sábado, agosto 07, 2010

Folletín de verano (9)

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A la mañana siguiente comenzó el mes de julio y comenzó el verano. Hasta entonces, el calor había sido agobiante, pero no tórrido. Sin embargo, esa mañana el sol comenzó a castigar las calles de Madrid, éstas comenzaron a acumular temperatura y el aire se paró. Los subinspectores Luján y Azpíriz condujeron parsimoniosamente hacia Vicálvaro, acompañados de un furgón policial donde iban los uniformados que les ayudarían en el registro del domicilio de Anselmo López Trujillo, autorizado por el juez instructor de la causa de su asesinato. Condujeron con las ventajas bajadas y recibiendo bocanadas de aire ardiente dentro del cubículo del auto, hirviendo él mismo bajo el sol por ser de color negro.


Al llegar a la casa, la policía se desplegó con presteza. La casa de Anselmo López estaba, como se les había descrito, dentro de una colonia de casas bajas, edificios de apenas dos o tres pisos con largos pasillos exteriores que conectaban, en cada planta, unas viviendas con otras. Modernas corralas obreras. Nadie salió a curiosear. Llevaban los policías minutos dentro del domicilio designado y en la calle, pocos metros más abajo pues López vivía en un primer piso que era casi una entreplanta, apenas había curiosos, y la mayoría de ellos eran niños. Ya les habían dicho que en aquella zona paraban un montón de gitanos y esperaban su huida, como poco su indiferencia. Luján dio orden de llamar a las puertas y pedir razón del hombre asesinado. Ocurrió lo que los policías, casi todos ellos maduros funcionarios experimentados en lugares así, le anunciaron con susurros: nadie sabía de él, nadie había hablado con él. Nadie lo había echado de menos. Nadie sabía si dormía todas las noches en su casa o faltaba temporadas. Nadie sabía si le faltaba la cabeza o le colgaba un tercer brazo de la espalda. Incluso preguntaron a los sucios niños semidesnudos de la calle. Pero también ellos habían aprendido a callar tan jovencitos.


-No conseguiremos nada sentenció uno de los policías más veteranos, mientras se acercaba a los subinspectores encendiendo un cigarrillo para darse un asueto-. Puede usted creerles, señor subinspector. Cuando dicen que no lo conocían, no mienten. Esta gente bastante tiene con tener para sobrevivir como para hacer vida social.


-Entremos en la casa ordenó, con rabia, Carlos Luján.


La casa tenía tres piezas. Tras la puerta de la calle, un salón donde había un sofá desvencijado y un sillón maloliente, a todas luces rescatados de la basura. Un centro de mesa donde todavía reposaba un cenicero repleto de colillas fumadas hasta la última hebra. Algunas eran picadura, otras eran cigarrillos liados; por ese detalle, Luján y Azpíriz concluyeron que Anselmo López fumaba lo que otros tiraban al suelo. En un extremo de la pieza, a la izquierda según se entraba, había el recuerdo de una cocina de carbón, mugrienta pero con trazas de haber sido usada recientemente. En ese mismo lado izquierdo del salón, al final de él, estaba la puerta que parecía conducir a un armario pero, en realidad, llevaba a un excusado. Una letrina turca en la que López hacía sus necesidades y, a juzgar por un cubo colgado de la pared de la pequeña estancia, también se lavaba. La casa la completaba el dormitorio, o así llamaron a la pequeña estancia que terminaba la casa, con una pequeña ventana que daba a un secarral tras las viviendas, donde había un camastro, un armario de reducidas dimensiones (parecía el ropero de un enano) y un escritorio con costurones de barniz que le quedaban, también rescatado de la basura.


Los tesoros de Anselmo López aparecieron todos en este último mueble, que tenía dos cajones medio atascados. Eran, por orden de extracción: su medalla al valor, excelentemente bien conservada: en aquella casa nada merecía ser limpiado, pero a todas luces su dueño pulía la medalla muy habitualmente; una foto en la que se veía a un hombre joven, bien vestido con un terno inglés y corbata ancha, posando junto a otro de mayor edad, con levita y chistera y unas luengas barbas negras, ambos con el inicio de la Gran Vía al fondo, foto que tenía en el envés un garabato que parecía ser una firma; y un papel con una anotación a lápiz: RiP 203.


