miércoles, enero 14, 2009

Historias de Barcelona

Querido diario: en el día de hoy, hago firme promesa de no volver a dudar de San Google.

Inocente fui yo por considerar que en internet no sería posible averiguar qué jaca ganó el concurso de Miss Europa de 1933. Porque sí, fue la rusa. Y también habéis acertado los que habéis considerado que era concursante en el exilio, es decir representaba a los rusos blancos.

Ahora, en la segunda exiliada, no es por nada, la habéis cagado.

Hay y comentario que casi da en el blanco. Dice: yo votaría por Alemania, porque un país fascista es bien capaz de estar en contra de los concursos de belleza.

De lo único que hay que darse cuenta es de que Alemania no era el único país fascista en 1933.

La segunda exiliada, señores, era exiliada de Don Benito. No de la población pacense, no; de don Benito Mussolini, pues fue este ciclotímico dictador el que decidió que los concursos de belleza eran impropios de una patria imperial como la vieja Italia.

En fin, hechas las aclaraciones, contemos algunas cosas de Barcelona.



Ocurre a veces, en las subastas y remates de libros usados que frecuento, que para poder llevarte un buen mero tienes que llevarte alguna anchoa. Es usual que haya lotes de libros empaquetados a causa de la poca «salida» que algunos libros tienen por sí solos. A este hecho cabe unir que el bibliófilo (o por lo menos este bibliófilo que aquí os escribe) suele reservar alguna parte de sus adquisiciones para lo que podríamos denominar «pequeñas locuras», o sea compra de libros que teóricamente no son de su interés, y que compra por puro vicio, por leer algo distinto.

Una de estas adquisiciones fue, hace algunas semanas, un libro editado en 1963 por Ediciones Marte, titulado Memorias de un funcionario. No era caro y he de reconocer que el título me enganchó. ¿Qué tendría un funcionario que contar? Y, a todo esto, ¿de qué tipo de funcionario estamos hablando?

El libro en cuestión resultó ser obra de Manuel Ribé. Un hombre que, en la primera mitad del siglo XX, se ocupó, en diversas etapas, de la responsabilidad de la policía local del Ayuntamiento de Barcelona y, sobre todo, de su protocolo. Con la puntillosa meticulosidad de alguien que tiene en muy alto concepto su trabajo, Ribé escribió un libro que es, básicamente, la nómina de todas las cuchipandas, recepciones, premios y demás historias en las que estuvo metido el Ayuntamiento de Barcelona en la primera mitad del siglo. En realidad, el libro se hace un poco pesado. Ribé, catalán hasta las cachas, realiza descripciones tan pormenorizadas que se hace algo pesado; casi en cada almuerzo, cena o desayuno que organiza, nos detalla el menú y los costes. Una información muy interesante para alguien que quiera estudiar la evolución de los precios en la Barcelona de antes de la Guerra Civil.

Es Ribé quien cuenta, entre alucinado y cachondo, el extraño caso del alcalde de Barcelona que lo fue tan sólo por llevar puesto un buen chaqué (que, ahora que lo pienso: ¿no será que la ministra de Defensa lee este blog, y por eso se lo pone?). Pero cuenta más cosas. Algunas de ellas las voy a dejar aquí, no sin dejar de recomendar a mis amigos catalanes, o catalanófilos, especialmente los barcelonípedos, que, si algún día les cae en su entorno el libro de Ribé, tiren de tarjeta de débito y se lo lleven.

Hablando de Cataluña, hay que empezar por la cuestión lingüística. Aunque no la esperada. En año 1909, como sabemos bien, fue especialmente movido en Barcelona a consecuencia de la Semana Trágica. Así pues, una vez que aquellos disturbios pasaron, los regidores de la ciudad estaban locos por albergar en la ciudad cuantos más signos de modernidad y de progreso, mejor. En parte por esta razón, aquel año de 1909 se celebró en la Ciudad Condal el V Congreso Mundial de Esperanto. El Ayuntamiento, gozoso de la convocatoria, le pagó a los asistentes una comida, para lo cual aprobó un crédito extraordinario de 5.000 pesetas (30 euracos).

Pero lo alucinante es lo que nos cuenta Ribé. Le dejo hablar (aunque las cursivas son mías): «Ni qué decir tiene que como Jefe de la Guardia Urbana procuré que el Cuerpo cuidara muy bien de todos los servicios a los que debía atender, teniendo muy en cuenta que el Congreso era Universal y que Barcelona aún convalecía. Unos doce guardias y tres clases hablaban correctamente esperanto, y distribuidos con cuidado y maña, les pareció a los congresistas que eran muchísimos más los que conocían ese idioma».

Hace ahora cien años, pues, la policía local de Barcelona tenía 15 efectivos que hablaban esperanto. ¿Alguien se anima a buscar en Google cuántos hay ahora?

Hace cien años, si hemos de hacer caso de Ribé, el gran problema de Barcelona, como localidad turística, era el puerto. Porque cabe decir que hace un siglo en Barcelona, mientras en muchos lugares de España aún no sabían lo que era un turista, ya existía una asociación privada que llevaba el no muy elegante nombre de Sociedad para la Atracción de Forasteros, dedicada al fomento del turismo hacia la ciudad, de la que Ribé, por cierto, era secretario. Era pronta, pues, la vocación de la ciudad por convertirse en eso que llaman una economía de servicios, vía turismo.

Pero el puerto era un problema. Entonces, los trasatlánicos no desembarcaban a su grey mediante pasarela, sino que echaban el ancla a unos cientos de metros del muelle, de forma que el pasaje era llevado a tierra en barcas. Lo cual provocaba que en el puerto hubiese siempre una multitud de ofertadores de todo tipo, o sea taxistas, dueños de pensiones, de restaurantes, de tiendas y, por supuesto, descuideros de variada laya, subidos a un ejército de barcas que literamente atracaba (en varios sentidos) a los inocentes guiris que llegaban con sus francos y su despiste. «Sólo yo sé lo que tuve que trabajar para que el desembarco en el puerto de Barcelona fuese digno de su nombre», afirma, categórico, Ribé.

Otra especialidad barcelonesa era el republicanismo. En Barcelona, como en Madrid, el sentir republicano era muy fuerte y, aunque en las elecciones a Cortes se disimulaba mediante las mil artimañas de la manipulación electoral (durante medio siglo, en España se dio siempre la curiosa, y sospechosa, circunstancia de que las elecciones siempre las ganó el partido que las convocaba), en el ámbito local esto era ya mucho más difícil. Por tal razón, la ciudad alcanzó a tener alcaldes de fe republicana. En septiembre de 1910 arribó a Barcelona la infanta doña Isabel, miembro pues de la familia real, que fue agasajada por las autoridades locales. Esta doña Isabel o era despistada o le importaba todo un culo porque, llegando al paseo de Gracia y viendo a las gentes que la vitoreaban, se volvió hacia el alcalde accidental, José María Serraclara, y le dijo:

- Alcalde, ahora es el momento oportuno de dar un viva al rey.

Serraclara puso la misma cara que pondría Henry Fonda si tras descartarse de cuatro cartas le viniese un póker de mano; algo así como cara de catalán con el interruptor general en off. Tuvo que ser un ministro del gobierno de Madrid quien, subeptriciamente, se acercase a la infanta, y le musitase:

- ¿Es que Su Alteza ignora que el señor alcalde es republicano?

O sea, como invitarle al Carod a que dé un Viva España.

Los relatos sobre aquellos años, hace un siglo, son enternecedores por su amateurismo. Hoy, en política, todo es profesional. Y es obvio que si el alcalde de Madrid, Gallardón el Picopala, visitase Barcelona y pasara en ella varios días, sobran en la ciudad hoteles de postín para alojarlo. Sin embargo, en octubre de 1911, cuando el alcalde de Madrid, Francos Rodríguez, visitó Barcelona, las cosas eran más amateurs. Porque Francos (en plural) no se hospedó en ningún hotel, sino en la mismísima casa del alcalde de Barcelona. Eso es lo que se llama cooperación territorial, y lo demás son hostias. Era alcalde de Barcelona el marqués de Marianao, y tenía un palacio en el paseo de Gracia que lo flipas (creo que hoy es la sede del Banco Vitalicio). Allí se quedó el alcalde de Madrid, pero no, por cierto, sin que Marianao intentase algún otro arreglo, o sea quitarse de enmedio el huésped. La razón nos la da Ribé: los madrileños, decía el alcalde barcelonés, solían cenar muy tarde, y eso le causaba molestias.

He aquí un misterio resuelto: el hecho diferencial catalán consiste, básicamente, en acostarse pronto. ¿Qué habría sido de la industria discotequera sin la inmigración?

Marianao, por cierto, cumple con el retrato del catalán modelo en otra cosa: su intensa devoción por la virgen del puño. Los propietarios del paseo de Gracia tenían la obligación de poner losetas en la acera delante de su casa, pero podían dejar una parte con tierra. En realidad, casi todo el mundo que vivía en la avenida había completado las aceras con losetas, pero no Marianao, quien mantenía la proporción de tierra porque, como repitió siempre que se lo recordaron, no estaba obligado a embellecer la zona. Ni siquiera cuando fue alcalde abordó la obra. La pela es la pela...

El 18 de diciembre de 1914, la Guardia Urbana estrenó uniforme de gran gala para las celebraciones especiales. Conociendo a Ribé, que es quien lo preparó, tuvo que ser un uniforme acojonante. Tan, tan acojonante, que en el curso de la cena que se celebraba, el capitán general de Cataluña, el célebre general Valeriano Weyler, se dirigió a dos guardias que guardaban la puerta y les estrechó la mano, tomándolos por invitados.

Algunas semanas antes, en octubre, se declaró en Barcelona una epidemia de tifus. 9.278 enfermos y 1.976 fallecidos, que se dice pronto. El motivo de dicha infección da la medida del amateurismo de los tiempos: una casa recién construida vertía todas sus aguas fecales en las conducciones de Moncada que surtían Barcelona. Así pues, los barceloneses bebían, literalmente, un agua de mierda. Lo extraño es que quedase alguno...

Esto debe de ser algún tipo de tradición. Mi experiencia personal es que si hay un elemento en el que un barcelonés siempre está dispuesto a reconocer la superioridad de Madrid, es el agua, que aquí es mucho más rica, y considerablemente más barata.

Pero el tifus no fue todo. En el otoño de 1918, Barcelona habría de sufrir, como toda España, la terrible gripe española, ésa que dicen que está a punto de repetirse. La enorme mortandad de la gripe en Barcelona acabó creando un cuello de botella funerario: los enterradores de los cementerios, literalmente, no daban abasto y se llegó a la tétrica situación de que en la plaza frente al llamado Cementerio Nuevo se acumulasen los ataúdes con su muerto dentro, esperando que alguien los enterrase. Fue necesario crear brigadas de enterradores provisionales, en realidad obreros del Ayuntamiento. Otra medida que se tomó es que los sacerdotes no fuesen a la casa de los fallecidos y permaneciesen en la entrada de sus parroquias. Los féretros ni siquiera entraban: pasaban por delante, el cura rezaba el responso, y, hala, al cementerio. Extrema unción exprés.

En 1915, albergando ya Barcelona la idea de convertirse en una gran ciudad ferial, la ciudad toma posesión de la montaña de Montjuïch y aledaños, con el fin de montar una exposición internacional de Industrias Eléctricas, que fue la que lo comenzó todo. El alcalde, Pich y Pon, albergó enseguida la idea de construir un palacio en lo más alto de la montaña. Tantas ganas tenía de hacerlo que, cuando descubrió que allí en la cima había unos viñedos, ni corto ni perezoso se los compró al vinatero con su propio dinero; hoy sospecharíamos de este movimiento por posible corrupción urbanística, pero en aquel entonces lo único que pasaba era que Pich estaba que no orinaba por empezar las obras. Al día siguiente de la adquisición, se presentaron los obreros municipales para arrancar las viñas y el antiguo dueño, que lo vio, se agarró un disgusto de la hostia y empezó a dar la brasa, tanta, tanta, que el alcalde le tuvo que apoquinar 250 pesetas para que se callase.

El 30 de mayo de 1925, se celebró en Barcelona un acto que ahora mismo puede parecer poco importante, pero que en su momento fue de gran trascendencia para la ciudad: la inauguración el metro a su paso por la calle Balmes.

