Una de las noticias relacionadas con la Historia que ha saltado a las primeras páginas de los periódicos en los últimos tiempos es la relativa a la apertura por parte del Vaticano de las actas del proceso a la orden del Temple. El asunto ha levantado cierta polvareda y algunas ilusiones porque los templarios, de tiempo atrás, concitan la curiosidad de mucha gente, incluso de mucha gente a quien la Edad Media se la transpira. Esto es así, creo yo, porque el carácter un poco secreto y particular de los templarios ha hecho de estos caballeros objetivo usual de mistagogos varios, de ésos de 200 euros la línea, que suelen escribir novelitas y chorradas especulando con la posibilidad de que Jesucristo fuese un venusiano con un tercer ojo en el talón del pie derecho, o que los mayas ya habían inventado el concurso Gran Hermano y lo proyectaban en el interior de los edificios de Machu Pichu.
A mí me parece que la apertura de las actas vaticanas no va a suponer gran cosa, aunque fijo que algún libro nuevo saldrá contándonos que los templarios fueron condenados por comunicarse directamente con funcionarios marcianos. La Edad Media no es mi fuerte, pero algo sí he leído sobre los templarios y su proceso, y ese algo que sé es lo que me hace pensar que se trató de algo bastante vulgar, tan vulgar como lo pueda ser la ambición humana por las posesiones ajenas.
Esto es, sucintamente, lo que yo sé sobre el proceso a los templarios.
Esta orden nació en 1119, año el que ocho caballeros que hoy llamaríamos franceses (aunque uno de ellos era, en puridad, borgoñón) la fundaron con el objetivo de ser los guardaespaldas de los peregrinos que iban a Jerusalén. Era una orden seglar pero con la dureza propia de las órdenes de frailes, pues sus miembros debían voto de pobreza, obediencia y castidad. Se la llamaba Caballería Pobre de Cristo del Templo de Salomón a causa de un regalo de un rey que les entregó un edificio junto al templo de Salomón.
Luego llegaron las cruzadas, acciones en las que los templarios hicieron mucha falta para darse de leches con los infieles, hecho que les hizo prosperar: más necesarios eran, más prebendas y herencias recibían. Desde Portugal hasta Armenia, sin dejarse las islas británicas, el Temple se extendió bravamente, con un contingente importante de acólitos. El enorme caudal de favores que hicieron a la causa católica hizo que la Iglesia los tomase bajo su protección específica, dotándoles de muchos privilegios, entre ellos tener sus propios clérigos; así, los templarios no tenían que confesar sus pecados a alguien que no fuese de su cuerda.
Después de que el experimento de las cruzadas quedase en poco menos que nada, con la caída de Akkon en 1291, pudo pensarse que el Temple habría de desaparecer pues, al fin y al cabo, su misión principal ya no tenía sentido alguno. Sin embargo, no fue así. Los templarios eran para entonces muy poderosos, así pues se trasladaron a Chipre y siguieron ejerciendo una gran influencia sobre la Iglesia. No obstante, sus enemigos, o deberíamos decir quienes ambicionaban hacerse con las grandes riquezas templarias, entendieron que era el momento de acabar con ellos.
Estamos ya a finales del siglo XIII, y ahora entra en escena de nuestra historia el rey francés Felipe IV, llamado el Hermoso como lo sería algún tiempo después el marido de Juana la Loca (así pues, ojito con confundirlos). Felipe era una rey muy francés y muy ambicioso. Lo cual quiere decir que para quedarse con lo de los demás no reparaba demasiado en pequeños detalles. A Monsieur Le Beau le rondaba la idea de hacerse con toda la pasta de los templarios por la vía de una reforma por la cual esta orden, que en realidad había perdido ya su razón de ser, se fusionase con otra gran orden de monjes soldados, la de San Juan, momento en el cual él abdicaría de la corona de Francia en la persona de su hijo para nombrarse Gran Maestre de la cosa. El plan estaba bien pero precisaba del OK de los grandes maestres de ambas órdenes, cosa que el rey no obtuvo. Pero eso no le amilanó.
Por aquel entonces tenía Francia un ilustre huésped: el papa Clemente V. Sabido es que por aquella época y en años que la siguieron el Vaticano pasó por años dificilillos en los que fue relativamente común que los papas tuvieran que salir por patas de Roma. Clemente estaba, pues, desterrado y en el lugar justo para poder ser objeto de las presiones del ambicioso rey. Felipe se presentó ante Clemente, escandalizado por los rumores que de tiempo atrás habían circulado por toda Europa, en el sentido de que los templarios eran una especie de iglesia dentro de la Iglesia, y llevaban su hecho diferencial hasta el punto de tener una ceremonia de iniciación en la que el nuevo templario tenía que negar a Cristo y escupir sobre un crucifijo. El papa no estaba, al parecer, nada convencido de que aquellas acusaciones fuesen ciertas. Pero, ante el hecho de que el gran maestre del Temple, Jacques de Molay, nombrado en 1293, se mostraba dispuesto a que la orden fuese investigada, puso en marcha la maquinaria.
Felipe no estaba, sin embargo, dispuesto a que todo quedase en manos del Vaticano; eso no le garantizaba que los templarios fuesen a ser condenados. Así que hizo lo que hace siempre alguien poderoso que sabe que no lleva la razón: poner a trabajar a los abogados.
E hizo bien, porque los finos juristas galos acabaron encontrando una fisura en el derecho procesal canónico que pensaban serviría para que el rey francés metiese el cuezo en la labor de cargarse a los templarios. Según los abogados, la Iglesia tiene potestad sobre una orden, pero no sobre sus miembros. No era el papa, sino la Inquisición (institución nacional, dependiente, por así decirlo, de cada gobierno) quien podía juzgar a las personas por apóstatas, o por herejes, etc. Y, además, puesto que una cosa es una orden y otra sus miembros, aún demostrando los inquisidores que todos los miembros del Temple eran herejes, aún así el papa no podría condenar a la orden por herejía. Motivo por el cual solicitaban del pontífice que, como paso previo a todo proceso personal, disolviese la orden del Temple.
Un retruécano jurídico para liberar los bienes de la orden y poder rapiñarlos a gusto.
Mientras el papa valoraba todos estos argumentos, Felipe decidió una política de fait accompli. Aprovechando que De Molay estaba en París para asistir al entierro de Catalina de Valois, lo hizo detener y, en las siguientes veinticuatro horas, hizo lo mismo nada menos que con 2.000 templarios franceses.
El pliego de acusaciones incluía la historia ésa de la negación de Cristo y lo de los lapos en el crucifijo, además de otras acusaciones menos edificantes. Según las mismas, el neófito era obligado a desnudarse, momento en que la persona designada como receptor del nuevo templario le besaba en el principio del culo, en el ombligo y en la boca. El nuevo templario debía hacer lo mismo con el receptor. Según la acusación, los templarios juraban aceptar sin rechistar los deseos de otro templario de echar un cañete. Por último, se les acusaba también de no adorar a las imágenes católicas, sino a un extraño ídolo con barba que, por lo que sé, nunca ha aparecido (aparte el leve detalle de que Jesucristo siempre es representado con barba).
Para cuando el papa quiso protestar por todo este espectáculo, en las mazmorras inquisitoriales francesas se estaba trabajando a toda prisa a los testigos.
En octubre de 1307, el propio De Molay fue interrogado, momento en el que admitió haber renegado de Cristo en su ceremonia de entrada en el Temple, aunque lo de dar o recibir por donde amargan los pepinos lo negó. Las referencias que yo tengo es que esta confesión, que repitió horas después ante un grupo de cardenales, la hizo sin mediar tortura. Pero a mí me cuesta creerlo, dados los acontecimientos posteriores y, asimismo, por el hecho de que dicha confesión no detuvo el tormento de otros templarios menores, signo, para mí, de que la confesión de De Molay era insuficiente.
Conforme fueron tomando fuerza las torturas, las acusaciones se fueron completando. Los templarios fueron acusados de tener prohibido coger con sus brazos a niños que iban a ser bautizados, o acostarse bajo el mismo techo que una mujer (ya sabemos que acostarse con la mujer lo tenían prohibido, pues eran castos) y, paradójicamente, de violar a sus sirvientas.
Aunque posteriormente fueron rectificadas, las acusaciones afloradas en ese primer juicio contra el Temple, celebrado en septiembre y octubre de 1307, corrieron por toda Europa y supusieron un escándalo de tales proporciones, que la orden ya nunca se recuperó ante la opinión pública.
Felipe el Hermoso, considerando que había ganado la batalla, envió una carta a todos los soberanos de Europa, recomendándoles que detuviesen a sus templarios e hiciesen como él. Y, por supuesto, se las prometía muy felices pensando que ya era, virtualmente, dueño de las inmensas riquezas del Temple francés.
Sin embargo, si en la Historia de Europa ha habido alguien experto en hacerse con la pasta de otros, ese alguien ha sido siempre el papa. Clemente tenía una herramienta de la que un rey no sólo carecía sino que, en la medida que fuese un rey católico, tenía que cumplir: la bula. Así pues, dictó una bula por la cual los templarios debían ser detenidos y sus bienes incautados, momento en el cual todas aquellas riquezas, incluidas las afloradas en el curso del proceso francés, pasarían a sus manos.
Al rey francés aquella bula le sentó más o menos como un masaje de ortigas en la hemorroide. Convocó a la universidad de París (una vez más, los abogados) para encontrarle algún agujero a la bula; pero, claro, si algo sabe hacer un papa, es escribir bulas y encíclicas. El papelito no tenía resquicios, pues en pontífice no había dado hilo sin puntada.
El 20 de mayo de 1309, lo que podríamos denominar el gobierno de Francia (no existía tal cosa, pero los que fueron a la reunión con el papa eran los que más se parecían a ello) se reunió con el vicario de Cristo para convencerle de los denodados esfuerzos que el rey Felipe había hecho en pro de la cristiandad, esfuerzos que, a su juicio, le hacían acreedor de recibir algunos eurillos de las plusvalías de los templarios.
El papa reaccionó, nos dicen las crónicas, con gran indignación, y bramó que los templarios no eran aún culpables y que había que dejar a la Iglesia hacer su trabajo. Mientras se quedaba con las riquezas, claro (no puedo evitar apostillar que, en esas condiciones, tampoco yo tendría prisa alguna).
A regañadientes, el rey francés admitió los términos del papa y, algunas semanas después, llevó ante él a los templarios que tenía detenidos para que confirmasen sus declaraciones. El papa había aducido que muchos de ellos habían confesado bajo tortura y que esa declaración, por lo tanto, no podía tomarse muy en serio (por alguna razón que no me explico, para cuando, dos siglos después, la Inquisición española comenzó a apiolarse judíos, conversos y herejes, el Vaticano había olvidado este argumento). Sin embargo, para sorpresa suya, los testigos confirmaron las acusaciones. Bueno, sorpresa, sorpresa, lo que se dice sorpresa… Estaban presos y, lo más importante, sabían que podían volver a ser torturados.
El caso es que el papa, ante las evidencias que el ladino Felipe colocó frente a él, no tuvo más remedio que condenar a los templarios franceses y admitir, por lo tanto, el derecho del rey a incautarse de sus bienes. Se convocó para 1.310 con concilio en Viena, en el que la orden del Temple debería justificarse.
La investigación contra la orden en sí quedó en el ámbito del papa, mientras que la de sus miembros la harían los obispos (es decir, los poderes temporales de cada país). A partir de agosto de 1309 comenzaron las investigaciones en paralelo, el papa por un lado, y los clérigos, asistidos por los poderes del rey de Francia, por su lado. Éstos siguieron deteniendo templarios y torturándolos.
El caso es que todo aquel montaje exasperaba a Felipe, pues había podido embargar los bienes de la orden, pero todavía no eran totalmente suyos, no hasta que la orden fuese disuelta. Por ello, en mayo de 1310 convocó él un concilio en Sens, bajo la presidencia del obispo de París, Felipe de Marigny. Dicho concilio condenó por relapsos a 54 templarios que habían abjurado de sus autoacusaciones, y los quemó vivos. O sea, envió un mensaje a todo el Temple francés: aquí el que niegue lo de los esjarros al crucifijo va a la hoguera. Et vive la France!
Comenzó a haber codazos en los palacios inquisitoriales. Los templarios acudían en masa a confesar. Eso sí, esto ocurría sólo en Francia. En Portugal, España, Alemania e Inglaterra, extrañamente, no se producían estas confesiones espontáneas.
El Vaticano celebró su concilio vienés el 16 de octubre de 1311. En el mismo, el papa proclamó la bula Vox in excelsis la cual, entre otras cosas, dice:
El Consejo de la mayoría de los cardenales ha llegado a la conclusión de que la orden del Temple, en sí, no puede ser condenada en derecho, pues no ha sido inculpada en su totalidad. Pero como sería un escándalo que una orden con mala fama continuara subsistiendo, con lo cual ningún hombre de bien ingresaría en ella; puesto que muchos de sus miembros han confesado graves delitos y ya que sus bienes están en difícil situación y que, conforme a la opinión de la mayoría, el asunto no puede demorarse, se disuelve en virtud de provisión papal y se reserva la disposición de las personas y sus bienes.
Genial pieza ésta de justicia vaticana. O sea: no sé si eres culpable, pero como otros dicen que lo eres y eso hace pupita a tu imagen, voy y te disuelvo (corolario: entre difamador y víctima, elijo al difamador). Y dos, y que no falte: la pasta para mí.
Luego pasaron siglos preguntándose sobre las razones de la eclosión del humanismo cristiano y, algunos, todavía se preguntan por qué estaba tan cabreado Lutero.
Los bienes del Temple fueron trasferidos a la orden hospitalaria de San Juan, controlada por el papa. Una vez más, a Felipe le había tangado el santo padre. El rey francés hizo un nuevo intento presentando una factura de gastos por gestión de la cosa así como por haber administrado los bienes incautados, factura que París y Roma pasarían un huevo de años discutiendo.
El 19 de marzo de 1314, el Vaticano condenó a los cuatro grandes dirigentes del Temple (Jacques de Molay, Hugo de Pairoud, Geofroy de Gonneville y Charney) a cadena perpetua. El segundo y el tercero se quedaron calladitos al escuchar la sentencia, pero no así De Molay y Charney, los cuales protestaron vivamente. Como veremos, acabaron en el microondas por ese detalle.
El 11 de mayo se leyó la sentencia públicamente en París, y De Molay y Charney volvieron a decir, a voz en grito, que todo aquello era una capullada. En ese momento, fueron entregados al alguacil el cual, según el derecho de la época, debía entregarlos a la Inquisición para un nuevo proceso, condena y posterior entrega de nuevo al poder civil, pues no sé si sabéis que la Inquisición, en puridad, nunca quemó a nadie; se limitaba a condenar al personal a la hoguera y entregárselo a la policía para que los quemasen ellos.
No obstante Felipe, encabronado y jodido por haberse quedado sin las pelas, no esperó a la sentencia. Hizo llevar a los dos ex templarios a un cadalso frente a la catedral de Notre Dame y, allí mismo, los hizo quemar.
Una de las historias que ha animado más las teorías de mistagogos y otros charlatanes es la tradición según la cual De Molay, ante la pira, vaticinó el fin de la dinastía de los capetos, fin que se produjo, como sabemos, con la decapitación del Luis XVI durante la revolución francesa. Importante chorrada. Es bastante lógico que De Molay, puesto que iba a ser quemado vivo por el rey, no le fuese muy partidario; así pues, tampoco es tan extraño que vaticinase el fin de él y de su familia. Si dicho fin se produjo cuatrocientos y pico años después, no parece una predicción muy acertada. Yo mismo puedo predecir en el presente post que algún día la familia del presidente del gobierno sufrirá de molestísimos picores; en 400 años, anda que no hay tiempo para que algún Zapatero pille una urticaria.
En España, la cosa fue de forma diferente. El reino de Navarra masacró a los templarios, dada su cercanía con Francia. Cataluña, Aragón y Valencia emitieron sentencia el 4 de noviembre de 1312, proclamando los templarios absueltos y libres de toda sospecha (al estar la orden disuelta, los bienes del Temple pasaron a las órdenes de Montesa y de San Juan). Castilla y Portugal también absolvieron a sus templarios con fecha 21 de octubre de 1310. Los bienes portugueses se fueron a la orden de Cristo; los de Castilla se los apioló la corona.
Fue, pues, una movida por lo de siempre: por la pasta. Y, sinceramente, no creo que los legajos que ahora el Vaticano va a hacer públicos cambien eso.
domingo, octubre 21, 2007
viernes, octubre 19, 2007
Noticia del conde de Oñate
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A primeras horas de la madrugada de hoy, 19 de octubre, son ya 38 las respuestas recibidas a la encuesta Ponle nota a los políticos de la República. Todo lo que puedo decir es que la competición está muy reñida y, por lo tanto, los resultados son interesantes. No hay nada decidido así pues tu voto cuenta. Tienes hasta el día 15 para votar.
Otra cosa que quisiera decir es que, cuando menos de momento, los buitres van ganando de calle a las palomis. ¡Mujer, Historia es tu segundo apellido! ¡No dejes que tu marido/pareja/compi del curro deposite su voto sin dejar oír también tu voz! Está en juego el premio Le Molo a Ellos y el premio Le Molo a Ellas. Los machos votantes son, por supuesto, bien recibidos. Pero las hembras son especialmente bienvenidas (en esto como en tantas otras cosas).
Te recuerdo que para votar sólo tienes que pinchar encima del PIRANDÁRGALLO.
En fin, confieso que tengo ya algún post escrito sobre la República. Sin embargo, dado que estamos en jornada de reflexión, he decidido, cuando menos de momento, aplazarlo algunos días. Os dejo con un post un poco más anterior en el tiempo.
Noticia del conde de Oñate. By JdJ
1640. La España barroca y decadente. En algún lugar de Madrid (en mis lecturas no se dice cuál), en una sala con seguridad amplia y luminosa, una veintena de hombres se reúnen bajo la presidencia de uno de ellos, algo gordo para su altura, tocado de bigotes a la moda y ricamente vestido. Se podría decir que quien no estuvo en esa sala no era nadie, cuando menos, en Castilla. Porque quienes están allí congregados son los ministros de España, magistrados, miembros del Consejo de Estado y Guerra, de la Junta de Ejecución, consejeros del Real de Castilla y también del Real de Aragón.
Muchos de ellos se saben en una reunión histórica. La reunión que ha convocado el conde-duque de Olivares para analizar, y eventualmente aprobar, la guerra de Castilla contra Cataluña.
La rebelión catalana de 1640 es uno de esos episodios que cada vez se hace más difícil analizar de forma ponderada, dado lo mucho que se inventan dentro de sus cabezas quienes, desde el nacionalismo o desde el antinacionalismo, se dedican a analizarla. Este enfrentamiento frontal entre España y Cataluña (o Castilla y Cataluña, si se prefiere) es, según el color del cristal con que se mire, o una cosa o la otra; o bien una expresión de un secular sentimiento nacional, o bien algo que no tuvo nada que ver con la polémica sobre la existencia de fueros especiales dentro de la nación española. Como casi siempre ocurre con estas apasionadas lecturas históricas, ninguna de las partes termina de llevar la razón. A mi modo de ver, Cataluña se rebeló en 1640 por sentirse maltratada por su Rey, no por desear cargárselo o separarse de él; en la misma medida que también es cierto que la evolución de los acontecimientos, o lo que es lo mismo la notoria estupidez y falta de tacto con que Castilla gestionó aquella crisis, fue poniendo a los catalanes cada vez más y más calientes, hasta el punto de acabar defendiendo lo indefendible, perdida ya gran parte de su territorio, con la sola gasolina moral de la conservación de sus libertades y tradiciones.
Gran parte de esa estupidez fue generada en la Junta que hoy recuerdo. La Junta en la que, efectivamente, se aprobó el levantamiento de una armada contra Cataluña; una armada formada por los ejércitos acantonados en Guipúzcoa, en Álava y en Tierra de Campos; de todos los castillos de vigilancia existentes en España y Portugal; ejércitos formados por todo hombre que alguna vez hubiera recibido sueldo real, puesto que fueron llamados a filas; de 6.000 soldados que entonces se habían trasladado a Portugal; de dos quintas partes de todas las tropas acuarteladas en Castilla, León, Andalucía, Extremadura, Granada y Murcia; de dos de los cuatro tercios existentes en Navarra; del tercio completo existente en las Baleares; de centenares, miles de voluntarios reclutados en Aragón y Valencia. Algo muy parecido, en suma, a una movilización general, respuesta a una seria rebelión que, según palabras pronunciadas por el conde-duque en aquella sesión, debía sofocar el rey «no tanto por remediar la culpa de la rebelión, cuando por excusar con aquel espanto la ruina de otras naciones». Dicho de otra forma: una patada a los enemigos holandeses, italianos y franceses, en el culo de los catalanes.
