jueves, agosto 05, 2010

Folletín de verano (7)

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De regreso hacia Madrid, aún era media mañana, Luján y Azpíriz decidieron dividirse. El segundo de ellos volvió a la Brigada, mientras que Luján iría solo a ver a Dositeo Galán.

Según la información de que disponía, Galán tenía un puesto de relativa importancia en la Secretaría General del Movimiento, en la mismísima calle Alcalá. Así pues, una vez en Madrid, Luján dejó el coche policial a Azpíriz y se dirigió a su destino a pie. El hombre a quien preguntó en la puerta por don Dositeo Galán pareció mostrar una sorpresa reprimida; no debían de ser frecuentes las visitas para él. No obstante, no le pidió datos de identificación, así pues se perdió la oportunidad de ir contando por los pasillos que un policía había venido a ver a uno de los jefes.

En la planta donde le indicaron, recorrió un largo pasillo bastante silencioso. En un despacho alguien mantenía una conversación telefónica insulsa, pero a voz en grito. Su voz parecía marcar los ritmos de la pesada mañana veraniega. En algún lugar más lejano, probablemente en otra planta, alguien tenía puesto el runrún mañanero de una radio; una voz femenina, atiplada, comenzó a cantar una copla. Cuando calculó que había llegado al despacho que el hombre de la entrada le había indicado, asomó la cabeza. Una mujer joven y bastante bonita, aunque vestida muy modestamente, leía una revista. Se sobresaltó al verle.

-¿Qué desea?

-He venido a ver al señor Galán. Dositeo Galán.

-Es su despacho, sí –confirmó la mujer; parecía estar tratando de pensar‑. ¿Quién le quiere ver, por favor?

-Es un asunto oficial.

-Ya, pero es que nos piden que todas las visitas…

-Es un asunto oficial, señorita. Por favor, anúncieme.

Luján inclinó la cabeza hacia una pesada puerta acolchada y forrada de negro, a todas luces la entrada del despacho del hombre a quien había venido a ver. Luego hizo todo lo posible para que esa mujer leyese en su mirada la determinación suficiente como para abrirla con o sin su permiso.

-No está –terminó por informar la secretaria.

-Ah. ¿Está de viaje?

-No. Es decir… No.

-Ya. Entonces, ¿está en el edificio?

-No.

-Pero volverá.

-Sí, bueno, es decir… Puede.

-¿Puede?

-Puede.

Luján entró por completo en el antedespacho. Se fijó en la secretaria, diciéndose que, probablemente, tendría la misma edad, o muy parecida, que su propia mujer. Lo hizo para tratar de entender su actitud. ¿Qué significaría en Laura una actitud así? Quizá él no le gustaba y por eso le estaba poniendo la proa. Sin embargo, eso no encajaba. Luján sabía bien que a pocas personas sonreía y adulaba más su mujer que a las que odiaba. Las mujeres suelen ser taimadas en eso. Si yo no le gustase, se dijo, se habría mostrado amable y habría tratado de ganar tiempo. Por ejemplo, diciéndome que su jefe estaba de viaje y que mañana por la mañana estaría aquí. Estando como estaba claro para Luján que esa mujer quería que se fuese sin ver a Dositeo Galán, no estaba, sin embargo, nada claro el motivo de ello. La secretaria estaba nerviosa y cuando él se acercó a su mesa con las manos en los bolsillos y con una mirada todo lo dura que fue capaz de fingir, se puso más nerviosa aún. Como un niño que ha roto un jarrón a quien su padre le estuviese preguntando por los deberes de matemáticas: aunque sabe que aún no ha sido descubierto, es incapaz de sacar su falta de su cabeza, con lo que acaba colaborando para ser descubierto.

El subinspector calculó, en los dos o tres segundos que tardó en llegar a la mesa de la secretaria, que sería mejor táctica aliarse con ella.

-Señorita...

-Pilar Carmona, para servirle.

-Su nombre no hacía falta –Luján observó que su táctica funcionaba. Ella ya había imaginado que él era policía o algo parecido (un asunto oficial), e informarle de que su propio nombre no era necesario la relajó un punto, le ayudó a reducir su miedo‑. Señorita Carmona, todo lo que quiero es hablar con el señor Galán de un viejo camarada. Es a ese hombre a quien investigo y de quien necesito saber cosas.

-Señor…

-Luján.

-Señor Luján, gracias. Créame que le comprendo. Pero el caso es que tengo órdenes estrictas del señor Galán.

Luján asintió.

-Comprendo. Pero ya le he dicho que es un asunto oficial. Yo también tengo órdenes estrictas y, créame, aunque a usted no le parezca así, las mías son más estrictas que las que pueda haber recibido usted.

-Yo diría: más imperativas –terció la secretaria, con un temblor leve en la voz.

-Lo ha captado usted muy bien.

Pilar Carmona se retorció las manos y pensó unos segundos más. Cuando volvió a hablar, Luján ya estaba pensando en entrar por su cuenta en el despacho.

