domingo, agosto 01, 2010

Folletín de verano (4)

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Luján llegó a casa a las siete y media. Del salón le llegó el rumor de voces de una radio de galena. Empezó a cantar Concha Piquer. Abrió la puerta. Su mujer cosía en un bastidor tarareando la copla. Alzó la vista, casi asustada.

-¡Carlos, por Dios! ¿No podrías anunciarte?

-Hola, mi amor.

-Qué cara traes. Parece que hubieras visto a un muerto.

-Eso he hecho.

Su mujer hizo un mohín con la boca.

-Entonces, no quiero saberlo.

Volvió a su bastidor.

-He hecho ensalada imperial para cenar. ¿Te apetece?

-Por supuesto –contestó Luján, dejándose caer en el sillón gemelo de aquél en el cosía su mujer.

Pasaron quince minutos. Dos o tres coplas y una serie de consejos para abrillantar la madera. Luján miraba al techo.

-¿En qué piensas, Carlos?

Se volvió hacia la voz. Qué extraordinariamente bella era Laura.

-Has dicho que no quieres saber nada.

-Pero algo me podrás contar.

Sonrió. Se inclinó hacia ella. Ella le ofreció la mejilla. Besó su piel tersa, sintió el pinchazo del deseo. Pero se dijo que cada cosa tiene su momento.

-El muerto de ayer. Creo que es algo que puede ser grande. Pero mi jefe no lo piensa así.

-Carlos, recién llegado, yo creo que no deberías…

-Tranquila. Me ha dado hasta mañana a las tres para hacer alguna averiguación que permita avanzar en el caso.

-Ah. Y, ¿ya lo has conseguido?

-La verdad es que no –respondió él, y suspiró mientras se movía dentro del sillón‑. Pero he avanzado. Hace seis horas, era un muerto sin identificación posible. Hoy sabemos muchas cosas de él.

Laura dejó el bastidor sobre sus rodillas. Le miró y alzó las cejas. Era su forma de decir: habla, te escucho.

Luján fue marcando las informaciones que repasaba presionando con el índice de su mano derecha sobre los dedos de la izquierda, uno a uno.

-Primero, esta persona estuvo en una guerra. La herida de la pierna nos lo demuestra. Segundo, estuvo sometido a un frío intenso; según los forenses, no menos de diez grados bajo cero, y no durante un día o dos, sino durante semanas enteras. Tercero, era un frío al que no estaba acostumbrado porque se protegió mal de él, hasta el punto de sufrir consecuencias irreversibles en sus orejas. Perdió parte de ellas.

Laura hizo un evidente gesto de asco.

-Espera, espera. También perdió un dedo. Del pie izquierdo. Es un dedo no imprescindible para mantener el equilibrio. Además, todo indica que la herida de la pierna obligaba a nuestro hombre a cojear, así pues es fácil que nadie reparara en él.

-Y, ¿por qué habrían de hacerlo?

-Te ahorraré los detalles –contestó Luján, tratando de impostar ternura‑, pero el asesino de ese hombre buscaba, claramente, que no fuese identificado. La falta de un dedo del pie es algo muy particular que puede servir para una identificación. Por eso creo que no lo sabía.

Laura reflexionó todo lo que su marido le había dicho. Tras un buen rato, se alzó de hombros.

-¿Cómo piensas encontrarle?

-Guerra, frío intenso, Laura. Son pistas.

-Desgraciadamente –volvió a su bastidor, como con vergüenza‑, de eso hemos tenido mucho.

-Sí. Pero quizá sea la guerra y el frío que yo imagino. Es una oportunidad. Mañana he de tirar del hilo.

Ella lo miró, y su boca se torcía en un rictus que quería ser una sonrisa, sin conseguirlo. Le acarició la cara.

-Carlos, qué poco me gusta que tú…

Él agarró suavemente la muñeca de la mano que le acariciaba. Ella se calló inmediatamente.

-Amor mío, es lo que quería cuando nos conocimos. Nunca te mentí.

