lunes, enero 11, 2010

La caída de la URSS (y 3): Cuanto mejor, peor

En la Historia son relativamente frecuentes los casos en los que un actor, sobre todo un imperio, cae en el pozo del colapso justo cuando aparentemente ha triunfado. Le pasó, por ejemplo, al imperio español, que en los tiempos de Felipe II era temido en el mundo entero y admirado por no pocos, cuando en realidad lo que estaba haciendo era poner los cimientos de su final. La URSS es otro caso. El comunismo bolchevique tuvo, tras su implantación en Rusia, el objetivo de consolidar primero, y extender después, la revolución mundial proletaria. Pero con la segunda guerra mundial, todo cambió. En la segunda guerra mundial el actor principal del mundo occidental cambió. Gran Bretaña se retiró y entró en danza un nuevo imperio global, el americano, que era además sanguíneamente anticomunista. Desde 1945, por lo tanto, el objetivo de la URSS ya no fue extender la revolución mundial, sino competir con EEUU por la supremacía mundial; y, de hecho, todos los muchos intentos de la URSS por extender la revolución mundial por el Tercer Mundo no son, en realidad, bienintencionado internacionalismo proletario, sino parte de este enorme Stratego que llamamos Guerra Fría.

Todo lo que quería la URSS era producir más que Estados Unidos y, sobre todo, ser más fuerte. Tener más músculo. En algún momento a finales de los años setenta, lo consiguió. Finalmente, después de décadas de durísima existencia, la URSS consiguió ser una potencia militar superior a la americana. Había dedicado en ello la totalidad de sus recursos económicos. Había sacrificado en aquel altar cosas tan importantes como la satisfacción de sus ciudadanos. Pero lo había conseguido. Y, el mismo día en que lo consiguió, a partir de ese mismo puto segundo, empezó a caer.

En lo que normalmente se denomina el primer periodo Breznev, el que va de 1964 a 1968, la carrera militar soviética experimentó un empujón de la leche. No olvidemos que Kruschev fue invitado a cesar como líder del PCUS por el lobby militar-industrial, que lo encontraba excesivamente acojonado con la amenaza nuclear; y que Breznev, su sucesor, fue siempre un tipo cuya obsesión era que ninguno de los poderes del país le pusiera la proa, así pues sabía bien que si le habían nombrado era para que fabricase más balas.

Entre 1969 y 1979, a causa sobre todo de que EEUU empezaba a sacudirse el problema de Vietnam, a que, les gustase o no a los soviéticos, en los países satélite había cosas que se movían, y a los movimientos americanos respecto de China (de los que espero hablemos pronto), la URSS entró en un periodo de mayor entendimiento con los Estados Unidos, aunque sin abandonar la carrera armamentística. Con la llegada de la década de los ochenta, este entendimiento se fue al garete, en un movimiento por el cual Occidente contestó con un «envido más», y acabó ganando la partida.

Se ha estimado que a principios de los setenta la URSS consiguió la paridad en poder militar respecto de los EEUU y que, a lo largo de la década, obtuvo alguna ventaja. Esto cambió radicalmente la calidad de su posición en las negociaciones armamentísticas. Además, dichas negociaciones tenían una plena base racional, porque ambas partes habían construido ya unos arsenales militares capaces de destruir la Tierra varias veces, lo cual era a todas luces exagerado.

La URSS breznevita, en todo caso, tenía una razón más para buscar niveles de acuerdo con Washington. Había llegado a equipararse con los EEUU, pero eso lo había hecho, como decía antes, a costa de su sistema económico, que estaba en estado de puta mierda. El octavo plan quinquenal (1965-1970), en el que se planificaron reformas importantes en la economía para hacerla más eficiente, fracasó estrepitosamente. Así las cosas, a principios de los setenta la única forma que tenía la URSS de mantener a flote su estructura económica era importar de Occidente la tecnología que sus estructuras mal diseñadas y peor gestionadas no habían sido capaces de generar.

