viernes, octubre 19, 2007

Noticia del conde de Oñate

PUBLICIDAD PREVIA

A primeras horas de la madrugada de hoy, 19 de octubre, son ya 38 las respuestas recibidas a la encuesta Ponle nota a los políticos de la República. Todo lo que puedo decir es que la competición está muy reñida y, por lo tanto, los resultados son interesantes. No hay nada decidido así pues tu voto cuenta. Tienes hasta el día 15 para votar.

Otra cosa que quisiera decir es que, cuando menos de momento, los buitres van ganando de calle a las palomis. ¡Mujer, Historia es tu segundo apellido! ¡No dejes que tu marido/pareja/compi del curro deposite su voto sin dejar oír también tu voz! Está en juego el premio Le Molo a Ellos y el premio Le Molo a Ellas. Los machos votantes son, por supuesto, bien recibidos. Pero las hembras son especialmente bienvenidas (en esto como en tantas otras cosas).

Te recuerdo que para votar sólo tienes que pinchar encima del PIRANDÁRGALLO.

En fin, confieso que tengo ya algún post escrito sobre la República. Sin embargo, dado que estamos en jornada de reflexión, he decidido, cuando menos de momento, aplazarlo algunos días. Os dejo con un post un poco más anterior en el tiempo.


Noticia del conde de Oñate. By JdJ


1640. La España barroca y decadente. En algún lugar de Madrid (en mis lecturas no se dice cuál), en una sala con seguridad amplia y luminosa, una veintena de hombres se reúnen bajo la presidencia de uno de ellos, algo gordo para su altura, tocado de bigotes a la moda y ricamente vestido. Se podría decir que quien no estuvo en esa sala no era nadie, cuando menos, en Castilla. Porque quienes están allí congregados son los ministros de España, magistrados, miembros del Consejo de Estado y Guerra, de la Junta de Ejecución, consejeros del Real de Castilla y también del Real de Aragón.

Muchos de ellos se saben en una reunión histórica. La reunión que ha convocado el conde-duque de Olivares para analizar, y eventualmente aprobar, la guerra de Castilla contra Cataluña.

La rebelión catalana de 1640 es uno de esos episodios que cada vez se hace más difícil analizar de forma ponderada, dado lo mucho que se inventan dentro de sus cabezas quienes, desde el nacionalismo o desde el antinacionalismo, se dedican a analizarla. Este enfrentamiento frontal entre España y Cataluña (o Castilla y Cataluña, si se prefiere) es, según el color del cristal con que se mire, o una cosa o la otra; o bien una expresión de un secular sentimiento nacional, o bien algo que no tuvo nada que ver con la polémica sobre la existencia de fueros especiales dentro de la nación española. Como casi siempre ocurre con estas apasionadas lecturas históricas, ninguna de las partes termina de llevar la razón. A mi modo de ver, Cataluña se rebeló en 1640 por sentirse maltratada por su Rey, no por desear cargárselo o separarse de él; en la misma medida que también es cierto que la evolución de los acontecimientos, o lo que es lo mismo la notoria estupidez y falta de tacto con que Castilla gestionó aquella crisis, fue poniendo a los catalanes cada vez más y más calientes, hasta el punto de acabar defendiendo lo indefendible, perdida ya gran parte de su territorio, con la sola gasolina moral de la conservación de sus libertades y tradiciones.

Gran parte de esa estupidez fue generada en la Junta que hoy recuerdo. La Junta en la que, efectivamente, se aprobó el levantamiento de una armada contra Cataluña; una armada formada por los ejércitos acantonados en Guipúzcoa, en Álava y en Tierra de Campos; de todos los castillos de vigilancia existentes en España y Portugal; ejércitos formados por todo hombre que alguna vez hubiera recibido sueldo real, puesto que fueron llamados a filas; de 6.000 soldados que entonces se habían trasladado a Portugal; de dos quintas partes de todas las tropas acuarteladas en Castilla, León, Andalucía, Extremadura, Granada y Murcia; de dos de los cuatro tercios existentes en Navarra; del tercio completo existente en las Baleares; de centenares, miles de voluntarios reclutados en Aragón y Valencia. Algo muy parecido, en suma, a una movilización general, respuesta a una seria rebelión que, según palabras pronunciadas por el conde-duque en aquella sesión, debía sofocar el rey «no tanto por remediar la culpa de la rebelión, cuando por excusar con aquel espanto la ruina de otras naciones». Dicho de otra forma: una patada a los enemigos holandeses, italianos y franceses, en el culo de los catalanes.

