miércoles, enero 06, 2010

La caída de la URSS (2): Comunismo versus nacionalismo

Continuamos hoy con el asuntillo de la caída de la Unión Soviética con otro asunto que es de gran importancia para entenderla: el nacionalismo.

La URSS es un experimento único en la Historia por muchas razones. Esto es lo que la hace tan interesante. La primera, clara, evidencia, es que es un experimento de puesta en marcha de una economía centralizada con un tipo de relaciones de producción desconocidas hasta el momento en las sociedades desarrolladas. En este punto la verdad es que las cosas no le salieron muy bien, pero ciertamente la economía centralizada, basada en esquemas sin propiedad privada, tiene sus defensores.

Pero la URSS fue un experimento desde más puntos de vista. Y hay uno que me parece especialmente interesante, a la par que muy poco estudiado: el choque producido entre nacionalismo y comunismo.

En puridad, el comunismo no puede ser nacionalista. El comunismo es internacionalista y clasista. Un comunista de Baracaldo está, digamos, obligado a sentir más proclividad hacia un trabajador no cualificado de Pakistán que hacia un tendero de Bilbao. Esto la realidad de las cosas (entre otras, la muy importante realidad de que el comunista de Baracaldo no va a ningún lado en unas autonómicas vascas si lo que tiene es el apoyo de los obreros pakistaníes) lo matiza mucho, pero es un hecho que está ahí. Y que impregna, en buena medida, la Historia de la URSS y su, por decirlo en sus términos marxistas, dialéctica histórica.

Por decirlo mal y pronto, la URSS es el último gran experimento histórico que ha creído que podía con los nacionalismos. Que estaba por encima de ellos. Los padres del bolchevismo creían firmemente que la lucha de la clase obrera contra la burguesía opresora era de la misma esencia en cualquier parte, así pues entendían que aquel régimen que liberase al proletariado de dicho yugo estaría por encima de la distinción entre proletarios eslavos, de origen mongol o de cualquier otra raza. Así pues, los inventores de la URSS no le prestaron demasiada atención al asunto de los nacionalismos. De la mucha y prolija literatura alumbrada por Vladimir Lenin, los nacionalismos ocupan una muy pequeña parte.

Esto fue así a pesar de que la URSS era un dédado de nacionalidades y razas. Los etnógrafos cuentan en la extinta URSS entre 90 y 100 identidades nacionales distintas y hasta 170 grupos étnicos que hablan más de doscientos idiomas y dialectos. La URSS es un cóctel variadísimo de gentes de su padre y de su madre, aunque justo es reconocer que los rusos, por sí solos, eran la mitad. ¿Por qué esta gran variedad? Pues por una razón que a muchos leninistas no les gusta admitir: Lenin fue, a su manera sí, pero fue, un imperialista.

Entendámonos: Vladimir Lenin no era imperialista. Otra cosa no sería Lenin, pero leninista, era un leninista cojonudo. En consecuencia, el primer teórico del Estado soviético no podía creer en la prevalencia de los nacionalismos ni en las ideas imperialistas. Pero, sin embargo, Lenin fue, a su manera, un gran imperialista. Cayó en el error, o mejor habría que decir en la tentación, de ambicionar que la URSS heredase los ámbitos territoriales de la Rusia zarista, que sí era un imperio.

La Rusia que heredó ese peripatético ticket formado por Lenin y Trosky comenzó a gestarse en el siglo XV, con la llegada de Iván III al frente del Gran Ducado de Moscú, que se había librado de la invasión de los mongoles unos doscientos años antes. Los moscovitas comenzaron haciendo suyas las áreas de terreno de su alrededor. Ivan IV fue el primero de estos monarcas expansionistas que logró hacer suyos terrenos no eslavos, concretamente Astracán y Kazan. En lo siglos XVI y XVII comenzó la penetración rusa por Siberia y los Urales. Luego, la victoria de Pedro el Grande sobre los suecos le dio el control de los estados bálticos. A finales del XVIII adquirió partes de la actual Polonia y en el siglo siguiente Finlandia, mientras seguía la expansión por el Este siberiano y el Cáucaso. Al final de la primera guerra mundial, de cuyo tren se bajó Rusia en Brest-Litkovsk, el país perdió Finlandia, los países bálticos y las posesiones polacas. Terminada la segunda guerra mundial, aún crecería más la URSS recuperando los países bálticos, así como partes de la Prusia Oriental, la Ucrania subcarpática, y por supuesto sus países satélite.

