martes, junio 30, 2026

Franco y EEUU (18): Puertas cerradas




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Se podría decir, por lo tanto, que en la segunda mitad de los años cincuenta del siglo pasado, el gobierno franquista español construyó una causa. Una causa basada en formularse como víctima por no haber sido beneficiario del Plan Marshall y por estar asumiendo, con el montaje de bases americanas muy cercanas a sus principales ciudades, un riesgo extraordinario por la defensa de occidente. Pretendía, gracias a estos argumentos, convertirse en una especie de súper-beneficiario de la ayuda estadounidense, en un momento en que el presidente Eisenhower estaba claramente recogiendo sedal. El plan no estaba mal trazado; pero tuvo un problema: que en Washington no tragaron.

La Administración estadounidense entendió, y entendió bien, que España podía quejarse; pero estaba muy lejos de poder lanzar un órdago. El progresivo desarrollo del proyecto de nación independiente en Marruecos, todo el mundo lo sabía, acabaría por provocar importantes problemas para España en el terreno militar; y luego estaba el hecho de que el poder del ejército seguía siendo el principal argumento de la estabilidad del régimen franquista. Franco, pues, no podía siquiera plantearse romper la baraja con Estados Unidos; en ello le iba la modernización de su ejército, algo que necesitaba como el comer. Esto, sin embargo, no quiere decir, exactamente, que los españoles se quedasen callados.

Todo parece indicar que en El Pardo, y en el Estado Mayor franquista, el lanzamiento del satélite Sputnik, y lo que suponía en términos de la URSS colocándose al frente de la incipiente carrera especial, fueron hechos que se leyeron con honda preocupación. Franco y sus analistas militares consideraron que el avance que demostraban los soviéticos ponía en especial peligro a un país que, como España, no estaba integrado en un esquema de protección multilateral, sino en una relación bilateral con Estados Unidos.

El gobierno español quería una revisión de los elementos de relación entre ambos países. Por ello, quería presionar; pero con su habitual prudencia. Al caudillo, da la impresión, el discurso de Martín Artajo tampoco le gustó, pues consideró que había ido demasiado lejos. Por ello, de una forma que se hizo ostensible para la embajada norteamericana en Madrid, censuró cualquier eco del discurso en la Prensa española; aunque, al mismo tiempo, dejaba que Castiella insinuase que esa censura, tal vez, podría llegar a levantarse. Lo verdaderamente importante, desde el punto de vista español, era que el comportamiento del régimen respecto de los Estados Unidos ameritaba una mejora de la ayuda, tanto militar, como económica.

Estados Unidos, como ya os he dicho, no tragó. Ni siquiera el embajador Lodge, que era probablemente la voz más pro española de todas las que resonaban sobre este tema, consideraba que las aspiraciones de Franco fuesen realizables. Sin embargo, sí consideraba que algo habría que hacer para salvar el clima de colaboración entre ambos países. Como respuesta parcial a este argumento, la Administración Eisenhower terminó por ampliar, con cargo al año 1958, la ayuda militar en 15 millones de dólares más. Washington, sin embargo, mantenía sin mácula la tesis de que cualquier ampliación de la ayuda tendría que pasar por un cambio en la política económica del franquismo, que la hiciese más presentable y estabilizase el país.

En esencia, Washington seguía pensando que los esfuerzos españoles para controlar la inflación seguían siendo muy pocos, y así se lo hizo saber a Castiella por escrito. Dicha nota venía a decir que, efectivamente, se habían dado pasos para controlar los precios, pero con éxito sólo parcial; y, además, se mostraba preocupación porque la situación de las reservas seguía siendo dramática, dado que el país cada vez importaba más, pero no equilibraba ese movimiento aumento asimismo sus ventas exteriores. Los estrategas económicos estadounidenses concluían de ese análisis que la capacidad productiva española era demasiado limitada (lo era); y le recomendaban al general Franco la estrategia que, de hecho, sacaría a España de la mediocridad económica con el primer gobierno socialista: fomentar la inversión extranjera. Pero para eso hacía falta que la economía franquista dejase de ser el cajón cerrado que era, con normas como la imposibilidad de repatriar dividendos generados en el país por parte de los inversores extranjeros.

En la práctica, la Administración estadounidense estaba condicionando cualquier movimiento o cambio futuro en la ayuda a modificaciones en la política económica interior. Se esperaba que el Ministerio de la Presidencia (el omnipresente almirante José Carrero) elaborase un plan para mejorar el tratamiento de las inversiones extranjeras. Con eso, más un presupuesto exigente y realista, los americanos consideraban que Franco podría salir del lío.

