domingo, enero 03, 2010

La caída de la URSS (1): El enigma Andropov.

¿Qué tal? ¿Se ha portado bien con vosotros la Navidad y el nuevo año del 2010? Espero que sí. Al menos, el año todavía no ha tenido tiempo de haceros muchas putadas. Es, al menos, mi caso.

Aquí estamos, pues, un año más, leyendo y escribiendo. Resulta reconfortante descansar, especialmente cuando se hace como yo lo he hecho, es decir en un pequeño rincón de España casi sin conexiones con internet en el que ni el correo electrónico he podido leer. Pero también resulta reconfortante volver. La monotonía, cuando es una monotonía voluntaria y deseada, y escribir este blog lo es, también tiene su punto.

Y empezamos el año 2010 con algún que otro post (pienso que podrían salirme unos tres, más o menos) que quisiera dedicar al asunto del derrumbe de la URSS. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas es el único gran imperio multinacional que hemos visto caer, hasta ahora, en la Historia de la Humanidad. Quedó herido de muerte con la caída del Muro de Berlín en 1989, aunque aún existiría algún tiempo después, para finalmente disolverse como un azucarillo tras un fallido golpe de Estado que buscaba, entre otras cosas, mantener un pasado ya imposible.

La URSS, pues, desapareció básicamente entre 1982, año de la muerte de su último gran líder, Leonid Breznev, y diez años después. Y cayó, paradójicamente, por haber conseguido, al fin, lo que siempre ansió, el gran sueño de Stalin: equipararse militarmente con su gran contrincante, es decir los Estados Unidos. Pero supongo que ya llegaremos a eso a su debido tiempo, cuando hablemos de los años de las conversaciones armamentísticas. Hoy os quiero hablar de otra cosa, de un misterio. Lo que yo llamo el misterio Andropov.

En la Historia hay personajes, muchos personajes, que son un misterio. La mayoría de ellos, porque no llegaron donde pretendían llegar, o llegaron durante poco tiempo. De los perdedores y de los breves, en efecto, sabemos siempre mucho menos que de los ganadores y longevos.

Hoy, como ya os he dicho, me gustaría hablaros de uno de esos misterios. Un personaje sobre el que sabemos poco o nada, por varias razones. Primera, porque estuvo en el escaparate del interés mundial durante muy poco tiempo, puesto que conseguir colocarse al frente de la URSS y enfermar gravemente y morir en consecuencia, fue todo uno. Segundo, porque la propia URSS no es precisamente un dechado de transparencia. Y tercero, porque el oscurantismo de la URSS, unido a la brevedad de Yuri Andropov como su jefe, hacen que no tengamos, en realidad, claro cuáles fueron las intenciones de este dirigente. Sucintamente, hay quien ve en Andropov un mandatario soviético más que aportó escasas novedades. Yo creo en eso más bien poco. Creo, y por eso escribo este post, que el mandato de Andropov, en realidad, fue la primera victoria del bando reformista de la URSS, y la primera intentona seria, aunque torpe o quizá precipatada, de reforma y cambio en el país. La URSS desapareció a principios de los noventa. Pero cabe, a mi opinión, preguntarse si ese proceso no se habría adelantado en el caso de que los riñones de Yuri Andropov no hubiesen dicho adiós en febrero de 1983.

¿Es posible contar en pocas palabras el final de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas? Todo es posible y, en realidad, imposible. Pero la respuesta más ajustada es negativa. A mi modo de ver la URSS es, quizá, junto con la civilización romana, el imperio más complejo en su estructura que encontramos en la Historia. Y si, en el caso de Roma, encontramos la dificultad de la escasez relativa de fuentes fiables, dicho problema, en el caso de la URSS, se eleva al cubo o a la cuarta potencia, pues si bien la URSS, como hecho histórico moderno, debería ser una realidad relativamente sencilla de documentar, su férrea cerrazón hace que sepamos de ella mucho menos de lo que sabemos de regímenes que existieron décadas o siglos antes.

La historia de la URSS es la historia de una alternativa. La gran novedad del siglo XX, aunque es una novedad relativa, es el cambio de sistemas por los cuales un imperio ejercía la hegemonía geopolítica del mundo hacia un sistema dual en el que ya no es un imperio, sino dos y además opuestos, los que ejercen dicho poder. En el siglo XIX surge todo un sistema político alternativo, el marxismo, que sale por primera y principal vez de los libros y de la discusión académica para convertirse en una praxis de gobierno con la revolución rusa y la creación de la URSS. El bolchevismo fue desde su inicio un bolchevismo internacionalista; puesto que propugnaba la necesidad de una evolución histórica de la Humanidad, en un momento u otro debía afectar a la totalidad de ésta. Así pues, el marxismo-leninismo siempre tuvo un claro y evidente objetivo internacionalista que, necesariamente, lo tenía que convertir en una oferta evolutiva para las diferentes naciones del mundo.