A finales de los años setenta, sin embargo, el buen rollito entre las potencias se acabó. Yo creo (y esto, más que muchas otras cosas, es una opinión personal) que la razón principal del cambio de opinión del Politburó fue que los años de cierta amistad con Washington no habían podido evitar que los sucesivos presidentes americanos siguiesen la estela de Richard Nixon y mantuviesen unas excelentes relaciones con China (en la medida en que pueden mantenerse buenas relaciones con un país tan opaco como la China comunista, mediando además el problema de Taiwán). Pero no puede obviarse el otro gran factor. Las dos grandes crisis del petróleo de aquella década (1973 y 1979) habían demostrado la vulnerabilidad del poder de Estados Unidos y, en consecuencia, la URSS estaba por delante militarmente hablando. La crisis de los rehenes de Teherán, dolorosa y humillante para los Estados Unidos, vino a ser el gran síntoma de la debilidad americana. En este entorno, la URSS decidió que era el momento de imponer su ritmo y sus reivindicaciones.

Sin embargo, como ya he dicho, a menudo es cuando uno se cree el más fuerte cuando le aparecen los problemas insolubles.

En primer lugar la URSS, que acababa de ver a EEUU meterse en un pozo como Vietnam del que no salió sino excrementado, hizo exactamente lo mismo. En 1979 comenzó sus movimientos de invasión de Afganistán y cinco años después tenía 105.000 soldados enfangados en el apoyo al gobierno de Babrak Karmal. Moscú acabaría saliendo de allí con el culo prieto igual que los americanos de Vietnam (y quién sabe si de Afganistán, again) y, además, por el camino entró en una dinámica de enfrentamiento con los Estados Unidos, especialmente cuando acabó por tener conciencia de que quienes le combatían recibían asesoramiento americano.

Asimismo, el gran imperio soviético, como digo justo en el momento en el que había conseguido tener los bíceps más gordos del patio, tuvo que experimentar otro síntoma de que algo falla en el imperial montaje: problemas allí donde no sería imaginable tenerlos.

En el verano de 1980 las otrora tranquilas aguas soviéticas se volvieron turbulentas en el país que tenía el segundo mayor ejército del Pacto de Varsovia: Polonia. Polonia, con sus 36 millones de almas, no era Checoslovaquia; allí, la reacción prodemocrática jugaba un juego mucho más jodido para Moscú. En los siguientes meses, Moscú amagó todo lo que hizo falta para amenazar con una intervención militar directa en Polonia si el propio gobierno local no ponía las cosas en su sitio frente a los empleados de los astilleros de Gdansk y su movimiento sindical Solidaridad. En diciembre de 1981 un militar, Woyzek Jaruzelvsky, toma el poder del Partido Comunista Polaco y del gobierno, declara la ley marcial, arresta a millares de sindicalistas, y nombra un directorio militar para que dirija el país. El movimiento de Jaruzelvsky consiguió cierta pacificación en el país e impidió la intervención armada soviética; pero no resolvió el problema polaco, y menos aún ahora que en el Vaticano se había sentado un papa polaco, Karol Wojtyla, para el cual el asunto polaco era absolutamente prioritario.

El otro gran problema de la URSS, China, no hizo sino agravarse. El presidente Roland Reagan, desde muchos puntos de vista heredero de Nixon, tomó su herencia e incluso la amplió. En 1984 el premier chino Zao Ziyang visitó Washington, un movimiento que jodió en Moscú tanto que los soviéticos, como respuesta, anularon sine die la prevista visita a Beijing de su viceprimer ministro, Iván Arkipov.

El terreno en el que se concretarían las dificultades entre las potencias durante los ochenta serían las negociaciones armamentísticas.

Durante el tiempo del buen rollo, la URSS y EEUU habían alcanzado dos acuerdos de reducción de armamentos, llamados SALT I y SALT II. El primero expiró en 1977 y el segundo no llegó a ser ratificado, pero en todo caso sus negociaciones consolidaron entre las dos potencias el acuerdo tácito de que respetarían los principios de reducción de armamento en la medida que el otro lo hiciese.

SALT I y SALT II, sin embargo, tenían dos grandes problemas. El primero es que se referían únicamente a las denominadas armas estratégicas, como las lanzaderas intercontinentales. El segundo es que sus restricciones eran meramente cuantitativas y no cualitativas. Eran como un acuerdo en el que cada parte se comprometiese a deshacerse de un boxeador: siempre existía la posibilidad de que los soviéticos se deshiciesen de Rufus Ivanov, supercampeón de los pesos tal y tal, mientras que los americanos le retirasen la licencia a John Smith, conocido en su casa a la hora de la merienda. Paradójicamente, pues, los dos primeros SALT permitían a cualquiera de las partes cumplirlos escrupulosamente mientras incrementaban su armamento.

