miércoles, enero 07, 2009

Etiquetas y protocolos

El poder, en su inicio, consistía en ser más fuerte. En una colectividad humana, el primero era el que era capaz de dar más hostias por minuto. Así de claro. Como en el reino animal, ése era el que comía antes, el que echaba más polvos y el que se sentaba la sombra del árbol más grande. En correspondencia , cuando venían las hienas a dar por culo, era también el primero que tenía que agarrar la garrota y echarse encima de ellas.

En esos tiempos, la exhibición del poder no era pues problema para esos líderes de manada. Pero las manadas se fueron complicando. Las manadas de hombres se fueron conviertiendo en aldeas, pueblos, comarcas y naciones. Cada una de estas unidades fue teniendo su jefe poderoso y al que mandaba sobre un territorio extenso comenzaron a llamarlo rey. Una de las tendencias naturales del hombre es profesar admiración sin par hacia los hombres destacados. Los dioses antiguos son probablemente imágenes simbólicas de antiguos guerreros de carne y hueso. Esta tendencia a la admiración y el recuerdo, unida a la creencia animista de que la fuerza de los reyes provenía de su sangre (de su ADN, diríamos hoy) provocó que la monarquía se convirtiese en algo hereditario. Aunque este concepto repele la racionalidad, pues es bien sabido que padres fuertes, valientes y comedores de marisco pueden perfectamente tener hijos débiles, cobardes e hipercolesterolémicos, fue rápidamente aceptado por las sociedades humanas. Además, en un movimiento que comenzó unos 2.500 años antes de Cristo en Egipto, sobrevino un nuevo elemento que tendió a consolidar más este montaje: el maridaje entre el poder temporal del rey y el espiritual de las clases sacerdotales. El rey pasó a ser un descendiente de los dioses, un plenipotenciario de los mismos o él mismo una deidad.

Al final de este camino, recorrido aproximadamente a lo largo de unos 25 siglos, la mayor parte antes de Jesucristo, el rey aparece convertido en un estadista que ya no, o no necesariamente, es el más fuerte. Es el que más fuerza tiene, sí, porque un ejército le avala; pero él mismo puede ser, y de hecho suele ser históricamente hablando, un ser adiposo, abúlico e incluso torpe. El ejemplo más claro de rey antirrey quizá sea ese Luis Capeto a quien se llevó por delante la Revolución Francesa, que era un tipo que saber, saber, lo que se dice saber, lo único que sabía en la vida era arreglar relojes.

En estas circunstancias, se hace necesario crear una serie de elementos que dignifiquen la diferencia entre ser rey y no serlo y que creen de hecho una distancia entre el ser superior y el inferior, sea éste un noble, un burgués o un simple plebeyo. La más exitosa, y por lo tanto, duradera de las invenciones en este terreno es la etiqueta o protocolo.

La etiqueta es una invención fundamentalmente oriental. Las cortes reales de Carlomagno, de Pipino el Breve o de Carlos el Gordo, por poner tres ejemplos muy cercanos entre sí, eran complejas y diferenciadas, pero no podían competir con el fasto y la complejidad de los protocolos persas o chinos (aunque éstos últimos no se conociesen por aquí). La invasión de parte de Europa por los musulmanes supuso poner muy en contacto estos dos mundos. Una leyenda, que no tiene por qué ser incierta, nos cuenta que en cierta ocasión un rey cristiano envió una embajada al califa Abderramán III, aquel tipo follador y un tanto cabroncete que, ya en su vejez, decía haber conseguido ser feliz apenas unos cuarenta minutos de su vida (por lo que se ve, era follador, cabroncete y exigente). Llegados los embajadores a la puerta del palacio de Medina Azahara, llamaron a la puerta y, al abrirles un edecán, se echaron a sus pies. Y es que el criado iba tan ricamente vestido a los ojos de los embajadores de la Comunidad Autónoma de Castilla León que lo tomaron por el califa en persona.

Otra cosa que aprendimos en Europa gracias al mayor contacto con Oriente fue eso de ligar monarquía y divinidad. Esto no nos vino por los musulmanes, sino algunos siglos antes, tras la creación del Imperio Romano de Oriente, cuando la corona constantinopolitana intensificó su identificación con los modos de las monarquías y satrapías persas, donde el que mandaba era considerado imagen de Dios. Nos cuenta Liutprando, un monje que fue embajador del rey de Italia en Bizancio, que fue obligado, a su pesar, a postrarse ante el emperador; él que, como buen cristiano, consideraba que sólo hay que postrarse ante Dios, se encontró con que los propios cristianos bizantinos le dijeron: es que el tipo que está en el trono es como Dios.

El emperador le recibió sentado en un trono de oro, a la sombra de un árbol de oro, reproducido hasta el último detalle, incluso con pájaros de oro. El trono, asimismo, estaba flanqueado por dos leones de oro.

El protocolo real establecía que, al entrar el embajador en la sala, los pájaros se ponían a gorjear, es de suponer que gorjeos de oro, y los leones a rugir áureamente. Todo eso estaba montado para provocar el acojone del personal y que, así, se postrasen sin resistencia. Liutprando lo hizo y, cuando levantó la frente del suelo, observó que el trono había sido elevado unos metros, de modo y forma que el emperador, refulgente entre tanto oro, le miraba como desde el cielo.

Evidentemente, toda esta etiqueta conseguía su objetivo principal, que era sustentar la idea de que el emperador no era cualquiera.

Los expertos de esta cosa de la etiqueta suelen considerar que una de sus instituciones principalísimas, como es la reverencia o genuflexión, es un invento español; pero no está del todo claro. Digo que es una institución principalísima porque es tan longeva que aún existe hoy. Hoy por hoy, de hecho, de todos los complicadísimos estrambotes de la etiqueta cortesana quedan dos cosas: una, las denominaciones especiales, aunque matizadas, pues utilizamos Su Majestad pero ya no usamos otras del pasado como Su Serenísima, o Amo Sacratísimo como eran conocidos los bizantinos, o Vuestra Eternidad; y la reverencia, que no es ya propiamente obligatoria, pues uno puede situarse delante del rey y no quebrar la espalda sin que vaya a ser multado por ello. En mi opinión, ante las dudas que mucha gente tiene sobre cómo hacer la puñetera reverencia, ésta ha degenerado en una serie de medio gestos, que hoy se ven en los informativos de televisión de vez en cuando, que son más ridículos que otra cosa. Quienes defienden este gesto como necesario en la relación con un rey tal vez deberían leer el edicto de Federico el Grande por el cual, el 30 de agosto de 1783, quedó abolida en su Corte.

Pero eso es ahora. Hace siglos, en muchas monarquías, los súbditos debían arrodillarse ante su soberano, existiendo una compleja regulación de cuándo había que apoyar una sola rodilla y cuándo las dos en el suelo.

En la corte de Isabel de Inglaterra, cada vez que se ponía la mesa para que la señora papease llegaban dos gentilhombres con el mantel, que colocaban en la misma tras hacer tres genuflexiones antes y tres después. Otros dos nobles entraban después, uno con un salero, un plato y el pan, y el otro, con un bastón de mando, lo precedía. Nueva serie pareada de tres y tres doblamientos corporales antes de colocar el menaje. Luego dos damas entraban con los cubiertos y los colocaban genuflexamente. Después de eso, los trompeteros tocaban famfarria y entraban soldados de la guarcia real con 25 platos de oro, que colocaban en la mesa. Sólo entonces aparecía la reina. Salvo en el caso de que hubiese decidido comer sola, porque entonces 25 damas de compañía tenían que coger los platos y llevarlos a su cámara, donde ella elegía dos o tres.

El conde Filiberto de Gramond, uno de los diplomáticos más viperinos y ocurrentes de la Historia, lo fue ante la corte de Carlos II de Inglaterra. Es famoso por haberle hecho al rey el sarcástico comentario, que muchos turistas de paso por Reino Unido hoy compartimos, de que había creído que la razón de que toda aquella gente se arrodillase al dar de comer al rey era «el pésimo alimento que sirven a Vuestra Majestad».

