miércoles, enero 14, 2009

Historias de Barcelona

Querido diario: en el día de hoy, hago firme promesa de no volver a dudar de San Google.

Inocente fui yo por considerar que en internet no sería posible averiguar qué jaca ganó el concurso de Miss Europa de 1933. Porque sí, fue la rusa. Y también habéis acertado los que habéis considerado que era concursante en el exilio, es decir representaba a los rusos blancos.

Ahora, en la segunda exiliada, no es por nada, la habéis cagado.

Hay y comentario que casi da en el blanco. Dice: yo votaría por Alemania, porque un país fascista es bien capaz de estar en contra de los concursos de belleza.

De lo único que hay que darse cuenta es de que Alemania no era el único país fascista en 1933.

La segunda exiliada, señores, era exiliada de Don Benito. No de la población pacense, no; de don Benito Mussolini, pues fue este ciclotímico dictador el que decidió que los concursos de belleza eran impropios de una patria imperial como la vieja Italia.

En fin, hechas las aclaraciones, contemos algunas cosas de Barcelona.



Ocurre a veces, en las subastas y remates de libros usados que frecuento, que para poder llevarte un buen mero tienes que llevarte alguna anchoa. Es usual que haya lotes de libros empaquetados a causa de la poca «salida» que algunos libros tienen por sí solos. A este hecho cabe unir que el bibliófilo (o por lo menos este bibliófilo que aquí os escribe) suele reservar alguna parte de sus adquisiciones para lo que podríamos denominar «pequeñas locuras», o sea compra de libros que teóricamente no son de su interés, y que compra por puro vicio, por leer algo distinto.

Una de estas adquisiciones fue, hace algunas semanas, un libro editado en 1963 por Ediciones Marte, titulado Memorias de un funcionario. No era caro y he de reconocer que el título me enganchó. ¿Qué tendría un funcionario que contar? Y, a todo esto, ¿de qué tipo de funcionario estamos hablando?

El libro en cuestión resultó ser obra de Manuel Ribé. Un hombre que, en la primera mitad del siglo XX, se ocupó, en diversas etapas, de la responsabilidad de la policía local del Ayuntamiento de Barcelona y, sobre todo, de su protocolo. Con la puntillosa meticulosidad de alguien que tiene en muy alto concepto su trabajo, Ribé escribió un libro que es, básicamente, la nómina de todas las cuchipandas, recepciones, premios y demás historias en las que estuvo metido el Ayuntamiento de Barcelona en la primera mitad del siglo. En realidad, el libro se hace un poco pesado. Ribé, catalán hasta las cachas, realiza descripciones tan pormenorizadas que se hace algo pesado; casi en cada almuerzo, cena o desayuno que organiza, nos detalla el menú y los costes. Una información muy interesante para alguien que quiera estudiar la evolución de los precios en la Barcelona de antes de la Guerra Civil.

Es Ribé quien cuenta, entre alucinado y cachondo, el extraño caso del alcalde de Barcelona que lo fue tan sólo por llevar puesto un buen chaqué (que, ahora que lo pienso: ¿no será que la ministra de Defensa lee este blog, y por eso se lo pone?). Pero cuenta más cosas. Algunas de ellas las voy a dejar aquí, no sin dejar de recomendar a mis amigos catalanes, o catalanófilos, especialmente los barcelonípedos, que, si algún día les cae en su entorno el libro de Ribé, tiren de tarjeta de débito y se lo lleven.

Hablando de Cataluña, hay que empezar por la cuestión lingüística. Aunque no la esperada. En año 1909, como sabemos bien, fue especialmente movido en Barcelona a consecuencia de la Semana Trágica. Así pues, una vez que aquellos disturbios pasaron, los regidores de la ciudad estaban locos por albergar en la ciudad cuantos más signos de modernidad y de progreso, mejor. En parte por esta razón, aquel año de 1909 se celebró en la Ciudad Condal el V Congreso Mundial de Esperanto. El Ayuntamiento, gozoso de la convocatoria, le pagó a los asistentes una comida, para lo cual aprobó un crédito extraordinario de 5.000 pesetas (30 euracos).

Pero lo alucinante es lo que nos cuenta Ribé. Le dejo hablar (aunque las cursivas son mías): «Ni qué decir tiene que como Jefe de la Guardia Urbana procuré que el Cuerpo cuidara muy bien de todos los servicios a los que debía atender, teniendo muy en cuenta que el Congreso era Universal y que Barcelona aún convalecía. Unos doce guardias y tres clases hablaban correctamente esperanto, y distribuidos con cuidado y maña, les pareció a los congresistas que eran muchísimos más los que conocían ese idioma».