Algún día, si vosotros tenéis paciencia y yo tiempo, hablaremos despacio de esta rebelión de Cataluña, de cómo y por qué surgió, y de cómo se desarrolló. Hoy, en puridad, no quiero hacer esa historia completa. Hoy me basta con detener vuestra imaginación en aquella sesión histórica, porque en ella, a pesar de la unanimidad que el de Olivares acabaría encontrando para sus planes bélicos, se encontró con una discrepancia. Fue ésta la de don Iñigo Vélez de Guevara, conde de Oñate, miembro del Consejo de Estado y presidente de su Tribunal de Órdenes. Hombre, él lo dice al inicio de su discurso, ya provecto y experimentado.
Don Iñigo elaboró en ese momento un discurso muy bello, que nos ha llegado fielmente reproducido gracias a la crónica que de la guerra de Cataluña escribió Francisco Manuel de Melo, uno de los militares que allí guerreó contra los insurgentes. Es una pieza interesante de retórica barroca, escrita en un español muy bonito, lo cual es doble mérito para Melo (era portugués). Y es, sobre todo, un acertado alegato pacifista y, diríamos hoy, autonomista.
Si tenéis la paciencia de leer el discurso, algo largo, hasta el final, seguramente os daréis cuenta de que la intención del de Oñate no era otra que sostener la idea, por otra parte totalmente cierta, de que no tenía sentido discutir si Castilla le haría la guerra a Cataluña porque, simplemente, no podía permitirse dicha guerra. Es, pues, una admonición pragmática. A esto cabe añadir, además, que, probablemente, influyó en su ánimo el hecho de que se llevaba con el conde-duque más o menos como Bin Laden con Condoleeza Rice, pues de hecho habían sido rivales en el favor del rey a la muerte del duque de Lerma.
Pero, además de estos argumentos, hay otros que vienen a definir toda una actitud hacia el hoy tan cacareado conflicto sobre la nación española y los entes que la componen. En la distancia de cuatro siglos, hay pasajes de Vélez de Guevara que, salvando las distancias de estilo, podrían haberse pronunciado cualquier tarde de éstas en el Congreso de los Diputados. Eso, claro, si en el Congreso hubiera alguien tan inteligente y mesurado como el de Oñate, cosa de la que cabe dudar.
Leyendo esta pieza, además, entendemos por qué se enfangó España y se perdió en un laberinto de degradación. El problema fue el honor. Pues resulta curioso que, en el fondo, Oñate y Olivares utilicen el mismo argumento para arrimar cada uno el ascua a su sardina. Oñate dice: ya estamos haciendo muchas guerras, así pues lo mejor es que no nos embarquemos en una más. Olivares le contestó: porque ya estamos haciendo muchas guerras, tenemos que embarcarnos en una más; si no lo hacemos, nuestros otros enemigos se envalentonarán. La filosofía del ciclista: si dejas de pedalear, te la pegas. Y eso es así porque, como acertadamente explica Elliott en su monumental monografía sobre el conde-duque, en aquella España toda la política exterior se basaba en un concepto: el prestigio. Todavía vivían muchos españoles, notablemente los nobles y altos funcionarios, que habían servido a las órdenes de Felipe II, cuando España tenía todo el prestigio del mundo, porque el mundo era suyo. Y se decía que era necesario hacer cualquier cosa para mantener ese prestigio, ese honor. Incluso irse a la mierda.
En el momento en que el de Oñate pronuncia su discurso, se ha producido el llamada Corpus de Sangre, que como digo algún día contaremos aquí, así pues Castilla se siente agredida, ergo humillada, por Cataluña. Oñate conoce bien el natural airado y vengativo de España, es decir, admite que, hasta aquel día, el Imperio ha resuelto las rebeldías de la misma forma: dando de hostias al rebelde. Pero, con una clarividencia notable para su época, es capaz de avizorar que el rebelde que resulta excesivamente castigado reacciona volviéndose sedicioso. Toda una lección de pragmática política, que cayó en saco roto.
Os dejo con don Iñigo. Espero, sinceramente, que no os aburra. Y, tras terminar la lectura, tal vez os preguntéis, como hago yo, qué habría pasado si la votación final de la Junta le hubiera apoyado.
A un gran negocio, señores, somos llamados: yo, por cierto, sobre setenta años de edad en que me hallo, y con pocos menos de experiencia, atreveréme a decir que ninguno de los accidentes pasados fueron de tanto peso como el que tratamos. Largos días ha que reposa en España la rebelión de los vasallos: ya vine a creer en los aprietos presentes, que algunos han vivido templados, más por ignorar la desobediencia que por rehusarla; tal debe ser nuestro cuidado en aumentar esta su ignorancia. Yo no pretendo manchar la fidelidad española; mas si el discurso no me engaña, nación es ésta de quien estamos quejosos, ocasionada al precipicio; conozco su natural airado y vengativo, y sin perturbarme del temor o el odio, voy a temer un gran suceso, harto más lamentable a la experiencia que al discurso.
¡Oh! No hagamos de suerte que nuestro enojo les descubra algún camino que su osadía no ha pensado. Costumbre es de los afligidos abrazar cualquier medio que los excusa la calamidad presente, aunque los lleve a otros nuevos daños; el esclavo oprimido del látigo se despeña por la ventana; no mira que es mayor el riesgo del precipicio que el azote; sólo atiende a escaparse de las coléricas manos de su señor. ¿Qué seguridad tenemos, pregunto, de que estos hombres, amenazados de su Rey, no se arrojen por la rebeldía hasta caerse a los pies de su mayor émulo? Más pienso yo ha hecho Cataluña en salir de estado pacífico para el sedicioso, que hará en pasarse ahora de sedicioso a rebelde. No es la espuela aguda la que doma al caballo desbocado; la dócil mano del jinete lo templa y acomoda. Si de otros tiempos advertimos en los progresos de esta gente, todos nos informan de su valor y dureza; calidades que piden las armas. En los tiempos modernos amaron la paz como la deben amar todos los hombres a quienes gobierna la razón: saboreáronse de la serenidad, y olvidados de las primeras glorias, empleaban todo su orgullo en las pendencias civiles, divididos en bandos y facciones. No habían perdido el valor, aunque lo habían estragado en efectos inútiles. Herido el pedernal vomita fuego, y no herido lo disimula; empero en las mismas entrañas le deposita: la ocasión suele ser siempre instrumento de la naturaleza.
Juzgad ahora, señores, si conviene volver a despertar a esta dura nación, y amaestrarla contra nosotros en el uso de la guerra, en que fue excelente. Carlos, nuestro invicto señor, juzgándolo así con los holandeses, puso tan grande estudio en hacerles olvidar de las armas, como en inclinar los españoles a su ejercicio; dándoles gran enseñanza a los príncipes de que hay gentes que sirven más a su señor con lo que ignoran que con lo que ejercitan.
Siento que es grande la causa con que provocan la indignación de nuestro monarca, y que si hallásemos un castigo igual al crimen de los delincuentes, yo me dispusiera a seguirle; empero si cualquiera pena cotejada con el delito parece inferior, entonces sólo la podrá igualar aquella clemencia que la puede vencer.
Yo digo que la justicia es la virtud más propia de los buenos reyes; pero hay casos en que al Príncipe le conviene perdonar sin razón, violentado de la contingencia del castigo. En la dignidad del rey y en el amor de padre no pueden entrar aquellos defectos comunes que llevan los hombres a la venganza; de tal suerte que si la culpa del vasallo o del hijo puede permitir algún olvido o perdón, no se considera dificultad ninguna de parte de los ofendidos. Tan diferentes son los castigos de la mano del odio o del amor: aquél siempre pide sangre, éste no más de enmienda.
Procedió Cataluña ciegamente, yo lo confieso: muestra ahora señales de su dolor; justificase con voces y papeles, con informaciones y embajadas; llama a la piedad del Pontífice por intercesión, las repúblicas por medianeras; escribe a sus reyes, llora a todo el mundo, pide justicia contra los que han perturbado sus cosas, nómbralos, y limítase a éste o a aquel medio; publícase por fiel y humilde postrada a los pies de su señor: ¿qué le falta sino la dicha de que la creamos? No sé que estas demostraciones sean dignas de desprecio: dícese que son vanas y simulado su arrepentimiento; y, ¿qué sacamos nosotros de esa incredulidad? ¿De qué conveniencia nos podrá ser adelantada nuestra desconfianza a su malicia? No hay soplo que así encienda la llama, como la desesperación del perdón da fuerzas a la culpa. ¿Qué es en lo que reparáis? Piden a su Majestad les aparte tres o cuatro sujetos ocupados en la gobernación de las armas; poco es esto. Aquí no pretendo discurrir por sus deméritos ni por la justificación de los quejosos; digo, empero, que es más fácil cosa pensar que puedan errar cuatro hombres que una provincia entera. Podéis decir que hay dificultad en el modo de sacarlos con buena opinión; no es grande el mal que tiene remedio: no hay ninguno de los acusados (si son como yo creo que son) que no ofrezcan su reputación particular por el sieigo público: tenéis para qué estimarlos.
Sabed, señores, que no hay miseria que se iguale a una guerra civil. Si fuésemos ciertos de que Cataluña se hubiese de humillar al primer crujido del azote, no dudo que también fuera conveniente dárselo a temer; más si por ventura su ceguedad les hiciese proseguir su obstinación, y tomasen las armas en su propia defensa, ¿sería cosa prudente exponerse la autoridad de nuestro monarca a la suerte de una o de otra batalla con sus vasallos? ¿Sería buen ejemplar para los otros reinos cualquiera dicha de estos rebeldes? Y con más peligro de esta corona, que se compone de tantas naciones diversas y distantes, las más dellas desaficionadas a la fortuna castellana. Apartemos el temor de la suerte; no pienso sino que entramos victoriosos, que abrasamos, talamos y destruimos; ¿qué es lo que ganamos, sino montes desiertos, pueblos abrasados y plazas echadas a tierra? ¿Esto se puede llamar Cataluña? ¿Qué es esto sino cortarnos una mano con otra, y quedar España con una provincia menos?
Y entretanto que gastamos el tiempo en victorias (así quiero llamar todos nuestros acontecimientos), ¿cómo nos será posible acudir a Flandes con dineros, a Italia con socorros, a las conquistas con flotas y a todo el Océano con armadas? Pues si esto faltase, ¿qué tal podría quedar nuestro partido, expuesto a la furia, a la industria y a la fortuna de nuestros contrarios? Forzosa (o por lo menos natural) cosa habría de ser el perder en las provincias externas cuanto en las nuestras ganásemos; y entonces, ¿cómo lo podríamos llamar triunfo, habiendo de ser contrapesado de pérdidas infalibles? Miserable por cierto sería aquella guerra en que nosotros mismos fuésemos los vencedores y los vencidos.
No hay fatiga en el campo de que el labrador en su casa pacífica no se repare. Este era el consuelo de los trabajos que la Monarquía padece en sus partes, gozar a nuestra España con quietud. Los Países Bajos y Alemania (que también podemos llamar propia) oprimidos están de armas; Lombardía, afligida con su peso; Nápoles y Sicilia, amenazados; la Borgoña, ni por desierta segura; Alsacia, más que nunca fatigada; unas y otras Indias, en continua infestación de enemigos; el Brasil en manos de una guerra desesperada; las costas de España, visitadas de corsarios. ¿Qué otro lugar nos quedaba de descanso sino la España? Pues si ni este pequeño abrigo os queréis reservar entero a los ánimos cansados y arrepentidos, ¿dónde habremos de hallar reposo y consuelo? ¿Dónde habrán nuestros hijos y descendientes de gozar el premio de lo que ahora trabajamos nosotros? ¡A gran cosa, a peligrosa cosa por cierto se ofrece aquel espíritu que se encargare de esta novedad! Costoso edificio es éste a que pretendéis abrir los cimientos, y cuya ruina podrá sepultar nuestra república. No quisiera ahora que mi ponderación os llevara el pensamiento a otros casos miserables; empero si la prudencia es lince, dadme licencia siquiera para pensarlo (no se cuente norabuena, como referido), qué habría de ser de nosotros si al ejemplar de Cataluña conspirasen o se armasen otras naciones, dándoles esta guerra que apetecéis, no sólo ocasión, sino conveniencia.
¡Ah, señores! Lleno está el mundo de historias y las historias llenas de sucesos que nos encaminan a la templanza; advertid que aquel que excesivamente sigue su afecto, necesita después de un exceso mayor para desfacer el primero. ¡Oh! No sea así que vuestra impaciencia os traiga a tal desdicha que vengáis a sufrir en algún tiempo mucho más de lo que no queréis tolerar ahora. Benigno Rey tenemos, y tan piadoso, que sólo extrañará los consejos de la ira, no los de la clemencia, sólo por casi no los conoce. Ninguno subió tan presto a la inmortalidad por la venganza como por el perdón, porque siendo en los hombres lo más dificultoso, así debe ser lo más estimable.
¿Llora Cataluña? No la desesperemos. ¿Gimen los catalanes? Oigámosles. Éste es el mayor artificio de los físicos (1), ayudar a la naturaleza con beneficios, por llevarla allí donde muestra inclinarse. Salga el Rey de su corte; acuda a los que le llaman y le han menester; ponga su autoridad y su persona en medio de los que le aman y le temen, y luego le amarán todos sin dejar de temerle ninguno. Infórmese y castigue, consuele y reprenda. Buen ejemplar hallará en su augusto bisabuelo (2), cuando por moderar la inquietud de Flandes, con pompa indigna de César, más con corazón de César, pasó a los Países y acompañado de su solo valor entró en Gante amotinado y furioso, lo redujo a obediencia sin otra fuerza de su vista. Salga Su Majestad, vuelvo a decir; llegue a Aragón, pise Cataluña, muéstrese a sus vasallos, satisfágalos, mírelos y consuélelos; que más acaban y más fácilmente triunfan los ojos del Príncipe que los más poderosos ejércitos.
(1) Físico aquí significa médico. Es muy bella la imagen que utiliza aquí el de Oñate, identificando el diálogo con la medicina.
(2) Carlos I.
A primeras horas de la madrugada de hoy, 19 de octubre, son ya 38 las respuestas recibidas a la encuesta Ponle nota a los políticos de la República. Todo lo que puedo decir es que la competición está muy reñida y, por lo tanto, los resultados son interesantes. No hay nada decidido así pues tu voto cuenta. Tienes hasta el día 15 para votar.
Otra cosa que quisiera decir es que, cuando menos de momento, los buitres van ganando de calle a las palomis. ¡Mujer, Historia es tu segundo apellido! ¡No dejes que tu marido/pareja/compi del curro deposite su voto sin dejar oír también tu voz! Está en juego el premio Le Molo a Ellos y el premio Le Molo a Ellas. Los machos votantes son, por supuesto, bien recibidos. Pero las hembras son especialmente bienvenidas (en esto como en tantas otras cosas).
Te recuerdo que para votar sólo tienes que pinchar encima del PIRANDÁRGALLO.
En fin, confieso que tengo ya algún post escrito sobre la República. Sin embargo, dado que estamos en jornada de reflexión, he decidido, cuando menos de momento, aplazarlo algunos días. Os dejo con un post un poco más anterior en el tiempo.
Noticia del conde de Oñate. By JdJ
1640. La España barroca y decadente. En algún lugar de Madrid (en mis lecturas no se dice cuál), en una sala con seguridad amplia y luminosa, una veintena de hombres se reúnen bajo la presidencia de uno de ellos, algo gordo para su altura, tocado de bigotes a la moda y ricamente vestido. Se podría decir que quien no estuvo en esa sala no era nadie, cuando menos, en Castilla. Porque quienes están allí congregados son los ministros de España, magistrados, miembros del Consejo de Estado y Guerra, de la Junta de Ejecución, consejeros del Real de Castilla y también del Real de Aragón.
Muchos de ellos se saben en una reunión histórica. La reunión que ha convocado el conde-duque de Olivares para analizar, y eventualmente aprobar, la guerra de Castilla contra Cataluña.
La rebelión catalana de 1640 es uno de esos episodios que cada vez se hace más difícil analizar de forma ponderada, dado lo mucho que se inventan dentro de sus cabezas quienes, desde el nacionalismo o desde el antinacionalismo, se dedican a analizarla. Este enfrentamiento frontal entre España y Cataluña (o Castilla y Cataluña, si se prefiere) es, según el color del cristal con que se mire, o una cosa o la otra; o bien una expresión de un secular sentimiento nacional, o bien algo que no tuvo nada que ver con la polémica sobre la existencia de fueros especiales dentro de la nación española. Como casi siempre ocurre con estas apasionadas lecturas históricas, ninguna de las partes termina de llevar la razón. A mi modo de ver, Cataluña se rebeló en 1640 por sentirse maltratada por su Rey, no por desear cargárselo o separarse de él; en la misma medida que también es cierto que la evolución de los acontecimientos, o lo que es lo mismo la notoria estupidez y falta de tacto con que Castilla gestionó aquella crisis, fue poniendo a los catalanes cada vez más y más calientes, hasta el punto de acabar defendiendo lo indefendible, perdida ya gran parte de su territorio, con la sola gasolina moral de la conservación de sus libertades y tradiciones.
Gran parte de esa estupidez fue generada en la Junta que hoy recuerdo. La Junta en la que, efectivamente, se aprobó el levantamiento de una armada contra Cataluña; una armada formada por los ejércitos acantonados en Guipúzcoa, en Álava y en Tierra de Campos; de todos los castillos de vigilancia existentes en España y Portugal; ejércitos formados por todo hombre que alguna vez hubiera recibido sueldo real, puesto que fueron llamados a filas; de 6.000 soldados que entonces se habían trasladado a Portugal; de dos quintas partes de todas las tropas acuarteladas en Castilla, León, Andalucía, Extremadura, Granada y Murcia; de dos de los cuatro tercios existentes en Navarra; del tercio completo existente en las Baleares; de centenares, miles de voluntarios reclutados en Aragón y Valencia. Algo muy parecido, en suma, a una movilización general, respuesta a una seria rebelión que, según palabras pronunciadas por el conde-duque en aquella sesión, debía sofocar el rey «no tanto por remediar la culpa de la rebelión, cuando por excusar con aquel espanto la ruina de otras naciones». Dicho de otra forma: una patada a los enemigos holandeses, italianos y franceses, en el culo de los catalanes.
Algún día, si vosotros tenéis paciencia y yo tiempo, hablaremos despacio de esta rebelión de Cataluña, de cómo y por qué surgió, y de cómo se desarrolló. Hoy, en puridad, no quiero hacer esa historia completa. Hoy me basta con detener vuestra imaginación en aquella sesión histórica, porque en ella, a pesar de la unanimidad que el de Olivares acabaría encontrando para sus planes bélicos, se encontró con una discrepancia. Fue ésta la de don Iñigo Vélez de Guevara, conde de Oñate, miembro del Consejo de Estado y presidente de su Tribunal de Órdenes. Hombre, él lo dice al inicio de su discurso, ya provecto y experimentado.
Don Iñigo elaboró en ese momento un discurso muy bello, que nos ha llegado fielmente reproducido gracias a la crónica que de la guerra de Cataluña escribió Francisco Manuel de Melo, uno de los militares que allí guerreó contra los insurgentes. Es una pieza interesante de retórica barroca, escrita en un español muy bonito, lo cual es doble mérito para Melo (era portugués). Y es, sobre todo, un acertado alegato pacifista y, diríamos hoy, autonomista.
Si tenéis la paciencia de leer el discurso, algo largo, hasta el final, seguramente os daréis cuenta de que la intención del de Oñate no era otra que sostener la idea, por otra parte totalmente cierta, de que no tenía sentido discutir si Castilla le haría la guerra a Cataluña porque, simplemente, no podía permitirse dicha guerra. Es, pues, una admonición pragmática. A esto cabe añadir, además, que, probablemente, influyó en su ánimo el hecho de que se llevaba con el conde-duque más o menos como Bin Laden con Condoleeza Rice, pues de hecho habían sido rivales en el favor del rey a la muerte del duque de Lerma.
Pero, además de estos argumentos, hay otros que vienen a definir toda una actitud hacia el hoy tan cacareado conflicto sobre la nación española y los entes que la componen. En la distancia de cuatro siglos, hay pasajes de Vélez de Guevara que, salvando las distancias de estilo, podrían haberse pronunciado cualquier tarde de éstas en el Congreso de los Diputados. Eso, claro, si en el Congreso hubiera alguien tan inteligente y mesurado como el de Oñate, cosa de la que cabe dudar.
