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Supongo que a nadie sorprenderá que diga que el compte rendu que publicó Necker una de las cosas que demostraba era que la gestión que Necker había hecho de las cuentas públicas había sido la polla de Montoya. La parte primera de su libro estaba dedicada al establecimiento de un estado de cuentas integral del Estado francés. Esta labor no era nada fácil pues, entonces, el Estado era un dédalo de tesoros independientes o caisses como se las llamaba; cajas que eran administradas por equipos semiautónomos, cuando no casi confederados con el resto. Un dato importante es que las personas que gestionaban esas porciones del presupuesto público no eran propiamente funcionarios, sino personas que poseían esos oficios, en muchos casos los habían comprado o heredado; y es obvio que esa llevanza, para ellos, tenía que ser negocio. Y lo más importante: jamás se habían coordinado entre ellos, jamás habían formado parte de un presupuesto integrado.
Del ingente trabajo que supuso hacerse con las cuentas que unos tipos no querían presentar (muchos de ellos ni siquiera las habían formulado en el pasado) Necker sacó la taumatúrgica conclusión de que el Estado del presupuesto de Francia era de evidente salud. Según él, los ingresos ordinarios superaban a los gastos ordinarios en 10,2 millones de libras.
La palabra clave es “ordinario”. De este balance tan beneficioso, Necker sacaba los gastos extraordinarios, a pesar de que, en puridad, no lo eran tanto. Nos referimos, obviamente, al gasto bélico. Ahí estaba parte del truco, porque, en el siglo XVIII, decir que el gasto militar francés es un gasto extraordinario, es como formular dicha idea hoy por hoy del Estado de Israel.
En todo caso, Necker resolvía el problema diciendo que sí, que vale, que la decisión francesa de entrar en la guerra de las colonias había descuadrado ese más-que-equilibrio entre ingresos y gastos; pero que eso no era problema porque precisamente la salud del presupuesto público hacía que la nación francesa tuviese crédito suficiente como para endeudarse para pagar la guerra sin tener que subir impuestos.
La parte segunda del libro está dedicada a las explicaciones de Necker sobre cómo ha conseguido ese éxito presupuestario. Y aquí es donde el tío despliega toda su capacidad de auto bombo. En primer lugar, nos dice que con él al frente de las cuentas públicas, en la Corte se han terminado las paguitas y las pagazas. Que bajo su control se han dejado de otorgar graces, es decir, pensiones más o menos generosas para las personas a las que el rey quería premiar. Asimismo, Necker afirma haber reducido el número de receveurs y tesoriers, es decir, de esas personas que gestionaban los diferentes pequeños presupuestos, así como a los recaudadores de impuestos, éstos desde 32 hasta sólo 12; y a todos los había sometido a una autoridad única.
Asimismo, Necker se vanagloria de haber reducido los gastos de la Corte a la mitad, y de haber acabado con una práctica llamada “intercambio”, que no dejaba de ser una gabela disfrazada en la persona de los nobles a los que el rey quería premiar; pues consistía en que estos nobles intercambiaban con el rey tierras que, por su parte, tenían poco valor, pero por la parte del rey eran especialmente valiosas. Necker, asimismo, había detenido la acuñación de nueva moneda.
Necker era protestante, y suizo. Ambas cosas lo impulsaban a pensar, y defender, la idea de que el gobierno de una nación debe ser un gobierno presidido por la idea de la recta moralidad. Que la forma, pues, de retribuir, por así decirlo, el poder absoluto que el rey recibe, es utilizarlo de forma virtuosa. Por eso, la tercera parte del libro está dedicada a explicar en qué medida esa moralidad debe impregnar la actuación gubernamental.
Con todos estos planteamientos, Necker era el campeón de una idea que será crucial para cualquier gestor económico en Europa durante los siguientes cien años: la reforma del sistema fiscal. Aunque el controlador de las finanzas de Francia no dice nada en sus escritos de la verdadera madre del cordero de la ineficiencia fiscal del Antiguo Régimen, es decir, de los privilegios tanto de la aristocracia como de la Iglesia, sí que se muestra claramente consciente de que la Francia de su tiempo gestiona un sistema fiscal anticuado que, sobre todo, adolece de durísimas inequidades que no pueden resolverse simplemente ajustando lo existente: hace falta inventar otro sistema fiscal.
Su primera idea es crear administradores provisionales de la taille, principal figura impositiva del sistema francés, y que se aplicaba de formas muy diferentes en unos sitios y en otros, y según el hecho imponible. Asimismo, también quería abordar una nueva valoración de las bases de pago de la vingtième, otro impuesto que adolecía de fortísimas inequidades. Como tercer elemento, su idea era ilegalizar la corvée, es decir, el trabajo forzado en caminos y otras obras públicas, que tenían que realizar, sobre todo, los campesinos.