-Ya lo sé, pero aún así yo creo que…

-Laura. Ya está bien. Sólo es un muerto. No me hará ningún daño.

Ella respiró pesadamente.

-Alguien tuvo que matarlo.

Él se levantó, tirando del brazo de ella para que se levantase también. Le agarró la cara y la besó en los labios.

-Yo lo cogeré antes.

Otro beso.

-Ni siquiera puede imaginarse que esté tan cerca de saber quién era.

Tercer beso.

-Y, si es quien yo creo que es, te aseguro que mañana no seré el único que estará interesado por este caso.







Al día siguiente, a las tres de la tarde, Carlos Luján golpeó débilmente con un nudillo el cristal esmerilado de la puerta del comisario Ramos. Lo hizo con el dedo en el que llevaba su anillo de boda, así que la llamada sonó seca, como un tenue intento de romper el cristal. Una voz le invitó a pasar.

Luján se paró frente a su jefe. No sabía qué cara poner.

El inspector Ramos levantó los ojos de sus papeles y lo escrutó.

-Huele usted bastante mejor que ayer –fue todo su comentario.

-Lo sé –Luján trató, sin éxito, de sonreír‑. He venido a traerle esto.

Depositó sobre la mesa los papeles que había pasado la hora de la comida escribiendo, metidos en una dura carpetilla marrón. En la carpetilla había escrito: «Anselmo López, 12-4-48». En realidad, era todo lo que quería que leyese el comisario. Sabía que con eso entendería.

El comisario, sin levantar los ojos de la carpeta y los papeles, preguntó con voz seca.

-¿Querrá ahorrarme la lectura, subinspector?

-El fallecido tenía una herida característica en una pierna –habló Luján, que estaba esperando esa oportunidad‑. Además, tenía ambas orejas recortadas y presentaba la amputación de un dedo del pie izquierdo. Tres forenses estuvieron de acuerdo ayer en que tanto las orejas como el pie señalan a, a ver… ‑consultó sus notas‑, sí, eso: una importante necrosis como causa de las amputaciones. Una especie de recuerdo de gangrena. Eso me hizo, bueno, les hizo pensar que el sujeto estuvo sometido durante bastante tiempo en unas condiciones, digamos, extremas.

-Defina extremas.

-Frío intenso, señor. Muy intenso.

-Ajá. Y usted pensó: amputaciones y una fea herida en la pierna. Una guerra bajo cero.

-Sí, señor. Hay varias posibilidades, pero digamos que exploré una.

Se adelantó un paso. Apartó suavemente la mano que el inspector Ramos tenía colocada sobre su informe. Lo abrió. Con pericia, buscó la página que quería. Estaba más o menos a la mitad del fajo de unas veinte páginas. Era un oficio.

-La cicatriz responde a una herida muy característica. Pensé: por mucho menos que eso, otros son mutilados de guerra. Así que, esta mañana, he ido al Ministerio y he buscado: personas declaradas mutiladas de guerra o condecoradas en Rusia.

-¡Un momento! –interrumpió el inspector‑. ¿Por qué en Rusia?

-Frío intenso, comisario. Muy intenso. Durante relativamente bastante tiempo. Hablamos de una persona que se protegía deficientemente contra el frío; signo inequívoco de que le era completamente extraño. Por lo demás, la División Azul era mi gran oportunidad. De la otra, ejem, de la otra guerra podría tratarse, ejem…

-De un rojo, sí –el inspector Ramos pronunció la palabra «rojo» con una absoluta cotidianeidad. En sus labios, no parecía designar nada más peligroso ni deleznable que cualquier objeto doméstico.

-Ya le he dicho que la herida es muy característica. Y, ejem, de la División Azul tampoco regresaron demasiados, y no todos heridos de tanta consideración. Bueno, me ha llevado toda la mañana, pero aquí está.

El índice derecho de Luján se troqueló a medio centímetro de una línea del oficio que le estaba enseñando al comisario.

