miércoles, septiembre 26, 2012

Fra Girolamo (12)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, y décimo primer capítulo.


Una de las cosas que se me hacen más irritantes de la Historia es que, por lo general, a la mayoría de la gente le importa tan poco, y es tan habitualmente enseñada por personas que la conocen de una manera apenas tangencial, que cae con enorme facilidad en la vulgarización; en algo que yo llamo la matematización de la Historia.

Me explico: el educando, que es la persona que más está en contacto con la Historia porque hay unos currícula que le obligan a aprendérsela en algún grado, siempre está buscando vías para simplificar ese proceso de conocimiento. Esta búsqueda cuenta con la complicidad de la pedagogía, que por creencia sincera, por comodidad, o por razones de eficiencia, también trata de simplificar al máximo la enseñanza en sí y su comprobación: el principal hijo de este proceso es el examen tipo test, que es, según cómo se mire, una puta aberración. Yo llegué, en mis tiempos universitarios, a hacer un examen tipo test de Ética. En fin...

La presión combinada de la pedagogía y de su objeto, o sea los estudiantes, hace, pues, que se trate de ir a métodos sencillos de aprendizaje, lo cual genera esa tendencia a matematizar las humanidades en general y la Historia en particular; a enseñar reglas sencillas, como si la Historia se pudiese desentrañar como se desentrañan las soluciones de una ecuación de segundo grado. El alumno exige que se le dé un esquema con tres o cuatro bullets cortos que explique el fenómeno que estudia (del tipo de: la Revolución Francesa surgió por: a) el descontento de las clases más humildes; b) las ambiciones sociales de la burguesía naciente; c) bullet patrocinado por Coca-Cola ¡bebe Coca-Cola!). Una vez que lo obtiene, bien porque su carísimo libro de texto de la ESO ya lo tenga, bien porque su esforzado maestro (suspirando para sus adentros si realmente le gusta lo que enseña) se lo provee, ya no se mueve de ahí ni medio milímetro: saberse la Revolución Francesa ha pasado a ser el simple y puro checkingde que sabe uno repetir en un papel, como un amanuense loro, los puntitos de marras.

Hablo de la escuela, pero el fenómeno es general. Los niños del cole se hacen adultos y cuando son adultos, acostumbrados ya a este esquema neuronal, lo replican ad infinitum, lo convierten en una suerte de verdad inmanente, y lo graban en piedra en sus conciencias. Fruto de este fenómeno son las personas que viven convencidas de que por las calles de Constantinopla, horas después de entrar los turcos por la puerta no con muy buenas maneras, pasó un pregonero anunciando el Fin de la Edad Media. O las que opinan que el feudalismo se acabó un día a las cinco y cuarto de la tarde. O las que opinan que el Renacimiento alumbró hombres más perfectos que sus abuelos medievales.

En efecto, una de las etapas de la Historia (y no olvidemos que esas etapas no dejan de ser una división arbitraria, una de muchas que se podrían hacer) que es mayor pasto de los lugares comunes y las explicaciones sencillas, es el llamado Renacimiento. La propia palabra que define la época está denunciando ya la fastuosa carga de autocomplacencia que lleva en su interior. Renacimiento es evolución respecto de una etapa oscura e inmovilista. Sin embargo, como siempre en la Historia, las cosas no son tan fáciles de explicar. El Renacimiento, como todos los momentos históricos, como la Grecia de Solón y la Hungría de ayer por la tarde, está compuesto de fuerzas distintas, incluso contrarias, incluso opuestas. Es la época del gran empujón de las ciencias y los conocimientos, sí; pero puede que los musulmanes tengan algo que decir sobre algunas cositas que hicieron durante la llamada Edad Media en ese campo. Por lo demás, muy al contrario de esa impresión que se tiene del Renacimiento como una especie de triunfo de la razón, desde muchos puntos de vista es una etapa mucho más santera, mucho más supersticiosa, mucho más irracional, que la Edad Media. Es en el Renacimiento, y siglos posteriores, cuando se quema a las brujas; no la Edad Media. Es el Renacimiento la edad de oro de la alquimia, de los movimientos tipo Rosacruz, de las Monas Hieroglyphica de John Dee; y así mucho.

El Renacimiento, más que una edad en la que la Iglesia católica es puesta en duda, es la época en la que la Iglesia católica implosiona, colapsa bajo el peso de sus contradicciones y enfrentamientos internos; fenómeno que es amplificado por otro elemento de gran importancia de la época, que es el nacimiento de las naciones-Estado donde hoy vivimos; fenómeno que genera una fricción entre poder espiritual y temporal que, como toda fricción, eleva la temperatura social del planeta hasta niveles casi insoportables.

Es importante entender esto, entender el Renacimiento, no como evolución, sino como conflicto (y en este punto yo soy hegeliano: es el conflicto el que genera la evolución, no la evolución la que provoca conflicto), para entender a Girolamo Savonarola; un fraile conturbado por sus ideas milenaristas, un hombre que proyecta en su Misión, a la vez temporal y espiritual, el miedo y la decepción por la vida mundana, provocando lo que puede parecer, pero no lo es del todo, una reacción conservadora. No lo es del todo, digo, porque el mundo del Renacimiento italiano no es tan progresista como lo imaginamos.