Estas exigencias, sin embargo, no podían olvidar que Estados Unidos tenía una serie de necesidades en España, fundamentalmente militares. Por ello, Lodge recomendaba mantener la ayuda militar en el ejercicio 1960, y también la económica. El elemento fundamental de esa política era que los americanos, que acumulaban pesetas al colocar sus productos o servicios en España, utilizasen la mayoría de ese dinero en invertir en la propia España. Había que cambiar de filosofía. Ya no se trataba tanto de darle a España lo mínimo necesario para que mantuviese su compromiso con la colaboración militar; ahora se trataba de diseñar una ayuda adecuada para ambicionar mejoras económicas en el país, a ser posible en beneficio de inversores estadounidenses.

El embajador Lodge proponía, en este sentido, que, en el plano militar, los objetivos de instalación militar fuesen, por primera vez desde la firma de los acuerdos, discutidos con los españoles. En materia de ayuda económica, Lodge la valoraba en unos 200 millones de dólares, expandidos a una tasa del 2% anual.

Estos planes, sin embargo, chocaban con la especial sicología de Franco, que se comunicaba a los hombres de su gobierno, pues llevarle la contraria no era una opción. Franco, lo he escrito muchas veces, pensaba que España entera era el patio de un cuartel; y la gestionaba de la misma manera. En su visión, la economía española debía ser una estructura jerarquizada, obediente a los presupuestos del mando político. Entendía que había que lugar contra la inflación; pero en modo alguno se planteaba domeñarla con el mercado porque Franco, como buen militar, en el fondo pensaba que a la inflación se le podía dar la orden de no crecer, exactamente igual que a un legionario se le da la orden de avanzar. Los estadounidenses, sin embargo, tenían en la cabeza una evolución económica muy parecida a la que, un cuarto de siglo después, abordaría España con la integración en la Comunidad Económica Europea: estabilización financiera, fomento de la inversión privada, liberalización de mercados.

Franco, desde luego, no estaba por esa labor. Los empresarios no eran santo de su devoción. Él sabía bien que el dinero no tiene ni color ni ideología; y en su régimen quería peones que fueran totalmente fieles al Movimiento. El general nunca se dio cuenta de que, en realidad, liberalizar la economía española hubiera sido la mejor manera de acercar hacia España a esos países que no lo querían ni ver. Precisamente porque el dinero no tiene color, si franceses, alemanes y británicos llegaban a oler el dulce aroma del beneficio en el suelo ibérico, pronto se olvidarían de sus melindres hacia el tipo que fue el amigo de Hitler. La consecuencia inmediata de este aislamiento, en parte impuesto por otros, en parte auto infligido, fue que España se convirtió en un país fortísimamente dependiente de lo que hiciesen y decidiesen los Estados Unidos. España eran un país de alta inflación; pero también era cierto que tenía pleno empleo (urbano) y unas tasas de crecimiento más que razonables. Todo esto, sin embargo, estaba dopado; lo pagaba Washington. Una eliminación de la ayuda estadounidense, en ese momento, hubiera devastado el mercado laboral. Ésta es la razón de que, finalmente, Washington se aviniese a ciertas ampliaciones de las ayudas pactadas en 1953: retirarse, como se estaban retirando de otros países, hubiera supuesto una catástrofe económica potencialmente capaz de poner en peligro la supervivencia del régimen; y, de consuno, de los acuerdos bilaterales.

Todo esto se hizo, sin embargo, negándole al gobierno español todo lo que pedía. El resultado de esta negativa es lo que conocemos normalmente como Plan de Estabilización. Personalmente considero que Franco fue a este plan arrastrando los pies. A él, lo que le pedía el cuerpo era haber mantenido la autarquía, entre otras cosas porque estaba convencido de que era la mejor manera de enfrentarse a los retos de la economía europea de la posguerra. La autarquía de Franco, si funcionaba, incluso de la forma regulera como funcionó, lo era simple y llanamente gracias a la ayuda estadounidense. Cuando el modelo colapsó, mostrando una capacidad de generar una inflación eternamente creciente (que los hombres de Franco, con enorme cinismo, achacaban en exclusiva a las inversiones militares USA en España), Franco tenía dos opciones: conseguir más dinero de papá, o hacerse mayor. La verdad, nadie quiere hacerse mayor pudiendo seguir mamando de la teta. Pero esa puerta,m Eisenhower la acabó cerrando.

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