El metro de la calle Balmes, o más bien su inexistencia antes de ser construido, es una buena demostración de lo anárquicamente que creció Barcelona. Porque Barcelona, a base de tener alcaldes bienintencionados pero con escasa formación urbanística, se convirtió en un ejemplo claro de ciudad antigua, pues a mediados del siglo XIX todavía era una ciudad casi medieval, que estaba siendo engullida por su propio desarrollo. El crecimiento de Barcelona, sobre todo desde que Rius y Taulet diseñó su expansión, se había hecho muy deprisa. La calle Balmes había sido alguna vez una calle más bien periférica, pero ya no lo era. Sin embargo, mantenía una característica típica de calle de extrarradio: la recorría el ferrocarril de superficie. La situación era tan incómoda y peligrosa que en los últimos años que existió dicho ferrocarril fue necesario que la ciudad colocase un guardia urbano en cada una de las esquinas de las calles perpendiculares, con el objeto de evitar accidentes. Pocos avances en la calidad de vida urbanística de la ciudad son más importantes que el que inauguró aquel día primaveral, hoy hace 84 años.

¿Cuántos años hace que existen los vuelos entre Barcelona y Madrid? Pues 81, porque el primero despegó el 16 de diciembre de 1927. En sus inicios, el vuelo tomaba unas tres horas, o sea el triple que hoy. Todavía hubo gente que tomó aquellos aviones que era capaz de recordar los tiempos en los que el barcelonés que tomaba la diligencia para ir a Madrid salía a eso de las 10 de Barcelona y paraba tres horas después para comer... ¡en Hospitalet!

He dicho antes que Barcelona era aún en el siglo XIX una ciudad medieval. Pero hay medievalismos en esta ciudad que son, paradójicamente, modernos. Todos los que hemos estado en Barcelona hemos visitado el barrio gótico y, una vez allí, hemos admirado el pequeño puente de la calle del Obispo, ése que une dos edificios. Y tengo por mí que no sólo turistas sino los propios locales tienen ese detalle arquitectónico por algo puramente gótico. Serán pocos los que sepan que ese puente fue, en realidad, inaugurado el 23 de abril de 1928. Y conviene decir que su construcción fue un escándalo entre arquitectos, artistas, escritores y otros porculos, los cuales consideraban que el tal puente era un pastiche que nunca sería tomado por auténtico. En realidad, la obra forma parte de todo un plan trazado por los ediles de la ciudad para conseguir consolidar el barrio. Y, ciertamente, lo han conseguido; no serán pocos los que piensen que el barrio gótico de Barcelona se llama así desde los tiempos del gótico. Lejos de ello, la denominación data de los tiempos de la inauguración del puente de la calle Obispo.

Otro dato: ¿cuándo se instalaron los primeros semáforos en Barcelona? Pues en agosto de este cumplirán, exactamente, 80 añitos. La implantación obligó a las administraciones a editar miles y miles de pasquines donde se explicaba sencillito lo de los tres colores y lo de lo que hay que hacer y tal. Ya sé que os parecerá una chorrada, pero si os paráis a pensarlo, creo que acabaréis por coincidir conmigo en que entender el funcionamiento de un semáforo no es tan fácil como parece cuando no se ha nacido rodeado de ellos. De hecho, aún hoy somos mayoría los humanos que tendemos a interpretar de mala manera la luz ámbar.

Y rodando, rodando, en este pequeño anecdotario llegamos hasta un día con Historia, como es el 14 de abril de 1931. Como es archisabido, ese día toda España hervía ante las noticias que iban llegando del enorme caudal de votos obtenidos por las candidaturas republicanas en las elecciones municipales. En Barcelona y Cataluña los nacionalistas ganaron por goleada, en buena parte por un efecto que se repetiría en febrero del 36, es decir que los habitantes de las barriadas más modestas se aplicaron a votar masivamente.

El líder del catalanismo era Françesc Maciá y, como tal, su objetivo fue ir a la Diputación a hacerse con el poder (de hecho, declaró la República Catalana, proclamación de la que luego tuvo que dar marcha atrás tras no fáciles negociaciones con los políticos de Madrid). El segundo de Maciá, o sea Lluis Companys, fue encargado de ir al Ayuntamiento para hacerse cargo del mismo. Allí fue donde se encontró con nuestro incombustible Ribé.

Era alcalde de Barcelona, accidental, el señor Martínez Domingo, el cual se negó a entregar a Companys la vara de alcalde, por considerar el procedimiento poco legal. Aún así, Companys la tomó, con lo que al hasta entonces alcalde no le quedó otra que darse el piro.

El problema se planteó cuando el nuevo poder en el Ayuntamiento (no cabe llamarlo alcalde propiamente hablando) dictaminó, lo cual tiene su lógica, que se izase la bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento.

El 14 de abril de 1931, no había en el Ayuntamiento de Barcelona ni una bandera tricolor.

Visto lo visto, los servicios de la corporación se dirigieron a la plaza de San Justo, donde había un centro republicano, donde pidieron prestada la bandera que solían colocar en un mástil sobre la entrada. Una bandera, nos cuenta Ribé, que estaba un poco estropeada. Ya sabemos cómo se ponen las banderas que trabajan muchos días y muchas noches sin que alguien las lave: asquerosas. Pues aquella tela semimugrienta fue la que se izó a la una y media de aquel 14 del balcón del Ayuntamiento de Barcelona, a falta de algo mejor.

No quiero terminar estos comentarios sin confirmar algo que comenté, como posibilidad, cuando conté la peripecia de Josep Banqué, aquel alcalde que lo fue por la sola razón de ir bien vestido. Porque Banqué no fue, en efecto, el alcalde más breve de la Historia de esta ciudad. Éste fue Víctor Felipe Martínez, capitán de la legión. Tomó posesión del cargo, en nombre del ejército franquista, a las cuatro y media de la tarde del 26 de enero de 1939, cuando las tropas de Franco estaban entrando en la ciudad; y cesó a la misma hora del día siguiente, momento en que fue nombrado Miguel Mateu y Pla.

No sé por qué, pero me da que si en el Ayuntamiento de Barcelona hay galería de retratos de los antiguos alcaldes, no figurará el del capitán Martínez.

martes, enero 13, 2009

Los cánones de belleza

Tras el anterior artículo dedicado al Retiro, y para que no se mosqueen mis lectores de Barcelona, que sé que son unos cuantos; y también porque puedo, gracias a una curiosa fuente de la que ya hablaré, en estos días preparo un articulín que trata de ser un anecdotario de la ciudad de Barcelona. Para muestra, este pequeño botón.

La foto que aquí muestro fue tomada en el Ayuntamiento de Barcelona el 20 de mayo de 1933. En ella aparecen las concursantas del certamen de aquel año de Miss Europa, que se celebró en Madrid. En la primera fila, de izquierda a derecha: Miss Noruega, Miss Italia, Miss Hungría, Miss Turquía, Miss Francia y Miss Dinamarca. En la segunda fila: Miss Alemania, Miss Rusia, Miss Bélgica, Miss España y Miss Yugoslavia.

Aunque el escaneo no sea el mejor del mundo y la foto tampoco como para echar cohetes, se ve lo suficiente como para darnos cuenta lo mucho que ha cambiado en setenta y pico años el concepto de tía mollar. Hoy por hoy, si de Miss Dinamarca y Miss Alemania, por ejemplo, nos dijeran que son las madres de alguna candidata, lo creeríamos. Pero nos costaría pensar que puedan ser, ellas mismas candidatas.

Os dejo dos preguntas.

La primera, obvia: ¿quién ganó? Esta vez espero haberos pillado, o sea que no creo que en Google se pueda consultar quién ganó el Miss Europa de 1933 (aunque todo puede ser). La única pista que daré es ésta: yo le habría votado a Miss Yugoslavia. Pero me habría equivocado.

La segunda pregunta. Dos de estas candidatas lo fueron (recordad: 1933) «en el exilio», porque en sus respectivos países los concursos de belleza femenina estaban, entonces, prohibidos. ¿Se os ocurre a qué dos países nos estamos refiriendo?

Hala, hasta más ver.

domingo, enero 11, 2009

Notas sobre el Retiro de Madrid

Pues sí. El parque del Retiro es un elemento fundamental de Madrid. Uno de esos lugares donde todo el mundo ha estado, al menos una vez, y en el que a todo el mundo le ha pasado algo interesante. Es por ello que, tarde o temprano, debíamos ocuparle un pequeño espacio.

El parque se finalizó el 1 de octubre de 1632. Para entender por qué el parque se llama del Retiro, hay que tener en cuenta que su existencia se combina, o diríamos modernamente que forma un paquete, con la iglesia de los Jerónimos. Los Jerónimos es la iglesia real de Madrid por excelencia. No pocos de los miembros de la familia regia se han casado allí o han sido allí cristianizados, aunque la existencia de la catedral de la Almudena parece haber cambiado las cosas, a juzgar por la boda del actual heredero de la (inexistente) corona. Por alguna razón que se me escapa, los reyes españoles tardaron mucho en darse cuenta de que justo al lado de su palacio tenían un solar de pila máster para levantar una iglesia. Así pues, el lugar sagrado para ellos fue, durante siglos, la iglesia de Los Jerónimos.

Así las cosas, el parque cumplía una función de retiro para los miembros de la familia real, retiro que se llevaba a cabo, fundamentalmente, en los días de cuaresma o de luto, que viene a ser lo mismo porque, si no estoy muy equivocado, la cuaresma es una especie de luto en sí misma. El parque, por lo tanto, se concibió como un lugar de recogimiento y descanso, hasta el punto de que en su día estuvo relativamente repleto de casas diseñadas para el reposo, sobre todo construidas por Fernando VII, aquel rey de no haber sido rey habría sido, simple y llanamente, un cabrón (lo cual, sí, lo convierte en un rey cabrón). De todas aquellas casas de reposo que existieron sólo persiste una, que es la conocida como Casa del Pescador. Hoy en día, que yo sepa, está cerrada al público y al no público (o sea, que aunque al Urdangarín le diese por ir allí a echar una siesta, no creo que le dejaran).

Hasta la segunda mitad del siglo XIX no hizo falta que el Retiro estuviese delimitado por la verja que hoy tiene. Era lógico. Madrid empezaba en la Puerta de Alcalá, así pues el parque quedaba extramuros y no era lugar que alguien fuese a frecuentar. Durante el antepenúltimo siglo, además, el parque era más grande que ahora; algo que ya es fácil de sospechar si nos damos cuenta del detalle de que el Casón del Buen Retiro está fuera de El Retiro, lo cual no tiene demasiada lógica. El parque, llegar, llegaba hasta el palacio de Comunicaciones, rebautizado Gallardonópolis. Allí, donde ahora el alcalde se dedica a trazar en un mapa cuáles serán los comercios que se quedarán sin clientes durante meses por causa de sus obras, o a redactar esas absurdas reglas de funcionamiento como que los conductores de la EMT no estén obligados a parar en lugares que sólo por sentido poético se llaman paradas, allí, digo, en el siglo XIX se organizaban francachelas y cachondeos, especialmente en primavera y verano y en las horas nocturnas, que eran, junto con las funciones del cercano teatro Apolo (hoy es un banco; es el signo de los tiempos), lo más de lo más de Madrid. El alcalde probablemente no lo sepa, pero está sentado sobre toneladas de poluciones nocturnas.

Fijaros en esta foto, directamente uplodeada desde mi escaneoteca. No puedo datarla exactamente, aunque hay datos. El hecho de que la plaza de Cibeles esté ya urbanizada, con la diosa en el centro y mirando hacia Sol, hace pensar que la foto está tomada en algún momento entre 1898 y los primeros años del siglo XX (el libro de donde la he sacado fue editado en 1909, así pues la imagen no puede ser más antigua). A la derecha del palacio de Linares, donde «debería estar» el de Correos, lo que se ve es una extensa zona ajardinada que, en realidad, es el ante-Retiro.