En su actuación como ministro de Economía y Hacienda in pectore hubo una cosa que no pudo hacer, porque ahí el Estado, por así decirlo, puso pies en pared. Se trató de la eliminación de la gabelle o impuesto sobre la sal. No le dejaron hacerlo porque, en realidad, el Estado francés dependía de los ingresos de la gabela para poder decir que estaba en esa situación tan cojonuda en que Necker decía que estaba. Eso sí, lo que sí hizo el ministro fue democratizar el impuesto; todo aquél que le echara sal a los huevos, tendría que pagar. Asimismo, eliminó los fielatos y portazgos que hacían que, de hecho, el mercado francés no fuese un mercado único.
Con todo, el principal servicio rendido por Necker fue presentar ante los franceses unas cifras presupuestarias completas y razonablemente comprensibles. Esto hizo que, por primera vez, los habitantes de Francia (no cabe, históricamente hablando, llamarlos, aún, ciudadanos) conociesen cuál era la aportación que hacía la Iglesia al bien común. Esto le permitió a cualquier francés saber que la gabela sobre la sal estaba recaudando 54 millones de libras al año; mientras que el don gratuit de los sotanudos era de 3,2 millones. Asimismo, las cifras de Necker vinieron a informar a los súbditos franceses que el mantenimiento de los gastos y disfrutes de su leonorito alcanzaba 25,7 millones de libras.
Gracias a Necker sabemos, por ejemplo, que la Francia del último cuarto del siglo XVIII pagaba 28 millones de libras en pensiones; una cifra acromegálica que no tenía nada que ver con el bienestar de las personas en la vejez, sino con las necesidades del rey a la hora de regar con pasta a otros Borbones y asimilados, putas incluidas.
Aunque el compte rendu es, las cosas como son, una publicación muy sólida, por no decir que no tenía ni precedentes ni cálculos contemporáneos paralelos que le pudieran discutir, lo cierto es que la producción panfletaria que provocó, y que fue inmediata, estuvo mayoritariamente dirigida a demostrar que Necker le mentía a los franceses. La publicación más leída en este sentido fue Les Comments. Debajo de este título tan poco clarificador, el autor señalaba las doce caralladas que había encontrado en el libro de Necker, cada una comenzada en su formulación por la palabra Comment (o sea, cómo, o cómo es que...)
El principal comment que incluía esta publicación era bastante directo. Se preguntaba el autor cómo era posible que Necker se presentase ante los franceses aseverando que el presupuesto público tenía un surplus de 10,2 millones de libras, cuando la cosa es que no estaba teniendo en cuenta que el Estado francés tenía un gasto de 350 millones de libras correspondiendo al servicio de la deuda pasada (ésa que no había ningún problema en seguir emitiendo, Necker scribit). Hay que decir que este truco del almendruco es muy común, y que ni la revolución francesa ni la hostia en vinagre se lo ha cargado. Pues más de doscientos años después de Necker, en España, por ejemplo, había gente intentando convencerte de que la alta velocidad española era rentable a base de no incluir en la lista de gastos inherentes a su servicio la amortización de las infraestructuras construidas; que viene siendo algo muy parecido a lo que estamos viendo. Otra cosa que reprochaba este libro era que Necker había incluido en la partida de gastos 5,5 millones de libras de ingresos de ejercicios posteriores que ya se habían recaudado; cuando, según el autor, esta cifra en realidad era de 142 millones de libras; en otras palabras, que los 264 millones de libras de ingresos que presentaba Necker en sus cuentas estaban dopados en más de un 50%.
A éste lo coge Pedro Sánchez, y echa personalmente a patadas a Escrivá del Banco de España para ponerlo.
Todo el mundo, o casi todo el mundo, parece estar de acuerdo en que Les comments fue escrito por alguien que tenía una información muy precisa de los presupuestos del Estado francés; alguien de ésos que, probablemente, fueron atropellados por la tijera de Necker, y consiguientemente escribió su panfleto con la muy cristiana intención de darle por culo. Acusaba este autor a Necker de haber engañado a la gente con su libro porque, en realidad, el Tesoro francés lo que estaba, era quebrado. Hizo acompañar su primera obra por otra titulada Les pourquoi , los porqués, en el que se aportaban más cifras y se concluía que el superávit era, en realidad, un déficit de 19.580.000 libras. Otro libro, Lettre d'un bon Français, proveía de más datos y elevaba el déficit a 26 millones.