Estados Unidos jugó en los primeros ochenta una jugada de trilero hábil. Las negociaciones iban, como he dicho, de las armas estratégicas, es decir de los pedazo pepinos capaces de saltar el charco. Como eso era lo que se estaba vigilando, Washinton puso a bailar a la OTAN, la cual decidió modernizar lo que se conoció con las siglas INF. INF quiere decir Intermediate Nuclear Force, lo cual puede traducirse por «jódete soviético, que tengo un misil a medio metro de tu culo».

Desde que los Kennedy le aguantaron a Kruchev el órdago de la crisis de los misiles, la Cuba comunista se ganó el derecho a existir mientras quiera la aorta de Castro; pero, al tiempo, Moscú perdió algo que le era totalmente necesario en el orbe mundial: un lugar en el vestíbulo de su enemigo para plantar misiles. La URSS sólo podía amenazar Wisconsin mediante armas estratégicas. Pero eso no le pasaba a EEUU. Esto hacía, de hecho, la superioridad militar soviética un hecho algo más opinable.

En 1979, la INF tomó cuerpo. La OTAN decidió desplegar 572 misiles Pershing II y crucero en terreno de Alemania, Reino Unido, Italia, Países Bajos y Bélgica. Todo estaría en su sitio en 1983. Cuando los soviéticos protestaron, la OTAN contestó: me echaré atrás si tú detienes la implantación de tus SS-20. Como diría Peter Griffin: ¡zas, en toda la boca!

El SS-20 era la niña bonita de Moscú. Un misil de alcance intermedio que verdaderamente marcaba la diferencia con los Estados Unidos. Era capaz de llevar tres cabezas nucleares, más preciso que cualquier misil de tierra que tuviese la OTAN, y muchísimo menos vulnerable a medidas antimisiles que sus antecesores el SS-4 y SS-5. La URSS había comenzado su implantación ya en 1977, y la OTAN, nos ha jodido, lo sabía.

La discusión era imposible. Estados Unidos no estaba dispuesto a eliminar la INF, pues la necesitaba para eliminar en Europa (y, muy significativamente, en Alemania) la sensación de que la URSS tenía más poder armamentístico instalado, lo cual podría llevar a Berlín a intentar llevarse bien con Moscú. Por su parte, los soviéticos defendían la idea de que la paridad armamentística entre Este y Oeste de Europa se había alcanzado antes de la INF y, por lo tanto, se negaban a quitar los SS-20. Como se ve, una discusión insoluble.

Los cálculos soviéticos eran en cierto sentido falsos. Para cuadrar el balance de fuerzas, por la parte occidental Moscú sumaba a las armas de Estados Unidos las de Alemania, Gran Bretaña y Francia; no era del todo exacto hacer esta suma, sobre todo en el caso de Francia, a quien siempre le ha gustado ser el enfant terrible de Occidente, y quién no se acuerda de Dominique de Villepin poniendo a parir a Bush por atacar Irak. No obstante, su punto de vista se demostró finalmente bastante acertado.

Al comenzar las negociaciones de reducción, la Administración Reagan puso sobre la mesa la que se conoció como Opción Cero: nada de INF a cambio de que la URSS desmantelase los SS-4. SS-5 y SS-20. Con ello, Washington inició una especie de guerra de opinión pública mundial, en la cual ambos bandos trataban de aparecer como pacifistas. La respuesta soviética llegó en 1982, ya con Andropov en el poder: se propuso limitar el número de misiles SS-20 desplegados a 162, correspondientes a la fuerza combinada de Reino Unido y Francia, y a cambio, por supuesto, de olvidar la INF. Era un trile demasiado burdo como para pasar: si un SS-20 tenía tres cabezas nucleares y un misil britanofrancés una, entonces la pretendida relación de uno a uno que proponía Andropov lo era de tres a uno.

A finales de 1983, Reagan comenzó la instalación de misiles de crucero en Alemania y Reino Unido según sus previsiones. Esto fue la ruptura. La URSS se retiró de la mesa y declaró que no volvería hasta que esos nuevos misiles fuesen retirados.