-El caso es que… el caso es que la información que usted necesita se supone que yo no la sé.

Luján enarcó las cejas y se irguió.

-Voy a necesitar que se explique.

-Pues que yo sé dónde está el señor Galán –se explicó la mujer, de nuevo muy nerviosa‑, pero se supone que no lo sé. Se supone que sólo sé que no está.

-Oh, vaya –Luján empezaba a cansarse de este jueguecito‑. Y, ¿qué actividades son ésas que usted no puede conocer? ¿Está en algún lugar el señor Galán conspirando para matar al general Franco?

Fue un arrebato de impaciencia y un error. Pilar Carmona miró hacia el centro de su mesa y estalló en sollozos sordos, agarrándose la cabeza con manos temblorosas. Luján, por su parte, no tardó ni dos segundos en arrepentirse. Sacó de un bolsillo de su pantalón su propio pañuelo, y se lo tendió a la secretaria.

-Escuche, no llore. Sólo ha sido una broma, bueno… una salida de tono. Ha sido una imbecilidad. ¡Por favor, tranquilícese!

-Pero… ¡Pili!

La voz sonó tras el policía, que se volvió para enfrentarse a un hombre bien vestido, alto, bastante fornido y de mediana edad. Tenía la cabeza ancha y el pelo peinado completamente hacia atrás. La viva imagen de un hombre sano. Llevaba en la mano un cartapacio con un membrete. Su membrete. Ministro Secretario General del Movimiento.

-¿Quién es usted? Y, ¿me quiere decir por qué ha hecho llorar a Pili?

Don José Luis Arrese redujo la violencia de su gesto cuando vio la credencial policial, pero en modo alguno se amilanó. Permaneció donde estaba, los pies bien firmes sobre la tierra, exigiendo una explicación.

-Don José Luis, no ha sido nada –trataba de explicar la secretaria‑. Es que el señor quiere…

-Necesito ver al señor Dositeo Galán –interrumpió Luján, hablando despacio, sin apartar sus ojos de los de su interlocutor‑. Me han ordenado que le haga unas preguntas.

El ministro asintió en silencio, con ese gesto de quien ve confirmadas sus sospechas de repente.

-No le llame señor Dositeo Galán –respondió‑. Llámele como le conoce todo el mundo: Míster Porto Flip[1].

Y le guiñó un ojo.

Luján no necesitó más para comprender. Intercambió con su interlocutor una mirada más y un ligero un asentimiento de cabeza, y el hombre se marchó. Luego él se volvió hacia la secretaria, ya más calmada, y le dijo.

-Pilar, dígame dónde suele parar su jefe.

-Señor, yo…

-Vamos a hacerlo de esta forma –le interrumpió Luján, tomando de la mesa de la secretaria una hoja de papel y una pluma; habló mientras escribía‑: yo le voy a dejar esta nota. Aquí le digo al señor Galán quién soy, que necesito hablarle, todo eso. Así pues, he venido aquí, usted ha cumplido con su obligación y me ha toreado como tiene ordenado.

-No quisiera yo que pensara…

-Yo no pienso nada, Pilar. Nada. Aquí está la nota. Es su prueba de que estuve aquí y usted me dio largas. Eso sí, ahora mismo me voy a dar un paseo por los alrededores y, casualmente, voy a entrar en un local a refrescarme la garganta. Y allí encontraré, por mera casualidad, al hombre que se ve en…

Se quedó mirando a Pilar Carmona con expresión inquisitiva. La secretaria elevó una mano terminada en un dedo índice todavía tembloroso. Señaló a la pared.

-Esa foto.

En la imagen que señaló, un hombre cerca de los cuarenta años sonreía a la cámara, con un pequeño bigote bajo la nariz y embutido en una camisa oscura en la foto; con seguridad, azul oscura si la imagen hubiese sido de color.

-Esa foto –corroboró, asintiendo, el subinspector Luján.

-Vaya al Gentleman. Un poco más arriba, torciendo a la derecha. Un local de bastante nivel, muy bien decorado.

-Y donde hacen unos excelentes porto flips, ¿me equivoco?

Por primera vez, Pilar Carmona sonrió. Su rostro cambiaba cuando sonreía como si alguien lo borrase y lo volviese a pintar. Luján sonrió también, y se marchó por el pasillo silencioso, escuchando sus zancadas.

El Gentleman respondía a la perfección a las promesas de Pili Carmona, la secretaria de Dositeo Galán. Era un local decorado a la inglesa con una pequeña barra en un extremo y un piano en el otro. En el medio, mesas y sillas bajas, todo ello en medio de un ambiente relajado y nada escandaloso, adivinó Luján. Evidentemente, a las doce y media de la mañana, apenas había en el local un camarero y un par de consumidores. Pero era fácil adivinar que era un lugar muy british, uno de esos sitios en los que se bebe mucho y se conversa poco y donde la música del piano, si es tocado, manda. El policía se acercó a la barra y pidió una limonada. En verdad la necesitaba. Sentir que su garganta se humedecía y enfriaba a la vez le dio fuerzas. Pagó un coste excesivamente caro, pero no rechistó. Tomó su vaso, con el pequeño residuo de bebida que le quedaba, y se acercó a una de las dos mesas ocupadas y se sentó junto al hombre de la foto, apenas un poco más avejentado que en ella, que bebía un porto flip mirando hacia la pared, como sumido en sus pensamientos. Sujetando el vaso con su mano derecha; la única que le quedaba.