En la corte imperial vienesa del siglo XVIII, el protocolo de las comidas incluía el hecho de que los ciudadanos podían solicitar estar en la puerta por donde entraba el emperador a comer para así poder besarle la mano. El besamanos, signo de pleitesía que personalmente considero especialmente humillante, ha desaparecido, afortunadamente, de los protocolos reales (y, por supuesto, me refiero a las monarquías del presente siglo, es decir las constitucionales). No ha desaparecido, no obstante, del protocolo eclesiástico. El Vaticano sabrá por qué; aunque doy en pensar que, sea cual sea la explicación, la palabra modernidad no forma parte de ella.

Elemento absolutamente consustancial a la etiqueta real es la existencia de privilegios. Los emperadores chinos, según nos cuenta Pu Yi en su autobiografía, ostentaban la total exclusiva de determinado color amarillo; nadie en China podía usarlo nada más que ellos; salvo, quizá, los chinos con ictericia. Igualmente, sólo los emperadores de Bizancio podían usar zapatos rojos. Esta costumbre, ligeramente retocada y flexibilizada, acabó llegando a cortes occidentales como la francesa, en la que los nobles tenían el privilegio de poder llevar ante el rey calzado con tacón rojo. Los grandes de España, por el hecho de serlo, tienen el privilegio de permanecer ante el rey tocados, es decir con el sombrerete puesto. El resto de los ciudadanos, o sea nosotros los Pequeños de España, se supone que tenemos que dejar la chota al aire (exclusión hecha, supongo, de militares, cardenales y demás gente Mediana, que diría Gandalf).

En muchas cortes, no todo el mundo podía tocar al rey. Cleopatra, por ejemplo, era teóricamente intocable, aunque eso no le impidió ni a Julio ni a Marco Antonio matarla a polvos. Pero no es ésa una costumbre tan antigua como pueda parecer. Felipe III, rey Habsburgo de España, sufrió gravísimas quemaduras estando sentado frente a su chimenea. El agravamiento de sus lesiones se produjo, en parte, porque la gente que en ese momento le rodeaba tardó demasiado tiempo en encontrar a un grande de España que pudiese mover el sillón. Por su parte, en la corte de Luis XIV existió una prolija regulación sobre quién podía sentarse en un sillón, en un sillón con respaldo pero sin brazos, en un taburete, o permanecer de pie, delante del rey, o en presencia de los príncipes, o de los pares de Francia. Por esta razón, en Versalles había decenas de lacayos cuya única función era ir transportando sillones y taburetes conforme los miembros de la familia real o de la alta nobleza se movían de una sala a otra.

Cuando el rey no estaba en su sede central y se piraba a sitios como el castillo de Balmoral en Inglaterra, la nobleza se iba con él y se alojaba en el mismo castillo. En las puertas se escribía el nombre del inquilino de cada habitación. En el caso de Francia, los nobles de sangre real, los cardenales y la realeza extranjera tenían el provilegio de que su nombre no figurase sólo y fuese precedido por la preposición pour (para). Los embajadores daban el coñazo que fuera necesario para conseguir el puto pour para sus señores.

Poco a poco, conforme la etiqueta se va convirtiendo en una ciencia cuyos expertos hacen cada vez más alambicada, el protocolo real va encerrando a los reyes y reinas en una jaula que controla absolutamente toda su vida. En una de las ciudades que atravesaba camino de Madrid para casarse con Felipe IV, un alcalde quiso regalarle a Ana de Austria unas medias de seda, pues la seda era la producción local. Indignado, el mayordomo real rechazó el regalo, pues la reina no podía recibir óbolos de cualquiera, y le espetó al tembloroso edil: «Ya es tiempo que sepáis, señor alcalde, que la reina de España no tiene piernas». La tradición nos cuenta que Ana de Austria, testigo de la escena, llegó a Madrid histérica, por pensar que le amputarían las piernas después de la boda. No es la única anécdota de este jaez. Mirabeau rechazó en cierta ocasión el redactado de un memorial al rey que comenzaba diciendo que sus firmantes «depositaban un homenaje a los pies de Vuestra Majestad»; y lo hizo argumentando que el rey no tiene pies.

Eso que se ahorra. Así, no le huelen.

En la Corte española, por estar regulado, hasta lo estaba cómo debía vestirse el rey la noche que decidía ir a hacer principitos con la reina. Un cronista alemán llamado Lünig dejó una descripción de dicho porte, que incluía una botella, dice, «nicht zum trincken, sondern sonst bey Nacht-Zeiten gebraucht wird». O sea, que la botella no era para beber sino para otros propósitos nocturnos. ¿Ein?

Luis XIV, el Rey Sol, es conocido por haber sido el no va más de la etiqueta emperejilada. Era el Sol, ergo el centro del mundo, y todo giraba alrededor de él. Se han hecho cálculos según los cuales don Luis no pasó en toda su vida ni diez minutos solo. Y no es de extrañar. En las cortes coronadas del pasado, los reyes cagaban delante de los nobles. De hecho, Luis XIV, considerando cortante la historia, redujo el volumen de testigos de tan escatológica escena a unos cincuenta. Por cierto, que era un privilegio ser el noble que llevaba la silla con el agujerito y la ponía bajo el culo del rey. Sin salir de la mierda, cabe recordar al desgraciado hijo de María Antonieta el cual, casi nada más nacer, se cagó (y que nadie se ría; que aquí, quien más quien menos, todos hemos hecho lo mismo). La escena, claro está, fue presenciada por varias decenas de testigos, que la recibieron con alborozo. Automáticamente, en la moda parisién se impuso cierto color marrón, conocido como Caca Dauphin, o sea, La Mierda del Delfín.

Esta obsesión por emular al rey era tan estúpida que, cuando el Rey Sol fue operado de una fístula, varias decenas de nobles pagaron a cirujanos pasar ser operados de lo mismo, es decir de fístulas que no tenían.

Quizá el ejemplo más estúpido de adulación a un rey o emperador se dio con Napoleón y el asunto de la máscara de hierro. Es muy conocido, entre otras cosas porque Hollywood lo ha versionado, el mito francés de la máscara de hierro. Según dicho mito, Luis XIV tenía un hermano gemelo que había nacido antes que él y, por lo tanto, le precedía en el derecho al trono. No se sabe muy bien por qué, fue apartado en el momento de nacer, encarcelado, y obligado a llevar una máscara de hierro de por vida para no ser reconocido por nadie. El mito tiene poca solidez; primero, porque no se explica qué podía tener Luis XIV siendo un recién nacido como para convencer de que él debía ser el rey. Y, segundo, porque en aquellos tiempos, de ser cierta la necesidad, alguien se habría apiolado al niño sin problemas ni mascaritas ni hostias. Pero el mito existió, entre otras cosas porque tiene una base real, aunque el encerrado no era rey y la máscara no era de hierro, sino de seda. Pero ésa es otra historia (ya puestos: ¿hay alguno que se la sepa?).

El caso es que al llegar Napoleón a la dignidad imperial, los genealogistas se aplicaron a demostrar que era descendiente del misterioso hombre de la máscara de hierro. Según la metaleyenda (leyenda sobre leyenda) una jovencita llamada Bompart, hija de un guardián de la prisión de la isla de Santa Margarita, le echó varios quiquis al de la máscara hasta quedarse embarazada, enviando el niño a Córcega, donde su apellido se italianizó a Buonaparte.

Napoleón, por cierto, se reía de esta chorrada. «La historia de la familia Bonaparte», decía, «comenzó el 18 de Brumario».

Algunos reyes antiguos tenían que beneficiarse a la reina en la noche de bodas delante de testigos, para que no quedase duda. En otros casos, el personal se contentaba con comprobar a la mañana siguiente que había sangre en la sábana, aunque hemos de reconocer que esa es una prueba bastante endebles, pues sangres hay muchas, y el himeneo no es la única forma de producirlas.

Aunque lo más absurdo de estas cosas son, claramente, los subproductos mal copiados. Ya he dicho que, en realidad, la etiqueta cortesada es, en buena parte, una no muy buena copia de protocolos orientales. Pero la monarquía occidental fue asimismo copiada en algunos casos. Uno de los más chuscos es el de Faustin Elie Soudouque quien, en 1849, se proclamó emperador de Haití con el nombre de Faustin I. Faustin quería una corona de oro, como la de Napoleón (los haitianos, colonizados por Francia, sentían adoración por don Napo); pero como no tenía, fue coronado con una corona de cartón pintada de dorado, como las que dan en el McDonald's con un Happy Meal.