Para el hombre del Renacimiento, el orden religioso es de extremada importancia. Rige su vida, rige su economía, rige su libertad. La creencia en Dios Todopoderoso, Señor y Dador de Vida, juega en el hombre renacentista un papel muy parecido al que la democracia y las libertades civiles juegan para el hombre contemporáneo. La religión es fundamental para el europeo siglo XV quien, además, se barrunta que la cosa no va bien. La escandalosa existencia de los papas, su constante imbricación en los problemas del siglo, la aparición de las tensiones entre civiles y eclesiásticos (eso que llamamos anticlericalismo) y el inicio, embrionario, del proceso por el cual el hombre comienza a divorciarse de la Creencia, son retos a los que la Iglesia de Roma responde con escasa habilidad, provocando, como digo, su implosión. Girolamo Savonarola, a mi modo de ver, forma parte de ese fenómeno cuyo elemento más conocido será Martín Lutero. Hay que entender la revolución moral savonaroliana, sus medidas contra la homosexualidad, la blasfemia, su intento de construir una sociedad regida por normas morales muy estrechas, como un resultado de ese proceso; un resultado plenamente lógico y en modo alguno, como pretenden algunos, una especie de rareza facha en el marco de una evolución histórica unívoca hacia el librepensamiento y los caramelos de menta.

La Historia nunca evoluciona en una sola dirección. Aunque, al fin y a la postre, todas las cosas que hace, incluso cuando anda para atrás, acaban construyendo ésta.





El Carnaval de 1496 presenció el primer acto de la nueva Florencia creada por Savonarola. Se había hecho tradición cantar en las procesiones, de signo pagano, cancioncillas que habían sido compuestas por el músico de la corte de los Medici. Henrik Isaac. Sin embargo, Savonarola modificó el sentido de las procesiones, que se convirtieron en una especie de pre-Semana Santa, e hizo que durante las mismas se cantasen salmos.

Tres semanas antes del Carnaval, y sin esperar más porque sabía de lo precario de su situación, había llegado el momento de defenderse en serio. Hizo una llamada desde el púlpito a los padres de la ciudad para que le enviasen a sus hijos y, una vez que éstos aparecieron por San Marcos, creyó con ellos una auténtica milicia civil. Los niños fueron organizados en escuadras, que debían elegir un jefe, cada una encomendada de la defensa de una porción de la ciudad. Como consecuencia, para cuando llegó la festividad carnavalesca, en Florencia se había creado una subclase de niños-soldado, al puro estilo africano, con mano sobre tropas armadas y una misión. Ese ejército de niños con poder fue el que cambió radicalmente el rostro del carnaval florentino. Como algún cronista describió no sin sorna, en realidad nada había cambiado: eran los mismos gichos ladronzuelos de siempre, sólo que ahora robaban en nombre de los pobres.

En cada esquina de la ciudad se elevó un altar. A su alrededor se juntaban los mozalbetes de hogaño, los chulos y rateros del día antes, ahora con una porra en la mano y una enigmática sonrisa en el rostro. Era imposible pasear por la ciudad sin tener que darles dinero. El último día del Carnaval, Savonarola, como siglos después haría el Estado soviético el día del aniversario de su revolución, hizo una magnífica demostración de fuerza: diez mil niños armados, de entre seis y dieciséis años, desfilaron por la ciudad, mostrando su poder. Como una monumental escoba, aquella manifestación de niños barrió de las calles a todos los florentinos y los arrastró hacia el Duomo, donde los esperaba Savonarola. Allí, hombres a la derecha, mujeres a la izquierda, todos aquellos adultos, acojonados por sus hijos y vecinos, “donaron voluntariamente” sus riquezas, sus cubiertos de plata, sus joyas, sus mejores vestidos.

En teoría, la armada infantil se había formado para el Carnaval. Pero fue tal su éxito, que Savonarola la convirtió en permanente (en mi opinión, ésta es una decisión que ya tenía tomada de tiempo atrás). Con el pelo cortado hasta mostrar los orejas (todo un distintivo en la época, que era muy melenuda), los niños fueron clasificados en: pacificadores, cuya función era impedir peleas; correctores, encargados de ejecutar los castigos físicos; inquisidores, o sea espías; y limpiadores de las calles que, en realidad, se ocupaban de limpiar los altares, y poco más.

Conozco un ejemplo posterior parecido al montaje de Savonarola: las bandas armadas de partidarios de Macías que el presidente guineano montó en la ex colonia africana. El resultado, en efecto, fue el mismo. Muy pronto, las patotas de niñatos abandonaron su estilo de buen rollo y Dios te ama y bla, y se convirtieron en los ejecutores de un régimen de terror en las calles. Paraban a las mujeres en las calles y, con el pretexto de que encontraban sus vestidos pretenciosos a los ojos de Dios, las desnudaban y, por el camino, les metían mano (eso en la versión light). Emulando a Jesucristo, llegada la Semana Santa atacaron y destrozaron los puestos callejeros de venta de dulces. Comenzaron a entrar en las tabernas, amenazando a bebedores y jugadores. Para entonces los llamaban Los Muchachos del Fraile. Comenzaron a espiar a sus propios padres, labor en la que implicaron también a los sirvientes de las casas. Para cuando llegó el momento de celebrar la Pasión de Cristo en Florencia, la ciudad vivía en una especie de situación seudoestalinista, en la que todo el mundo delataba a todo el mundo. Los niños inquisidores, por lo demás, caminaban por la ciudad con escolta; niños y todo, si la gente los pillaba solos, les abría la cabeza a hostias.

Savonarola, al llegar la Semana Santa, estaba afectado por la prohibición papal de predicar. En atención a la especialidad de la fecha, la Signoria cursó una petición a Roma para que se le dejase hacerlo. De forma extraoficial (a mezza voce, dice el lenguaje administrativo vaticano), Roma lo permitió, a condición de que moderase sus mensajes; o sea, como en el chiste del cura que odiaba a los catalanes, a condición de que predicase que Judas era de Calatayud. En realidad, esta actitud comprensiva tiene su sentido, pues, con el poder total sobre Florencia, la posición de Savonarola se había consolidado mucho. Incluso se había permitido el lujo de absorber para la disciplina de San Marcos al monasterio de San Domenico di Prato.