Hace ahora cien años, pues, la policía local de Barcelona tenía 15 efectivos que hablaban esperanto. ¿Alguien se anima a buscar en Google cuántos hay ahora?

Hace cien años, si hemos de hacer caso de Ribé, el gran problema de Barcelona, como localidad turística, era el puerto. Porque cabe decir que hace un siglo en Barcelona, mientras en muchos lugares de España aún no sabían lo que era un turista, ya existía una asociación privada que llevaba el no muy elegante nombre de Sociedad para la Atracción de Forasteros, dedicada al fomento del turismo hacia la ciudad, de la que Ribé, por cierto, era secretario. Era pronta, pues, la vocación de la ciudad por convertirse en eso que llaman una economía de servicios, vía turismo.

Pero el puerto era un problema. Entonces, los trasatlánicos no desembarcaban a su grey mediante pasarela, sino que echaban el ancla a unos cientos de metros del muelle, de forma que el pasaje era llevado a tierra en barcas. Lo cual provocaba que en el puerto hubiese siempre una multitud de ofertadores de todo tipo, o sea taxistas, dueños de pensiones, de restaurantes, de tiendas y, por supuesto, descuideros de variada laya, subidos a un ejército de barcas que literamente atracaba (en varios sentidos) a los inocentes guiris que llegaban con sus francos y su despiste. «Sólo yo sé lo que tuve que trabajar para que el desembarco en el puerto de Barcelona fuese digno de su nombre», afirma, categórico, Ribé.

Otra especialidad barcelonesa era el republicanismo. En Barcelona, como en Madrid, el sentir republicano era muy fuerte y, aunque en las elecciones a Cortes se disimulaba mediante las mil artimañas de la manipulación electoral (durante medio siglo, en España se dio siempre la curiosa, y sospechosa, circunstancia de que las elecciones siempre las ganó el partido que las convocaba), en el ámbito local esto era ya mucho más difícil. Por tal razón, la ciudad alcanzó a tener alcaldes de fe republicana. En septiembre de 1910 arribó a Barcelona la infanta doña Isabel, miembro pues de la familia real, que fue agasajada por las autoridades locales. Esta doña Isabel o era despistada o le importaba todo un culo porque, llegando al paseo de Gracia y viendo a las gentes que la vitoreaban, se volvió hacia el alcalde accidental, José María Serraclara, y le dijo:

- Alcalde, ahora es el momento oportuno de dar un viva al rey.

Serraclara puso la misma cara que pondría Henry Fonda si tras descartarse de cuatro cartas le viniese un póker de mano; algo así como cara de catalán con el interruptor general en off. Tuvo que ser un ministro del gobierno de Madrid quien, subeptriciamente, se acercase a la infanta, y le musitase:

- ¿Es que Su Alteza ignora que el señor alcalde es republicano?

O sea, como invitarle al Carod a que dé un Viva España.

Los relatos sobre aquellos años, hace un siglo, son enternecedores por su amateurismo. Hoy, en política, todo es profesional. Y es obvio que si el alcalde de Madrid, Gallardón el Picopala, visitase Barcelona y pasara en ella varios días, sobran en la ciudad hoteles de postín para alojarlo. Sin embargo, en octubre de 1911, cuando el alcalde de Madrid, Francos Rodríguez, visitó Barcelona, las cosas eran más amateurs. Porque Francos (en plural) no se hospedó en ningún hotel, sino en la mismísima casa del alcalde de Barcelona. Eso es lo que se llama cooperación territorial, y lo demás son hostias. Era alcalde de Barcelona el marqués de Marianao, y tenía un palacio en el paseo de Gracia que lo flipas (creo que hoy es la sede del Banco Vitalicio). Allí se quedó el alcalde de Madrid, pero no, por cierto, sin que Marianao intentase algún otro arreglo, o sea quitarse de enmedio el huésped. La razón nos la da Ribé: los madrileños, decía el alcalde barcelonés, solían cenar muy tarde, y eso le causaba molestias.

He aquí un misterio resuelto: el hecho diferencial catalán consiste, básicamente, en acostarse pronto. ¿Qué habría sido de la industria discotequera sin la inmigración?

Marianao, por cierto, cumple con el retrato del catalán modelo en otra cosa: su intensa devoción por la virgen del puño. Los propietarios del paseo de Gracia tenían la obligación de poner losetas en la acera delante de su casa, pero podían dejar una parte con tierra. En realidad, casi todo el mundo que vivía en la avenida había completado las aceras con losetas, pero no Marianao, quien mantenía la proporción de tierra porque, como repitió siempre que se lo recordaron, no estaba obligado a embellecer la zona. Ni siquiera cuando fue alcalde abordó la obra. La pela es la pela...

