lunes, junio 10, 2019

Pericles (7: la apoteosis de Efialtes)

Ya hemos estado en:
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
¿Por qué los lacedemonios, que la verdad es que han pasado a la Historia más por ser tercos de narices y poco dados a los cambios de opinión, tomaron una decisión tan extrañamente diferente sobre los atenienses? Pues la verdad es que, en esto, como en otras muchérrimas cosas que ocurrieron en aquellos tiempos de la Historia del mundo, tenemos apenas unos pocos datos y un mucho de especulación. Quizá lo más sólido que se puede decir es que algo tuvo que pasar poco después de que los hoplitas saliesen de la ciudad camino de Esparta que hizo que éstos se mosqueasen.

Lo más probable es que Efialtes y sus amigos propagandistas del nuevo imperialismo ateniense se coscaran de que, en realidad, que Cimón abandonase la ciudad les daba una oportunidad. Como ya he dicho anteriormente, Cimón contaba con la gran ventaja de que era un militar, lo cual le liberaba de algunas de las limitaciones de la democracia clisténica. Sin embargo, algún otro aspecto había que no le favorecía demasiado; como, por ejemplo, el hecho de que Atenas no lo necesitaba para legislar. Efialtes, consciente de ello, en cuanto el culo de los hoplitas se perdió de la vista de la ciudad, comenzó a maquinar la posibilidad de reunir a la asamblea de los atenienses y convencerlos de aprobar nuevas leyes. En este punto, el activo propagandista aprovechaba otro agujero constitucional ateniense, pues no existía ninguna restricción legal a la posibilidad de que la asamblea ateniense, que además operaba por mayoría simple, se pudiera reunir incluso cuando una parte relevante de la misma no podía acudir por estar movilizada. La verdad, teniendo en cuenta que la existencia de Atenas en aquellos tiempos se puede resumir fácilmente como una guerra continuada que, de cuando en cuando, se veía interrumpida por extraños periodos de paz (forma parte de la descompresión del ciudadano contemporáneo que trata de acercarse a la Antigüedad entender esto; si no se entiende esto, no se entenderá la Antigüedad); la verdad, digo, Atenas no podía regularse de otra manera que no fuese ésta, pues caso contrario nunca podría convocar asambleas.

Resulta probable que Efialtes, al convocar a los atenienses que no estaban en guerra a su asamblea, fuese quien les convenciese de que Atenas tenía sus intereses mejor guardados en compañía de tesalios y argivos, en lugar de los sucios espartanos. Pero un cambio así era algo evidentísimo y, por lo tanto, es imposible que no se enterasen también los espartanos que, al fin y al cabo, tenían terminales y corresponsales hasta en Lepe. A lo que hay que unir que, muy especialmente, la convergencia entre Atenas y Argos era una noticia muy, muy mala para los lacedemonios, puesto que Argos era el otro poder tradicional en el Peloponeso. Algunos estudiosos de la cosa sugieren que, en este entorno de cosas, tal vez los espartanos lo que hicieron no fue exactamente decirle a los atenienses que no querían verlos por allí, sino que lo que pasó es que le contaron a Cimón lo que estaba pasando en su queli, y fue el propio Cimón el que se rebotó y decidió regresar a Atenas con todo lo gordo.

El bravo general millonario, sin embargo, cometió el error de no haberse informado primero. Este tipo de movidas siempre las ganan los espías, porque quien tiene mejor información es quien casi siempre se lleva el gato al agua. Si Cimón no hubiese estado, cuando menos en mi concepción de las cosas, cegado por lo relativamente bien que le había salido todo hasta entonces, tal vez se habría parado un rato a pensar y a recabar información. Si hubiera hecho eso, le habría dado tiempo para aprender que las cosas en Atenas habían cambiado de forma radical. Cualquiera que sea la razón por la que los atenienses habían decidido regresar tras su expedición espartana, lo cierto es que el pueblo de Atenas, probablemente influido por las noticias manipuladas que les llegaban por los perfiles de Facebook adecuados (el de Efialtes y sus coleguitas), estaba convencido de que aquél gesto había sido un insulto por parte de los espartanos. Las dos ciudades aliadas contra los persas, ¡y de repente rechazan nuestras tropas! ¿Qué se habrán creído?

