comunismo bolchevique es un régimen político de partido único, un régimen basado en la existencia teórica de una vanguardia intelectual-estratégica que es la que sabe realmente lo que hay que hacer para llegar a las diferentes etapas del comunismo y, consecuentemente, manda sobre todos y sobre todo: sobre la elaboración de las leyes, sobre su aplicación, sobre la justicia, sobre la prensa, sobre el arte... Por lo tanto, para hablar de poder en la URSS, de lo primero de lo que hay que hablar es de poder en el seno del PCUS, Partido Comunista de la Unión Soviética.

Como en todo partido político, teóricamente, muy teóricamente, el principal órgano de decisión es el Congreso. Esto no es ninguna novedad. No hace falta salir del mundo democrático para darse cuenta de que eso de que los congresos mandan en los partidos es una milonga del tamaño de las torres Petronas que no se la creen ni los cuatro giles que se atreven a formularla de vez en cuando.

Hay que reconocer que Vladimir Lenin, persona a la que se le pueden señalar muchos defectos, tuvo sin embargo una sincera intención por conseguir que los congresos del PCUS fuesen realmente efectivos, y consecuentemente favoreció que sus reuniones albergasen auténticos debates abiertos sobre muchas cuestiones; debates que Josif Stalin cortó de cuajo a base de asesinar a quienes en los mismos habían disentido con él. Con Stalin, el Congreso del PCUS se convirtió en una mera ocasión para acumular aplausos de decenas de minutos hacia la persona del Secretario General y mutó, por lo tanto, en algo tan inútil que durante el estalinismo apenas se convocó tres veces.

El Congreso del PCUS elegía el Comité Central del partido, con la misión de ser el máximo órgano de decisión entre congresos; lo cual, teniendo en cuenta que los congresos se demoraban años en celebrarse, tiene su importancia. Pero el Comité Central, en todo caso, fue una institución que fue herida de muerte por Stalin, quien lo convirtió en un órgano con un número claramente excesivo de miembros como para que fuese efectivo; tras Stalin, el Comité Central pasó a ser un órgano con unos 400 miembros, entre los que se encontraban los dirigentes de los partidos comunistas de las diversas repúblicas; los dirigentes de los órganos de planificación económica, industrial, cultural; los directores de los medios estatales (los únicos), científicos destacados, artistas, mandos militares, policiales, sindicales... Cualquiera que sepa algo de las estructuras del franquismo entenderá el efecto, pues, en el fondo, la figura del Comité Central se parece mucho al Consejo Nacional franquista (y sus eficiencias políticas efectivas son muy parecidas).

En realidad, el Comité Central del PCUS sólo adquiría importancia decisora en el caso de que el Politburo no alcanzase un acuerdo. Desde luego, en toda la Historia de la URSS no creo que se pueda encontrar ni un solo caso de una medida acordada por el Politburó que fuese rechazada, ni siquiera significativamente enmendada, a su paso por el CC.

Quien realmente tenía el poder en el sistema soviético eran el Secretario General y el Politburó. El Politburó, también llamado Presidium durante algunos años de su existencia, era el órgano de toma de decisiones del partido. De él se ha dicho que era el único órgano soviético en el que ser miembro y votar tenía un poder efectivo. Su tamaño era adecuado a la toma de decisiones (entre 12 y 16 miembros) y albergaba a todos quienes cortaban el bacalao: el propio secretario general del Partido; los secretarios del Comité Central encomendados de las materias estratégicas (defensa, industria, etc.); los dirigentes de los partidos comunistas de las grandes repúblicas (Rusia, Ucrania, Georgia...); así como los máximos responsables del Consejo de Ministros y el Soviet Supremo (a modo de parlamento de los parlamentos de las diferentes repúblicas).

El Politburó de 1984, apenas cinco años antes de la caída del Muro, tenía 12 miembros de pleno derecho y 6 miembros candidatos. De todos ellos cinco habían nacido antes de 1910 (Gromyko, Tikhonov, Ustinov, Kuznetsov y Ponomarev); y seis más habían nacido antes de 1920 (Chernenko, Grishin, Kunayev, Solomentsev, Shcherbitskiy y Demichev). El más joven de todos éstos, el ministro de Cultura Demichev, tenía 66 años, y entre todos ellos eran bastante más de la mitad de los miembros (sin olvidar que uno de los del grupo, Chernenko, era el secretario general y presidente del Soviet Supremo, o sea el que mandaba). Sólo había, en aquel año, tres miembros de menos de sesenta años: Viktor Vorotnikov, primer ministro del gobierno de la república rusa, tenía 58 años; Edvard Schevardnadze, primer secretario del Comité Central del Partido Comunista georgiano, tenía 56; y, finalmente, Milhail Gorvachov, secretario del Comité Central, tenía 53 años.