Algún día, si vosotros tenéis paciencia y yo tiempo, hablaremos despacio de esta rebelión de Cataluña, de cómo y por qué surgió, y de cómo se desarrolló. Hoy, en puridad, no quiero hacer esa historia completa. Hoy me basta con detener vuestra imaginación en aquella sesión histórica, porque en ella, a pesar de la unanimidad que el de Olivares acabaría encontrando para sus planes bélicos, se encontró con una discrepancia. Fue ésta la de don Iñigo Vélez de Guevara, conde de Oñate, miembro del Consejo de Estado y presidente de su Tribunal de Órdenes. Hombre, él lo dice al inicio de su discurso, ya provecto y experimentado.

Don Iñigo elaboró en ese momento un discurso muy bello, que nos ha llegado fielmente reproducido gracias a la crónica que de la guerra de Cataluña escribió Francisco Manuel de Melo, uno de los militares que allí guerreó contra los insurgentes. Es una pieza interesante de retórica barroca, escrita en un español muy bonito, lo cual es doble mérito para Melo (era portugués). Y es, sobre todo, un acertado alegato pacifista y, diríamos hoy, autonomista.

Si tenéis la paciencia de leer el discurso, algo largo, hasta el final, seguramente os daréis cuenta de que la intención del de Oñate no era otra que sostener la idea, por otra parte totalmente cierta, de que no tenía sentido discutir si Castilla le haría la guerra a Cataluña porque, simplemente, no podía permitirse dicha guerra. Es, pues, una admonición pragmática. A esto cabe añadir, además, que, probablemente, influyó en su ánimo el hecho de que se llevaba con el conde-duque más o menos como Bin Laden con Condoleeza Rice, pues de hecho habían sido rivales en el favor del rey a la muerte del duque de Lerma.


Pero, además de estos argumentos, hay otros que vienen a definir toda una actitud hacia el hoy tan cacareado conflicto sobre la nación española y los entes que la componen. En la distancia de cuatro siglos, hay pasajes de Vélez de Guevara que, salvando las distancias de estilo, podrían haberse pronunciado cualquier tarde de éstas en el Congreso de los Diputados. Eso, claro, si en el Congreso hubiera alguien tan inteligente y mesurado como el de Oñate, cosa de la que cabe dudar.

Leyendo esta pieza, además, entendemos por qué se enfangó España y se perdió en un laberinto de degradación. El problema fue el honor. Pues resulta curioso que, en el fondo, Oñate y Olivares utilicen el mismo argumento para arrimar cada uno el ascua a su sardina. Oñate dice: ya estamos haciendo muchas guerras, así pues lo mejor es que no nos embarquemos en una más. Olivares le contestó: porque ya estamos haciendo muchas guerras, tenemos que embarcarnos en una más; si no lo hacemos, nuestros otros enemigos se envalentonarán. La filosofía del ciclista: si dejas de pedalear, te la pegas. Y eso es así porque, como acertadamente explica Elliott en su monumental monografía sobre el conde-duque, en aquella España toda la política exterior se basaba en un concepto: el prestigio. Todavía vivían muchos españoles, notablemente los nobles y altos funcionarios, que habían servido a las órdenes de Felipe II, cuando España tenía todo el prestigio del mundo, porque el mundo era suyo. Y se decía que era necesario hacer cualquier cosa para mantener ese prestigio, ese honor. Incluso irse a la mierda.

En el momento en que el de Oñate pronuncia su discurso, se ha producido el llamada Corpus de Sangre, que como digo algún día contaremos aquí, así pues Castilla se siente agredida, ergo humillada, por Cataluña. Oñate conoce bien el natural airado y vengativo de España, es decir, admite que, hasta aquel día, el Imperio ha resuelto las rebeldías de la misma forma: dando de hostias al rebelde. Pero, con una clarividencia notable para su época, es capaz de avizorar que el rebelde que resulta excesivamente castigado reacciona volviéndose sedicioso. Toda una lección de pragmática política, que cayó en saco roto.

Os dejo con don Iñigo. Espero, sinceramente, que no os aburra. Y, tras terminar la lectura, tal vez os preguntéis, como hago yo, qué habría pasado si la votación final de la Junta le hubiera apoyado.

A un gran negocio, señores, somos llamados: yo, por cierto, sobre setenta años de edad en que me hallo, y con pocos menos de experiencia, atreveréme a decir que ninguno de los accidentes pasados fueron de tanto peso como el que tratamos. Largos días ha que reposa en España la rebelión de los vasallos: ya vine a creer en los aprietos presentes, que algunos han vivido templados, más por ignorar la desobediencia que por rehusarla; tal debe ser nuestro cuidado en aumentar esta su ignorancia. Yo no pretendo manchar la fidelidad española; mas si el discurso no me engaña, nación es ésta de quien estamos quejosos, ocasionada al precipicio; conozco su natural airado y vengativo, y sin perturbarme del temor o el odio, voy a temer un gran suceso, harto más lamentable a la experiencia que al discurso.