Leyendo esta pieza, además, entendemos por qué se enfangó España y se perdió en un laberinto de degradación. El problema fue el honor. Pues resulta curioso que, en el fondo, Oñate y Olivares utilicen el mismo argumento para arrimar cada uno el ascua a su sardina. Oñate dice: ya estamos haciendo muchas guerras, así pues lo mejor es que no nos embarquemos en una más. Olivares le contestó: porque ya estamos haciendo muchas guerras, tenemos que embarcarnos en una más; si no lo hacemos, nuestros otros enemigos se envalentonarán. La filosofía del ciclista: si dejas de pedalear, te la pegas. Y eso es así porque, como acertadamente explica Elliott en su monumental monografía sobre el conde-duque, en aquella España toda la política exterior se basaba en un concepto: el prestigio. Todavía vivían muchos españoles, notablemente los nobles y altos funcionarios, que habían servido a las órdenes de Felipe II, cuando España tenía todo el prestigio del mundo, porque el mundo era suyo. Y se decía que era necesario hacer cualquier cosa para mantener ese prestigio, ese honor. Incluso irse a la mierda.
En el momento en que el de Oñate pronuncia su discurso, se ha producido el llamada Corpus de Sangre, que como digo algún día contaremos aquí, así pues Castilla se siente agredida, ergo humillada, por Cataluña. Oñate conoce bien el natural airado y vengativo de España, es decir, admite que, hasta aquel día, el Imperio ha resuelto las rebeldías de la misma forma: dando de hostias al rebelde. Pero, con una clarividencia notable para su época, es capaz de avizorar que el rebelde que resulta excesivamente castigado reacciona volviéndose sedicioso. Toda una lección de pragmática política, que cayó en saco roto.
Os dejo con don Iñigo. Espero, sinceramente, que no os aburra. Y, tras terminar la lectura, tal vez os preguntéis, como hago yo, qué habría pasado si la votación final de la Junta le hubiera apoyado.
A un gran negocio, señores, somos llamados: yo, por cierto, sobre setenta años de edad en que me hallo, y con pocos menos de experiencia, atreveréme a decir que ninguno de los accidentes pasados fueron de tanto peso como el que tratamos. Largos días ha que reposa en España la rebelión de los vasallos: ya vine a creer en los aprietos presentes, que algunos han vivido templados, más por ignorar la desobediencia que por rehusarla; tal debe ser nuestro cuidado en aumentar esta su ignorancia. Yo no pretendo manchar la fidelidad española; mas si el discurso no me engaña, nación es ésta de quien estamos quejosos, ocasionada al precipicio; conozco su natural airado y vengativo, y sin perturbarme del temor o el odio, voy a temer un gran suceso, harto más lamentable a la experiencia que al discurso.
¡Oh! No hagamos de suerte que nuestro enojo les descubra algún camino que su osadía no ha pensado. Costumbre es de los afligidos abrazar cualquier medio que los excusa la calamidad presente, aunque los lleve a otros nuevos daños; el esclavo oprimido del látigo se despeña por la ventana; no mira que es mayor el riesgo del precipicio que el azote; sólo atiende a escaparse de las coléricas manos de su señor. ¿Qué seguridad tenemos, pregunto, de que estos hombres, amenazados de su Rey, no se arrojen por la rebeldía hasta caerse a los pies de su mayor émulo? Más pienso yo ha hecho Cataluña en salir de estado pacífico para el sedicioso, que hará en pasarse ahora de sedicioso a rebelde. No es la espuela aguda la que doma al caballo desbocado; la dócil mano del jinete lo templa y acomoda. Si de otros tiempos advertimos en los progresos de esta gente, todos nos informan de su valor y dureza; calidades que piden las armas. En los tiempos modernos amaron la paz como la deben amar todos los hombres a quienes gobierna la razón: saboreáronse de la serenidad, y olvidados de las primeras glorias, empleaban todo su orgullo en las pendencias civiles, divididos en bandos y facciones. No habían perdido el valor, aunque lo habían estragado en efectos inútiles. Herido el pedernal vomita fuego, y no herido lo disimula; empero en las mismas entrañas le deposita: la ocasión suele ser siempre instrumento de la naturaleza.
Juzgad ahora, señores, si conviene volver a despertar a esta dura nación, y amaestrarla contra nosotros en el uso de la guerra, en que fue excelente. Carlos, nuestro invicto señor, juzgándolo así con los holandeses, puso tan grande estudio en hacerles olvidar de las armas, como en inclinar los españoles a su ejercicio; dándoles gran enseñanza a los príncipes de que hay gentes que sirven más a su señor con lo que ignoran que con lo que ejercitan.
Siento que es grande la causa con que provocan la indignación de nuestro monarca, y que si hallásemos un castigo igual al crimen de los delincuentes, yo me dispusiera a seguirle; empero si cualquiera pena cotejada con el delito parece inferior, entonces sólo la podrá igualar aquella clemencia que la puede vencer.
Yo digo que la justicia es la virtud más propia de los buenos reyes; pero hay casos en que al Príncipe le conviene perdonar sin razón, violentado de la contingencia del castigo. En la dignidad del rey y en el amor de padre no pueden entrar aquellos defectos comunes que llevan los hombres a la venganza; de tal suerte que si la culpa del vasallo o del hijo puede permitir algún olvido o perdón, no se considera dificultad ninguna de parte de los ofendidos. Tan diferentes son los castigos de la mano del odio o del amor: aquél siempre pide sangre, éste no más de enmienda.
Procedió Cataluña ciegamente, yo lo confieso: muestra ahora señales de su dolor; justificase con voces y papeles, con informaciones y embajadas; llama a la piedad del Pontífice por intercesión, las repúblicas por medianeras; escribe a sus reyes, llora a todo el mundo, pide justicia contra los que han perturbado sus cosas, nómbralos, y limítase a éste o a aquel medio; publícase por fiel y humilde postrada a los pies de su señor: ¿qué le falta sino la dicha de que la creamos? No sé que estas demostraciones sean dignas de desprecio: dícese que son vanas y simulado su arrepentimiento; y, ¿qué sacamos nosotros de esa incredulidad? ¿De qué conveniencia nos podrá ser adelantada nuestra desconfianza a su malicia? No hay soplo que así encienda la llama, como la desesperación del perdón da fuerzas a la culpa. ¿Qué es en lo que reparáis? Piden a su Majestad les aparte tres o cuatro sujetos ocupados en la gobernación de las armas; poco es esto. Aquí no pretendo discurrir por sus deméritos ni por la justificación de los quejosos; digo, empero, que es más fácil cosa pensar que puedan errar cuatro hombres que una provincia entera. Podéis decir que hay dificultad en el modo de sacarlos con buena opinión; no es grande el mal que tiene remedio: no hay ninguno de los acusados (si son como yo creo que son) que no ofrezcan su reputación particular por el sieigo público: tenéis para qué estimarlos.
Sabed, señores, que no hay miseria que se iguale a una guerra civil. Si fuésemos ciertos de que Cataluña se hubiese de humillar al primer crujido del azote, no dudo que también fuera conveniente dárselo a temer; más si por ventura su ceguedad les hiciese proseguir su obstinación, y tomasen las armas en su propia defensa, ¿sería cosa prudente exponerse la autoridad de nuestro monarca a la suerte de una o de otra batalla con sus vasallos? ¿Sería buen ejemplar para los otros reinos cualquiera dicha de estos rebeldes? Y con más peligro de esta corona, que se compone de tantas naciones diversas y distantes, las más dellas desaficionadas a la fortuna castellana. Apartemos el temor de la suerte; no pienso sino que entramos victoriosos, que abrasamos, talamos y destruimos; ¿qué es lo que ganamos, sino montes desiertos, pueblos abrasados y plazas echadas a tierra? ¿Esto se puede llamar Cataluña? ¿Qué es esto sino cortarnos una mano con otra, y quedar España con una provincia menos?
Y entretanto que gastamos el tiempo en victorias (así quiero llamar todos nuestros acontecimientos), ¿cómo nos será posible acudir a Flandes con dineros, a Italia con socorros, a las conquistas con flotas y a todo el Océano con armadas? Pues si esto faltase, ¿qué tal podría quedar nuestro partido, expuesto a la furia, a la industria y a la fortuna de nuestros contrarios? Forzosa (o por lo menos natural) cosa habría de ser el perder en las provincias externas cuanto en las nuestras ganásemos; y entonces, ¿cómo lo podríamos llamar triunfo, habiendo de ser contrapesado de pérdidas infalibles? Miserable por cierto sería aquella guerra en que nosotros mismos fuésemos los vencedores y los vencidos.
No hay fatiga en el campo de que el labrador en su casa pacífica no se repare. Este era el consuelo de los trabajos que la Monarquía padece en sus partes, gozar a nuestra España con quietud. Los Países Bajos y Alemania (que también podemos llamar propia) oprimidos están de armas; Lombardía, afligida con su peso; Nápoles y Sicilia, amenazados; la Borgoña, ni por desierta segura; Alsacia, más que nunca fatigada; unas y otras Indias, en continua infestación de enemigos; el Brasil en manos de una guerra desesperada; las costas de España, visitadas de corsarios. ¿Qué otro lugar nos quedaba de descanso sino la España? Pues si ni este pequeño abrigo os queréis reservar entero a los ánimos cansados y arrepentidos, ¿dónde habremos de hallar reposo y consuelo? ¿Dónde habrán nuestros hijos y descendientes de gozar el premio de lo que ahora trabajamos nosotros? ¡A gran cosa, a peligrosa cosa por cierto se ofrece aquel espíritu que se encargare de esta novedad! Costoso edificio es éste a que pretendéis abrir los cimientos, y cuya ruina podrá sepultar nuestra república. No quisiera ahora que mi ponderación os llevara el pensamiento a otros casos miserables; empero si la prudencia es lince, dadme licencia siquiera para pensarlo (no se cuente norabuena, como referido), qué habría de ser de nosotros si al ejemplar de Cataluña conspirasen o se armasen otras naciones, dándoles esta guerra que apetecéis, no sólo ocasión, sino conveniencia.
¡Ah, señores! Lleno está el mundo de historias y las historias llenas de sucesos que nos encaminan a la templanza; advertid que aquel que excesivamente sigue su afecto, necesita después de un exceso mayor para desfacer el primero. ¡Oh! No sea así que vuestra impaciencia os traiga a tal desdicha que vengáis a sufrir en algún tiempo mucho más de lo que no queréis tolerar ahora. Benigno Rey tenemos, y tan piadoso, que sólo extrañará los consejos de la ira, no los de la clemencia, sólo por casi no los conoce. Ninguno subió tan presto a la inmortalidad por la venganza como por el perdón, porque siendo en los hombres lo más dificultoso, así debe ser lo más estimable.
¿Llora Cataluña? No la desesperemos. ¿Gimen los catalanes? Oigámosles. Éste es el mayor artificio de los físicos (1), ayudar a la naturaleza con beneficios, por llevarla allí donde muestra inclinarse. Salga el Rey de su corte; acuda a los que le llaman y le han menester; ponga su autoridad y su persona en medio de los que le aman y le temen, y luego le amarán todos sin dejar de temerle ninguno. Infórmese y castigue, consuele y reprenda. Buen ejemplar hallará en su augusto bisabuelo (2), cuando por moderar la inquietud de Flandes, con pompa indigna de César, más con corazón de César, pasó a los Países y acompañado de su solo valor entró en Gante amotinado y furioso, lo redujo a obediencia sin otra fuerza de su vista. Salga Su Majestad, vuelvo a decir; llegue a Aragón, pise Cataluña, muéstrese a sus vasallos, satisfágalos, mírelos y consuélelos; que más acaban y más fácilmente triunfan los ojos del Príncipe que los más poderosos ejércitos.
(1) Físico aquí significa médico. Es muy bella la imagen que utiliza aquí el de Oñate, identificando el diálogo con la medicina.
(2) Carlos I.
miércoles, octubre 17, 2007
Encuesta: Ponle nota a los políticos de la República
ACHTUNG!
O sea: ¡Atención!
Si has leído este este post antes de las 13,30 horas de España del día 17 de octubre y lo estás leyendo ahora (o sea, después) debes saber que ha cambiado sustancialmente. En la redacción primera, si querías votar, tenías que enviarme un correo electrónico. Sin embargo, con posterioridad, el monstruo Calvin, señor y rey de los bits, de los bytes y de las versiones beta, se ha currado una encuesta online muy maja. Así pues, ya no tienes que enviar ningún correo electrónico para votar, sino simplemente acudir al hipervínculo que se aporta en este post.
Quiero que quede constancia escrita que, desde hoy, soy deudor de Calvin. A cambio de este favorazo, le debo una Barbie tornero-fresadora, un Lopera Cabis Basquis y los siete tomos de las memorias de Rin-tin-tin.
Relee el post (o léelo, si es la primera vez que entras) y... ¡a votar! Por cierto, los que ya habéis votado enviándome un correo no tenéis que volver a hacerlo. Yo introduciré vuestros votos.
Os decía hace algunos días que Wonkapistas es uno de los blogs que me hacen pensar. No soy sociólogo, pero leyendo a Wonka le he cogido gustito a esto de la medición de opiniones y tal. Así que he decidido lanzar yo mismo una pequeña encuesta, lo cual es un reto ya que mi coeditor perteneciente al reino animal inferior es bastante más escéptico que yo sobre los resultados; así pues, al final veremos cuál de los dos está más acertado.
Se trata de la encuesta informal Ponle nota a los políticos de la República
Esto es informal porque es una encuesta voluntaria (quien quiera la contesta y quien quiera no; e, incluso, no tengo forma de controlar que haya alguien que la conteste varias veces o que mienta en las respuestas), pero yo tampoco pretendo hacer una tesis ni ganar una cátedra de sociología con esto. Todo lo que quiero es daros voz, si la queréis usar, a todos los lectores de este blog y a cualesquiera visitantes que se acerquen. Los resultados tendrán la relevancia que tengan. Científicamente poca, moralmente la que vosotros le queráis aportar jugando limpio.
El caso es que la pregunta me inquieta. Me gustaría saber de verdad quién, setenta años después, aprueba, y quién suspende. Y he pensado que lo mismo la cuestión también os inquieta a vosotros.
Para votar sólo tienes que pinchar encima de la palabra PIRANDÁRGALLO. El hipervínculo te llevará a la página de la encuesta, por si quieres votar.
Lo ideal sería que realizaras la encuesta sin tirar ni de libros ni de Wikipedia ni historias; la respuesta NS/NC es tan válida como cualquier otra y sirve para saber hasta qué punto hoy, en estos tiempos de memoria histórica y tal, personajes de la República son recordados y conocidos. En la lista de abajo no están todos los que fueron, pero todos los que están, fueron. Casi todos los miembros de la lista fueron presidentes de la República, de comunidades autónomas, presidentes del gobierno o ministros; y los que no lo fueron, tuvieron una labor importante de liderazgo dentro de sus formaciones políticas.
La respuesta a la pregunta que te harás al terminar de leer la encuesta es: No, efectivamente, no. Franco no está. Aunque no le discuto la categoría de político, su relevancia en los tiempos de la República es muy pequeña y, de hecho, se limita al coitus interruptus de su tentativa de presentarse a diputado por Cuenca. En realidad, esta decisión mía es injusta, pues sé que en la lista he colocado a personajes que, si bien en tiempos republicanos tuvieron su actuación, en realidad la desplegaron fundamentalmente durante la guerra (el caso más claro es el de Negrín, simple diputado durante los tiempos republicanos; y añadiría también a García Oliver y Montseny). Sin embargo, creo que el asunto de Franco y el franquismo debiera ser, en todo caso, motivo de otra encuesta.
[Por cierto, al último Lerroux no le tienes que votar. Ya nos hemos dado cuenta de que don Alejandro está repetido, pero lo hemos dejado ahí porque ya se sabe que todas las obras artesalanes tienen que tener sus imperfecciones]
Os rogaría que no hiciéseis uso de los comentarios del blog para hacer públicas vuestras contestaciones; ya bastante acientífica es esta encuesta para que encima los encuestados se pudieran ver influidos por conocer otras contestaciones.
Las votaciones estarán abiertas, en principio, hasta el 15 de noviembre. Trataré de poner un recordatorio en el sidebar para los que vengan de paso en los próximos días. Cuando pase el plazo, publicaré las notas medias y las desviaciones típicas, y también, probablemente, el porcentaje de NS/NC, es decir, los niveles de conocimiento. Si de aquí a mediados de noviembre alguien me enseña cómo se hace eso que hacen muchos blogueros de colgar gráficos de Excel en pequeñito que los puedes pinchar y ver más grandes, más chulo nos va a quedar.
Os recuerdo que no tenéis que poner nombres ni referencias, ni ningún dato personal.
En fin, ahí va una copia de la encuesta, por si antes de votar queréis saber de qué va.
1.- Tu sexo, además de placentero, es:
a) Masculino
b) Femenino.
2.- Encuádrate cronológicamente, y no mientas.
a) Bollycao. No tengo aún edad para votar.
b) Mileurista de vocación. Entre 18 y 35.
c) Todavía me va la marcha. De 36 a 45.
d) Enganchado al omega3. De 46 a 60
e) En lo mejor de lo mejor. De 61 en adelante.
3.- Estos son los personajes que Historias de España ha seleccionado para la encuesta. Recuerda que tienes que ponerle una nota de 0 a 10, u otra cosa, la que quieras, para señalar que no le votas.
Manuel Azaña
Francisco Largo Caballero
Indalecio Prieto
Niceto Alcalá-Zamora
Miguel Maura
Andreu Nin
Marcelino Domingo
Diego Martínez Barrios
Dolores Ibárruri
José Calvo Sotelo
Ángel Pestaña
José Martínez de Velasco
Félix Gordón Ordax
Lluis Companys
José María Gil-Robles
Julián Besteiro
Alejandro Lerroux
José Antonio Aguirre y Lecube
José Antonio Primo de Rivera
Antonio Goicoechea
José Giral
Federica Montseny
José Díaz
Joaquín Chapaprieta
Juan Negrín
Manuel Portela Valladares
Santiago Casares Quiroga
Juan García Oliver
Santiago Carrillo
Alejandro Lerroux
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lunes, octubre 15, 2007
La reforma militar de la República
Cuando comienza el siglo XX, el que había sido el primer ejército del mundo presenta una situación tal que no conseguiría promocionar ni a la Segunda División B bélica mundial. De hecho, se podría decir que si a alguien se le hubiese encargado organizar el ejército español a mala hostia, no lo habría hecho peor de cómo estaba.
Años después de la pérdida de Cuba, y a la espera de que estalle la guerra de Marruecos, el ejército español presenta una oficialidad acromegálica: 499 generales, 578 coroneles y más de 23.000 oficiales. Para mandar a los soldados tenía el ejército español seis veces más oficiales que el francés, con muchos más efectivos.
A los problemas de la sociedad con el ejército se unen los del propio ejército conmigo mismo. Dentro de la institución castrense no todo son abrazos y consensos. De hecho, entre las diferentes armas se producen muchas disensiones y enfrentamientos más o menos soterrados, que cristalizan, sobre todo, en un sentimiento de abandono y discriminación por parte del arma de infantería. La infantería ha sido siempre la base de todo ejército, cuando menos de tierra (y sin ejército de tierra no hay invasión que valga), pero en aquel entonces sus mandos se sentían preteridos frente a otras armas, sobre todo la de artillería. Los artilleros llevaban cosa de un siglo desarrollando una especie de moral militar específica dentro del ejército, moral que se basaba en varios principios. De entre ellos, uno muy importante era la política de ascensos. Como es lógico en un arma tradicional, los artilleros querían ascender por escalafón, esto es, primero el que más tiempo lleva esperando el ascenso; por esta razón, desde finales del siglo XIX, en distintas épocas y con distinta intensidad, en el arma de Artillería se fomentó un pacto entre caballeros mediante el cual aquel miembro del arma que recibiese un ascenso distinto del correspondiente por escalafón renunciaría a él, cambiándolo por una condecoración las más de las veces. Esta actitud irritaba a buena parte del resto de los militares, a alguno hasta el punto del enfrentamiento frontal, como le ocurriría al dictador Miguel Primo de Rivera, quien llegó a disolver el arma de Artillería (ahí es nada).
En todo caso, fue la irritación del arma de infantería la que estuvo detrás de la creación de la Junta de Defensa de dicho arma en Barcelona, a la que siguieron otros órganos parecidos, que acabaron, sobre todo en los años previos a la dictadura, por convertirse en un auténtico poder fáctico, que ponía y quitaba ministros, y que, como ya hemos visto, dio golpes de Estado encubiertos.
