martes, agosto 03, 2010

Folletín de verano (6)

Texto completo












Azpíriz era un tipo huesudo y delgaducho. Inspiraba cualquier cosa menos miedo, incluso embutido en su abrigo gris. Enseñaba su documentación y parecía pedir perdón por ser policía. Sin embargo, tal y como le había anunciado el inspector Rebollo, tenía una virtud: la constancia. En realidad, Luján tenía dificultades para seguirle el ritmo. El primer día que trabajaron juntos, tomaron las copias de un voluminoso expediente en el que estaban listados, por unidades, los combatientes de la División Azul. Ellos habían preguntado por Anselmo López y en el Ministerio les habían contestado: en alguna página de ese expediente estará.

Ambos se habían sentado en el Infierno, más infernal que nunca porque aquel junio fue tórrido, y se habían dividido los papeles. Cuarenta mil nombres que, en algún momento, habían formado parte de la 250 división de infantería alemana en Rusia, agrupados por unidades, con indicación de sus destinos. Escritos con letra apretada, a veces incluso anotada a mano. Cada hora u hora y media, Carlos Luján sentía que era incapaz de leer un nombre más. Levantaba la cabeza de los papeles, sintiendo los goterones de sudor por su frente. Y entonces veía a Azpíriz, transpirando pero sin separar los ojos de la documentación. Una y otra vez. Seis horas diarias casi sin pausas, sin quejarse, sin decir nada. Tardó cinco días en encontrar a Anselmo López. Anselmo López Trujillo, encuadrado en una Escuadra cuya numeración aparecía borrosa, aunque una mano funcionarial había anotado a lápiz, no mucho tiempo atrás, que se quiso llamar Escuadra Alcubierre. Al mando del cabo Herminio Pozas Carril. Vivo o, cuando menos, vivo al final de la acción armada. Tras una hora de trabajosa labor de análisis de anotaciones, Azpíriz había fabricado la lista de los tres miembros de esa escuadra que, según las notas, habían regresado vivos a España: el cabo Pozas, López y un tal Dositeo Galán, también mutilado. Pozas, al parecer, había regresado entero.

El inspector Rebollo se mostró poco interesado en estar presente en las visitas. Eso sí, dejó bien claro que no quería que con aquellos falangistas se recurriese a la estrategia habitual, es decir sacarles de su terreno natural e interrogarles en dependencias policiales. Luján y Azpíriz deberían visitar a los dos compañeros de López allí donde estuviesen.

Para visitar a Herminio Pozas, y tras un par de llamadas para localizarlo, tuvieron que ir a El Pardo, donde Pozas regentaba un pequeño mesón. En realidad, tan sólo un colmao macilento con una barra de madera que había vivido mejores años. Sin embargo, a pesar de su modestia aquel local tenía una característica muy definitoria: estaba apenas a unos metros de las primeras dependencias del palacio del Caudillo. Los parroquianos los miraron con desconfianza al entrar, como si les hubiesen reconocido. Azpíriz se identificó, con su clásica actitud casi pedigüeña, ante una mujer rechoncha que atendía a los parroquianos, y que empalideció nada más ver su credencial. Musitó una disculpa y se metió en la trastienda. Pocos segundos después, de aquel lugar salía un hombre vestido con un mono de trabajo y embutido en un delantal sucio. Herminio Pozas era más bien bajo y ancho, de brazos poderosos y grandes manos que en ese momento se secaba con un trapo.

-Buenos días, señores –se presentó, sin asomo de nerviosismo‑. ¿Qué puede querer la policía de mí?

-Sólo queremos hablar –informó Luján, tratando de parecer lo más amable posible‑. Hablar de un compañero suyo.

-¿Compañero? –el rostro de Pozas rezumó desconfianza‑. ¿Otro mesonero?

-Otro tipo de compañero –explicó Luján, desviando su mirada hacia un cuadro en la pared, un marco alrededor de un soporte de fieltro en el que estaban clavadas dos medallas.

Herminio Pozas asintió. Luján creyó ver en su rostro el esbozo de una sonrisa.

-Paseemos. ¿Les parece bien?

-No puede decir que su local esté mal situado –ironizó Luján, mientras se alejaban del mesón.

-Me lo dejaron barato –se justificó Pozas, alzándose de hombros al tiempo que hablaba‑. Tiene ventajas, qué duda cabe. La clientela fija, sobre todo. Y la tranquilidad. Aquí nunca entrará nadie a robar, creo yo.