El 18 de diciembre de 1914, la Guardia Urbana estrenó uniforme de gran gala para las celebraciones especiales. Conociendo a Ribé, que es quien lo preparó, tuvo que ser un uniforme acojonante. Tan, tan acojonante, que en el curso de la cena que se celebraba, el capitán general de Cataluña, el célebre general Valeriano Weyler, se dirigió a dos guardias que guardaban la puerta y les estrechó la mano, tomándolos por invitados.

Algunas semanas antes, en octubre, se declaró en Barcelona una epidemia de tifus. 9.278 enfermos y 1.976 fallecidos, que se dice pronto. El motivo de dicha infección da la medida del amateurismo de los tiempos: una casa recién construida vertía todas sus aguas fecales en las conducciones de Moncada que surtían Barcelona. Así pues, los barceloneses bebían, literalmente, un agua de mierda. Lo extraño es que quedase alguno...

Esto debe de ser algún tipo de tradición. Mi experiencia personal es que si hay un elemento en el que un barcelonés siempre está dispuesto a reconocer la superioridad de Madrid, es el agua, que aquí es mucho más rica, y considerablemente más barata.

Pero el tifus no fue todo. En el otoño de 1918, Barcelona habría de sufrir, como toda España, la terrible gripe española, ésa que dicen que está a punto de repetirse. La enorme mortandad de la gripe en Barcelona acabó creando un cuello de botella funerario: los enterradores de los cementerios, literalmente, no daban abasto y se llegó a la tétrica situación de que en la plaza frente al llamado Cementerio Nuevo se acumulasen los ataúdes con su muerto dentro, esperando que alguien los enterrase. Fue necesario crear brigadas de enterradores provisionales, en realidad obreros del Ayuntamiento. Otra medida que se tomó es que los sacerdotes no fuesen a la casa de los fallecidos y permaneciesen en la entrada de sus parroquias. Los féretros ni siquiera entraban: pasaban por delante, el cura rezaba el responso, y, hala, al cementerio. Extrema unción exprés.

En 1915, albergando ya Barcelona la idea de convertirse en una gran ciudad ferial, la ciudad toma posesión de la montaña de Montjuïch y aledaños, con el fin de montar una exposición internacional de Industrias Eléctricas, que fue la que lo comenzó todo. El alcalde, Pich y Pon, albergó enseguida la idea de construir un palacio en lo más alto de la montaña. Tantas ganas tenía de hacerlo que, cuando descubrió que allí en la cima había unos viñedos, ni corto ni perezoso se los compró al vinatero con su propio dinero; hoy sospecharíamos de este movimiento por posible corrupción urbanística, pero en aquel entonces lo único que pasaba era que Pich estaba que no orinaba por empezar las obras. Al día siguiente de la adquisición, se presentaron los obreros municipales para arrancar las viñas y el antiguo dueño, que lo vio, se agarró un disgusto de la hostia y empezó a dar la brasa, tanta, tanta, que el alcalde le tuvo que apoquinar 250 pesetas para que se callase.

El 30 de mayo de 1925, se celebró en Barcelona un acto que ahora mismo puede parecer poco importante, pero que en su momento fue de gran trascendencia para la ciudad: la inauguración el metro a su paso por la calle Balmes.

El metro de la calle Balmes, o más bien su inexistencia antes de ser construido, es una buena demostración de lo anárquicamente que creció Barcelona. Porque Barcelona, a base de tener alcaldes bienintencionados pero con escasa formación urbanística, se convirtió en un ejemplo claro de ciudad antigua, pues a mediados del siglo XIX todavía era una ciudad casi medieval, que estaba siendo engullida por su propio desarrollo. El crecimiento de Barcelona, sobre todo desde que Rius y Taulet diseñó su expansión, se había hecho muy deprisa. La calle Balmes había sido alguna vez una calle más bien periférica, pero ya no lo era. Sin embargo, mantenía una característica típica de calle de extrarradio: la recorría el ferrocarril de superficie. La situación era tan incómoda y peligrosa que en los últimos años que existió dicho ferrocarril fue necesario que la ciudad colocase un guardia urbano en cada una de las esquinas de las calles perpendiculares, con el objeto de evitar accidentes. Pocos avances en la calidad de vida urbanística de la ciudad son más importantes que el que inauguró aquel día primaveral, hoy hace 84 años.

¿Cuántos años hace que existen los vuelos entre Barcelona y Madrid? Pues 81, porque el primero despegó el 16 de diciembre de 1927. En sus inicios, el vuelo tomaba unas tres horas, o sea el triple que hoy. Todavía hubo gente que tomó aquellos aviones que era capaz de recordar los tiempos en los que el barcelonés que tomaba la diligencia para ir a Madrid salía a eso de las 10 de Barcelona y paraba tres horas después para comer... ¡en Hospitalet!