El Papa envió a un dominico a Florencia para que le diese verbalmente a Savonarola la instrucción de que predicase sólo con la puntita. Fríamente, el prior de San Marcos le contestó: “Venga a mi próximo sermón, y verá mi respuesta”. Al día siguiente, en el Duomo, Savonarola arremetió contra el vicio y la venalidad de la Puta de Roma como pocas veces. Se montó un discurso indignado de la hueva y, ante los asombrados ojos del mensajero dominico, en los días siguientes hubo que montar un anfiteatro anejo al Doumo, porque no se cabía dentro de la cantidad de gente que venía a escuchar al fraile. Acusó al mando vaticano de haber convertido las iglesias en “establos de putas” (algo de eso hay, por cierto; pocas décadas después, en España, el muy formal Felipe II bramará contra el magreo-cachondeo que se montaba en los templos de Madrid durante la Semana Santa). Acto seguido, profetizó lo peor de lo peor para Italia; habrá, digo, guerra después de hambre, y peste después de guerra. Los muertos habrán de ser amontonados en la calle y quemados… Toda aquella Semana Santa se invirtió en esta propaganda.

De aquella época data, también, las demandas de Savonarola a los artistas florentinos, que eran muchos y muy buenos. Girolamo Savonarola ha pasado al imaginario histórico como un fraile radical que, en su radicalismo, hizo desaparecer obras de arte sin cuento, porque mostraban sin pudor el cuerpo humano. Se dice que sólo algunas obras de algunos artistas, como Sandro Boticelli que era medio partidario suyo, fueron respetadas. La verdad no es tan así. A Savonarola le preocupaba mucho más, por ejemplo, la riqueza de vestidos y joyas con que los artistas solían pintar a la Virgen; “os juro, les dijo, que la Madre de Dios iba vestida como un pordiosero”. El otro gran punto de protesta fue el uso de cortesanos y adinerados como modelos de los cuadros religiosos (y hasta hoy: hace bien pocos años, la cadena SER montó un pollo en uno de sus informativos exactamente por lo mismo: un alcalde del PP había encargado una pintura para la iglesia local, y la artista había retratado a su mujer entre los personajes).

Lejos de ser Savonarola un destructor y obstáculo del arte, como pretenden algunos mitos, la verdad es que no pocos de los artistas de la época le fueron proclives. Lo fue Miguel Ángel, por ejemplo, gustó de leer sus sermones, incluso hasta el final de sus días. Y Boticelli, ya lo hemos dicho. Pero también Cronaca, y Lorenzo di Credi. Dos hermanos della Robbia, así como Bartolommeo della Porta, incluso procesaron en San Marco.

La influencia de Savonarola en Buonarotti, de hecho, llegó a provocarle cierta obsesión. Miguel Ángel vivía obsesionado con la muerte, como le confesó a otro grande del arte florentino, Giorgio Vasari. El artista, probablemente torturado por su homosexualidad, vivía pensando constantemente en todo aquello a lo que debía renunciar para alcanzar la virtud. Lo de Boticelli fue peor. Antes de conocer a Savonarola, era un hombre vital, notable engullidor de meriendas y cenas en la mesa de Lorenzo el Magnífico. Cuando se convirtió, sin embargo, fue tal el arrepentimiento en que se auto-sumió, que casi acaba consigo mismo.

La mayor dureza la aplicó Savonarola con los literatos. Pero, más que quemar montañas de libros, lo que hizo fue prohibir la circulación en la ciudad de los que, en su opinión, eran impíos.

lunes, septiembre 24, 2012

Fra Girolamo (11)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, noveno y décimo capítulo.



No obstante, Girolamo Savonarola reaccionó a la carta papal sin amedrentarse. El domingo siguiente a su recepción había planificado el sermón para defender una medida con la que buscaba proteger los avances del proceso revolucionario. Se trataba de abolir las asambleas populares que se convocaban en la misma Piazza della Signoria, para aclamar medidas. No le faltaba razón a Savonarola. Aquellas asambleas, como todas las asambleas populares amigos para siempre tutti frutti, se celebren en la Piazza, en el ágora ateniense o en la Puerta del Sol, eran el lugar perfecto para los demagogos, y con su existencia todos los avances serios del gobierno de Florencia (porque gobernar nunca ha consistido, y nunca consistirá, en tomar sólo medidas positivas) corrían serio peligro.

La Historia del mundo demuestra el gravísimo peligro que corren los procesos espontáneos de cronificarse (con lo que dejan de ser espontáneos y novedosos, y respetarlos sobre todas las cosas se convierte en un punto de vista esencialmente conservador) y convertirse en tóxicos, atacándose a sí mismos. A Savonarola, y a la revolución florentina, le pasaba un poco eso. El caldo de cultivo de ese cambio (véase la evolución de la Revolución Francesa, si se quiere ver con más claridad) es siempre el mismo: la necesidad de todo gobernante de hacer cosas que no le gustan al gobernado.

Los procesos espontáneos, con terminología de hoy lo llamaríamos las primaveras, suelen caracterizarse por el hecho de que quienes los apoyan y se implican en ellos están convencidos de encontrarse ante una Nueva Era. Nueva Era era el título, por ejemplo, de la principal publicación ideológica, durante la II República, del Partido Obrero de Unificación Marxista POUM, con mucho el más revolucionario de todos los partidos revolucionarios de su época.