Efialtes, con toda probabilidad, aprovechó además, literalmente, que el Pisuerga pasa por Valladolid. Pues, ante una asamblea que estaba malquista con Cimón y todos los proespartanos por considerar a los lacedemonios unos estirados de cojones, amigos sólo de sí mismos, logró que también le votasen una serie de reformas legislativas generales, de corte liberal, que claramente enmendaban la plana del tipo de gobierno que siempre había propugnado Cimón, de corte mucho más conservador. Por lo que nos cuenta Aristóteles, que tampoco es gran cosa, parece ser que Efialtes actuó en contra de los poderes del Aerópago. Este órgano estaba formado por los antiguos magistrados de la ciudad, los llamados arcontes, todos ellos pijos, y ahora vio cómo muchos de los poderes que tenía se le transferían a otros órganos del Estado, normalmente bajo el poder de la gente corriente.

Todo parece indicar, por ejemplo, que entre las funciones del Areópago se encontraba una especie de tribunal de cuentas, si bien con mayores atribuciones. El Areópago estaba presente en el nombramiento de cargos públicos, y también auditaba su labor una vez que la habían abandonado. Este proceso, aparentemente, pasó a ser asumido por jurados formados por ciudadanos normales. Asimismo, hay bastante más que pistas de que determinados casos judiciales importantes, como el asesinato, que hasta entonces asumía el Areópago, pasaron a salas judiciales (so to speak) formadas por atenienses menos ricos.

En esencia, todo parece indicar que una de las principales reformas introducidas por Efialtes tiene que ver con la democratización de la Justicia, haciendo que los ciudadanos de a pie tuviesen un papel en la misma que hasta el momento no tenían. Esto, unido a la regulación introducida por Clístenes al crear el llamado Consejo de los 500, en el que entraba la misma gente por sorteo, nos dice que en apenas unas décadas la participación del pueblo llano en los asuntos de Atenas creció exponencialmente.

Aquéllos de vosotros que conozcáis, por ejemplo, la Historia de Europa en el siglo XIX, por ejemplo en España, sabréis que uno de sus ejes identificativos es la lucha en pro de los jurados populares. Esta institución, que resulta ser un coñazo para el que le toca, es, sin embargo, uno de los pilares de la democracia. Porque la democracia, como bien decía Aristóteles, no existe salvo en el caso de que ese demos que ejerce el kratos, además de votar y todo eso, tiene el poder de evitar que la Justicia caiga en manos de unos pocos, que la mangoneen a gusto. La democracia, en la visión aristotélica como en la juandejuánica, reside en el Congreso, sí; pero reside, en una mayor proporción, en el Tribunal Supremo.

Efialtes, con sus reformas, colocó la democracia ateniense más o menos en la formulación clásica que se suele estudiar en los manuales escolares. Otra injusticia más, pues todo el mundo se acuerda de Pericles, unos pocos de Clístenes, pero menos aun de este Efialtes que tuvo la inteligencia de buscar un hueco en el tráfico para colarse.

Cimón, probablemente, cuando llegó a Atenas se creyó que podía revertir aquellas reformas con la pipa el coño, pero se encontró con que su estrella, definitivamente, se había apagado: el pueblo de Atenas votó su ostracismo.

Todo el asunto efiáltico, en todo caso, nos sugiere que en Atenas tenía que haber un bullebulle bastante potente, del que la verdad poco sabemos, respecto sobre todo del funcionamiento del Areópago y la forma entiendo que muy personalista que tenía de resolver los asuntos de todos. Hemos visto a Cimón democratizando en todo lo posible los éxitos imperialistas de Atenas, regalándole a los ciudadanos más pobres tierras de labor, comidas gratis y toda la pesca; probablemente, el propio general y político percibía que había que hacer todo eso para que el personal no se rebotase en exceso.

Como supongo que no se os escapará, en el momento en que Cimón fue exiliado de Atenas, todo estaba de cara para que la ciudad comenzase un periodo largo de gobierno e influencia por parte de Efialtes. Sin embargo, no fue así. Muy poco después de las grandes victorias políticas del orador, un hombre de Tanagra, una ciudad situada en Beocia (norte del África Ática), se lo cargó, en un magnicidio del que apenas sabemos lo que aquí ha quedado escrito.