He dicho antes que Barcelona era aún en el siglo XIX una ciudad medieval. Pero hay medievalismos en esta ciudad que son, paradójicamente, modernos. Todos los que hemos estado en Barcelona hemos visitado el barrio gótico y, una vez allí, hemos admirado el pequeño puente de la calle del Obispo, ése que une dos edificios. Y tengo por mí que no sólo turistas sino los propios locales tienen ese detalle arquitectónico por algo puramente gótico. Serán pocos los que sepan que ese puente fue, en realidad, inaugurado el 23 de abril de 1928. Y conviene decir que su construcción fue un escándalo entre arquitectos, artistas, escritores y otros porculos, los cuales consideraban que el tal puente era un pastiche que nunca sería tomado por auténtico. En realidad, la obra forma parte de todo un plan trazado por los ediles de la ciudad para conseguir consolidar el barrio. Y, ciertamente, lo han conseguido; no serán pocos los que piensen que el barrio gótico de Barcelona se llama así desde los tiempos del gótico. Lejos de ello, la denominación data de los tiempos de la inauguración del puente de la calle Obispo.

Otro dato: ¿cuándo se instalaron los primeros semáforos en Barcelona? Pues en agosto de este cumplirán, exactamente, 80 añitos. La implantación obligó a las administraciones a editar miles y miles de pasquines donde se explicaba sencillito lo de los tres colores y lo de lo que hay que hacer y tal. Ya sé que os parecerá una chorrada, pero si os paráis a pensarlo, creo que acabaréis por coincidir conmigo en que entender el funcionamiento de un semáforo no es tan fácil como parece cuando no se ha nacido rodeado de ellos. De hecho, aún hoy somos mayoría los humanos que tendemos a interpretar de mala manera la luz ámbar.

Y rodando, rodando, en este pequeño anecdotario llegamos hasta un día con Historia, como es el 14 de abril de 1931. Como es archisabido, ese día toda España hervía ante las noticias que iban llegando del enorme caudal de votos obtenidos por las candidaturas republicanas en las elecciones municipales. En Barcelona y Cataluña los nacionalistas ganaron por goleada, en buena parte por un efecto que se repetiría en febrero del 36, es decir que los habitantes de las barriadas más modestas se aplicaron a votar masivamente.

El líder del catalanismo era Françesc Maciá y, como tal, su objetivo fue ir a la Diputación a hacerse con el poder (de hecho, declaró la República Catalana, proclamación de la que luego tuvo que dar marcha atrás tras no fáciles negociaciones con los políticos de Madrid). El segundo de Maciá, o sea Lluis Companys, fue encargado de ir al Ayuntamiento para hacerse cargo del mismo. Allí fue donde se encontró con nuestro incombustible Ribé.

Era alcalde de Barcelona, accidental, el señor Martínez Domingo, el cual se negó a entregar a Companys la vara de alcalde, por considerar el procedimiento poco legal. Aún así, Companys la tomó, con lo que al hasta entonces alcalde no le quedó otra que darse el piro.

El problema se planteó cuando el nuevo poder en el Ayuntamiento (no cabe llamarlo alcalde propiamente hablando) dictaminó, lo cual tiene su lógica, que se izase la bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento.

El 14 de abril de 1931, no había en el Ayuntamiento de Barcelona ni una bandera tricolor.

Visto lo visto, los servicios de la corporación se dirigieron a la plaza de San Justo, donde había un centro republicano, donde pidieron prestada la bandera que solían colocar en un mástil sobre la entrada. Una bandera, nos cuenta Ribé, que estaba un poco estropeada. Ya sabemos cómo se ponen las banderas que trabajan muchos días y muchas noches sin que alguien las lave: asquerosas. Pues aquella tela semimugrienta fue la que se izó a la una y media de aquel 14 del balcón del Ayuntamiento de Barcelona, a falta de algo mejor.

No quiero terminar estos comentarios sin confirmar algo que comenté, como posibilidad, cuando conté la peripecia de Josep Banqué, aquel alcalde que lo fue por la sola razón de ir bien vestido. Porque Banqué no fue, en efecto, el alcalde más breve de la Historia de esta ciudad. Éste fue Víctor Felipe Martínez, capitán de la legión. Tomó posesión del cargo, en nombre del ejército franquista, a las cuatro y media de la tarde del 26 de enero de 1939, cuando las tropas de Franco estaban entrando en la ciudad; y cesó a la misma hora del día siguiente, momento en que fue nombrado Miguel Mateu y Pla.

No sé por qué, pero me da que si en el Ayuntamiento de Barcelona hay galería de retratos de los antiguos alcaldes, no figurará el del capitán Martínez.