La decisión de que el Retiro fuese de todos los madrileños es relativamente moderna. Llegó con el primer soplo real de democracia de nuestra Historia, es decir aquel momento de 1868 cuando cordialmente invitamos a la facha Isabelita a que se fuese a la frontera, diese un pasito hacia fuera y luego moviese la mano en señal de adiós. La Gloriosa fue una revolución extraordinaria (no son pocos los que siguen considerando que la Constitución que alumbró es la mejor que ha tenido España) y una de las cosas que trajo fue el concepto que el Retiro era de todos, o de casi todos. Hasta entonces, había sido predio exclusivo de Austrias y Borbones, y para garantizar dicha exclusividad se inventó una policia especial, conocida como Guardia Amarilla, supongo que porque sus jubones serían de ese color. Otros que estaban acostumbrados a percorrer una parte del parque eran los aristócratas, que utilizaban el llamado Paseo de Coches para ir allí a mostrarse unos a otros. En dicho paseo fue donde, en los años en los que fue rey de España el italiano Amadeo, la nobleza española se dedicó a hacerle desplantes, uno detrás de otro, normalmente negándole el saludo. La reina purgó tanta ingratitud haciendo obras de caridad y fundando un asilo por la zona de la Puerta de Toledo. El consuelo de Amadeo fue más escatológico, pues consistió, sobre todo, en ir a visitar a una descendienta de Mariano José de Larra, que por lo que sé vivía en lo que hoy es el principio de la Castellana, y matarla a polvos. Lo que no sabemos es si la señora Larra le decía a Amadeo, como Jamie Lee Curtis a Kevin Kline en A fisch called Wanda, aquello de «háblame en italiano».

A decir verdad, las distintas generaciones borbonescas ya habían abierto un poco la mano, unos cien años antes, permitiendo que se pudiese deambular por determinadas zonas del parque aún siendo de los Pequeños de España. Esto sí, con reglas. Los hombres no podían llevar el pelo cogido en una red ni ir descubiertos. También estaban prohibidas las capas, pues sabido es que en aquellos tiempos las capas eran adminículos que servían, básicamente, para que los demás no conociesen la identidad del portante. Para las mujeres había reglas que más bien parecen estudiadas para joderlas (en un sentido figurado y no saboyano). La mujer que quería pasear por el Retiro podía llevar mantón. Pero lo que no podía era llevarlo en la mano o en el brazo. Así pues, si le entraba calor, ajo y agua.

Como el Retiro es tan grande, en él caben un montón de cosas. Cupo, por ejemplo, toda una fábrica de porcelanas, conocida como La China. La levantó el Rey Coñá, o sea Carlos III, y estaba donde hoy está la plaza del Ángel Caído, estatua que, dicen, es el único monumento que existe en el mundo consagrado al Diablo. También cupo el pabellón árabe cuya foto, del siglo XIX, encabeza este comentario (la he sacado de la misma guía de Madrid de 1909, así pues hace cien años aún existía). Que yo sepa, pero puedo estar equivocado, no existe ya.



Los dos inquilinos más famosos de la Casa de Fieras fueron elefantes. El primero, Pizarro, vivió en la Casa de Fieras más o menos a mitad del siglo XIX, y se hizo famoso porque un día se escapó. Una vez que salió del parque (hemos de recordar que entonces no tenía verja), tiró para Madrid, llegó a una tahona, se metió dentro, le provocó (hemos de suponer) al dueño una serie inconclusa de lipotimias y fibrilaciones auriculares, y luego se puso ciego de pan. Para cuando sus cuidadores lo localizaron, tenía el estómago tan hinchado de comer que se dejó atrapar mansamente. Parece ser que el esqueleto de Pizarro está en el Museo de Ciencias Naturales, en la Castellana.

El segundo elefante se llamaba Perico y vivió en Madrid en los años cincuenta, sesenta y quizá setenta (hablo por recuerdos y no puedo precisar la fecha). La Casa de Fieras del Retiro, y esta es una anotación para los más jóvenes, no tenía nada que ver con los zoológicos modernos. Allí el elefante estaba a un tiro de trompa del público, y se podía alimentar a todo cristo; los niños hacíamos acopio de pan duro los días anteriores a la visita a la Casa de Fieras. Perico había aprendido de su cuidador diversas habilidades y el pueblo de Madrid, en verano, iba allí a disfrutar con ellas. La más difícil de ellas era coger monedas con la trompa. El redactor de estos recuerdos se atrevió un día, con seis o siete año, a tirarle un duro, que Perico se las arregló para coger con la trompa y depositar en la palma de mi entonces pequeña mano, acompañado de dos o tres kilos de babas.

Perico murió muy joven. Los periódicos le dedicaron necrológicas. Las merecía. Yo, cuando menos, lo echo de menos.

Cabe anotar también que en la Casa de Fieras había un par de osos blancos que se exhibían en un foso no muy grande. Uno de ellos solía pasar el tiempo caminando de un lado al otro del foso y, al llegar al extremo, asomándose al alto talud (abajo había un pequeño río), movía hacia delante la pata derecha, como saludando, y luego daba la vuelta hacia el otro extremo, donde repetía la operación. Muchos madrileños, por lo bajinis, llamábamos a aquel oso Paco, y el nombre no era baladí. Aquel Paco era por Franco, don Francisco. Y es que el Caudillo, como todos los hombres públicos, tenía sus manías gestuales en la hora de los discursos. Igual que Zapatero tiende a juntar las yemas de los dedos de las manos en un gesto (lo siento, presi) de intensos tufos sacerdotales, o Rajoy parece estar siempre esparciendo sal con su mano derecha, Franco solía realizar un movimiento con su brazo y mano derechos hacia arriba y hacia abajo, como cortando un jamón a base de tajos. El gesto del oso se parecía bastante al del Jefe del Estado, así pues la bestia del Polo Norte parecía estar diciendo aquello de «Españoles todos, un año más turbo la paz de vuestros hogares para felicitaros en fechas tan señaladas».

También estaba la Casa de Vacas, llamada así porque era una vaquería, pero una vaquería un tanto especial. Los madrileños se acercaban allí y miraban las vacas. Escogían una y, acto seguido, el dependiente ordeñaba in situ un vaso de leche, que el consumidor se metía para el coleto. Luego se inventaron las inspecciones sanitarias y estas cosas se convirtieron en imposibles.

Blay, Querol, Trilles, Marinas, Arnau, Grases e Inurria son, efectivamente, apellidos de escultores. Todos ellos están representados en el grupo escultórico más ambicioso del parque, es el monumento a Alfonso XII situado en el centro del estanque del Retiro, un lugar donde, quién más quien menos, ha pelado alguna pava alguna vez. Un espectáculo periódico que depara este estanque es su desecación, normalmente por motivos de limpieza y reparación. El espectáculo nace de que en el fondo del estanque siempre aparece de todo. Si no recuerdo mal, la última vez que se limpió, que fue hace pocos años, hasta un coche apareció.

sábado, enero 10, 2009

Little Retiro quiz

Esto es la crónica de un post anunciado. Porque el próximo post que se escriba en este blog será sobre el parque madrileño de El Retiro y, que diría Ortega, sus circunstancias. Lo estoy preparando y ya lo tengo bastante peinadito. Se me ocurrió ayer paseando por el parque en medio de una nevada que si no estuviese casi recién llegado de Estocolmo quizá calificaría de copiosa. Pensé que el Retiro es de las cosas más bonitas que tenemos en esta ciudad de Madrid y que, por lo tanto, tal vez mereciera que le abriésemos una ventanica en este espacio.

El post, en todo caso, será como un catecismo. Porque lo que haré, fundamentalmente, es contestar a una serie de preguntas que aquí te dejo. Así puedes medirte a ti mismo como retirólogo.

Atención, preguntas:

¿Por qué el parte del Retiro lleva el nombre, un tanto extraño, de parque del Retiro?

¿Cuándo se finalizó el parque?

¿Qué era la Guardia Amarilla y cuáles eran sus funciones?

¿Qué o quién fue La China del Retiro?

¿Por qué se construyó la Montaña Artificial del parque?

Hubo una época en la que el personaje más popular del Retiro se llamaba Pizarro. ¿Quién era?

¿Por qué se llama Casa de Vacas la Casa de Vacas?

¿Por qué, al hablar del Retiro, se citan conjuntamente los nombres de Miguel Blay Querol, Aniceto Marinas, Eusebio Arnau, José Grases y Mateo Inurria (entre otros)?

miércoles, enero 07, 2009

Etiquetas y protocolos

El poder, en su inicio, consistía en ser más fuerte. En una colectividad humana, el primero era el que era capaz de dar más hostias por minuto. Así de claro. Como en el reino animal, ése era el que comía antes, el que echaba más polvos y el que se sentaba la sombra del árbol más grande. En correspondencia , cuando venían las hienas a dar por culo, era también el primero que tenía que agarrar la garrota y echarse encima de ellas.

En esos tiempos, la exhibición del poder no era pues problema para esos líderes de manada. Pero las manadas se fueron complicando. Las manadas de hombres se fueron conviertiendo en aldeas, pueblos, comarcas y naciones. Cada una de estas unidades fue teniendo su jefe poderoso y al que mandaba sobre un territorio extenso comenzaron a llamarlo rey. Una de las tendencias naturales del hombre es profesar admiración sin par hacia los hombres destacados. Los dioses antiguos son probablemente imágenes simbólicas de antiguos guerreros de carne y hueso. Esta tendencia a la admiración y el recuerdo, unida a la creencia animista de que la fuerza de los reyes provenía de su sangre (de su ADN, diríamos hoy) provocó que la monarquía se convirtiese en algo hereditario. Aunque este concepto repele la racionalidad, pues es bien sabido que padres fuertes, valientes y comedores de marisco pueden perfectamente tener hijos débiles, cobardes e hipercolesterolémicos, fue rápidamente aceptado por las sociedades humanas. Además, en un movimiento que comenzó unos 2.500 años antes de Cristo en Egipto, sobrevino un nuevo elemento que tendió a consolidar más este montaje: el maridaje entre el poder temporal del rey y el espiritual de las clases sacerdotales. El rey pasó a ser un descendiente de los dioses, un plenipotenciario de los mismos o él mismo una deidad.

Al final de este camino, recorrido aproximadamente a lo largo de unos 25 siglos, la mayor parte antes de Jesucristo, el rey aparece convertido en un estadista que ya no, o no necesariamente, es el más fuerte. Es el que más fuerza tiene, sí, porque un ejército le avala; pero él mismo puede ser, y de hecho suele ser históricamente hablando, un ser adiposo, abúlico e incluso torpe. El ejemplo más claro de rey antirrey quizá sea ese Luis Capeto a quien se llevó por delante la Revolución Francesa, que era un tipo que saber, saber, lo que se dice saber, lo único que sabía en la vida era arreglar relojes.

En estas circunstancias, se hace necesario crear una serie de elementos que dignifiquen la diferencia entre ser rey y no serlo y que creen de hecho una distancia entre el ser superior y el inferior, sea éste un noble, un burgués o un simple plebeyo. La más exitosa, y por lo tanto, duradera de las invenciones en este terreno es la etiqueta o protocolo.

La etiqueta es una invención fundamentalmente oriental. Las cortes reales de Carlomagno, de Pipino el Breve o de Carlos el Gordo, por poner tres ejemplos muy cercanos entre sí, eran complejas y diferenciadas, pero no podían competir con el fasto y la complejidad de los protocolos persas o chinos (aunque éstos últimos no se conociesen por aquí). La invasión de parte de Europa por los musulmanes supuso poner muy en contacto estos dos mundos. Una leyenda, que no tiene por qué ser incierta, nos cuenta que en cierta ocasión un rey cristiano envió una embajada al califa Abderramán III, aquel tipo follador y un tanto cabroncete que, ya en su vejez, decía haber conseguido ser feliz apenas unos cuarenta minutos de su vida (por lo que se ve, era follador, cabroncete y exigente). Llegados los embajadores a la puerta del palacio de Medina Azahara, llamaron a la puerta y, al abrirles un edecán, se echaron a sus pies. Y es que el criado iba tan ricamente vestido a los ojos de los embajadores de la Comunidad Autónoma de Castilla León que lo tomaron por el califa en persona.

Otra cosa que aprendimos en Europa gracias al mayor contacto con Oriente fue eso de ligar monarquía y divinidad. Esto no nos vino por los musulmanes, sino algunos siglos antes, tras la creación del Imperio Romano de Oriente, cuando la corona constantinopolitana intensificó su identificación con los modos de las monarquías y satrapías persas, donde el que mandaba era considerado imagen de Dios. Nos cuenta Liutprando, un monje que fue embajador del rey de Italia en Bizancio, que fue obligado, a su pesar, a postrarse ante el emperador; él que, como buen cristiano, consideraba que sólo hay que postrarse ante Dios, se encontró con que los propios cristianos bizantinos le dijeron: es que el tipo que está en el trono es como Dios.