Las personas que se suman a estos procesos, por lo tanto, están convencidas de que todo en el presente se está haciendo mal, de que todo en el futuro se hará bien. Tienen, pues, una visión totalizadora (no confundir con totalitaria; aunque la línea, esto también lo demuestra bien la Historia, es extremadamente fina) de su revolución. Si el proceso triunfa, como pasó en Florencia, ese triunfo se convierte en un proceso de Fe Absoluta, por el cual los líderes, las instituciones y las ideas implicadas en dicho triunfo pasan a ser inamovibles, la revolución se esclerotiza y se justifica a sí misma. No ha de extrañarnos, pues, que la cabeza de un proceso así fuese un predicador fatalista como Savonarola; el proceso se iba como lápiz en afilador. Savonarola gritaba en el púlpito: ha de venir el gobierno de Cristo. El 15-M bramaba: ha de llegar la verdadera democracia. Son procesos más parecidos de lo que parece, sólo que a este nuestro, al parecer, le ha faltado un buen fraile retórico.

Todo esto, sin embargo, es sólo un primer paso. Hay un segundo proceso, cuando el movimiento revolucionario se ha consolidado y entrado en fase de esclerosis, por el cual algunos, incluso sus enemigos, se dan cuenta de que pueden utilizarlo. Okuparlo sería una forma exacta de describir este proceso. Esto mismo es lo que estaban haciendo los arrabbiati con la revolución que repugnaban. Utilizando las mismas herramientas de la revolución que no querían, la llevaban por la vía de la democracia pura y dura, buscando descarrilarla. Y el pueblo de Florencia empujaba el tren cuesta abajo, encantado de haberse conocido. Así, las fuerzas conservadoras de la revolución (en realidad, la contrarrevolución disfrazada de pitufa) trazaron un plan para desleer completamente la capacidad ejecutiva de la Signoria, haciéndole a las gentes una oferta, que diría Vito Corleone, que no podían rechazar: ejercer ellos, directamente, el poder. Dejemos que estos pollos administren la ciudad, les dijeron; pero, cuando se trate de decisiones importantes, decidamos nosotros directamente, en la plaza. Sin intermediarios. Hagamos un referéndum cada vez que haya que decidir algo. Es, amigos míos, lo más democrático del mundo.

Florencia, como no podía ser de otra cosa, se tragó el anzuelo hasta las profundidades epiglóticas de la anatomía de Linda Lovelance. A partir de ese momento, la ciudad comenzó una deriva hacia la simple y pura ingobernabilidad. Pocas cosas hay más fáciles de manipular que un referéndum si lo convocas tú, como sabía bien el general Franco; y lo mismo vale para una asamblea que tú convocas, si lo haces bien. Además, aquéllos que estén leyendo estas notas y hayan estado alguna vez en la Piazza della Signoria de Florencia deben hacerse una idea de lo que podía ser ese lugar petado de gente en una asamblea sin micrófonos. Subidos al estrado junto al Palazzo, más o menos donde hoy está la copia del David, o desde el pórtico elevado donde hoy están las estatuas de Bernini y Gianbologna, los fautores de la asamblea sólo serían escuchados por un 2% de la audiencia. El resto, en realidad, acabarían votando lo que otros dicen que han oído que alguien ha dicho. Así las cosas, si alrededor de tu persona colocas a tu claque a sueldo, para que celebre tus palabras a base de "¡Muy bien dicho!", "¡Así se habla!", "¡Qué cabrones, los mercados, la banca y los fabricantes de caramelos que engordan!", lo más normal es que toda la plaza te aclame y puedas, en la práctica, bloquear toda acción de gobierno que no te guste; y, al de unos meses que dicen los vascos, podrás dirigirte a esa misma Asamblea para criticiar la inoperencia gubernamental que tú mismo has provocado.

No mucha gente sabe que Florencia, junto con otras ciudades-Estado del Renacimiento italiano, fue ejemplo negativo manejado por los padres de la Constitución americana, trescientos años después, y motivo de que creasen el sutil juego de poderes que es, de hecho, el orden constitucional de los Estados Unidos.

Aquel de las asambles populares, junto con la carta del Papa, eran los dos grandes problemas de Savonarola.


Antes de hacer este movimiento contra sus enemigos internos, Savonarola se ocupó de su principal enemigo externo, es decir el Papa, al que escribió una contestación. Utilizó, en la carta, el mismo lenguaje pretendidamente amatorio y condescendiente con el que el Sumo Pontífice había adornado su carta de floripondios. Se deshacía en comprensivos halagos hacia lo puteona que era la labor del Padre Santo, y aseguraba, cínicamente, no desear sino abandonar su carne mortal (“ardo en deseos de cruzar el umbral de Pedro y de Pablo”, le decía; y mentía, pues él sabía bien que, para morir, probablemente en extrañas circunstancias, no tenía más que obedecer órdenes y mover el culo hacia Roma). Acto seguido, le informaba de que estaba convaleciente de una grave enfermedad, que su vida todavía pendía de un delicado hilo, y que, ya lo siento, no se podía mover de Florencia. Seguía diciendo el fraile que “muchas personas” en Florencia (en esto no mentía) consideraban que su presencia para consolidar la revolución era necesaria; una forma sutil de mirar a su enemigo cara a cara.

