miércoles, noviembre 04, 2026

El cabreo (25): Luz y taquígrafos

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman 
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


Cuando Terray llegó al puesto de controlador general de las finanzas del Reino, casi lo primero que hizo fue revocar el edicto que liberalizaba el comercio de grano. Aunque acompañó la medida con la creación de un departamento específico encomendado de la provisión de pan para la región de París. Ahora, unos tres años y medio después, Turgot era quien, en términos prácticos, revocaba la revocación de Terray.

La liberalización del mercado no supuso específicamente un encarecimiento del pan; pero lo que sí hizo, inmediatamente, fue introducir las lógicas fluctuaciones de un juego cambiante entre oferta y demanda. En marzo de 1775, el pan de cuatro libras, que llevaba meses estable en los 11 sous, pasó a valer 11,6; cuatro días más tarde, se vendía por 12. Un mes después, 13 sous.

Abril era, por definición, un mes complejo. Eran las semanas de la soudure, es decir, el periodo en el que la nueva cosecha todavía no había llegado y, por lo tanto, había que vivir de las reservas sobrantes de la anterior. En un entorno general de carencia de harina, el 26 de abril el precio de la pieza de cuatro libras era de 13,6 sous.

De forma inesperada para todos, los problemas no comenzaron en París. En Dijon, la población había escrachado el domicilio de un molinero que se sospechaba era un acaparador. Hubo 40 detenidos. En Montauban, el precio del pan llegó a puntos tan elevados que el comisario local intervino el mercado, dejando en papel mojado el edicto de Turgot. En Reims, el ambiente estaba tan enrarecido que muchos llegaron a pensar que la coronación del rey (11 de junio) sería aplazada.

En Pontoise, un punto muy importante para el suministro de la ciudad de París, multitudes de personas cada vez más numerosas asaltaron las barcazas, llevándose parte de lo que estaba previsto llevar a la capital. Obviamente, este cortocircuito no hizo sino empeorar las cosas en París. El 2 de mayo, las gentes de la Corte pudieron pulsar de primera mano los problemas existentes, ya que se produjo una especie de tumulto popular en la propia Versalles, entonces una ciudad muy tranquila de 50.000 habitantes. Algunos relatos hablaron de que el rey salió al balcón a tranquilizar la turbamulta; pero no lo consiguió hasta que él (aunque otros dicen que fue un capitán de la guardia por su cuenta y riesgo) ordenase la distribución de pan a 2 sous la libra, es decir, 8 sous la pieza de cuatro.

Horas después, en la mañana del 3 de mayo, conforme fueron abriendo las tahonas, la gente fue descubriendo que la pieza de a cuatro estaba en 14 sous. Aquello ya fue demasiado para una población que, las cosas como son, siempre ha tenido, y siempre tendrá, la bronca muy floja. Se podría decir, en todo caso, que aquello fue una revolución amable. Las turbas, eso sí, se llevaron todo el pan que encontraron; y en las tiendas donde encontraron resistencia, sacaron los bastones a colación. Pero, por lo general, sólo se llevaban cosas de comer; de manera que tiendas-almacén que vendían otras cosas vieron como el resto de su mercancía era escrupulosamente respetada. De hecho, hubo casos, como ya he comentado, en los que las personas que se llevaban el pan lo pagaban, eso sí, al precio que consideraban justo. Sin embargo, tampoco hay que exagerar estos buenos detalles. Cuando las tahonas quedaron vacías, las turbas se dedicaron a decidir en qué casas habría más pan, y las asaltaron.

Lo más sorprendente de todo fue que las fuerzas del orden, por así llamarlas, no hicieron nada. Jean Charles Pierre Lenoir, señor de Trilbardou y teniente general de la policía de París, justificó su tenuidad con el argumento de que no había recibido ninguna instrucción de Versalles. La Guardia realizaba sus rondas, pero como si fueran subnormales sordomudos. En consecuencia, a eso de las tres de la tarde, París parecía, según las crónicas de quienes vivieron aquel día, como si hubiera sido saqueada.

Turgot se desplazó a Versalles para hablar con Lenoir. Aparentemente, tuvieron una reunión en la que ambos se pusieron de puta para arriba; pero, al fin y al cabo, el jefe de policía ya no podía decir que no tuviese instrucciones de Versalles, así que sacó a la policía a la calle. Al final del día, los mosqueteros y los guardias franceses y suizos habían restablecido el orden en la ciudad. Se hicieron unos 200 arrestos. El 11 de mayo, dos personas fueron ahorcadas en la place de Grève, que estuvo totalmente tomada por la policía y, por lo tanto, no hubo público.