Con fecha 23 de abril de 1931, es decir apenas diez días después del advenimiento de la República, el Ministerio de la Guerra publica una norma por la que modifica el juramento de fidelidad de los militares, que ahora deberán jurar fidelidad al orden constituido, y asevera que aquéllos que se nieguen a pronunciar dicha promesa causarán baja en el Ejército. En ese momento, lo que hay entre la milicia y la República es una calma tensa. Es obvio que los militares no hicieron nada por contravenir la República, lo cual es valorado por el gobierno; pero subsisten las dudas, porque los militares, en buena proporción, son de filiación claramente monárquica.
El 25 de abril, el ministro Manuel Azaña inicia su reforma militar con un famosísimo decreto que concede el pase a la situación de segunda reserva, con el mismo sueldo que disfrutaban en la escala activa, «a todos los oficiales generales del Estado Mayor general, a los de la Guardia Civil y Carabineros y a los de los Cuerpos de Alabarderos, Jurídico Militar, Intendencia, Intervención y Sanidad», así como a los oficiales de las distintas armas y cuerpos, que así lo solicitasen. Ésta fue la piedra angular de la reforma de Azaña y buscaba, claramente, resolver el problema clave del ejército español, que era la abundancia de jefes para tan poco indio. Una vez iniciado este proceso, Azaña comenzó la reforma del ejército propiamente dicha.
Quedan para la Historia los nombres de quienes asesoraron al ministro en esta labor: comandante de Artillería Juan Fernández Saravia; comandante de Caballería Germán Boaso Román; comandante de Artillería Antonio Vidal Lóriga; comandante de Infantería Andrés Fuentes Pérez; comandante de Estado Mayor Ángel Riaño Herrero; comandante de Ingenieros Enrique Escudero Cisneros; comisario de guerra de segunda José de Armas Chirlanda; capitán de Caballería Juan Ayza Bergoños; capitán de Artillería Pedro Romero Rodríguez; y capitán de Intendencia Elviro Ordiales Oroz.
Estos once hombres no sé si sin piedad (contando Azaña) realizaron una poda en la estructura del ejército español que cabe señalar de espectacular. Su objetivo era modernizar la estructura de las fuerzas armadas y llevarlas a una proporción razonable de aproximadamente un militar por cada cien civiles.
En consecuencia, se dividió el país en ocho divisiones orgánicas y se estableció la dotación que habrían de tener, que en cada caso era:
- 2 brigadas de infantería, formadas cada una por dos regimientos, asimismo formados por dos batallones, y teniendo cada batallón 4 compañías de fusileros, una de ametralladoras y una sección de especialistas.
- 1 escuadrón de caballería, con una sección de armas automáticas y otra de infantería ciclista.
- 1 brigada de artillería ligera.
- 1 batallón de zapadores-minadores.
- 1 grupo de transmisiones.
- 1 sección de iluminación.
- 1 escuadrilla de aviación.
- 1 unidad de aeroestación.
- 1 parque divisionario para municionamiento, armamento y material.
- 1 grupo divisionario de intendencia, con una compañía montada de víveres, una compañía automóvil de panadería y dos compañías de servicios.
- 1 grupo divisionario de sanidad, con una sección de ambulancias, una columna de evacuación y un grupo de desinfección.
- 1 sección móvil de evacuación veterinaria.
Además de esta estructura, por así decirlo, por defecto, había unidades más independientes, como dos brigadas mixtas de infantería de montaña, 2 regimientos de carros ligeros de combate, 7 regimientos más de infantería, 1 división de caballería, 4 regimientos de artillería pesada, 4 regimientos de artillería de costa, 3 grupos mixtos de artillería, 2 grupos de defensa contra aeronaves, 4 parques de artillería de cuerpo de ejército, 1 regimiento de zapadores-minadores, 1 parque central de automovilismo, 1 batallón de pontoneros, 1 regimiento de ferrocarriles, 2 grupos autónomos mixtos de zapadores y telégrafos en Baleares, otros dos en Canarias, sendas compañías de intendencia y sanidad en ambas islas, un regimiento de aeroestación, 3 grupos de información de artillería y 1 depósito de ganado.
Parece mucho y, probablemente, lo es a los ojos de muchas personas que se sientan pacifistas. Y es interesante recordarlo porque, aparte de reivindicarse con ello la verdad, también viene bien porque a veces, dentro de las visiones entre románticas e interesadas de la República, se quiere ver en la reforma de Azaña algo así como un desmantelamiento del ejército, fomentado por presuntas ideas antimilitaristas del ministro que luego sería primer ministro y, después, presidente de la República.
Para disgusto de alguno de sus hagiógrafos y/o admiradores, Azaña estaba muy lejos de ser lo que hoy consideraríamos un pacifista. Era, eso sí, una persona obsesionada con que el presupuesto militar se gastase bien, es decir no importase una peseta más de lo necesario, pero tampoco una peseta menos. Sus palabras donde deben pronunciarse, esto es en la sede parlamentaria, son éstas:
El Ejército en España no es mejor ni peor que la Universidad, o que los ingenieros de caminos, o que el Ateneo, o que cualquier otra institución. Lo que pasa es que dentro del funcionamiento del Estado, la institución militar y, por consiguiente, los gastos que acarrea, o son perfectos o son estériles; no hay término medio. Y es por el carárter contencioso del Ejército. El Ejército, en tiempo de paz, no tiene más misión que instuirse para la guerra; pero cuando llega la guerra, si la organización del Ejército no es todo lo perfecta que cabe en lo humano, no sirve para nada, y todo lo que se ha venido gastando y produciendo y trabajando en los años de paz es absolutamente perdido; esto no pasa en ninguna otra institución del Estado.
No parece que una persona que declara que su deseo es un ejército todo lo perfecto que cabe en lo humano pueda considerarse ni pacifista, ni partidario del desarme, ni enemigo del monopolio legal de la violencia.
Eso sí. La larga lista de unidades que conformaban el ejército de la República no debe esconder el bosque del importante adelgazamiento del mismo. Azaña y sus asesores suprimieron 37 regimientos de infantería, cuatro batallones de montaña, nueve batallones de cazadores, 17 regimientos de caballería, un regimiento de ferrocarriles y dos batallones de ingenieros. Un decreto de 16 de junio reorganiza las áreas militares y suprime las categorías de capitán general y teniente general (que Franco resucitó y, por lo que sé, resucitadas siguen); y luego tomó otra serie de medidas, entre las cuales, quizá, la que más se conoce es la decisión de clausurar la Academia Militar de Zaragoza, que entonces era dirigida por el general Franco.
Los diez militares que hemos citado formaban el llamado Gabinete Militar, conocido en muchos cuartos de banderas de aquella época como Gabinete Negro. Emilio Mola, el general que se alzaría con Franco en el 36 desde Pamplona, es la fuente que más escritos ha dejado por parte de, por así decirlo, la oposición a la reforma. Según esta versión, el Gabinete Negro tuvo como principal función delimitar quién debía ascender y acceder en cada caso al mando en las tropas. Es, ya lo digo, la versión de Mola; pero resulta difícil de creer a la luz de los acontecimientos, a menos que presupongamos a los asesores de Azaña un desconocimiento total de las cojeras ideológicas de los compañeros a los que ascendieron o mantuvieron.
Los autores de los panegíricos franquistas tras la guerra, como Arrarás, hablan sin ambages de mutilación al referirse a las medidas de Azaña. Sin embargo, unos seis meses después de comenzada la reforma, Azaña pudo ir a las Cortes y vanagloriarse de que las oposiciones habían sido nimias; y no mentía. No obstante, no son pocos los indicios de que lo que pasó realmente es que los militares habían quedado, tras la proclamación de la República, en cierto estado de incertidumbre que les impidió organizarse y reaccionar. Lo cierto es que los hechos acabaron por demostrar que no eran pocos de ellos los que estaban radicalmente en contra de la reforma y, de hecho, aquellos pocos militares que además eran diputados (caso de Fernández Castillejo, Joaquín Fanjul o Tomás Peire) combatieron diversos proyectos de Azaña todo lo que pudieron. No fueron los únicos que combatieron la reforma. También lo hicieron las derechas patronales, las cuales rechazaban una de las medidas de la reforma: la creación del Consorcio de Industrias Militares, que consideraban era una competencia desleal contra las industrias privadas. El Consorcio englobaba a la Fábrica Nacional de Toledo, la Fábrica de Artillería de Sevilla, la Fábrica de Pólvoras y Explosivos de Granada, la Fábrica de Pólvora de Murcia, la Fábrica de Armas Portátiles de Oviedo y la Fábrica de Cañones de Trubia. Fue disuelto en 1935, durante el bienio de las derechas.
Si avanzamos en la lectura de quienes opinaron sobre estas reformas, encontramos que no se cuestiona su origen principal. El propio general Mola, por ejemplo, admite que, acabada la guerra de Marruecos (tras el desembarco de Alhucemas que, según cierto periódico, fue realizado por 10.000 españoles de nacionalidad francesa) «no sólo la oficialidad profesional era excesiva, sino también el propio ejército permanente era demasiado aparato bélico para las necesidades de la nación». No obstante, si podemos considerar a Mola portavoz de los militares (o, por lo menos, de ciertos militares, que no eran pocos en los cuartos de banderas) dicha reducción fue excesiva. Mola calculaba en 1933, en este sentido, que en caso de movilización (es decir, si se deshacía la situación de paz) harían falta 4.000 oficiales más de los que había dejado Azaña; y debo decir que en este punto parece que llevaba razón, puesto que, una vez iniciada la guerra civil, es obvio que el ejército republicano quedó huero de oficiales (y los improvisó a partir de los milicianos de partidos políticos y sindicatos); y en el bando franquista, mucho más dotado, aún así hubo que «tirar» de Falange, de los requetés y de cuerpos como los alféreces provisionales. Y esto era así a pesar de que el ejército se había deshecho de entre 10.000 y 12.000 militares.
Otro de los elementos de la reforma de Azaña que fue, a todas luces, imperdonable por parte de los militares que un día serían golpistas, fue la racionalización de los ascensos. Azaña tenía muy claro que el núcleo de la oposición desde el Ejército estaba en las unidades africanas; y si alguna duda le quedaba, en agosto de 1932 la disiparía cuando viese que el general Sanjurjo, héroe de Alhucemas, le montaba un golpe de Estado. Así las cosas, dentro de los dos grandes bandos de las fuerzas armadas españolas, es decir escalafonófilos [esta palabra me la invento yo para no llamarlos chusqueros] y africanos, optó por los primeros y, en palabras de Mola, hizo que los militares que estaban acostumbrados a ascender por méritos de guerra «marcasen el paso en el escalafón per saecula saeculorum».
En el diario de Azaña hay una entrada de 1933 que es muy reveladora del daño que hizo a los africanos esta medida y que es, además, muy sintomática a la luz de los acontecimientos posteriores. Dice Azaña:
He recibido en el Ministerio al general Vera, que manda la Octava División. Me dice que el general Franco está muy enojado conmigo por la revisión de ascensos. De hacer el número uno de los generales de brigada ha pasado a ser el veinticuatro. Es lo menos que ha podido ocurrirle. Yo creí durante algún tiempo que aún descendería más.
Por si fuera poco, esta medida se complementó con una ley, de 9 de marzo de 1932, con la que, en mi opinión, Azaña terminó por firmar su divorcio con los militares.
Merced a esta ley, los miembros del Estado Mayor General del Ejército en activo podían ser puestos en situación de reserva mediante decreto gubernamental si: llevaban más de seis meses en situación de disponible; y durante ese tiempo se hubiese provisto algún destino de los correspondientes a su categoría. ¿Qué significa esto? Pues venía a significar que, tras los pases a la reserva voluntarios de 1931, ahora el gobierno se abrogaba el derecho a pasar a la reserva a los oficiales, pues era dueño de dicho pase y también de las condiciones que lo hacían posible. Es decir: para quitar de en medio a un militar, le bastaba con tenerlo seis meses haciendo pasillos.
En resumen o, cuando menos, mi resumen: en realidad, buena parte de los problemas de la República que se hicieron patentes en el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 estaban ahí desde el principio, y aún más allá. El problema militar es uno de ellos. Como la reforma agraria, la reforma militar me parece a mí un ejemplo más de una medida bienintencionada y adecuadamente enfocada (como he escrito, hasta los más acendrados enemigos de Azaña y su reforma no osan cuestionar las bases de ésta) pero errónea en sus plazos. Un ministro de defensa socialista, Narcís Serra, haría, medio siglo después, cosas relativamente parecidas (al menos en lo que se refiere a los pases voluntarios a la reserva), pero midiendo los tiempos considerabilísimamente mejor que don Manuel, a quien muchos tienen por político genial pero yo reputo un poco excesivamente pagado de sí mismo, lo cual equivale a decir que le costaba admitir y admitirse que tal vez estaba equivocado tomando tal o cual medida.
Igual que el orden público, igual que la defección revolucionaria a izquierda y derecha del sistema, el problema militar se mostró prácticamente desde el primer momento de existencia de la República, y ya no le abandonó. La República, merced a las reformas tan profundas que comenzó a realizar apenas una semana después de haberse proclamado, se granjeó la oposición de amplias masas de militares, y ya nunca recuperó plenamente su afecto; de hecho, para disponer de cuerpos armados cercanos, tuvo que improvisar unos cuerpos de seguridad, sobre todo los guardias de asalto, que le fuesen afines.
La reforma militar de Azaña, no obstante, se hizo para construir un ejército moderno. Cuando uno lee las críticas de Mola no puede evitar la sensación de notarlas preñadas de cierto tufo a antiguo y a corporativista. Mola carga contra Azaña por considerarlo sectario y, por mucho que en parte pueda tener razón, al hacerlo obvia el principio fundamental de que un ejército no es una realidad propia que se rige por sus propias reglas, sino una institución al servicio de la legalidad constitucional. En eso el general finalmente golpista, pese a las amargas palabras que le dedica a las juntas de defensa, viene a aplicar precisamente la visión de las cosas que éstas propugnaban: dejad a los militares que resuelvan los asuntos de los militares.
Pero Azaña se equivocó. En esto como en tantas cosas, quiso hervir la rana viva echándola a una olla de agua hirviendo. Y, cuando se trata de gobernar, todo el mundo sabe que la única forma de hervir una rana viva es meterla en una olla de agua fría, poner la olla sobre un fuego muy muy suave, y luego ir subiéndolo muy despacio. El gran defecto de este político imperfecto fue considerar que por llevar la razón ante la Historia, los obstáculos habrían de echarse a un lado. De hecho, es justo al revés: cuanta más razón nos da la Historia, más difícil es llevar a cabo lo que pretendemos.
Azaña, por último, cometió un error más. No él sólo, sino el conjunto de los gobiernos republicanos, casi sin excepción. He dicho antes que la proporción buscada era la lógica para cualquier país, es decir un militar por cada cien civiles. Pero eso es así en países donde los civiles no están armados y/o no están usando esas armas para subvertir el orden. A Emilio Castelar, presidente que fue de la I República española, le preguntaron, poco tiempo después del fracaso de aquel ensayo y la vuelta de la monarquía, si seguía siendo republicano. Y contestó: Sí, República, sí; República, siempre. Pero con más Ejército, con más Marina, con más Guardia Civil.
En el fondo, la racionalización, es decir adelgazamiento, de un ejército monárquico, clasista y acostumbrado a intervenir en política, todo ello sin traumas ni enfrentamientos, sólo habría sido posible si dicho ejército hubiese dado por dominada la subversión. Lejos de ello, la República se mostró débil y tornadiza frente a dicha subversión, tanto de las izquierdas cuando gobernaron éstas, como de las derechas cuando llegaron éstas a a mandar. En la España de 1931 a 1933 y de 1936, la violenta oposición cenetista no fue atacada con todo el peso de la ley; en la España del bienio de las derechas, la ultraderecha floreció exenta de obstáculos, lo cual se puede pensar que encantó a los militares, pero no es así porque colaboró para la radicalizar a los viveros de izquierdistas en las Fuerzas Armadas, concentrados sobre todo en el cuerpo de Asalto. Dicho de una manera muy basta, podemos decir, debemos decir, que la intervención del ejército en los destinos políticos de España fue entonces lo que sería ahora: un hecho deleznable; pero lo que no fue es sorpresivo, porque cualquier ejército golpista encontrará la disculpa perfecta para sacar los tanques a la calle en un país en el que los edificios privados son quemados impunemente por alborotadores sin que las fuerzas del orden muevan un dedo; y eso ocurrió cuando la República no tenía ni un mes de vida.
Y el principal defensor de que así fuese, de que así se no-actuase fue, precisamente, el ministro don Manuel Azaña. Azaña, que tuvo mucho poder en aquellos gobiernos republicanos, derrapó demasiadas veces en la misma curva: en la quema de conventos, en las semanas inmediatamente anteriores a Casas Viejas y en el 36, en la escalada de sucesos que culminaría con el asesinato de Calvo-Sotelo. En esas condiciones, su reforma militar, que sobre el papel cabe calificar, a mí me lo parece, de más que bien tirada, se demostró incapaz para evitar, una vez más, el divorcio entre los militares y el pueblo al que pertenecen.
Años después de la pérdida de Cuba, y a la espera de que estalle la guerra de Marruecos, el ejército español presenta una oficialidad acromegálica: 499 generales, 578 coroneles y más de 23.000 oficiales. Para mandar a los soldados tenía el ejército español seis veces más oficiales que el francés, con muchos más efectivos.
A los problemas de la sociedad con el ejército se unen los del propio ejército conmigo mismo. Dentro de la institución castrense no todo son abrazos y consensos. De hecho, entre las diferentes armas se producen muchas disensiones y enfrentamientos más o menos soterrados, que cristalizan, sobre todo, en un sentimiento de abandono y discriminación por parte del arma de infantería. La infantería ha sido siempre la base de todo ejército, cuando menos de tierra (y sin ejército de tierra no hay invasión que valga), pero en aquel entonces sus mandos se sentían preteridos frente a otras armas, sobre todo la de artillería. Los artilleros llevaban cosa de un siglo desarrollando una especie de moral militar específica dentro del ejército, moral que se basaba en varios principios. De entre ellos, uno muy importante era la política de ascensos. Como es lógico en un arma tradicional, los artilleros querían ascender por escalafón, esto es, primero el que más tiempo lleva esperando el ascenso; por esta razón, desde finales del siglo XIX, en distintas épocas y con distinta intensidad, en el arma de Artillería se fomentó un pacto entre caballeros mediante el cual aquel miembro del arma que recibiese un ascenso distinto del correspondiente por escalafón renunciaría a él, cambiándolo por una condecoración las más de las veces. Esta actitud irritaba a buena parte del resto de los militares, a alguno hasta el punto del enfrentamiento frontal, como le ocurriría al dictador Miguel Primo de Rivera, quien llegó a disolver el arma de Artillería (ahí es nada).
En todo caso, fue la irritación del arma de infantería la que estuvo detrás de la creación de la Junta de Defensa de dicho arma en Barcelona, a la que siguieron otros órganos parecidos, que acabaron, sobre todo en los años previos a la dictadura, por convertirse en un auténtico poder fáctico, que ponía y quitaba ministros, y que, como ya hemos visto, dio golpes de Estado encubiertos.
Con fecha 23 de abril de 1931, es decir apenas diez días después del advenimiento de la República, el Ministerio de la Guerra publica una norma por la que modifica el juramento de fidelidad de los militares, que ahora deberán jurar fidelidad al orden constituido, y asevera que aquéllos que se nieguen a pronunciar dicha promesa causarán baja en el Ejército. En ese momento, lo que hay entre la milicia y la República es una calma tensa. Es obvio que los militares no hicieron nada por contravenir la República, lo cual es valorado por el gobierno; pero subsisten las dudas, porque los militares, en buena proporción, son de filiación claramente monárquica.
El 25 de abril, el ministro Manuel Azaña inicia su reforma militar con un famosísimo decreto que concede el pase a la situación de segunda reserva, con el mismo sueldo que disfrutaban en la escala activa, «a todos los oficiales generales del Estado Mayor general, a los de la Guardia Civil y Carabineros y a los de los Cuerpos de Alabarderos, Jurídico Militar, Intendencia, Intervención y Sanidad», así como a los oficiales de las distintas armas y cuerpos, que así lo solicitasen. Ésta fue la piedra angular de la reforma de Azaña y buscaba, claramente, resolver el problema clave del ejército español, que era la abundancia de jefes para tan poco indio. Una vez iniciado este proceso, Azaña comenzó la reforma del ejército propiamente dicha.