Dejó sobre la mesa su acreditación.

-Subinspector Luján –informó, tratando de que su tono de voz no revelase nada en absoluto‑. Brigada de Investigación Criminal.

Dositeo Galán volvió su mirada hacia Luján. El subinspector escrutó sus pupilas y calculó. Achispado, no borracho. Lento, aunque no inútil. Probablemente, en la fase última de consumo, cuando ya han pasado la euforia y el gusto, y el bebedor se siente pesado y, quizá, desgraciado. Ese momento en el que los motivos que nos han llevado a beber regresan, tan fuertes, tan invencibles como al principio.

-Hace más de cinco años que no mato a nadie –respondió Galán, con voz pastosa pero clara. Hacía esfuerzos por parecer consciente, y lo conseguía. Por lo demás, su respuesta estaba claramente calculada. Luján, al identificarse, había puesto sobre la mesa una pistola. Galán, con su confesión, trataba de identificarse, demostrar quién era. Trataba de poner encima de la mesa una pistola más grande.

-Sólo quiero preguntar –informó Luján‑. Por un camarada.

Iba a pronunciar el nombre de Anselmo López, pero se detuvo. Galán se revolvió en su silla, incómodo, y luego se rió como para sí. Levantó la vista y el vaso vacío en dirección a la barra, y lo agitó. El camarero comprendió a la perfección la señal y, medio minuto después, le servía un cóctel más.

-Eso no es decir mucho –respondió Galán cuando, hecho todo eso, pareció reparar en que Luján seguía allí‑. Hoy en día todos somos camaradas.

-Usted sabe a qué me refiero.

-Pues créame usted que no –respondió, con voz ronca, Galán, y luego reprimió un eructo‑. Hay camaradas que sólo lo parecen. Cada día más, de hecho.

Luján se sintió interesado por ese giro de la conversación. De todas las tesis posibles o medio posibles en aquel crimen, aquélla en la que él personalmente más creía era en la vinculación del asesinato de Anselmo López con su condición de rojo infiltrado entre los falangistas. Y la queja de Galán, entre las brumas del alcohol, le iba a esa teoría como un guante. Al menos en teoría. Así pues, le dejó hablar.

-¿Cómo has dicho que te llamas?

-Luján.

-Luján, bien. ¿Eres del Partido?

-Sí.

-Ajá –Galán asentía como el profesor en el examen oral que recibe la respuesta correcta‑. Pero no hace mucho, si no me equivoco.

-Señor, en la guerra yo tenía…

-Ah, no, no –Galán agitó suavemente su mano derecha, como pidiendo paz‑, no quería ofenderte, chaval. Además, ¿qué sería del Partido sin sangre nueva?

Apuró el vaso, repentinamente, como si nada más hacerlo fuese a ser ejecutado.

-Porque este Partido escribe su historia con sangre. Nueva y vieja. ¿Lo entiendes?

-No estoy seguro –contestó Luján. Además de que era cierto, lo hizo para incitarle a hablar.

Galán rió de nuevo para sí antes de seguir.

-Hace quince años, los domingos por la tarde, en Recoletos, éramos apenas cuatro gatos. Ridruejo, Tovar, yo… José Antonio. ¿Sabes que José Antonio era un verdadero hijo de puta? El primer acto público al que fue, antes incluso de fundar la Falange, fue una conferencia en el Ateneo. El conferenciante se dedicó a insultar a su padre. Sacó un jodido asunto de faldas del general. José Antonio saltó desde su asiento y le arreó dos hostias. Así. Con dos cojones.

Luján no supo qué contestar o apostillar.

-Pero era un tío listo. Yo creo que lo que mejor hacía en este mundo era litigar. Por eso era tan bueno para la política, a pesar de que la despreciara.

Luján quiso decir: sin duda, era el mejor. Por varias razones, la más importante de todas, porque lo pensaba. Siempre había admirado la figura de José Antonio Primo de Rivera. Le dolía que los falangistas viejos se jactasen de su carné de nuevo cuño porque él sabía hasta qué punto habría deseado tener más edad para haber podido admirar a su líder en vida. Para él, José Antonio era la quintaesencia de la lucha por el orden en medio del caos. No le cabía duda de que España sería marxista de no haber existido él. Así pues, se sentía plenamente identificado con las palabras de Galán. Pero ahora había más cosas que palabras, y más que ideas. Él era un policía de servicio, interrogando, informalmente eso sí, a un posible testigo. Necesitaba información y, por eso, acechaba en cada palabra de su interlocutor un resquicio por el que colar alguna frase suya que le indujese a hablar de lo que él quería. Se concentraba en la conversación desde un punto de vista estratégico. Pero no por eso dejaba de sentir emoción en el centro de su pecho.

