sábado, julio 31, 2010

Folletín de verano (3)

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Eran poco más de las ocho menos cuarto de la mañana cuando el subinspector Carlos Luján entró en Homicidios. En la última media hora había vuelto a llover y él estaba empapado y todas sus ropas apestaban al universo en el que había orbitado durante toda aquella noche. Él, sin embargo, ya no percibía el mal olor, hasta ese punto se había acostumbrado.

La sala estaba vacía. Luján la cruzó cuan larga era, desde la entrada que a la derecha tenía la puerta que daba al espacio del comisario Ramos hasta el otro extremo, donde estaban las tres mesas del Infierno. Se sentó en la suya, acercó la olivetti y comenzó a teclear un atestado. Con lenguaje preciso, fue describiendo la situación en la que fue encontrado el cadáver y, omitiendo las largas negociaciones previas y los padecimientos de policías y forenses, las medidas que se tomaron para desenterrarlo. Seguir escribiendo después le ayudó a pensar.

Una persona de mediana edad, tirando a joven probablemente, fue asesinada y, con posterioridad, arrojada a un montón de basura de un vertedero para luego recibir la carga completa de un volquete, cuando menos, de nueva basura. ¿Por qué estaba muerto cuando fue arrojado al vertedero? Porque el asesino le cortó las manos y, tras desenterrar el cadáver, se observaron muñones totalmente coagulados y escaso goteo de sangre alrededor. Esto indicó claramente que el cadáver no sangraba por sus muñecas cuando fue arrojado a la basura. Más aún, que fue asesinado lejos del vertedero, quizá en otro lugar remoto, quizá en el vehículo con el que luego fue transportado a la montaña de basura.

Las lesiones y abrasiones provocadas por un tan elevado peso sobre el cuerpo dejaron el rostro prácticamente irreconocible lo cual, en conexión con el hecho de que las manos fuesen cortadas, abona la hipótesis de que el asesino no quería que se conociese la identidad del asesinado. La víctima estaba indocumentada. Bueno, en realidad no sólo no llevaba identificación, sino que no llevaba nada en absoluto; ni dinero, ni cartera, ni una puta lista de la compra. Evidentemente, sus bolsillos fueron saqueados, probablemente con la misma intención de esconder su identidad a futuros testigos de la muerte. Evidentemente, ese saqueo no fue post mortem. ¿Por qué? Pues porque el fallecido escondió en sus calzoncillos un anillo. Un intento bastante claro de dejar una pista desesperada sobre sí mismo. Por lo tanto, el muerto no sólo conocía la intención de ser asesinado, sino que conocía la intención de no ser reconocido después de muerto.

El anillo. In bello amicitia. Amistad en la guerra. La hipótesis más lógica, un anillo de camaradas del ejército. Sin embargo, no llevaba distintivo de ningún arma, regimiento, división o similar, ni inscripción alguna que indicase fechas, batallas, etc.

Fin del informe.

¿Fin del caso?

Carlos Luján suspiró. Pensó, desconsolado, que del trabajo de los forenses poco cabría esperar. Aquel ni era un caso que llamase a poner toda la carne en el asador, ni tampoco había por dónde. Releyendo sus notas, Carlos Luján se dio cuenta de que no tenía nada. Arma, motivo, oportunidad. Los tres elementos de un crimen. Hay dos tipos de crímenes, le habían explicado durante su graduación: los que se resuelven y los que no se resuelven. Los primeros son así porque de ellos se conoce o el arma, o el motivo, o la oportunidad. Los segundos son así porque de ellos no conoce ninguna de las tres cosas. Y luego están los crímenes que se resuelven por cojones, porque sí. Pero éste no era de ésos.

Luján se dijo: ¿con qué arma fue asesinado el muerto? ¿Por qué motivo? ¿Aprovechando qué circunstancias? No tenía respuesta para ninguna de esas preguntas. Sólo tenía un anillo y un lema en latín escrito en él. Empezó a coquetear con la idea de que el juez de guardia tuviese razón.

Poco a poco, consiguieron dar las nueve y los policías de la comisaría, como respondiendo a un resorte, fueron incorporándose a la sala poco a poco. Todos ellos, antes de sentarse y comenzar a trenzar la primera mañana con conversaciones insulsas, cigarrillos y alguna risa, le dedicaban una mirada desaprobatoria. Algunas veces, los ojos viraban hacia la sorna y algunas gotas de desprecio. Carlos entendía. Sin más información que la que ofrecía su aspecto y su olor, que probablemente se percibía de bien lejos, la mayoría daba por hecho que había sido objeto de una novatada y que había reaccionado como un auténtico imbécil, obedeciendo en una noche tan terrible. Luján les dejó pensar. Repasaba su informe, una y otra vez, preocupado por si habría cogido la redacción, algo que el comisario Ramos parecía interesarle mucho.