Miró hacia Luján mientras andaba, con media sonrisa en el rostro.

-Fíjese lo que son las cosas: estoy tan cerca del Palacio, que el Palacio está en mi casa.

-No me diga.

-Pues sí. El patio trasero del mesón no es parte del edificio que compré. Forma parte del palacio. Aunque me han cedido el uso y disfrute.

El cabo Pozas no parecía tener muchas oportunidades de hablar de la guerra de Rusia, como él la llamaba, porque no tardó, en cuanto estuvo a unos cuantos pasos del local (y de su mujer) para empezar a relatar aquellos tiempos. Sin ser en realidad conminado para ello por los policías, relató su infancia en su Extremadura natal y la guerra civil, en la que al parecer no hizo gran cosa.

-Los nacionales pasaron por Badajoz como un rodillo -explicó-. Franco necesitaba la provincia para poder conectar a los sublevados del sur con los del norte, así que no se anduvo con chiquitas. Yo entonces vivía en un pueblo muy pequeño. Tenía dos años más que la edad militar, pero a mi casa jamás llegó ninguna carta comunicándome llamamiento alguno. Luego me alistaron, pero nunca salí de Badajoz.

A Luján le dio la impresión de que su decisión de alistarse en la División se justificaba más por espíritu aventurero que por impulso ideológico; Herminio Pozas daba toda la impresión de ser el típico joven rural a quien el ejército, o en su caso la guerra, le había acabado por poner en contacto con un mundo totalmente distinto del suyo, mucho más apasionante. Además, en aquel entonces, por lo que dijo, arrastraba cierto complejo por no haber combatido en la guerra.

-Me jodía pensar que pudiera haber quedado como un fragilón -explicó.

Aunque la ideología no parecía tener demasiado que ver con su alistamiento, no se recató de mostrar un carné de la Falange que le otorgaba bastante más pedigree que el de, por ejemplo, Luján.

-En junio del 41[1] –explicó, tras tomar aire casi con orgullo‑ ya estaba yo en la Gran Vía, dispuesto a marcharme esa misma noche. Y estuve en Crafenber –así pronunció el nombre del campamento alemán de instrucción de Grafenwöhr‑, o sea que fui de los primeros.

-¿Y Anselmo López, su compañero en la Escuadra Alcubierre?

Pozas entornó los ojos, haciendo claros esfuerzos por recordar mientras caminaba.

-No lo sé. En ese momento, no lo sé. Pero juraría que sí, porque formó parte de mi escuadra casi desde el primer momento. En el Volchov ya estábamos juntos.

-Perdone, señor –le interrumpió Azpíriz, dulcemente‑. ¿En el Volchov?

-Sí, el Volchov –respondió Pozas, mirando a los policías como si estuviese explicando algo obvio‑. El río Volchov. Al sur de Leningrado. Con el resto del ejército de Bonlé[2]; el jercomandán de los ejércitos del Norte. El Puto Berma[3], lo llamábamos nosotros.

-Esa fue su primera acción de guerra.

-El 12 de octubre de 1941, sí señor. En seis días, lo habíamos cruzado. Ahora nadie se acuerda, pero tardamos menos que Dios. Menos que Dios…

Se habían parado frente a la entrada del Palacio, a unos escasos metros de donde dos guardias de Franco los observaban, firmes, como soldados de plomo. El cabo Pozas había encendido un cigarrillo de picadura, y no hizo ademán de ofrecer a sus contertulios. Malos tiempos para invitar a tabaco.

-Nosotros no perdimos esa guerra. Nosotros habríamos ganado esa guerra –dijo el cabo, que parecía hablar consigo mismo.

En ese momento, el subinspector Luján pensó: tal vez no sea mala táctica dejar que hable, que se explaye. Así que decidió espolearlo un poco.

-Unos pocos miles de falangistas no parecen suficientes para cargarse a millones de rusos.

Herminio Pozas detuvo su lento paseo y lo fulminó con la mirada. Luján no pudo reprimir un escalofrío.

-Mire, señor… ¿Luján? Mire usted: los alemanes nos prepararon para muchas cosas. Pero una para la que no nos prepararon fue para pasar el invierno en Rusia. El Puto Berma y sus jefes seguro que nunca pensaron que lo necesitarían. Ellos creían en su Blicrí[4] y en sus tanques y en su superioridad. Para esos memos, ganar la guerra era ganar terreno. Pero no hay que ser muy listo para saber que no gana la guerra quien toma terreno, sino quien lo conserva.

