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La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
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Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
Se podría decir, por lo tanto, que en la segunda mitad de los años cincuenta del siglo pasado, el gobierno franquista español construyó una causa. Una causa basada en formularse como víctima por no haber sido beneficiario del Plan Marshall y por estar asumiendo, con el montaje de bases americanas muy cercanas a sus principales ciudades, un riesgo extraordinario por la defensa de occidente. Pretendía, gracias a estos argumentos, convertirse en una especie de súper-beneficiario de la ayuda estadounidense, en un momento en que el presidente Eisenhower estaba claramente recogiendo sedal. El plan no estaba mal trazado; pero tuvo un problema: que en Washington no tragaron.
La Administración
estadounidense entendió, y entendió bien, que España podía quejarse; pero estaba
muy lejos de poder lanzar un órdago. El progresivo desarrollo del proyecto de nación
independiente en Marruecos, todo el mundo lo sabía, acabaría por provocar importantes
problemas para España en el terreno militar; y luego estaba el hecho de que el poder
del ejército seguía siendo el principal argumento de la estabilidad del régimen
franquista. Franco, pues, no podía siquiera plantearse romper la baraja con Estados
Unidos; en ello le iba la modernización de su ejército, algo que necesitaba como
el comer. Esto, sin embargo, no quiere decir, exactamente, que los españoles se
quedasen callados.
Todo
parece indicar que en El Pardo, y en el Estado Mayor franquista, el lanzamiento
del satélite Sputnik, y lo que suponía en términos de la URSS colocándose
al frente de la incipiente carrera especial, fueron hechos que se leyeron con honda
preocupación. Franco y sus analistas militares consideraron que el avance que demostraban
los soviéticos ponía en especial peligro a un país que, como España, no estaba integrado
en un esquema de protección multilateral, sino en una relación bilateral con Estados
Unidos.
El gobierno
español quería una revisión de los elementos de relación entre ambos países. Por
ello, quería presionar; pero con su habitual prudencia. Al caudillo, da la impresión,
el discurso de Martín Artajo tampoco le gustó, pues consideró que había ido demasiado
lejos. Por ello, de una forma que se hizo ostensible para la embajada norteamericana
en Madrid, censuró cualquier eco del discurso en la Prensa española; aunque, al
mismo tiempo, dejaba que Castiella insinuase que esa censura, tal vez, podría llegar
a levantarse. Lo verdaderamente importante, desde el punto de vista español, era
que el comportamiento del régimen respecto de los Estados Unidos ameritaba una mejora
de la ayuda, tanto militar, como económica.
Estados
Unidos, como ya os he dicho, no tragó. Ni siquiera el embajador Lodge, que era probablemente
la voz más pro española de todas las que resonaban sobre este tema, consideraba
que las aspiraciones de Franco fuesen realizables. Sin embargo, sí consideraba que
algo habría que hacer para salvar el clima de colaboración entre ambos países. Como
respuesta parcial a este argumento, la Administración Eisenhower terminó por ampliar,
con cargo al año 1958, la ayuda militar en 15 millones de dólares más. Washington,
sin embargo, mantenía sin mácula la tesis de que cualquier ampliación de la ayuda
tendría que pasar por un cambio en la política económica del franquismo, que la
hiciese más presentable y estabilizase el país.
En esencia,
Washington seguía pensando que los esfuerzos españoles para controlar la inflación
seguían siendo muy pocos, y así se lo hizo saber a Castiella por escrito. Dicha
nota venía a decir que, efectivamente, se habían dado pasos para controlar los precios,
pero con éxito sólo parcial; y, además, se mostraba preocupación porque la situación
de las reservas seguía siendo dramática, dado que el país cada vez importaba más,
pero no equilibraba ese movimiento aumento asimismo sus ventas exteriores. Los estrategas
económicos estadounidenses concluían de ese análisis que la capacidad productiva
española era demasiado limitada (lo era); y le recomendaban al general Franco la
estrategia que, de hecho, sacaría a España de la mediocridad económica con el primer
gobierno socialista: fomentar la inversión extranjera. Pero para eso hacía falta
que la economía franquista dejase de ser el cajón cerrado que era, con normas como
la imposibilidad de repatriar dividendos generados en el país por parte de los inversores
extranjeros.
