domingo, enero 11, 2009

Notas sobre el Retiro de Madrid

Pues sí. El parque del Retiro es un elemento fundamental de Madrid. Uno de esos lugares donde todo el mundo ha estado, al menos una vez, y en el que a todo el mundo le ha pasado algo interesante. Es por ello que, tarde o temprano, debíamos ocuparle un pequeño espacio.

El parque se finalizó el 1 de octubre de 1632. Para entender por qué el parque se llama del Retiro, hay que tener en cuenta que su existencia se combina, o diríamos modernamente que forma un paquete, con la iglesia de los Jerónimos. Los Jerónimos es la iglesia real de Madrid por excelencia. No pocos de los miembros de la familia regia se han casado allí o han sido allí cristianizados, aunque la existencia de la catedral de la Almudena parece haber cambiado las cosas, a juzgar por la boda del actual heredero de la (inexistente) corona. Por alguna razón que se me escapa, los reyes españoles tardaron mucho en darse cuenta de que justo al lado de su palacio tenían un solar de pila máster para levantar una iglesia. Así pues, el lugar sagrado para ellos fue, durante siglos, la iglesia de Los Jerónimos.

Así las cosas, el parque cumplía una función de retiro para los miembros de la familia real, retiro que se llevaba a cabo, fundamentalmente, en los días de cuaresma o de luto, que viene a ser lo mismo porque, si no estoy muy equivocado, la cuaresma es una especie de luto en sí misma. El parque, por lo tanto, se concibió como un lugar de recogimiento y descanso, hasta el punto de que en su día estuvo relativamente repleto de casas diseñadas para el reposo, sobre todo construidas por Fernando VII, aquel rey de no haber sido rey habría sido, simple y llanamente, un cabrón (lo cual, sí, lo convierte en un rey cabrón). De todas aquellas casas de reposo que existieron sólo persiste una, que es la conocida como Casa del Pescador. Hoy en día, que yo sepa, está cerrada al público y al no público (o sea, que aunque al Urdangarín le diese por ir allí a echar una siesta, no creo que le dejaran).

Hasta la segunda mitad del siglo XIX no hizo falta que el Retiro estuviese delimitado por la verja que hoy tiene. Era lógico. Madrid empezaba en la Puerta de Alcalá, así pues el parque quedaba extramuros y no era lugar que alguien fuese a frecuentar. Durante el antepenúltimo siglo, además, el parque era más grande que ahora; algo que ya es fácil de sospechar si nos damos cuenta del detalle de que el Casón del Buen Retiro está fuera de El Retiro, lo cual no tiene demasiada lógica. El parque, llegar, llegaba hasta el palacio de Comunicaciones, rebautizado Gallardonópolis. Allí, donde ahora el alcalde se dedica a trazar en un mapa cuáles serán los comercios que se quedarán sin clientes durante meses por causa de sus obras, o a redactar esas absurdas reglas de funcionamiento como que los conductores de la EMT no estén obligados a parar en lugares que sólo por sentido poético se llaman paradas, allí, digo, en el siglo XIX se organizaban francachelas y cachondeos, especialmente en primavera y verano y en las horas nocturnas, que eran, junto con las funciones del cercano teatro Apolo (hoy es un banco; es el signo de los tiempos), lo más de lo más de Madrid. El alcalde probablemente no lo sepa, pero está sentado sobre toneladas de poluciones nocturnas.

Fijaros en esta foto, directamente uplodeada desde mi escaneoteca. No puedo datarla exactamente, aunque hay datos. El hecho de que la plaza de Cibeles esté ya urbanizada, con la diosa en el centro y mirando hacia Sol, hace pensar que la foto está tomada en algún momento entre 1898 y los primeros años del siglo XX (el libro de donde la he sacado fue editado en 1909, así pues la imagen no puede ser más antigua). A la derecha del palacio de Linares, donde «debería estar» el de Correos, lo que se ve es una extensa zona ajardinada que, en realidad, es el ante-Retiro.



La decisión de que el Retiro fuese de todos los madrileños es relativamente moderna. Llegó con el primer soplo real de democracia de nuestra Historia, es decir aquel momento de 1868 cuando cordialmente invitamos a la facha Isabelita a que se fuese a la frontera, diese un pasito hacia fuera y luego moviese la mano en señal de adiós. La Gloriosa fue una revolución extraordinaria (no son pocos los que siguen considerando que la Constitución que alumbró es la mejor que ha tenido España) y una de las cosas que trajo fue el concepto que el Retiro era de todos, o de casi todos. Hasta entonces, había sido predio exclusivo de Austrias y Borbones, y para garantizar dicha exclusividad se inventó una policia especial, conocida como Guardia Amarilla, supongo que porque sus jubones serían de ese color. Otros que estaban acostumbrados a percorrer una parte del parque eran los aristócratas, que utilizaban el llamado Paseo de Coches para ir allí a mostrarse unos a otros. En dicho paseo fue donde, en los años en los que fue rey de España el italiano Amadeo, la nobleza española se dedicó a hacerle desplantes, uno detrás de otro, normalmente negándole el saludo. La reina purgó tanta ingratitud haciendo obras de caridad y fundando un asilo por la zona de la Puerta de Toledo. El consuelo de Amadeo fue más escatológico, pues consistió, sobre todo, en ir a visitar a una descendienta de Mariano José de Larra, que por lo que sé vivía en lo que hoy es el principio de la Castellana, y matarla a polvos. Lo que no sabemos es si la señora Larra le decía a Amadeo, como Jamie Lee Curtis a Kevin Kline en A fisch called Wanda, aquello de «háblame en italiano».

