viernes, enero 08, 2010

The train who killed the guild star

Hace algunos siglos, cuando el mundo no era como ahora lo conocemos, surgieron las ciudades y villas. Las ciudades y villas acabaron con una figura hasta entonces existente, que era la del hombre autosuficiente. El hombre, hasta que existieron las ciudades, vivía, primero en su cueva, luego en su granja, y se regía por la regla fundamental de que consumía sólo aquello que era capaz de producir. La auténtica dieta mediterránea es el queso de cabra porque la España de toda la vida es un país de cabreros (frase ésta que facilita escribir el chiste fácil de que ahora es un país de cabrones).

Luego el hombre descubrió el trueque o, como se llama hoy en día, el barter. Poco a poco fue capaz de producir más de lo que necesitaba consumir, y con ese excedente se dedicó a hacer cambios con personas que fabricaban cosas que él no sabía o no podía hacer. El trueque y las ciudades alumbraron los oficios. El oficio puede definirse como aquella ocupación que no produce medios de vida, pero puede procurar su logro mediante el trueque. Si uno es guarnicionero no puede comer sillas de montar. Pero puede cambiar una por un solomillo y así, cambio a cambio, hacer lorza.

La historia económica que va de los siglos XII o XIII hasta el XVIII-XIX es, en buena parte, la historia de la lucha de estos oficios por mantener sus monopolios. El gran y principal ejemplo de esta lucha, por parte de los oficios, es el gremio. El gremio establecía las condiciones por las cuales se accedía a un oficio y, muy comúnmente, las condiciones en las que se ejercía. Es, pues, una institución exclusivista, que busca generar cotos de producción cerrados que, además de estar cerrados, son refractarios a la competencia: todo aquél que no pertenezca al gremio de alfareros no sólo no es alfafero, es que además no puede fabricar y vender productos de alfarería.

Los gremios desaparecieron por muchas razones. Un marxista diría que desaparecieron porque eran incompatibles con los intereses de la burguesía. En mi opinión, lo que mató la estrella de los gremios fue el proceso, imparable desde el siglo XVII, por el cual el mundo se fue haciendo cada vez más pequeño.

El gremio es un fenómeno que funciona en tanto en cuanto tienes dominio sobre todo aquél que quiere ejercer el oficio que representas. Es, por lo tanto, una institución claramente medieval, porque en la Edad Media las personas que vivían apenas a centenares de kilómetros de distancia apenas se conocían y trataban y era imposible contratar en Soria un carpintero de Estella (salvo para las grandes obras, como las catedrales) porque al navarro no le compensaba moverse por una puta mesa. Consecuentemente con lo que acabo de decir, conforme las comunicaciones se van haciendo más efectivas, los gremios tienen que extender su autoridad, y hacerla respetar, entre más personas.

A mi modo de ver, aunque los gremios ya prácticamente no existían entonces, la puntilla definitiva a eso que podríamos llamar el estilo de vida gremial se lo dio el ferrocarril. Nosotros, ciudadanos del 2009, no nos podemos hacer una idea de lo que supuso la llegada del ferrocarril, pero marcó un antes y un después para muchas sociedades y para todas las economías en las que impactó. Existiendo el ferrocarril, de repente era posible recorrer distancias enormes, y eso cambió la faz del comercio. El siglo XIX es el siglo del ferrocarril y, no por casualidad, el siglo de la desaparición de portazgos, fielatos, y demás aduanas locales.

Después de existir y extenderse el ferrocarril, los oficios tuvieron que cambiar su punto de vista estratégico. Ya no podían basar su supervivencia económica en la exclusividad y la eliminación de toda competencia. Tuvieron que especializarse y sofisticarse. Aunque la huella de los gremios es tan profunda que aún siguen existiendo hoy, de alguna manera, es eso que se llama colegios profesionales; instituciones que hasta antesdeayer por la tarde todavía decidían lo que podía cobrar o dejar de cobrar un abogado por su trabajo, que tiene tela.

La pregunta es: ¿hasta qué punto internet es el ferrocarril del siglo XXI? ¿Hasta qué punto el proceso de hacer el mundo más pequeño mediante las comunicaciones físicas no se ha repetido en los últimos 50 años con las comunicaciones de datos? Es un hecho que hoy el mundo es mucho más pequeño. Y se empequeñece a una velocidad que crece en progresión geométrica.

Los gremios medievales y barrocos hubieran deseado parar la Historia. Hubieran deseado que alguien, de alguna manera, evidentemente coercitiva, impidiese la evolución de las cosas e impidiese que ingenieros, científicos, masones, arquitectos, pusieran cada vez más en manos de la Humanidad la posibilidad de moverse a donde quisiese, cuando quisiese, para hacer lo que quisiese. Ellos hubieran preferido que todo eso se detuviese; y, con total seguridad, se sentían con derecho a ello. Con seguridad, argumentaban que el gremio tenía una función; que garantizaba que el que tuviese un oficio lo conociese bien; que daba a las relaciones económicas la seguridad de conocer el coste de un trabajo. Incluso es probable que en parte tuviesen razón.