Lo que es importante de la Historia de Rusia APL (Antes del Padrecito Lenin) es que siempre se explicó desde el expansionismo y el panrusismo, es decir la defensa de la prevalencia absoluta de los ruso sobre todo lo demás existente en el imperio. La Rusia zarista toleró al resto de nacionalidades en su seno pero en 1883, tras el asesinato de Alejandro II, su hijo Alejandro III y el sucesor de éste Nicolás II se empeñaron en una política de rusificación sin ambages, en la que los no rusos eran presionados para abandonar su educación autóctona. La oposición a la especificidad fue especialmente dura con los judíos, que fueron obligados a vivir en las ciudades, sufrieron la imposición de periodos de servicio militar anormalmente largos y, sobre todo, fueron objeto de progromos de violencia inusitada permitidos, cuando no alentados, por el propio poder político.

En estas circunstancias, no fueron pocos los nacionalistas bálticos, ucranianos, georgianos, etc., que vieron en la revolución una ocasión para sacudirse el yugo ruso. Pero si lo pensaron, se iban a llevar una buena sorpresa.

Como hemos dicho, el marxismo no casa bien con el nacionalismo. Marx consideraba el sentimiento nacionalista como uno de los trucos usados por la burguesía para putear al proletariado (y, bien pensado, probablemente no iba muy descaminado). Esta idea fue adoptada por Lenin, quien veía en la realización del comunismo la creación de un mundo con una sola clase social, una sola nacionalidad y un solo lenguaje. La frase principal de la política leninista hacia el nacionalismo es aquélla que apuesta por un mundo futuro que provoque «no sólo la sblizhenie [colaboración] entre naciones, sino su sliyanie [fusión]». No obstante la claridad de esta apuesta, el hecho de que el bolchevismo, en parte, necesitase de los ánimos nacionalistas como aliados para la revolución hizo que Lenin relativizase algo sus posiciones y tendiese puentes con los nacionalismos. En 1916, publica su folleto «El marxismo y el problema nacional», que se convertirá en la Biblia soviética en materia de nacionalismo.

En dicho folleto, Lenin reconocía el derecho de algunos de los pueblos de Rusia (los situados más en la periferia) a solicitar su autodeterminación (¡ojo! No a obtenerla) en el momento de la revolución, y sólo entonces. Consecuentemente, según el planteamiento leninista, una vez que esos pueblos aceptasen subirse al barco soviético, ya no podrían bajarse. Obsérvese con qué elegancia resolvía el problema de los nacionalismos; bajo el esquema leninista, ningún nacionalismo tendría hoy sentido de existencia en España: puesto que los vascos una vez, in illo tempore, decidieron unirse a España, bajo el esquema leninista ya no hay vuelta atrás. En cuanto a los catalanes, al ser ellos parte del mismo centro del Estado, al ser hondamente relevantes desde el punto de vista geográfico, demográfico y económico, al no ser por lo tanto una nacionalidad periférica de España sino España misma, su derecho a plantearse su autodeterminación no existe.

Según todos los indicios, Lenin consideraba que la autodeterminación de los pueblos propugnada en su opúsculo era meramente cosmética. Probablemente, estaba convencido de que ninguna de las pequeñas nacioncillas periféricas querría jamás separarse de un trasatlántico como la URSS. Pero, en todo caso, su aceptación formal de la autodeterminación tuvo su efecto, porque no pocos grupos nacionalistas se unieron de buen grado a la revolución. Pero, conforme ésta ganaba momento angular, a Lenin los hijitos se le dejaron bigote y se le fueron de cachondeo: entre 1917 y 1918, Ucrania, Finlandia, Letonia, Lituania, Estonia, Bielorrusia, Georgia, Armenia, Azerbayán y las naciones transcaucásicas proclamaron su independencia. Lo gordo del soberanismo de estas naciones estaba en las mayoritarias capas campesinas rurales. De hecho, para entender adecuadamente la inquina con que Lenin se desempeñó durante la guerra civil posrevolucionaria (1918 a 1921) y posteriormente mediante las colectivizaciones a hostias, es importante entender este efecto: no se estaba actuando sólo contra unos campesinos que se resistían a la nueva estructura de propiedad agraria estatal. Se estaba actuando contra el núcleo duro del nacionalismo antirruso.