Estos datos vienen a dejar claro otro factor fundamental: el Politburó fue el núcleo duro de la gerontocracia soviética. En aquellos convulsos años ochenta medio mundo occidental se echaba las manos a la cabeza porque Estados Unidos eligiese a un presidente chocho como Ronald Reagan, cuando Reagan habría sido un becario recién llegado en el Politburó de la URSS.

Junto al Politburó, el Secretario General, un cargo que, una vez nombrado, era dotado de un notable poder para favorecer a los suyos en las estructuras decisorias del Partido, notablemente los secretariados del Comité Central, en un spoil system monumental que garantizaba al máximo mandatario del partido y del país tener lo que podemos llamar una estructura administrativa y de gobierno que le era fiel.

Si atendemos a la importancia temporal, Leonid Breznev es el segundo gran mandatario soviético después de Stalin, a quien desde luego creo le cabe el título histórico de arquitecto práctico del sistema soviético (los arquitectos teóricos fueron Lenin y, en menor medida, Trosky). Pero Stalin y Breznev no resisten la comparación uno del otro. Aunque Stalin tuvo sus momentos de indecisión casi humillante (existen bastantes indicios de que su primera reacción a la invasión de la URSS por Hitler fue cagarse de miedo), no se le puede negar que se echó a las espaldas una nación de decenas de millones de personas, aislada políticamente en el orden mundial, y tomó personalmente los resortes del poder sin compartirlos prácticamente con nadie. Esta dictadura personal, sangrienta y extremadamente posibilista (todo lo que es bueno para mí, es bueno) costó millones de vidas, pero construyó un imperio potente y capaz, lo cual justifica la actual existencia de nostálgicos del estalinismo.

Sin embargo, ¿acaso existen los nostálgicos del breznevismo? La palabra ni siquiera existe. Este contraste ya nos está diciendo algo importante, y es que si bien en los tiempos de Stalin la URSS creció, en los de Breznev lo que hizo fue sumirse en un caos pavoroso. Como he escrito unas líneas más arriba, si una guerra fría ganó Estados Unidos por goleada, ésa fue la económico-tecnológica; y la ganó, precisamente, durante los años de Breznev; aunque, paradójicamente, fueron los años en los que más pareció que ocurría todo lo contrario, y es por eso que ambas potencias abrieron las llamadas conversaciones SALT.

El gran problema de la URSS, a mi modo de ver, fue el enorme poder del lobby militar. Hasta la muerte de Stalin el ejército sirvió a la revolución, pero tras dicha muerte en realidad lo que ocurrió fue exactamente la recíproca. Consecuentemente, todos los esfuerzos tecnológicos que hizo la URSS durante su existencia, con la única excepción de la carrera espacial (una carrera de coroneles, por cierto) se dirigieron al ámbito militar. En una economía centralizada, al no existir las actividades de riesgo y la competitividad, esos avances se embalsaron en el ámbito militar, cosa que no ocurrió en los Estados Unidos, país donde los esfuerzos bélicos y de la carrera espacial alumbraron un montón de avances, desde el velcro hasta internet, desde los joystick hasta las hojas de cálculo, que acababan revirtiendo en productos civiles y en desarrollo.

Para que eso hubiera ocurrido en la URSS hubiera hecho falta que la URSS fuese una economía que permitiese la iniciativa privada para la gran industria; porque para, un suponer, trufar Siberia de células de telefonía móvil, es necesario tener la legítima expectativa de forrarse con ello. Pero aún aceptando barco como animal acuático y asumiendo que una economía centralizada puede conseguir esa transferencia masiva de riqueza y tecnología, aún haría falta que dicha economía fuese dinámica en su toma de decisiones. Y la URSS de Breznev era todo menos dinámica porque, siendo como era un sistema en el que la máxima obsesión de su máximo mandatario era que todos sus compañeros rectores del Partido estuviesen contentos, era un esquema en el que el consenso era conditio sine qua non y, por lo tanto, la URSS era como una San Silvestre en la que todos los corredores fuesen obligados a trotar al ritmo del más lento de todos ellos.