-Fue una pérdida irreparable –alcanzó a balbucear.

-Fue una pérdida evitable –le apostilló Galán, acercando mucho el rostro al de Luján, obligándole a aspirar el humor acre del oporto‑. De hecho, ahí empezó todo esto– dijo «esto» señalando con la barbilla a su vaso casi vacío.

-Señor Galán, yo no puedo…

-Tú te la agarras con la mano que te apetezca y te masturbas cuando te convenga –la voz de Galán sonó como la de un militar cabreado que canta órdenes imperiosas a una tropa castigada‑. ¿Te he preguntado tu opinión? A mí tu opinión me importa una mierda. A mí me importa una mierda la opinión de todos. Del señor Ministro Secretario General. De la Junta Política. Del Gobierno en pleno. Del puto…

Lo iba a decir. De hecho, las palabras resonaron en la cabeza de Luján como si las hubiera dicho: del puto General Franco. Pero se detuvo. Galán se detuvo. Miró con desconfianza. Hacia la barra. Luján se sintió humillado. Aquí estaba él, con su credencial de policía; una persona que, teóricamente, podía hacer una llamada y llevarse a aquel tipo a la Dirección General de Seguridad, donde le cerrarían los ojos a hostias antes de que pudiese preguntar la hora. Y, sin embargo, a Galán todo lo que le preocupaba era insultar al Generalísimo… delante del camarero.

-Esto es una conversación informal –dijo Luján, tratando de hablar despacio‑. Pero, señor Galán, le advierto de que usted está consiguiendo que sea otra cosa.

Galán lo miró como si fuera la primera vez que reparaba en él. Luego, se rió como si le hubiesen contado un chiste.

-Pero, ¡qué dices! Mira, chaval, si tú dices que yo he llamado hijo de puta a Franco y yo digo que llevas cinco minutos dando vivas a la República, podemos acabar delante de un juez, compitiendo a ver a quién cree. Tú te crees que con tus putos carnés de policía y de falangista de antesdeayer te van a creer a ti, pero, ¿sabes? No tienes ni una puta posibilidad. Tú no sabes con quién estás hablando. A lo mejor te crees que se puede ser cualquiera para merecer un despacho con vistas a la Cibeles y el Banco del Río de la Plata.

Las razones de Galán eran un setenta por ciento posible verdad y un treinta por ciento alcohol. Sólo un imbécil se la jugaría por un treinta por ciento.

-Está bien. Está bien. Entonces, hábleme de…

-Cuando éramos cuatro gatos nos iba mejor –si Galán había escuchado al subinspector Luján, no lo dejó entrever‑. La Falange se murió dos veces: una, en el cuerpo de José Antonio. Otra, en la Unificación[2].

-La Unificación nos ha hecho más fuertes –protestó Luján.

-No lo dudo –respondió Galán, asintiendo afectadamente‑. Nos ha hecho más fuertes. Pero también nos ha hecho menos nosotros.

-No entiendo.

-Pues no es difícil. Desde octubre del 38, hace ahora casi diez años pues, todos los cargos políticos de la Administración son automáticamente miembros del Partido, ¿no?

-Así es, sí –Luján conocía perfectamente la norma‑. Pero no veo qué puede haber de criticable en eso.

-Pues que no es una suma conmutativa.

-¿Una suma? ¿Qué…?

Dositeo Galán sonrió de nuevo. Parecía estar más sobrio.

-La ley podría decir: los falangistas serán los cargos políticos del régimen. Pero no dice eso. Dice: los cargos políticos del régimen serán falangistas. Y no es lo mismo.

Agitó el vaso con su única mano. A sus espaldas, Luján percibió los sonidos del trajín del camarero.

-Es difícil inventar una forma más efectiva, y más taimada, de contaminar un Partido. A partir de ahora, todo el que mande en España, aunque sólo sea un poquito –Galán hacía pucheros al decir eso y juntaba mucho dos dedos de su mano‑, será falangista. Créeme, ¿Luján has dicho? Créeme, Luján: dentro de diez años, te costará encontrar un falangista en el Partido que se haya leído, ¿qué te digo?, un par de páginas de José Antonio.

-Señor… ‑Luján trataba de hacerlo hablar pero, al tiempo, tenía que reconocer que había otros motores dentro de él para sus palabras‑, ¿acaso el régimen se ha contaminado? ¿Es que no defiende las cosas que nosotros defendemos, er…, que ustedes siempre defendieron?

El camarero llegó con el porto flip. Luján negó con la cabeza antes de ser preguntado si quería tomar algo. Dositeo Galán se echó gasolina al gaznate antes de seguir hablando.