Al terminar la segunda guerra mundial, que fue ganada por una extraña coalición contra natura entre fuerzas políticas netamente conservadoras, como el inglés Winston Churchill que, entre otras cosas, no le hacía ningún asco al régimen franquista en España, y el internacionalismo marxista de la Unión Soviética, ambas mitades de la coalición (conservadores y comunistas) optaron por una solución elegante por la que se repartían zonas de influencia, como si de esa manera fuesen a ser capaces de convivir en la misma jaula sin pelearse. Si hubo alguien que creyó esto alguna vez, quedó claro que no sería así incluso antes de terminar formalmente dicha guerra, pues las famosas bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki no dejaron de ser, en acertada metáfora de Gore Vidal, una patada a Stalin en el culo del Japón. Con extraordinaria rapidez surgió la llamada Guerra Fría, que se basó en cuatro premisas: en primer lugar, una carrera armamentística, fundamentalmente nuclear; en segundo lugar, el desplazamiento de los enfrentamientos bélicos a la amplia zona del mundo de la que no se habló en Yalta, es decir el Tercer Mundo; en tercer lugar, una guerra cainita en el terreno económico-tecnológico, buscando el objetivo de hacerse cada día más fuerte, debilitando al contrario hasta el punto de hacerlo desaparecer; y, en cuarto y último lugar, una guerra ideológica.

De estas cuatro guerras frías, una quedó en empate, la armamentística. Otra, la del Tercer Mundo, pareció haberla ganado la URSS tras la debacle de Estados Unidos en Vietman, aunque la rápida reacción de Nixon terminando por romper el eje Moscú-Pekín logró unas tablas. La guerra económica y tecnológica fue ganada por Estados Unidos por goleada, y esta es, en el fondo, la gran razón de la caída de la URSS. Y, por último, la guerra ideológica fue claramente ganada por los soviéticos, los cuales, durante siete décadas, mantuvieron en su país y las naciones satélites dictaduras en ocasiones atroces, con más muertos en el armario de los que casi puede exhibir cualquier otro dictador de la Historia; y, sin embargo, gracias al apoyo de una sección muy amplia de la intelectualidad occidental, lograron aparecer, al mismo tiempo, como la vanguardia del progresismo mundial.

Lo que sabíamos de la URSS mientras existió fue muy poco. En primer lugar, porque los propios soviéticos no hablaban de sí mismos, como no fuera para contar milongas cubanas (nunca mejor dicho) cuya identificación con la realidad era muy, muy, pero muy, relativa. Y, en segundo lugar, porque contaban con toda un tropa de voces prestigiosas (eso es lo que son los llamados intelectuales) que durante décadas aceptó acríticamente la esencia de estas versiones propagandísticas. Decenas de intelectuales viajaron más allá del Telón de Acero, donde fueron amablemente recibidos por funcionarios disfrazados de guías turísticos, que les enseñaron lo que les quisieron enseñar, y ellos aceptaron lo visto como la verdadera URSS (o la verdadera China; que Mao también le hizo el mismo trile a más de uno, y más de dos).

Así, nos encontramos ejemplos como el del periodista norteamericano Louis Fischer, gran amigo del primer ministro español Juan Negrín e intelectual muy querido por el estalinismo; el cual logró hacer una visita a la Ucrania estalinista, en la que en ese momento había millones (repetimos: millones) de personas muriendo de hambre (repetimos: de hambre), y no ver ni un delgadito por la calle. Sic transit gloria mundi.

Esta realidad oscurantista y acrítica acabó generando otro elemento colateral que es, en realidad, el que nos interesa a la hora de analizar los últimos tiempos de la URSS: la percepción de que la Unión Soviética fue, desde 1917 hasta los años noventa en que desaparece, un monolito sin cambios. Que no evolucionó lo más mínimo y que estuvo en todo momento regida por personas de la misma extracción ideológica.