Luján y Azpíriz invirtieron un tiempo especial en el análisis de la foto. El hombre joven podía ser cualquiera; pero la levita y la chistera eran, a todas luces, vestimentas de postín y de ocasión: el hombre barbado de la derecha de la foto tenía que ser alguien que, en el momento de la instantánea, fuese o viniese de algún lugar de cierta importancia. De hecho, en los siguientes cuarenta años Carlos Luján conservaría esa foto y la analizaría muy a menudo, incluso tratando de cotejarla con retratos de diferentes épocas aparecidos en la prensa, pero muy especialmente los años treinta. La razón de ello reside en que los forenses apostaban por que Anselmo López había muerto teniendo una edad mediana, y tanto Luján como Azpíriz estuvieron de acuerdo, desde el primer momento, en considerar que el hombre joven de la foto tenía que ser él; de otro modo, no tenía explicación que la conservase.


Si Anselmo López tenía en 1948 unos cuarenta años de edad y el hombre de la foto parecía tener unos veintipocos, entonces esa foto, con mayor probabilidad, estaba hecha entre 1930 y 1935. La imagen, por otra parte, estaba tan sobada y gastada que resultaba difícil, cuando no imposible, sacar conclusiones más precisas de edificios o vehículos incluidos en el foco del fotógrafo quien, en cualquier caso, probablemente estaba situado justo frente a la entrada del Palacio de Correos. La única vía de investigación, pues, era el hombre de las barbas. Tratar de reconocerlo.


In Bello Amicitia, es decir la afición por el latín que parecía demostrar la persona o personas implicadas en aquel asunto, les llevó directamente a Requiescat in Pace, Descanse en Paz. O sea: Descanse en Paz, 203. El muerto 203. Aquello sí que era una referencia más concreta.


-¡Joder! exclamó Luján, tras estudiar el papel- ¡Esto es una referencia en clave! ¿Lo ves, Azpíriz? Aquí hay algo más que el asesinato de un Don Nadie.


-No creo que sea suficiente para Rebollo contestó Azpíriz, con voz desanimada.


-Puede. Pero tenemos un hilo de qué tirar. Si esta gente ayudase un poco, aunque sólo fuese un poco…


Dos días. Una tesis. Luján recordó. Se dijo: no se trata de que sea mi primer caso, mi responsabilidad. Se trata de que aquí hay algo. Un muerto que recibe un tiro en la garganta y le cortan las manos. Ahora sabemos que ese muerto no tiene nada en su casa de su pasado. Apenas una foto, una medalla y una extraña anotación. Ni una carta, ni una foto. Ni una partida de nacimiento, ni una imagen de su pueblo, ni un objeto querido. Un tipo decidido a desaparecer del mundo, a llevar una existencia rastrera y subterránea… ¿por qué? La respuesta es de RiP 203, del muerto 203.


Una confraternidad extraña, un hombre sin pasado. Y un muerto muy especial.


Pero sólo dos días para poder sostener una tesis.


Luján bufó, ahuyentando sus pensamientos, y salió abruptamente de la vivienda. Parpadeó cuando el sol lo abrumó en la terraza corrida más allá de la puerta. Se dirigió al uniformado más cercano, señalando la puerta contigua.


- Tú, ¿hemos preguntado ahí?


-Por supuesto, subinspector. Un matrimonio y un niño.


-¿Gitanos?


-No sabría decirle. Sucios.


-Llama otra vez.


-No creo…


- ¡Que llames otra vez, me cago en Dios!


El policía obedeció. La puerta se abrió enseguida: probablemente, el atemorizado matrimonio estaba escuchando tras de la puerta. Antes de terminar de abrir la hoja de la puerta, el niño, apenas de tres o cuatro años, ya estaba llorando, mirando a los policías apenas con un calzoncillo puesto, con un abundante y sucio pelo rizado que parecía gris.


-Sal afuera le ordenó Luján al marido, que se había puesto una especie de pantalones rajados y llevaba una camiseta de tirantes.


-Señor policía, yo…


-¡Que salgas fuera, coño!