-No he querido ofenderle…

-Es igual. Ya es igual –Pozas hablaba con la amargura con la que un padre habla del cariño definitivamente perdido de un hijo‑. Pero las cosas son como son. Nosotros no teníamos arreglos para el frío. Llevábamos cinco días en el frente, cinco, y el teniente coronel Zanón[5] ya nos tuvo que pasar una instrucción en la que nos recomendaba rellenar los cascos con fieltro, cerrarnos las mangas incluso atándolas sobre los guantes y usar papeles de periódico o similar bajo las ropas para proteger el pecho. No nos habían dado ropas adecuadas para tanto frío.

Luján y Azpíriz cruzaron una mirada de inteligencia. Ya lo sabían. Esa imprevisión le había costado muy cara a Anselmo López.

-Éramos pordioseros en medio de un ejército cada día más pordiosero. Porque tomábamos y tomábamos terreno, pero cada día todos teníamos menos de todo. Con las semanas, empezaron a escasear las mantas. Luego la gasolina. Luego la munición. No basta con tomar un llano y llenarlo de trincheras. Las trincheras hay que llenarlas de soldados razonablemente bien alimentados, bien calentados. De lo contrario, cualquier guerra se pierde allí.

-El General Invierno.

-Y su puta madre –escupió Pozas, sangrando odio en cada palabra‑. Su puta madre, la Nación Alemana. El Reich de los cojones. La Blicrí de los cojones –miró hacia el Palacio, como si pudiera ver a través de sus padres y escrutar su interior‑. Al General no le habrían pillado en ésa. El General ya se sabía de memoria con treinta años cosas que el Puto Berma y sus amigos no entendieron ni entenderán en su vida.

Permaneció en silencio unos segundos, recio, frente a la construcción que brillaba bajo el sol, como si el mismísimo Franco lo estuviese mirando desde una ventana. Luego, sacudió brevemente la cabeza, miró a Luján, y pareció despertar de un ensueño.

-Pero fueron esos pordioseros españoles los que en enero del 42 cruzaron el lago Ilmen para salvar a una guarnición de jodidos alemanes indestructibles. Andaluces, canarios y extremeños esquiando sobre un lago helado, bajo las balas. Nueve de cada diez no volvieron. Allí perdí a mi escuadra.

-Salvo López y… Dositeo Galán. ¿Es correcto?

-Correcto, sí. Anselmo y Dosi… ¿qué habrá sido de Dosi?

-En realidad, eso queríamos hablar –Luján había decidido que era el momento de abandonar las ensoñaciones e ir a lo concreto‑. Exactamente, ¿cuánto tiempo estuvieron juntos ustedes tres?

-Se lo acabo de decir –la voz de Pozas sonó casi impaciente‑. Al regresar del Ilmen nos separamos. De mi escuadra sólo volvimos nosotros. Y a Anselmo lo repatriaron.

-Por una herida en una pierna.

-Una herida en una pierna, sí. Regresando, para su suerte. Los que la recibieron avanzando por el lago, allí se quedaron.

-¿Y Galán?

-Reasignado –informó Pozas, mientras negaba con la cabeza‑. No lo volví a ver.

Carlos Luján invitó al veterano Pozas a sentarse en un poyete del jardín de entrada al Palacio. El hombre aceptó en silencio y comenzó a liar otro pitillo.

-¿Cómo describiría usted a Anselmo López?

Dejando salir el humo por sus narices, Herminio Pozas miró al cielo, como si allí estuviera escrita la respuesta a la pregunta que le habían hecho. Tardó tanto en contestar que Luján estuvo a punto de carraspear para despertarlo.

-Un tipo reconcentrado. Distante, eso sí. Pero nunca se quejaba. La lotería para un cabo: hará lo que le ordenes, pero no te vendrá con sus historias. Usted no sabe cuántas historias de novias y madres tiene que escuchar un cabo.

-Quiere eso decir que nunca le habla de, er, su familia o su, ejem, novia –apostilló Azpíriz, preparando el lápiz para anotar la declaración.

-Eso quiero decir. Nunca jamás me habló de alguien distinto de él. Es como si nadie le esperase en España.

