Cuando Harry encontró a Frankie
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Marruecos como problema
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¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
Esa nueva estrategia fue la opinión pública. Aparentemente, fue el director de la Dirección para América del Norte del Ministerio de Exteriores, el diplomático Ángel Sagaz Zubelzu, el que más y con más pasión empujó en este sentido. La teoría se basaba en defender la idea de que, si Estados Unidos no se avenía a darle a España una ayuda económica visiblemente generosa a cambio de tener bases en territorio español, la opinión pública española podría volverse en contra de dicha implantación. El argumento, en todo caso, tenía el obvio punto débil de que todo el mundo sabía, y el que no lo sabía se lo maliciaba, que en España la opinión pública sólo decía lo que Franco quisiera que dijese.
Estados
Unidos no se tomó en serio ni ésta ni ninguna otra amenaza. El general Natham Twining
le dijo a los españoles que, en realidad, su preocupación por las capitales del
país era un tanto inútil, dado que la difusión de la radioactividad, en caso de
ataque en cualquier otro lugar de Europa occidental, acabaría afectando a España entera: vaciada, completa y mediopoensionista.
Eso sí, se avino a crear una comisión conjunta para estudiar la vulnerabilidad de
las bases; pero ese grupo de trabajo nunca llegó a tener conclusiones ciertas.
Lo comprometido
de la situación, y el poco impacto que estaban consiguiendo en los planteamientos
americanos, provocaron que Franco, finalmente, decidiese dar pasos un tanto ambiciosos;
algo que no cuadra con su estilo, por lo que cabe suponer que le debió de costar
largas reflexiones. Me refiero a su discurso en Escombreras de 7 de octubre de 1957.
Para realizar estas notas he intentado encontrar una versión integral de este discurso,
pero no lo he conseguido; aunque es probable que el texto sea accesible, pues reputo
bastante probable que figure en alguna de las muchas antologías de discursos del
general que se publicaron durante su vida. Aunque también es cierto que cabe estimar muy probable que el propio Franco perdiese pronto el interés de que el discurso de Escombreras figurase en sus antologías.
Franco
fue a Escombreras a inaugurar una planta energética. Su discurso fue tan problemático
que la censura lo tuvo en salmuera más de 24 horas, razón por la cual la Prensa
española lo publicó el día 9; y lo publicó después de que dicha censura hubiese
limado diversas asperezas del texto. Se puede decir, que se trata de un caso extraordinario,
en el que Franco fue censurado por el franquismo.
Aparentemente,
y de forma lógicamente sorpresiva y que justifica los remilgos de la censura, Franco
había recuperado una idea que, en sentido peyorativo, había sido ya expresada algunos
años antes por el entonces presidente de las Cortes, el tradicionalista Esteban
Bilbao: los paralelismos entre el régimen franquista y el soviético. La apelación
de Bilbao se produjo cuando el político tradicionalista leyó el proyecto de ley
de gobierno que preparaba la Falange de José Luis Arrese, es decir, la última gran
tentativa azul por construir en España un Estado fascista. En una furibunda carta
que le escribió a Arrese, lo acusó, entre otras cosas, de querer imponer en España un régimen parecido al de la Unión Soviética.
Ahora
Franco utilizó este símil, pero no en sentido negativo. Lo hizo para sustentar la
idea de que un régimen autoritario, sin libertades, es el más propicio para lograr
alcanzar elevadas cotas de desarrollo. Es evidente que a Franco, elaborar esta alabanza,
siquiera indirecta, del régimen soviético, le tuvo que costar mucho. Pero lo hizo
por un bien superior: la insinuación de que el lanzamiento del Sputnik venía
a ser la demostración de que la URSS estaba mejor preparada, mejor diseñada, para
lograr el avance tecnológico-militar; y, por lo tanto, lanzarle a Estados Unidos
el mensaje subliminal de que más le valía tratar bien a los aliados. De hecho, el
equipo de opinión sincronizada, que verdaderamente lo habría tenido muy difícil
para lanzarse a la alabanza generalizada del sistema soviético, lo que hizo fue
elaborar diversos artículos en los que lo que se expresaban eran dudas sobre la
capacidad evolutiva real del sistema estadounidense.