Como he escrito ya, durante los años setenta y primeros ochenta, el constante machaqueo de los admiradores del comunismo, que alimentaban en Occidente la visión de una URSS con estándares de bienestar equiparables a los del mundo desarrollado, visión apoyada en los dos grandes pilares de una tasa de alfabetización envidiable y una sanidad universal, escondía el hecho de que, en 1982, cuando Leonid Breznev consigue llevar a cabo su sueño de morir en la cama siendo máximo mandatario soviético, la URSS es un caos. Y el principal elemento de ese caos son las enormes dudas en torno al que debe ser el sucesor adecuado al frente del PCUS.

Tengo por mí, porque todo esto es algo meramente subjetivo, que ya en 1982, a la muerte de Don Leónidas, la verdadera pugna por el poder es entre los dos hombres que acabarán por tenerlo más tarde: por un lado Konstantin Chernenko, un hombre forjado en las estructuras de propaganda del PCUS, que en 1982 tiene ya 71 años y a quien nunca se le leyó ni escuchó una idea original, es el candidato de la gerontocracia formada por la clase política que tuvo la suerte de ser aún demasiado joven cuando Stalin iba por las calles apiolándose camaradas; y por otro, Mihail Gorvachov, joven y con contactos en el sovietismo reformista, los jóvenes cuadros del Partido Comunista que, como los «azules» que hicieron la Transición española, se dan cuenta de que hace falta un cambio o evolución.

Sin embargo, y éste es el primer misterio, el elegido es Yuri Andropov. ¿Por qué?

El primer elemento es muy primario: suerte. Para llegar a la Secretaría General del PCUS, Yuri Andropov tuvo una suerte de cojones. La muerte de Breznev en 1982 se produjo algunos meses después de la de Mihail Suslov, el jefe de la policía secreta KGB (así como secretario del Politburó apra asuntos ideológicos, puesto clave para controlar los medios de comunicación estatales). La muerte de Suslov obligó al KGB a buscar un nuevo jefe, y éste fue Yuri Andropov, que para eso había hecho su carrera en la institución (lo cual, por cierto, le convierte en un atípico líder de la URSS, puesto que la mayor parte de los mandamases soviéticos se foguearon en los partidos comunistas de las diferentes repúblicas soviéticas; sin embargo, es exactamente el modelo de Vladimir Putin, quien procede del mismo KGB). Merced a esta coincidencia, cuando Breznev murió, Andropov estaba en el Politburó, algo sin lo cual no habría podido ni soñar con ser secretario general del PCUS.

Como directa consecuencia de lo antedicho, Andropov tuvo otro elemento fundamental para defender su candidatura, que es el propio KGB. La sucesión al frente de la URSS fue siempre un difícil juego de poder en el que valía todo, incluido el descrédito. Andropov fue rápidamente propuesto para formar parte del secretariado del PCUS, un puesto de gran importancia para poder postularse como heredero de Breznev. Suslov era miembro de dicho Secretariado, pero eso no quería decir, necesariamente, que su sucesor lo fuese también. Andropov, sin embargo, lo consiguió con rapidez, y cabe preguntarse por qué. ¿La respuesta es el apoyo del KGB? No lo creo. Pero el KGB sí fue extraordianriamente útil a la hora de desacreditar a los posibles rivales. En el Politburó había otros dos miembros también integrados en el Secretariado del partido: Kirilenko y Gorvachev. El segundo era fácil de descartar por su juventud (51 años a la muerte de Breznev) y el primero quedó rápidamente desacreditado por rumores y otros movimientos orquestales en la oscuridad. ¿Casualidad?

Permanece sin contestar, sin embargo, la pregunta. ¿Quién, y por qué, elevó a los altares a Yuri Andropov? Vistas las cosas con perspectiva histórica, la más probable, quizá única, respuesta, es: el ejército. Mejor deberíamos decir el complejo militar-industrial soviético. A la muerte de Breznev se cumplían casi 30 años de la muerte de Stalin, y ése era, como ya he apuntado, el periodo durante el cual los destinos de la URSS habían estado adecuadamente monitorizados por el ejército,el cual se encontraba, en el momento de la muerte del líder de las espesas cejas, a punto de conseguir lo que tanto había ansiado: la igualdad, superioridad incluso, de su maquinaria armamentística frente a la estadounidense. El ejército soviético necesitaba alguien que no pusiera eso en peligro. Alguien que, hiciese lo que hiciese, no pusiera en tela de juicio la carrera armamentística. ¿Existía en 1982 algún Malenkov en el Politburó? Es posible que sí. También lo es de que no. Pero lo que yo tengo por claro es que el ejército movió sus fichas para que no hubiese que hacerse la pregunta.