Ésta, en realidad, es una visión estalinista. La URSS monolítica, absolutamente refractaria al conflicto ideológico y/o a la evolución, es un fenómeno propio de Stalin, pues el régimen estalinista se basaba en la purga simple y pura de todo aquél que no se ajustaba al esquema de la plena coherencia con las ideas y estrategias del secretario general del Partido Comunista. Pero el estalinismo murió con Stalin. A la muerte de éste se produce un enfrentamiento entre candidatos a colocarse al frente del PCUS, fundamentamente entre Kruschev y Malenkov. En la resolución de este enfrentamiento se produce la primera novedad evolutiva de la URSS. Con Stalin, el ejército había sido un instrumento más de su poder, y de hecho Stalin purgó a todos los militares que no le gustaron. Pero con la muerte del líder, el ejército eclosionó como familia de poder dentro del régimen soviético, como fuerza propia; quizá, incluso, como el principal lobby político de la URSS, pues toda la evolución que se produce desde entonces gira, de alguna forma, alrededor de los intereses y reivindicaciones de los militares.

Malenkov se inclina por un entorno de entendimiento con Occidente que debería suponer una mitigación de la escalada armamentística. Sin embargo, la escalada armamentística es el gran argumento que le permite al ejército soviético tener acceso a recursos presupuestarios ingentes, tecnología, y otras gavelas. La estrategia de Malenkov, por lo tanto, habría supuesto una pérdida objetiva de poder del ejército soviético, razón por cual el lobby militar apoya con claridad al otro candidato, Kruschev, entonces decidido a apoyar una continuación de la carrera armamentística y una confrontación constante con los Estados Unidos, que es lo que le conviene al estamento militar.

Una vez en el poder, Kruschev condena el estalinismo (aunque esa condena no se conoció hasta dos décadas después), elimina el terror y la represión física como un elemento de dialéctica política e inaugura una nueva etapa en la Historia de la URSS: una etapa en la que las distintas sensibilidades del régimen se pueden desplegar y actuar, incluso en desacuerdo con el secretario general, sin por ello exponerse a ser torturados, enjuiciados por traidores y ejecutados.

La URSS posestalisnista es claramente más democrática que la estalinista, aunque se parece a una democracia lo que yo a George Clooney. Pero inicia un proceso que ya no tendrá fin y que se puede formular con facilidad. Desde Stalin, la lista de secretarios generales del PCUS es: Nikita Kruschev, Leonid Breznev, Yuri Andropov, Konstantin Chernenko y Mihail Gorvachov. Y la formulación es: cada uno de ellos va teniendo menos poder personal efectivo que su antecesor.

Kruschev firmó un pacto con el ejército que les garantizaba su preeminencia en el sistema soviético, pero acabó con el terror estalinista, con lo que creó la posibilidad de la oposición en su seno. Cuando, para más inri, los hechos le hicieron cambiar su punto de vista militarista, pues aprendió, en la famosa crisis de los misiles, que la guerra nuclear era algo que podía ocurrir, los mismos militares que lo habían encumbrado maniobraron junto con otros opositores para hacerle dimitir. La defenestración en vida de Kruschev fue una forma traumática de enseñar a los hombres de poder soviéticos que el principio hasta entonces sacrosanto según el cual los máximos mandatarios comunistas morían en la cama y en el poder, era falso. El primero que aprendió la lección de que podían botarlo fue Leonid Breznev, quien en consecuencia mutó el sistema soviético en un sistema basado en el equilibrio entre las distintas familias o sensibilidades de la casa común bolchevique. Don Leónidas fue, por lo tanto, una especie de primus inter pares, generó un régimen consensual, además de intensamente gerontocrácico e ineficiente, porque le costaba tomar una decisión más que a mí comprar un décimo de lotería.

Como consecuencia de este esquema basado en dejar a todo el mundo al menos un poco contento, la URSS se convirtió en el complejísimo sistema de poder que durante décadas trató de entender Occidente, no siempre con éxito.

Lo primero que tiene que entender todo lector acostumbrado a nacer, crecer y desarrollarse en el ámbito de un régimen parlamentario es que, en la Unión Soviética, lo principal no eran ni el poder legislativo ni el que llamamos ejecutivo. Quien realmente mandaba no era ni el parlamento ni el gobierno, sino el Partido. El comunismo bolchevique es un régimen político de partido único, un régimen basado en la existencia teórica de una vanguardia intelectual-estratégica que es la que sabe realmente lo que hay que hacer para llegar a las diferentes etapas del comunismo y, consecuentemente, manda sobre todos y sobre todo: sobre la elaboración de las leyes, sobre su aplicación, sobre la justicia, sobre la prensa, sobre el arte... Por lo tanto, para hablar de poder en la URSS, de lo primero de lo que hay que hablar es de poder en el seno del PCUS, Partido Comunista de la Unión Soviética.