Luján se sintió dar un respingo. Por fin, la conversación adoptaba un cariz interesante.

-Y, usted, ¿cree que era así?

-¿Qué quiere usted decir?

-Quiero decir que si pensaba que eso es cierto. Que no había nadie en la vida de Anselmo López.

El cabo Pozas se alzó de hombros.

-Quién sabe. Uno o dos meses después de haber llegado al Volchov, yo creo que había que ser tonto del culo para no darse cuenta de que la mayoría no regresaría jamás a España. En esas circunstancias, hay gente que olvida para no hacerse daño, no sé si me explico.

-A la perfección. Pero a mí me gustaría escuchar su opinión.

-No veo qué valor pueda tener.

-Usted fue su cabo –explicó Luján, con voz grave‑. En la guerra, un cabo es como un padre. A veces, incluso algo más.

La boca de Herminio Pozas dibujó un rictus de fastidio.

-Ya se lo he dicho. Quién sabe. Oiga, de todas formas, ¿por qué me pregunta tanto por Anselmo?

-Porque hace algunas semanas, apareció muerto.

El rostro de Herminio Pozas viajó, en escasos segundos, de la sorpresa a la resignación. Luján pensó: no se le puede pedir más a alguien que ha tenido que convivir con la muerte.

-Anselmo… ‑musitó Pozas, mientras miraba hacia ninguna parte‑, joder, Anselmo, joder…

-Fue asesinado, señor Pozas.

No hubo reacción por parte del cabo. Parecía no haber escuchado esa información. Sin embargo, un par de caladas después, enarcó las cejas y suspiró.

-¿Cómo lo mataron?

-Eso da igual. Lo que importa es que lo mataron –Luján no consideró necesario, ni prudente, facilitar más datos.

Herminio Pozas acercó el pitillo a la boca una vez más. En ese momento, Carlos Luján reparó en una mancha oscura en el envés de su mano derecha. Un tatuaje; se diría mejor, el recuerdo de un tatuaje. Borrosamente, parecía dibujar los contornos de un arma de fuego.

-¿Una ametralladora? –preguntó, señalando a la mano con la barbilla.

Pozas no entendió al principio pero, al mirar a Luján, localizó la mirada del subinspector, la siguió y llegó a su propia mano. Sacudiéndola, sonrió.

-Una ametralladora, sí –informó‑. Alemana, o eso me dijo el cabrón que me lo tatuó. No era ningún artista. Y, además, estaba como una cuba. Exactamente igual que yo.

Luego añadió, como para sí.

-Ojalá encontrase la forma de quitármelo.

Luján suspiró. En su cabeza, empezaba a tomar cuerpo la idea de que sería imposible sacarle más información a aquel nostálgico veterano falangista.

-Una sola cosa más, señor Pozas.

-Las que usted quiera.

-¿Diría usted que Anselmo López era un falangista de verdad?

Pozas movió la cabeza como un resorte y la giró hacia Luján con un gesto duro, como si el policía le hubiese mentado a la madre. Los restos finales de su pitillo se cremaban entre sus dedos, amenazando quemarle la piel, pero él no parecía darse cuenta.

-¿Cómo ha dicho, señor?

-Le he preguntado si usted considera a Anselmo López un falangista auténtico.

-Sí, le he oído. Pero creo que necesito que me explique qué es exactamente, para usted, un falangista de mentira.

Luján trató de controlar los nervios. Joder con el cabo veterano. Le miraba con esa seguridad suicida de quien ha manejado situaciones mucho peores que una conversación informal con dos policías bisoños, una mañana de verano, a las puertas de la casa del General.

-Quiero decir, alguien que pudiera haberse hecho falangista tan sólo para… disimular que antes… antes pudo tal vez ser otra cosa.

Herminio Pozas reprimió un gesto de dolor. La yesca de su tabaco le había quemado. Se deshizo de ella con un gesto brusco, se levantó y se colocó frente a Luján. El subinspector se quedó sentado en el poyete, contemplando a su interlocutor desde abajo.

-Señor Luján… ‑musitó Pozas, con una voz afectadamente calmada‑, en teoría, no podría contestarle. Conocí a Anselmo López en octubre de 1941, en las orillas del Volchov y, por lo tanto, no puedo decir que supiera de él antes. Para mí, Anselmo López antes de esa fecha es tan misterioso como, al parecer, lo es para usted. Pero sí puedo decirle alguna cosa más…

Carraspeó. Luján tragó saliva.