Automáticamente, en París no se hablaba de otra cosa de quiénes habían sido los instigadores de aquellos tumultos. Desde el principio se habló de conspiración; pero la tesis ganó fuerza cuando el rey, en un gesto como mínimo poco meditado, le envió un mensaje al parlamento de París en el que le prohibía investigar los orígenes de los disturbios; orígenes que, añadió, él conocía bien. El parlamento aprobó un decreto en el que se prohibían las manifestaciones y, al tiempo, se le solicitaba al rey que el pan fuese vendido a un precio razonable.

Este decreto fue colgado en las paredes de los edificios parisinos en la última tarde del 4 de mayo. Al día siguiente, por la mañana, los mosqueteros fueron, pacientemente, arrancando cada anuncio, y sustituyéndolo por unas instrucciones reales, en las que se amenazaba incluso con la pena de muerte a quienes causaran tumultos, pero mantenía el precio del pan.

De nuevo tenemos, pues, un enfrentamiento entre el rey y el parlamento. Los magistrados, muy malquistos por haberse visto desmentidos por el rey, reaccionaron reclamando su derecho a investigar los hechos. El rey, que yo creo que a lo que más temía era a un informe parlamentario señalando que el precio del pan era abusivo, emitió una lit de justice el mismo 5 de mayo. Muy influido por Turgot, cesó a Lenoir como responsable policial, y siguió concentrando tropas en la capital.

El 16 de mayo, Luis XVI envió una circular a todos los obispos de Francia, instruyéndoles para que exigiesen de todos los sacerdotes la predicación de la tranquilidad en sus misas; además de anunciarles de que pronto quedarían muy sorprendidos con la información de quién había estado, verdaderamente, detrás de los disturbios parisinos.

Era la segunda vez, primero con el parlamento y después con la Iglesia, en que Luis XVI jugaba la carta de que sabía de primera mano qué extraños fautores habían tenido los tumultos; pero lo cierto es que seguro que iba de farol, porque esa es una información que jamás facilitó a nadie, cuando menos que sepamos. Esa actitud, sin embargo, no hizo sino confirmar las sospechas de los parisinos en el sentido de que había algo fishy en todo aquello. Y cuando el pan siguió caro, esas teorías conspiranoicas ya no hubo quien las pudiera parar.

Se dijo, por ejemplo, que toda la conspiración había sido instigada por el príncipe de Conti, el de Condé, o las tías de Luis XVI (Adelaida y Luisa); por los jesuitas; por Maupeou y Terray; o por los ingleses. La teoría más extravagante llegó a hablar de la ilegitimidad de Luis XVI y que el auténtico heredero de la corona de Francia sería un hijo nacido de María Leszczynska, que habría sido sacado de Francia y habría instigado la rebelión desde allí.

Todo aquel proceso tuvo un perdedor claro: Turgot. El ministro fisiócrata siguió en su puesto más o menos un año más; pero en cuestiones de poder, ya nunca volvió a exhibir el que había tenido. Tanto Maurepas como el propio rey quedaron muy decepcionados de él.

El que fue casi el primer contacto de los parisinos en particular, y los franceses en general, con el libre mercado, fue una ful total. Este dato quizá os explique muchas cosas y, también, os lleve a reflexionar que esos tiempos, el Antiguo Régimen, que quizá vuestro profe de Historia os vino a decir que no tenían nada que ver con la contemporaneidad, en realidad estaban más cerca de lo que parece. Los reyes absolutos, como los políticos actuales, habían decidido convencer a sus súbditos de que eran capaces de proveer su bienestar colectivo. Porque el fallo de la guerra de la harina no estuvo en el libre mercado; estuvo en la promesa de un pan eternamente barato, que viene a ser como la promesa de una vivienda eternamente barata, o de unos salarios eternamente altos. Luis XVI no quiso saber nada más de Turgot porque sabía bien que todo aquello había deteriorado en gran medida su imagen pública; y, como ya os he dicho, hay muchas cosas en los primeros actos como rey del futuro monarca acadalsado que hacen pensar que estaba verdaderamente preocupado por contar con más apoyo social que su abuelo. En cuanto al pueblo francés, se encontró en la dicotomía entre trabajar con el mercado o creer a quienes le contasen la milonga de que se puede crear un no-mercado que no genere los problemas del mercado. Obviamente, escogieron lo segundo; en términos actuales, eligieron creer a Gabriel Rufián, entre otras cosas porque es muchísimo más cómodo.

En el mundillo económico, Turgot tenía un gran rival: Jacques Necker. Y, lógicamente, Necker fue el gran beneficiario de su caída. El 22 de octubre de 1776 lo nombraron director del Tesoro Real, y el 29 de junio de 1777 director de las finanzas. No subió más porque era protestante y, consecuentemente, no podía ser ministro.