Como en todo partido político, teóricamente, muy teóricamente, el principal órgano de decisión es el Congreso. Esto no es ninguna novedad. No hace falta salir del mundo democrático para darse cuenta de que eso de que los congresos mandan en los partidos es una milonga del tamaño de las torres Petronas que no se la creen ni los cuatro giles que se atreven a formularla de vez en cuando.

Hay que reconocer que Vladimir Lenin, persona a la que se le pueden señalar muchos defectos, tuvo sin embargo una sincera intención por conseguir que los congresos del PCUS fuesen realmente efectivos, y consecuentemente favoreció que sus reuniones albergasen auténticos debates abiertos sobre muchas cuestiones; debates que Josif Stalin cortó de cuajo a base de asesinar a quienes en los mismos habían disentido con él. Con Stalin, el Congreso del PCUS se convirtió en una mera ocasión para acumular aplausos de decenas de minutos hacia la persona del Secretario General y mutó, por lo tanto, en algo tan inútil que durante el estalinismo apenas se convocó tres veces.

El Congreso del PCUS elegía el Comité Central del partido, con la misión de ser el máximo órgano de decisión entre congresos; lo cual, teniendo en cuenta que los congresos se demoraban años en celebrarse, tiene su importancia. Pero el Comité Central, en todo caso, fue una institución que fue herida de muerte por Stalin, quien lo convirtió en un órgano con un número claramente excesivo de miembros como para que fuese efectivo; tras Stalin, el Comité Central pasó a ser un órgano con unos 400 miembros, entre los que se encontraban los dirigentes de los partidos comunistas de las diversas repúblicas; los dirigentes de los órganos de planificación económica, industrial, cultural; los directores de los medios estatales (los únicos), científicos destacados, artistas, mandos militares, policiales, sindicales... Cualquiera que sepa algo de las estructuras del franquismo entenderá el efecto, pues, en el fondo, la figura del Comité Central se parece mucho al Consejo Nacional franquista (y sus eficiencias políticas efectivas son muy parecidas).

En realidad, el Comité Central del PCUS sólo adquiría importancia decisora en el caso de que el Politburo no alcanzase un acuerdo. Desde luego, en toda la Historia de la URSS no creo que se pueda encontrar ni un solo caso de una medida acordada por el Politburó que fuese rechazada, ni siquiera significativamente enmendada, a su paso por el CC.

Quien realmente tenía el poder en el sistema soviético eran el Secretario General y el Politburó. El Politburó, también llamado Presidium durante algunos años de su existencia, era el órgano de toma de decisiones del partido. De él se ha dicho que era el único órgano soviético en el que ser miembro y votar tenía un poder efectivo. Su tamaño era adecuado a la toma de decisiones (entre 12 y 16 miembros) y albergaba a todos quienes cortaban el bacalao: el propio secretario general del Partido; los secretarios del Comité Central encomendados de las materias estratégicas (defensa, industria, etc.); los dirigentes de los partidos comunistas de las grandes repúblicas (Rusia, Ucrania, Georgia...); así como los máximos responsables del Consejo de Ministros y el Soviet Supremo (a modo de parlamento de los parlamentos de las diferentes repúblicas).

El Politburó de 1984, apenas cinco años antes de la caída del Muro, tenía 12 miembros de pleno derecho y 6 miembros candidatos. De todos ellos cinco habían nacido antes de 1910 (Gromyko, Tikhonov, Ustinov, Kuznetsov y Ponomarev); y seis más habían nacido antes de 1920 (Chernenko, Grishin, Kunayev, Solomentsev, Shcherbitskiy y Demichev). El más joven de todos éstos, el ministro de Cultura Demichev, tenía 66 años, y entre todos ellos eran bastante más de la mitad de los miembros (sin olvidar que uno de los del grupo, Chernenko, era el secretario general y presidente del Soviet Supremo, o sea el que mandaba). Sólo había, en aquel año, tres miembros de menos de sesenta años: Viktor Vorotnikov, primer ministro del gobierno de la república rusa, tenía 58 años; Edvard Schevardnadze, primer secretario del Comité Central del Partido Comunista georgiano, tenía 56; y, finalmente, Milhail Gorvachov, secretario del Comité Central, tenía 53 años.