Sonó su teléfono. Lo cogió y, antes incluso de contestar, escuchó la voz de Laura.

-¿Carlos?

-Sí… sí, soy yo, cariño.

-¿Qué ha pasado? ¿Estás herido? ¿Tengo que…?

-Tranquila, cariño, tranquila –le cortó él, no sin trabajo‑. Estoy bien, estoy perfectamente.

-Pero… ¡no has vuelto a casa!

-Ya, ya lo sé. No he tenido tiempo. Tenía prisa por hacer el informe, ya sabes. Aún no sé…

-Carlos, Carlos. ¿Sería mucho pedirte que si vas a pasar la noche fuera de casa, me llamaras?

Luján se dio cuenta de que estaba apretando el teléfono con demasiada fuerza. Tenía delante de sí al comisario Ramos, tres o cuatro metros más allá, mirando como el maestro que mira al alumno pillado in fraganti en una grave falta. Asintió con la cabeza, sin palabras. El inspector Ramos se fue hacia su despacho, no sin hacerle un gesto con la cabeza que, a todas luces, significaba que le fuese a ver en cuanto colgase.

-Cariño, estaba… no sé muy bien, pasado Carabanchel, pasado el fin del mundo. Además, no quería asustarte con un timbrazo a las cuatro.

-Carlos…

-Es mi trabajo, cariño –zanjó él‑. Ahora, éste es mi trabajo. Tendremos que acostumbrarnos.

-Dirás que tendré que acostumbrarme yo –respondió, con voz inusitadamente grave, Laura. Lo siguiente que oyó fue el clic de la comunicación cortándose.

Carlos Luján se quedó un rato mirando el teléfono, quieto y mudo, después de colgar. Pensando en nada y en todo. Lo sacó de esa ensoñación la voz de un compañero que pasó junto a su mesa.

-¡Por Dios, Luján! ¡Cómo vienes a trabajar con esta peste!

-Horas extraordinarias –contestó él, sin demasiadas ganas de explicarse más‑. Tengo que ir a ver al comisario.

Mientras atravesaba la sala, casi sentía las miradas posadas sobre él, y se sabía el objeto de los cuchicheos que apenas conseguía percibir.

En el despacho del comisario, ardía ya la escudilla de alcohol, así pues el ambiente estaba ya enrarecido con ese olor tan especial.

Ramos lo miró de hito en hito. Su rostro casi no demostró emoción alguna.

-Luján, ¿usted se ha visto?

-Pido disculpas, señor –comenzó ‑. Me gustaría haber pasado por casa a cambiarme, pero quería terminar mi informe pronto.

Le alargó los papeles.

-Espero haber dado con la redacción.

Durante los siguientes dos o tres minutos, el inspector Ramos se aplicó a una a todas luces desapasionada lectura del informe de Carlos Luján. Lo recorrió de principio a fin y, después, pasando y volviendo a pasar páginas, pareció fijarse en tres o cuatro detalles concretos, pero Luján no fue capaz de imaginarse cuáles.

Sólo se permitió el primer gesto después de todo aquel dilatado repaso. Y el gesto fue un rictus de la boca, indudablemente de desprecio.

-En fin, para ser un primer caso, se estrena usted malamente.

-¿Perdón, señor?

-Pues que ha pasado usted una noche de su vida en unas condiciones no muy cómodas, y todo por un don Nadie y un crimen de poca monta.

Luján tragó saliva.

-Discúlpeme, señor comisario, pero, ¿en qué se basa para decir que tanto el crimen como el muerto son de poca monta?

Ramos clavó en él dos ojos fríos antes de hablar.

-Por muchas cosas que tienen que ver con una experiencia que usted no tiene, y yo sí.

-En modo alguno he querido decir…

-Y, quizá, porque este hombre tiene todo el aspecto de ser un mendigo. Aspecto que será bastante más que aspecto dentro de seis o siete horas, tiempo tras el cual, puede usted apostárselo sin miedo, no tendremos sobre la mesa la denuncia de la desaparición de ningún buen ciudadano.