-A ese hombre de quien usted osa sospechar que era un rojo…

-Señor Pozas, nosotros no…

-¡Usted lo sospecha, y punto! –el grito fue seco, cortante; unos metros más allá, los guardias de Franco se movieron levemente, como ramas de un árbol tras una brisa‑. No me venga con tonterías o con medias palabras, señor policía. Lo sospecha y, quizá, es su obligación. Y yo no lo puedo negar. Puedo, eso sí, responder por la pureza de muchos de mis hombres. Puedo darle nombre y descripción de falangistas muy viejos que fueron a Rusia. Hombres de verdad que habían ganado una guerra y habrían ganado otra si les hubieran dado un abrigo y una manta como es debido. Hombres con la mirada de Franco, y con su espíritu. Hombres a carta cabal y con las ideas muy, escúcheme bien, muy claras. Y a algunos de ellos, Anselmo López les salvó la vida, poniendo en peligro la suya. A muchos de ellos, Anselmo López los cargó en sus espaldas por bosques y por estepas helados, y que me muera aquí mismo si no es cierto que, si tanto odiase a los falangistas, a la mayoría los podría haber abandonado allí mismo, con un tiro entre los ojos del que nadie, jamás, le habría podido pedir cuentas.

-Ejem, entonces queda claro…

-¡No queda claro una mierda! El solo planteamiento que usted ha hecho es insultante. Además de estúpido. De los cuatro meses que estuvo Anselmo López en combate en Rusia, no menos de uno lo pasó absolutamente rodeado de rojos. ¡Rojos, señor Luján! De los de verdad. De los que ya no quedan aquí porque nos los hemos cargado a todos. Armados, poderosos y organizados. Si era comunista, ¿por qué no desertó?

Luján quiso pensar pero, antes de conseguirlo, escuchó, sorprendido, la vocecita de Azpíriz.

-Ejem… ¿cómo habría demostrado ante los rusos que no era un espía? Y, por otra parte, ¿cómo habría evitado que usted, mi cabo, le pegase un tiro?

Pozas miraba al subinspector con la boca abierta, sin saber qué responder. Pero esa indecisión duró sólo unos segundos. Cuando el color regresó a su faz, lo hizo a borbotones.

-Sólo les diré, señores míos, que, para mí, Anselmo López fue un héroe. Uno de los héroes del lago Ilmen, que se dice pronto. Si ustedes, ahora que además está muerto, quieren manchar su memoria, allá ustedes. Pero no cuenten conmigo.

Se marchó caminando muy erguido, como si estuviese escuchando una música militar en el interior de su cabeza, sin despedirse. Luján y Azpíriz se miraron, se alzaron de hombros, cerraron sus libretas y, sin palabras, decidieron ir a visitar a Dositeo Galán. Antes, sin embargo, Luján recordó algo. Echó a andar tras Herminio Pozas; pero, a pesar de su juventud y preparación, no era capaz de igualar el ritmo de aquel hombre que, al fin y al cabo, había marchado cientos de kilómetros desde Alemania hasta Rusia.

-¡Señor, se…ñor Pozas! –alcanzó a gritar, mientras trataba de alcanzarlo‑. Sólo dígame una cosa más. ¡Una solo, por favor!

En la distancia, Pozas se detuvo y se volvió. Con un gesto de la barbilla, conminó a Lujan a hablar.

-¿Le dice a usted algo el lema In Bello Amicitia?

Herminio Pozas se limitó a dejar que su rostro dibujase un gesto de fastidio, negar con la cabeza y, después, darse la vuelta para seguir caminando sin despedirse.




[1] Se refiere a la manifestación, sobre todo de estudiantes, que se produjo en dicha fecha en Madrid, y en la que comenzó a tomar cuerpo la idea de este cuerpo militar tras el famoso «Rusia es culpable» de Ramón Serrano Súñer..
[2] Wilhelm Ritter von Leeb, comandante de los ejércitos del Norte durante la operación Barbarroja. Fue purgado por Hitler al negarse a cumplir sus órdenes y replegar sus unidades ante el avance ruso.
[3] De Wehrmacht (ejército de Tierra).
[4] Blitzkrieg, guerra relámpago.
[5] Luis Zanón, jefe de Estado Mayor de la División en ese momento.