El gran esfuerzo de Faustin fue crear una nobleza. Copió de los países europeos la costumbre de dar al noble, con su título, unas tierras, y dar al propio título el nombre de dichas tierras (así, el ducado de Medina-Sidonia y todo eso; hoy los títulos nobiliarios siguen llevando en muchos casos denominaciones de territorios, aunque obviamente los territorios ya no van adjuntos, como ocurre con los ducados de Palma y de Lugo). El problema es que las fincas que otorgó a los nobles en Haití tenían nombres extraños y, por esa causa, creó cosas tan acojonantes como los ducados de la Limonada, de la Mermelada, de las Mejillas Rojas, del Puesto Azanzado o del Número Dos; o los condados de Río Torrencial y Terrier Rojo; o las baronías de La Jeringa o del Agujero Sucio. Cabe imaginarse el diálogo en el supermercado.

  • Hola. Soy el Barón del Agujero Sucio.

  • ¿Ah, sí? Pues el papel higiénico está en la primera estantería pasados los congelados.

En 1852, Faustin se recoronó, pues ya había conseguido una corona de oro. Se dice que en la escena reprodujo exactamente el cuadro de David de la coronación de Napoleón.

Faustin encargó en Marsella un uniforme especial para su guardia personal. Puso mucho empeño en que los uniformes llevasen una placa de metal identificativa de la especial categoría de aquellos soldados. Algún tiempo después, un francés llegó a Haití y fue invitado a una parada de la guardia real. Cuál no fue su sorpresa cuando se acercó a un soldado y, fijándose en la placa, leyó en ella:

Sardines a l'huile. Barton e Cie. Lorient.

Tanto Faustin como toda su guardia eran analfabetos. Todavía no se habían dado cuenta de que el avispado marsellés había cobrado un congo por unas placas que eran culos de latas de sardinas.

Pero en eso constituye la etiqueta real. Si el rey dice que la tapa de una lata es la hostia, entonces es la hostia.

sábado, enero 03, 2009

El eterno problema judío

¿Qué tal? ¿Fue bueno Santa con vosotros? Y, en todo caso, ¿cuáles son vuestras expectativas racionales cara a la llegada de los mercaderes orientales? Espero que buenas. Los flujos de información nunca son perfectos, incluso entre seres mágicos, así pues es más que probable que su conocimiento sobre vuestro comportamiento real a lo largo del año que ya hemos pasado no sea todo lo acertado que debería ser para que recibiéseis hulla o lignito en lugar de regalos.



Sea como sea, aquí estamos de nuevo los dos; tú, que lees que este blog. Y yo, que lo escribo. Y, aunque el año 2008 lo dejamos con algún hilo que otro pendiente, parece que la actualidad manda y que en esta hora del regreso tengamos que acordarnos un poco de la cuestión, llámala judía, llámala palestina, como a ti te parezca. Aunque la elección, en realidad, no es baladí. Estas pasadas navidades, en efecto, hemos vivido una nueva escalada bélica en los territorios palestinos. En un signo muy propio de nuestra modernidad, resulta difícil llamarle guerra a lo que está pasando, pero, como digo, esto es algo propio de los tiempos; las guerras, hoy, ya no son tan netas como antes; ya no es tan fácil distinguir un momento de guerra de uno de paz o, para ser más precisos en las expresiones, de no guerra.


Resulta difícil abordar un post como el que aquí vas a leer. Personalmente considero que si hay dos asuntos en los que es difícil encontrar un contertulio que piense con los hemisferios cerebrales y no con el yeyuno, éstos son el papel de la Iglesia católica en España y el problema judío; ambos, no por casualidad, asuntos de claro tinte religioso. Estamos hablando de temas cuyos protagonistas han emputecido de tal manera, a través de sus actuaciones históricas, que hoy por hoy, todo el que se acerca a la reflexión sobre los mismos, lo hace desde una vehemencia excesiva y, consecuentemente, los juicios tienden a nublarse. No obstante, ¿quién dijo miedo?








El pueblo judío se considera, como consecuencia de su religión y de sus tradiciones, el pueblo elegido por Dios. Se concede a sí mismo y a sus usos un valor especial que ha permitido su conservación a través de los siglos. El cristianismo es obviamente de raíz judía, tanta raíz que ambas creencias comparten muchos de sus libros sagrados. Pero el cristianismo, bajo el liderazo de Saulo el que se dio el piñazo desde el caballo, tenía una veta prosélita que lo diferenció claramente del judaísmo. Mientras el judaísmo es una creencia customized, por lo tanto creada para el pueblo elegido y que termina en el mismo, el cristianismo, como siglos después el mahometanismo, es una creencia proselitista cuyo objetivo final sería abarcar a la totalidad de los seres de la Tierra. Como religión universal, el cristianismo tomó muchos elementos de otras creencias (como, por ejemplo, la veneración a los santos, o la Navidad) que la convirtieron en otra creencia completamente distinta del judaísmo; a lo que hay que unir el resquemor de los cristianos hacia los judíos pues, al fin y al cabo, fueron ellos quienes se apiolaron a su líder, Jesús. Este resquemor, en realidad, se sostiene mal teológicamente hablando, puesto que un cristiano verdaderamente creyente debe creer que Jesucristo bajó a la Tierra precisamente para eso, para ser sacrificado. Pero, aún así, en algunas celebraciones de la Semana Santa en lugares como España y tiempos como los siglos tardomedievales, era costumbre buscar un judío cada Jueves Santo para darle una mano de vergarazos, o sea repetir en sus totalmente reales espaldas la presunta tortura cometida sobre Jesucristo. Este tipo de prácticas sirvieron para hacer del judío un pueblo cada vez más encerrado en sí mismo y cada vez más convencido de que todo esquema de vida que partiese de la vecindad con otros (es decir, toda inexistencia de una nación judía, con un Estado judío) sería una mera solución parcial a su problema.


La presión de los musulmanes cuando, tras la muerte de Mahoma, se expandieron de Este a Oeste, desde la actual Arabia Saudita hasta Santiago de Compostela o la frontera pirenaica, forjó una serie de emigraciones masivas de judíos que se repartieron por el mundo, conservando siempre su religión y costumbres inveteradas, como la circuncisión. Su endogamia y escasa relación con las sociedades en las que se establecían generó notables dosis de desconfianza, haciendo del antisemitismo, el odio a lo judío, uno de los elementos de las sociedades europeas. El antisemitismo existió en España, que en tiempos de los Reyes Católicos montó primero burdas operaciones de manipulación asesina (ahí está, por ejemplo, el famoso juicio por el presunto asesinato del Santo Niño de la Guardia) y, después, expulsó a los judíos de España y a través de la Inquisición los persiguió con saña. Pero en el antisemitismo no es nada cierto eso de que España sea diferente. Existió en Francia, donde acabaría estallando a finales del siglo XIX con el denominado escándalo Dreyfuss, en el que un militar judío fue condenado por un espionaje que no cometió; y, sobre todo, tuvo su momento crucial con la llegada al poder en Alemania del partido nacionalsocialista de Adolf Hitler. El partido nazi era rabiosamente nacionalista y basaba su discurso político en el reclamo para Alemania de un papel protagonista y poderoso que, según su interpretación de la Historia, le había sido hurtado a Alemania por culpa de la conspiración de los judíos contra la nación. Pero lo que hay que entender es que si este mensaje hubiese sido una invención del Bigotitos de Linz, hubiera sido difícil arrastrar al personal. Como demuestran muchos libros (y yo os recomendaría, en este punto, La dictadura alemana, obra si no me equivoco de Karl Dietrich Bracher editada por Alianza), en el asunto de odiar a los judíos, Hitler escupía sobre un diluvio.


