Cuando Harry encontró a Frankie
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Marruecos como problema
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¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
A fecha de 1 de enero de 1959, España disponía de 57 millones de dólares en oro y cuatro más en divisas convertibles. Con ese acervo, la apuesta de los mercados internacionales era que el país haría default el 1 de julio todo lo más. De seguro, los hombres del jefe del Estado ocuparon las primeras semanas del año en sondear, por tierra, mar y aire, al amigo americano, tratando de conseguir un salvavidas. Pero la mejor demostración de que no lo consiguieron es que en marzo estaban ya lanzándole a Washington señales claras de que estaban dispuestos a lanzar una estrategia seria de estabilización económica. Washington había sacado adelante su estrategia de sitiar Madrid por hambre.
De haber
sido entonces presidente de los Estados Unidos Donald Trump, probablemente no le
habría hecho ascos a la posibilidad de dictar directamente desde Washington las
medidas que debía de tomar Franco. Al fin y al cabo, en ese momento el orgulloso
general ganador de la guerra civil española del siglo XX no era menos rehén de los
deseos de la Casa Blanca de lo que lo que pueda ser, en el momento de escribir estas
notas, Delcy Rodríguez. De hecho, yo no descarto en lo absoluto que en los ante despachos
del presidente Eisenhower hubiera gente que no viese esa posibilidad con buenos
ojos.
El presidente,
sin embargo, había pasado en Europa los años más tensos de su carrera militar. Conocía
el continente, y a sus íncolas. Y, además, aunque habían pasado los años; aunque en 1959 hacía ya más de una década que Franco había dejado
de ser fascista, Eisenhower todavía tenía mucho miedo de verse identificado con
el régimen español. En consecuencia, la reacción de la Casa Blanca fue: los españoles
harán lo que tengan que hacer. Aunque Lodge, desde Madrid, apostilló: vale, pero
nosotros les tendremos que prestar el dinero.
Aquello,
además, no era ninguna sorpresa de futuro. En Madrid, de una forma sin duda demasiado
optimista, los hombres del gobierno de Franco estaban totalmente convencido de que,
si España cumplía con las recetas que le recomendaban la OCDE y el Fondo Monetario,
el dinero americano llegaría. De hecho, pensaban que Foster Dulles se había comprometido
en ese sentido; cuando, en realidad, el secretario de Estado no se sentía, ni de
lejos, atado por promesa alguna por su parte.
En esta
evolución, sin embargo, había un obstáculo, que era la imposibilidad para la España
de Franco de integrarse en la OTAN. En los años cincuenta del siglo pasado, conforme
se fue comprobando una mayor distensión entre los dos contendientes de la Guerra
Fría, algo a lo que la muerte de Stalin ayudó mucho, en Madrid los estrategas militares
comenzaron a ponerse nerviosos. A Franco aquella, si no cercanía, sí cuando menos
des-lejanía entre Estados Unidos y la URSS, le ponía muy nervioso; pensaba que,
de mejorar demasiado las cosas, tal vez llegaría un día en que Washington llamaría para decir: “ya no necesito
las bases”, o necesito la mitad de la mitad; y eso sería un desastre para España
en general y el régimen franquista en particular. Para equilibrar este posible efecto,
lo mejor era que España entrase en la OTAN.
Madrid
jugó fortísimo esa carta en 1957, durante la reunión de la Alianza en Bonn. Areilza,
en la embajada de Washington, hizo todo lo posible, en las semanas anteriores, por
arrancarle a los estadounidenses el compromiso de que apoyarían la idea durante
la reunión. Pero el caso es que Eisenhower dijo que no. Los americanos no querían
a España en la OTAN precisamente por las mismas razones por las que España quería
estar. Para ellos era mucha mejor perspectiva, y más fácil, una relación bilateral
que, en realidad, era una dependencia severa.
Muy presionados
por Areilza que, las cosas como son, era un coñazo de señor, los Estados Unidos
realizaron un sondeo informal entre los socios del club (cuyo resultado fue que
a España no la quería dentro ni el fantasma de Mussolini); y, consecuentemente,
dijeron que a lo único que se avendrían sería a unirse a otro país socio, en el
caso de que asumiese la tarea de proponer la integración española.
Franco
tenía muy claro quién podía jugar ese papel de fulminante de la bala: el vecino
portugués. Los lusos comenzaron sus contactos y, de hecho, llegaron a reportar que
habían contactado con un socio (probablemente Noruega) que, al menos, no les había
dicho que no, sino que había que mirar bien el calendario. En la misma línea, Paul
Henri Spaak, político belga que era entonces el secretario de la Alianza, y que
siempre se había destacado por cerrarle la puerta a Franco, ahora decía que no veía
obstáculo en la integración futura de España en la OTAN. Spaak, sin embargo,
le vino a decir a los representantes españoles que España tenía que traer aquel
bollo horneado. Que era Madrid, y no un amiguito de Madrid (o sea, Washington) quien
tenía que hacer el esfuerzo de acopiar votos, sobre todo entre los países que nunca
se habían mostrado cerrilmente opuestos a la integración de España.