El hombre miró a su mujer, como si pudiera leer en el rostro de ella alguna lógica para lo que estaba ocurriendo. Luego se limpió las manos en los laterales del pantalón, como si fuera a estrechárselas a alguien, y salió a la luz. Nada más pararse delante del subinspector, éste le dio un bofetón. Luego dejó la mano donde había terminado y esperó a que el hombre comenzase a incorporarse para lanzar otro latigazo en sentido contrario; notó el envés de su mano chocando con su pómulo.


La mujer ahogó un grito. En niño gritó algo que quizá quería decir ¡Papá!, y gritó todavía más.


-¿Quieres también que te dé una patada, eh? ¿Quieres una patada, cabrón?


Con el rabillo del ojo, Luján sintió a Azpíriz acercarse a él. Se volvió hacia ese lado y se enfrentó con el rostro asombrado de su compañero.


-Oye, Luján, ¿tú sabes…?


-¡Que te calles, tú también! se volvió de nuevo hacia el hombre-. Te he preguntado que si quieres una patada.


El hombre estaba ya arrobado por las lágrimas. Con las manos y el rostro bajos, espió medio segundo a su hijo, que lloraba como si le estuviesen quemando las plantas de los pies, y negó con la cabeza.


Luján le acertó en medio del estómago.


-¡Pues habla, hijo de puta! ¡Habla, me cago en Dios!


-¡No sabe nada, señor Policía, no sabe nada! La mujer se había adelantado, entre llantos y suspiros, y se había tirado de rodillas frente a Luján.


El subinspector le cruzó la cara dos veces, de dos precisas bofetadas. El hombre empezó a llorar sin disimulo.


-¿No sabéis nada? ¿Nada? ¿Vivís al lado de un tipo y ni siquiera sabéis a qué hora llega a casa, a qué hora se va? ¿No sabéis si siempre está solo, si alguna vez lo visita alguien?


Dio tres pasos hacia delante. El primero fue más bien una patada, para apartar al hombre que estaba arrodillado en el suelo, tratando de proteger a su mujer.


-¡Esto es lo que os espera a todos! ¡A todos! Le gritó a la mañana-. Un registro a fondo, casa por casa, y una mano de hostias para el que no tenga memoria. Y al que le encuentre algo, al que le encuentre cualquier cosa con pinta de ser robada o algo que me haga pensar que es un ladrón, un rojo o las dos cosas, me lo llevo gratis al hotel de la Puerta del Sol1 a que le hagan una cara nueva, y después a Carabanchel. Y las mujeres, y los niños, no le volvéis a ver en la puta vida, ¿estamos?


Regresó de dos zancadas junto al hombre y la mujer arrodillados y sollozantes. Pedían perdón, angustiados. Lo vieron llegar y juntaron las manos, como rezando, y le pedían perdón, señor policía, perdón.


Él agarró al hombre de los pelos. El tipo gritó, sabiendo lo que venía. Un chillido infantil partió la mañana.


Todo el mundo habló de la misma persona. La Luci. Una inquilina de la casa. Todas las mañanas caminaba un par de kilómetros para tomar una camioneta que la llevaba a Madrid; es lo que hacían casi todos los que tenían trabajo. Pero Luci tenía unos horarios muy raros. Lo mismo salía con los demás, en la mañana, que pasaba la mañana durmiendo y se marchaba por la tarde, o incluso por la noche, antes de cenar. Esa mañana no estaba allí. Pero lo que todo el mundo coincidió en decir es en que era lo más parecido a una amiga que tenía Anselmo López. En las noches de verano, cuando las gentes sacaban sus sillas a la calle y pasaban las horas hasta la madrugada charlando, ellos colocaban las suyas en el campo de atrás de las viviendas, como tratando de distinguirse o alejarse de los demás. Por lo demás, entre ambos existía cierta corriente de solidaridad. No pocas veces que los parroquianos habían visto llegar a uno, le habían observado desplazarse a la vivienda del otro y recibir en la puerta algo de comer. De alguna forma, ambos se ayudaban. Sin embargo, la mayoría de los interrogados, excepto tres o cuatro especialmente temerosos de las palizas, dijeron no creer que fuesen pareja.


Luján dejó a un funcionario allí, con orden de esperar a que apareciese aquella mujer y llevársela a la comisaría, y decidió volver a Madrid.





1 Se refiere a la Dirección General de Seguridad, entonces alojada en el actual palacio de la Comunidad de Madrid.