Cuando llegó al poder, Hitler dictó leyes antijudías y, finalmente, en la denominada «solución final», decidió acabar con ellos mediante su asesinato sistemático en lo que los nazis llamaban campos de reasentamiento y que hoy se conocen como campos de concentración; esta solución se adoptó, si hemos de creer las confesiones que Himmler le hizo a su médico, después de desechar por imposible la primera idea, que fue concentrarlos a todos en Madagascar y dejarlos allí que se pudriesen. En los campos de concentración, tres millones de judíos fueron asesinados y rebajados a condiciones infrahumanas. El sentimiento de culpabilidad europeo hacia este genocidio tiene mucho que ver con la actitud de las potencias del mundo libre hacia la creación del Estado de Israel, situado en lo que el Antiguo Testamento dice que es la Tierra Prometida que Dios, Jehová o Elohim según el capítulo que elijamos, legó al pueblo judío.

La creación de Israel, sin embargo, es un proceso anterior a la segunda guerra mundial. Comienza a ser una idea a partir de finales del siglo XIX, que es cuando nace el sionismo, una especie de nacionalismo judío radical que propugna el derecho de los judíos a tener un Estado propio y a tenerlo, además, en Palestina, sosteniendo que los derechos de los judíos sobre Judea son previos a los que los palestinos hubieran podido adquirir después. El sionismo, en todo caso, es algo que, si queremos verlo, lo podemos encontrar incluso en los tiempos contemporáneos de Jesucristo, porque el nacionalismo judío es tan antiguo como el pueblo judío mismo.

Palestina, a las puertas de la primera guerra mundial, era un territorio cuya potencia de dominio se esfumaba. Había sido parte del imperio turco pero los turcos, en los cuatro siglos anteriores, se habían ido debilitando progresivamente como potencia mundial y, en ese momento, las potencias emergentes, es decir los países colonialistas europeos, eran los que ambicionaban esos territorios.
En mayo de 1916, en medio de la primera guerra mundial pues, el diplomático británico sir Mark Sykes y su colega francés George Picot se reunieron para dividir Oriente Medio en zonas de influencia para ambos países para el caso, que luego se cumplió, de que su equipo ganase el partido. Había un tercero en discordia, que era el rey hashemita Husayn, el cual estaba ayudando a los británicos en la guerra con la asistencia del famoso T. E. Lawrence, conocido como Lawrence de Arabia; el tipo responsable de que generaciones de españoles como el que esto escribe aprovechasen el descanso en el cine (hubo un tiempo en el que las películas largas tenían descanso) para, en pleno invierno madrileño, ir a comprar un helado.


Sin embargo, británicos y franceses engañaron a Husayn y a Lawrence (bueno, a Lawrence, más que engañarlo, lo trataron como una puta mierda) y, lejos de crear el gran reino hashemita que esperaban los habitantes de la zona y su rey, miraron por sus intereses coloniales.

El acuerdo Sykes-Picot, que en la práctica se convirtió en una ausencia total de estabilidad para la zona bajo la autoridad de una monarquía fuerte, no se aplicó en Palestina, es decir la actual Israel. Esto fue así porque durante la guerra Palestina fue ocupada por los británicos y allí no había presencia francesa, así pues Reino Unido no tenía por qué compartirla. El grupo de presión judío sionista, entonces dirigido por Haim Weizmann, tuvo claro que era a los británicos a los que debía presionar. Sus gestiones dieron rápido resultado, entre otras cosas porque contaron con amplia financiación de muchos judíos ricos del mundo, como los célebres banqueros Rotschild. Fruto de su influencia fue la apertura de negociaciones formales entre Reino Unido y los sionistas en 1916 y su resultado, conocido como la Declaración Balfour (lord Arthur Balfour era el secretario del Foreign Office, o sea el ministro de asuntos exteriores británico), por la cual Inglaterra afirmaba su compromiso de permitir el establecimiento de un estado judío en Palestina. Es, pues, inexacto considerar que el nacimiento de Israel es un producto de la segunda guerra mundial; lo es ya, en gran medida, de la primera pues, como ahora vamos a ver, la actitud británica de sostenella y no enmendalla respecto de la Declaración Balfour fue más que clara en las siguientes décadas.

En 1917, había en Palestina 650.000 musulmanes, 80.000 cristianos y 60.000 judíos. En dicho año, el general Allenby, británico, ocupó Jerusalén. Inmediatamente, en Londres se prepararon para permanecer en el país un largo tiempo. La situación era embarazosa y muy liada. El acuerdo Sykes-Picot establecía que Palestina debería ser gobernada por británicos y franceses al alimón, aunque, como he dicho, la tendencia era a no aplicarlo en el caso concreto de Palestina; la declaración Balfour apostaba por un Estado judío; y aún había un tercer pacto, el llamado acuerdo Mac Mahon-Husayn, en el que se le prometía a los hashemitas la gran nación en la que querían reinar. A todas luces, los apresurados pactos hechos para ganar la guerra y obtener apoyos contra los turcos habían sido divergentes unos de otros y, por lo tanto, no había un camino claro a seguir. Quienes sí lo tuvieron claro fueron los sionistas, los cuales utilizaron su dinero, y el creciente exceso de judíos en Europa sin trabajo y casi sin hogar, para fomentar su traslado a Palestina, con la no escondida intención de cambiar la relación de fuerzas en la población de la zona lo antes posible.

Faysal, uno de los hijos del rey Husayn y bastante más vehemente que él, nunca se resignó a la traición que para los hashemitas representaba, sobre todo, el acuerdo Sykes-Picot. En consecuencia, construyó la idea de la Gran Siria, es decir el gran Estado musulmán en Oriente Medio, que es la semilla del nacionalismo musulmán de la zona. Se produce un movimiento claro de musulmanización, es decir de recuperación de diversas costumbres, figuras e instituciones musulmanas, como la figura del mufti, un líder a caballo entre religioso y político. Los ingleses nombraron mufti de Palestina a un líder relativamente moderado, Kamil al-Husayni. Sin embargo, pronto fue superado por otros líderes, como su propio hermano Haj Amin, que habían abrazado la teoría de la Gran Siria.

El primer episodio de violencia entre musulmanes y judíos se produjo en abril de 1920, cuando los miembros de una organización denominada Nabi Musa se enfrentaron con los del grupo sionista radical Beitar. Fue un día entero de violencia con varios muertos. Los británicos, asustados, formaron una comisión de estudio, conocida como la Comisión Palin, la cual, tras estudiar el terreno, concluyó que la rabia de los palestinos respecto de la traición hacia los hashemitas era el origen de todo y, consecuentemente, recomendó que se retirase la Declaración Balfour. Cosa que, obviously, no se hizo; más bien todo lo contrario. De todas formas, Faysal cometió un grave error tratando de acercarse a Weizmann, con lo que se ganó la oposición de muchos palestinos. Para cuando los franceses, todavía en 1920, decidieron echarle de Siria, no encontraron gran oposición. Faysal fue recogido por los británicos, los cuales le hicieron rey del recién creado Irak. En esta manera de actuar de los occidentales, esto de lo mismo te hago rey de los palestinos que de los persas, se ve claramente el planteamiento miope y de trazo gordo con que en Europa se trataban las cuestiones musulmanas; además de las trazas de los graves problemas existentes hoy en día en el área.

En 1921, Kamil al-Husayni falleció y su hermano, el nacionalista Amin al-Husayni fue nombrado mufti de Palestina. Al calor de esta nueva concepción del destino musulmán desde el poder político-religioso, lo que se denomina el panarabismo, o nacionalismo árabe total, surgió con rapidez. En 1930 nacen partidos muy importantes de esta tendencia, como al-Istiqlal, que quiere decir independencia; o la Juventud Musulmana. El panorama se completaba con los grupos políticos seguidores de la aristocracia nahashibi, cuyo líder era Abdullah, y los cuales, como oposición al panarabismo nacionalista, admitían soluciones basadas en la partición de Palestina en un estado musulmán y otro judío.

En los años veinte, el radicalismo de Amin al-Husayni provocó que los palestinos cometiesen un error táctico. Cuando los británicos establecieron que los gobiernos locales, es decir ayuntamientos y similares, deberían basarse en la paridad (mitad judíos, mitad musulmanes), los judíos aceptaron, lo cual es lógico teniendo en cuenta que no eran la mitad de la población; pero los palestinos, que eran bastante más de la mitad, se negaron. Esto llevó a los palestinos, por primera vez en la historia de este conflicto, a posiciones obstruccionistas que no les ayudaron precisamente a obtener apoyos exteriores.