La URSS jugaba una carta. Puede que EEUU tuviese la ventaja de que no podía ser atacado de cerca por ningún estado prosoviético. Pero Moscú tenía la ventaja de que se peleaba con una democracia, es decir con un sistema que tiene oposición política, grupos civiles, todo eso. En los primeros años ochenta, las resistencias y protestas por el despliegue de los misiles en Europa fueron masivas; el papel que en esa masividad pudo jugar el dinero o la agit-prop soviética, son cosas que aún están por investigar, y la verdad no sé si se podrán investigar a fondo algún día. Sin embargo,.en el año 1983 las sociedades europeas hablaron, y hablaron con claridad con decisiones que, de alguna manera, sellaron el destino final de la URSS. En marzo de dicho año, el cristianodemócrata Helmut Kohl ganó las elecciones en Alemania; en junio, la izquierda se quedó en la acera de Italia mientras en agosto se formaba el primer gobierno Craxi, de pentapartito con participación de la Democracia Cristiana; y, finalmente, también en junio, Margaret Thatcher gana las elecciones británicas a los laboristas.

Las personas que se sienten y consideran verdaderamente de izquierdas sienten cierto resquemor hacia Felipe González y la política otanista que acabó defendiendo para España. La verdad es que el avance de los acontecimientos en los tres primeros años ochenta no le dejaba mucho margen, menos aún en un país periférico del problema como era España. Por mucho que los socialistas hubiesen ganado en España y fuesen fuertes en Francia, lo que hubo en 1983 fue un movimiento claro que le decía a Reagan: vale, tío. Coloca tus pepinos en mi jardín, y defendámonos de esos cabrones.

El aparcamiento de las discusiones sobre la INF puso en primera línea la discusión en torno a las armas estratégicas. Las armas estratégicas eran fundamentalmente ICBMs (Intercontinental Ballistic Missiles, misiles balísticos intercontinentales),. SLBMs (Submarine-Launched Ballistic Missiles, misiles balísticos lanzados desde submarinos), bombaderos intercontinentales y misiles de crucero; estos últimos con la capacidad de volar a escasos metros del suelo y, más importante aún, pilotables después del lanzamiento. Las negociaciones para la reducción de estas armas recibieron el nombre de START.

Los Estados Unidos buscaban la reducción soviética de sus ICBM, sobre todo los SS-17, SS-18 y SS-19, pues consideraban que esta fuerza era capaz de destruir la mayoría de los ICBM de tierra instalados en Estados Unidos en caso de ataque sorpresa. Por su parte, Moscú quería evitar la consolidación por parte de Estados Unidos de una fuerza también capaz de un primer ataque devastador, así como evitar el desarrollo de sus misiles de crucero.

La propuesta Reagan fue limitar las cabezas nucleares desplegadas a 5.000 (una reducción del 33%, aproximadamente), con no más del 50% de las mismas situadas en ICBM. Andropov contraofertó con una reducción del 25% de la fuerza soviética. No hubo acuerdo. Como probable respuesta a la retirada soviética de las negociaciones, Reagan comenzó su particular cruzada anticomunista, durante la cual presionó hasta la saciedad a los aliados europeos para que cesasen de intercambiar con la URSS tecnología a cambio de gas y, en movimientos que son sobradamente conocidos, apoyó todo movimiento anticomunista que surgió en Latinoamérica.



Aunque no lo sabía, en 1985, esta es, al menos, mi opinión, la URSS había perdido ya la Guerra Fría. La había perdido a pesar de tener, como he escrito, sus poderosos SS-20 desplegados y acojonando a la OTAN.

Cuando yo era un crío, apenas comía. Me recuerdo con cinco o seis años y recuerdo que sólo me gustaban los huevos fritos, los macarrones con tomate y el arroz blanco. A pesar de que a mí me parecía racional un mundo en el que un humano en crecimiento sólo se alimentase de eso y de peta-zetas, mis padres y abuelos no eran de esa opinión. Mi abuela materna tenía una estrategia para esto. Preparaba siempre comidas en las que había varios platos y varias guarniciones distintas y, como ella gobernaba la mesa, se las arreglaba para acabar consiguiendo que todas esas fuentes estuviesen rodeando mi plato. Así que yo comía cercado por la visión de todas las cosas que me tenía que comer. Aunque no es relevante para lo que cuento, diré que la estrategia fue exitosa; poco a poco, aprendí a pulirme alguna de las fuentes que me rodeaban para que así mi padre me dejase en paz, y fue de esa manera como entraron en mi vida la ensaladilla, las sardinas, las lentejas, esas cosas.