El emperador le recibió sentado en un trono de oro, a la sombra de un árbol de oro, reproducido hasta el último detalle, incluso con pájaros de oro. El trono, asimismo, estaba flanqueado por dos leones de oro.

El protocolo real establecía que, al entrar el embajador en la sala, los pájaros se ponían a gorjear, es de suponer que gorjeos de oro, y los leones a rugir áureamente. Todo eso estaba montado para provocar el acojone del personal y que, así, se postrasen sin resistencia. Liutprando lo hizo y, cuando levantó la frente del suelo, observó que el trono había sido elevado unos metros, de modo y forma que el emperador, refulgente entre tanto oro, le miraba como desde el cielo.

Evidentemente, toda esta etiqueta conseguía su objetivo principal, que era sustentar la idea de que el emperador no era cualquiera.

Los expertos de esta cosa de la etiqueta suelen considerar que una de sus instituciones principalísimas, como es la reverencia o genuflexión, es un invento español; pero no está del todo claro. Digo que es una institución principalísima porque es tan longeva que aún existe hoy. Hoy por hoy, de hecho, de todos los complicadísimos estrambotes de la etiqueta cortesana quedan dos cosas: una, las denominaciones especiales, aunque matizadas, pues utilizamos Su Majestad pero ya no usamos otras del pasado como Su Serenísima, o Amo Sacratísimo como eran conocidos los bizantinos, o Vuestra Eternidad; y la reverencia, que no es ya propiamente obligatoria, pues uno puede situarse delante del rey y no quebrar la espalda sin que vaya a ser multado por ello. En mi opinión, ante las dudas que mucha gente tiene sobre cómo hacer la puñetera reverencia, ésta ha degenerado en una serie de medio gestos, que hoy se ven en los informativos de televisión de vez en cuando, que son más ridículos que otra cosa. Quienes defienden este gesto como necesario en la relación con un rey tal vez deberían leer el edicto de Federico el Grande por el cual, el 30 de agosto de 1783, quedó abolida en su Corte.

Pero eso es ahora. Hace siglos, en muchas monarquías, los súbditos debían arrodillarse ante su soberano, existiendo una compleja regulación de cuándo había que apoyar una sola rodilla y cuándo las dos en el suelo.

En la corte de Isabel de Inglaterra, cada vez que se ponía la mesa para que la señora papease llegaban dos gentilhombres con el mantel, que colocaban en la misma tras hacer tres genuflexiones antes y tres después. Otros dos nobles entraban después, uno con un salero, un plato y el pan, y el otro, con un bastón de mando, lo precedía. Nueva serie pareada de tres y tres doblamientos corporales antes de colocar el menaje. Luego dos damas entraban con los cubiertos y los colocaban genuflexamente. Después de eso, los trompeteros tocaban famfarria y entraban soldados de la guarcia real con 25 platos de oro, que colocaban en la mesa. Sólo entonces aparecía la reina. Salvo en el caso de que hubiese decidido comer sola, porque entonces 25 damas de compañía tenían que coger los platos y llevarlos a su cámara, donde ella elegía dos o tres.

El conde Filiberto de Gramond, uno de los diplomáticos más viperinos y ocurrentes de la Historia, lo fue ante la corte de Carlos II de Inglaterra. Es famoso por haberle hecho al rey el sarcástico comentario, que muchos turistas de paso por Reino Unido hoy compartimos, de que había creído que la razón de que toda aquella gente se arrodillase al dar de comer al rey era «el pésimo alimento que sirven a Vuestra Majestad».

En la corte imperial vienesa del siglo XVIII, el protocolo de las comidas incluía el hecho de que los ciudadanos podían solicitar estar en la puerta por donde entraba el emperador a comer para así poder besarle la mano. El besamanos, signo de pleitesía que personalmente considero especialmente humillante, ha desaparecido, afortunadamente, de los protocolos reales (y, por supuesto, me refiero a las monarquías del presente siglo, es decir las constitucionales). No ha desaparecido, no obstante, del protocolo eclesiástico. El Vaticano sabrá por qué; aunque doy en pensar que, sea cual sea la explicación, la palabra modernidad no forma parte de ella.

Elemento absolutamente consustancial a la etiqueta real es la existencia de privilegios. Los emperadores chinos, según nos cuenta Pu Yi en su autobiografía, ostentaban la total exclusiva de determinado color amarillo; nadie en China podía usarlo nada más que ellos; salvo, quizá, los chinos con ictericia. Igualmente, sólo los emperadores de Bizancio podían usar zapatos rojos. Esta costumbre, ligeramente retocada y flexibilizada, acabó llegando a cortes occidentales como la francesa, en la que los nobles tenían el privilegio de poder llevar ante el rey calzado con tacón rojo. Los grandes de España, por el hecho de serlo, tienen el privilegio de permanecer ante el rey tocados, es decir con el sombrerete puesto. El resto de los ciudadanos, o sea nosotros los Pequeños de España, se supone que tenemos que dejar la chota al aire (exclusión hecha, supongo, de militares, cardenales y demás gente Mediana, que diría Gandalf).

En muchas cortes, no todo el mundo podía tocar al rey. Cleopatra, por ejemplo, era teóricamente intocable, aunque eso no le impidió ni a Julio ni a Marco Antonio matarla a polvos. Pero no es ésa una costumbre tan antigua como pueda parecer. Felipe III, rey Habsburgo de España, sufrió gravísimas quemaduras estando sentado frente a su chimenea. El agravamiento de sus lesiones se produjo, en parte, porque la gente que en ese momento le rodeaba tardó demasiado tiempo en encontrar a un grande de España que pudiese mover el sillón. Por su parte, en la corte de Luis XIV existió una prolija regulación sobre quién podía sentarse en un sillón, en un sillón con respaldo pero sin brazos, en un taburete, o permanecer de pie, delante del rey, o en presencia de los príncipes, o de los pares de Francia. Por esta razón, en Versalles había decenas de lacayos cuya única función era ir transportando sillones y taburetes conforme los miembros de la familia real o de la alta nobleza se movían de una sala a otra.

Cuando el rey no estaba en su sede central y se piraba a sitios como el castillo de Balmoral en Inglaterra, la nobleza se iba con él y se alojaba en el mismo castillo. En las puertas se escribía el nombre del inquilino de cada habitación. En el caso de Francia, los nobles de sangre real, los cardenales y la realeza extranjera tenían el provilegio de que su nombre no figurase sólo y fuese precedido por la preposición pour (para). Los embajadores daban el coñazo que fuera necesario para conseguir el puto pour para sus señores.

Poco a poco, conforme la etiqueta se va convirtiendo en una ciencia cuyos expertos hacen cada vez más alambicada, el protocolo real va encerrando a los reyes y reinas en una jaula que controla absolutamente toda su vida. En una de las ciudades que atravesaba camino de Madrid para casarse con Felipe IV, un alcalde quiso regalarle a Ana de Austria unas medias de seda, pues la seda era la producción local. Indignado, el mayordomo real rechazó el regalo, pues la reina no podía recibir óbolos de cualquiera, y le espetó al tembloroso edil: «Ya es tiempo que sepáis, señor alcalde, que la reina de España no tiene piernas». La tradición nos cuenta que Ana de Austria, testigo de la escena, llegó a Madrid histérica, por pensar que le amputarían las piernas después de la boda. No es la única anécdota de este jaez. Mirabeau rechazó en cierta ocasión el redactado de un memorial al rey que comenzaba diciendo que sus firmantes «depositaban un homenaje a los pies de Vuestra Majestad»; y lo hizo argumentando que el rey no tiene pies.

Eso que se ahorra. Así, no le huelen.

En la Corte española, por estar regulado, hasta lo estaba cómo debía vestirse el rey la noche que decidía ir a hacer principitos con la reina. Un cronista alemán llamado Lünig dejó una descripción de dicho porte, que incluía una botella, dice, «nicht zum trincken, sondern sonst bey Nacht-Zeiten gebraucht wird». O sea, que la botella no era para beber sino para otros propósitos nocturnos. ¿Ein?

Luis XIV, el Rey Sol, es conocido por haber sido el no va más de la etiqueta emperejilada. Era el Sol, ergo el centro del mundo, y todo giraba alrededor de él. Se han hecho cálculos según los cuales don Luis no pasó en toda su vida ni diez minutos solo. Y no es de extrañar. En las cortes coronadas del pasado, los reyes cagaban delante de los nobles. De hecho, Luis XIV, considerando cortante la historia, redujo el volumen de testigos de tan escatológica escena a unos cincuenta. Por cierto, que era un privilegio ser el noble que llevaba la silla con el agujerito y la ponía bajo el culo del rey. Sin salir de la mierda, cabe recordar al desgraciado hijo de María Antonieta el cual, casi nada más nacer, se cagó (y que nadie se ría; que aquí, quien más quien menos, todos hemos hecho lo mismo). La escena, claro está, fue presenciada por varias decenas de testigos, que la recibieron con alborozo. Automáticamente, en la moda parisién se impuso cierto color marrón, conocido como Caca Dauphin, o sea, La Mierda del Delfín.

Esta obsesión por emular al rey era tan estúpida que, cuando el Rey Sol fue operado de una fístula, varias decenas de nobles pagaron a cirujanos pasar ser operados de lo mismo, es decir de fístulas que no tenían.

Quizá el ejemplo más estúpido de adulación a un rey o emperador se dio con Napoleón y el asunto de la máscara de hierro. Es muy conocido, entre otras cosas porque Hollywood lo ha versionado, el mito francés de la máscara de hierro. Según dicho mito, Luis XIV tenía un hermano gemelo que había nacido antes que él y, por lo tanto, le precedía en el derecho al trono. No se sabe muy bien por qué, fue apartado en el momento de nacer, encarcelado, y obligado a llevar una máscara de hierro de por vida para no ser reconocido por nadie. El mito tiene poca solidez; primero, porque no se explica qué podía tener Luis XIV siendo un recién nacido como para convencer de que él debía ser el rey. Y, segundo, porque en aquellos tiempos, de ser cierta la necesidad, alguien se habría apiolado al niño sin problemas ni mascaritas ni hostias. Pero el mito existió, entre otras cosas porque tiene una base real, aunque el encerrado no era rey y la máscara no era de hierro, sino de seda. Pero ésa es otra historia (ya puestos: ¿hay alguno que se la sepa?).

El caso es que al llegar Napoleón a la dignidad imperial, los genealogistas se aplicaron a demostrar que era descendiente del misterioso hombre de la máscara de hierro. Según la metaleyenda (leyenda sobre leyenda) una jovencita llamada Bompart, hija de un guardián de la prisión de la isla de Santa Margarita, le echó varios quiquis al de la máscara hasta quedarse embarazada, enviando el niño a Córcega, donde su apellido se italianizó a Buonaparte.

Napoleón, por cierto, se reía de esta chorrada. «La historia de la familia Bonaparte», decía, «comenzó el 18 de Brumario».

Algunos reyes antiguos tenían que beneficiarse a la reina en la noche de bodas delante de testigos, para que no quedase duda. En otros casos, el personal se contentaba con comprobar a la mañana siguiente que había sangre en la sábana, aunque hemos de reconocer que esa es una prueba bastante endebles, pues sangres hay muchas, y el himeneo no es la única forma de producirlas.

Aunque lo más absurdo de estas cosas son, claramente, los subproductos mal copiados. Ya he dicho que, en realidad, la etiqueta cortesada es, en buena parte, una no muy buena copia de protocolos orientales. Pero la monarquía occidental fue asimismo copiada en algunos casos. Uno de los más chuscos es el de Faustin Elie Soudouque quien, en 1849, se proclamó emperador de Haití con el nombre de Faustin I. Faustin quería una corona de oro, como la de Napoleón (los haitianos, colonizados por Francia, sentían adoración por don Napo); pero como no tenía, fue coronado con una corona de cartón pintada de dorado, como las que dan en el McDonald's con un Happy Meal.

El gran esfuerzo de Faustin fue crear una nobleza. Copió de los países europeos la costumbre de dar al noble, con su título, unas tierras, y dar al propio título el nombre de dichas tierras (así, el ducado de Medina-Sidonia y todo eso; hoy los títulos nobiliarios siguen llevando en muchos casos denominaciones de territorios, aunque obviamente los territorios ya no van adjuntos, como ocurre con los ducados de Palma y de Lugo). El problema es que las fincas que otorgó a los nobles en Haití tenían nombres extraños y, por esa causa, creó cosas tan acojonantes como los ducados de la Limonada, de la Mermelada, de las Mejillas Rojas, del Puesto Azanzado o del Número Dos; o los condados de Río Torrencial y Terrier Rojo; o las baronías de La Jeringa o del Agujero Sucio. Cabe imaginarse el diálogo en el supermercado.