La carta estaba hecha antes del domingo, pero salió de Roma después del día santo; esto es, después del famoso sermón, en el que Savonarola, hasta entonces contemporizador y tranquilizador, estalló en un tsunami de cólera. Exigió la retirada de las asambleas y llamó a la ciudad a ser seriamente punitiva con todo aquél que pretendiese realizarlas. El sermón fue tan fuerte, y tan violento, que acabó por provocarle lo que hace unas horas era una mera disculpa estratégica: cayó enfermo en ese catre humilde que hoy se puede visitar en Florencia.

En las siguientes semanas, Savonarola pasó a portarse con la lógica de quien se sabe seriamente amenazado, así pues corre a doble velocidad hacia sus utopías, temeroso de no alcanzarlas antes de que le metan un pepino por donde los amargan. De esas semanas data buena parte de sus medidas ultracatólicas que le han dado cierta fama de inquisidor impenitente. Savonarola hizo redactar al gobierno de la ciudad un estatuto contra la sodomía y, después, no contento, otro contra la blasfemia, que preveía nada menos que la muerte en la hoguera para los culpables. Savonarola en estado puro, el fraile repetía entre los suyos: quien no ama a Dios, debe temerlo.

La cruzada savonaroliana quedó frenada por un tiempo por las noticias de Roma. Piero de Medici, ya plenamente integrado en la liga antifrancesa, estaba reuniendo un ejército con el que tenía la intención de marchar sobre Florencia. Esto ocurría siete semanas después de la carta de Savonarola al Papa, que éste no había contestado, dando a entender que entendía sus disculpas. Pero al comenzar la leva, las cosas cambiaron. En septiembre, Savonarola recibió una nueva carta en Florencia; una misiva muy violenta, que le echaba en cara al fraile su “escandalosa separación” de la congregación lombarda, y anunciando que toda la cuestión quedaba sometida al criterio del vicario general de dicha congregación, bajo pena de excomunión. Savonarola, que confesaba a los suyos que si la cosa seguía igual de jodida estaba decidido a obedecer (cosa que este amanuense, la verdad, duda en mucho), protestó en carta al Papa y, además, movilizó a los suyos, que reclamaron al cardenal de Nápoles y a todos los que en su momento habían apoyado la separación de San Marcos de la disciplina norteña.

Aunque el Papa Alejandro se cogió un globo de la hostia (nunca mejor dicho) cuando recibió la contestación de Savo, optó por ser contemporizador, y le contestó con una carta en la que se decía convencido por muchos cardenales de que el fraile era bueno y tal, pero, de todas formas, le prohibía predicar “tanto en público como en privado”. Aquella carta, como digo tan contemporizadora que incluso le ofrecía a Savonarola eliminar todas las órdenes previas, llegó tarde. Antes de que alcanzase Florencia, Girolamo se había subido al púlpito del Duomo y había soltado un sermón que fue, más bien, todo un mitin político, en el que advirtió a los florentinos de que Piero de Medici estaba a punto de entrar en la ciudad a saco. Clamó, después, por la inmortalidad de su movimiento, incluso si él era muerto. Y bramó, como un poseso: “en lo que se refiere a los hombres del Medici, debemos comportarnos con ello como los romanos con aquéllos que pretendían reimponer a Tarquinio: si no respetas al Cristo, ¿cómo pensaré que vas a respetar a los ciudadanos? ¡Haced justicia, yo os los digo! ¡Cortad sus cabezas!”

En medio de un paroxismo contra-contrarrevolucionario, la Signoria puso precio a la cabeza de Piero de Medici. De todas formas, daba igual, porque, para entonces, el torpón y medio pollas aristócrata florentino se había arruinado, y estaba licenciando a su flamante ejército.

Ahora, Girolamo Savonarola tenía las manos libres para iniciar su revolución moral.

miércoles, septiembre 19, 2012

Carrillo

Bueno, ya se murió don Santiago. El último mohicano de la última guerra entre los indios y el Séptimo de Caballería, al menos de momento. Tengo por mí que ha tenido mala suerte Carrillo. A pesar de lo mucho que puso de su parte, fumando como un carretero, para morirse en tiempo y forma adecuados para recibir el homenaje de la sociedad española que tal vez merece, ha seguido vivo unos veinte años, distancia que convierte su óbito en algo más de andar por casa de lo que podría haber sido. Adolfo Suárez acabará siendo otra víctima del mismo síndrome.

 A mí, Carrillo no es un personaje que me haya caído especialmente gordo o simpático, aunque creo que las alabanzas que está recibiendo en estas horas por parte de sus compañeros de clase política (muchos de los cuales dan la impresión, en la mirada, de saber apenas de quién están hablando) son en parte ciertas. Aunque también es verdad que, quizá, sobrevaloradas.

El gran activo histórico de Santiago Carrillo consiste en haber integrado al Partido Comunista en los engranajes de la Transición Política y, entre otras cosas, haber colocado a la izquierda española más de izquierdas (por decirlo de alguna manera) bajo la bandera constitucional. Carrillo, eso es verdad, enterró durante treinta años la tricolor republicana, que pasó a ser un exotismo de salón de militante del Movimiento Comunista. Aunque conforme pasen las décadas, si los futuros historiadores estudian algo de Filosofía y de moral y tratan de tener un mínimo compromiso con su verdad, es posible que estas afirmaciones comiencen a matizarse. Porque cuando se murió Franco, cierto, daba la impresión de que la verdadera oposición de izquierdas en España era el Partido Comunista. Pero que tengamos la impresión de una cosa no quiere decir que esa cosa sea. La historiografía actual huye como de la vacuna del tétanos de la idea perversa de que la oposición al franquismo, existir, existir, lo que se dice existir, no existió. Que desde 1956, y sobre todo desde 1962, el franquismo sufrió el embate de las reivindicaciones obreras, es un hecho. Que la universidad también se calentó y hubo más que hostias, también. Pero de ahí a decir que el anciano que en 1974 pilló una tromboflebitis porque casi no se levantó en un mes porque quería ver el Mundial de fútbol se sentía amenazado o se sentía en peligro, hay un trecho jodidamente largo. El general Franco, nos guste o no, estaba, a doce meses de su muerte, absolutamente encantado de haberse conocido.