-Ya, pero…

-No podemos saber quién es. No hemos encontrado ni una pista en el lugar del crimen. No hay testigos. Hombre, sabemos el arma. Pero vaya arma, dos mil kilos de mierda.

-Con permiso, comisario, si ve usted el informe…

-Si veo el informe averiguaré que no lo mataron en el vertedero, sí. Pero, ¿cambia eso las cosas?

-Yo creo, señor…

-Lo que usted crea no tiene valor. Tiene valor lo que sepa.

Luján se miró la punta de los zapatos. Se preguntó si sería capaz de preguntar lo que estaba pensando.

-Con todos los respetos, comisario, las pruebas y certezas antes son hipótesis.

Ramos entornó los ojos, como midiéndolo.

-Cierto. Por eso tenemos que ser, ¿cómo diría? Económicos.

-¿Económicos, señor?

-Económicos. Cada caso que investigamos es como tirarse a un río. A veces el río lleva agua, y a veces no. A veces hay que tirarse al río aunque no queramos, porque el interés en el caso es muy grande. Que no es el caso, ¿está usted de acuerdo?

Luján asintió torpemente.

-Cuando no tenemos esa presión, debemos pensar que tenemos que tirarnos a muchos ríos. Así que tenemos que ser económicos. Selectivos. Luján, si el río no lleva agua, y yo le aseguro que no la lleva, sus hipótesis no le van a salvar de un buen batacazo.

Le tendió el informe. El subinspector lo recogió y, después, trató de pensar de prisa.

-Señor, señor comisario –terminó por decir‑. Créame que no se trata de que haya sido mi primer caso. Aquí hay algo… inquietante.

-¿Inquietante?

-Inquietante, señor. Alguien quiso claramente que el muerto no fuese identificado y el muerto, a todas luces, ha intentado lo contrario escondiendo su anillo.

Ramos se echó hacia atrás en su silla y abrió los brazos, mostrando las palmas de las manos.

-¿Y?

-Piénselo, señor. El muerto esconde un anillo en sus calzoncillos para ser identificado. Los anillos se llevan en los dedos de la mano. Quizá no sólo sabía que iban a matarlo, lo cual ya es un dato. Sabía, además, cómo.

Ramos se alzó de hombros.

-Luján, la inmensa mayoría de los asesinados saben por qué lo son, y cómo lo van a ser. ¿Qué hay de extraño en ello?

-Pues que es un extraño mendigo, señor. Un extraño hombre sin presente ni futuro, asesinado por cualquier pendencia o negocio ilegal. Extraño, sí, porque se ha atrevido a esperar de nosotros una actitud diferente a…

Sintió que si seguía, traspasaría de verdad la frontera de lo correcto. Por eso, le sorprendió la naturalidad con que Ramos le ayudó.

-… ¿la nuestra, Luján?

-Sí. Sí, señor. A eso me refería.

-Traiga ese informe otra vez –respondió el comisario, exhalando un suspiro.

Volvió a leerlo, invirtiendo algo más de tiempo en ello. Cuando volvió a levantar la vista, su rostro era de nuevo pétreo.

-Se irá usted a casa ahora mismo –le dijo mientras le devolvía los papeles‑. Así no se puede estar en esta comisaría. Además, su gesto es totalmente inútil. Todo lo que usted tiene en este momento es el trabajo de los forenses y éstos, al revés que usted, en cuanto hayan dejado el cadáver se habrán ido a ducharse y a dormir. Haga lo mismo que ellos y, después de comer, pásese por el Anatómico.

-Gracias, señor.

-Gracias, no. Si mañana no tengo encima de mi mesa antes de las tres un informe con alguna novedad significativa, el caso está cerrado, ¿estamos?

-Entendido, señor comisario.

El regreso a casa sirvió para tranquilizar la inquietud de Laura, tanto que apenas protestó por el deplorable estado que presentaban las ropas de su marido. El subinspector pasó casi cuarenta minutos bajo la ducha, tratando de arrancarse la peste de la noche anterior en el vertedero. Al salir del baño, Laura lo estaba esperando con una tortilla francesa. La devoró con avidez y, después, se bebió tres tazas de café. Después de eso, besó la mejilla de su mujer, cerró la puerta del dormitorio y cayó sobre la cama a peso. No había tenido tiempo de pensar en su reciente conversación con el comisario y ya estaba dormido.

Obediente y cumplidora, Laura le despertó a las tres de la tarde. El tiempo había cambiado y el sol entraba a raudales por la ventana, anunciando el futuro verano con una convicción que hacía la atmósfera de la habitación pesada y difícil. Desde el salón, Carlos Gardel cantaba un tango acompañado de violines.