Quedan para la Historia los nombres de quienes asesoraron al ministro en esta labor: comandante de Artillería Juan Fernández Saravia; comandante de Caballería Germán Boaso Román; comandante de Artillería Antonio Vidal Lóriga; comandante de Infantería Andrés Fuentes Pérez; comandante de Estado Mayor Ángel Riaño Herrero; comandante de Ingenieros Enrique Escudero Cisneros; comisario de guerra de segunda José de Armas Chirlanda; capitán de Caballería Juan Ayza Bergoños; capitán de Artillería Pedro Romero Rodríguez; y capitán de Intendencia Elviro Ordiales Oroz.
Estos once hombres no sé si sin piedad (contando Azaña) realizaron una poda en la estructura del ejército español que cabe señalar de espectacular. Su objetivo era modernizar la estructura de las fuerzas armadas y llevarlas a una proporción razonable de aproximadamente un militar por cada cien civiles.
En consecuencia, se dividió el país en ocho divisiones orgánicas y se estableció la dotación que habrían de tener, que en cada caso era:
- 2 brigadas de infantería, formadas cada una por dos regimientos, asimismo formados por dos batallones, y teniendo cada batallón 4 compañías de fusileros, una de ametralladoras y una sección de especialistas.
- 1 escuadrón de caballería, con una sección de armas automáticas y otra de infantería ciclista.
- 1 brigada de artillería ligera.
- 1 batallón de zapadores-minadores.
- 1 grupo de transmisiones.
- 1 sección de iluminación.
- 1 escuadrilla de aviación.
- 1 unidad de aeroestación.
- 1 parque divisionario para municionamiento, armamento y material.
- 1 grupo divisionario de intendencia, con una compañía montada de víveres, una compañía automóvil de panadería y dos compañías de servicios.
- 1 grupo divisionario de sanidad, con una sección de ambulancias, una columna de evacuación y un grupo de desinfección.
- 1 sección móvil de evacuación veterinaria.
Además de esta estructura, por así decirlo, por defecto, había unidades más independientes, como dos brigadas mixtas de infantería de montaña, 2 regimientos de carros ligeros de combate, 7 regimientos más de infantería, 1 división de caballería, 4 regimientos de artillería pesada, 4 regimientos de artillería de costa, 3 grupos mixtos de artillería, 2 grupos de defensa contra aeronaves, 4 parques de artillería de cuerpo de ejército, 1 regimiento de zapadores-minadores, 1 parque central de automovilismo, 1 batallón de pontoneros, 1 regimiento de ferrocarriles, 2 grupos autónomos mixtos de zapadores y telégrafos en Baleares, otros dos en Canarias, sendas compañías de intendencia y sanidad en ambas islas, un regimiento de aeroestación, 3 grupos de información de artillería y 1 depósito de ganado.
Parece mucho y, probablemente, lo es a los ojos de muchas personas que se sientan pacifistas. Y es interesante recordarlo porque, aparte de reivindicarse con ello la verdad, también viene bien porque a veces, dentro de las visiones entre románticas e interesadas de la República, se quiere ver en la reforma de Azaña algo así como un desmantelamiento del ejército, fomentado por presuntas ideas antimilitaristas del ministro que luego sería primer ministro y, después, presidente de la República.
Para disgusto de alguno de sus hagiógrafos y/o admiradores, Azaña estaba muy lejos de ser lo que hoy consideraríamos un pacifista. Era, eso sí, una persona obsesionada con que el presupuesto militar se gastase bien, es decir no importase una peseta más de lo necesario, pero tampoco una peseta menos. Sus palabras donde deben pronunciarse, esto es en la sede parlamentaria, son éstas:
El Ejército en España no es mejor ni peor que la Universidad, o que los ingenieros de caminos, o que el Ateneo, o que cualquier otra institución. Lo que pasa es que dentro del funcionamiento del Estado, la institución militar y, por consiguiente, los gastos que acarrea, o son perfectos o son estériles; no hay término medio. Y es por el carárter contencioso del Ejército. El Ejército, en tiempo de paz, no tiene más misión que instuirse para la guerra; pero cuando llega la guerra, si la organización del Ejército no es todo lo perfecta que cabe en lo humano, no sirve para nada, y todo lo que se ha venido gastando y produciendo y trabajando en los años de paz es absolutamente perdido; esto no pasa en ninguna otra institución del Estado.
No parece que una persona que declara que su deseo es un ejército todo lo perfecto que cabe en lo humano pueda considerarse ni pacifista, ni partidario del desarme, ni enemigo del monopolio legal de la violencia.
Eso sí. La larga lista de unidades que conformaban el ejército de la República no debe esconder el bosque del importante adelgazamiento del mismo. Azaña y sus asesores suprimieron 37 regimientos de infantería, cuatro batallones de montaña, nueve batallones de cazadores, 17 regimientos de caballería, un regimiento de ferrocarriles y dos batallones de ingenieros. Un decreto de 16 de junio reorganiza las áreas militares y suprime las categorías de capitán general y teniente general (que Franco resucitó y, por lo que sé, resucitadas siguen); y luego tomó otra serie de medidas, entre las cuales, quizá, la que más se conoce es la decisión de clausurar la Academia Militar de Zaragoza, que entonces era dirigida por el general Franco.
Los diez militares que hemos citado formaban el llamado Gabinete Militar, conocido en muchos cuartos de banderas de aquella época como Gabinete Negro. Emilio Mola, el general que se alzaría con Franco en el 36 desde Pamplona, es la fuente que más escritos ha dejado por parte de, por así decirlo, la oposición a la reforma. Según esta versión, el Gabinete Negro tuvo como principal función delimitar quién debía ascender y acceder en cada caso al mando en las tropas. Es, ya lo digo, la versión de Mola; pero resulta difícil de creer a la luz de los acontecimientos, a menos que presupongamos a los asesores de Azaña un desconocimiento total de las cojeras ideológicas de los compañeros a los que ascendieron o mantuvieron.
Los autores de los panegíricos franquistas tras la guerra, como Arrarás, hablan sin ambages de mutilación al referirse a las medidas de Azaña. Sin embargo, unos seis meses después de comenzada la reforma, Azaña pudo ir a las Cortes y vanagloriarse de que las oposiciones habían sido nimias; y no mentía. No obstante, no son pocos los indicios de que lo que pasó realmente es que los militares habían quedado, tras la proclamación de la República, en cierto estado de incertidumbre que les impidió organizarse y reaccionar. Lo cierto es que los hechos acabaron por demostrar que no eran pocos de ellos los que estaban radicalmente en contra de la reforma y, de hecho, aquellos pocos militares que además eran diputados (caso de Fernández Castillejo, Joaquín Fanjul o Tomás Peire) combatieron diversos proyectos de Azaña todo lo que pudieron. No fueron los únicos que combatieron la reforma. También lo hicieron las derechas patronales, las cuales rechazaban una de las medidas de la reforma: la creación del Consorcio de Industrias Militares, que consideraban era una competencia desleal contra las industrias privadas. El Consorcio englobaba a la Fábrica Nacional de Toledo, la Fábrica de Artillería de Sevilla, la Fábrica de Pólvoras y Explosivos de Granada, la Fábrica de Pólvora de Murcia, la Fábrica de Armas Portátiles de Oviedo y la Fábrica de Cañones de Trubia. Fue disuelto en 1935, durante el bienio de las derechas.
Si avanzamos en la lectura de quienes opinaron sobre estas reformas, encontramos que no se cuestiona su origen principal. El propio general Mola, por ejemplo, admite que, acabada la guerra de Marruecos (tras el desembarco de Alhucemas que, según cierto periódico, fue realizado por 10.000 españoles de nacionalidad francesa) «no sólo la oficialidad profesional era excesiva, sino también el propio ejército permanente era demasiado aparato bélico para las necesidades de la nación». No obstante, si podemos considerar a Mola portavoz de los militares (o, por lo menos, de ciertos militares, que no eran pocos en los cuartos de banderas) dicha reducción fue excesiva. Mola calculaba en 1933, en este sentido, que en caso de movilización (es decir, si se deshacía la situación de paz) harían falta 4.000 oficiales más de los que había dejado Azaña; y debo decir que en este punto parece que llevaba razón, puesto que, una vez iniciada la guerra civil, es obvio que el ejército republicano quedó huero de oficiales (y los improvisó a partir de los milicianos de partidos políticos y sindicatos); y en el bando franquista, mucho más dotado, aún así hubo que «tirar» de Falange, de los requetés y de cuerpos como los alféreces provisionales. Y esto era así a pesar de que el ejército se había deshecho de entre 10.000 y 12.000 militares.
Otro de los elementos de la reforma de Azaña que fue, a todas luces, imperdonable por parte de los militares que un día serían golpistas, fue la racionalización de los ascensos. Azaña tenía muy claro que el núcleo de la oposición desde el Ejército estaba en las unidades africanas; y si alguna duda le quedaba, en agosto de 1932 la disiparía cuando viese que el general Sanjurjo, héroe de Alhucemas, le montaba un golpe de Estado. Así las cosas, dentro de los dos grandes bandos de las fuerzas armadas españolas, es decir escalafonófilos [esta palabra me la invento yo para no llamarlos chusqueros] y africanos, optó por los primeros y, en palabras de Mola, hizo que los militares que estaban acostumbrados a ascender por méritos de guerra «marcasen el paso en el escalafón per saecula saeculorum».
En el diario de Azaña hay una entrada de 1933 que es muy reveladora del daño que hizo a los africanos esta medida y que es, además, muy sintomática a la luz de los acontecimientos posteriores. Dice Azaña:
He recibido en el Ministerio al general Vera, que manda la Octava División. Me dice que el general Franco está muy enojado conmigo por la revisión de ascensos. De hacer el número uno de los generales de brigada ha pasado a ser el veinticuatro. Es lo menos que ha podido ocurrirle. Yo creí durante algún tiempo que aún descendería más.
Por si fuera poco, esta medida se complementó con una ley, de 9 de marzo de 1932, con la que, en mi opinión, Azaña terminó por firmar su divorcio con los militares.
Merced a esta ley, los miembros del Estado Mayor General del Ejército en activo podían ser puestos en situación de reserva mediante decreto gubernamental si: llevaban más de seis meses en situación de disponible; y durante ese tiempo se hubiese provisto algún destino de los correspondientes a su categoría. ¿Qué significa esto? Pues venía a significar que, tras los pases a la reserva voluntarios de 1931, ahora el gobierno se abrogaba el derecho a pasar a la reserva a los oficiales, pues era dueño de dicho pase y también de las condiciones que lo hacían posible. Es decir: para quitar de en medio a un militar, le bastaba con tenerlo seis meses haciendo pasillos.
En resumen o, cuando menos, mi resumen: en realidad, buena parte de los problemas de la República que se hicieron patentes en el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 estaban ahí desde el principio, y aún más allá. El problema militar es uno de ellos. Como la reforma agraria, la reforma militar me parece a mí un ejemplo más de una medida bienintencionada y adecuadamente enfocada (como he escrito, hasta los más acendrados enemigos de Azaña y su reforma no osan cuestionar las bases de ésta) pero errónea en sus plazos. Un ministro de defensa socialista, Narcís Serra, haría, medio siglo después, cosas relativamente parecidas (al menos en lo que se refiere a los pases voluntarios a la reserva), pero midiendo los tiempos considerabilísimamente mejor que don Manuel, a quien muchos tienen por político genial pero yo reputo un poco excesivamente pagado de sí mismo, lo cual equivale a decir que le costaba admitir y admitirse que tal vez estaba equivocado tomando tal o cual medida.
Igual que el orden público, igual que la defección revolucionaria a izquierda y derecha del sistema, el problema militar se mostró prácticamente desde el primer momento de existencia de la República, y ya no le abandonó. La República, merced a las reformas tan profundas que comenzó a realizar apenas una semana después de haberse proclamado, se granjeó la oposición de amplias masas de militares, y ya nunca recuperó plenamente su afecto; de hecho, para disponer de cuerpos armados cercanos, tuvo que improvisar unos cuerpos de seguridad, sobre todo los guardias de asalto, que le fuesen afines.
La reforma militar de Azaña, no obstante, se hizo para construir un ejército moderno. Cuando uno lee las críticas de Mola no puede evitar la sensación de notarlas preñadas de cierto tufo a antiguo y a corporativista. Mola carga contra Azaña por considerarlo sectario y, por mucho que en parte pueda tener razón, al hacerlo obvia el principio fundamental de que un ejército no es una realidad propia que se rige por sus propias reglas, sino una institución al servicio de la legalidad constitucional. En eso el general finalmente golpista, pese a las amargas palabras que le dedica a las juntas de defensa, viene a aplicar precisamente la visión de las cosas que éstas propugnaban: dejad a los militares que resuelvan los asuntos de los militares.
Pero Azaña se equivocó. En esto como en tantas cosas, quiso hervir la rana viva echándola a una olla de agua hirviendo. Y, cuando se trata de gobernar, todo el mundo sabe que la única forma de hervir una rana viva es meterla en una olla de agua fría, poner la olla sobre un fuego muy muy suave, y luego ir subiéndolo muy despacio. El gran defecto de este político imperfecto fue considerar que por llevar la razón ante la Historia, los obstáculos habrían de echarse a un lado. De hecho, es justo al revés: cuanta más razón nos da la Historia, más difícil es llevar a cabo lo que pretendemos.
Azaña, por último, cometió un error más. No él sólo, sino el conjunto de los gobiernos republicanos, casi sin excepción. He dicho antes que la proporción buscada era la lógica para cualquier país, es decir un militar por cada cien civiles. Pero eso es así en países donde los civiles no están armados y/o no están usando esas armas para subvertir el orden. A Emilio Castelar, presidente que fue de la I República española, le preguntaron, poco tiempo después del fracaso de aquel ensayo y la vuelta de la monarquía, si seguía siendo republicano. Y contestó: Sí, República, sí; República, siempre. Pero con más Ejército, con más Marina, con más Guardia Civil.
En el fondo, la racionalización, es decir adelgazamiento, de un ejército monárquico, clasista y acostumbrado a intervenir en política, todo ello sin traumas ni enfrentamientos, sólo habría sido posible si dicho ejército hubiese dado por dominada la subversión. Lejos de ello, la República se mostró débil y tornadiza frente a dicha subversión, tanto de las izquierdas cuando gobernaron éstas, como de las derechas cuando llegaron éstas a a mandar. En la España de 1931 a 1933 y de 1936, la violenta oposición cenetista no fue atacada con todo el peso de la ley; en la España del bienio de las derechas, la ultraderecha floreció exenta de obstáculos, lo cual se puede pensar que encantó a los militares, pero no es así porque colaboró para la radicalizar a los viveros de izquierdistas en las Fuerzas Armadas, concentrados sobre todo en el cuerpo de Asalto. Dicho de una manera muy basta, podemos decir, debemos decir, que la intervención del ejército en los destinos políticos de España fue entonces lo que sería ahora: un hecho deleznable; pero lo que no fue es sorpresivo, porque cualquier ejército golpista encontrará la disculpa perfecta para sacar los tanques a la calle en un país en el que los edificios privados son quemados impunemente por alborotadores sin que las fuerzas del orden muevan un dedo; y eso ocurrió cuando la República no tenía ni un mes de vida.
Y el principal defensor de que así fuese, de que así se no-actuase fue, precisamente, el ministro don Manuel Azaña. Azaña, que tuvo mucho poder en aquellos gobiernos republicanos, derrapó demasiadas veces en la misma curva: en la quema de conventos, en las semanas inmediatamente anteriores a Casas Viejas y en el 36, en la escalada de sucesos que culminaría con el asesinato de Calvo-Sotelo. En esas condiciones, su reforma militar, que sobre el papel cabe calificar, a mí me lo parece, de más que bien tirada, se demostró incapaz para evitar, una vez más, el divorcio entre los militares y el pueblo al que pertenecen.
miércoles, octubre 10, 2007
Lavado de cara y cinco blogs que me hacen pensar
Los más perspicaces de entre los visitantes habituales de este blog notarán alguna cosa nueva hoy. Hay dos, y las voy a comentar por partes.
La primera es que nos hemos lavado la cara.
Un lector habitual, Jesús Sarmiento, se dedica al oficio, para mí mágico, de la infografía. Los infógrafos son esas personas que se dedican a dibujar utilizando para ello herramientas informáticas, y son especialmente utilizadas en la prensa, presentaciones corporativas, etc. Yo puedo decir que he conocido a varios infógrafos en mi vida, y que siempre me han parecido magos por las cosas que son capaces de hacer. En las manos de un infógrafo, lo gordo es delgado, lo pequeño grande y lo grande pequeño.
Un día Jesús sintió la inspiración de lo que él pensaba podría ser la cabecera de este blog. Siguiendo la llamada de la musa, parió el dibujo que veis, desde hoy, en la parte de arriba de la página. A mí me parece que queda chachi y que la idea (o sea, el conceto que la ilustración expresa) está muy bien hecho.
El dibujo original de Sarmiento no era exactamente así, pues incluía en el horizonte, cruzando la meseta de este a oeste, una fila de elefantes cartagineses al mando de Amílcar Barca. Pero los quité, por dos razones: a) porque Amílcar Barca nunca estuvo en Hispania, que yo sepa; b) porque enseguida me dí cuenta de que el detallito era obra de las malas artes de Tiburcio, que así lograba colocar en el dibujo a varios amigos, y sobre todo bastantes amigas, suyos.
Patente ha de quedar, por lo tanto, mi agradecimiento para Jesús, autor de esta obra altruista. Este editor de blog se siente honrado de ser objeto de la colaboración de otros.
La segunda novedad se encuentra en el sidebar de la derecha. Se trata de un pequeño banner que declara este blog como distinguido con el Thinking Blogger Award, algo así como premio a los blogs que te hacen pensar. La iniciativa parte de aquí. Se trata de un blog en inglés que, con la iniciativa, dice querer distinguir a los blogs que hacen pensar a las personas que los leen. Javier Carrasco, conciudadano que es de Bloguilandia a través del diario que veréis pinchando en su nombre, ha decidido que entre los cinco blogs que cada uno que es distinguido debe señalar debe estar el mío. Yo, por supuesto, se lo agradezco sobremanera. Aceptar el galardón da derecho a colocar el banercito en plan Yo soy la Hostia. Mola (y me refiero al verbo, no al general).
Eso sí, aceptar el galardón me obliga a mí a escribir aquí las referencias de al menos cinco blogs que a mí me hacen pensar. Cosa que no me cuesta demasiado.
En primer lugar, quiero y debo citar el blog personal de Tiburcio Samsa. Sinceramente, y no lo digo porque seamos amigos, creo que hay pocos españoles vivos que conozcan y entiendan Asia mejor que Tibur. Aquello está en la otra esquina del barrio, está poblado por personas de aspecto diferente al nuestro y con puntos de vista completamente distintos. Una vez Tiburcio me explicó las dos maneras distintas que tenemos un occidental y un oriental de enfrentarnos a la visión de una obra pictórica, y de aquello saqué la conclusión de que el suyo había sido un esfuerzo notable por comprender una mentalidad radicalmente distinta de la nuestra. En consecuencia, por mucho que a veces la moral paquidérmica me resbale el budismo me pille lejos, cuando quiero pensar suelo ir a visitarle.
Sin salir propiamente del ámbito oriental, también me hace reflexionar muchas cosas, la mayor parte de ellas positivas, el que me parece el mejor blog poético en español. Trátase de La mirada oblicua y digo que no se sale de la temática oriental porque es obra de una extraña mezcla de persona, china de Chamberí. Berna Wang es, en mi opinión, uno de los tres o cuatro poetas más inspirados de la actualidad, afirmación que debe hacerse teniendo en cuenta que los otros dos o tres están, probablemente, subvencionados. Acepta en su blog el reto nada fácil de liberar cuando menos un pequeño poema cada día. Yo, puesto que por una serie de razones no puedo estar delante de la radio cada mañana cuando su poema es leído en Radio 3, acudo periódicamente a su página a recargar el alma.
Para pensar, aunque en otro terreno distinto, está otro blog que también recomiendo en mi sidebar. Wonkapistas es uno de esos blogs que para leerlos necesitas estar en casa en las horas del asueto, cuando hasta el perro ya se ha dormido, o tener muy claro que el break en el trabajo va a ser largo. A Wonka no hay que leerlo; hay que releerlo porque, la primera vez, te dejas bastantes plumas. Es denso, intenso y meticuloso en sus análisis sociológicos y tiene, se le nota, alma de profesor.