La Rusia aún comandada por Lenin recuperó el Cáucaso, Ucrania y Bielorrusia, aunque perdió parte de la población ucraniana con la anexión de Besarabia por Rumanía, mientras que Finlandia, Polonia y los países bálticos se mantenían independientes. Tanto Besarabia como los países bálticos acabarían en la URSS tras la segunda guerra mundial.

Con este movimiento expansionista y de control, Lenin se tragó sus propias palabras sobre la autodeterminación, consiguió lo que quería, que era una URSS suficientemente grande como para poder defenderse, y reprodujo el mismo esquema expansionista y panruso que habían llevado a cabo los zares a los que derrocó. Sin embargo, dejó un residuo importante de su pasada política en la propia Constitución de la URSS, basada en el hecho nacional, y que reconocía diversos derechos como la educación en la lengua materna, así como la concepción de la URSS como la unión de seis repúblicas: la República Soviética Federada Rusa, la República Soviética Socialista de Ucrania, la RSS de Bielorrusia, la RSS de Georgia, la RSS de Armenia y la RSS de Azerbayán. En su estructura final, la URSS estaría formada por 15 repúblicas de la unión (las eslavas Rusia, Ucrania y Bielorrusia; la moldava Moldavia; las musulmanas no trascaucásicas Uzbekistán, Kazajstán, Tayikistán, Turmekistán y Kirguizistán; las transcaucásicas Azerbayán -también musulmana-, Armenia y Georgia; y las bálticas Lituania, Letonia y Estonia) , 20 repúblicas autónomas, 8 provincias autónomas y 10 distritos nacionales.

Según la Constitución de la URSS de 1936, la República Socialista Federada de Rusia estaba formada por las repúblicas autónomas de Bashkiria, Buriatia, de los Calmucos, Karelia, Checheno-Ingushetia, Chuvashia, Daguestán, Kabardino-Balkaria, de los Komis, de los Maris, Mordovia, Osetia del Norte, Tartaria, Tuva, Udmurtia y Yakutia; así como las regiones autónomas de los Adigués, de los Judíos, de Gorno-Altái, de Jakasia y de Karacháevo-Circasia.

La República de Ucrania, por su parte, consistía en las regiones de Vinnitsa, Volynsk, Voroshilovgrado, Dnepropetrovsk, Drogobych, Zhitomir, Zaporozhe, Izmail, Kamenets-Podolsk, Kiev, Kirovogrado, Lvov, Nikolaev, Odessa, Poltava, Rovno, Stalino, Stanislav, Sumy, Tarnopol, Kharkov, Chemigov y Chernovitsy (digo yo que será en esta última donde está Chernobyl).

Georgia se componía de las repúblicas autónomas de Abjazia y Adzharia y la región autónoma de Osetia del Sur. Por su parte, Uzbekistán incluía la república autónoma de Kara-Kalpakia, y Tayikistán la región autónoma de Gorno-Badajshán.

Los felices años veinte fueron muy jodidos para la URSS. La Unión había surgido de una tremenda guerra civil y, para colmo, el Estado surgido de dicha guerra era tan nuevo que su consolidación era especialmente difícil. En ese entorno, la reacción del mando bolchevique fue no enmerdar con el asunto de los nacionalismos. Se sacrificó el panrusismo en el altar de la recuperación económica. Así pues, los años veinte son los años del máximo respeto étnico de la URSS, de la multiplicación de escuelas, teatros, etc., que operan en las lenguas maternas de los diferentes territorios y los diferentes pueblos.

Stalin, que era mucho más ducho en asuntos de nacionalidades que Lenin, continuó retóricamente la línea marcada por su predecesor e, incluso llegó a escribir que el chauvinismo ruso era el principal escollo para que se pudiera realizar la sliyanie de las nacionalidades soviéticas. Sin embargo, igual que los perros todo lo clasifican en orden al olor, Stalin era un animal de poder que todo lo clasificaba de acuerdo con eso mismo, es decir el poder. Para Stalin las cosas valiosas en tanto que pudieran aportar o conservar poder. Pronto se dio cuenta el secretario general de que los rusos, se mire por donde se mire, eran la sala de máquinas del Estado soviético. En 1946, por ejemplo, los rusos eran aproximadamente el 54% de los habitantes de la URSS; pero eran el 68% de los militantes del Partido Comunista. Stalin, pues, decidió algo que ya está en muchas de las actuaciones de Lenin (y es que eso del ticket Lenin-Stalin en plan poli bueno y poli malo es algo en lo que se puede creer sólo se si se sabe poca Historia): la construcción del hombre soviético se haría desde el ruso. El futuro protagonista de la sociedad comunista hablaría ruso, escribiría en cirílico y tendría las tradiciones de la Gran Rusia. Fue tan fuerte este pensamiento en Stalin que él, que era georgiano, ha pasado a la Historia como uno de los rusos más chovinistas que se conocen.