Llegada la Transición, el Partido Comunista intentó el trile que en el 36 y ss le salió bien: dar la sensación de que ellos lo eran todo en el ámbito que pisaban. Y les podría haber salido bien si el PSOE no  hubiese, años antes, reseteado su médula espinal para sacudirse la leucemia de sus adherencias republicanas (no del régimen republicano, sino de la época republicana). Los socialistas emboscados en la caverna del pasado, que los había, habrían llegado a una entente con los comunistas más o menos estrecha, comprometiendo su capacidad de ser la primera fuerza política de España. Los socialistas al mando del PSOE, sin embargo, como tenían el libro de instrucciones de la Playstation socialdemócrata, regalo de Willy Brandt, sabían que, a la larga, era mucho mejor dejar hacer a los rojos (sic) y esperar a que la sociedad española los encerrase en una pista de squash para que se diesen pelotazos, unos a otros, en los cojones, mientras España miraba. Que fue, exactamente, lo que pasó.

Así pues Carrillo, ciertamente, pacificó a la izquierda de España. Pero lo hizo, probablemente, porque no tenía más remedio. El día que Ladislao Azcona anunció inopinadamente, en los informativos públicos, que fuentes dignas de todo crédito (la Conferencia Episcopal) confirmaban la legalización del Partido Comunista (hecho que casi coincidió, detalle que se cuenta poco, con que Emilio Botín Sénior se hiciese entrevistar por El País para lanzar el mensaje de los banqueros de que otorgaban el nihil obstat a la citada legalización); el día que eso pasó sin que los falangistas convirtiesen España en una acromegálica cumbre de Montejurra, a tiro limpio con la peña, Santiago Carrillo, que no estaba exento de inteligencia, probablemente comprendió que su tiempo, mutatis mutandis, se había acabado. Porque aquel comunismo antifranquista era como Pepita la del tercero, que cuando echarle un polvo está prohibido no te puedes aguantar, pero cuando vas y te casas con ella y puedes consumar el himeneo cada noche, descubres que no te gusta. De la misma manera, cuando al comunismo se lo pudo votar libremente, la magia de la relación se fue a tomar por culo.

A don Santiago, además, siempre le perseguirá la cuestión de Paracuellos. Tema en el cual, lo digo sinceramente, creo que las personas y los historiadores (los distingo porque un historiador es una persona con Una Misión) de derechas se ceban demasiado con él. Carrillo siempre sostuvo, más o menos, que, lejos de ordenar las sacas de las cárceles de donde salieron los voluntarios forzados del paredón, el Comité de Defensa incluso discutió trasladarlos por su propia seguridad. Yo esto, la verdad, no me lo creo; pero tampoco me creo que tuviese Carrillo un papel fundamental en los fusilamientos.

Tristemente, a mí me parece que la verdad es más jodida aun.

Ayer, mientras jugaba el Madrid (hay que ver lo que me aburre el fútbol), en la 2 hablaban de la guerra civil, no sé en qué programa porque lo pillé empezado (y lo dejé pronto), y escuché a Paul Preston, importante marmolillo de la Iglesia de la Verdad Histórica Absoluta, hablando de la cosa. Y decía, cosa que no es en modo alguno incierta: todo el mundo, cuando habla de los enemigos internacionales de la República, cita a Alemania e Italia. Pero el verdadero enemigo internacional de la República fue Gran Bretaña, que con su política de no intervención impidió que se armase la República y bla, bla, bla (pongo estos blas porque la tesis, por ser más antigua que orinar las tapias, la supongo básicamente conocida por el lector).

 Esta tesis, como digo, ya era sostenida seis minutos y medio después de haber emitido Franco el último parte de la guerra. Para que sea cierta, es necesario, entre otras cosas, que Carrillo ordenase los fusilamientos de Paracuellos. Y porque no lo hizo, o por lo menos yo creo que no lo hizo, es por lo que la tesis no es cierta, y la realidad mucho más jodida.

La jodida realidad es que ni Santiago Carrillo ni nadie que tuviese una escarapela de mando público mandaba una mierda en el Madrid de la segunda mitad del 36. La jodida realidad es que ni Comités, ni Oficinas, ni Ministerios, importaban nada en aquella España que estaba segura de una victoria rápida contra la reacción, pues consideraba el golpe de Estado fracasado (y es que, efectivamente, fracasó) y donde las personas, organizadas en patotas, adquirieron todo el protagonismo. Un Estado organizado y al mando podría haber justificado Paracuellos informando de la filiación de los fusilados y hablando de necesidades bélicas, y tal. Pero la República, por no estar, ni siquiera estaba en guerra; su orden era derogar las declaraciones de tal estado hechas por los golpistas.