Poco tiempo antes de estallar la guerra de la harina, Necker había publicado un libro, Sur la législation et le commerce des grains, que era un largo estudio a favor de la intervención estatal en el mercado del pan. El libro se convirtió en el nuevo evangelio económico del gobierno.

Necker, con todo, acabó por ser el padre de la que yo creo que se puede considerar, sin temor, como la mayor revolución de transparencia jamás ocurrida en Francia. La llevó a cabo en febrero de 1781, cuando ya estaba sólidamente establecido en los pasillos del poder versallesco. Y lo hizo publicando la Compte rendu au Roi. Un libro cuya importancia viene reconocida en el hecho de que es objeto de reimpresiones modernas. El tema del libro, verdaderamente revolucionario: la cuenta meticulosa de los ingresos, y de los gastos, del reino.

La publicación fue realizada por la imprenta real, y se vendió al precio pagable de tres libras. El primer día que se puso a la venta, las 3.000 copias que conformaban la primera edición se agotaron; y las gentes rodeaban la principal librería de París, la de Charles-Joseph Panckoucke, para esperar por más. Algo que no solía pasar en la época es que el libro fue traducido al inglés, al flamenco, alemán, italiano, danés; y lo fue, además, en muy pocos días. Claramente, los editores tiraron de IA.

El libro es un portento de transparencia. Necker realiza las explicaciones que cree necesarias para poder entender, siquiera de forma superficial, eso que podríamos denominar el funcionamiento de la Administración Pública; y sitúa las estadísticas, es decir, esos números que a tanta gente tiran para atrás, al final de la publicación. De esta manera, buscaba que se pudieran hacer dos lecturas del mismo libro: la superficial, y la profunda. Como la Rayuela de Cortázar, pero en plan presupuestario.

El objetivo de Necker era sacar al pueblo, en este caso de Francia, de la infancia en la que lo situaba el Antiguo Régimen (y donde, básicamente, tratan de mantenerlo las modernas democracias). Esto viene a suponer algo muy jodido, puesto que, en el momento en que te reconocen el estatus de propietario comunero, también adquieres la obligación de proponer soluciones para los problemas de la comunidad de vecinos.

En otras palabras: lo que pasó fue que Necker, que había llegado a las faldas del rey cargándose la imagen y la labor de la única persona que en puridad podía haber salvado la economía de Francia, es decir Turgot, lo hizo reafirmando al leonorito en la idea de que hacer las cosas como se estaban haciendo era de puta madre. Pero, claro, cuando le dieron las cuentas del Reino y le dijeron, “báilalas”, se encontró con que aquello era un sindiós. El Estado francés, fuertemente endeudado en sus guerras y empeñado en tener unos actores económicos ineficientes que, en consecuencia, eran malos contribuyentes; el Estado francés, digo, era un monstruo que necesitaba un dinero que, racionalmente, no se podía saber de dónde podría salir. Lo que quería Necker era que los franceses supiesen eso; para que así fuesen corresponsables de la solución que se buscare. Necker, pues, cuando menos es mi opinión, no creía en la transparencia. Lo que quería era sobrevivir allí donde Terray y Turgot habían terminado emasculados.

El libro de Necker termina con un texto sensiblero sobre las terribles condiciones en las que vivían los presidiarios de Francia y los enfermos de los hospitales, acompañado por una especie de confesión en la que el responsable de los dineros del Reino venía a decir que nada le gustaría más que poder mejorar la condición de esas personas; pero que no tenía dinero. Terminaba informando de que su esposa (Suzanne Curchod) había fundado un hospital; y que todos los ingresos que obtuviese del libro se encomendarían a financiarlo.

Los intereses de Necker, como digo, yo creo que eran bastante particulares. Pero, por el camino, se estaba cargando la naturaleza misteriosa e incognoscible de las finanzas públicas. Según explica en el libro, las cuentas públicas deberían ser publicadas cada cinco años. Ciertamente, su propuesta no era nueva, pues para entonces en Inglaterra ya se realizaba un presupuesto anual que debía aprobar el parlamento.

Una de las razones por las que Necker dio el paso que dio es que él, como Eduardo Garzón, no pensaba que endeudar un país fuese malo. El 6 de febrero de 1778, Francia había entrado en guerra de nuevo, estaba vez apoyando a las colonias rebeldes de América. Sin embargo, esta entrada se había hecho sin tocar los impuestos, es decir, todo el gasto militar se financió con deuda. Ahora Necker tenía muchas ganas de informar de esa deuda, de la que se sentía muy orgulloso porque, decía, permitía no tener que subir impuestos. Una opinión que viene a demostrar hasta qué punto al ministro in pectore lo único que le importaba era el tiempo presente, es decir, aquél en el que él tenía poder.

Una manera de pensar que, para qué nos vamos a engañar, ha hecho escuela.

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