En la
práctica, la Administración estadounidense estaba condicionando cualquier movimiento
o cambio futuro en la ayuda a modificaciones en la política económica interior.
Se esperaba que el Ministerio de la Presidencia (el omnipresente almirante José
Carrero) elaborase un plan para mejorar el tratamiento de las inversiones extranjeras.
Con eso, más un presupuesto exigente y realista, los americanos consideraban que
Franco podría salir del lío.
Estas
exigencias, sin embargo, no podían olvidar que Estados Unidos tenía una serie de
necesidades en España, fundamentalmente militares. Por ello, Lodge recomendaba mantener
la ayuda militar en el ejercicio 1960, y también la económica. El elemento fundamental
de esa política era que los americanos, que acumulaban pesetas al colocar sus productos
o servicios en España, utilizasen la mayoría de ese dinero en invertir en la propia
España. Había que cambiar de filosofía. Ya no se trataba tanto de darle a España
lo mínimo necesario para que mantuviese su compromiso con la colaboración militar;
ahora se trataba de diseñar una ayuda adecuada para ambicionar mejoras económicas
en el país, a ser posible en beneficio de inversores estadounidenses.
El embajador
Lodge proponía, en este sentido, que, en el plano militar, los objetivos de instalación
militar fuesen, por primera vez desde la firma de los acuerdos, discutidos con los
españoles. En materia de ayuda económica, Lodge la valoraba en unos 200 millones
de dólares, expandidos a una tasa del 2% anual.
Estos
planes, sin embargo, chocaban con la especial sicología de Franco, que se comunicaba
a los hombres de su gobierno, pues llevarle la contraria no era una opción. Franco,
lo he escrito muchas veces, pensaba que España entera era el patio de un cuartel;
y la gestionaba de la misma manera. En su visión, la economía española debía ser
una estructura jerarquizada, obediente a los presupuestos del mando político. Entendía
que había que lugar contra la inflación; pero en modo alguno se planteaba domeñarla
con el mercado porque Franco, como buen militar, en el fondo pensaba que a la inflación
se le podía dar la orden de no crecer, exactamente igual que a un legionario se le da la orden de avanzar. Los estadounidenses, sin embargo, tenían
en la cabeza una evolución económica muy parecida a la que, un cuarto de siglo después,
abordaría España con la integración en la Comunidad Económica Europea: estabilización
financiera, fomento de la inversión privada, liberalización de mercados.
Franco,
desde luego, no estaba por esa labor. Los empresarios no eran santo de su devoción.
Él sabía bien que el dinero no tiene ni color ni ideología; y en su régimen quería
peones que fueran totalmente fieles al Movimiento. El general nunca se dio cuenta
de que, en realidad, liberalizar la economía española hubiera sido la mejor manera
de acercar hacia España a esos países que no lo querían ni ver. Precisamente porque
el dinero no tiene color, si franceses, alemanes y británicos llegaban a oler el
dulce aroma del beneficio en el suelo ibérico, pronto se olvidarían de sus melindres
hacia el tipo que fue el amigo de Hitler. La consecuencia inmediata de este aislamiento,
en parte impuesto por otros, en parte auto infligido, fue que España se convirtió
en un país fortísimamente dependiente de lo que hiciesen y decidiesen los Estados
Unidos. España eran un país de alta inflación; pero también era cierto que tenía
pleno empleo (urbano) y unas tasas de crecimiento más que razonables. Todo esto,
sin embargo, estaba dopado; lo pagaba Washington. Una eliminación de la ayuda estadounidense,
en ese momento, hubiera devastado el mercado laboral. Ésta es la razón de que, finalmente,
Washington se aviniese a ciertas ampliaciones de las ayudas pactadas en 1953: retirarse,
como se estaban retirando de otros países, hubiera supuesto una catástrofe económica
potencialmente capaz de poner en peligro la supervivencia del régimen; y, de consuno,
de los acuerdos bilaterales.
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