miércoles, enero 20, 2010

Goliat agotado (2)

La imagen excesivamene simplista de la Alemania de los años veinte dibuja un país abrumado por el pago de reparaciones, enfangado en una crisis económica muy cruel. Lo último es totalmente cierto, sobre todo después de la equivocadísima ocupación de la cuenta del Ruhr por los franceses en 1923, que acabó por provocar la famosa hiperinflación alemana. Pero otras cosas han de ser matizadas. Durante los años veinte, Alemania también jugó sus cartas. El complejo de culpa de media Europa le supuso un flujo de créditos con el que pudo pagar buena parte de las reparaciones; y para cuando llegó la crisis del 29 y el grifo se cerró, las reparaciones habían desaparecido en la práctica. Por lo demás, antes incluso de Hitler, los alemanes inventaron ya los primeros trucos para sortear las limitaciones militares de los tratados de posguerra según los cuales el ejército alemán no podía superar los 100.000 hombres. La República de Weimar, en fecha tan poco nazi como 1930, ya estaba haciendo las primeras pruebas de las famosas V-1 y V-2 con las que luego Hitler bombardearía Londres.

En febrero de 1932, bajo la presidencia del político británico Arthur Henderson, se convocó la Conferencia de Desarme que llevaba preparándose varios años, y en la que estaban llamados a participar nada menos que setenta países. Teóricamente, la Conferencia debía de ser el pistoletazo de salida del nuevo mundo mundial surgido tras el trauma de la Gran Guerra que acabaría con todas las guerras. En la práctica, fue más de lo mismo. Ni una sola de las propuestas preparadas en Ginebra como trabajo previo incluía limitaciones de fuerzas, salvo en el caso de Alemania. Aquello, pues, era como un Protocolo de Kyoto que estableciese que Noruega tiene que reducir sus emisiones de gases en un 70%, y el resto del mundo puede hacer lo que le salga de los huevos. Así pues, la primera voz que se oyó fue la de los alemanes protestando. Los alemanes reclamaron la igualdad. Sir John Simon, el liberal secretario de Asuntos Exteriores en el gobierno de Ramsay MacDonald, recelaba de esta posición, que consideraba los franceses nunca aceptarían.

Una vez más, como otras en la Historia, los británicos pecaron de lentos. En el momento en el que la demanda alemana se produjo, en dicho país todavía estaba en el poder el gobierno Brüning; ya entonces gobernaba por decreto, pero era un gobierno de esencia democrática. Hubo amagos de aceptar la igualdad, pero sólo fueron amagos. En septiembre de 1932, ante la incapacidad de avanzar, el gobierno Von Papen, bastante más escorado ya en la dirección que finalmente representaría el nazismo, anunció que Alemania se piraba de la conferencia. Alarmados por la pinta que tomaba la cosa, británicos y franceses convocaron una reunión restringida con alemanes e italianos, a la que Washington envió un observador. Sólo entonces se hizo una oferta en firme de garantizar igualdad de derechos a Alemania, aunque con el importante matiz de que «siempre y cuando garantizase la seguridad de todas las demás naciones»; lo cual venía a equivaler a que dicha igualdad de derechos tenía que ser que Francia se quedase tranquila. La propuesta permitió que el negociador alemán, general Von Schleiter, aceptase el regreso de Alemania a las salas de la Conferencia. Pero ya era tarde. La aceptación de Schleiter de la propuesta MacDonald-Herriot se produjo en noviembre. Dos meses después, Hitler era nombrado canciller. Y Hitler no estaba dispuesto a aceptar ninguna propuesta proveniente de una sedicente Conferencia de Desarme.

En marzo de 1933, Ramsay MacDonald presentó a la Conferencia su propuesta, que consolidaba la igualdad previendo reducciones en los ejércitos francés y alemán. Pero, como digo, lo que doce meses antes habría sido oro molido, para entonces ya no valía una mierda. Además, ese mismo mes de marzo Japón, que sostenía el Estado títere de Manchukuo desde doce meses atrás, abandonó la Liga de Naciones.