  • Hola. Soy el Barón del Agujero Sucio.

  • ¿Ah, sí? Pues el papel higiénico está en la primera estantería pasados los congelados.

En 1852, Faustin se recoronó, pues ya había conseguido una corona de oro. Se dice que en la escena reprodujo exactamente el cuadro de David de la coronación de Napoleón.

Faustin encargó en Marsella un uniforme especial para su guardia personal. Puso mucho empeño en que los uniformes llevasen una placa de metal identificativa de la especial categoría de aquellos soldados. Algún tiempo después, un francés llegó a Haití y fue invitado a una parada de la guardia real. Cuál no fue su sorpresa cuando se acercó a un soldado y, fijándose en la placa, leyó en ella:

Sardines a l'huile. Barton e Cie. Lorient.

Tanto Faustin como toda su guardia eran analfabetos. Todavía no se habían dado cuenta de que el avispado marsellés había cobrado un congo por unas placas que eran culos de latas de sardinas.

Pero en eso constituye la etiqueta real. Si el rey dice que la tapa de una lata es la hostia, entonces es la hostia.

sábado, enero 03, 2009

El eterno problema judío

¿Qué tal? ¿Fue bueno Santa con vosotros? Y, en todo caso, ¿cuáles son vuestras expectativas racionales cara a la llegada de los mercaderes orientales? Espero que buenas. Los flujos de información nunca son perfectos, incluso entre seres mágicos, así pues es más que probable que su conocimiento sobre vuestro comportamiento real a lo largo del año que ya hemos pasado no sea todo lo acertado que debería ser para que recibiéseis hulla o lignito en lugar de regalos.



Sea como sea, aquí estamos de nuevo los dos; tú, que lees que este blog. Y yo, que lo escribo. Y, aunque el año 2008 lo dejamos con algún hilo que otro pendiente, parece que la actualidad manda y que en esta hora del regreso tengamos que acordarnos un poco de la cuestión, llámala judía, llámala palestina, como a ti te parezca. Aunque la elección, en realidad, no es baladí. Estas pasadas navidades, en efecto, hemos vivido una nueva escalada bélica en los territorios palestinos. En un signo muy propio de nuestra modernidad, resulta difícil llamarle guerra a lo que está pasando, pero, como digo, esto es algo propio de los tiempos; las guerras, hoy, ya no son tan netas como antes; ya no es tan fácil distinguir un momento de guerra de uno de paz o, para ser más precisos en las expresiones, de no guerra.


Resulta difícil abordar un post como el que aquí vas a leer. Personalmente considero que si hay dos asuntos en los que es difícil encontrar un contertulio que piense con los hemisferios cerebrales y no con el yeyuno, éstos son el papel de la Iglesia católica en España y el problema judío; ambos, no por casualidad, asuntos de claro tinte religioso. Estamos hablando de temas cuyos protagonistas han emputecido de tal manera, a través de sus actuaciones históricas, que hoy por hoy, todo el que se acerca a la reflexión sobre los mismos, lo hace desde una vehemencia excesiva y, consecuentemente, los juicios tienden a nublarse. No obstante, ¿quién dijo miedo?








El pueblo judío se considera, como consecuencia de su religión y de sus tradiciones, el pueblo elegido por Dios. Se concede a sí mismo y a sus usos un valor especial que ha permitido su conservación a través de los siglos. El cristianismo es obviamente de raíz judía, tanta raíz que ambas creencias comparten muchos de sus libros sagrados. Pero el cristianismo, bajo el liderazo de Saulo el que se dio el piñazo desde el caballo, tenía una veta prosélita que lo diferenció claramente del judaísmo. Mientras el judaísmo es una creencia customized, por lo tanto creada para el pueblo elegido y que termina en el mismo, el cristianismo, como siglos después el mahometanismo, es una creencia proselitista cuyo objetivo final sería abarcar a la totalidad de los seres de la Tierra. Como religión universal, el cristianismo tomó muchos elementos de otras creencias (como, por ejemplo, la veneración a los santos, o la Navidad) que la convirtieron en otra creencia completamente distinta del judaísmo; a lo que hay que unir el resquemor de los cristianos hacia los judíos pues, al fin y al cabo, fueron ellos quienes se apiolaron a su líder, Jesús. Este resquemor, en realidad, se sostiene mal teológicamente hablando, puesto que un cristiano verdaderamente creyente debe creer que Jesucristo bajó a la Tierra precisamente para eso, para ser sacrificado. Pero, aún así, en algunas celebraciones de la Semana Santa en lugares como España y tiempos como los siglos tardomedievales, era costumbre buscar un judío cada Jueves Santo para darle una mano de vergarazos, o sea repetir en sus totalmente reales espaldas la presunta tortura cometida sobre Jesucristo. Este tipo de prácticas sirvieron para hacer del judío un pueblo cada vez más encerrado en sí mismo y cada vez más convencido de que todo esquema de vida que partiese de la vecindad con otros (es decir, toda inexistencia de una nación judía, con un Estado judío) sería una mera solución parcial a su problema.


La presión de los musulmanes cuando, tras la muerte de Mahoma, se expandieron de Este a Oeste, desde la actual Arabia Saudita hasta Santiago de Compostela o la frontera pirenaica, forjó una serie de emigraciones masivas de judíos que se repartieron por el mundo, conservando siempre su religión y costumbres inveteradas, como la circuncisión. Su endogamia y escasa relación con las sociedades en las que se establecían generó notables dosis de desconfianza, haciendo del antisemitismo, el odio a lo judío, uno de los elementos de las sociedades europeas. El antisemitismo existió en España, que en tiempos de los Reyes Católicos montó primero burdas operaciones de manipulación asesina (ahí está, por ejemplo, el famoso juicio por el presunto asesinato del Santo Niño de la Guardia) y, después, expulsó a los judíos de España y a través de la Inquisición los persiguió con saña. Pero en el antisemitismo no es nada cierto eso de que España sea diferente. Existió en Francia, donde acabaría estallando a finales del siglo XIX con el denominado escándalo Dreyfuss, en el que un militar judío fue condenado por un espionaje que no cometió; y, sobre todo, tuvo su momento crucial con la llegada al poder en Alemania del partido nacionalsocialista de Adolf Hitler. El partido nazi era rabiosamente nacionalista y basaba su discurso político en el reclamo para Alemania de un papel protagonista y poderoso que, según su interpretación de la Historia, le había sido hurtado a Alemania por culpa de la conspiración de los judíos contra la nación. Pero lo que hay que entender es que si este mensaje hubiese sido una invención del Bigotitos de Linz, hubiera sido difícil arrastrar al personal. Como demuestran muchos libros (y yo os recomendaría, en este punto, La dictadura alemana, obra si no me equivoco de Karl Dietrich Bracher editada por Alianza), en el asunto de odiar a los judíos, Hitler escupía sobre un diluvio.


Cuando llegó al poder, Hitler dictó leyes antijudías y, finalmente, en la denominada «solución final», decidió acabar con ellos mediante su asesinato sistemático en lo que los nazis llamaban campos de reasentamiento y que hoy se conocen como campos de concentración; esta solución se adoptó, si hemos de creer las confesiones que Himmler le hizo a su médico, después de desechar por imposible la primera idea, que fue concentrarlos a todos en Madagascar y dejarlos allí que se pudriesen. En los campos de concentración, tres millones de judíos fueron asesinados y rebajados a condiciones infrahumanas. El sentimiento de culpabilidad europeo hacia este genocidio tiene mucho que ver con la actitud de las potencias del mundo libre hacia la creación del Estado de Israel, situado en lo que el Antiguo Testamento dice que es la Tierra Prometida que Dios, Jehová o Elohim según el capítulo que elijamos, legó al pueblo judío.

La creación de Israel, sin embargo, es un proceso anterior a la segunda guerra mundial. Comienza a ser una idea a partir de finales del siglo XIX, que es cuando nace el sionismo, una especie de nacionalismo judío radical que propugna el derecho de los judíos a tener un Estado propio y a tenerlo, además, en Palestina, sosteniendo que los derechos de los judíos sobre Judea son previos a los que los palestinos hubieran podido adquirir después. El sionismo, en todo caso, es algo que, si queremos verlo, lo podemos encontrar incluso en los tiempos contemporáneos de Jesucristo, porque el nacionalismo judío es tan antiguo como el pueblo judío mismo.

Palestina, a las puertas de la primera guerra mundial, era un territorio cuya potencia de dominio se esfumaba. Había sido parte del imperio turco pero los turcos, en los cuatro siglos anteriores, se habían ido debilitando progresivamente como potencia mundial y, en ese momento, las potencias emergentes, es decir los países colonialistas europeos, eran los que ambicionaban esos territorios.
En mayo de 1916, en medio de la primera guerra mundial pues, el diplomático británico sir Mark Sykes y su colega francés George Picot se reunieron para dividir Oriente Medio en zonas de influencia para ambos países para el caso, que luego se cumplió, de que su equipo ganase el partido. Había un tercero en discordia, que era el rey hashemita Husayn, el cual estaba ayudando a los británicos en la guerra con la asistencia del famoso T. E. Lawrence, conocido como Lawrence de Arabia; el tipo responsable de que generaciones de españoles como el que esto escribe aprovechasen el descanso en el cine (hubo un tiempo en el que las películas largas tenían descanso) para, en pleno invierno madrileño, ir a comprar un helado.


Sin embargo, británicos y franceses engañaron a Husayn y a Lawrence (bueno, a Lawrence, más que engañarlo, lo trataron como una puta mierda) y, lejos de crear el gran reino hashemita que esperaban los habitantes de la zona y su rey, miraron por sus intereses coloniales.

El acuerdo Sykes-Picot, que en la práctica se convirtió en una ausencia total de estabilidad para la zona bajo la autoridad de una monarquía fuerte, no se aplicó en Palestina, es decir la actual Israel. Esto fue así porque durante la guerra Palestina fue ocupada por los británicos y allí no había presencia francesa, así pues Reino Unido no tenía por qué compartirla. El grupo de presión judío sionista, entonces dirigido por Haim Weizmann, tuvo claro que era a los británicos a los que debía presionar. Sus gestiones dieron rápido resultado, entre otras cosas porque contaron con amplia financiación de muchos judíos ricos del mundo, como los célebres banqueros Rotschild. Fruto de su influencia fue la apertura de negociaciones formales entre Reino Unido y los sionistas en 1916 y su resultado, conocido como la Declaración Balfour (lord Arthur Balfour era el secretario del Foreign Office, o sea el ministro de asuntos exteriores británico), por la cual Inglaterra afirmaba su compromiso de permitir el establecimiento de un estado judío en Palestina. Es, pues, inexacto considerar que el nacimiento de Israel es un producto de la segunda guerra mundial; lo es ya, en gran medida, de la primera pues, como ahora vamos a ver, la actitud británica de sostenella y no enmendalla respecto de la Declaración Balfour fue más que clara en las siguientes décadas.

En 1917, había en Palestina 650.000 musulmanes, 80.000 cristianos y 60.000 judíos. En dicho año, el general Allenby, británico, ocupó Jerusalén. Inmediatamente, en Londres se prepararon para permanecer en el país un largo tiempo. La situación era embarazosa y muy liada. El acuerdo Sykes-Picot establecía que Palestina debería ser gobernada por británicos y franceses al alimón, aunque, como he dicho, la tendencia era a no aplicarlo en el caso concreto de Palestina; la declaración Balfour apostaba por un Estado judío; y aún había un tercer pacto, el llamado acuerdo Mac Mahon-Husayn, en el que se le prometía a los hashemitas la gran nación en la que querían reinar. A todas luces, los apresurados pactos hechos para ganar la guerra y obtener apoyos contra los turcos habían sido divergentes unos de otros y, por lo tanto, no había un camino claro a seguir. Quienes sí lo tuvieron claro fueron los sionistas, los cuales utilizaron su dinero, y el creciente exceso de judíos en Europa sin trabajo y casi sin hogar, para fomentar su traslado a Palestina, con la no escondida intención de cambiar la relación de fuerzas en la población de la zona lo antes posible.