Según lo veo yo, Andropov es el producto de una transacción. La transacción entre el deseo del estamento militar de no abandonar la carrera armamentística y el sentimiento existente tanto en el Comité Central como en el Politburó, especialmente entre los más jóvenes, de que era necesario hacer que la URSS superase su estado de esclerosis. Porque el país, en efecto, había pagado un carísimo precio a cambio de ser una potencia militar: el precio de ser un país que, simple y llanamente, no funcionaba. De alguna manera, pues, las espaldas de este desconocido tecnócrata ruso fueron las que recibieron una carga más pesada: la carga de seguir siendo un elefante y, al tiempo, ser capaz de endurecer los pies de barro.

Por lo demás, Andropov fue, probablemente, el líder soviético más preocupado por los fenómenos de la imagen pública (esto quiere decir: el único que los entendió). Hizo, por ejemplo, que sus terminales del KGB distribuyesen por Occidente la historia de que admiraba la cultura occidental y que incluso escuchaba rock and roll en la intimidad (otros hablan catalán). Además, hizo nombramientos en el campo de los medios de comunicación que pueden interpretarse como una línea más aperturista; así, el de Mihail Zimianin como secretario de propaganda del Comité Central, el de Boris Stukalin al frente del propio departamento de propaganda del Comité, o el de Viktor Mishin como máximo responsable del Komsomol.

Asimismo, comprendió que el oscurantismo sobre los problemas de la URSS no colaboraba en su solución y por eso, en un movimiento que en su momento sorprendió al mundo, trufó sus primeros discursos de alusiones directas y sin ambages a los problemas económicos y sociales del país. De la noche a la mañana, la URSS pasó de aplaudir los discursos breznevitas, repletos de autocomplacencia leninista, a vitorear intervenciones en las que se sucedían, unos tras otros, los tirones de orejas y las denuncias de ineficiencia.

Los mensajes de Andropov tuvieron que sonar revolucionarios a oídos de quienes estaban acostumbrados al sota, caballo y rey del estalinismo rampante. De repente, el secretario general del Partido, el tipo que se sentaba en la misma poltrona de Stalin, de Kruschev, de Breznev, el tipo que había sido aclamado como máximo intérprete de Lenin, hablaba de que los subsidios para sostener los niveles de precios de los bienes eran excesivos; hablaba de que las diferencias salariales entre los diferentes niveles de responsabilidad en las fábricas eran demasiado estrechos; y hablaba de que la Administración era un monstruo burocrático.

En puridad, Andopov nunca intentó un cambio de las estructuras. Nunca intentó, por lo tanto, una perestroika al estilo de la que años después realizaría Gorvachov, y que hizo saltar las costuras del régimen político que nos iba a llevar a los humanos al fin de la Historia. Pero es lo cierto que tampoco tuvo tiempo, porque en 1983, cuando apenas había echado dos pises y medio al frente de la URSS, sus riñones fallaron y comenzó una rápida y fallida batalla contra la muerte. Sin embargo, exiten indicios de que tenía, cuando menos, la intención de cambiar las cosas.

El gran objetivo de Andropov fue la disciplina. A pesar de que como he dicho tuvo muy poco tiempo para desarrollar sus políticas, llegó a poner en marcha actuaciones concretas contra las actuaciones fraudulentas o irresponsables, regla común en un país como la URSS, en la que se podían encontrar incluso funcionarios que exigían gavelas por algo tan básico como tramitar una matrícula universitaria. En una medida sin precedentes, equipos policiales invadieron durante las horas de trabajo los locales de venta y consumo de bebidas alcohólicas (el alcoholismo es un problema endémico de la antigua URSS incluso desde antes de que existiese), los baños públicos y las tiendas, e interrogaban en el sitio a los trabajadores sobre los porqués de que no estuviesen en el trabajo (se ha estimado que en la URSS de los años ochenta, menos de un tercio de las plantillas seguían en su puesto de trabajo en las últimas horas de su jornada) y reclamándoles, tanto a ellos como a sus jefes. Centenares de ejecutivos fueron despedidos y algunos fueron incluso imputados de corrupción.

En el verano de 1983, Andropov anunció una reforma que entraría en vigor el 1 de enero de 1984. Merced a este cambio, todas las empresas e instituciones dependientes de cinco ministerios cambiarían sus reglas de funcionamiento, con lo que los gerentes recibirían mayor libertad de decidir cómo retribuirían a sus mejores empleados, cómo introducirían mejoras tecnológicas en los procesos y, por último, cómo reinvertirían los beneficios en la propia empresa. No existen noticias de que tras dicho anuncio la momia de Lenin se levantase y se cagase en la puta madre de su sucesor; pero eso es así tan sólo porque era una momia.