Inmediatamente después de que, pasada la guerra, Palestina dejó de tener un gobierno militar y pasó a tener una administración civil donde, además, se buscaba la paridad, los sionistas, dirigidos por David Ben-Gurion (considerado el padre del Estado de Israel), Eliezer Kaplan y y Moshe Sharett, se dedicaron a la construcción de un Estado dentro del Estado, con notables éxitos. Por ejemplo, ya en los años treinta, cuando aún la escolarización de los menores no era aún obligatoria en casi ningún lugar, todos los niños y adolescentes de las comunidades sionistas de Palestina acudían regularmente a la escuela.

En 1929, Reino Unido acabó por darse cuenta definitivamente de que Palestina era una jaula donde se había encerrado a un gato y un perro, ambos rabiosos. Un pequeño incidente ocurrido en el Muro de las Lamentaciones y concerniente a los derechos de judíos y musulmanes a rezar en determinados momentos brotó en una espiral de violencia que se extendió por todo el país y que generó unos 600 muertos en apenas unos días (anotación al pie: ya sé que estos días ha sido bastante común escuchar en los informativos que el número de muertos producidos por los bombardeos, en el momento que eran unos 300, eran más que los producidos por la Guerra de los Seis Días, como queriendo decir que nunca ha habido una mortalidad peor en el conflico árabe-israelí; sería conveniente que los redactores de dichos titulares leyesen un poquito más).


Los británicos reaccionaron como suelen, es decir formando una comisión, la Comisión Shaw. De nuevo hubo un estudio de la situación y de nuevo hubo unas conclusiones que recomendaban tirar la Declaración Balfour a la basura. De hecho, la comisión Shaw fue más allá: recomendó que se detuviesen las inmigraciones de judíos hacia Palestina, es decir que se impidiese su estrategia de repoblación acelerada. Los sionistas reaccionaron a la violencia creando su embrión de ejército, la Hagana (defensa en hebreo). Por su parte, los palestinos entraron en una crisis de liderazgo, pues el hecho de que Amin al-Husayni hubiese tratado de contemporizar con algunos judíos, por ejemplo vendiéndoles tierras, deterioró su carisma frente a los musulmanes, crecientemente radicalizados.

Los palestinos, en todo caso, tardaron en crear su propio embrión de gobierno, el Alto Comité Árabe (1934). Para cuando lo hicieron, en gran parte era tarde. Un año antes del nacimiento del ACA, Adolf Hitler había ganado las elecciones en Alemania y accedido a la cancillería. Automáticamente comenzó su política antijudía, que se repitió en otros muchos países, lo que provocó una auténtica ola de emigración de hebreos hacia Palestina; ola ante la cual la nueva organización musulmana no tenía barrera que poner. Por eso, rápidamente comenzaron las soluciones violentas. Izz al-din al-Qassam tiene el dudoso mérito de haber sido el primer palestino que inició un movimiento de guerrilla en el norte del país. Fue asesinado por los ingleses en 1935, convirtiéndose en el primer mártir palestino.

Presionado por la creciente presión radicalizada de los palestinos, en 1936 el ACA declara una huelga general. Tres semanas después, la policía británica disparó sobre los manifestantes en Jaffa. Las muertes provocadas llegaron a los ingleses a reaccionar como acostumbran: por tercera vez en menos de medio siglo, crearon una comisión para estudiar el problema. La Comisión Peel recomendó la anexión de Palestina por Jordania, el mantenimiento de la presencia británica en la zona y la reserva de una parte muy pequeña del territorio para la creación del Estado judío. Aún hubo una cuarta comisión, la comisión Woodhead, que básicamente recomendó lo mismo.

En septiembre de 1936, Lewis Andrews, el comisionado de Galilea, fue asesinado. Los británicos no reaccionaron esta vez creando una comisión, sino deteniendo en masa a los líderes musulmanes nacionalistas. Esto provocó que los palestinos desarrollasen un odio total hacia los británicos y se acercasen al enemigo de entonces de Gran Bretaña: Hitler. Mala jugada.


La propaganda antijudía hitleriana fue machaconamente repetida en Palestina por muftis y otros líderes y, de hecho, los palestinos apoyaron el golpe de Estado de inspiración alemana que se produjo en Irak en 1941. Los británicos intentaron calmar a los palestinos mediante documentos como el que se conoce como Libro Blanco de 1939, en el que prometían eliminar la Declaración Balfour y limitar la emigración judía a la zona.

La influencia de la segunda guerra mundial en el conflicto árabe-judío se puede resumir con dos elementos. En primer lugar, los judíos escogieron el bando ganador. Se pusieron del lado británico, y fue Reino Unido quien ganó la guerra; mientras que los palestinos se apoyaron en Hitler, que la perdió. El segundo elemento es el gran complejo de culpabilidad generado en todo el mundo libre por el holocausto conforme, al final de la guerra, las tropas aliadas fueron llegando a los campos de concentración y conociendo las atrocidades que se habían cometido en ellos.
Un gran punto de inflexión se produjo con el conflicto del Exodo. Se trataba de un barco con refugiados judíos al que no sólo no se le dejó recalar en Palestina, sino que se le obligó a regresar a Alemania, enviando a sus pasajeros a una muerte segura. La corriente mundial de rechazo hizo mucho por la causa de los judíos.

Cuando, en 1947, las Naciones Unidas, y muy especialmente las dos grandes potencias de referencia del mundo, EEUU y la URSS, se aplican a analizar el problema de Palestina, los palestinos están en una situación muy mala. Su principal lider, Amin al-Husayni, había colaborado tan intensamente con los nazis durante la guerra que era visto como un líder nazi. Los sionistas, por su parte, estaban extraordinariamente bien situados para conseguir que EEUU apoyase sus puntos de vista. Para colmo los palestinos, en un ejercicio de miopía difícil de entender, se encastillaron en su demanda de un solo Estado árabe y boicotearon a las comisiones de estudio que envió la ONU a la zona que, sin embargo, eran amabilísimamente recibidas por delegaciones sionistas.

El 31 de agosto de 1947, la UNSCOP, es decir la comisión encargada de estudiar el futuro de Palestina, presentó sus conclusiones. Recomendaba la partición del país en dos Estados con unión económica entre ellos. El estado israelita ocuparía la zona costera, el oeste de Galilea y el desierto del Negev, en el sur. Al día siguiente comenzaron los enfrentamientos, para los cuales, pronto se vio, los judíos se habían preparado mucho antes y mucho más que los palestinos, quizá fiados en el mero hecho de que eran más. Apenas dos semanas después, comenzaron las expulsiones de palestinos.

Entre marzo y mayo de 1948, los judíos ejecutan el llamado Plan D, basado en dos objetivos: el primero, hacerse con el control de todos y cada uno de los edificios que los británicos han abandonado, es decir todos los centros del poder, desde centrales telefónicas hasta ministerios. El segundo objetivo fue echar del país a cuantos más palestinos mejor, en casos ocupando aldeas enteras y dejándolas desiertas. En apenas doce semanas, los sionistas echaron de sus casas a un tercio de la población palestina.


Esto generó la primera guerra de Palestina.

Contra lo que habitualmente se dice, Israel no siempre ha dependido del armamento americano. De hecho, en la guerra de 1948 se las arregló para comprarle armas a la URSS, no a Estados Unidos; y, además, se benefició de la decisión de los británicos de embargar las ventas de armas en la zona; lo cual, automáticamente, debilitó a los tres ejércitos que se abastecían exclusivamente de armamento británico, es decir Egipto, Irak y Jordania, los cuales, por lo tanto, no pudieron ayudar a Palestina.

El Estado de Israel, de acuerdo con las decisiones de Naciones Unidas, fue declarado el 14 de mayo de 1948. Una hora después de dicha declaración, el presidente americano Harry Truman anunciaba el reconocimiento de dicho Estado. La URSS lo hizo dos días después. Pero lo más importante que ocurrió esa noche, en el mismo segundo en que el Estado de Israel comenzaba a existir, es que una fuerza de 10.000 soldados egipcios cruzó la frontera entre la península del Sinaí y el desierto del Negev. Aviones egipcios bombardearon Tel-Aviv. Fuerzas sirias y libanesas también cruzaron su frontera, por el norte, pero fueron detenidas en su avance. El 19 de mayo, la Legión Árabe atacó Jerusalén.