El discurso de Escombreras y su aftermath sirvieron, en
Estados Unidos, para espolear a la opinión pública antifranquista. Ahora Franco,
además de un dictador insoportable, se convirtió en un aliado dudoso, que lo mismo
algún día decidía explorar esas “afinidades” con el régimen soviético. Como ya os he dicho al analizar algunos de los trabajos periodísticos que en Estados Unidos se habían ocupado más a fondo de España, siempre había habido pundits que consideraban probable una cierta confluencia entre Franco y la URSS. Los periodistas
desempolvaron informaciones sobre los contactos que estaba manteniendo la Administración
española para lograr acuerdos comerciales con Checoslovaquia y la República Democrática
Alemana; algo que, la verdad, estaba haciendo medio orbe occidental.
Areilza, que estaba en todo el centro del merdé, hizo sonar la
alarma en Madrid. Hacía falta recoger sedal. A finales de ese mismo mes de octubre,
Franco le concedió una entrevista al político estadounidense Merwin Kimball Hart,
que había sido uno de los principales valedores del régimen en el país. En esa entrevista
se mostró como un fidelísimo aliado de los Estados Unidos, tratando de no dejar
mácula de duda sobre cuál iba a ser siempre su definición estratégica. Eso sí, vino
a añadir que, si Estados Unidos quería que España le fuese verdaderamente útil,
antes tendría que aflojar la mosca: concretamente, habló de un préstamo de 100 millones
de dólares durante cuatro años. Salpimentó esta propuesta recordando que España
no estaba en la OTAN; y que, por no estar, ya tenía que asumir la recepción de un
minus de ayuda que otros países de su entorno; el Congreso estadounidense, en su
opinión, debería aprobar una moción que equiparase a España en todo con los países
de la Alianza.
Franco, sin embargo, mentía. En 1959, no quedaba ya ningún país
en Europa que recibiese ayuda económica de Washington, salvo España y Alemania;
y ésta sólo para el especial asunto de Berlín.
El Consejo de la OTAN se reunió en París entre el 16 y el 18
de diciembre de 1957. Era una reunión importante, aunque esta vez no fue Begoña Gómez. John Foster Dulles aprovechó que saltaba el charco para hacer
una paradita en Madrid. España estaba embarcada en la guerra del Ifni, y no había
perdido ripio de la visita que el rey de Marruecos había hecho a los Estados Unidos
(ventajas de tener un jefe de Estado que viaja; porque Franco, las cosas como son,
nunca quiso abandonar el país). El gobierno español consideraba que debía arrancar
de sus visitantes estadounidenses alguna gabela a cambio de la expresión de hondos
sentimientos atlantistas que había hecho Franco en su entrevista. Así las cosas,
hizo que el equipo de opinión sincronizada se hiciese pajas con la idea de que España
podría terminar siendo partícipe del plan de instalación de misiles de alcance intermedio.
Todos los indicios son, sin embargo, de que Dulles ni siquiera
dejó que se le sacase el tema. El flamante reciente ministro del Ejército español,
el general Antonio Barroso y Sánchez Guerra, presionaba en el sentido de que las
Fuerzas Armadas españolas fuesen reforzadas con equipamiento estadounidense, como
baterías de misiles antiaéreos; y, en general, una contribución económica de unos
325 millones de dólares. Barroso apoyaba estas peticiones en la afirmación de que
España estaba en condiciones, en caso de ser agredida o de ser necesario para la
defensa de Europa occidental, de movilizar a tres millones de efectivos. Los estadounidenses,
aparentemente, nunca se tomaron esa cifra ni medio en serio; y yo, sin ser un gran
experto militar, creo, personalmente, que mi general se había fumado algo que le
sentó mal.
En estos tiras y aflojas llegó el año 1958; el año en el que,
según la planificación, los compromisos y programas fijados en el acuerdo de 1953
alcanzarían, que diría Franco, sus últimos objetivos.
El grupo encargado de coordinar la colaboración con el ejército
español, es decir el MAAG (Military Assistance Advisory Group) era, lógicamente,
uno de los que estaban más encima del problema. La opinión de estos hombres era
clara en el sentido de que Estados Unidos debía cambiar el planteamiento de su ayuda.
Debía, según ellos, de abandonar la filosofía de comprometer una ayuda global, y
modificarla por una “estrategia Simeone”: ir concediendo ayudas programa a programa.
El esfuerzo económico debería mantenerse pues, muchas veces, el ejército español
era incapaz de asumir el mantenimiento de los activos militares implicados. Como
ejemplo, en aquellos años los estadounidenses facilitaron el uso de 200 aviones
F-86f; pero de ese número hubo 32 aviones que hubieron de ser devueltos a casa porque
España, literalmente, no podía mantenerlos activos.
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