En realidad, mucho más daño que los libros basados en presentar estadísticas y argumentos presupuestarios le hicieron a Necker aquellas publicaciones destinadas a ridiculizarlo. Se leían mejor, tenían menos cifras, y era bastante más difícil contestarlas. Quizá la más eficiente en este terreno es Lettre du marquis Caraccioli à monsieur D'Alembert; un libro que en su momento se sospechó escrito nada menos que por Beaumarchais, y que directamente se burla de las afirmaciones de Necker en el suyo.
Sin embargo, hay que reconocer que los ataques a la publicación de Necker ni modo sobrepujaron el chute de popularidad y sentimientos positivos hacia él que provocó su compte rendu. Las cosas como son, se pusieran sus críticos decúbito prono o supino, y aunque fuesen, que yo creo que lo eran, ciertas las afirmaciones de que el superávit no existía por ningún lado, lo cierto es que para los franceses el libro fue como un soplo de aire nuevo, y así lo valoraron.
La recompensa de Necker no se hizo esperar. Tres meses después de haber publicado sus cifras, fue cesado. Las noticias que llegaron a la gente hablaban de una conspiración dirigida por Maurepas. Se dijo, también, que Necker había llegado a exigir que se le diese un sitial en el Consejo Real; algo que era absolutamente inalcanzable para alguien que, sobre no ser francés, encima era reformado. Como quiera que Necker amurcó con fuerza, Maurepas decidió desacreditarlo. Lo hizo filtrando un memorando que el responsable económico le había escrito al rey en 1778. Era un memorando sobre la racionalización de la taille a través de la creación de autoridades provinciales. El problema de ese escrito es que, en su intento por defender la idea de que esas autoridades no deberían ser molestadas por otro poder alguno, Necker venía a decir que había que cortarle las alas a los parlamentos.
Así las cosas, este memorando, Mémoire sur les administrations provinciales, se convirtió en la principal herramienta de ataque de los hombres de la Corte que labraron la desgracia de Necker, y la munición de sus enemigos en general. Sin embargo, una vez más aquello no sobrepujó la indignación de la mayoría de los franceses por la inopinada caída del único tipo que, la verdad, los había tratado como personas adultas.
Con excelente olfato de mercado, la Comedia Francesa estrenó en aquellos tiempos un montaje titulado La partie de chasse de Henri IV, una obra que estaba ambientada en el reinado del más admirado de los reyes franceses; y, lógicamente, también en el tiempo de su principal ministro, Maximilien de Béthune, duque de Sully, príncipe soberano de Henrichemont y de Boisbelle, barón, luego marqués, de Rosny, marqués de Rogent-le-Rotrou, conde de Muret y de Villebon y vizconde Meaux; normalmente conocido como Sully a secas. Un, como digo, importante ministro del mejor rey de Francia, que además era protestante.
En una escena de la obra, el rey Jenri descubre, tras haber cesado a Sully, que todo ha sido el resultado de una conspiración palaciega. En ese momento el rey, en la obra, grita: “¡Me han engañado!” En ese momento, alguien desde el patio de butacas gritó: “¡Sí!”; y todo el público se aplicó a gritar “¡Sí!, ¡Sí!, ¡Sí!” O sea, como el “¡Café, café, café!” de Azaña, pero en francés.
Las razones del cese de Necker quedaron bastante claras poco tiempo después de producido. El gobierno, efectivamente, procedió a ordenar la imposición de nuevas cargas fiscales que, con total probabilidad, Necker no habría aprobado. Esto demuestra, a mi modo de ver, dos cosas. La primera es que el backbone de Versalles ni de coña aceptaba la idea de una revolución fiscal en Francia. La segunda es que los críticos de Necker estaban en lo cierto cuando decían que, en realidad, Francia estaba mucho más necesitada de ingresos de lo que él decía.
El puesto de controlador de finanzas fue, en los tiempos inmediatamente posteriores, para dos tipos básicamente poco útiles: Jean-François Jolly de Fleury de Lavalette, y Henri Lefèvre d'Ormesson; todo ello hasta que el oficio cayó en manos del conde de Hannonville, es decir Charles Alexandre de Calonne.
Calonne fue el anti-Necker. Era un hombre extraordinariamente conectado en la Corte. Todo el mundo lo conocía; y el que no lo conocía, lo hizo pronto, cuando se dieron cuenta de que el tío repartía gabelas y pensiones como Lacasitos. Esto lo hizo hasta 1786, fecha en la que se hizo un Alvise, se fue a ver al rey y le informó, con esa frialdad tan propia de los auditores, de que el Estado estaba en bancarrota, y se había acabado la puta fiesta. Porque sí, queridos niños. Esa escena que Pedro Solbes dejó escrito que tuvo él con Zapatero, cuando le fue a ver para decirle que se habían acabado los recursos para eso que el presidente llamaba “hacer pulítica”, tiene sus precedentes.

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