Pasada una semana, la suerte de la guerra comenzó a cambiar. Los árabes avanzaron deprisa, pero no fueron capaces de tomar los grandes centros del país y, además, encontraban problemas para conservar sus posiciones (en esto compartían torpeza con su otrora aliado, es decir Adolfo Hitler, AKA Avanzo a toda hostia pero me provisiono como el culo). El 18 de mayo, los judíos tomaban Acre. Para el día 24, sirios, libaneses e iraquíes abandonaban el país, perseguidos por el ejército judío. Después de dos treguas y de nuevas luchas, en julio los israelitas tenían un control casi total del territorio. Naciones Unidas designó un negociador para buscar un acuerdo de paz, el conde sueco Bernadotte. Cuando a Bernadotte se le ocurrió insinuar que iba a proponer una reducción del territorio de Israel (concretamente, la anexión del Negev a Jordania), un grupo judío radical lo asesinó, en septiembre de 1948. La guerra terminó con algo que se parece mucho a la rendición de los árabes.

En 1949, de los 850.000 palestinos que habían vivido en Palestina años antes, ya sólo quedaban 160.000. El resto se convirtieron en refugiados en otros lugares.

En los años cincuenta, tras una actuación tan dolorosa por parte de los judíos triunfantes en la guerra, el pueblo palestino se radicaliza y aparece la figura del fedayin, del guerrero. La principal organización guerrera será al-Fatah, que hoy aún pugna con Hamas por el poder entre los palestinos.

En ese momento, entra en el escenario la personalidad de Gamal Abdel Nasser, un líder arabista que llega al poder en Egipto y que, como consecuencia de sus ideas nacionalistas panárabes, hace del enfrentamiento con Israel uno de los pivotes de su política. Nasser era un político hábil en el interior, pero algo torpe en asuntos exteriores. Concretamente, nunca dominó demasiado bien el arte de no encabronar en exceso al enemigo. En 1955 cometió el mismo error que en 1966, es decir cerrar los llamados estrechos de Tiran, bloqueando a los israelíes el paso al puerto de Eliat. Cuando hizo eso, Nasser, probablemente, no se dio cuenta de que en Israel había cosas que habían cambiado. Moshe Sharett había perdido el poder en manos de David Ben-Gurion, un sionista bastante más radical que, en compañía de su general Moshe Dayan, quería la guerra. Y con el bloqueo de los estrechos tuvo la disculpa ideal para ello. Israel atacó a Egipto en Gaza, y sólo la intervención conjunta de EEUU y la URSS consiguió que se fuera de allí.

Desde 1956, es decir esta llamada guerra de Suez, ambas partes, países árabes e Israel, se embarcaron en una carrera armamentista que, en el caso de los judíos, incluyó el desarrollo de la bomba atómica. Como ocurre siempre en los países que comienzan a gastarse mucho dinero en armas (y, consecuentemente, menos en otras cosas) esto creó crecientes masas de desfavorecidos, los cuales eran, y son, más permeables a las ideologías religiosas más radicales, sean éstas el salafismo integrista de los musulmanes, o las creencias de los judíos ultraortodoxos.
El 14 de mayo de 1967, Egipto violó los acuerdos alcanzados tras la guerra del 48 y penetró en la península del Sinaí. No es que Nasser estuviese completamente ciego. Ese movimiento tuvo su razón de ser, que fue la situación comprometida en que se encontraba Siria, país cuyos gobernantes estaban convencidos de la inminencia de un ataque israelí, entre otras cosas porque en abril había habido unos enfrentamientos durante los cuales Israel había bombardeado Damasco a placer, motivo por el cual los sirios sabían que, si los judíos atacaban por el aire, no tendrían con qué responderles.

El jefe de gobierno israelí, Levi Eshkol, concentró tropas en la frontera del Sinaí. La respuesta de Nasser fue, una vez más, bloquear los estrechos de Tiran, a pesar de que sabía bien que eso sería la guerra. Y así fue. Eshkol, un político más bien moderado, fue rápidamente criticado por Ben Gurion y su gente y, consecuentemente, el 1 de junio es cesado y sustituido por Menahem Beguin, quien encarga a Moshe Dayan que ejercite un ataque contra Egipto. En sólo seis días, y en una ofensiva imparable, los israelitas tomaron el estrecho de Gaza, la península del Sinaí e incluso los Altos del Golán. En todos estos territorios que Israel ocupó realizó la misma limpieza étnica del pasado, con lo que en los países vecinos los campos de refugiados hubieron de recibir miles de inquilinos más.

La guerra de los seis días fue un completo trauma para los palestinos y, en general, para el mundo árabe-musulmán. Se podría decir que de todas las guerras que pensaron que podían ganar, ésta se lleva la palma; y es, además, donde su derrota fue más rápida, completa y humillante. A partir de la guerra de los seis días, el movimiento palestino, entonces liderado por al-Muqawamma, se convierte claramente en un movimiento de guerrilla y violencia organizada, con un jefe militar indiscutible en Yassir Arafat, fuertemente influida, en el aspecto militar, por el maoísmo o las tácticas del vietcong norvietnamita. Aupándose en esta influencia creciente, al-Fatah se hace con el poder del movimiento palestino, de la mano ya de Arafat, quien, sin embargo, tuvo que deshacerse de dos líderes de inspiración comunista que le hicieron sombra: Naif Hawatmeh, quien formó un partido troskista; y Georges Habash, prosoviético. Fue, sin embargo, al-Fatah quien tuvo la idea genial para la organización de la resistencia: construirla desde los mismos campos de refugiados, convirtiendo éstos, pues, en centros del ejército clandestino de Palestina.

La guerra de los seis días, la humillante derrota para el mundo árabe, tuvo dos consecuencias permanentes para el conflicto. Uno, terminar de englobar a los diferentes, y muy variados, grupos palestinos en una sola organización la OLP (Organización para la Liberación de Palestina); otra, mutar el conflicto desde lo que había sido hasta aquel momento, es decir una discusión sobre si habría uno o dos Estados en Palestina; en un conflicto basado en la reclamación de que Israel devolviese los territorios ocupados tras la guerra y en el problema de los miles y miles de refugiados palestinos que habían sido desplazados de su tierra.

Lejos de resolver este último problema, en los 15 años que siguen a la guerra de los seis días, Israel lo empeoró. El Estado judío practicó una política de discriminación y expulsión sobre los 590.000 palestinos que entraron bajo su poder en el llamado Banco Oeste y los 380.000 del estrecho de Gaza.

La mayoría de los israelíes concibió los territorios ocupados, especialmente el Sinaí y los Altos del Golán, como un necesario colchón de seguridad para su país. Basándose en esta idea, el partido religioso nacional, el Mafdal, comenzó en los años setenta una política de establecimiento de colonos en dichos territorios que ha causado notables problemas en los últimos tiempos, cuando algunas de esas colonias han sido destruidas para devolverle terreno a los palestinos. Esos colonos forman el ala más dura del sionismo y la principal fuerza actual de oposición interior a cualquier final negociado del conflicto palestino-israelí.

A partir del momento en que el presidente John Fitzgerald Kennedy fue asesinado y, por lo tanto, sustituido por Lyndon B. Johnson, un político decididamente proisraelí, la relación entre Israel y EEUU se hizo más estrecha. A pesar de dicha colaboración, EEUU quería conseguir un acuerdo de paz duradero en la zona, basado en la denominada resolución 242 de la ONU, que llamaba a Israel a abandonar los territorios ocupados. Israel, sin embargo, aceptó el principio de la resolución 242, pero en la práctica aceptó aplicarla, únicamente, en la península del Sinaí, dejando por lo tanto fuera los Altos del Golán, el Banco Oeste y el estrecho de Gaza.

El deseo egipcio de recuperar la península del Sinaí provocó dos guerras. La primera la hizo todavía Nasser desde marzo de 1969 hasta agosto de 1970, sin resultados. Los intentos de Estados Unidos de ablandar las intenciones de Israel chocaron con Golda Meir, entonces primera ministra israelí y una política notablemente intransigente.