-Me parece imposible que tenga que irme a hablar de un muerto –le dijo Luján, más al techo de su dormitorio que a su propia mujer.

-Tú lo dijiste –le contestó, zalamera, su mujer, mientras cepillaba sus pantalones‑. Ahora, éste es tu trabajo.

Tomó un autobús para llegarse al Anatómico. Una vez allí, preguntó por Beirán o Margal y, cuando le informaron de que era Beirán quien estaba, se sintió aliviado. Prefería, a todas luces, al tipo con lejana pinta de pueblerino. Se saludaron casi como si fueran amigos.

-No esperaba volver a verte.

Luján sonrió.

-Por lo que veo, piensas lo mismo que mi jefe respecto de este caso.

El forense se alzó de hombros.

-¿Qué quieres que piense? No creas que no he buscado pruebas, señas, algo. Tan sólo el anillo ése en el que confías tanto. He buscado antojos, defectos. Nada. Sólo una lesión enorme en la pierna derecha.

-¿Una lesión?

-Una lesión con su cicatriz, sí. Este tipo no debía de andar muy bien.

-Pues eso ya es algo.

Beirán lo miró con un deje de incredulidad y, después, se echó a reír.

-Pero, subinspector, tú, ¿dónde has estado en los últimos veinte años? Estamos en 1948, ¿no? ¿Tú te haces cargo de cuántas personas en Madrid tienen heridas parecidas?

-No sé –se defendió, débilmente, Luján‑. Por menos que eso hay mucha gente que es mutilada de guerra. Y habrá registros, ¿no?

Beirán negó con la cabeza, cómo dándolo por imposible.

-Por supuesto que hay registros, señor subinspector. Pero estamos hablando de un tipo con la fea herida de un tiro a mitad de muslo. ¿Cuántos habrá de ésos? A todos les tendrás que ir a preguntar si están muertos o vivos. Oiga, señor –Beirán construyó un teléfono con su mano derecha y se lo aplicó a la oreja derecha, poniendo voz de falsete‑, aquí la policía; ¿podría confirmarnos que sigue vivo?

-Yo…

-Ah, bueno. Y todo eso, contando con que sea un mutilado de guerra. Ya me entiendes…

-No mucho.

-¡Joder, qué día llevas! Luján, la mitad de los cojitos por balazo no son mutilados de guerra. No pueden serlo porque el tiro que los dejó cojos se lo dimos nosotros, ¿entiendes?

Luján comprendió. Era como buscar una aguja en un pajar. Y todo eso sin contar con que la paja roja estaba dispersa por el campo.

-Quiero ver el cadáver.

-Quieres perder el tiempo.

-A eso he venido. A perder el tiempo.

Entraron en una sala helada. Era amplia, descuidada. Alicatada de blanco demasiado tiempo atrás. Había ocho camillas enfrentadas en dos filas de cuatro. Pero sólo en una se distinguía el bulto de un cadáver. Por debajo de la sábana blanca sobresalía un pie y en el dedo gordo de ese pie alguien había colgado un cartelito que decía: desconocido. Beirán desenganchó dos gruesos cinturones que ceñían la sábana al cuerpo y a la camilla, y levantó ésta. Ante Luján se presentó el cadáver destrozado del hombre que habían desenterrado de la basura la noche anterior. El subinspector sintió una nausea pero, afortunadamente para él, había comido poco y hacía bastantes horas. Beirán le pasó un brazo por los hombros y apretó levemente, como tratándole de dar fuerza. Lentamente, Luján se sintió bien, lo suficientemente bien como para poder examinar a fondo el cadáver.

El trabajo del asesino y de las toneladas de basura había sido concienzudo. Cualquier signo que pudiera tener aquel cuerpo antes de haber sido aplastado era ya prácticamente irreconocible.

-¿Alguna herida además de las propias del aplastamiento? –preguntó Luján, sin dejar de escrutar el cuerpo a la búsqueda de inspiración.

-¡Ah, sí! En esto tenías razón. Un tiro –informó Beirán, solícito y desapasionado‑. En la tráquea. Traspasando la carótida. Mortal de necesidad.

-Así pues, la secuencia de los hechos es: recibe un tiro en la garganta y muere.

-Desde luego. No creo que llegase ni al primer golpe.