A pesar del posible cabreo del padre del nuevo marxismo, las reformas de Andropov fueron leves. De hecho, comparadas con la perestroika de Gorvachov, empalidecen. Lo cual hace pensar que, o bien nunca pensó en realidad en darle la vuelta a la URSS como un calcetín, o que sabía que no podría. Ahí reside eso que podríamos denominar el misterio Andropov.

Como he dicho, nunca sabremos a ciencia cierta qué es lo que ocurrió en los pasillos del Kremlin durante aquellos meses de 1982 y 1983. Pero hay elementos que hacen pensar que la lucha fue dura. Andropov convocó en agosto de 1983 una conferencia de altos dirigentes del Partido para reclamar apoyo a sus reformas. En dicho encuentro anunció que en el vigésimo plan quinquenal (1986-1990) se ampliaría dicha reforma a otros sectores de la actividad del país. 48 horas después, los responsables del Comité de Planificación Estatal contestaron con una medida soviéticamente inusitada (la convocatoria de una rueda de prensa) en la que trataron de transmitir una imagen de la economía soviética mucho más positiva de la que defendía su propio líder. Es evidente, por lo demás, que en los resortes del poder existía un partido reformista muy poderoso, gracias al cual Andropov consiguió acumular en medio año cotas de poder personal que a Breznev le costaron más de 12 años: presidente del Comité de Defensa, presidente del Presidium del Soviet Supremo, etc.

Asimismo, en apenas unos meses, Andropov cesó a más de una decena de máximos líderes de los partidos comunistas nacionales y regionales; y no sólo eso, sino que en casos los sustituyó por personas que hasta entonces habían estado en los estamentos medianos del poder.

Mientras ocurría todo eso, sin embargo, los riñones de Andropov comenzaron a funcionar mal, y en el mismo mes de agosto de su conferencia de líderes del Partido fue inhabilitado y ya no se le volvió a ver en público. ¿Fue una casualidad? ¿Enfermó realmente Andropov?

Gran parte de los cambios realizados por Andropov durante su mandato beneficiaron directamente a Gorvachov. En el verano del 83, cuando fue inhabilitado, ya nadie o casi nadie dudaba de que consideraba al joven político su sucesor. Sin embargo, no fue quien lo sustituyó al frente de la URSS. Tras la desaparición de Andropov, fue nombrado para regir la URSS Konstantin Chenenko, un hombre cuya salud ya hacía aguas entonces y que tenía un carisma y una creatividad ambos rayanos a cero. Su proclamación tiene toda la pinta de una reacción desesperada de la gerontocracia soviética por ganar tiempo para conseguir un candidato más sólido. Meses más tarde, sin embargo, Chernenko moría y, en un movimiento para entonces ya inevitable, le sustituía Gorvachov.

La gran pregunta es si un Yuri Andropov que no hubiese desaparecido tan pronto como apareció habría adelantado un proceso que hoy conocemos bien de progresiva desintegración de la Unión Soviética. Razones hay para sostener tanto el sí como el no. Yo, personalmente, creo que un porcentaje nada despreciable de los planes que Gorvachev desplegó en la URSS a finales de los ochenta ya estaban en la cabeza, no sé si en el cuaderno azul, de Yuri Andropov. Sin embargo, los tiempos, en los primeros ochenta, eran aún demasiado prematuros para cambiar la faz del país. Entonces, la URSS era, al menos de fachada, aún demasiado poderosa. Entonces, probablemente aún quedaban en los centros de poder demasiadas personas que consideraban que la URSS estaba cerca de vencer sobre los EEUU y, consecuentemente, eran totalmente refractarios al mensaje de que el país necesitaba un cambio radical. Diez años después, muchos de estos refractarios estaban muertos, otros muchos estaban agotados y el resto eran minoría, como claramente demostró el golpe de Estado que nos dejó la imagen de Boris Yeltsin subido a un carro de combate frente al edificio de la Duma.

Por alguna razón que los que no boxeamos no conseguimos comprender, el boxeador que ya está vencido pero aún no está noqueado se obstina en seguir en pie, en el ring, recibiendo hostias, hasta que su cara no distingue del culo de un mandril, su cerebro es pura pulpa y él está para la UVI. ¿Intentó Andropov tirar la toalla?

Tal vez sí.

Y tal vez, no.