Aquello
no gustó nada en El Pardo. Franco, que también
tenía, como todo el mundo, su vena socialdemócrata, había llegado a estar convencido
de que todo el trabajo lo haría otro; y cuando se enteró de que tenía que ser su
culo el penetrado, claro, no le gustó. Castiella se fue a ver a Lodge y le dijo
que España no podía estar esperando eternamente a entrar en la OTAN; una postura
difícil de entender retóricamente; pues el interés de entrar estaba en España, no
en Estados Unidos. En un buen indicativo de la desesperación con que se estaba leyendo
el partido en las plantas enmoquetadas del poder español, Castiella le dijo a Lodge
que ni él ni Franco pensaban, en realidad, que España tuviese gran cosa que ganar
en la OTAN (noniná). Obviamente, estaba mintiendo; aunque cierto es que parece
que al generalísimo, la idea de militares españoles codeándose con europeos libres
no le hacía mucho pandán.
Lo que
sí parece ser cierto es que la opinión de que el tema estaba bien como estaba (con
una relación bilateral) existía, y que existía con fuerza, en Estados Unidos y en
España. En el ejército de Franco había muchos generales que recelaban de un
futuro de integración de las Fuerzas Armadas españolas en un esquema multinacional
en cuyas decisiones, obviamente, Madrid iba a mandar menos que el peluquero de Bisbal
en casa de Chenoa. Pero también existía la posición exactamente contraria. El general
Lauris Norstad, comandante supremo de las fuerzas de la Alianza, estaba muy preocupado
porque, visto que Francia estaba enfangada en Argelia, la capacidad real de la OTAN
de tener tropas de tierra suficientes en la Europa occidental era demasiado baja.
Consideraba el estadounidense que hacían falta unas 30 divisiones; y tener, tener,
lo que se dice tener, tenía, en el mejor de los casos, 18. En ese entorno, las tres
divisiones ofrecidas por Franco venían a ser una oferta interesante.
Las cosas
como son, la incomparecencia de España en la OTAN, en 1957, tenía poco pase. Se
podría decir: es que la OTAN no admite dictaduras. A lo que rápidamente se podría
contestar: y Portugal, ¿qué era? Así las cosas, el único argumento cierto que quedaba
era el pasado fascista pro hitleriano de Franco. Pero el caso es que la OTAN no
se montó contra Hitler; se montó contra la Unión Soviética. Y a Franco, seamos sinceros,
las credenciales anticomunistas le sobraban. Dentro de la OTAN, en realidad, los
países mediterráneos (Turquía, Italia, Grecia), junto con Portugal, obviamente,
y Alemania, eran partidarios de la integración de España. Inglaterra, Francia y
Canadá no decían que sí, pero tampoco que no. La oposición estaba, sobre todo, en
Noruega y otras pequeñas naciones.
Castiella,
como principal representante de la aspiración española, tenía, en todo caso, que
lidiar con la posición anti-OTAN existente en varios pasillos del poder en España.
Entre los franquistas, sobre todo los uniformados, había muchos de perfiles rabiosamente
antieuropeos.
El problema
estratégico lo planteaba la orden dada por Franco a su ministro de Exteriores: España
sólo solicitaría su adhesión a la Alianza Atlántica si estuviera segura de una respuesta
positiva. Pero eso no era así. Aunque el grupo de naciones que no le hacía ascos
a la entrada de España era relativamente numeroso y con peso, como hemos visto,
en realidad sólo Portugal estaba dispuesta a hacer campaña activa en favor de la
candidatura hispana. Y luego estaban los gobiernos, como el francés o el inglés,
que estar, estar, no estaban en contra de la entrada de España y eran capaces de
apreciar las ventajas que habría aportado; pero por mil temas preferían que el tema
no se plantease.
El fracaso
de las tentativas de conseguir la entrada en la OTAN, en todo caso, fue el factor
que hizo que el gobierno español considerase que, puesto que se tenía que contentar
con una relación bilateral, ésta debería dar un paso adelante: la ayuda económica
tendría que mejorar. Para ello, Franco jugó la carta del extremado peligro en que,
según él, habían quedado varias capitales españolas, entre ellas Madrid, con la
colocación de las bases. Pero los estadounidenses enfriaron rápidamente ese suflé.
Le vinieron a decir: déjate de mierdas, Paquito, que tú sabes, como nosotros sabemos,
que las probabilidades de que la URSS ataque a España, máxime en un momento en el
que en Europa se estaba instalando misiles de alcance medio, son muy, pero muy remotas.
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