¡Oh! No hagamos de suerte que nuestro enojo les descubra algún camino que su osadía no ha pensado. Costumbre es de los afligidos abrazar cualquier medio que los excusa la calamidad presente, aunque los lleve a otros nuevos daños; el esclavo oprimido del látigo se despeña por la ventana; no mira que es mayor el riesgo del precipicio que el azote; sólo atiende a escaparse de las coléricas manos de su señor. ¿Qué seguridad tenemos, pregunto, de que estos hombres, amenazados de su Rey, no se arrojen por la rebeldía hasta caerse a los pies de su mayor émulo? Más pienso yo ha hecho Cataluña en salir de estado pacífico para el sedicioso, que hará en pasarse ahora de sedicioso a rebelde. No es la espuela aguda la que doma al caballo desbocado; la dócil mano del jinete lo templa y acomoda. Si de otros tiempos advertimos en los progresos de esta gente, todos nos informan de su valor y dureza; calidades que piden las armas. En los tiempos modernos amaron la paz como la deben amar todos los hombres a quienes gobierna la razón: saboreáronse de la serenidad, y olvidados de las primeras glorias, empleaban todo su orgullo en las pendencias civiles, divididos en bandos y facciones. No habían perdido el valor, aunque lo habían estragado en efectos inútiles. Herido el pedernal vomita fuego, y no herido lo disimula; empero en las mismas entrañas le deposita: la ocasión suele ser siempre instrumento de la naturaleza.

Juzgad ahora, señores, si conviene volver a despertar a esta dura nación, y amaestrarla contra nosotros en el uso de la guerra, en que fue excelente. Carlos, nuestro invicto señor, juzgándolo así con los holandeses, puso tan grande estudio en hacerles olvidar de las armas, como en inclinar los españoles a su ejercicio; dándoles gran enseñanza a los príncipes de que hay gentes que sirven más a su señor con lo que ignoran que con lo que ejercitan.

Siento que es grande la causa con que provocan la indignación de nuestro monarca, y que si hallásemos un castigo igual al crimen de los delincuentes, yo me dispusiera a seguirle; empero si cualquiera pena cotejada con el delito parece inferior, entonces sólo la podrá igualar aquella clemencia que la puede vencer.

Yo digo que la justicia es la virtud más propia de los buenos reyes; pero hay casos en que al Príncipe le conviene perdonar sin razón, violentado de la contingencia del castigo. En la dignidad del rey y en el amor de padre no pueden entrar aquellos defectos comunes que llevan los hombres a la venganza; de tal suerte que si la culpa del vasallo o del hijo puede permitir algún olvido o perdón, no se considera dificultad ninguna de parte de los ofendidos. Tan diferentes son los castigos de la mano del odio o del amor: aquél siempre pide sangre, éste no más de enmienda.

Procedió Cataluña ciegamente, yo lo confieso: muestra ahora señales de su dolor; justificase con voces y papeles, con informaciones y embajadas; llama a la piedad del Pontífice por intercesión, las repúblicas por medianeras; escribe a sus reyes, llora a todo el mundo, pide justicia contra los que han perturbado sus cosas, nómbralos, y limítase a éste o a aquel medio; publícase por fiel y humilde postrada a los pies de su señor: ¿qué le falta sino la dicha de que la creamos? No sé que estas demostraciones sean dignas de desprecio: dícese que son vanas y simulado su arrepentimiento; y, ¿qué sacamos nosotros de esa incredulidad? ¿De qué conveniencia nos podrá ser adelantada nuestra desconfianza a su malicia? No hay soplo que así encienda la llama, como la desesperación del perdón da fuerzas a la culpa. ¿Qué es en lo que reparáis? Piden a su Majestad les aparte tres o cuatro sujetos ocupados en la gobernación de las armas; poco es esto. Aquí no pretendo discurrir por sus deméritos ni por la justificación de los quejosos; digo, empero, que es más fácil cosa pensar que puedan errar cuatro hombres que una provincia entera. Podéis decir que hay dificultad en el modo de sacarlos con buena opinión; no es grande el mal que tiene remedio: no hay ninguno de los acusados (si son como yo creo que son) que no ofrezcan su reputación particular por el sieigo público: tenéis para qué estimarlos.