Estos datos vienen a dejar claro otro factor fundamental: el Politburó fue el núcleo duro de la gerontocracia soviética. En aquellos convulsos años ochenta medio mundo occidental se echaba las manos a la cabeza porque Estados Unidos eligiese a un presidente chocho como Ronald Reagan, cuando Reagan habría sido un becario recién llegado en el Politburó de la URSS.

Junto al Politburó, el Secretario General, un cargo que, una vez nombrado, era dotado de un notable poder para favorecer a los suyos en las estructuras decisorias del Partido, notablemente los secretariados del Comité Central, en un spoil system monumental que garantizaba al máximo mandatario del partido y del país tener lo que podemos llamar una estructura administrativa y de gobierno que le era fiel.

Si atendemos a la importancia temporal, Leonid Breznev es el segundo gran mandatario soviético después de Stalin, a quien desde luego creo le cabe el título histórico de arquitecto práctico del sistema soviético (los arquitectos teóricos fueron Lenin y, en menor medida, Trosky). Pero Stalin y Breznev no resisten la comparación uno del otro. Aunque Stalin tuvo sus momentos de indecisión casi humillante (existen bastantes indicios de que su primera reacción a la invasión de la URSS por Hitler fue cagarse de miedo), no se le puede negar que se echó a las espaldas una nación de decenas de millones de personas, aislada políticamente en el orden mundial, y tomó personalmente los resortes del poder sin compartirlos prácticamente con nadie. Esta dictadura personal, sangrienta y extremadamente posibilista (todo lo que es bueno para mí, es bueno) costó millones de vidas, pero construyó un imperio potente y capaz, lo cual justifica la actual existencia de nostálgicos del estalinismo.

Sin embargo, ¿acaso existen los nostálgicos del breznevismo? La palabra ni siquiera existe. Este contraste ya nos está diciendo algo importante, y es que si bien en los tiempos de Stalin la URSS creció, en los de Breznev lo que hizo fue sumirse en un caos pavoroso. Como he escrito unas líneas más arriba, si una guerra fría ganó Estados Unidos por goleada, ésa fue la económico-tecnológica; y la ganó, precisamente, durante los años de Breznev; aunque, paradójicamente, fueron los años en los que más pareció que ocurría todo lo contrario, y es por eso que ambas potencias abrieron las llamadas conversaciones SALT.

El gran problema de la URSS, a mi modo de ver, fue el enorme poder del lobby militar. Hasta la muerte de Stalin el ejército sirvió a la revolución, pero tras dicha muerte en realidad lo que ocurrió fue exactamente la recíproca. Consecuentemente, todos los esfuerzos tecnológicos que hizo la URSS durante su existencia, con la única excepción de la carrera espacial (una carrera de coroneles, por cierto) se dirigieron al ámbito militar. En una economía centralizada, al no existir las actividades de riesgo y la competitividad, esos avances se embalsaron en el ámbito militar, cosa que no ocurrió en los Estados Unidos, país donde los esfuerzos bélicos y de la carrera espacial alumbraron un montón de avances, desde el velcro hasta internet, desde los joystick hasta las hojas de cálculo, que acababan revirtiendo en productos civiles y en desarrollo.

Para que eso hubiera ocurrido en la URSS hubiera hecho falta que la URSS fuese una economía que permitiese la iniciativa privada para la gran industria; porque para, un suponer, trufar Siberia de células de telefonía móvil, es necesario tener la legítima expectativa de forrarse con ello. Pero aún aceptando barco como animal acuático y asumiendo que una economía centralizada puede conseguir esa transferencia masiva de riqueza y tecnología, aún haría falta que dicha economía fuese dinámica en su toma de decisiones. Y la URSS de Breznev era todo menos dinámica porque, siendo como era un sistema en el que la máxima obsesión de su máximo mandatario era que todos sus compañeros rectores del Partido estuviesen contentos, era un esquema en el que el consenso era conditio sine qua non y, por lo tanto, la URSS era como una San Silvestre en la que todos los corredores fuesen obligados a trotar al ritmo del más lento de todos ellos.

Como he escrito ya, durante los años setenta y primeros ochenta, el constante machaqueo de los admiradores del comunismo, que alimentaban en Occidente la visión de una URSS con estándares de bienestar equiparables a los del mundo desarrollado, visión apoyada en los dos grandes pilares de una tasa de alfabetización envidiable y una sanidad universal, escondía el hecho de que, en 1982, cuando Leonid Breznev consigue llevar a cabo su sueño de morir en la cama siendo máximo mandatario soviético, la URSS es un caos. Y el principal elemento de ese caos son las enormes dudas en torno al que debe ser el sucesor adecuado al frente del PCUS.