-Luján, nosotros somos fascistas –replicó al subinspector, con tono profesoral‑. Eso quiere decir que no creemos ni en el capitalismo liberal ni en el materialismo marxista. Creemos en el individuo identificado con su patria y con su nación, parte de ella, entendido por y desde ella. Un individuo fuerte y capaz, no una mierda de tipo que todo lo fía a la confianza en una corona o en un cáliz. Éste no es un país de monárquicos adocenados y tampoco es un país de curas y monjas. Es un país de hombres libres, ahora que se ha deshecho de la chusma comunista. Libres para ser individuos y nación al mismo tiempo.

-No veo diferencia con…

-Si no la ves, amigo, es que estás ciego. Hoy los falangistas adornamos el régimen. Pero ya no somos el régimen.

»Hubo un momento, uno solo, en el que, aún muerto José Antonio, pensé que las cosas irían como se debe. Cuando mandaba Serrano[3]. Serrano sí que entendía esta misión. Mientras fue la mano derecha de Franco, la Falange avanzó, a pesar de las dificultades y a pesar de haber sido puesta en la olla junto con otros ingredientes, en la dirección correcta. Fue su inspiración la que colocó en nuestras manos la Ley Sindical y la del SEU[4]. La idea de Ledesma[5]: un país de obreros y empresarios agrupados sin distancias ni distinciones, organizados como una milicia. Ni siquiera Franco pudo impedir que las venas de España cayesen en nuestras manos. Las venas tenían que ser nuestras, porque nosotros somos la sangre. Pero cometimos un error.»

-¿Un error?

-Un error, sí. Creer en Franco. El 30 de marzo de 1940, Día de la Victoria, el sindicato falangista quiso demostrar su poder y dibujar la imagen del futuro de España. ¿Lo recuerdas?

-Debo confesar que apenas, señor.

-Aún eras joven –respondió Galán, en tono comprensivo; su mirada se había perdido en algún punto de la pared de enfrente, como si allí un proyector invisible estuviese reproduciendo la escena que evocaba‑. Miles y miles y miles de trabajadores con sus camisas azules desfilando. En España vuelve a amanecer. ¿Lo entiendes? ¡Todo lo hicimos por eso! Ese día, de verdad, ganamos la guerra. A todos. A los plutócratas, a los marxistas, a los ladrones, a los embusteros, a los envidiosos, a los pesimistas. Ese día se vio nuestra fuerza.

Dositeo Galán tosió y tuvo que reprimir un regüeldo demasiado fuerte. Suspiró antes de seguir hablando.

-Franco dijo: excelente trabajo. Franco dijo: así se hace, muchachos. Pero yo creo que ese día, ese mismo día, decidió cargarse a Serrano. Que es una forma de decir que decidió machacarnos. ¿A la Falange? No, claro. A los fascistas, que éramos quienes le molestábamos. A los fascistas, que éramos quienes estábamos organizando milicias propias, autónomas, distintas de los rebaños de borregos sobre los que gustan mandar los generalitos. A los fascistas, que teníamos el derecho, el deber y la misión de mandar en España, rehacer España.

-Señor, me resulta difícil creer eso.

-A mí me resulta difícil creer que Gregorio[6] fuese masón. ¡Vamos, que no lo creo!

Luján sintió en su interior la necesidad de protestar. Recordó fugazmente las desgracias e historias familiares que habían hecho de él un falangista (los parientes muertos sin noticia, los saqueos, la arbitrariedad de los últimos meses del Madrid republicano) y sintió que todo eso pesaba para él más que un problema de facciones.

-La Falange, señor Galán, está hoy plenamente identificada con la labor del Generalísimo.

-¿He dicho yo lo contrario? –chilló Galán, afectando sorpresa‑. ¡Por supuesto que es así! Entre otras cosas, porque las personas que pudieron haber pensado de otra forma ya no están en la primera línea.

-En primera línea siguen muchos falangistas de siempre. El propio hermano de José Antonio.

Galán asintió afectadamente, ridiculizando el gesto de darle la razón a Luján.

-Oh, sí. Desde luego. Todos muy valientes. Mira, Franco dejó las cosas bien claras en el 41, cuando cambió el gobierno y le quitó a Serrano el ministerio del Interior y se lo dio al amigo Galarza[7]. Nosotros nos dimos cuenta de la jugada y la denunciamos con lo del currinche[8]. Y entonces nos cayó la de San Quintín. Ridruejo, Tovar y Ercilla, a la mierda[9]. Pero, eso sí, la recua de valientes apoyándolos. Primito y Arrese[10] dejaron sus poltronas.

-No merecen su desprecio por eso.

-No, desde luego. Merecen mi desprecio por ser ministros casi un minuto después de haber dimitido. Y mirar hacia otro lado cuando Serrano cayó. Y olvidarse tan fácilmente de cincuenta mil falangistas caminando al Escorial desde Madrid para honrar la memoria de José Antonio.

Luján se movió en su silla, incómodo, mientras Galán apuraba un sorbo de su vaso.