Faysal, uno de los hijos del rey Husayn y bastante más vehemente que él, nunca se resignó a la traición que para los hashemitas representaba, sobre todo, el acuerdo Sykes-Picot. En consecuencia, construyó la idea de la Gran Siria, es decir el gran Estado musulmán en Oriente Medio, que es la semilla del nacionalismo musulmán de la zona. Se produce un movimiento claro de musulmanización, es decir de recuperación de diversas costumbres, figuras e instituciones musulmanas, como la figura del mufti, un líder a caballo entre religioso y político. Los ingleses nombraron mufti de Palestina a un líder relativamente moderado, Kamil al-Husayni. Sin embargo, pronto fue superado por otros líderes, como su propio hermano Haj Amin, que habían abrazado la teoría de la Gran Siria.

El primer episodio de violencia entre musulmanes y judíos se produjo en abril de 1920, cuando los miembros de una organización denominada Nabi Musa se enfrentaron con los del grupo sionista radical Beitar. Fue un día entero de violencia con varios muertos. Los británicos, asustados, formaron una comisión de estudio, conocida como la Comisión Palin, la cual, tras estudiar el terreno, concluyó que la rabia de los palestinos respecto de la traición hacia los hashemitas era el origen de todo y, consecuentemente, recomendó que se retirase la Declaración Balfour. Cosa que, obviously, no se hizo; más bien todo lo contrario. De todas formas, Faysal cometió un grave error tratando de acercarse a Weizmann, con lo que se ganó la oposición de muchos palestinos. Para cuando los franceses, todavía en 1920, decidieron echarle de Siria, no encontraron gran oposición. Faysal fue recogido por los británicos, los cuales le hicieron rey del recién creado Irak. En esta manera de actuar de los occidentales, esto de lo mismo te hago rey de los palestinos que de los persas, se ve claramente el planteamiento miope y de trazo gordo con que en Europa se trataban las cuestiones musulmanas; además de las trazas de los graves problemas existentes hoy en día en el área.

En 1921, Kamil al-Husayni falleció y su hermano, el nacionalista Amin al-Husayni fue nombrado mufti de Palestina. Al calor de esta nueva concepción del destino musulmán desde el poder político-religioso, lo que se denomina el panarabismo, o nacionalismo árabe total, surgió con rapidez. En 1930 nacen partidos muy importantes de esta tendencia, como al-Istiqlal, que quiere decir independencia; o la Juventud Musulmana. El panorama se completaba con los grupos políticos seguidores de la aristocracia nahashibi, cuyo líder era Abdullah, y los cuales, como oposición al panarabismo nacionalista, admitían soluciones basadas en la partición de Palestina en un estado musulmán y otro judío.

En los años veinte, el radicalismo de Amin al-Husayni provocó que los palestinos cometiesen un error táctico. Cuando los británicos establecieron que los gobiernos locales, es decir ayuntamientos y similares, deberían basarse en la paridad (mitad judíos, mitad musulmanes), los judíos aceptaron, lo cual es lógico teniendo en cuenta que no eran la mitad de la población; pero los palestinos, que eran bastante más de la mitad, se negaron. Esto llevó a los palestinos, por primera vez en la historia de este conflicto, a posiciones obstruccionistas que no les ayudaron precisamente a obtener apoyos exteriores.

Inmediatamente después de que, pasada la guerra, Palestina dejó de tener un gobierno militar y pasó a tener una administración civil donde, además, se buscaba la paridad, los sionistas, dirigidos por David Ben-Gurion (considerado el padre del Estado de Israel), Eliezer Kaplan y y Moshe Sharett, se dedicaron a la construcción de un Estado dentro del Estado, con notables éxitos. Por ejemplo, ya en los años treinta, cuando aún la escolarización de los menores no era aún obligatoria en casi ningún lugar, todos los niños y adolescentes de las comunidades sionistas de Palestina acudían regularmente a la escuela.

En 1929, Reino Unido acabó por darse cuenta definitivamente de que Palestina era una jaula donde se había encerrado a un gato y un perro, ambos rabiosos. Un pequeño incidente ocurrido en el Muro de las Lamentaciones y concerniente a los derechos de judíos y musulmanes a rezar en determinados momentos brotó en una espiral de violencia que se extendió por todo el país y que generó unos 600 muertos en apenas unos días (anotación al pie: ya sé que estos días ha sido bastante común escuchar en los informativos que el número de muertos producidos por los bombardeos, en el momento que eran unos 300, eran más que los producidos por la Guerra de los Seis Días, como queriendo decir que nunca ha habido una mortalidad peor en el conflico árabe-israelí; sería conveniente que los redactores de dichos titulares leyesen un poquito más).


Los británicos reaccionaron como suelen, es decir formando una comisión, la Comisión Shaw. De nuevo hubo un estudio de la situación y de nuevo hubo unas conclusiones que recomendaban tirar la Declaración Balfour a la basura. De hecho, la comisión Shaw fue más allá: recomendó que se detuviesen las inmigraciones de judíos hacia Palestina, es decir que se impidiese su estrategia de repoblación acelerada. Los sionistas reaccionaron a la violencia creando su embrión de ejército, la Hagana (defensa en hebreo). Por su parte, los palestinos entraron en una crisis de liderazgo, pues el hecho de que Amin al-Husayni hubiese tratado de contemporizar con algunos judíos, por ejemplo vendiéndoles tierras, deterioró su carisma frente a los musulmanes, crecientemente radicalizados.

Los palestinos, en todo caso, tardaron en crear su propio embrión de gobierno, el Alto Comité Árabe (1934). Para cuando lo hicieron, en gran parte era tarde. Un año antes del nacimiento del ACA, Adolf Hitler había ganado las elecciones en Alemania y accedido a la cancillería. Automáticamente comenzó su política antijudía, que se repitió en otros muchos países, lo que provocó una auténtica ola de emigración de hebreos hacia Palestina; ola ante la cual la nueva organización musulmana no tenía barrera que poner. Por eso, rápidamente comenzaron las soluciones violentas. Izz al-din al-Qassam tiene el dudoso mérito de haber sido el primer palestino que inició un movimiento de guerrilla en el norte del país. Fue asesinado por los ingleses en 1935, convirtiéndose en el primer mártir palestino.

Presionado por la creciente presión radicalizada de los palestinos, en 1936 el ACA declara una huelga general. Tres semanas después, la policía británica disparó sobre los manifestantes en Jaffa. Las muertes provocadas llegaron a los ingleses a reaccionar como acostumbran: por tercera vez en menos de medio siglo, crearon una comisión para estudiar el problema. La Comisión Peel recomendó la anexión de Palestina por Jordania, el mantenimiento de la presencia británica en la zona y la reserva de una parte muy pequeña del territorio para la creación del Estado judío. Aún hubo una cuarta comisión, la comisión Woodhead, que básicamente recomendó lo mismo.

En septiembre de 1936, Lewis Andrews, el comisionado de Galilea, fue asesinado. Los británicos no reaccionaron esta vez creando una comisión, sino deteniendo en masa a los líderes musulmanes nacionalistas. Esto provocó que los palestinos desarrollasen un odio total hacia los británicos y se acercasen al enemigo de entonces de Gran Bretaña: Hitler. Mala jugada.


La propaganda antijudía hitleriana fue machaconamente repetida en Palestina por muftis y otros líderes y, de hecho, los palestinos apoyaron el golpe de Estado de inspiración alemana que se produjo en Irak en 1941. Los británicos intentaron calmar a los palestinos mediante documentos como el que se conoce como Libro Blanco de 1939, en el que prometían eliminar la Declaración Balfour y limitar la emigración judía a la zona.

La influencia de la segunda guerra mundial en el conflicto árabe-judío se puede resumir con dos elementos. En primer lugar, los judíos escogieron el bando ganador. Se pusieron del lado británico, y fue Reino Unido quien ganó la guerra; mientras que los palestinos se apoyaron en Hitler, que la perdió. El segundo elemento es el gran complejo de culpabilidad generado en todo el mundo libre por el holocausto conforme, al final de la guerra, las tropas aliadas fueron llegando a los campos de concentración y conociendo las atrocidades que se habían cometido en ellos.
Un gran punto de inflexión se produjo con el conflicto del Exodo. Se trataba de un barco con refugiados judíos al que no sólo no se le dejó recalar en Palestina, sino que se le obligó a regresar a Alemania, enviando a sus pasajeros a una muerte segura. La corriente mundial de rechazo hizo mucho por la causa de los judíos.

Cuando, en 1947, las Naciones Unidas, y muy especialmente las dos grandes potencias de referencia del mundo, EEUU y la URSS, se aplican a analizar el problema de Palestina, los palestinos están en una situación muy mala. Su principal lider, Amin al-Husayni, había colaborado tan intensamente con los nazis durante la guerra que era visto como un líder nazi. Los sionistas, por su parte, estaban extraordinariamente bien situados para conseguir que EEUU apoyase sus puntos de vista. Para colmo los palestinos, en un ejercicio de miopía difícil de entender, se encastillaron en su demanda de un solo Estado árabe y boicotearon a las comisiones de estudio que envió la ONU a la zona que, sin embargo, eran amabilísimamente recibidas por delegaciones sionistas.

El 31 de agosto de 1947, la UNSCOP, es decir la comisión encargada de estudiar el futuro de Palestina, presentó sus conclusiones. Recomendaba la partición del país en dos Estados con unión económica entre ellos. El estado israelita ocuparía la zona costera, el oeste de Galilea y el desierto del Negev, en el sur. Al día siguiente comenzaron los enfrentamientos, para los cuales, pronto se vio, los judíos se habían preparado mucho antes y mucho más que los palestinos, quizá fiados en el mero hecho de que eran más. Apenas dos semanas después, comenzaron las expulsiones de palestinos.

Entre marzo y mayo de 1948, los judíos ejecutan el llamado Plan D, basado en dos objetivos: el primero, hacerse con el control de todos y cada uno de los edificios que los británicos han abandonado, es decir todos los centros del poder, desde centrales telefónicas hasta ministerios. El segundo objetivo fue echar del país a cuantos más palestinos mejor, en casos ocupando aldeas enteras y dejándolas desiertas. En apenas doce semanas, los sionistas echaron de sus casas a un tercio de la población palestina.


Esto generó la primera guerra de Palestina.

Contra lo que habitualmente se dice, Israel no siempre ha dependido del armamento americano. De hecho, en la guerra de 1948 se las arregló para comprarle armas a la URSS, no a Estados Unidos; y, además, se benefició de la decisión de los británicos de embargar las ventas de armas en la zona; lo cual, automáticamente, debilitó a los tres ejércitos que se abastecían exclusivamente de armamento británico, es decir Egipto, Irak y Jordania, los cuales, por lo tanto, no pudieron ayudar a Palestina.

El Estado de Israel, de acuerdo con las decisiones de Naciones Unidas, fue declarado el 14 de mayo de 1948. Una hora después de dicha declaración, el presidente americano Harry Truman anunciaba el reconocimiento de dicho Estado. La URSS lo hizo dos días después. Pero lo más importante que ocurrió esa noche, en el mismo segundo en que el Estado de Israel comenzaba a existir, es que una fuerza de 10.000 soldados egipcios cruzó la frontera entre la península del Sinaí y el desierto del Negev. Aviones egipcios bombardearon Tel-Aviv. Fuerzas sirias y libanesas también cruzaron su frontera, por el norte, pero fueron detenidas en su avance. El 19 de mayo, la Legión Árabe atacó Jerusalén.

Pasada una semana, la suerte de la guerra comenzó a cambiar. Los árabes avanzaron deprisa, pero no fueron capaces de tomar los grandes centros del país y, además, encontraban problemas para conservar sus posiciones (en esto compartían torpeza con su otrora aliado, es decir Adolfo Hitler, AKA Avanzo a toda hostia pero me provisiono como el culo). El 18 de mayo, los judíos tomaban Acre. Para el día 24, sirios, libaneses e iraquíes abandonaban el país, perseguidos por el ejército judío. Después de dos treguas y de nuevas luchas, en julio los israelitas tenían un control casi total del territorio. Naciones Unidas designó un negociador para buscar un acuerdo de paz, el conde sueco Bernadotte. Cuando a Bernadotte se le ocurrió insinuar que iba a proponer una reducción del territorio de Israel (concretamente, la anexión del Negev a Jordania), un grupo judío radical lo asesinó, en septiembre de 1948. La guerra terminó con algo que se parece mucho a la rendición de los árabes.