-Ajá. Muere y, luego, alguien le desfigura el rostro golpeándolo con algo contundente y le corta las manos y, cuando todo eso ya ha hecho su efecto y ha sangrado lo que tenga que sangrar, lo llevan al vertedero y lo entierran.

-Eso es –concedió el forense‑. Todo esto, con las pruebas que tenemos, permite estimar que a este tipo lo tenían que haber matado a lo largo de la tarde de ayer, digamos entre las cinco y las nueve.

-Muy seguro te veo.

-Ahora mismo hace, según esta hipótesis, unas 24 horas de la muerte –el forense consultó su reloj mientras hablaba‑. Un cuerpo muerto empieza a mostrar rigidez y lividez más o menos pasado ese periodo. Durante las ocho primeras horas tras la muerte, la cara y las manos están frías, pero el resto del cuerpo está caliente. A este tipo pudimos tocarlo a eso de las cinco de la mañana y ya estaba frío. Así pues, las cuentas son: no había podido morir más tarde de las cinco de la mañana menos ocho horas, es decir las nueve de la noche, porque ya estaba frío. Pero no pudo morir antes de las cuatro o las cinco de la tarde de ayer, porque es ahora cuando empieza a estar rígido.

Luján se irguió y escrutó el rostro relajado de su interlocutor.

-Hay que reconocer que no es mucho.

-¿Mucho? ¡Nada, diría yo! Sabemos que estamos ante algún tipo de venganza o ajuste de cuentas. Pero nunca sabremos más, te lo apuesto.

-¿Y la herida de la pierna?

Beirán, con un bufido, le enseñó una enorme cicatriz en la pierna derecha, a medio camino del muslo. Lo recorría de parte a parte como un valle profundo.

-No tiene nada de especial, subinspector.

-¿Tienes algo para mirar más de cerca?

-¿Una lupa? –protestó, más que preguntó, el forense‑ ¿Qué te crees ahora, Chelo Joms?

-Beirán –Luján sintió arder sus tripas mientras hablaba entre dientes‑, dame una puta lupa. Ahora.

Beirán desapareció de la sala sin decir nada. Volvió con una lupa de considerables proporciones y se la ofreció desganadamente al subinspector. Luján la tomó y comenzó a escrutar la herida. Trató de recordar otras cicatrices. Su abuelo, que había vivido toda su vida en el campo sin abandonarlo, solía expresar su enorme temor por las cicatrices porque, decía, una herida ya nunca deja de ser una herida, así pues siempre se puede volver a abrir. No obstante, no logró ver nada que excitase su curiosidad. Abandonó la cicatriz y comenzó a escrutar el cuerpo. Escuchó a Beirán bufando de impaciencia a sus espaldas.

Al llegar a la cabeza, decidió incorporar el cadáver para observar su espalda. Le pidió a Beirán que sujetase el cadáver, cosa que el forense hizo con desgana. En la espalda no encontró nada pero, cuando iba a abandonar la inspección, algo pasó por delante de sus ojos que le hizo detenerse.

-¿Qué pasa? –preguntó el forense, claramente interesado en dejar de aguantar el cuerpo a pulso.

-Pongámoslo boca abajo.

Beirán no protestó. A estas alturas, se dijo Luján, ya se ha hecho a la idea de que soy un terco. Cuando el muerto estuvo boca abajo, Luján pudo ver bien, bajo los focos, lo que le había llamado la atención.

-Beirán, ¿son normales esas orejas?

La pregunta era retórica. No podían serlo. Las orejas del muerto carecían de lóbulo, lo cual tampoco dice nada porque hay muchas personas que no los tienen; sin embargo, lo más vistoso era que, en ambos casos, faltaban trozos del arco superior.

El forense había tomado la lupa y escrutaba en silencio.

-Joder, la hostia. Vaya tipo –masculló.

-¿No buscabas una marca de nacimiento?

-Esto no es de nacimiento –contestó el forense, sin dejar de mirar.

-Coño, ¿quién se detendría a recortarle las orejas a un asesinado? Parece un crimen ritual.

-Esto no pasó ayer –respondió el forense.

Luego se irguió, miró a Luján y musitó.

-Espera aquí un momento.

Y salió de la sala.

Diez minutos después, los dos patólogos de guardia y uno más que estaba allí, quizás esperando su turno o demorado en la salida, estaban inclinados delante del cristal de aumento, musitando palabras técnicas, afirmándose y negándose unos a otros. Pero llegaron a un consenso. Cuando se alzaron, parecían satisfechos como alguien que hubiese desenmascarado a un escurridizo ladrón.