La URSS de 1985 es un poco como ese niño de mi memoria. Sentada en su silla, rumia su teórica victoria (ha conseguido la superioridad militar) intentanto no mirar las varias fuentes donde residen los diferentes puteos que acabarán con ella.

En 1985, la URSS tiene una economía descojonada. La política de disciplina de Andropov apenas ha dejado una muesca en el duro muro de una economía corrupta, borracha, ineficiente, desmotivada y a la que le falta el principal elemento de creación de riqueza, que, se pongan Michael Moore y los antiglobalización decubito prono o decubito supino, es el ánimo de lucro. En Rusia ya no funcionan ni los teléfonos. Por las calles de Moscú se cuenta el chiste del alto funcionario a quien le han dicho que no tiene que hacer cola para conseguir un kilo de salmón y, cuando va al economato, se encuentra una cola kilométrica. Protesta a gritos diciendo que él tiene privilegios y que le dejen pasar, y el último tipo de la cola le mira con displicencia y le dice: «¡Serás imbécil! ¡Ésta es la cola de los que no tienen que hacer cola!»

En especial, la política Reagan de secar tecnológicamente a la URSS ha tenido éxito. Muchos elementos cruciales del desarrollo tecnológico de los setenta y ochenta (piénsese, sin ir más lejos, en cómo avanzó la microinformática en aquellos años) nunca llegaron a ver el sol bolchevique.

Contra lo que pensaron los generales que asesoraron a Breznev en su día, lo de Afganistán no sale bien. No, como pudieron pensar, por la ayuda americana, sino por la incapacidad de la URSS, un país que como ya hemos visto nunca comprendió bien los fenómenos nacionalistas y mucho menos los religiosos, de entender la emergencia del islamismo. Prueba de ello es la política extremadamente dubitativa llevada a cabo por Moscú cuando dos países musulmanes, Irán e Irak, decidieron pelearse en el patio trasero de su mansión.

El primer factor, es decir el agostamiento económico y tecnológico, hace que la URSS comience a perder su gran as en la manga, que es la superioridad militar. En 1983, el presidente Reagan anuncia la puesta en marcha de un programa para el desarrollo de una estrategia tecnológica de defensa estratégica, un programa que ha pasado a la Historia con el nombre de Guerra de las Galaxias. Si la guerra fría fue una carrera de 1.500, entonces estamos en la última vuelta y de repente el atleta que ha ido segundo los últimos 500 metros, y que parecía cansado, de repente pega un arreón. El líder de la carrera, simplemente, no pudo seguirlo. A pesar de que la guerra de las galaxias nunca se desarrolló completamente, conforme fueron avanzándose algunos de sus logros, la superioridad soviética se iba al garete. Si Breznev y Andropov negociaron de machitos, Gorvachov lo haría en otro tono bien distinto.

China era un problema en los setenta, y ya nunca dejó de serlo. Una ideología como el marxismo sólo puede tener un líder. Los chinos, en los ochenta, ya estaban pensando en términos de eficiencia económica, y por eso le dijeron a Felipe González aquello del gato que caza ratones y tal.

Polonia. La tercera, y la vencida. Fue primero Hungría. Luego Checoslovaquia. Y, después, Walesa/Wojtyla/Reagan. La segunda mitad de los ochenta no fue la segunda mitad de los sesenta. Para entonces, el boxeador estaba ya medio sonado.

Por último, el fracaso de la estrategia soviética de buscar grietas en Europa. En este mundo nuestro en el que somos tan amigos de hablar de confluencias planetarias, en los ochenta sí que hubo una de verdad: la producida por Ronald Reagan y Margaret Thatcher. El moderno Roosevelt (Teddy) y la moderna Churchill formaron una argamasa que mantuvo el muro occidental en total unión frente a los intentos soviéticos de conseguir cancillerías más comprensivas en Europa. Hay mucho que opinar sobre Reagan y Thatcher, y no siempre bueno, desde luego. Pero este efecto es, a mi modo de ver, totalmente innegable. La URSS siempre pensó que, dado que podía susurrar al oído de los europeos la maledicencia de que los Estados Unidos, allá lejos, jugaban con pólvora del rey a la hora de presionar a Moscú, se encontró con unas cancillerías que apenas prestaron oídos a estos cantos de sirena. ¡Hasta los socialistas españoles entraron en la OTAN!

De alguna manera, en aquellos difíciles años ochenta, la URSS se ahorcó con su propia soga.