Tengo por mí, porque todo esto es algo meramente subjetivo, que ya en 1982, a la muerte de Don Leónidas, la verdadera pugna por el poder es entre los dos hombres que acabarán por tenerlo más tarde: por un lado Konstantin Chernenko, un hombre forjado en las estructuras de propaganda del PCUS, que en 1982 tiene ya 71 años y a quien nunca se le leyó ni escuchó una idea original, es el candidato de la gerontocracia formada por la clase política que tuvo la suerte de ser aún demasiado joven cuando Stalin iba por las calles apiolándose camaradas; y por otro, Mihail Gorvachov, joven y con contactos en el sovietismo reformista, los jóvenes cuadros del Partido Comunista que, como los «azules» que hicieron la Transición española, se dan cuenta de que hace falta un cambio o evolución.

Sin embargo, y éste es el primer misterio, el elegido es Yuri Andropov. ¿Por qué?

El primer elemento es muy primario: suerte. Para llegar a la Secretaría General del PCUS, Yuri Andropov tuvo una suerte de cojones. La muerte de Breznev en 1982 se produjo algunos meses después de la de Mihail Suslov, el jefe de la policía secreta KGB (así como secretario del Politburó apra asuntos ideológicos, puesto clave para controlar los medios de comunicación estatales). La muerte de Suslov obligó al KGB a buscar un nuevo jefe, y éste fue Yuri Andropov, que para eso había hecho su carrera en la institución (lo cual, por cierto, le convierte en un atípico líder de la URSS, puesto que la mayor parte de los mandamases soviéticos se foguearon en los partidos comunistas de las diferentes repúblicas soviéticas; sin embargo, es exactamente el modelo de Vladimir Putin, quien procede del mismo KGB). Merced a esta coincidencia, cuando Breznev murió, Andropov estaba en el Politburó, algo sin lo cual no habría podido ni soñar con ser secretario general del PCUS.

Como directa consecuencia de lo antedicho, Andropov tuvo otro elemento fundamental para defender su candidatura, que es el propio KGB. La sucesión al frente de la URSS fue siempre un difícil juego de poder en el que valía todo, incluido el descrédito. Andropov fue rápidamente propuesto para formar parte del secretariado del PCUS, un puesto de gran importancia para poder postularse como heredero de Breznev. Suslov era miembro de dicho Secretariado, pero eso no quería decir, necesariamente, que su sucesor lo fuese también. Andropov, sin embargo, lo consiguió con rapidez, y cabe preguntarse por qué. ¿La respuesta es el apoyo del KGB? No lo creo. Pero el KGB sí fue extraordianriamente útil a la hora de desacreditar a los posibles rivales. En el Politburó había otros dos miembros también integrados en el Secretariado del partido: Kirilenko y Gorvachev. El segundo era fácil de descartar por su juventud (51 años a la muerte de Breznev) y el primero quedó rápidamente desacreditado por rumores y otros movimientos orquestales en la oscuridad. ¿Casualidad?

Permanece sin contestar, sin embargo, la pregunta. ¿Quién, y por qué, elevó a los altares a Yuri Andropov? Vistas las cosas con perspectiva histórica, la más probable, quizá única, respuesta, es: el ejército. Mejor deberíamos decir el complejo militar-industrial soviético. A la muerte de Breznev se cumplían casi 30 años de la muerte de Stalin, y ése era, como ya he apuntado, el periodo durante el cual los destinos de la URSS habían estado adecuadamente monitorizados por el ejército,el cual se encontraba, en el momento de la muerte del líder de las espesas cejas, a punto de conseguir lo que tanto había ansiado: la igualdad, superioridad incluso, de su maquinaria armamentística frente a la estadounidense. El ejército soviético necesitaba alguien que no pusiera eso en peligro. Alguien que, hiciese lo que hiciese, no pusiera en tela de juicio la carrera armamentística. ¿Existía en 1982 algún Malenkov en el Politburó? Es posible que sí. También lo es de que no. Pero lo que yo tengo por claro es que el ejército movió sus fichas para que no hubiese que hacerse la pregunta.