¿Y de lo mío? O sea, la Historia. Pues, la verdad, veo pocos blogs. No quiero con esto elaborar crítica alguna; pretendo, únicamente, significar que no los he encontrado. Trataré de equilibrar esta carencia mía (que eso es) haciendo una confesión que tal vez suene torpe: suplo la carencia de blogs históricos con la lectura de blogs políticos.
A mí me parece que el político que se mete a hacer un blog (a hacer un blog: no confundir con el que tiene uno y coloca un post cada siete meses, que de eso también hay; o el que lo tiene para pegar los artículos que publica en prensa) es loable. El blog es un medio inesperado de contacto con la gente que yo creo que es muy necesario para el servidor público, y reconfortante para el ciudadano. A lo mejor, hasta debería haber una ley que obligase a los diputados y senadores a tener un blog sí o sí. El fraude de hacer que te lo escriban siempre está ahí, pero eso es otra cosa.
Yo procuro leer de todo y, dentro de ese de todo, tengo dos preferencias que, quizá, se equilibran una a la otra. Me gustan muy especialmente los blogs de Joaquín Leguina y Gustavo de Arístegui. El primero por lo extraordinariamente bien que escribe, que creo que lo distingue muy especialmente dentro de un entorno, entre los políticos, en el que se da mucho lo de sujeto + verbo + predicado, y así mucho. Y a los dos porque tienen una rara habilidad que es la que, a mi modo, define a un intelectual; entendiendo por intelectual aquella persona que elabora pensamientos. Hay dos tipos de intelectuales en política: uno, el malo, está formado por aquellos que, cuando los lees, necesitas estar de acuerdo con ellos. Son intelectuales que argumentan poco y que lo que hacen básicamente es defender sus ideas, motivo por el cual, para quien no las comparte, se hacen aburridos. El intelectual político de calidad es aquél que ofrece unos argumentos y/o datos con la habilidad de hacer interesante su lectura incluso cuando no los compartes pues eso mismo, no compartir dichos argumentos, se convierte para ti en un reto intelectual. Reto intelectual que a veces pierdes, lo cual te lleva a cambiar tus planteamientos iniciales.
Tales son, pues, mis nominaciones. Éstos son algunos de los lugares que visito en esta red cuando me da por pensar.
No quiero terminar este post sin agradecer de nuevo su paciencia y comprensión a Calvin, que es el responsable del cambio de plantilla con el dibujo de Jesús y tal, pues yo, de edición HTML y estas cosas, sé bastante menos que de ingeniería nuclear.
La primera es que nos hemos lavado la cara.
Un lector habitual, Jesús Sarmiento, se dedica al oficio, para mí mágico, de la infografía. Los infógrafos son esas personas que se dedican a dibujar utilizando para ello herramientas informáticas, y son especialmente utilizadas en la prensa, presentaciones corporativas, etc. Yo puedo decir que he conocido a varios infógrafos en mi vida, y que siempre me han parecido magos por las cosas que son capaces de hacer. En las manos de un infógrafo, lo gordo es delgado, lo pequeño grande y lo grande pequeño.
Un día Jesús sintió la inspiración de lo que él pensaba podría ser la cabecera de este blog. Siguiendo la llamada de la musa, parió el dibujo que veis, desde hoy, en la parte de arriba de la página. A mí me parece que queda chachi y que la idea (o sea, el conceto que la ilustración expresa) está muy bien hecho.
El dibujo original de Sarmiento no era exactamente así, pues incluía en el horizonte, cruzando la meseta de este a oeste, una fila de elefantes cartagineses al mando de Amílcar Barca. Pero los quité, por dos razones: a) porque Amílcar Barca nunca estuvo en Hispania, que yo sepa; b) porque enseguida me dí cuenta de que el detallito era obra de las malas artes de Tiburcio, que así lograba colocar en el dibujo a varios amigos, y sobre todo bastantes amigas, suyos.
Patente ha de quedar, por lo tanto, mi agradecimiento para Jesús, autor de esta obra altruista. Este editor de blog se siente honrado de ser objeto de la colaboración de otros.
La segunda novedad se encuentra en el sidebar de la derecha. Se trata de un pequeño banner que declara este blog como distinguido con el Thinking Blogger Award, algo así como premio a los blogs que te hacen pensar. La iniciativa parte de aquí. Se trata de un blog en inglés que, con la iniciativa, dice querer distinguir a los blogs que hacen pensar a las personas que los leen. Javier Carrasco, conciudadano que es de Bloguilandia a través del diario que veréis pinchando en su nombre, ha decidido que entre los cinco blogs que cada uno que es distinguido debe señalar debe estar el mío. Yo, por supuesto, se lo agradezco sobremanera. Aceptar el galardón da derecho a colocar el banercito en plan Yo soy la Hostia. Mola (y me refiero al verbo, no al general).
Eso sí, aceptar el galardón me obliga a mí a escribir aquí las referencias de al menos cinco blogs que a mí me hacen pensar. Cosa que no me cuesta demasiado.
En primer lugar, quiero y debo citar el blog personal de Tiburcio Samsa. Sinceramente, y no lo digo porque seamos amigos, creo que hay pocos españoles vivos que conozcan y entiendan Asia mejor que Tibur. Aquello está en la otra esquina del barrio, está poblado por personas de aspecto diferente al nuestro y con puntos de vista completamente distintos. Una vez Tiburcio me explicó las dos maneras distintas que tenemos un occidental y un oriental de enfrentarnos a la visión de una obra pictórica, y de aquello saqué la conclusión de que el suyo había sido un esfuerzo notable por comprender una mentalidad radicalmente distinta de la nuestra. En consecuencia, por mucho que a veces la moral paquidérmica me resbale el budismo me pille lejos, cuando quiero pensar suelo ir a visitarle.
Sin salir propiamente del ámbito oriental, también me hace reflexionar muchas cosas, la mayor parte de ellas positivas, el que me parece el mejor blog poético en español. Trátase de La mirada oblicua y digo que no se sale de la temática oriental porque es obra de una extraña mezcla de persona, china de Chamberí. Berna Wang es, en mi opinión, uno de los tres o cuatro poetas más inspirados de la actualidad, afirmación que debe hacerse teniendo en cuenta que los otros dos o tres están, probablemente, subvencionados. Acepta en su blog el reto nada fácil de liberar cuando menos un pequeño poema cada día. Yo, puesto que por una serie de razones no puedo estar delante de la radio cada mañana cuando su poema es leído en Radio 3, acudo periódicamente a su página a recargar el alma.
Para pensar, aunque en otro terreno distinto, está otro blog que también recomiendo en mi sidebar. Wonkapistas es uno de esos blogs que para leerlos necesitas estar en casa en las horas del asueto, cuando hasta el perro ya se ha dormido, o tener muy claro que el break en el trabajo va a ser largo. A Wonka no hay que leerlo; hay que releerlo porque, la primera vez, te dejas bastantes plumas. Es denso, intenso y meticuloso en sus análisis sociológicos y tiene, se le nota, alma de profesor.
¿Y de lo mío? O sea, la Historia. Pues, la verdad, veo pocos blogs. No quiero con esto elaborar crítica alguna; pretendo, únicamente, significar que no los he encontrado. Trataré de equilibrar esta carencia mía (que eso es) haciendo una confesión que tal vez suene torpe: suplo la carencia de blogs históricos con la lectura de blogs políticos.
A mí me parece que el político que se mete a hacer un blog (a hacer un blog: no confundir con el que tiene uno y coloca un post cada siete meses, que de eso también hay; o el que lo tiene para pegar los artículos que publica en prensa) es loable. El blog es un medio inesperado de contacto con la gente que yo creo que es muy necesario para el servidor público, y reconfortante para el ciudadano. A lo mejor, hasta debería haber una ley que obligase a los diputados y senadores a tener un blog sí o sí. El fraude de hacer que te lo escriban siempre está ahí, pero eso es otra cosa.
Yo procuro leer de todo y, dentro de ese de todo, tengo dos preferencias que, quizá, se equilibran una a la otra. Me gustan muy especialmente los blogs de Joaquín Leguina y Gustavo de Arístegui. El primero por lo extraordinariamente bien que escribe, que creo que lo distingue muy especialmente dentro de un entorno, entre los políticos, en el que se da mucho lo de sujeto + verbo + predicado, y así mucho. Y a los dos porque tienen una rara habilidad que es la que, a mi modo, define a un intelectual; entendiendo por intelectual aquella persona que elabora pensamientos. Hay dos tipos de intelectuales en política: uno, el malo, está formado por aquellos que, cuando los lees, necesitas estar de acuerdo con ellos. Son intelectuales que argumentan poco y que lo que hacen básicamente es defender sus ideas, motivo por el cual, para quien no las comparte, se hacen aburridos. El intelectual político de calidad es aquél que ofrece unos argumentos y/o datos con la habilidad de hacer interesante su lectura incluso cuando no los compartes pues eso mismo, no compartir dichos argumentos, se convierte para ti en un reto intelectual. Reto intelectual que a veces pierdes, lo cual te lleva a cambiar tus planteamientos iniciales.
Tales son, pues, mis nominaciones. Éstos son algunos de los lugares que visito en esta red cuando me da por pensar.
No quiero terminar este post sin agradecer de nuevo su paciencia y comprensión a Calvin, que es el responsable del cambio de plantilla con el dibujo de Jesús y tal, pues yo, de edición HTML y estas cosas, sé bastante menos que de ingeniería nuclear.
lunes, octubre 08, 2007
Munich
Ya he comentado otras veces que los amigos de la Historia somos también amigos de las efemérides. Las efemérides y los aniversarios, en efecto, son momentos ideales para recordar cosas, darles su auténtico valor e incluso, en algunos casos, hacer jugosos negocios con ellos; ahí está el aniversario del descubrimiento de América para demostrarlo.
El mundo de las efemérides, sin embargo, es, como todos, injusto. Hay aniversarios que se recuerdan en exceso y otros que pasan completamente desapercibidos. Uno de estos últimos es, a mi parecer, el 45 aniversario, que se celebró en los primeros días de junio pasado, del llamado por unos coloquio o reunión, y por otros contubernio de Munich. Y resulta triste que nadie en nuestro espectro sociológico y político haya tenido demasiada intención de celebrar este aniversario; es triste, sí, porque significa el escaso, cuando no nulo, significado que para nuestros políticos de hoy en día tiene la reunión de Munich. Quizá porque la conclusión de las reuniones en la ciudad bávara fue la superación de diferencias políticas que hoy parecen, de nuevo, irreconciliables. Lo cual es, cuando menos a mi modo de ver, lamentable.
El contubernio de Munich, como lo llamó el franquismo, fue una reunión organizada por el Movimiento Europeo, que era, por lo que he podido averiguar, una especie de think tank de la unidad europea, creado en 1948 e impulsado por personas y fuerzas más bien conservadoras, filocatólicas, anticomunistas, partidarias de la unión europea (o sea, gentes europeas más bien de derechas que remaban, como luego se ha visto claramente, a favor de corriente). Este centro de pensamiento hacía lo que hacen ese tipo de órganos, es decir pensar y discutir, y los días 5, 6, 7 y 8 de junio de 1962, convocaron en Munich una de esas pensadas, para la que enviaron 118 invitaciones personales a otros tantos españoles. El primer bofetón para el franquismo rampante en España fue que los señores del ME, dado que no estaban en modo alguno influidos por las filias y fobias del Generalísimo, incluyeron en esa lista tanto a españoles de interior, que por lo tanto vivían en España legalmente; como a españoles de exterior, es decir desterrados o exiliados.
El objetivo del Movimiento Europeo fue, desde el principio, que esos 118 españoles discutiesen abiertamente sobre el pasado, el presente y el futuro de España, y llegasen, a ser posible, a conclusiones sobre el último de esos tres puntos.
A pesar de que el mensaje final de Munich, que lo hace tan grande a los ojos de la Historia, fue la concordia, no todo fue un camino de rosas. De hecho, fue imposible reunir a todos los participantes en una sola comisión. José María Gil-Robles, el líder durante la República de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), entonces sentado a la derecha de Juan de Borbón y que acabaría impulsando un proyecto demócrata cristiano que en la Transición no llegó muy lejos, era el principal representante de los españoles de interior, los que vivían con y bajo Franco, para entendernos. Bueno, pues Gil-Robles se negó en redondo a sentarse en la misma mesa a discutir el futuro político de España con los españoles del exilio. Según el planteamiento de Gil-Robles, eran los españoles de interior, los que vivían en España, los que tenían, por así decirlo, que decidir el futuro político del país; reservaba para los exiliados el papel de adherirse, si les parecía bien, a lo que esos españoles de interior decidiesen.
En el fondo de este enfrentamiento se encuentra el hecho de que, en 1962, han pasado ya más de veinte años desde el final de la guerra, lo cual ha abierto, dentro del antifranquismo, cierta sima entre exiliados y gentes del interior. En términos generales, los exiliados tendían a encadenarse con fuerza a los tiempos pasados (la República), y a reclamar la legitimidad de aquel régimen. Independientemente de que tuviesen o no razón, esa postura era notablemente miope, pues si hubo (algún día podríamos hablar de esto) alguna posibilidad de que el mundo libre presionase para echar a Franco, que yo creo que no la hubo nunca, desde luego en 1962 se había esfumado.
Las Cortes de la República, así como su gobierno, tienden a ser una reliquia del pasado que cada vez, por ley de vida, tiene menos miembros. En 1962 han muerto ya Negrín, Largo Caballero, y ese mismo año muere Indalecio Prieto, por citar sólo a los socialistas. Sin embargo, los exiliados siguen manteniendo viva esa llama y, es más, ven con malos ojos el posibilismo que surge entre los opositores de interior, los cuales, como el socialista Enrique Tierno Galván, comienzan a pronunciar las dos putas palabras prohibidas: solución monárquica. En efecto, el socialismo de interior comienza a coquetear con la idea de que la mejor manera de sacar a España del impasse franquista es construir una monarquía constitucional y parlamentaria, y para ello tienden puentes con Gil-Robles y otros de su clan. Pero esto es un anatema en los oídos de los exiliados, sobre todo de los socialistas, por dos razones: primera, porque cuando echaron a Alfonso XIII juraron solemnemente que los reyes no volverían; y, segundo, porque esa entente supone entenderse con su viejo rival, el líder de la CEDA.
Los opositores de interior, sin embargo, conviven día a día con Franco y con el apoyo que el país le da. Porque ahora se pueden escribir un montón de libros y artículos, y filmar películas y series de televisión y lo que se ponga por delante, dando la sensación de que el franquismo eran cuatro locos que apoyaban al general y 36 millones de opositores silenciosos. Sin embargo, el escribir libros y hacer series de televisión contando mentiras no las convierte en verdades. En 1962, cuando se celebró la reunión de Munich, los opositores de interior sabían que los españoles llevaban veinte años aplaudiendo a Franco con las orejas. Sabían que las soluciones basadas en el enfrentamiento frontal ya no ocurrirían y que nadie en España iba a echar a Franco como echó a Alfonso XIII o a Isabel II. Pensaban que las cosas había que hacerlas de otra manera, de otra manera más, por así decirlo, europea.
¿Quiénes fueron a Munich? Pues, básicamente: la Unión Española, que era un grupo monárquico de corte liberal; los democratacristianos de derecha (Gil-Robles); los democratacristianos de izquierda, partidarios de una alianza con los socialistas; las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC), movimientos sindicales confesionales no exentos de fuerza entonces entre los obreros españoles; Acción Democrática, un grupo de corte socialdemócrata al que pertenecía el ex falangista Dionisio Ridruejo; el PSOE; delegados del gobierno vasco en el exilio; delegados de partidos nacionalistas catalanes (pero no, como veremos, del gobierno catalán en el exilio); y el Felipe o Frente de Liberación Popular. Los monárquicos y democratacristianos de derecha fueron los que forzaron la creación de dos comisiones porque no querían parlamentar con los exiliados y, asimismo, son, a decir de Ridruejo, la razón de que los comunistas no asistieran.
En Munich, pues, se reunió un poco el agua con el aceite. Y por eso, los organizadores de la movida se inventaron una excusa para crear no una, sino dos comisiones de españoles, la A y la B, a la que cada uno se adscribiría a su gusto. Una forma elegante, muy alemana, de formar un grupo de interior y otro de exiliados, sin tener que llamarlos así.
Ni siquiera la famosa foto de Gil-Robles y Llopis fue sincera. Esta foto fue lo que más daño le hizo al franquismo y la imagen de Munich que dio la vuelta al mundo. El otrora líder de la CEDA y el actual secretario general del PSOE dándose la mano. O sea: hace veinte años se habrían saltado el uno al otro la tapa de los sesos, y ahora se daban la mano. Aquella foto fue la imagen viva de la nueva concordia española. Lo que quizás se ha olvidado es que Llopis y Gil-Robles apenas se encontraron por los pasillos, y que debemos la existencia de dicha foto a la pericia de los fotógrafos, no a su voluntad expresa.
La comisión A quedó presidida por José María Gil-Robles, por lo tanto jefe tácito de los del interior; y la comisión B por Salvador de Madariaga, ídem de los exiliados. Pero aquí terminaron las cuestas, porque a partir de este punto, Munich comenzó, por así decirlo, a funcionar. Resultó que ambas comisiones, una fundamentalmente formada por gentes de interior y otra por exiliados y gentes de interior más o menos en parecida proporción, llegaron por separado a conclusiones tan similares, que no fue difícil lograr un documento de consenso. En realidad, la única diferencia entre ambas comisiones era la cuestión institucional, o sea la forma de Estado. Pero ambas partes admitían que esa discusión no era el objetivo de la reunión, así pues no les costó obviarla.
Queda para la Historia el texto de la resolución, que se aprobó por unanimidad.
El Congreso del Movimiento Europeo, reunido en Munich los días 7 y 8 de junio de 1962, estima que la integración, ya en forma de adhesión, ya de asociación de todo país a Europa, exige de cada uno de ellos instituciones democráticas, lo que significa, en el caso de España, de acuerdo con la Convención Europea de los Derechos del Hombre y la Carta Social Europea, lo siguiente:
1.- La instauración de instituciones auténticamente representativas y democráticas que garanticen que el gobierno se basa en el consentimiento de los gobernados.
2.- La efectiva garantía de todos los derechos de la persona humana, en especial los de libertad personal y de expresión, con supresión de la censura gubernativa.
3.- El reconocimiento de la personalidad de las distintas comunidades naturales.
4.- El ejercicio de las libertades sindicales sobre bases democráticas y de la defensa por los trabajadores de sus derechos fundamentales, entre otros medios por el de la huelga.
5.- La posibilidad de organización de corrientes de opinión y de partidos políticos con el reconocimiento de los derechos de la oposición.
El Congreso tiene la fundada esperanza de que la evolución con arreglo a las anteriores bases permitirá la incorporación de España a Europa, de la que es un elemento esencial; y toma nota de que todos los delegados españoles, presentes en el Congreso, expresan su firme convencimiento de que la inmensa mayoría de los españoles desean que esa evolución se lleve a cabo de acuerdo con las normas de la prudencia política, con el ritmo más rápido que las circunstancias permitan, con sinceridad por parte de todos y con el compromiso de renunciar a toda violencia activa y pasiva antes, durante y después del proceso evolutivo.
280 palabras. Sólo eso. Y, sin embargo, ahí está todo. Está la demanda de democracia. Está la reivindicación de las nacionalidades históricas. Están los derechos laborales. Está la apuesta por una evolución no traumática. Y está, sobre todo, la renuncia a la violencia, a la guerra, como mecanismo de evolución política.
Dos aristócratas y diplomáticos españoles, el marqués de Valdeiglesias y el marqués de Casa Miranda, hicieron todo lo posible por impedir que, en la sesión del 8 de junio, el Congreso del Movimiento Europeo aprobase esta moción de los españoles. Presionaron al gobierno alemán hasta la extenuación, pero el congreso no cedió. La resolución fue aprobada.
El Movimiento Europeo amparó esta decisión aprobando el texto de una recomendación que era un disparo en la línea de flotación del franquismo. Dicha resolución decía:
La Asamblea, tomando nota de la petición de asociación a la Comunidad Económica Europea presentada por España, recomienda al Comité de Ministros que invite a los gobiernos miembros de la CEE a examinar la posibilidad de cierto tipo de acuerdo económico entre España y la CEE, teniendo en cuenta las modificaciones constitucionales que serán necesarias antes de que pueda pensarse en cualquier forma de asociación política.
Veamos. No muchos meses antes de la reunión de Munich Franco, asesorado por sus ministros tecnócratas del Opus, había decidido que la principal vía de normalización de España como país respetable en el orbe occidental era su integración en la CEE, que para entonces, tras algunos años de andadura, parecía dejar claro que era un proyecto con mucho futuro. Así las cosas, el gobierno español solicitó formalmente la entrada de España en la CEE y por aquel entonces, aunque extraoficialmente los grandes responsables del franquismo sabían que dicha integración era poco menos que imposible, se estaba a la espera de iniciar conversaciones.