A los fusilados de Paracuellos los mataron grupos de matones y lo triste, para la Historia de la Guerra Civil, es que en Madrid, en el otoño del 36, veinte matones podían pasearse por Madrid con un autobús lleno de gentes a las que iban a matar, sin que nadie se lo pudiera impedir. Los mataron tipos hartos de barrer para el jefe, o de pagar alquileres al casero, o de tener que reír los chistes sin gracia de don Arturo María. Y el problema de la República fue permitir que aquellos tipos se enseñorearan de las calles, de las cárceles, y de los paredones. Carrillo tenía razón. A los fusilados de Paracuellos, o cuando menos a muchos de ellos, les habría ido mejor si el viejo, entonces joven, dirigente comunista hubiese tenido mando en plaza. Pero no lo tenía. Por eso Preston, y todos los prestonianos, sueñan sueños de colores cuando dicen lo que dicen, tratando de traslucir que Gran Bretaña podría haber hecho otra cosa de la que hizo (o sea, de la que no hizo). Cosa que no es cierta, a mi modo de ver, porque Gran Bretaña nunca habría alimentado la fuerza de las armas de un régimen bajo el cual cualquier troll de internet podía ponerse a buscar a su bloguero preferido para meterle dos tiros, enterrarlo en una checa o simplemente pisarle la cabeza, con la excusa de que era un fachista (como entonces llamaban a los fascistas).

Tristemente para la II República española, los asesinos de Paracuellos no tienen nombre. Es más: es que es posible que, si rascamos y rascamos en el mito de Carrillo/Paracuellos, que es bien antiguo, encontremos que su construcción y subida a los altares, labor del franquismo, se encontró con la colaboración, o cuando menos con la omisión interesada, de los republicanos no comunistas. Lo realmente triste para la República sería reconocer que Carrillo no necesariamente tuvo que ver con aquellos asesinatos, porque eso equivale a reconocer que aquellos asesinatos eran posibles aun perpetrados por una tropa de mediopensionistas sin oficio ni beneficio.

A mi modo de ver, es otro el episodio de la República que Carrillo se ha ido a la tumba sin describir con todo el nivel de detalle que a mí me habría gustado. Me refiero al proceso de la izquierda tras la mal llamada Revolución de Asturias de 1934 (Golpe de Estado Revolucionario se adapta más a la realidad), que culminó con la fagocitación de las Juventudes Socialistas por parte de los comunistas. Es un proceso muy interesante que, como digo, nadie ha contado a fondo. Podrían haberlo contado dos personas, que son Largo Caballero y Carrillo; pero tengo por mí que una no la contó por vergüenza, y la otra por interés. Largo, por no tener que reconocer que le hicieron una llave de judo (hace años me enseñaron que el judo consiste en derribar a tu contrario usando para ello la fuerza con la que te ataca) y le hicieron zozobrar en sus propias ilusiones de liderazgo. Y Carrillo, porque durante años no podía contarlo (no, cuando menos, hasta la muerte de Stalin) y luego, llegado un tiempo, quizá pensó: para qué...

Elementos socialistas de aquellas juventudes, y estoy pensando ahora en Ángel Merino (Mi guerra empezó antes) han escrito, con notable resquemor, que no eran las bases de las JS las que justificaban dicha fusión. Si hemos de creer a estas fuentes, no había, entre los jóvenes socialistas, necesidad de concordar con los comunistas. Si esto es cierto, entonces la creación de las Juventudes Socialistas Unificadas, sin la cual los turbulentos primeros seis meses del 36 se entienden malamente, es el fruto de una confluencia: la confluencia de las ambiciones de Largo, que aspira al liderazgo total de la izquierda; y las de Stalin, que por aquel entonces está sacando a pesar todo aquello del socialismo por la base y los frentes populares y tal, que viene a ser algo así como: dado que no voy a ningún lado con mi minicoche de 45 km/h de velocidad máxima, voy a formar un Frente Popular con Fernando Alonso y su Ferrari, que ya llegará el tiempo de darle un papirotazo y coger yo el volante...

Santiago Carrillo, Federico Melchor y José Cazorla, los tres dirigentes comunistas, viajaron a Moscú en aquellos primeros albores del 36. A su regreso, se crearon las JSU. Y Merino, que era militante de las JS, escribe: "de la noche a la mañana, la dirección de las Juventudes Socialistas desechó todo el pensamiento político que hasta la fecha había defendido y propagado, y se alineó al lado de los comunistas". Hubo, pues, un giro copernicano en la estrategia socialista, y se creó, conscientemente, el primer mojón de una re-fusión de comunistas y socialistas.

Este hecho tiene una importancia capital para lo que pasó después. Al albur de aquella fusión, más la extremada generosidad del Frente Popular al otorgar a los comunistas puestos en las listas de las elecciones del 36, pudo el Partido Comunista tener una fuerza de la que hasta aquel momento carecía; lo cual quiere decir introducir un matiz de gran importancia en la política interior: a eso que podríamos llamar la "revolución española" se le une y mezcla, ahora, la revolución soviética en España. Que no eran la misma cosa pero, para desesperación de los anarquistas y crujir de dientes del exilio republicano tras la guerra, acabarán siéndolo.

Hubiera sido interesante que Carrillo se hubiese explayado un poco más sobre este proceso. Pero qué le vamos a hacer, así es la Historia, y así son quienes la protagonizan.

lunes, septiembre 17, 2012

Fra Girolamo (10)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo y noveno capítulo.



Como veremos pronto, de todos los puntos del gobierno temporal de los hombres en los que un hombre de Dios como Girolamo Savonarola iba a tropezar, la política exterior era el más gordo de todos. En medio de toda la reforma revolucionaria de la gobernación de Florencia, la ciudad hubo de implicarse en una especie de guerra de baja intensidad con Pisa, ciudad teóricamente tributaria de la capital toscana. Florencia quería el total regreso de Pisa a su dependencia, pero el hecho de que los franceses hubiesen dejado allí un fuerte alimentaba en los pisanos deseos en la dirección contraria. Falto de dinero para pagar una milicia que resolviese el problema a hostias, Florencia intentó que fuera un pacto con Carlos VIII la solución al conflicto. Así, envió docenas de despachos a Nápoles, donde estaba el rey francés, solicitándole concordia con su posición.