Para la discusión entre helenólogos siempre quedará la cuestión de si Pericles tuvo algo que ver en el tema del asesinato. Ciertamente, esto se dijo en fuentes griegas, pero no en las estrictamente contemporáneas, por lo que estas cosas hay que cogerlas con pinzas. La trayectoria política de Pericles hace pensar que no pudo ser otra cosa que un partidario de las reformas de Efialtes; pero esto, la verdad, tampoco lo descarta del todo. En mi opinión, el principal argumento a favor de la teoría de que el hijo de Xántipo pudo tener algo que ver en la muerte de Efialtes es que le vino de coña. Sin embargo, no olvidemos que le vino de coña a largo plazo, pero no inmediatamente tras los sucesos; esto matiza bastante el argumento qui prodest?

Lo que sí sabemos, más o menos, es que allá por el año 458 Pericles habría conseguido situarse muy bien dentro de la, digamos, facción progresista ateniense. Esta afirmación es sostenida por diversos estudiosos basándose en una fuente indirecta: la obra Eumenides, estrenada aquel año por Esquilo, cerrando su trilogía sobre Orestes el medio pollas (esto último es cosecha mía).

El teatro griego, y muy especialmente la tragedia, tiene dos planos. Por un lado está el tratamiento de los miedos, alegrías, dudas y certezas eternas del ser humano, que es la parte que quienes hoy todavía leemos esas obras podemos disfrutar; y, por otra parte, están los guiños a los atenienses del momento, que apenas podemos captar porque nuestra información es muy limitada. Lo mismo hizo Shakespeare, cuyas obras de teatro muchas veces contienen elementos relacionados con lo que estaba pasando en cada momento en Inglaterra; pero esto lo podemos rastrear mejor, porque tenemos más información.

En el caso griego, apenas podemos imaginar. Pero eso, entre otras cosas, es lo que hace la Historia Antigua tan bonita.

Ya sabéis, más o menos, cuál es el centro de la trilogía de Esquilo. Clitemnestra, mujer de Agamenón, se lo apiola, y entonces Orestes, hijo de ambos, se la apiola a ella, para luego tirarse un montón de versos tratando de buscar el perdón para su crimen. Sin embargo, siendo Agamenón el rey de Micenas, la tragedia de Esquilo transcurre en Argos; un curioso cambio de ubicación que le sirve para describir en la obra una mítica alianza entre atenienses y argivos. Claramente, cuando menos para mí, aquí Esquilo estaba haciendo política antiespartana. Y, más aun, cuando en la tercera toma de la trilogía aparecen escenas claramente inspiradas en la formación del Areópago ateniense, parece claro que el autor estaba mandándole algún tipo de mensaje a su público, aunque cuando menos yo no tengo claro cuál. Por último, y esto es lo que más ha intrigado a los scholars, cuando menos en mi nivel de conocimiento, la Eumenides está especialmente dedicada a defender la idea de que la herencia femenina (esto es, la mancha que pesa sobre Orestes porque su madre era una maridocida) no tiene importancia. Qué casualidad este argumento, en un momento en el que muchos estudiosos sospechan que Pericles, que portaba la mancha de tener una madre alcmeónida, estaba ascendiendo en la política. Esto es lo que ha hecho a algunos expertos pensar que Esquilo, en realidad, escribió aquella obra para alimentar las posibilidades políticas de Pericles en Atenas.

Esta tesis es enormemente atractiva y sugiere, en mi opinión que, allá por el 458, tras todo lo que había pasado en apenas cinco años de nada, Atenas se encontraba tal vez dividida entre quienes querían mantener una situación en la que la mayor parte de las luchas y las decisiones políticas se producía en el ámbito interno; y quienes pensaban que lo que había era que actuar en el exterior, perfeccionando la alianza con Argos y preparándose para una competencia con Esparta que cada vez se quería ver más cercana. Para mí es claro que el partido progresista, que pronto encontraría en Pericles a su buen líder, consideraba que la discusión interna estaba ya bastante terminada, y que había que ponerse manos a la obra con la grandeza de Atenas. Esquilo, probable miembro de esta tendencia, no hizo sino escribir una de sus obras de teatro, en la que intentaba decirle eso mismo a los atenienses: ya hemos hecho, tíos; ahora es el momento de dejar hacer.

5 comentarios:

  1. Tanagra, una ciudad situada en Beocia (norte de África??)

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    1. Me parece que ahí se ha dado un lapsus linguae entre África y Ática.

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    2. Correcto. De hecho, viene bien el comentario, porque creía que lo había corregido.

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    3. Con decir que era una trampa para los niños de la ESO que se dedican a copiar y pegar hubiera pasado. ;-D

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    4. :-D de ésas pongo muchas. Cada vez más, de hecho.

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