Pocas semanas después, Hitler comenzó su juego. El canciller alemán nunca estuvo exento de cierta inteligencia política y era, a mi modo de ver, un consumado maestro en eso que se llama la gestión de los tiempos. El 17 de mayo de 1933, pronunció un discurso público en tonos conciliadores en el que afirmó que estaba dispuesto a destruir todo el armamento que hiciera falta siempre y cuando el resto de naciones hicieran lo mismo. Incluso aceptó la parte más conflictiva de las propuestas de MacDonald, que era el establecimiento de inspecciones periódicas sobre el cumplimiento del desarme. Este movimiento de Hitler, como digo no exento de inteligencia, tuvo la gran virtud de provocar dudas entre los aliados. A Gran Bretaña (sobre todo a su opinión pública) le encantó. Sin embargo, a Francia la perspectiva de reducir su armamento no le gustaba, y comenzaba a recular. Hitler consiguió lo que buscaba: que los aliados discutiesen entre ellos.

Mordiendo a fondo el anzuelo, Simon presentó en octubre una nueva propuesta. Dicha propuesta aplazaba cinco años todo rearme o desarme, y prometía el comienzo del desarme pasado ese tiempo hasta lograr la igualdad de fuerzas con Alemania. Era una propuesta estratégica que buscaba empantanar a Hitler en una espera muy larga, supongo que esperando que en el ínterin los alemanes le echasen de la cancillería. Si fue así, Hitler vio la jugada, porque automáticamente abandonó la Conferencia, y también la Liga de Naciones. Aunque la Conferencia siguió trabajando durante 1934, había fracasado.

Los nazis, que como sabemos dominaban como casi nadie en la Historia el arte de la propaganda, consiguieron salir de aquello quedando como los puteados. Especialmente la opinión pública británica, como hemos dicho antes con importantísimas bolsas de pacifismo, sacó la conclusión de que el egoísmo de los ganadores (de algunos ganadores; en las islas, el desprecio al francés es un deporte nacional) lo había jodido todo y que Alemania (aún gobernada por Hitler; aún después de que se supo en Inglaterra y en todo el mundo la enorme matanza de la noche de los cuchillos largos) tenía todo el derecho a reivindicar lo que reivindicaba.

La Conferencia se colapsó en junio de 1934. En febrero, los británicos habían publicado una nueva propuesta que a Mussolini no le parecía del todo mal, pero que Hitler consideraba inaceptable porque limitaba el ejército alemán por debajo de las 300.000 almas. La actitud de Mussolini tiene su lógica. Ambos, él y Hitler, eran fascistas, sí. Pero Italia tenía sus propios intereses y, en el marco de dichos intereses, le inquietaba que Alemania pudiera expandirse comiéndose a Austria.

Manejando de nuevo el palo y la zanahoria, Hitler insinuó entonces que aceptaría un pacto de diez años en el que Francia conservase su potencial armamentístico durante los primeros cinco. La fuerza aérea alemana no superaría el 30% del potencial de sus vecinos y el 50% del de Francia. Tanto las SA como las SS serían unidades no armadas. Pero ese acuerdo nunca se alcanzó, fundamentalmente por dos razones. Una, que los franceses no creían en él: Alemania estaba disparando su fabricación de aviones originalmente civiles, pero fácilmente convertibles en militares. Por lo demás, lo que los franceses querían era que las fuerzas paramilitares no existiesen; porque si existían, aunque fuesen desarmadas, siempre podían ser movilizadas (y armadas) en unos pocos días. El segundo factor fue que Gran Bretaña no logró encontrar métodos efectivos de inspección y comprobación. Sin ir más lejos, en aquel entonces nadie (salvo Stalin, claro) tenía una idea clara de cuál era el tamaño de la fuerza aérea soviética.

En el verano de aquel año de 1934, Stalin entró en la Liga. El dirigente soviético estaba seriamente preocupado por la amenaza alemana, y por eso promovió dentro de su gobierno al más filoeuropeo de sus camaradas, Máximo Litvinov. Cinco años después, Litvinov caería y no por casualidad su sucesor, Molotov, firmaría el pacto nazi-soviético.

El 9 de octubre de dicho año de 1934, el rey Alejandro de Yugoslavia y Luis Barthou, ministro de Asuntos Exteriores francés, fueron asesinados en Marsella. Ambas pérdidas fueron muy jodidas, pero especialmente la segunda. Con Barthou se fue el más firme político francés contra la tendencia alemana de no respetar los tratados de posguerra. Fue sucedido por Laval, un tipo mucho más voluble y acojonable; justo el tipo de gente que Hitler quería tener enfrente.

Llegó 1935. Es el año del referéndum del Sarre, que dejó a los aliados con el belfo caído y cara de idiotas; y el año, en realidad, en el que el Eje enseña los dientes por primera vez y comienza a sospechar que su contrincante de la mesa va de farol con sus amenazas. Pero no será Hitler el centro de la historia, sino Mussolini.

Pronto lo contaremos.