La resolución del Movimiento Europeo, en medio de este proceso, venía a decir, claramente, que era posible el pacto económico, pero no el político, ya que en la CEE sólo ingresan democracias parlamentarias. O sea: nos daban, cuarta más, cuarta menos, el tratamiento que hoy tiene Marruecos.
Así las cosas, la reacción del franquismo fue furibunda. La aparición el 8 de junio de un artículo contra los «traidores de Munich» en Arriba, el periódico de Falange, marcó el pistoletazo de salida de una campaña de prensa bestial y a la yugular.
La estrategia del franquismo fue convertir la reunión de Munich en un contubernio. Es decir, en algo preparado desde el inicio por sus protagonistas, fundamentalmente Gil Robles y Llopis, en abierta inteligencia unos con otros, y montado con dos objetivos fundamentales: uno, amigarse con el Partido Comunista (obviamente, el franquismo contaba con que, en la España de 1962, mentar al Partido Comunista seguiría siendo mentar a la bicha); y, el otro, realizar una acción antiespañola: bloquear nuestra entrada en la Comunidad Económica Europea.
La realidad era muy otra. Gil-Robles y Llopis, por ejemplo, se estrecharon la mano; pero ni siquiera conversaron; de hecho, como hemos visto, fue necesario crear dos comisiones para que pudiesen compartir techo.
En segundo lugar, el gobierno español no podía decir que no supiera nada de lo que iba a pasar en Munich. Como hemos dicho, España llevaba, en 1962, unos cuantos años construyendo un entramado jurídico que le diese la apariencia de país donde los derechos eran respetados como en cualquier otra nación occidental, lo cual supone que existían ciertas leyes que, cuando menos de forma estética, establecían dichas libertades. La principal de estas normas era el Fuero de los Españoles, y prueba de dicha importancia es que era su articulado el que resultaba suspendido cada vez que se declaró el estado de excepción, cosa que ocurriría muchas veces en aquellos años, a causa sobre todo de las algaradas obreras y estudiantiles.
El Fuero de los Españoles nos otorgaba, entre otros, el derecho a dirigirnos a nuestro gobierno para informarle y solicitarle opinión. Y eso mismo es lo que había hecho Gil-Robles, algunos días antes de partir para Munich, por conducto notarial, en una comunicación en la que expresaba opiniones plenamente coincidentes con las incluidas en la resolución finalmente aprobada. Así pues, por mucho que la campaña de prensa quisiera presentar a un país sorprendido, apuñalado por la espalda por sus traidores politicastros de tiempos de la República, aliados con los modernos clandestinos revolucionarios, lo cierto es que el motivo, desarrollo y hasta conclusiones de la reunión le habían sido comunicados por uno de sus participantes con antelación. Dicha comunicación, de hecho, debería estar aún hoy en día allí donde se encuentren los archivos del notario de la villa de Madrid Germán Adanez y Horcajuela.
El mismo 8 de junio, en el palacio de El Pardo, Francisco Franco, jefe del Estado, firma un real decreto por el que se suspende la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles. Dicho artículo establecía que los españoles eran libres de fijar su residencia donde les saliese del pie.
¿Para qué se hizo esto? Pues para esperar, con la suspensión en la mano, a los participantes en el contubernio que eran amigos y residentes en España; los no exiliados, pues.
El día 9 de junio, en el aeropuerto de Barajas, fueron detenidos poco menos que a pie de escalerilla de avión Prados Arrate, Joaquín Satrústegui, Gil-Robles, y Álvarez de Miranda. En la comisaría del aeropuerto se les comunicó que el gobierno les daba a elegir entre el confinamiento en Fuerteventura o el exilio. Gil-Robles y Prados salieron hacia París y los otros dos eligieron la isla canaria. Lo de Gil-Robles fue de opereta. Lo enganchó un comisario de policía en la cola de los pasaportes, a eso de las nueve de la noche o así. Cuando Gil-Robles decidió irse a París, ambos descubrieron que el primer avión que salía hacia dicha ciudad no salía hasta las ocho y media del dicha siguiente (en realidad, el policía intentó que Gil-Robles cogiera el primero que salía, y que tenía destino en Dakar; pero el político democristiano se negó a exiliarse a África). Pasaron al restaurante del aeropuerto, donde hubo una discusión estúpida entre el camarero y el comisario pues aquél, solícito y puesto que había poca gente, quería darles una mesa en el centro del restaurante, mientras que el poli se empeñaba en colocarse en una mesa apartada en una sala vacía. El propio Gil-Robles tuvo que explicarle al camarero que iba detenido. Pasó toda la noche sentado en la mesa que le tocó, con dos policías de uniforme sentados en una mesa contigua y tres más vigilando la entrada del restaurante.
Los asistentes fueron cayendo poco a poco. El 11 de junio fueron detenidos Cendrero Curiel (exilio) y Jaime Miralles (Fuerteventura). El 12, Jesús Barros de Lis y otras dos personas cuya filiación no tengo (Fuerteventura). El 15, José Luis Navarro e Íñigo Cavero (isla de Hierro), así como Félix Pons (Fuerteventura). El día 16, Enrique Ruiz García (exilio) e Isidro Infantes (exilio). El 17 de junio es detenido a su vuelta de Munich el escritor Ignacio Aldecoa, pero en su caso es puesto en libertad tras un interrogatorio. El 18 de junio, Ignacio Fernández de Castro, que se había refugiado en la embajada de Uruguay, sale hacia País, con visado. También fueron detenidos, aunque no confinados ni exiliados, Vicente Piniés, Alfonso Prieto, José Simón Tobalina, R. Tassis, M. Riera Clavillo, J. Prat Ballester y F. Lagarrica, todos ellos asistentes a la reunión.
Por supuesto, también hubo manifestaciones espontáneas. El día 12 de junio, unas 10.000 personas (según la prensa afecta) se reunieron frente a la Jefatura Provincial del Movimiento de Guadalajara, «haciendo patente», según la prensa, «su lealtad y su adhesión al Generalísimo Franco». Sólo por casualidad, la manifestación espontánea estuvo encabezada por las autoridades provinciales y locales. En Logroño el gobernador civil, ante otra multitud espontánea, se refirió a los contertulios de Munich como «españoles que sólo tienen de tales haber nacido, inmerecidamente, en territorio patrio». Ahí queda eso.
En El Pardo podrían haber alicatado todos los baños, que seguro que son muchos, con los cienes y cienes de telegramas que enviaron gobiernos civiles, cámaras de comercio, jefaturas del movimiento, órganos de la sección femenina, instituciones sindicales y demás cuadraditos del complejo organigrama de aquel Estado español, democracia orgánica basada en la familia, el municipio, el sindicato y las medias verdades. Hasta el Instituto de Estudios Africanos de Lugo (sic) envió su telegrama a Franco haciéndole patente su adhesión. Puede que España no estuviese en peligro; pero, al menos, Correos se forró.
Todo esto, no obstante, era de boquilla. El gobierno español sabía de qué iba la cosa. Bastante tiempo antes de la reunión de Munich, la CEE había aprobado un documento, conocido como rapport Birguelbach, que sentaba claramente la doctrina de que todo miembro de la CEE tenía que poseer instituciones impolutamente democráticas. Los españoles reunidos en Munich, pues, no habían descubierto la rueda; por no descubrir, no habían descubierto ni el mecanismo de la cisterna, ése que, a pesar de que yo no he logrado entenderlo del todo, se pone siempre como ejemplo de lo obvio y que todo el mundo conoce.
¿Y los comunistas? Porque nosotros no hemos dicho que estuviesen en Munich. Eso lo dijo el franquismo. Y es que no estuvieron. En primer lugar, el Partido Comunista Español, entonces dirigido por Santiago Carrillo, estaba de aquella en contra de la entrada de España en la CEE, por lo que difícilmente podría estar en una reunión en la que lo que se acordó fue impulsar dicha entrada. Para los comunistas, la CEE era algo así como como el summun que pen del gran capitalismo multinacional, y tenían hacia ella más o menos la actitud que algunos tienen hoy respecto de esa cosa llamada globalización, para mí a veces tan misteriosa como el funcionamiento de las cisternas. Sin embargo, y pese a tener esta diferencia de partida, el PC sí quiso tener, y tuvo, un gesto claro de simpatía hacia los pasos de consenso dados en Munich, y en su propio informe sobre dicha reunión dejó escrito que, entrase o no España en la CEE, Franco no era quién para implicar a España en dicha decisión; o sea, que Franco no podía decidir por España, porque España no le había votado. Tras lo cual terminaba haciendo un llamamiento a toda la oposición al franquismo a concentrarse para fomentar una alternativa democrática al mismo.
Dicho de otra forma: si bien el PCE ya había iniciado en los años cincuenta una tendencia de reconciliación nacional y acercamiento a otras fuerzas opositoras, Munich sirvió para que se diese cuenta de que se estaba montando una pandilla de coleguitas lo suficientemente grande como para tener visos de ser la pandilla que partiese el bacalao si algún día Franco caía; lejos de enfrentarse con ese movimiento, decidió estar cerca de él, amigarse con él, para no perder comba. Munich, por lo tanto, fue el germen de la unión de las fuerzas opositoras a Franco en dicha oposición que está en el germen de ese proceso llamado Transición, que algunos, tal vez porque no lo vivieron, quieren ahora motejar de torpe, incompleto y unas cuantas cosas más.
Con todo, en la oposición a Franco no fue total el apoyo a la reunión de Munich. Sin ir más lejos, el 31 de junio de aquel año, la Generalitat de Cataluña en el exilio aseveraba lo siguiente: «Creímos y seguimos pensando que la reunión de Munich fortalecía, en cierto modo, el régimen del general Franco tanto en el orden interior como exterior»; así como que «los acuerdos de principio allí tomados no representan la unidad del antifranquismo y no representan voluntad alguna de acción». Incluso el Felipe se desligó de la reunión de Munich, a pesar de que según muchos testimonios hubo miembros del mismo que asistieron; y afirmó, campanudamente, que «el pueblo no estuvo presente en Munich».
Otro que se riló echando leches de cualquier relación con la reunión de Munich fue Juan de Borbón, siempre tan de fiar. Si alguien cree que Felipe González inventó algo cuando dijo aquello de que se enteró del follón del GAL por la prensa, que se lo vaya quitando de la cabeza: el 20 de junio de aquel año, Juan de Borbón declaró que se había enterado de lo de Munich por la radio, que escuchó en alta mar. Quizá porque desde El Pardo le dijeron aquello de Richard Gere en Pretty Woman («quiero que me hagan más la pelota»), ese señor al que algunos quieren llamar Juan III limpió su Consejo de contertulios muniqueses. Bueno, en puridad lo que hizo fue tener conocimiento de la decisión de Gil-Robles de abandonar su Consejo. Teóricamente, la carta de Gil-Robles comunicando la decisión es anterior en 24 horas a una comunicación del Borbón en la que éste afirmaba su voluntad de excluir de dicho Consejo a todo aquél que hubiese ido a la reunión de Munich. Así pues Gil-Robles, en el mejor de los casos, se piró cinco minutos antes de que le echasen.
¿El resultado? Pues cojonudo: en una nota interna, la Comisión de la CEE, tras mostrarse sorprendida por las detenciones, exilios y demás acusaciones generadas en España contra los participantes en la reunión de Munich, anunciaba que en esas condiciones no era lógico hacer siquiera el esfuerzo de abrir la carpetilla con la petición de ingreso de España. O sea, mi General, si no querías caldo, aquí tienes dos tazas.
El Movimiento Europeo incluso designó una comisión para que se fuese a ver a Franco y le explicase que lo de Munich no había sido para tanto. La formaron Pierre Vigny, Etienne Hirsch, John Hynd y Robert van Schendel. El gobierno español anunció, y la razón la desconozco, que Franco no recibiría a la delegación si en ella iba Van Shendel. Al final, este hombre no pudo acudir al Pardo. Una vez allí, los tres europeístas le explicaron a Franco que ellos no volverían a invitar a sus reuniones a ningún español, vistos los peligros a los que se exponían si iban; pero dejaron claro que, en estas circunstancias, no había ni un despistado en todo Bruselas que se animase a defender la adhesión de España a la CEE. En realidad, hubiera dado lo mismo que se lo hubiesen explicado a una mesa de escayola. Franco, tras hacer algunas apreciaciones de buen rollito diplomático (como que no estaba en contra del proyecto de resolución y tal), acusó al Movimiento Europeo de haber hecho una convocatoria discriminatoria, limitada sólo a los opositores; y de haber sido anfitriona de una conspiración política interna española. Cuando los europeístas sacaron el temita de las confinaciones y exilios, Franco dio por terminada la entrevista.
Eppur si muove… Son las palabras de Galileo, tras reconocer, sí o sí, que estaba equivocado. Una pequeña frase que ha quedado como vindicativa de lo que es verdad, porque lo es, frente a la intención de algunos de imponer la no verdad por la fuerza.
Y Munich fue como decir: sí, claro, en España la democracia es tóxica. Si se admiten los partidos políticos, los españoles se matarán entre ellos. Dadle voz a los catalanes y se segregarán. Dadle derechos a los obreros y harán la revolución. España es otra cosa, España cree en otros valores inmanentes, universales, tradicionales.
Eppur si muove.
La reacción del franquismo contra el contubernio de Munich fue un intento por resucitar el fantasma de la guerra civil y volver a cobrar réditos de aquella cuenta corriente. Sin embargo, en 1962 todos o casi todos los españoles por debajo de 35 apenas podían decir que tuviesen medio recuerdo de aquellos años. Las cosas habían cambiado. La cuenta corriente de la guerra civil estaba, de tiempo atrás, vacía. Cualquiera que sea la interpretación que demos a la guerra civil, su génesis, desarrollo y consecuencias, lo que sí está claro es que, pasado el tiempo, demandaba una transición a la democracia, y no otra cosa fue el mensaje de Munich. Franco no supo verlo y, por ello, su reacción ante lo que consideró un contubernio fue, probablemente, el primero de la larga lista de garrafales errores que cometería en los siguientes años.
Munich fue eso: la constatación de que sonaba de nuevo la hora de las libertades en España. Y otra cosa muy importante, sin la cual la que ya he escrito no era posible. Todos los que fueron a Munich, con sus diferencias, con sus distancias, con sus apretones de manos forzados, todos, estuvieron de acuerdo en una cosa. Y esa cosa es: seguimos opinando distinto. Tú quienes un Estado federal, yo centralista. Tú dices que Euskadi es una nación, y yo no. Tú dices que la propiedad privada es sacrosanta, y yo no. Tú dices que España ha de ser una monarquía, yo una república.
Y esas diferencias algún día deberemos dirimirlas. Y no sabemos cuál será la conclusión. Pero lo que sí sabemos, aquí y ahora, en junio de 1962, es que ya nunca más volveremos a discutir como en el pasado.
Nunca más nos volveremos a dar de hostias.
Amén.
El mundo de las efemérides, sin embargo, es, como todos, injusto. Hay aniversarios que se recuerdan en exceso y otros que pasan completamente desapercibidos. Uno de estos últimos es, a mi parecer, el 45 aniversario, que se celebró en los primeros días de junio pasado, del llamado por unos coloquio o reunión, y por otros contubernio de Munich. Y resulta triste que nadie en nuestro espectro sociológico y político haya tenido demasiada intención de celebrar este aniversario; es triste, sí, porque significa el escaso, cuando no nulo, significado que para nuestros políticos de hoy en día tiene la reunión de Munich. Quizá porque la conclusión de las reuniones en la ciudad bávara fue la superación de diferencias políticas que hoy parecen, de nuevo, irreconciliables. Lo cual es, cuando menos a mi modo de ver, lamentable.
El contubernio de Munich, como lo llamó el franquismo, fue una reunión organizada por el Movimiento Europeo, que era, por lo que he podido averiguar, una especie de think tank de la unidad europea, creado en 1948 e impulsado por personas y fuerzas más bien conservadoras, filocatólicas, anticomunistas, partidarias de la unión europea (o sea, gentes europeas más bien de derechas que remaban, como luego se ha visto claramente, a favor de corriente). Este centro de pensamiento hacía lo que hacen ese tipo de órganos, es decir pensar y discutir, y los días 5, 6, 7 y 8 de junio de 1962, convocaron en Munich una de esas pensadas, para la que enviaron 118 invitaciones personales a otros tantos españoles. El primer bofetón para el franquismo rampante en España fue que los señores del ME, dado que no estaban en modo alguno influidos por las filias y fobias del Generalísimo, incluyeron en esa lista tanto a españoles de interior, que por lo tanto vivían en España legalmente; como a españoles de exterior, es decir desterrados o exiliados.
El objetivo del Movimiento Europeo fue, desde el principio, que esos 118 españoles discutiesen abiertamente sobre el pasado, el presente y el futuro de España, y llegasen, a ser posible, a conclusiones sobre el último de esos tres puntos.
A pesar de que el mensaje final de Munich, que lo hace tan grande a los ojos de la Historia, fue la concordia, no todo fue un camino de rosas. De hecho, fue imposible reunir a todos los participantes en una sola comisión. José María Gil-Robles, el líder durante la República de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), entonces sentado a la derecha de Juan de Borbón y que acabaría impulsando un proyecto demócrata cristiano que en la Transición no llegó muy lejos, era el principal representante de los españoles de interior, los que vivían con y bajo Franco, para entendernos. Bueno, pues Gil-Robles se negó en redondo a sentarse en la misma mesa a discutir el futuro político de España con los españoles del exilio. Según el planteamiento de Gil-Robles, eran los españoles de interior, los que vivían en España, los que tenían, por así decirlo, que decidir el futuro político del país; reservaba para los exiliados el papel de adherirse, si les parecía bien, a lo que esos españoles de interior decidiesen.
En el fondo de este enfrentamiento se encuentra el hecho de que, en 1962, han pasado ya más de veinte años desde el final de la guerra, lo cual ha abierto, dentro del antifranquismo, cierta sima entre exiliados y gentes del interior. En términos generales, los exiliados tendían a encadenarse con fuerza a los tiempos pasados (la República), y a reclamar la legitimidad de aquel régimen. Independientemente de que tuviesen o no razón, esa postura era notablemente miope, pues si hubo (algún día podríamos hablar de esto) alguna posibilidad de que el mundo libre presionase para echar a Franco, que yo creo que no la hubo nunca, desde luego en 1962 se había esfumado.
Las Cortes de la República, así como su gobierno, tienden a ser una reliquia del pasado que cada vez, por ley de vida, tiene menos miembros. En 1962 han muerto ya Negrín, Largo Caballero, y ese mismo año muere Indalecio Prieto, por citar sólo a los socialistas. Sin embargo, los exiliados siguen manteniendo viva esa llama y, es más, ven con malos ojos el posibilismo que surge entre los opositores de interior, los cuales, como el socialista Enrique Tierno Galván, comienzan a pronunciar las dos putas palabras prohibidas: solución monárquica. En efecto, el socialismo de interior comienza a coquetear con la idea de que la mejor manera de sacar a España del impasse franquista es construir una monarquía constitucional y parlamentaria, y para ello tienden puentes con Gil-Robles y otros de su clan. Pero esto es un anatema en los oídos de los exiliados, sobre todo de los socialistas, por dos razones: primera, porque cuando echaron a Alfonso XIII juraron solemnemente que los reyes no volverían; y, segundo, porque esa entente supone entenderse con su viejo rival, el líder de la CEDA.
Los opositores de interior, sin embargo, conviven día a día con Franco y con el apoyo que el país le da. Porque ahora se pueden escribir un montón de libros y artículos, y filmar películas y series de televisión y lo que se ponga por delante, dando la sensación de que el franquismo eran cuatro locos que apoyaban al general y 36 millones de opositores silenciosos. Sin embargo, el escribir libros y hacer series de televisión contando mentiras no las convierte en verdades. En 1962, cuando se celebró la reunión de Munich, los opositores de interior sabían que los españoles llevaban veinte años aplaudiendo a Franco con las orejas. Sabían que las soluciones basadas en el enfrentamiento frontal ya no ocurrirían y que nadie en España iba a echar a Franco como echó a Alfonso XIII o a Isabel II. Pensaban que las cosas había que hacerlas de otra manera, de otra manera más, por así decirlo, europea.