La respuesta del francés es la acostumbrada en los galos; de razón nada y, además, quiero mi dinero. En efecto, Carlos envió al cardenal de Saint Malo a Florencia, a reclamar los pagos de la indemnización que según los acuerdos alcanzados con la Signoria, se le debía. De hecho, el buen cardenal ofreció entregar Pisa a los florentinos a cambio de 30.000 florines, pero apenas consiguió volver a Nápoles con 10.000. Este default parcial enfureció a Carlos VIII. Malas noticias para el Partido Popular, que había animado en Florencia grandes celebraciones cada vez que los franceses obtenían una victoria. Los arrabbiati, de hecho, no paraban de culpar de la situación, muy específicamente, al líder intelectual del gobierno, es decir Savonarola.

En medio de aquella polémica, el milanés Ludovico Sforza movió ficha. Harto de la ineficacia del rey francés, formó una coalición antigabacha, a la que logró apuntar al Papa, Venecia, Génova, España y el Emperador. E invitó a Florencia a unirse a ella.

Éste es el punto en el que la falta de cintura política de alguien como Savonarola se hace plenamente evidente. Cualquier persona en sus cabales se habría dado cuenta de que la liga antifrancesa era de tal magnitud que no tenía lógica estar en otra trinchera que no fuera esa. Pero Savonarola, como ya hemos leído, creía que Carlos VIII era un instrumento de Dios para implantar en Florencia el auténtico gobierno bajo reglas divinas; e, increíblemente, a pesar de los muchos renuncios, resistencias, mentiras y amenazas del rey francés, lo seguía pensando. El partido aristócrata florentino abrazó rápidamente la bandera de la liga, lo cual acabó de decantar, con todo su peso sermonal, a Savonarola del otro lado. A cambio de la recuperación, más formal que real, de Pisa, Florencia se había quedado sola en Italia; ni Dios (nunca mejor dicho, teniendo en cuenta la actitud del Papa) se colocó en su misma trinchera. Para colmo, la ciudad pronto tuvo noticia de que el rey francés volvía a su país, desde Nápoles, sembrando muerte y destrucción a su paso, sin hacer demasiadas distinciones entre amigos y enemigos… y acompañado por Piero de Medici. En otras palabras, Florencia había quedado: en peligro de ser atacada por la liga antifrancesa, por ponerse del lado de Francia; y en peligro de ser atacada por Francia, que ahora parecía escuchar al jefe de la familia otrora gobernante de la ciudad.

Savonarola, que para entonces se movía por la ciudad rodeado por una fuerte escolta, intentó de diversas formas alcanzar, cuando menos, un pacto con Carlos VIII. Tras muchos dimes y diretes, consiguió reunirse con él en Poggibonsi. Le arrancó la promesa de no pasar por Florencia, pero el tozudo rey francés le siguió negando el poder real sobre Pisa. Lo cual no evitó que los florentinos aclamasen al fraile por haber conseguido evitar el saco de la ciudad.

La decisión de Carlos VIII de no pasar por Florencia provocó el cambio de chaqueta de Piero de Medici, quien se apuntó a la liga antifrancesa. Aquel movimiento colocó en muy mala situación a los arrabbiati, que inmediatamente quedaban en peligro de ser atacados por hacer causa con el odiado Medici, razón por el cual cesaron en sus ataques a los frateschi, como se conocía a los partidarios de Savonarola.  Pero sólo era un movimiento táctico.

En lo más gordo y seboso de la revolución florentina, a la ciudad había llegado de Roma una orden vaticana decretando el traslado de Savonarola a Lucca. El gobierno de la ciudad había reaccionado fuertemente, y conseguido que la medida quedase aplazada. Si a eso se añade que, ahora, la única forma eficiente de neutralizar a Piero de Medici era apuntar a Florencia a la misma liga donde él estaba, medida que chocaba con el obstáculo del fraile, queda bastante claro que sus enemigos decidieron revivir aquella medida. A partir de ahí, una fina línea que comienza en Somenzi, el agente de Sforza en Florencia, y sigue en el cardenal Ascanio, miembro de la curia, para terminar en el propio Papa, trabajó en esa dirección.

Aquel verano de 1494, en plena canícula juliana, una carta papal llegó a San Marcos. El Padre Santo (decía ya Mariano de Cavia, hace cien años, que llamar al Papa Santo Padre no es cosa lingüísticamente bien armada) se dirigía a su “hijo amado” para decirle, básicamente: “Hemos oído que afirmas que tus predicciones no vienen de ti, sino de Dios. Y deseamos, pues tal es la obligación de nuestra misión pastoral, conversar contigo para, una vez bien informados por ti de los deseos de Dios, poder cumplirlos”.

La carta del Papa a Savonarola es, en sí misma, una tesis doctoral de diplomacia vaticana. El Papa, renovando ese voto cristiano de que el Cristo (y el Papa no es sino su vicario) sea el último de los últimos, el humilde entre los humildes, se postra ante el fraile que en sus sermones dice que cuenta lo que Dios quiere. Y, arropado por esa humildad, decreta que “en virtud de la obediencia divina, te conmino a que vengas a Nuestra presencia a la mayor brevedad”.

De seguro, Savonarola entendió hasta la última coma de aquella carta. Y lo que entendió, no le pudo gustar.