Hay dos factores importantes a la hora de valorar el alejamiento entre Stalin y lo soviético no ruso. El primero es que buena parte de los enemigos políticos a los que se tuvo que apiolar procedían de minorías étnicas; muy especialmente los judíos, a los cuales odiaba profundamente y a los que podría estar pensando, en el momento de su muerte, en deportar en masa fuera del país a través de la frontera china. El segundo es que, llegada la segunda guerra mundial, el secretario general del Partido Comunista desarrolló una inquina muy potente hacia las minorías étnicas situadas en los territorios que Alemania llegó a ocupar. Stalin consideraba, por ejemplo, que los ucranianos habían ayudado a Hitler a avanzar por su territorio, cuando más cierto es que Hitler, que consideraba a los eslavos seres humanos de baja estofa, untermenschen como los judíos, los trató con una crueldad y una violencia difícilmente imaginables. Asimismo, Stalin se convenció de que una pequeña minoría étnica a la vera de las montañas, los checheno-ingusetios, se había dejado invadir e incluso había señalado a los alemanes los mejores pasos por las montañas para poder llegar a los pozos de petróleo que Berlín ambicionaba. Por esta razón, terminada la guerra, Stalin deportaría a la totalidad de los chechenos a Siberia, repoblando su país con rusos y ucranianos a la búsqueda de oportunidades para establecerse. Los chechenos no pudieron regresar a su tierra, y eso con gravísimas limitaciones (amén de pérdidas de terreno a favor de la propia Rusia o de Osetia del Sur), hasta 1957, ya muerto el Padrecito; y en esos diez años de exilio desarrollaron una inquina antirrusa que ha provocado ya dos guerras entre ambos países, así como el concurso de uno de los terrorismos más ciegos y sanguinarios que hoy en día se conocen.

En todo caso, no son éstos los únicos casos de la brutalidad estalinista. Cuando los campesinos ucranianos quisieron resistirse a las colectivizaciones, Stalin envió al ejército, se abrió paso a hostias y deportó a los campos de prisioneros del norte a centenares de miles de ucranianos. Asimismo, también decretó que los kazajos nómadas debían abandonar su modo de vida y establecerse en las ciudades; cuando se negaron, los arrestó y fusiló, provocando un éxodo masivo kazajo hacia China. Dentro de su paranoia contra los presuntos colaboracionistas con Hitler, Stalin llegó a fusilar a la totalidad del Comité Central del PC de Kazajstán de antes de la guerra. Inmediatamente después de la guerra, 6 de cada 10 delegados del congreso del PC de Georgia celebrado en 1937 habían sido ejecutados o estaban en el exilio. Además de los chechenos, fueron objeto de sus deportaciones masivas formuladas como castigo por pronazismo los tártaros de Crimea, los alemanes del Volga, los Kalmyks y los Karachai. Todos ellos fueron enviados a Siberia, hasta sumar más de un millón de personas. Algunos estudiosos sostienen que también quiso deportar de su país a la población de Ucrania; al parecer, sin embargo, los ucranianos eran demasiados, incluso para Stalin.

En un terreno más general, el estalinismo supuso, claramente, toda una campaña de acoso y derribo de las tradiciones culturales autóctonas no rusas, cuya punta de lanza fue la imposición del alfabeto cirílico a todas las lenguas de la URSS. En materia de creación artística, impuso el que se llamó principio de «nacional en las formas, socialista en el contenido»; que viene a querer decir que se podía crear en las lenguas distintas y con las tradiciones de cada uno, pero siempre se tenía que hacer desarrollando obras en las que, por ejemplo, los rusos siempre debían aparecer como los salvadores del proletariado. Algo así como si Franco hubiese dejado a vascos y catalanes componer obras de teatro en sus idiomas, pero con la condición de que en las mismas los madrileños fuesen siempre santos varones y el Real de Di Stefano terminase por ganarle la Liga al Barça o al Athletic.