En 1949, de los 850.000 palestinos que habían vivido en Palestina años antes, ya sólo quedaban 160.000. El resto se convirtieron en refugiados en otros lugares.

En los años cincuenta, tras una actuación tan dolorosa por parte de los judíos triunfantes en la guerra, el pueblo palestino se radicaliza y aparece la figura del fedayin, del guerrero. La principal organización guerrera será al-Fatah, que hoy aún pugna con Hamas por el poder entre los palestinos.

En ese momento, entra en el escenario la personalidad de Gamal Abdel Nasser, un líder arabista que llega al poder en Egipto y que, como consecuencia de sus ideas nacionalistas panárabes, hace del enfrentamiento con Israel uno de los pivotes de su política. Nasser era un político hábil en el interior, pero algo torpe en asuntos exteriores. Concretamente, nunca dominó demasiado bien el arte de no encabronar en exceso al enemigo. En 1955 cometió el mismo error que en 1966, es decir cerrar los llamados estrechos de Tiran, bloqueando a los israelíes el paso al puerto de Eliat. Cuando hizo eso, Nasser, probablemente, no se dio cuenta de que en Israel había cosas que habían cambiado. Moshe Sharett había perdido el poder en manos de David Ben-Gurion, un sionista bastante más radical que, en compañía de su general Moshe Dayan, quería la guerra. Y con el bloqueo de los estrechos tuvo la disculpa ideal para ello. Israel atacó a Egipto en Gaza, y sólo la intervención conjunta de EEUU y la URSS consiguió que se fuera de allí.

Desde 1956, es decir esta llamada guerra de Suez, ambas partes, países árabes e Israel, se embarcaron en una carrera armamentista que, en el caso de los judíos, incluyó el desarrollo de la bomba atómica. Como ocurre siempre en los países que comienzan a gastarse mucho dinero en armas (y, consecuentemente, menos en otras cosas) esto creó crecientes masas de desfavorecidos, los cuales eran, y son, más permeables a las ideologías religiosas más radicales, sean éstas el salafismo integrista de los musulmanes, o las creencias de los judíos ultraortodoxos.
El 14 de mayo de 1967, Egipto violó los acuerdos alcanzados tras la guerra del 48 y penetró en la península del Sinaí. No es que Nasser estuviese completamente ciego. Ese movimiento tuvo su razón de ser, que fue la situación comprometida en que se encontraba Siria, país cuyos gobernantes estaban convencidos de la inminencia de un ataque israelí, entre otras cosas porque en abril había habido unos enfrentamientos durante los cuales Israel había bombardeado Damasco a placer, motivo por el cual los sirios sabían que, si los judíos atacaban por el aire, no tendrían con qué responderles.

El jefe de gobierno israelí, Levi Eshkol, concentró tropas en la frontera del Sinaí. La respuesta de Nasser fue, una vez más, bloquear los estrechos de Tiran, a pesar de que sabía bien que eso sería la guerra. Y así fue. Eshkol, un político más bien moderado, fue rápidamente criticado por Ben Gurion y su gente y, consecuentemente, el 1 de junio es cesado y sustituido por Menahem Beguin, quien encarga a Moshe Dayan que ejercite un ataque contra Egipto. En sólo seis días, y en una ofensiva imparable, los israelitas tomaron el estrecho de Gaza, la península del Sinaí e incluso los Altos del Golán. En todos estos territorios que Israel ocupó realizó la misma limpieza étnica del pasado, con lo que en los países vecinos los campos de refugiados hubieron de recibir miles de inquilinos más.

La guerra de los seis días fue un completo trauma para los palestinos y, en general, para el mundo árabe-musulmán. Se podría decir que de todas las guerras que pensaron que podían ganar, ésta se lleva la palma; y es, además, donde su derrota fue más rápida, completa y humillante. A partir de la guerra de los seis días, el movimiento palestino, entonces liderado por al-Muqawamma, se convierte claramente en un movimiento de guerrilla y violencia organizada, con un jefe militar indiscutible en Yassir Arafat, fuertemente influida, en el aspecto militar, por el maoísmo o las tácticas del vietcong norvietnamita. Aupándose en esta influencia creciente, al-Fatah se hace con el poder del movimiento palestino, de la mano ya de Arafat, quien, sin embargo, tuvo que deshacerse de dos líderes de inspiración comunista que le hicieron sombra: Naif Hawatmeh, quien formó un partido troskista; y Georges Habash, prosoviético. Fue, sin embargo, al-Fatah quien tuvo la idea genial para la organización de la resistencia: construirla desde los mismos campos de refugiados, convirtiendo éstos, pues, en centros del ejército clandestino de Palestina.

La guerra de los seis días, la humillante derrota para el mundo árabe, tuvo dos consecuencias permanentes para el conflicto. Uno, terminar de englobar a los diferentes, y muy variados, grupos palestinos en una sola organización la OLP (Organización para la Liberación de Palestina); otra, mutar el conflicto desde lo que había sido hasta aquel momento, es decir una discusión sobre si habría uno o dos Estados en Palestina; en un conflicto basado en la reclamación de que Israel devolviese los territorios ocupados tras la guerra y en el problema de los miles y miles de refugiados palestinos que habían sido desplazados de su tierra.

Lejos de resolver este último problema, en los 15 años que siguen a la guerra de los seis días, Israel lo empeoró. El Estado judío practicó una política de discriminación y expulsión sobre los 590.000 palestinos que entraron bajo su poder en el llamado Banco Oeste y los 380.000 del estrecho de Gaza.

La mayoría de los israelíes concibió los territorios ocupados, especialmente el Sinaí y los Altos del Golán, como un necesario colchón de seguridad para su país. Basándose en esta idea, el partido religioso nacional, el Mafdal, comenzó en los años setenta una política de establecimiento de colonos en dichos territorios que ha causado notables problemas en los últimos tiempos, cuando algunas de esas colonias han sido destruidas para devolverle terreno a los palestinos. Esos colonos forman el ala más dura del sionismo y la principal fuerza actual de oposición interior a cualquier final negociado del conflicto palestino-israelí.

A partir del momento en que el presidente John Fitzgerald Kennedy fue asesinado y, por lo tanto, sustituido por Lyndon B. Johnson, un político decididamente proisraelí, la relación entre Israel y EEUU se hizo más estrecha. A pesar de dicha colaboración, EEUU quería conseguir un acuerdo de paz duradero en la zona, basado en la denominada resolución 242 de la ONU, que llamaba a Israel a abandonar los territorios ocupados. Israel, sin embargo, aceptó el principio de la resolución 242, pero en la práctica aceptó aplicarla, únicamente, en la península del Sinaí, dejando por lo tanto fuera los Altos del Golán, el Banco Oeste y el estrecho de Gaza.

El deseo egipcio de recuperar la península del Sinaí provocó dos guerras. La primera la hizo todavía Nasser desde marzo de 1969 hasta agosto de 1970, sin resultados. Los intentos de Estados Unidos de ablandar las intenciones de Israel chocaron con Golda Meir, entonces primera ministra israelí y una política notablemente intransigente.

Mucho más exitoso para los árabes fue el ataque realizado en octubre de 1973 de nuevo por Egipto, entonces presidido por Anwar el-Sadat. El ataque del 73, conocido como la guerra del Yon-Kippur (nombre de una fiesta judía), pilló a Israel desinformado y con los brazos bajados, así pues, para desequilibrar la guerra en su favor, hizo falta que Estados Unidos se volcase en ayudar a los judíos, en un movimiento tan descarado que provocó la ira de los países árabes, que respondieron reduciendo la producción mundial de petróleo en tal medida que provocaron una de las crisis económicas más largas y graves de la reciente historia del mundo, la llamada primera crisis del petróleo (la segunda se produjo a principios de los ochenta a causa de la guerra Irán-Irak, y la tercera se ha desarrollado hasta hace unas pocas semanas).

Sadat obtuvo de la guerra del Yon-Kippur una retirada parcial israelí de la península del Sinaí. Retirada que se hizo total en 1977 cuando Sadat, en un movimiento que sorprendió al mundo y le granjeó muchos enemigos en el mundo árabe, se presentó en Jerusalén, abrazó a su peor enemigo, el primer ministro judío, y llegó con él al acuerdo de establecer relaciones diplomáticas plenas a cambio de la retirada del Sinaí. Los palestinos se sintieron naturalmente traicionados, al igual que los musulmanes más radicales en todos los países del área. Sadat moriría poco después, asesinado durante un desfile militar.

Para Israel, el Yon Kippur supuso meterse en la cabeza una idea nueva: era posible que perdieran. Hasta entonces, los judíos se habían considerado invencibles, pero tras la guerra se dieron cuenta de que eso ya no era cierto. Esto provocó un giro del país a la derecha, pues el Partido Laborista comenzó a ser sustituido en el gobierno por el derechista Likud.
Para la OLP, el movimiento de Sadat también fue un trauma y le enseñó que lo que hasta entonces había creído imposible, es decir que países árabes llegasen a entenderse con Israel aún cuando el problema palestino permaneciese irresuelto, era factible; se dieron, pues, cuenta de que eran menos poderosos dentro del mundo musulmán de lo que habían creído. Esto movió a Arafat hacia el pragmatismo. En 1974, al-Fatah publica un programa en el que la OLP hace una asunción histórica: la recuperación de los territorios ocupados (es decir, la reivindicación de los países árabes) es prioritaria sobre el problema de los refugiados (es decir, la reivindicación de los palestinos). Esta asunción, hecha sin duda a regañadientes por los dirigentes palestinos, permanece como condicionante del conflicto hasta hoy en día.

La OLP, sin embargo, siempre se ha caracterizado por combinar la acción diplomática con la acción armada. Establecida en el sur de Líbano, desde allí realizaba acciones agresivas contra el norte de Israel. Estas operaciones dieron pie para que el general conservador judío Ariel Sharon acabase convenciendo al jefe de gobierno, Menahem Begin, de que debía atacar a su vecino del norte. Esto es la guerra del Líbano de 1982, donde confluyeron cuatro ejércitos: la OLP, los israelitas, los sirios, que atacaban a los israelitas, y las milicias cristianas maronitas, que apoyaban a Israel. Hubo un acuerdo de paz, pero se rompió cuando el activista separado de la OLP, Abu Nidal, atentó en Londres contra el diplomático judío Shlomo Argov.

Una vez que los israelitas avanzaron en Líbano, y dado que la guerra había comenzado desde su punto de vista para eliminar el peligro palestino, los dirigentes de la OLP y sus milicias fueron expulsados de Líbano, recalando, mayoritariamente, en Túnez. Al calor de esta nueva humillación surgieron las primeras fuerzas de Hezbollah, una milicia radical de inspiración chiíta, proiraní.

En septiembre de 1982, las milicias maronitas, contando con la permisividad israelí, practicaron el hecho más sangriento y repugnante de la guerra del Líbano y, probablemente, de toda la larga historia del conflicto árabe-israelí. Fue el genocidio de los campos de refugiados de Shabra y Shatila, donde fueron asesinados cientos de hombres, mujeres y niños. La matanza fue tan impresionante que en el mismo Israel provocó protestas a las que asistieron 400.000 personas. Shabra y Shatila, además de figurar en una de las primeras páginas del libro Por qué deberías vomitar al recordar que eres un ser humano, supusieron, además, y ésta es una opinión quizá muy personal, el giro definitivo de la batalla de la imagen mundial. En el conflicto israelí, si ponemos el contador a cero en el momento de la creación del Estado de Israel, los judíos habían tenido una reserva de recursos de buena imagen que parecía inagotable. Ya he dicho antes que el sentimiento mundial de culpabilidad tras el holocausto tiene mucho que ver con lo ocurrido. Probablemente, Israel pensó que ese crédito sería eterno. Pero, por así decirlo, con las repugnantes matanzas de Shabra y Shatila, se gastó los últimos céntimos que le quedaban. Tras aquellos hechos horrorosos, la opinión pública mundial comenzó a sentirse mucho más partidaria de ver en los judíos, no unas víctimas, sino unos verdugos. En realidad, en párrafos anteriores ya se ha visto que Israel llevaba décadas haciendo putadas; pero, desde entonces, esas putadas quedaron mucho más expuestas. En Occidente, lo progresista pasó a ser declararse propalestino. Y no fue ése un penalty que parase Arafat; más bien lo falló don Ariel Sharon. El último gran mojón positivo para los israelitas en materia de imagen mundial fue el asesinato de varios atletas judíos que habían acudido a los Juegos Olímpicos de Munich por activistas de Septiembre Negro. A partir de ahí, todo les ha ido cuesta abajo y, en gran medida, por culpa suya.