Mucho más exitoso para los árabes fue el ataque realizado en octubre de 1973 de nuevo por Egipto, entonces presidido por Anwar el-Sadat. El ataque del 73, conocido como la guerra del Yon-Kippur (nombre de una fiesta judía), pilló a Israel desinformado y con los brazos bajados, así pues, para desequilibrar la guerra en su favor, hizo falta que Estados Unidos se volcase en ayudar a los judíos, en un movimiento tan descarado que provocó la ira de los países árabes, que respondieron reduciendo la producción mundial de petróleo en tal medida que provocaron una de las crisis económicas más largas y graves de la reciente historia del mundo, la llamada primera crisis del petróleo (la segunda se produjo a principios de los ochenta a causa de la guerra Irán-Irak, y la tercera se ha desarrollado hasta hace unas pocas semanas).

Sadat obtuvo de la guerra del Yon-Kippur una retirada parcial israelí de la península del Sinaí. Retirada que se hizo total en 1977 cuando Sadat, en un movimiento que sorprendió al mundo y le granjeó muchos enemigos en el mundo árabe, se presentó en Jerusalén, abrazó a su peor enemigo, el primer ministro judío, y llegó con él al acuerdo de establecer relaciones diplomáticas plenas a cambio de la retirada del Sinaí. Los palestinos se sintieron naturalmente traicionados, al igual que los musulmanes más radicales en todos los países del área. Sadat moriría poco después, asesinado durante un desfile militar.

Para Israel, el Yon Kippur supuso meterse en la cabeza una idea nueva: era posible que perdieran. Hasta entonces, los judíos se habían considerado invencibles, pero tras la guerra se dieron cuenta de que eso ya no era cierto. Esto provocó un giro del país a la derecha, pues el Partido Laborista comenzó a ser sustituido en el gobierno por el derechista Likud.
Para la OLP, el movimiento de Sadat también fue un trauma y le enseñó que lo que hasta entonces había creído imposible, es decir que países árabes llegasen a entenderse con Israel aún cuando el problema palestino permaneciese irresuelto, era factible; se dieron, pues, cuenta de que eran menos poderosos dentro del mundo musulmán de lo que habían creído. Esto movió a Arafat hacia el pragmatismo. En 1974, al-Fatah publica un programa en el que la OLP hace una asunción histórica: la recuperación de los territorios ocupados (es decir, la reivindicación de los países árabes) es prioritaria sobre el problema de los refugiados (es decir, la reivindicación de los palestinos). Esta asunción, hecha sin duda a regañadientes por los dirigentes palestinos, permanece como condicionante del conflicto hasta hoy en día.

La OLP, sin embargo, siempre se ha caracterizado por combinar la acción diplomática con la acción armada. Establecida en el sur de Líbano, desde allí realizaba acciones agresivas contra el norte de Israel. Estas operaciones dieron pie para que el general conservador judío Ariel Sharon acabase convenciendo al jefe de gobierno, Menahem Begin, de que debía atacar a su vecino del norte. Esto es la guerra del Líbano de 1982, donde confluyeron cuatro ejércitos: la OLP, los israelitas, los sirios, que atacaban a los israelitas, y las milicias cristianas maronitas, que apoyaban a Israel. Hubo un acuerdo de paz, pero se rompió cuando el activista separado de la OLP, Abu Nidal, atentó en Londres contra el diplomático judío Shlomo Argov.

Una vez que los israelitas avanzaron en Líbano, y dado que la guerra había comenzado desde su punto de vista para eliminar el peligro palestino, los dirigentes de la OLP y sus milicias fueron expulsados de Líbano, recalando, mayoritariamente, en Túnez. Al calor de esta nueva humillación surgieron las primeras fuerzas de Hezbollah, una milicia radical de inspiración chiíta, proiraní.

En septiembre de 1982, las milicias maronitas, contando con la permisividad israelí, practicaron el hecho más sangriento y repugnante de la guerra del Líbano y, probablemente, de toda la larga historia del conflicto árabe-israelí. Fue el genocidio de los campos de refugiados de Shabra y Shatila, donde fueron asesinados cientos de hombres, mujeres y niños. La matanza fue tan impresionante que en el mismo Israel provocó protestas a las que asistieron 400.000 personas. Shabra y Shatila, además de figurar en una de las primeras páginas del libro Por qué deberías vomitar al recordar que eres un ser humano, supusieron, además, y ésta es una opinión quizá muy personal, el giro definitivo de la batalla de la imagen mundial. En el conflicto israelí, si ponemos el contador a cero en el momento de la creación del Estado de Israel, los judíos habían tenido una reserva de recursos de buena imagen que parecía inagotable. Ya he dicho antes que el sentimiento mundial de culpabilidad tras el holocausto tiene mucho que ver con lo ocurrido. Probablemente, Israel pensó que ese crédito sería eterno. Pero, por así decirlo, con las repugnantes matanzas de Shabra y Shatila, se gastó los últimos céntimos que le quedaban. Tras aquellos hechos horrorosos, la opinión pública mundial comenzó a sentirse mucho más partidaria de ver en los judíos, no unas víctimas, sino unos verdugos. En realidad, en párrafos anteriores ya se ha visto que Israel llevaba décadas haciendo putadas; pero, desde entonces, esas putadas quedaron mucho más expuestas. En Occidente, lo progresista pasó a ser declararse propalestino. Y no fue ése un penalty que parase Arafat; más bien lo falló don Ariel Sharon. El último gran mojón positivo para los israelitas en materia de imagen mundial fue el asesinato de varios atletas judíos que habían acudido a los Juegos Olímpicos de Munich por activistas de Septiembre Negro. A partir de ahí, todo les ha ido cuesta abajo y, en gran medida, por culpa suya.

Mientras tanto, no obstante, Arafat se quedaba solo. Dos de sus principales colaboradores, Abu Jihad y Abu Iyad, murieron, el primero a manos de los israelíes y el segundo por la gente de Abu Nidal. El resultado de la guerra del Líbano, su expulsión a Túnez, dio alas a las sensibilidades más radicales que la de al-Fatah. Esto obligó a Arafat a tomar posiciones más radicales, que se concretaron en el inicio de la Intifada o rebelión de diciembre de 1987, en la que se generalizaron las agresiones contra los israelíes, a las que éstos respondieron con creciente violencia. Maniobrando con inteligencia, Arafat no olvidó el flanco diplomático, y el 15 de noviembre anuncia la publicación de una Declaración de Independencia de la OLP, señalando los tres grandes asuntos que afectaban a las reivindicaciones palestinas: los refugiados, el estatus de Jerusalén (ciudad considerada santa por judíos y musulmanes) y la naturaleza y fronteras del futuro estado palestino. Pero también, y aquí está la importancia del documento, en la Declaración se decía que la partición de Palestina era deleznable, pero al tiempo se reconocía su necesidad para acabar con el conflicto. Esto, negro sobre blanco, venía a significar que la OLP, por primera vez, venía a aceptar barco como animal acuático y reconocer la existencia del Estado de Israel.

Todo esto fue hecho para ganarse a Estados Unidos. Durante la presidencia de Jimmy Carter, judíos y palestinos habían firmado los acuerdos de Camp David, que habían servido para hacer que los americanos viesen en Arafat a un líder con el que se podía negociar. En 1991, sin embargo, se dio un paso atrás: Irak invadió Kuwait, Estados Unidos declaró la guerra del Golfo versión 1.0… y los palestinos se pusieron del lado de Sadam Husein.

Tras la guerra del Golfo, algunos políticos judíos de izquierdas realizaron acercamientos con líderes palestinos moderados, que se basaban en la asunción pragmática de la partición de Palestina. Otros factores colaboraron para el diálogo: en 1989 había caído el Muro de Berlín y con él había desaparecido la URSS, hasta entonces el gran apoyo militar de la OLP. Además, las elecciones israelitas en 1992 dieron ventaja claramente a los políticos que se mostraban partidarios de abandonar algún día los territorios ocupados. El 13 de septiembre de 1993, la Declaración de Principios de Oslo fue firmada en Washington.