-Franco -continuó, aparentemente más calmado- es un estratega. Sabe manejarnos. A los fascistas, quiero decir. Con eso le basta porque al pueblo español no le hace falta manejarlo. El pueblo está suficientemente harto, suficientemente acojonado, como para seguir a cualquier imbécil que les garantice la seguridad. Y luego Franco tiene otra cosa.

Galán eructó. Miró a Luján con gesto de inteligencia.

-Tiene suerte. Tiene la suerte del que siempre está ahí para recibirla.

-Me cuesta creer en la suerte -protestó Luján.

-Pues no te hagas franquista, porque Franco es el cabrón con más suerte del mundo. Fíjate, sin ir más lejos, en lo del general Balmes.

Luján se alzó de hombros. Realmente, no sabía de lo que le estaba hablando. A Galán aquel desconocimiento pareció divertirle.

-¿Dónde está Franco en julio del 36? Eso lo sabes, ¿no, niño?

Domando su incomodidad, Luján asintió.

-Desde luego. Era capital general de Canarias.

-Eso. Escondidito en una esquina del patio para no dar mucho por el culo. El galleguito tísico[11] ya no se fiaba de él, entre otras cosas porque ya la quiso montar en febrero del 36, como supongo que sabrás...[12]

Luján hizo un gesto tan indefinido como sus conocimientos.

-Pero Franco era la cuarta parte del Alzamiento. El Alzamiento era: Mola en Pamplona, Franco en Marruecos, Fanjul en Madrid y Goded en Barcelona. Si has atendido en las charletas que te habrán dado en el Partido, estarás añadiendo a Cabanellas y a Queipo, como mínimo. Pero, créeme: si estos cuatro hubiesen triunfado, los demás se podían haber afiliado a la FAI si hubiesen querido, que habría dado igual.

Galán dio otro trago de su vaso.

-Que lo de Madrid no iba a salir yo creo que lo sabían hasta los conspiradores. Barcelona es otra cosa. No contaban con el hijoputa de Escobar[13]. Dos de cuatro. Jodido. Por eso la guerra duró tanto. Pero Franco -la voz de Galán, repentinamente, susurraba-, no lo tenía tan fácil para alzarse.

-¿Me va a hablar del Dragon Rapide?

Galán miró a Luján con rabia.

-Tú te crees que porque te sabes la historia del Dragon Rapide ya te sabes la historia. Pues sí. Hombres de Franco y de Sanjurjo alquilaron en Inglaterra un avión para llevar a Franco de Canarias a Marruecos. Porque Franco no ganaba nada sublevando a las tropas a su mando. Necesitaba ponerse al frente de las tropas de Marruecos, sin las cuales el resultado de la guerra probablemente habría sido otro. Pero eso también lo sabía Santiaguiño el Escupesangre[14], así pues tenía a Franco encerrado en la isla de Tenerife. Como te sabes tan bien la historia -Galán hablaba con ampulsidad exagerada-, sabrás que tu General pidió en vano, varias veces, autorización para salir de la isla y realizar algunas inspecciones. El día 16, sin embargo, estaba en Gran Canaria, no en Tenerife, y acabó cogiendo el puto avión, y todo empezó.

Terminó su vaso.

-El favor se lo hizo el general Balmes. El gobernador militar de la plaza. Unas horas antes, tiene un accidente, se le dispara la pistola y se pega un tiro. Los funerales son en Las Palmas. Ni siquiera el gobierno puede negarse a que Franco acuda ‑repentinamente sonrió, como recordando algo gracioso‑. Con el nombre que tenía el finado, era como para pensar que los sentimientos de su compañero general no eran sinceros ‑volvío a ponerse serio, y a mirar directamente a Luján‑. Y eso, nene, es lo que se llama suerte. Del cementerio al aeropuerto, y que comience la guerra. Eso es suerte de la que sólo tienen los buenos, los mejores. Los demás, como nosotros, sólo valemos para la trinchera, para obedecer.

Luján se movió nerviosamente en su silla.

-La vida es una obra, señor Galán. No una trinchera.

-Yo te diré lo que es la vida –le contestó, sin apartar la vista del vaso, Dositeo Galán‑. La vida es un coche oficial mientras la gente no tiene zapatos. La vida es poder tomarte todos los putos porto flips que puedas tragar mientras media España no tiene agua corriente. La vida es ver a un tipo ponerse tu camisa azul y darte cuenta de que eres tú quien se está poniendo la suya.

Eructó de nuevo. Luján percibió el brillo en sus ojos.

-La vida es haber nacido para ver un nuevo Amanecer, y que te llamen borracho. Señor Borracho.

Luján contempló en silencio a Dositeo Galán apurar los amargos tragos de su cóctel. Se dijo que no creía en sus palabras. Pero no estaba allí para discutir hasta esas profundidades. Él estaba allí trabajando.

-¿Perdió usted la mano en Rusia?

-Ajá –concedió Galán‑. Más o menos, al mismo tiempo que tu General Franco asumía el mando de la Junta Política del Partido, ante el silencio de esos arreses y girones[15] a los que tanto admiras.

-Yo había venido aquí a hablar de Anselmo López.