Según lo veo yo, Andropov es el producto de una transacción. La transacción entre el deseo del estamento militar de no abandonar la carrera armamentística y el sentimiento existente tanto en el Comité Central como en el Politburó, especialmente entre los más jóvenes, de que era necesario hacer que la URSS superase su estado de esclerosis. Porque el país, en efecto, había pagado un carísimo precio a cambio de ser una potencia militar: el precio de ser un país que, simple y llanamente, no funcionaba. De alguna manera, pues, las espaldas de este desconocido tecnócrata ruso fueron las que recibieron una carga más pesada: la carga de seguir siendo un elefante y, al tiempo, ser capaz de endurecer los pies de barro.

Por lo demás, Andropov fue, probablemente, el líder soviético más preocupado por los fenómenos de la imagen pública (esto quiere decir: el único que los entendió). Hizo, por ejemplo, que sus terminales del KGB distribuyesen por Occidente la historia de que admiraba la cultura occidental y que incluso escuchaba rock and roll en la intimidad (otros hablan catalán). Además, hizo nombramientos en el campo de los medios de comunicación que pueden interpretarse como una línea más aperturista; así, el de Mihail Zimianin como secretario de propaganda del Comité Central, el de Boris Stukalin al frente del propio departamento de propaganda del Comité, o el de Viktor Mishin como máximo responsable del Komsomol.

Asimismo, comprendió que el oscurantismo sobre los problemas de la URSS no colaboraba en su solución y por eso, en un movimiento que en su momento sorprendió al mundo, trufó sus primeros discursos de alusiones directas y sin ambages a los problemas económicos y sociales del país. De la noche a la mañana, la URSS pasó de aplaudir los discursos breznevitas, repletos de autocomplacencia leninista, a vitorear intervenciones en las que se sucedían, unos tras otros, los tirones de orejas y las denuncias de ineficiencia.

Los mensajes de Andropov tuvieron que sonar revolucionarios a oídos de quienes estaban acostumbrados al sota, caballo y rey del estalinismo rampante. De repente, el secretario general del Partido, el tipo que se sentaba en la misma poltrona de Stalin, de Kruschev, de Breznev, el tipo que había sido aclamado como máximo intérprete de Lenin, hablaba de que los subsidios para sostener los niveles de precios de los bienes eran excesivos; hablaba de que las diferencias salariales entre los diferentes niveles de responsabilidad en las fábricas eran demasiado estrechos; y hablaba de que la Administración era un monstruo burocrático.

En puridad, Andopov nunca intentó un cambio de las estructuras. Nunca intentó, por lo tanto, una perestroika al estilo de la que años después realizaría Gorvachov, y que hizo saltar las costuras del régimen político que nos iba a llevar a los humanos al fin de la Historia. Pero es lo cierto que tampoco tuvo tiempo, porque en 1983, cuando apenas había echado dos pises y medio al frente de la URSS, sus riñones fallaron y comenzó una rápida y fallida batalla contra la muerte. Sin embargo, exiten indicios de que tenía, cuando menos, la intención de cambiar las cosas.

El gran objetivo de Andropov fue la disciplina. A pesar de que como he dicho tuvo muy poco tiempo para desarrollar sus políticas, llegó a poner en marcha actuaciones concretas contra las actuaciones fraudulentas o irresponsables, regla común en un país como la URSS, en la que se podían encontrar incluso funcionarios que exigían gavelas por algo tan básico como tramitar una matrícula universitaria. En una medida sin precedentes, equipos policiales invadieron durante las horas de trabajo los locales de venta y consumo de bebidas alcohólicas (el alcoholismo es un problema endémico de la antigua URSS incluso desde antes de que existiese), los baños públicos y las tiendas, e interrogaban en el sitio a los trabajadores sobre los porqués de que no estuviesen en el trabajo (se ha estimado que en la URSS de los años ochenta, menos de un tercio de las plantillas seguían en su puesto de trabajo en las últimas horas de su jornada) y reclamándoles, tanto a ellos como a sus jefes. Centenares de ejecutivos fueron despedidos y algunos fueron incluso imputados de corrupción.

En el verano de 1983, Andropov anunció una reforma que entraría en vigor el 1 de enero de 1984. Merced a este cambio, todas las empresas e instituciones dependientes de cinco ministerios cambiarían sus reglas de funcionamiento, con lo que los gerentes recibirían mayor libertad de decidir cómo retribuirían a sus mejores empleados, cómo introducirían mejoras tecnológicas en los procesos y, por último, cómo reinvertirían los beneficios en la propia empresa. No existen noticias de que tras dicho anuncio la momia de Lenin se levantase y se cagase en la puta madre de su sucesor; pero eso es así tan sólo porque era una momia.