Sabed, señores, que no hay miseria que se iguale a una guerra civil. Si fuésemos ciertos de que Cataluña se hubiese de humillar al primer crujido del azote, no dudo que también fuera conveniente dárselo a temer; más si por ventura su ceguedad les hiciese proseguir su obstinación, y tomasen las armas en su propia defensa, ¿sería cosa prudente exponerse la autoridad de nuestro monarca a la suerte de una o de otra batalla con sus vasallos? ¿Sería buen ejemplar para los otros reinos cualquiera dicha de estos rebeldes? Y con más peligro de esta corona, que se compone de tantas naciones diversas y distantes, las más dellas desaficionadas a la fortuna castellana. Apartemos el temor de la suerte; no pienso sino que entramos victoriosos, que abrasamos, talamos y destruimos; ¿qué es lo que ganamos, sino montes desiertos, pueblos abrasados y plazas echadas a tierra? ¿Esto se puede llamar Cataluña? ¿Qué es esto sino cortarnos una mano con otra, y quedar España con una provincia menos?

Y entretanto que gastamos el tiempo en victorias (así quiero llamar todos nuestros acontecimientos), ¿cómo nos será posible acudir a Flandes con dineros, a Italia con socorros, a las conquistas con flotas y a todo el Océano con armadas? Pues si esto faltase, ¿qué tal podría quedar nuestro partido, expuesto a la furia, a la industria y a la fortuna de nuestros contrarios? Forzosa (o por lo menos natural) cosa habría de ser el perder en las provincias externas cuanto en las nuestras ganásemos; y entonces, ¿cómo lo podríamos llamar triunfo, habiendo de ser contrapesado de pérdidas infalibles? Miserable por cierto sería aquella guerra en que nosotros mismos fuésemos los vencedores y los vencidos.

No hay fatiga en el campo de que el labrador en su casa pacífica no se repare. Este era el consuelo de los trabajos que la Monarquía padece en sus partes, gozar a nuestra España con quietud. Los Países Bajos y Alemania (que también podemos llamar propia) oprimidos están de armas; Lombardía, afligida con su peso; Nápoles y Sicilia, amenazados; la Borgoña, ni por desierta segura; Alsacia, más que nunca fatigada; unas y otras Indias, en continua infestación de enemigos; el Brasil en manos de una guerra desesperada; las costas de España, visitadas de corsarios. ¿Qué otro lugar nos quedaba de descanso sino la España? Pues si ni este pequeño abrigo os queréis reservar entero a los ánimos cansados y arrepentidos, ¿dónde habremos de hallar reposo y consuelo? ¿Dónde habrán nuestros hijos y descendientes de gozar el premio de lo que ahora trabajamos nosotros? ¡A gran cosa, a peligrosa cosa por cierto se ofrece aquel espíritu que se encargare de esta novedad! Costoso edificio es éste a que pretendéis abrir los cimientos, y cuya ruina podrá sepultar nuestra república. No quisiera ahora que mi ponderación os llevara el pensamiento a otros casos miserables; empero si la prudencia es lince, dadme licencia siquiera para pensarlo (no se cuente norabuena, como referido), qué habría de ser de nosotros si al ejemplar de Cataluña conspirasen o se armasen otras naciones, dándoles esta guerra que apetecéis, no sólo ocasión, sino conveniencia.

¡Ah, señores! Lleno está el mundo de historias y las historias llenas de sucesos que nos encaminan a la templanza; advertid que aquel que excesivamente sigue su afecto, necesita después de un exceso mayor para desfacer el primero. ¡Oh! No sea así que vuestra impaciencia os traiga a tal desdicha que vengáis a sufrir en algún tiempo mucho más de lo que no queréis tolerar ahora. Benigno Rey tenemos, y tan piadoso, que sólo extrañará los consejos de la ira, no los de la clemencia, sólo por casi no los conoce. Ninguno subió tan presto a la inmortalidad por la venganza como por el perdón, porque siendo en los hombres lo más dificultoso, así debe ser lo más estimable.

¿Llora Cataluña? No la desesperemos. ¿Gimen los catalanes? Oigámosles. Éste es el mayor artificio de los físicos (1), ayudar a la naturaleza con beneficios, por llevarla allí donde muestra inclinarse. Salga el Rey de su corte; acuda a los que le llaman y le han menester; ponga su autoridad y su persona en medio de los que le aman y le temen, y luego le amarán todos sin dejar de temerle ninguno. Infórmese y castigue, consuele y reprenda. Buen ejemplar hallará en su augusto bisabuelo (2), cuando por moderar la inquietud de Flandes, con pompa indigna de César, más con corazón de César, pasó a los Países y acompañado de su solo valor entró en Gante amotinado y furioso, lo redujo a obediencia sin otra fuerza de su vista. Salga Su Majestad, vuelvo a decir; llegue a Aragón, pise Cataluña, muéstrese a sus vasallos, satisfágalos, mírelos y consuélelos; que más acaban y más fácilmente triunfan los ojos del Príncipe que los más poderosos ejércitos.

(1) Físico aquí significa médico. Es muy bella la imagen que utiliza aquí el de Oñate, identificando el diálogo con la medicina.
(2) Carlos I.