-¿Anselmo López? –Galán apretó los ojos, tratando de recordar.

-Compañero suyo en la Escuadra Alcubierre. Hasta que se disolvió, después de lo del lago Ilmen.

Tras unos largos segundos de reflexión, Galán asintió.

-Exacto. Tiene usted razón. Anselmo. Excelente compañero.

-¿Y excelente falangista?

-¿En qué sentido?

-En el que usted entiende por excelente falangista.

Galán se alzó de hombros.

-No sabría decirle. Allí todos decían que eran excelentes falangistas, pero por lo menos la mitad sólo eran aventureros y desclasados.

-Pero usted ha dicho que era un excelente compañero.

-Porque lo era –respondió, con seguridad, Galán‑. Los matices políticos quedan para después en una guerra. En una guerra, el buen compañero es el que te ayuda y nunca te deja. En su caso, creo que tenía doble mérito.

-¿Ah, sí? ¿Por qué?

-Por sus manos –contestó Galán, sin dudarlo.

-¿Sus manos?

-Sus manos, sí. Manos largas, finas. Sin callos. Manos de mujer. O de hombre que nunca ha hecho trabajos duros, no sé si me entiende.

Luján anotó el detalle en su libreta.

-¿Alguna vez le dijo algo de su pasado, de dónde venía, a qué se había dedicado hasta alistarse?

-Nunca. Pero no se extrañe. Allí nadie preguntaba. Los que se conocían de antes, se conocían de antes. Y los que nos conocimos allí, nos conocimos allí. Así de simple.

-Así que no eran en especial amigos, pero él sin embargo era un buen soldado, a pesar de que usted llegó a sospechar que no había habido mucha guerra en su vida antes.

Galán se alzó de hombros de nuevo.

-Guerra sí que habría, porque la hubo en la vida de todos los de mi generación que no estaban tullidos. Me refiero a que, probablemente, su ocupación civil no era manual. Era un tipo que trabajaba con esto –Galán se dio golpes con un dedo en una sien.

-Señor Galán, usted ha sido muy sincero conmigo esta mañana. Así que le voy a hacer una pregunta muy sincera.

-Usted dirá.

-¿Cree usted que Anselmo López podría ser, o haber sido, comunista o masón antes de alistarse a la División?

Al contrario de lo que esperaba Luján, Dositeo Galán no se escandalizó ni se extrañó con la pregunta. Reflexionó a fondo sobre ella antes de contestar.

-Los camaradas del frente nos decían que tuviésemos cuidado con eso. En realidad, nos enseñaron a estar pendientes de la menor frase, de la más leve queja, como indicio de eso que usted señala. Y bien, sí, lo llegué a pensar.

-¿En serio?

-Usted no sabe lo que fue cruzar el Ilmen. Desde muchos puntos de vista. Primero, porque muchos de nosotros teníamos que esquiar o patinar sin estar acostumbrados. Segundo, porque íbamos mal pertrechados. Tercero, porque durante toda la acción estuvimos pobremente asistidos por la logística. Pero, sobre todo, por el golpe moral que supuso la acción.

-¿Golpe moral?

-Golpe moral. En el lago Ilmen fuimos a rescatar alemanes que estaban cercados por los rusos. ¿Lo entiende usted? ¡Alemanes! Para muchos de nosotros, el Ilmen fue nuestro Estalingrado. El momento en el que nos dimos cuenta, aunque no lo quisiéramos reconocer en muchos casos, de que habíamos acudido a una guerra que no se ganaría.

-Entiendo.

-Un Anselmo López empezó a cruzar el lago y otro regresó. Aparte de que el que regresó estaba malherido e inválido, moralmente era otro hombre. Los mandos tuvieron casi que aislarlo porque sus lamentos eran arengas negativas para la tropa. Recuerde, además, que era una tropa cuyos miembros estaban cayendo como chinches. Sólo lo tranquilizó algo resultar herido. Temía que lo dejásemos allí, pero, por otra parte, supongo que pensó que para él la pesadilla había terminado, de una forma o de otra.

Dositeo Galán inclinó la cabeza mirando hacia ninguna parte, como aceptando una reprimenda del fantasma de Anselmo López.

-Pero eso pasó al final. Fue entonces cuando pensé: si tanto se queja, ¿será que, en realidad, es un comunista? Pero al final. Hasta entonces, y fueron varios meses, Anselmo fue un excelente compañero.

Levantó el vaso casi vacío.

-Brindo por él –dijo, mirando a Luján, y luego fue a beberse el líquido, hasta que reparó en que el vaso ya estaba vacío. Después, se secó inútilmente los labios con el envés de la mano y, mirando al policía, dijo con serenidad‑. Ha muerto, ¿verdad?

Luján dio un respingo.

-¿Por qué me pregunta eso? ¿Qué le hace pensarlo?

-Llevaba la muerte en los ojos. Era un tipo desgraciado. Siempre midiendo las palabras con que te hablaba. Siempre, de alguna forma, estudiándote. Siempre acojonado.