A pesar del posible cabreo del padre del nuevo marxismo, las reformas de Andropov fueron leves. De hecho, comparadas con la perestroika de Gorvachov, empalidecen. Lo cual hace pensar que, o bien nunca pensó en realidad en darle la vuelta a la URSS como un calcetín, o que sabía que no podría. Ahí reside eso que podríamos denominar el misterio Andropov.

Como he dicho, nunca sabremos a ciencia cierta qué es lo que ocurrió en los pasillos del Kremlin durante aquellos meses de 1982 y 1983. Pero hay elementos que hacen pensar que la lucha fue dura. Andropov convocó en agosto de 1983 una conferencia de altos dirigentes del Partido para reclamar apoyo a sus reformas. En dicho encuentro anunció que en el vigésimo plan quinquenal (1986-1990) se ampliaría dicha reforma a otros sectores de la actividad del país. 48 horas después, los responsables del Comité de Planificación Estatal contestaron con una medida soviéticamente inusitada (la convocatoria de una rueda de prensa) en la que trataron de transmitir una imagen de la economía soviética mucho más positiva de la que defendía su propio líder. Es evidente, por lo demás, que en los resortes del poder existía un partido reformista muy poderoso, gracias al cual Andropov consiguió acumular en medio año cotas de poder personal que a Breznev le costaron más de 12 años: presidente del Comité de Defensa, presidente del Presidium del Soviet Supremo, etc.

Asimismo, en apenas unos meses, Andropov cesó a más de una decena de máximos líderes de los partidos comunistas nacionales y regionales; y no sólo eso, sino que en casos los sustituyó por personas que hasta entonces habían estado en los estamentos medianos del poder.

Mientras ocurría todo eso, sin embargo, los riñones de Andropov comenzaron a funcionar mal, y en el mismo mes de agosto de su conferencia de líderes del Partido fue inhabilitado y ya no se le volvió a ver en público. ¿Fue una casualidad? ¿Enfermó realmente Andropov?

Gran parte de los cambios realizados por Andropov durante su mandato beneficiaron directamente a Gorvachov. En el verano del 83, cuando fue inhabilitado, ya nadie o casi nadie dudaba de que consideraba al joven político su sucesor. Sin embargo, no fue quien lo sustituyó al frente de la URSS. Tras la desaparición de Andropov, fue nombrado para regir la URSS Konstantin Chenenko, un hombre cuya salud ya hacía aguas entonces y que tenía un carisma y una creatividad ambos rayanos a cero. Su proclamación tiene toda la pinta de una reacción desesperada de la gerontocracia soviética por ganar tiempo para conseguir un candidato más sólido. Meses más tarde, sin embargo, Chernenko moría y, en un movimiento para entonces ya inevitable, le sustituía Gorvachov.

La gran pregunta es si un Yuri Andropov que no hubiese desaparecido tan pronto como apareció habría adelantado un proceso que hoy conocemos bien de progresiva desintegración de la Unión Soviética. Razones hay para sostener tanto el sí como el no. Yo, personalmente, creo que un porcentaje nada despreciable de los planes que Gorvachev desplegó en la URSS a finales de los ochenta ya estaban en la cabeza, no sé si en el cuaderno azul, de Yuri Andropov. Sin embargo, los tiempos, en los primeros ochenta, eran aún demasiado prematuros para cambiar la faz del país. Entonces, la URSS era, al menos de fachada, aún demasiado poderosa. Entonces, probablemente aún quedaban en los centros de poder demasiadas personas que consideraban que la URSS estaba cerca de vencer sobre los EEUU y, consecuentemente, eran totalmente refractarios al mensaje de que el país necesitaba un cambio radical. Diez años después, muchos de estos refractarios estaban muertos, otros muchos estaban agotados y el resto eran minoría, como claramente demostró el golpe de Estado que nos dejó la imagen de Boris Yeltsin subido a un carro de combate frente al edificio de la Duma.

Por alguna razón que los que no boxeamos no conseguimos comprender, el boxeador que ya está vencido pero aún no está noqueado se obstina en seguir en pie, en el ring, recibiendo hostias, hasta que su cara no distingue del culo de un mandril, su cerebro es pura pulpa y él está para la UVI. ¿Intentó Andropov tirar la toalla?

Tal vez sí.

Y tal vez, no.