-Anselmo López. Aquí tiene su filiación, su brigada, su compañía, todo. Herido en Rusia. No he podido traerla, pero me han prometido una copia de su expediente de mutilado. Dificultades para andar. Orejas recortadas por el frío. Dedo del pie izquierdo gangrenado. Absolutamente todo coincide.

Pasó otro par de páginas más. Otro oficio.

-También he tenido tiempo de buscar esto. Afiliado a Falange en 1941.

Una página más.

-Las condecoraciones. Medalla por mutilado. Y la de herido. Fíjese lo que dice: cinta amarilla con dos rayas verdes y cruz de San Andrés en rojo.

-Usted no puede saber lo que significa eso.

-Lo he preguntado –concedió Luján‑. Herido en acción de guerra.

Ramos se demoró en la lectura del oficio y luego pasó, aparentemente con desgana, las páginas del informe de su subinspector. Cuando levantó la vista, lo traspasó con la vista como si no estuviera.

-Un puto héroe… –musitó para sí.

Después pareció despertar y gritó hacia la puerta.

-¡Rebollo! –gritó.

Luján sintió un escalofrío en la espalda. Rebollo era uno de los dos. Antúnez y Rebollo. Los dos inspectores del Cielo. Los comisarios cuando no estaba el comisario. Aquello iba en serio.

El inspector Rebollo asomó su cabeza por la puerta. Pulcro, repeinado hacia atrás, bigotito fino. Luján se dijo: parece un bailarín de tangos.

-¿Da su permiso, comisario?

-Rebollo, llévese este informe. Desde hoy, usted coordina este caso.

-¿Qué caso, señor?

-El muerto del vertedero.

-¿El muerto del vertedero? –Rebollo no escondió un rictus de su boca. Luego pareció reparar en Luján, y pareció comprender‑ Señor, por mucho que le porfíen, ese caso…

-Probablemente, era un camarada –le interrumpió Ramos.

Rebollo se quedó parado, sin habla.

-¿Qué?

-He dicho: probablemente, era un camarada.

Rebollo alzó las cejas, y volvió a mirar a Luján.

-Jodeeeeer –musitó para sí.

-Quiero que quede clara una cosa –continuó Ramos, mirándolos a los dos alternativamente‑. O varias. Primera: usted –señaló a Luján‑ ha levantado el caso, pero aquí tenemos unas reglas. Ni se le ocurra rascarse los huevos sin que lo sepa el inspector Rebollo, ¿estamos?

-Sí, señor.

-Estupendo. Segunda cosa: en lo que a nosotros respecta, este muerto es sólo eso: un muerto. Esto, de momento, no es ni un crimen político ni una hostia. No quiero a la política tocándonos los cojones. Discreción y profesionalidad, ¿estamos, Rebollo?

-Como siempre, señor comisario.

-He dicho: ¿Estamos, Rebollo?

-¡Ya le he dicho que sí!

-Está bien. Llévenme esto con discreción. Pero, eso sí: al hijo de puta que se lo cargó lo quiero encima de esta mesa, asado y con una manzana en la boca. ¿Estamos?

Rebollo y Luján dijeron que sí, y salieron del despacho. Una vez fuera, Luján hubiera esperado algún comentario. Pero Rebollo se limitó a sopesar el informe, pasar las páginas sin leerlas, y detenerse levemente en el oficio. Pasados unos largos segundos, lo miró con ojos fríos.

-Ya le diré algo. Mientras tanto, hay una investigación rutinaria en marcha. Iglesias le dirá. Adscríbase.

Carlos Luján pasó la tarde haciendo decenas de llamadas telefónicas a posibles testigos de una agresión con resultado de muerte. Si alguno de sus interlocutores había visto al asesino, probablemente escapó de la acción de la Justicia, porque no estaba a su trabajo. Pensaba en un héroe de guerra tirado bajo toneladas de basura, y trataba de imaginarse a su captor y asesino. Al terminar el turno, se fue a casa y allí, a pesar de las zalamerías de su mujer, estuvo hosco, distante.

Esa noche soñó que Anselmo López era asesinado de nuevo y que él, Carlos Luján, era quien le disparaba y enterraba bajo la basura.