A decir verdad, las distintas generaciones borbonescas ya habían abierto un poco la mano, unos cien años antes, permitiendo que se pudiese deambular por determinadas zonas del parque aún siendo de los Pequeños de España. Esto sí, con reglas. Los hombres no podían llevar el pelo cogido en una red ni ir descubiertos. También estaban prohibidas las capas, pues sabido es que en aquellos tiempos las capas eran adminículos que servían, básicamente, para que los demás no conociesen la identidad del portante. Para las mujeres había reglas que más bien parecen estudiadas para joderlas (en un sentido figurado y no saboyano). La mujer que quería pasear por el Retiro podía llevar mantón. Pero lo que no podía era llevarlo en la mano o en el brazo. Así pues, si le entraba calor, ajo y agua.

Como el Retiro es tan grande, en él caben un montón de cosas. Cupo, por ejemplo, toda una fábrica de porcelanas, conocida como La China. La levantó el Rey Coñá, o sea Carlos III, y estaba donde hoy está la plaza del Ángel Caído, estatua que, dicen, es el único monumento que existe en el mundo consagrado al Diablo. También cupo el pabellón árabe cuya foto, del siglo XIX, encabeza este comentario (la he sacado de la misma guía de Madrid de 1909, así pues hace cien años aún existía). Que yo sepa, pero puedo estar equivocado, no existe ya.



Los dos inquilinos más famosos de la Casa de Fieras fueron elefantes. El primero, Pizarro, vivió en la Casa de Fieras más o menos a mitad del siglo XIX, y se hizo famoso porque un día se escapó. Una vez que salió del parque (hemos de recordar que entonces no tenía verja), tiró para Madrid, llegó a una tahona, se metió dentro, le provocó (hemos de suponer) al dueño una serie inconclusa de lipotimias y fibrilaciones auriculares, y luego se puso ciego de pan. Para cuando sus cuidadores lo localizaron, tenía el estómago tan hinchado de comer que se dejó atrapar mansamente. Parece ser que el esqueleto de Pizarro está en el Museo de Ciencias Naturales, en la Castellana.

El segundo elefante se llamaba Perico y vivió en Madrid en los años cincuenta, sesenta y quizá setenta (hablo por recuerdos y no puedo precisar la fecha). La Casa de Fieras del Retiro, y esta es una anotación para los más jóvenes, no tenía nada que ver con los zoológicos modernos. Allí el elefante estaba a un tiro de trompa del público, y se podía alimentar a todo cristo; los niños hacíamos acopio de pan duro los días anteriores a la visita a la Casa de Fieras. Perico había aprendido de su cuidador diversas habilidades y el pueblo de Madrid, en verano, iba allí a disfrutar con ellas. La más difícil de ellas era coger monedas con la trompa. El redactor de estos recuerdos se atrevió un día, con seis o siete año, a tirarle un duro, que Perico se las arregló para coger con la trompa y depositar en la palma de mi entonces pequeña mano, acompañado de dos o tres kilos de babas.

Perico murió muy joven. Los periódicos le dedicaron necrológicas. Las merecía. Yo, cuando menos, lo echo de menos.

Cabe anotar también que en la Casa de Fieras había un par de osos blancos que se exhibían en un foso no muy grande. Uno de ellos solía pasar el tiempo caminando de un lado al otro del foso y, al llegar al extremo, asomándose al alto talud (abajo había un pequeño río), movía hacia delante la pata derecha, como saludando, y luego daba la vuelta hacia el otro extremo, donde repetía la operación. Muchos madrileños, por lo bajinis, llamábamos a aquel oso Paco, y el nombre no era baladí. Aquel Paco era por Franco, don Francisco. Y es que el Caudillo, como todos los hombres públicos, tenía sus manías gestuales en la hora de los discursos. Igual que Zapatero tiende a juntar las yemas de los dedos de las manos en un gesto (lo siento, presi) de intensos tufos sacerdotales, o Rajoy parece estar siempre esparciendo sal con su mano derecha, Franco solía realizar un movimiento con su brazo y mano derechos hacia arriba y hacia abajo, como cortando un jamón a base de tajos. El gesto del oso se parecía bastante al del Jefe del Estado, así pues la bestia del Polo Norte parecía estar diciendo aquello de «Españoles todos, un año más turbo la paz de vuestros hogares para felicitaros en fechas tan señaladas».

También estaba la Casa de Vacas, llamada así porque era una vaquería, pero una vaquería un tanto especial. Los madrileños se acercaban allí y miraban las vacas. Escogían una y, acto seguido, el dependiente ordeñaba in situ un vaso de leche, que el consumidor se metía para el coleto. Luego se inventaron las inspecciones sanitarias y estas cosas se convirtieron en imposibles.

Blay, Querol, Trilles, Marinas, Arnau, Grases e Inurria son, efectivamente, apellidos de escultores. Todos ellos están representados en el grupo escultórico más ambicioso del parque, es el monumento a Alfonso XII situado en el centro del estanque del Retiro, un lugar donde, quién más quien menos, ha pelado alguna pava alguna vez. Un espectáculo periódico que depara este estanque es su desecación, normalmente por motivos de limpieza y reparación. El espectáculo nace de que en el fondo del estanque siempre aparece de todo. Si no recuerdo mal, la última vez que se limpió, que fue hace pocos años, hasta un coche apareció.