-La oreja está recortada–informó Beirán, casi pletórico.

Luján sintió en su estómago el peso de la decepción.

-Con todos los respetos, no necesito tres opiniones para saber eso.

Uno de los dos forenses que habían acompañado a Beirán, un hombre bajo y con una poblada barba negra, se adelantó hacia Luján, moviendo con aspavientos las manos.

-¡Eso es faltarnos al respeto, señor!

-No he pretendido...

-¡Y qué importa lo que pretendiese! ¡Esto es ciencia, señor! ¡Ciencia! Hasta lo obvio debe ser discutido.

Luján y Beirán cruzaron miradas. El subinspector, a pesar de que el forense y él tampoco se conociesen demasiado, logró leer en sus ojos que estaba delante de alguien importante. Por lo menos importante para el cuerpo de forenses.

-Le ruego me disculpe –susurró el policía.

-Y más vale que lo haga –respondió el hombre barbado, con orgullo‑. De lo contrario, va a tardar usted mucho tiempo en saber qué causó ese recorte en la oreja.

-Le ruego que me disculpe de nuevo.

El hombre de las barbas pareció sentirse satisfecho, y miró a Luján con expresión benevolente.

-Fue el frío, señor subinspector. El General Invierno.

-¿El… el frío?

Los tres médicos asentían en silencio.

-Gangrena por causa de frío, señor. ¿Sabe usted lo que es una gangrena?

Luján se alzó de hombros.

-Poca cosa. Lo he leído en novelas de aventuras. A alguien se le producía una herida, a menudo en la pierna, eso se complicaba y…

-La carne muere. Necrosis –el hombre de las barbas sonreía al pronunciar la palabra como si estuviese pronunciando el nombre de una mujer bonita‑. La muerte se adelanta, en años incluso, en una pequeña porción de nuestro cuerpo. La circulación cesa y es necesario que la zona afectada, ¡zas!

Al pronunciar la exclamación, el hombre había dado un corte, de arriba abajo, con su mano derecha en vertical.

-¿Zas?

-Zas. Amputación. Pérdida de la carne. Lo que está muerto, está muerto.

Luján reflexionó rápidamente, mientras el forense esperaba frente a él, a todas luces consciente de que le preguntaría algo. Solazándose con la escena, probablemente.

-¿Qué tiene que ver el frío con todo esto?

-El frío gangrena la carne. Sobre todo, la que está más expuesta porque no se viste. Orejas y narices, sobre todo. Y manos, si no hay guantes.

-Entiendo –Luján sintió como si un peso de plomo en su estómago desapareciese de repente‑. Las orejas de este hombre estuvieron sometidas a frío intenso…

-Durante mucho tiempo.

-… durante mucho tiempo. Deficientemente protegidas.

-Es lo que ocurre normalmente cuando quien sufre el frío no está acostumbrado a él.

-Ajá. Ya entiendo. Y, ¿quién se fija en unas putas orejas?

-¿Cómo dice?

-No, nada. Pensaba en voz alta. Así pues, doctor…

-Molina, señor.

- Molina. En su opinión y la de sus distinguidos colegas, pues, este hombre ha estado sometido a condiciones de frío intenso.

-Exacto. Antes las cuales ha estado, ¿cómo dijo usted?

-Deficientemente protegido.

-… eso es, deficientemente protegido.

-¡Me cago en la leche!

Había sido Beirán. Mientras Luján y el doctor Molina hablaban, había vuelto a la lupa y al cadáver. Ahora estaba con la lente en mano, y miraba el cadáver lívido, como asustado.

-¿Qué pasa, Beirán? –le preguntó el doctor Molina. El tono de voz que utilizan los superiores con sus subordinados.

-Díos mío, doctor, yo… no lo ví. Bueno, no lo miré. Quiero decir, no había marcas especiales ni nada y, bueno, yo no…

Todos se acercaron. Beirán señaló con el dedo a un punto de la lupa. Como era grande, todos pudieron ver. A veces las cosas más sencillas son las más difíciles de ver, sobre todo en una autopsia hecha para cubrir el expediente.

Era el pie izquierdo del muerto. Un enorme dedo gordo. Luego el resto, apiñados unos contra otros. Uno, dos, tres. Tres.

-Falta el cuarto dedo –se escuchó decir Luján.

Bajo la atenta mirada de la lupa, separaron el tercer y quinto dedo. Estudiaron la cicatriz. Discutieron. Gangrena.