Como tantas otras cosas, a la muerte de Stalin el centro de su política respecto de las nacionalidades permaneció incorrupta en manos de sus sucesores. Sin embargo, hubo matices y sordinas. Tanto Kruschev como Breznev jamás se refirieron, en uno solo de los discursos, a la sliyanie, a la fusión como objetivo. Todo parece indicar que ambos aplazaron ese objetivo, como tantos otros, hasta el ignoto momento en el que se produjese al evolución del comunismo hacia su siguiente fase (evolución por la que aún estamos esperando, cubanos y coreanos incluidos). De una forma que en su día fue muy sorprendente, Andropov volvió a sacar el concepto a pasear. Fue durante un discurso el 21 de diciembre de 1982, durante la celebración del 60 aniversario de la URSS. En el curso de su alocución, reprodujo la famosa cita de Lenin, lo cual llevó a muchos a pensar si sería una cita retórica o verdaderamente estaba pensando en algo. La respuesta a la pregunta forma parte del enigma Andropov.

Por lo demás Kruschev, muy obsesionado por enseñar a sus camaradas que él no era Stalin, hizo algo bastante acojonante, como fue promocionar a miembros de pleno derecho del Politburó a bielorrusos, georgianos, letones, uzbekos y kazajos; proceso que empezó en fecha tan temprana como 1957 con la promoción del uzbeko N. Mukhitdinov. La tradición era exactamente la contraria, es decir exportar rusos para que mandasen en los partidos comunistas de las repúblicas.

Nosotros, e incluso me atrevería a decir que la mayoría de los rusos, no nos hemos enterado. Pero la URSS, en verdad, ha sido durante décadas una olla a presión nacionalista, porque la URSS, a pesar de practicar una política de permisividad y comprensión hacia el uso de lenguas vernáculas, nunca abandonó el objetivo de rusificar todo su territorio. Ya hemos hablado de la decisión de formular todas las lenguas en cirílico, que era algo completamente extraño para las lenguas asiáticas, sobre todo las basadas en el turco. Más allá, en la URSS se creó todo un sistema basado en discriminar gravemente a quien no hablase ruso. Oficialmente, en la URSS del último cuarto de siglo el 82% de la población hablaba ruso. Pero ésas son cifras oficiales. Algunas estimaciones hablan de que en torno al 40% de la población, especialmente la asiática, no podía manejarse adecuadamente en la lengua de Dostoievsky. Y la actitud de los rusos era exigir ese dominio. Un ejemplo: en 1983, el máximo líder del PC de Kirguizistán informaba de que el 30% de los soldados de su república no habían podido ser adscritos a unidades de combate. Eran incapaces de entender a su sargento cuando mandaba atacar o cesar el fuego. Todavía en 1978, durante el proceso de readaptación de las constituciones de la Unión a la nueva Constitución Federal de 1977, los jerifaltes soviéticos intentaron declarar el ruso el único idioma oficial en Georgia y Armenia; tentativa por la que se montó la mundial.

Andropov fue muy breve, como lo fue Chernenko; aún así, éste último tuvo tiempo, antes de morir de viejo, de criticar el nacionalismo ruso. Todo parece indicar que los vientos reformistas de la década de los ochenta soplaban a favor de los nacionalismos, aunque con la boquita pequeña. Demográficamente hablando, Rusia tenía el problema de que los soviéticos musulmanes se apareaban con mucha más frecuencia, lo cual estaba cambiando lentamente la distribución de la población de la URSS: en 1983, los demógrafos estadounidenses estimaban que en el año 2000 la población no rusa se equilibraría con la rusa. En todo caso, en el momento en que Gorvachov llegó al poder, en el momento en que se impuso la perestroika y las tensiones internacionales (la carrera de armamentos, Afganistán, Polonia, Chechenia...) colocaron a la URSS en el disparadero de la Historia, quedó claro el error de Lenin y de Stalin: en el choque de trenes entre comunismo y nacionalismo, no era el primero el llamado a vencer y disolver al segundo.


Hoy es el día que prácticamente todos los comunistas son nacionalistas, mientras que son apenas unos pocos nacionalistas los que son comunistas.