Yo me pregunto hasta qué punto los creadores contemporáneos no estarán intentando lo mismo: parar la Historia. Internet es el ferrocarril de hoy y es un fenómeno tan imparable como lo fue aquél. La creación, fílmica, literaria, musical, pictórica, de cualquier tipo, siempre va tener que desarrollarse en un soporte. Un soporte, por definición, se puede replicar. Y todo lo que se puede replicar se puede compartir. Hasta hace muy poquitos años, vivíamos en un mundo en el que quienes querían compartir tenían una capacidad limitada para ello. Cuando yo llegué a Madrid, hace treinta años, ya había revistas y anuncios por palabras de tipos que se dedicaban a grabar discos famosos en cintas de casete y las vendían a bajo coste. Esos tipos estaban constreñidos por dos cosas: la primera, que las grabaciones que hacían eran en tiempo real, así pues cada vez que grababan un disco de 45 minutos tenían que esperar 45 minutos para hacer la siguiente grabación. La segunda es que compartir esas copias era relativamente complicado: tenían que anunciarse, tú leías el anuncio, les llamabas por teléfono, quedabas con ellos o, si no, te lo mandaban por correo. La verdad es que lo pienso y me da la impresión de que en lugar de 30 años han pasado 300.

A mi modo de ver, lo que se está produciendo con todo este follón de las copias privadas y espotifai y tal y tal es algo muy parecido a lo que sucedió con los gremios: hay un choque entre una solución, que es mantener el statu quo que había antes de que la novedad (internet) se presentase; y la otra, que es asumir el cambio de las cosas.

Los autores son claramente partidarios de la primera, y sus abogados aducen que además debe de ser así porque la ley les ampara. Y es que es lógico que les ampare, porque la ley sigue siendo la ley antigua de los tiempos antiguos. Como ya se han dado cuenta de que el estado antiguo de las cosas no es posible, se han inventado la solución del canon, cuya filosofía es sencilla: si eres un usuario de los nuevos tiempos, has de pagar una tasa por ello. La innovación es gravada con una exacción. Se impone un impuesto al paso de los tiempos.

Los gremios podrían haber hecho lo mismo. Puesto que los culpables, en última instancia, de su crisis fueron las diligencias, las carreteras y el ferrocarril, podrían haber solicitado a los reyes y gobiernos que cada ciudadano decimonónico que tomase el tren pagase un recargo con el cual se indemnizase a los gremios por no poder ya ejercer sus monopolios locales por culpa de los trenes.

Internet ha cambiado la creación y sus flujos de ingresos. En realidad, le ha dado un giro copernicano. Lo primero que hay que decir es que somos muchos más los beneficiados que las víctimas. La existencia de la red lleva camino de cargarse todos los monopolios de la creación. El monopolio de los editores de música, que decidían si Russian Red merecía ser escuchada o no, ya se ha ido, básicamente, a tomar por culo. Hay uno que ya está herido de muerte, que es el monopolio que hasta hace poco tenían los medios de comunicación de decidir qué merece ser contado como noticia y qué no. El que sigue, probablemente, es el monopolio ejercido por la industria editorial, que hoy decide qué merece ser publicado y qué no.

¿Todo esto es crimen, robo? No digo yo que no lo sea en algunos casos. Pero lo que es, por encima de todo, es un cambio de modelo. Un cambio radical. El creador, se ponga como se ponga, decubito supino o decubito prono, va a poder confiar cada vez menos en la existencia efectiva de un intermediario que controla la difusión de su obra y le retribuye de acuerdo con dicha difusión. El creador, se ponga como se ponga, encontrará cada vez más inútil la existencia del gremio de creadores. Y, ¿va a ser eso el fin del mundo? Pues me cuesta creer que sea así. Supongo que el hall of fame de los pirateados estarán Shakira y Alejandro Sanz, y a ninguno de los dos lo he visto todavía ir pidiendo por la calle. Las revoluciones también son evoluciones. Lo que probablemente está a punto de surgir es un nuevo modelo de relaciones económicas; como ocurrió con el ferrocarril. Y los modelos de relaciones económicas se basan siempre en el beneficio mutuo, porque una relación económica en la que una parte lo gana todo y la otra nada no es una relación económica.

Los creadores, pues, pueden seguir tirando de las riendas, refrenando al futuro. O pueden ponerse a pensar sobre cuáles pueden ser las nuevas bases sobre las que debería asentarse ese hecho económico llamado creación.

Pero, por mucho que se obstinen en dejar el tema para mañana, no por eso la Historia dejará de andar sus pasos.