Mientras tanto, no obstante, Arafat se quedaba solo. Dos de sus principales colaboradores, Abu Jihad y Abu Iyad, murieron, el primero a manos de los israelíes y el segundo por la gente de Abu Nidal. El resultado de la guerra del Líbano, su expulsión a Túnez, dio alas a las sensibilidades más radicales que la de al-Fatah. Esto obligó a Arafat a tomar posiciones más radicales, que se concretaron en el inicio de la Intifada o rebelión de diciembre de 1987, en la que se generalizaron las agresiones contra los israelíes, a las que éstos respondieron con creciente violencia. Maniobrando con inteligencia, Arafat no olvidó el flanco diplomático, y el 15 de noviembre anuncia la publicación de una Declaración de Independencia de la OLP, señalando los tres grandes asuntos que afectaban a las reivindicaciones palestinas: los refugiados, el estatus de Jerusalén (ciudad considerada santa por judíos y musulmanes) y la naturaleza y fronteras del futuro estado palestino. Pero también, y aquí está la importancia del documento, en la Declaración se decía que la partición de Palestina era deleznable, pero al tiempo se reconocía su necesidad para acabar con el conflicto. Esto, negro sobre blanco, venía a significar que la OLP, por primera vez, venía a aceptar barco como animal acuático y reconocer la existencia del Estado de Israel.

Todo esto fue hecho para ganarse a Estados Unidos. Durante la presidencia de Jimmy Carter, judíos y palestinos habían firmado los acuerdos de Camp David, que habían servido para hacer que los americanos viesen en Arafat a un líder con el que se podía negociar. En 1991, sin embargo, se dio un paso atrás: Irak invadió Kuwait, Estados Unidos declaró la guerra del Golfo versión 1.0… y los palestinos se pusieron del lado de Sadam Husein.

Tras la guerra del Golfo, algunos políticos judíos de izquierdas realizaron acercamientos con líderes palestinos moderados, que se basaban en la asunción pragmática de la partición de Palestina. Otros factores colaboraron para el diálogo: en 1989 había caído el Muro de Berlín y con él había desaparecido la URSS, hasta entonces el gran apoyo militar de la OLP. Además, las elecciones israelitas en 1992 dieron ventaja claramente a los políticos que se mostraban partidarios de abandonar algún día los territorios ocupados. El 13 de septiembre de 1993, la Declaración de Principios de Oslo fue firmada en Washington.

En realidad, Oslo fue lo que en rugby se llama una patada a seguir. El artículo 5 de la declaración dejaba para más adelante la discusión sobre los temas más candentes, esto es los refugiados, Jerusalén y las colonias judías establecidas en los territorios ocupados. Asimismo, el documento establecía ya, por primera vez, el compromiso de construir una Autoridad Palestina, a la que se le irían transfiriendo territorios y competencias. Para la OLP, Oslo tuvo el valor de ser el primer momento en la Historia en que el Estado de Israel la reconocía como representante de los legítimos derechos y deseos del pueblo palestino.

No obstante, la desconfianza mutua era muy grande. Ni la OLP dejó de armarse y mucho menos consiguió unificar el enorme dédalo de sensibilidades e ideas que albergaba en su interior. Por lo que respecta a los judíos, obsesionados con la idea de la seguridad, poco tiempo después de firmados los acuerdos reiniciaron la colonización en los territorios ocupados.

Finalmente, la violencia palestina acabó por regresar, algo que Israel aprovechó para volver a ocupar la mayoría de los territorios que teóricamente debería administrar la Autoridad Nacional Palestina. Esto movió a los judíos una vez más hacia su visión de la paz, formada por un Estado israelí fuerte que ejerce su protectorado sobre una pequeña y débil autoridad palestina; todo ello sin hablar seriamente ni del derecho al regreso de los refugiados ni, por supuesto, de compartir soberanía alguna en Jerusalén.

La declaración de Oslo fue firmada por Yasser Arafat, Bill Clinton y Yitzak Rabin. En realidad, el destino de estos tres políticos revela muy bien la difícil evolución de la paz. Clinton acabó su mandato seriamente tocado por un escándalo sexual que le impidió desarrollar su política. Arafat acabó muriendo bajo la preocupación de la creciente influencia en el entorno palestino de las fuerzas más radicales como Hezbollah. Y Yitzak Rabin murió asesinado por un judío de ultraderecha que quería impedir que llegase a acuerdos con los palestinos.

En octubre del 2000, los palestinos iniciaron una segunda Intifada, crecientemente dirigida por los elementos islamistas más radicales del movimiento palestino; radicalización que provocó una escalada en la violencia del ejército israelí, con episodios tan tristes como la matanza del campo de Jenin (abril del 2002). Muy influida por el impacto que la matanza de Jenin tuvo en la opinión pública mundial, Estados Unidos se decidió a impulsar un nuevo plan de paz, conocido como la Hoja de Ruta. Ambas partes han intentado avanzar en dicha hoja. No obstante, ni por parte Palestina han dejado de producirse acciones bélicas contra Israel, ni Israel ha abandonado sus proyectos de seguridad, entre otras cosas colocar enormes muros en parte de los territorios ocupados, para aislarse de los terrenos de los palestinos.


La gran esperanza que, por varias veces, constituyó Yassir Arafat como posible interlocutor con los israelíes y los estadounidenses, acabó diluyéndose. La Intifada acabó por forzar el aislamiento de Arafat por los judíos en su Mukata; aislamiento que se ha combinado, cabe recordarlo, con no pocas acusaciones de venalidad y corrupción hacia la autoridad palestina.


La muerte de Arafat, además, dejó abierto el gran enigma que afecta hoy al movimiento palestino. En todas las partes en las que se ha desarrollado, el islamismo radical ha sido exitoso por la atracción de su mensaje y también por los esfuerzos que ha hecho por procurar a los ciudadanos ayudas y apoyo muy cercanos. Resulta un poco inexacto calificar a los sucesores de Arafat de moderados, pero frente a los más radicales, sin duda, lo son. Y si a eso se une que la penetración de los radicales en la sociedad civil palestina, a través de la educación o de los servicios sociales, es creciente, el sudoku se complica. De hecho, las acciones bélicas a las que asistimos hoy tienen como motivo principal la actuación de Hamas, es decir del palestinismo radical , cada vez más consolidado en las preferencias del pueblo palestino y con crecientes cuotas de poder en el mismo.

¿Qué pasará ahora? Leñe, si yo supiera eso, no tendría una casa de setenta metros cuadrados en propiedad compartida al 50% con mi banco.


Una cosa que pienso muchas veces cuando pienso en el problema judío (ya he dicho que se lo puede llamar de muchas maneras; a mí la más exacta me parece que es ésta) es que lo primero que habría que hacer es una clasificación estricta de quiénes quieren que se solucione definitivamente y quiénes, por decirlo elegantemente, preferirían que no fuese así. Un médico palestino al que conocí en la universidad me dijo un día una frase que se me ha quedado grabada en el recuerdo: «los palestinos somos los judíos del mundo musulmán». Se refería al hecho de los muchos años durante los cuales el pueblo judío fue esa colectividad cuyas reivindicaciones eran comprendidas por Occidente, sin que por ello fuesen colmadas. Hay toda una dinámica dentro del mundo musulmán que se basa en la existencia del conflicto palestino, en la existencia de la opresión sobre los palestinos. Si no existiese el problema palestino, habría que reclamar Al-Andalus, asunto éste que pilla tan lejos que tiene un sex appeal radical mucho menor.

Por su parte, Israel, a mi modo de ver, ha perdido el sentido de la realidad. Su reacción al trauma de la vencibilidad (el haberse dado cuenta de que pueden ser vencidos) no ha sido tender puentes, aunque lo haya hecho en el terreno diplomático. En el fondo, el Estado de Israel parece reaccionar como si durante años hubiese temido que el pacifismo interior, es decir los israelitas contrarios al enfrentamiento con los palestinos, pudiese minar su fuerza; pero ya se hubiese dado cuenta de que eso no va a ocurrir. En el año 2008, Israel ha acometido una agresión contra un vecino y no parece que la justicia de ese movimiento haya sido seriamente cuestionada por nadie. Por otra parte, parece actuar pensando que cualquier solución definitiva al conflicto debería demandar cesiones significativas por su parte; cosa que es, probablemente, cierta. Y ha decidido que su sociedad no lo va a aceptar.


Y luego quedan los intermediarios. Sobre todo, los Estados Unidos. El día 20 se queda el prado un nuevo pastor. Un tipo que, además, a decir de muchos, viene con ideas nuevas, uno de esos mitos que rompen el calendario de forma que los años venideros se llamaran AO (Antes de Obama) y DO (Después de Obama). Lo mismo se dijo en su día de Clinton, por cierto. Y, ciertamente, don Guillermo tiene una interesante muesca en su revólver, como es la solución del sudoku irlandés. Con un poco de suerte, le habrá susurrado en la cama al oído a la ministra de Asuntos Exteriores cómo leches lo consiguió. Pero, aún así, no parece que haya sido un presidente histórico, en el sentido literal de la expresión.


El asunto judío, quizá, será el primer escalón en el que algunos obamaníacos se van a llevar una sorpresa, no muy agradable por cierto. Primero, porque no hay nada en el discurso electoral de Obama (discurso, por otra parte, preñado de conceptos grandilocuentes y muy genéricos) que revele un giro significativo en el stance estadounidense frente a la cuestión judía. Segundo, porque eso encuentra bastante lógica tras el fracaso de Bush. Porque si Bush I montó una guerra para girar la manija de una economía mundial que iba de cabeza a la recesión y de paso aislar económicamente el resurgir de Rusia, objetivos ambos que consiguió, Bush II montó su guerra, en el mismo escenario, con la intención de poner, no una, sino otra pica en Flandes, tratando de generar el experimento de un país musulmán proamericano y con formas democráticas en el mismísimo patio de atrás del radicalismo musulmán. Pero Bush II, al contrario que su padre, fracasó.


Dicen que en cierta ocasión Lyndon Johnson (yo, al menos, he escuchado la anécdota referida a él) escuchó cómo uno de sus colaboradores calificaba a un dictador proamericano de hijo de puta, y le contestó: «no es un hijo de puta; es nuestro hijo de puta». Fracasada la reedición del shanato iraní en el Irak del siglo XXI, parece claro que el inquilino de la Casa Blanca, tenga el color (político) que tenga, no tendrá más remedio que albergar sentimientos muy parecidos hacia Israel y sus razzias. Con lo que, lo quiera o no, se apuntará al bando de los que, en el fondo, trabajan para que el conflicto se eternice.

Otro factor podría ser el papel de la ONU. O el de la Asociación de Vecinos del barrio de Moratalaz. O el de los socios del Rotary Club de La Valetta. Las tres son instituciones de parecida eficiencia en materia de política exterior.

Quien puede cambiar este estado de cosas es el islamismo radical con las acciones que acometa. Y esto es, a mi modo de ver, lo que hace que el año 2009 comience con un claro tufillo inquietante.

lunes, diciembre 22, 2008

Asueto

Hoy comienzan unos días de asueto. Desde hoy, 22, hasta bien entrado el mes de enero, no estaré en condiciones de acudir a esta cita por falta de conexión. Es posible que lo haga porque hoy en día en las ciudades grandes, y Madrid lo es, conseguir una conexión no es difícil y, por lo tanto, lo mismo tengo la oportunidad de asomarme. No obstante, mi intención primera, ya lo he dicho, es el asueto.

Asueto no quiere decir estar quieto parado. Siempre hay cosas que leer, pero estas Navidades, además, me tengo reservada alguna cosa bastante especial. Espero que pronto la podamos compartir.

En todo caso, os deseo el mayor de los placeres durante la celebración de esta fiesta, la del solsticio de invierno, que es tan vieja como el propio ser humano. Tan, tan vieja que, cuando unos padres que querían universalizar la creencia en un niño nacido en Judea, hicieron coincidir dicho nacimiento con el del sol (el sol renace tras el solsticio, pues los días comienzan a alargarse) para así aprovechar la proclividad que ya tenían las personas a celebrar fiesta en esa época del año.

En cuando a los reyes magos, que ni eran tres, ni eran reyes, ni eran magos, también espero que os sean propicios y os traigan muchos bienes y conocimientos.

Nos leemos.