Suspiró, dio un manotazo en la mesa, y se levantó trabajosamente.

-Para la tranquilidad de gentes así es por lo que empezamos todo esto. A él también le hemos fallado.

Luján agarró la muñeca de Galán. Su interlocutor entendió, y se sentó de nuevo.

-Una cosa más. ¿Le dice algo In Bello Amicitia?

-Por supuesto –contestó Galán, como si estuviese refiriendo algo obvio‑. Era el lema de unos camaradas de Salamanca que estaban en la Escuadra. Cuatro o cinco tíos. Se inventaron ese lema y se hicieron, creo… sí, unos anillos. Unos anillos enormes.

-Como éste –Luján sacó el anillo del bolsillo de su chaqueta y se lo mostró.

-¡Sí, exacto! Como éste. Pero, ¿cómo ha llegado a sus manos?

-¿Tanto le extraña?

-Desde luego. Todos los dueños de estos anillos se quedaron muertos sobre la nieve rusa. Ninguno regresó del Ilmen.

-¿Recuerda algún nombre?

Galán pensó con dificultad.

-El cabecilla, sí. Pero no era el nombre. Era el mote. Lo llamaban El Choto… Cabreras, creo. O Calleja. O Castilla. De verdad, no lo sé –iba a callarse, cuando recibió una inspiración-: espere… Cendoya, sí, Cendoya. Se llamaba Cendoya.

Luján trató de esbozar una sonrisa relajada.

-Está bien, señor Galán. Creo que eso es todo. Gracias por su tiempo.

Galán se levantó. Le tendió su mano derecha. Ambos las estrecharon.

-Y a usted, gracias por su comprensión –le dijo‑. ¿Habrá funeral por Anselmo?

-Lo dudo. Nadie ha reclamado su cuerpo.

-Me las arreglaré para que los boletines del Partido lo citen –dijo Galán‑. Al fin y al cabo, tengo mucho poder. Tanto, tanto, que no sé qué hacer con él.

Luján lo vio marcharse calle abajo, bamboleándose bajo un sol tórrido, dispuesto a pasarse el resto de su vida bebiéndose su destino.




[1] El Porto Flip era un cóctel de moda en los años cuarenta.
[2] Se refiere a la Unificación decretada por Franco antes incluso de terminar la guerra, por la cual las distintas facciones que apoyaban al bando nacionalista quedaron unificadas en un solo partido, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, que adoptó el Cara al Sol, el yugo y las flechas, el saludo fascista y algunos símbolos mixtos (la camisa azul de la Falange y la boina roja de los carlistas).
[3] Ramón Serrano Súñer, cuñado de Francisco Franco, ocupó cargos importantes en los últimos meses de la guerra, una vez que pudo escapar de Madrid, y fue luego ministro del Interior y de Exteriores, hasta su defenestración en 1942.
[4] Se refiere a las leyes de Unidad Sindical y del Sindicato Español Universitario. Ambas normas concedieron a la Falange un amplio monopolio sobre estas estructuras, lo cual fue especialmente importante en el primer caso.
[5] Ramiro Ledesma Ramos, importante dirigente de Falange.
[6] Se refiere a Gregorio Salvador Merino, que fue el primer dirigente del sindicato único falangista y, de hecho, el responsable de organizar el desfile de marzo de 1940. En 1941, durante su viaje de bodas, Merino fue acusado, al parecer por un compañero falangista, de ser miembro de una logia masónica. Fue rápidamente exonerado, pero eso no impidió que fuese exiliado a Baleares y perdiese el control del sindicato, que pasó a manos de José Luis Arrese, un «camisa vieja» que se demostró mucho más proclive al franquismo.
[7] Valentín Galarza. Galán utiliza la palabra amigo en sentido despectivo, pues era sobradamente conocido su antifalangismo.
[8] Se refiere a un artículo aparecido en el Arriba que se titulaba El hombre y el currinche, y que era una cerrada defensa de Serrano Súñer. Su autoría se atribuyó a Dionisio Ridruejo.
[9] Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar y Jesús Ercilla. Eran, respectivamente, Director de Propaganda, Subsecretario de Prensa y Director General de Prensa. Los tres fueron cesados.
[10] Miguel Primo de Rivera y José Luis Arrese dimitieron, respectivamente, como gobernadores civiles de Madrid y Málaga.
[11] Se refiere al presidente del gobierno, Casares Quiroga, gallego como Franco y del que se decía estaba enfermo de tuberculosis.
[12] Se refiere al intento por parte de Franco de convencer al gobierno de que declarase el estado de guerra tras las elecciones que ganó el Frente Popular.
[13] El teniente coronel Escobar colocó a la guardia civil de Barcelona del lado de la Generalitat y la República, desequilibrando definitivamente a su favor los enfrentamientos del 19 de julio.
[14] Casares.
[15] José Antonio Girón de Velasco, también falangista desde los inicios del Partido. En los tiempos que relata Galán, era ministro de Trabajo.