¿Quiénes fueron a Munich? Pues, básicamente: la Unión Española, que era un grupo monárquico de corte liberal; los democratacristianos de derecha (Gil-Robles); los democratacristianos de izquierda, partidarios de una alianza con los socialistas; las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC), movimientos sindicales confesionales no exentos de fuerza entonces entre los obreros españoles; Acción Democrática, un grupo de corte socialdemócrata al que pertenecía el ex falangista Dionisio Ridruejo; el PSOE; delegados del gobierno vasco en el exilio; delegados de partidos nacionalistas catalanes (pero no, como veremos, del gobierno catalán en el exilio); y el Felipe o Frente de Liberación Popular. Los monárquicos y democratacristianos de derecha fueron los que forzaron la creación de dos comisiones porque no querían parlamentar con los exiliados y, asimismo, son, a decir de Ridruejo, la razón de que los comunistas no asistieran.
En Munich, pues, se reunió un poco el agua con el aceite. Y por eso, los organizadores de la movida se inventaron una excusa para crear no una, sino dos comisiones de españoles, la A y la B, a la que cada uno se adscribiría a su gusto. Una forma elegante, muy alemana, de formar un grupo de interior y otro de exiliados, sin tener que llamarlos así.
Ni siquiera la famosa foto de Gil-Robles y Llopis fue sincera. Esta foto fue lo que más daño le hizo al franquismo y la imagen de Munich que dio la vuelta al mundo. El otrora líder de la CEDA y el actual secretario general del PSOE dándose la mano. O sea: hace veinte años se habrían saltado el uno al otro la tapa de los sesos, y ahora se daban la mano. Aquella foto fue la imagen viva de la nueva concordia española. Lo que quizás se ha olvidado es que Llopis y Gil-Robles apenas se encontraron por los pasillos, y que debemos la existencia de dicha foto a la pericia de los fotógrafos, no a su voluntad expresa.
La comisión A quedó presidida por José María Gil-Robles, por lo tanto jefe tácito de los del interior; y la comisión B por Salvador de Madariaga, ídem de los exiliados. Pero aquí terminaron las cuestas, porque a partir de este punto, Munich comenzó, por así decirlo, a funcionar. Resultó que ambas comisiones, una fundamentalmente formada por gentes de interior y otra por exiliados y gentes de interior más o menos en parecida proporción, llegaron por separado a conclusiones tan similares, que no fue difícil lograr un documento de consenso. En realidad, la única diferencia entre ambas comisiones era la cuestión institucional, o sea la forma de Estado. Pero ambas partes admitían que esa discusión no era el objetivo de la reunión, así pues no les costó obviarla.
Queda para la Historia el texto de la resolución, que se aprobó por unanimidad.
El Congreso del Movimiento Europeo, reunido en Munich los días 7 y 8 de junio de 1962, estima que la integración, ya en forma de adhesión, ya de asociación de todo país a Europa, exige de cada uno de ellos instituciones democráticas, lo que significa, en el caso de España, de acuerdo con la Convención Europea de los Derechos del Hombre y la Carta Social Europea, lo siguiente:
1.- La instauración de instituciones auténticamente representativas y democráticas que garanticen que el gobierno se basa en el consentimiento de los gobernados.
2.- La efectiva garantía de todos los derechos de la persona humana, en especial los de libertad personal y de expresión, con supresión de la censura gubernativa.
3.- El reconocimiento de la personalidad de las distintas comunidades naturales.
4.- El ejercicio de las libertades sindicales sobre bases democráticas y de la defensa por los trabajadores de sus derechos fundamentales, entre otros medios por el de la huelga.
5.- La posibilidad de organización de corrientes de opinión y de partidos políticos con el reconocimiento de los derechos de la oposición.
El Congreso tiene la fundada esperanza de que la evolución con arreglo a las anteriores bases permitirá la incorporación de España a Europa, de la que es un elemento esencial; y toma nota de que todos los delegados españoles, presentes en el Congreso, expresan su firme convencimiento de que la inmensa mayoría de los españoles desean que esa evolución se lleve a cabo de acuerdo con las normas de la prudencia política, con el ritmo más rápido que las circunstancias permitan, con sinceridad por parte de todos y con el compromiso de renunciar a toda violencia activa y pasiva antes, durante y después del proceso evolutivo.
280 palabras. Sólo eso. Y, sin embargo, ahí está todo. Está la demanda de democracia. Está la reivindicación de las nacionalidades históricas. Están los derechos laborales. Está la apuesta por una evolución no traumática. Y está, sobre todo, la renuncia a la violencia, a la guerra, como mecanismo de evolución política.
Dos aristócratas y diplomáticos españoles, el marqués de Valdeiglesias y el marqués de Casa Miranda, hicieron todo lo posible por impedir que, en la sesión del 8 de junio, el Congreso del Movimiento Europeo aprobase esta moción de los españoles. Presionaron al gobierno alemán hasta la extenuación, pero el congreso no cedió. La resolución fue aprobada.
El Movimiento Europeo amparó esta decisión aprobando el texto de una recomendación que era un disparo en la línea de flotación del franquismo. Dicha resolución decía:
La Asamblea, tomando nota de la petición de asociación a la Comunidad Económica Europea presentada por España, recomienda al Comité de Ministros que invite a los gobiernos miembros de la CEE a examinar la posibilidad de cierto tipo de acuerdo económico entre España y la CEE, teniendo en cuenta las modificaciones constitucionales que serán necesarias antes de que pueda pensarse en cualquier forma de asociación política.
Veamos. No muchos meses antes de la reunión de Munich Franco, asesorado por sus ministros tecnócratas del Opus, había decidido que la principal vía de normalización de España como país respetable en el orbe occidental era su integración en la CEE, que para entonces, tras algunos años de andadura, parecía dejar claro que era un proyecto con mucho futuro. Así las cosas, el gobierno español solicitó formalmente la entrada de España en la CEE y por aquel entonces, aunque extraoficialmente los grandes responsables del franquismo sabían que dicha integración era poco menos que imposible, se estaba a la espera de iniciar conversaciones.
La resolución del Movimiento Europeo, en medio de este proceso, venía a decir, claramente, que era posible el pacto económico, pero no el político, ya que en la CEE sólo ingresan democracias parlamentarias. O sea: nos daban, cuarta más, cuarta menos, el tratamiento que hoy tiene Marruecos.
Así las cosas, la reacción del franquismo fue furibunda. La aparición el 8 de junio de un artículo contra los «traidores de Munich» en Arriba, el periódico de Falange, marcó el pistoletazo de salida de una campaña de prensa bestial y a la yugular.
La estrategia del franquismo fue convertir la reunión de Munich en un contubernio. Es decir, en algo preparado desde el inicio por sus protagonistas, fundamentalmente Gil Robles y Llopis, en abierta inteligencia unos con otros, y montado con dos objetivos fundamentales: uno, amigarse con el Partido Comunista (obviamente, el franquismo contaba con que, en la España de 1962, mentar al Partido Comunista seguiría siendo mentar a la bicha); y, el otro, realizar una acción antiespañola: bloquear nuestra entrada en la Comunidad Económica Europea.
La realidad era muy otra. Gil-Robles y Llopis, por ejemplo, se estrecharon la mano; pero ni siquiera conversaron; de hecho, como hemos visto, fue necesario crear dos comisiones para que pudiesen compartir techo.
En segundo lugar, el gobierno español no podía decir que no supiera nada de lo que iba a pasar en Munich. Como hemos dicho, España llevaba, en 1962, unos cuantos años construyendo un entramado jurídico que le diese la apariencia de país donde los derechos eran respetados como en cualquier otra nación occidental, lo cual supone que existían ciertas leyes que, cuando menos de forma estética, establecían dichas libertades. La principal de estas normas era el Fuero de los Españoles, y prueba de dicha importancia es que era su articulado el que resultaba suspendido cada vez que se declaró el estado de excepción, cosa que ocurriría muchas veces en aquellos años, a causa sobre todo de las algaradas obreras y estudiantiles.
El Fuero de los Españoles nos otorgaba, entre otros, el derecho a dirigirnos a nuestro gobierno para informarle y solicitarle opinión. Y eso mismo es lo que había hecho Gil-Robles, algunos días antes de partir para Munich, por conducto notarial, en una comunicación en la que expresaba opiniones plenamente coincidentes con las incluidas en la resolución finalmente aprobada. Así pues, por mucho que la campaña de prensa quisiera presentar a un país sorprendido, apuñalado por la espalda por sus traidores politicastros de tiempos de la República, aliados con los modernos clandestinos revolucionarios, lo cierto es que el motivo, desarrollo y hasta conclusiones de la reunión le habían sido comunicados por uno de sus participantes con antelación. Dicha comunicación, de hecho, debería estar aún hoy en día allí donde se encuentren los archivos del notario de la villa de Madrid Germán Adanez y Horcajuela.
El mismo 8 de junio, en el palacio de El Pardo, Francisco Franco, jefe del Estado, firma un real decreto por el que se suspende la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles. Dicho artículo establecía que los españoles eran libres de fijar su residencia donde les saliese del pie.
¿Para qué se hizo esto? Pues para esperar, con la suspensión en la mano, a los participantes en el contubernio que eran amigos y residentes en España; los no exiliados, pues.
El día 9 de junio, en el aeropuerto de Barajas, fueron detenidos poco menos que a pie de escalerilla de avión Prados Arrate, Joaquín Satrústegui, Gil-Robles, y Álvarez de Miranda. En la comisaría del aeropuerto se les comunicó que el gobierno les daba a elegir entre el confinamiento en Fuerteventura o el exilio. Gil-Robles y Prados salieron hacia París y los otros dos eligieron la isla canaria. Lo de Gil-Robles fue de opereta. Lo enganchó un comisario de policía en la cola de los pasaportes, a eso de las nueve de la noche o así. Cuando Gil-Robles decidió irse a París, ambos descubrieron que el primer avión que salía hacia dicha ciudad no salía hasta las ocho y media del dicha siguiente (en realidad, el policía intentó que Gil-Robles cogiera el primero que salía, y que tenía destino en Dakar; pero el político democristiano se negó a exiliarse a África). Pasaron al restaurante del aeropuerto, donde hubo una discusión estúpida entre el camarero y el comisario pues aquél, solícito y puesto que había poca gente, quería darles una mesa en el centro del restaurante, mientras que el poli se empeñaba en colocarse en una mesa apartada en una sala vacía. El propio Gil-Robles tuvo que explicarle al camarero que iba detenido. Pasó toda la noche sentado en la mesa que le tocó, con dos policías de uniforme sentados en una mesa contigua y tres más vigilando la entrada del restaurante.
Los asistentes fueron cayendo poco a poco. El 11 de junio fueron detenidos Cendrero Curiel (exilio) y Jaime Miralles (Fuerteventura). El 12, Jesús Barros de Lis y otras dos personas cuya filiación no tengo (Fuerteventura). El 15, José Luis Navarro e Íñigo Cavero (isla de Hierro), así como Félix Pons (Fuerteventura). El día 16, Enrique Ruiz García (exilio) e Isidro Infantes (exilio). El 17 de junio es detenido a su vuelta de Munich el escritor Ignacio Aldecoa, pero en su caso es puesto en libertad tras un interrogatorio. El 18 de junio, Ignacio Fernández de Castro, que se había refugiado en la embajada de Uruguay, sale hacia País, con visado. También fueron detenidos, aunque no confinados ni exiliados, Vicente Piniés, Alfonso Prieto, José Simón Tobalina, R. Tassis, M. Riera Clavillo, J. Prat Ballester y F. Lagarrica, todos ellos asistentes a la reunión.
Por supuesto, también hubo manifestaciones espontáneas. El día 12 de junio, unas 10.000 personas (según la prensa afecta) se reunieron frente a la Jefatura Provincial del Movimiento de Guadalajara, «haciendo patente», según la prensa, «su lealtad y su adhesión al Generalísimo Franco». Sólo por casualidad, la manifestación espontánea estuvo encabezada por las autoridades provinciales y locales. En Logroño el gobernador civil, ante otra multitud espontánea, se refirió a los contertulios de Munich como «españoles que sólo tienen de tales haber nacido, inmerecidamente, en territorio patrio». Ahí queda eso.
En El Pardo podrían haber alicatado todos los baños, que seguro que son muchos, con los cienes y cienes de telegramas que enviaron gobiernos civiles, cámaras de comercio, jefaturas del movimiento, órganos de la sección femenina, instituciones sindicales y demás cuadraditos del complejo organigrama de aquel Estado español, democracia orgánica basada en la familia, el municipio, el sindicato y las medias verdades. Hasta el Instituto de Estudios Africanos de Lugo (sic) envió su telegrama a Franco haciéndole patente su adhesión. Puede que España no estuviese en peligro; pero, al menos, Correos se forró.
Todo esto, no obstante, era de boquilla. El gobierno español sabía de qué iba la cosa. Bastante tiempo antes de la reunión de Munich, la CEE había aprobado un documento, conocido como rapport Birguelbach, que sentaba claramente la doctrina de que todo miembro de la CEE tenía que poseer instituciones impolutamente democráticas. Los españoles reunidos en Munich, pues, no habían descubierto la rueda; por no descubrir, no habían descubierto ni el mecanismo de la cisterna, ése que, a pesar de que yo no he logrado entenderlo del todo, se pone siempre como ejemplo de lo obvio y que todo el mundo conoce.
¿Y los comunistas? Porque nosotros no hemos dicho que estuviesen en Munich. Eso lo dijo el franquismo. Y es que no estuvieron. En primer lugar, el Partido Comunista Español, entonces dirigido por Santiago Carrillo, estaba de aquella en contra de la entrada de España en la CEE, por lo que difícilmente podría estar en una reunión en la que lo que se acordó fue impulsar dicha entrada. Para los comunistas, la CEE era algo así como como el summun que pen del gran capitalismo multinacional, y tenían hacia ella más o menos la actitud que algunos tienen hoy respecto de esa cosa llamada globalización, para mí a veces tan misteriosa como el funcionamiento de las cisternas. Sin embargo, y pese a tener esta diferencia de partida, el PC sí quiso tener, y tuvo, un gesto claro de simpatía hacia los pasos de consenso dados en Munich, y en su propio informe sobre dicha reunión dejó escrito que, entrase o no España en la CEE, Franco no era quién para implicar a España en dicha decisión; o sea, que Franco no podía decidir por España, porque España no le había votado. Tras lo cual terminaba haciendo un llamamiento a toda la oposición al franquismo a concentrarse para fomentar una alternativa democrática al mismo.
Dicho de otra forma: si bien el PCE ya había iniciado en los años cincuenta una tendencia de reconciliación nacional y acercamiento a otras fuerzas opositoras, Munich sirvió para que se diese cuenta de que se estaba montando una pandilla de coleguitas lo suficientemente grande como para tener visos de ser la pandilla que partiese el bacalao si algún día Franco caía; lejos de enfrentarse con ese movimiento, decidió estar cerca de él, amigarse con él, para no perder comba. Munich, por lo tanto, fue el germen de la unión de las fuerzas opositoras a Franco en dicha oposición que está en el germen de ese proceso llamado Transición, que algunos, tal vez porque no lo vivieron, quieren ahora motejar de torpe, incompleto y unas cuantas cosas más.
Con todo, en la oposición a Franco no fue total el apoyo a la reunión de Munich. Sin ir más lejos, el 31 de junio de aquel año, la Generalitat de Cataluña en el exilio aseveraba lo siguiente: «Creímos y seguimos pensando que la reunión de Munich fortalecía, en cierto modo, el régimen del general Franco tanto en el orden interior como exterior»; así como que «los acuerdos de principio allí tomados no representan la unidad del antifranquismo y no representan voluntad alguna de acción». Incluso el Felipe se desligó de la reunión de Munich, a pesar de que según muchos testimonios hubo miembros del mismo que asistieron; y afirmó, campanudamente, que «el pueblo no estuvo presente en Munich».
Otro que se riló echando leches de cualquier relación con la reunión de Munich fue Juan de Borbón, siempre tan de fiar. Si alguien cree que Felipe González inventó algo cuando dijo aquello de que se enteró del follón del GAL por la prensa, que se lo vaya quitando de la cabeza: el 20 de junio de aquel año, Juan de Borbón declaró que se había enterado de lo de Munich por la radio, que escuchó en alta mar. Quizá porque desde El Pardo le dijeron aquello de Richard Gere en Pretty Woman («quiero que me hagan más la pelota»), ese señor al que algunos quieren llamar Juan III limpió su Consejo de contertulios muniqueses. Bueno, en puridad lo que hizo fue tener conocimiento de la decisión de Gil-Robles de abandonar su Consejo. Teóricamente, la carta de Gil-Robles comunicando la decisión es anterior en 24 horas a una comunicación del Borbón en la que éste afirmaba su voluntad de excluir de dicho Consejo a todo aquél que hubiese ido a la reunión de Munich. Así pues Gil-Robles, en el mejor de los casos, se piró cinco minutos antes de que le echasen.
¿El resultado? Pues cojonudo: en una nota interna, la Comisión de la CEE, tras mostrarse sorprendida por las detenciones, exilios y demás acusaciones generadas en España contra los participantes en la reunión de Munich, anunciaba que en esas condiciones no era lógico hacer siquiera el esfuerzo de abrir la carpetilla con la petición de ingreso de España. O sea, mi General, si no querías caldo, aquí tienes dos tazas.
El Movimiento Europeo incluso designó una comisión para que se fuese a ver a Franco y le explicase que lo de Munich no había sido para tanto. La formaron Pierre Vigny, Etienne Hirsch, John Hynd y Robert van Schendel. El gobierno español anunció, y la razón la desconozco, que Franco no recibiría a la delegación si en ella iba Van Shendel. Al final, este hombre no pudo acudir al Pardo. Una vez allí, los tres europeístas le explicaron a Franco que ellos no volverían a invitar a sus reuniones a ningún español, vistos los peligros a los que se exponían si iban; pero dejaron claro que, en estas circunstancias, no había ni un despistado en todo Bruselas que se animase a defender la adhesión de España a la CEE. En realidad, hubiera dado lo mismo que se lo hubiesen explicado a una mesa de escayola. Franco, tras hacer algunas apreciaciones de buen rollito diplomático (como que no estaba en contra del proyecto de resolución y tal), acusó al Movimiento Europeo de haber hecho una convocatoria discriminatoria, limitada sólo a los opositores; y de haber sido anfitriona de una conspiración política interna española. Cuando los europeístas sacaron el temita de las confinaciones y exilios, Franco dio por terminada la entrevista.
Eppur si muove… Son las palabras de Galileo, tras reconocer, sí o sí, que estaba equivocado. Una pequeña frase que ha quedado como vindicativa de lo que es verdad, porque lo es, frente a la intención de algunos de imponer la no verdad por la fuerza.
Y Munich fue como decir: sí, claro, en España la democracia es tóxica. Si se admiten los partidos políticos, los españoles se matarán entre ellos. Dadle voz a los catalanes y se segregarán. Dadle derechos a los obreros y harán la revolución. España es otra cosa, España cree en otros valores inmanentes, universales, tradicionales.
Eppur si muove.
La reacción del franquismo contra el contubernio de Munich fue un intento por resucitar el fantasma de la guerra civil y volver a cobrar réditos de aquella cuenta corriente. Sin embargo, en 1962 todos o casi todos los españoles por debajo de 35 apenas podían decir que tuviesen medio recuerdo de aquellos años. Las cosas habían cambiado. La cuenta corriente de la guerra civil estaba, de tiempo atrás, vacía. Cualquiera que sea la interpretación que demos a la guerra civil, su génesis, desarrollo y consecuencias, lo que sí está claro es que, pasado el tiempo, demandaba una transición a la democracia, y no otra cosa fue el mensaje de Munich. Franco no supo verlo y, por ello, su reacción ante lo que consideró un contubernio fue, probablemente, el primero de la larga lista de garrafales errores que cometería en los siguientes años.
Munich fue eso: la constatación de que sonaba de nuevo la hora de las libertades en España. Y otra cosa muy importante, sin la cual la que ya he escrito no era posible. Todos los que fueron a Munich, con sus diferencias, con sus distancias, con sus apretones de manos forzados, todos, estuvieron de acuerdo en una cosa. Y esa cosa es: seguimos opinando distinto. Tú quienes un Estado federal, yo centralista. Tú dices que Euskadi es una nación, y yo no. Tú dices que la propiedad privada es sacrosanta, y yo no. Tú dices que España ha de ser una monarquía, yo una república.
Y esas diferencias algún día deberemos dirimirlas. Y no sabemos cuál será la conclusión. Pero lo que sí sabemos, aquí y ahora, en junio de 1962, es que ya nunca más volveremos a discutir como en el pasado.
Nunca más nos volveremos a dar de hostias.
Amén.
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