En realidad, Oslo fue lo que en rugby se llama una patada a seguir. El artículo 5 de la declaración dejaba para más adelante la discusión sobre los temas más candentes, esto es los refugiados, Jerusalén y las colonias judías establecidas en los territorios ocupados. Asimismo, el documento establecía ya, por primera vez, el compromiso de construir una Autoridad Palestina, a la que se le irían transfiriendo territorios y competencias. Para la OLP, Oslo tuvo el valor de ser el primer momento en la Historia en que el Estado de Israel la reconocía como representante de los legítimos derechos y deseos del pueblo palestino.

No obstante, la desconfianza mutua era muy grande. Ni la OLP dejó de armarse y mucho menos consiguió unificar el enorme dédalo de sensibilidades e ideas que albergaba en su interior. Por lo que respecta a los judíos, obsesionados con la idea de la seguridad, poco tiempo después de firmados los acuerdos reiniciaron la colonización en los territorios ocupados.

Finalmente, la violencia palestina acabó por regresar, algo que Israel aprovechó para volver a ocupar la mayoría de los territorios que teóricamente debería administrar la Autoridad Nacional Palestina. Esto movió a los judíos una vez más hacia su visión de la paz, formada por un Estado israelí fuerte que ejerce su protectorado sobre una pequeña y débil autoridad palestina; todo ello sin hablar seriamente ni del derecho al regreso de los refugiados ni, por supuesto, de compartir soberanía alguna en Jerusalén.

La declaración de Oslo fue firmada por Yasser Arafat, Bill Clinton y Yitzak Rabin. En realidad, el destino de estos tres políticos revela muy bien la difícil evolución de la paz. Clinton acabó su mandato seriamente tocado por un escándalo sexual que le impidió desarrollar su política. Arafat acabó muriendo bajo la preocupación de la creciente influencia en el entorno palestino de las fuerzas más radicales como Hezbollah. Y Yitzak Rabin murió asesinado por un judío de ultraderecha que quería impedir que llegase a acuerdos con los palestinos.

En octubre del 2000, los palestinos iniciaron una segunda Intifada, crecientemente dirigida por los elementos islamistas más radicales del movimiento palestino; radicalización que provocó una escalada en la violencia del ejército israelí, con episodios tan tristes como la matanza del campo de Jenin (abril del 2002). Muy influida por el impacto que la matanza de Jenin tuvo en la opinión pública mundial, Estados Unidos se decidió a impulsar un nuevo plan de paz, conocido como la Hoja de Ruta. Ambas partes han intentado avanzar en dicha hoja. No obstante, ni por parte Palestina han dejado de producirse acciones bélicas contra Israel, ni Israel ha abandonado sus proyectos de seguridad, entre otras cosas colocar enormes muros en parte de los territorios ocupados, para aislarse de los terrenos de los palestinos.


La gran esperanza que, por varias veces, constituyó Yassir Arafat como posible interlocutor con los israelíes y los estadounidenses, acabó diluyéndose. La Intifada acabó por forzar el aislamiento de Arafat por los judíos en su Mukata; aislamiento que se ha combinado, cabe recordarlo, con no pocas acusaciones de venalidad y corrupción hacia la autoridad palestina.


La muerte de Arafat, además, dejó abierto el gran enigma que afecta hoy al movimiento palestino. En todas las partes en las que se ha desarrollado, el islamismo radical ha sido exitoso por la atracción de su mensaje y también por los esfuerzos que ha hecho por procurar a los ciudadanos ayudas y apoyo muy cercanos. Resulta un poco inexacto calificar a los sucesores de Arafat de moderados, pero frente a los más radicales, sin duda, lo son. Y si a eso se une que la penetración de los radicales en la sociedad civil palestina, a través de la educación o de los servicios sociales, es creciente, el sudoku se complica. De hecho, las acciones bélicas a las que asistimos hoy tienen como motivo principal la actuación de Hamas, es decir del palestinismo radical , cada vez más consolidado en las preferencias del pueblo palestino y con crecientes cuotas de poder en el mismo.

¿Qué pasará ahora? Leñe, si yo supiera eso, no tendría una casa de setenta metros cuadrados en propiedad compartida al 50% con mi banco.


Una cosa que pienso muchas veces cuando pienso en el problema judío (ya he dicho que se lo puede llamar de muchas maneras; a mí la más exacta me parece que es ésta) es que lo primero que habría que hacer es una clasificación estricta de quiénes quieren que se solucione definitivamente y quiénes, por decirlo elegantemente, preferirían que no fuese así. Un médico palestino al que conocí en la universidad me dijo un día una frase que se me ha quedado grabada en el recuerdo: «los palestinos somos los judíos del mundo musulmán». Se refería al hecho de los muchos años durante los cuales el pueblo judío fue esa colectividad cuyas reivindicaciones eran comprendidas por Occidente, sin que por ello fuesen colmadas. Hay toda una dinámica dentro del mundo musulmán que se basa en la existencia del conflicto palestino, en la existencia de la opresión sobre los palestinos. Si no existiese el problema palestino, habría que reclamar Al-Andalus, asunto éste que pilla tan lejos que tiene un sex appeal radical mucho menor.

Por su parte, Israel, a mi modo de ver, ha perdido el sentido de la realidad. Su reacción al trauma de la vencibilidad (el haberse dado cuenta de que pueden ser vencidos) no ha sido tender puentes, aunque lo haya hecho en el terreno diplomático. En el fondo, el Estado de Israel parece reaccionar como si durante años hubiese temido que el pacifismo interior, es decir los israelitas contrarios al enfrentamiento con los palestinos, pudiese minar su fuerza; pero ya se hubiese dado cuenta de que eso no va a ocurrir. En el año 2008, Israel ha acometido una agresión contra un vecino y no parece que la justicia de ese movimiento haya sido seriamente cuestionada por nadie. Por otra parte, parece actuar pensando que cualquier solución definitiva al conflicto debería demandar cesiones significativas por su parte; cosa que es, probablemente, cierta. Y ha decidido que su sociedad no lo va a aceptar.


Y luego quedan los intermediarios. Sobre todo, los Estados Unidos. El día 20 se queda el prado un nuevo pastor. Un tipo que, además, a decir de muchos, viene con ideas nuevas, uno de esos mitos que rompen el calendario de forma que los años venideros se llamaran AO (Antes de Obama) y DO (Después de Obama). Lo mismo se dijo en su día de Clinton, por cierto. Y, ciertamente, don Guillermo tiene una interesante muesca en su revólver, como es la solución del sudoku irlandés. Con un poco de suerte, le habrá susurrado en la cama al oído a la ministra de Asuntos Exteriores cómo leches lo consiguió. Pero, aún así, no parece que haya sido un presidente histórico, en el sentido literal de la expresión.


El asunto judío, quizá, será el primer escalón en el que algunos obamaníacos se van a llevar una sorpresa, no muy agradable por cierto. Primero, porque no hay nada en el discurso electoral de Obama (discurso, por otra parte, preñado de conceptos grandilocuentes y muy genéricos) que revele un giro significativo en el stance estadounidense frente a la cuestión judía. Segundo, porque eso encuentra bastante lógica tras el fracaso de Bush. Porque si Bush I montó una guerra para girar la manija de una economía mundial que iba de cabeza a la recesión y de paso aislar económicamente el resurgir de Rusia, objetivos ambos que consiguió, Bush II montó su guerra, en el mismo escenario, con la intención de poner, no una, sino otra pica en Flandes, tratando de generar el experimento de un país musulmán proamericano y con formas democráticas en el mismísimo patio de atrás del radicalismo musulmán. Pero Bush II, al contrario que su padre, fracasó.


Dicen que en cierta ocasión Lyndon Johnson (yo, al menos, he escuchado la anécdota referida a él) escuchó cómo uno de sus colaboradores calificaba a un dictador proamericano de hijo de puta, y le contestó: «no es un hijo de puta; es nuestro hijo de puta». Fracasada la reedición del shanato iraní en el Irak del siglo XXI, parece claro que el inquilino de la Casa Blanca, tenga el color (político) que tenga, no tendrá más remedio que albergar sentimientos muy parecidos hacia Israel y sus razzias. Con lo que, lo quiera o no, se apuntará al bando de los que, en el fondo, trabajan para que el conflicto se eternice.

Otro factor podría ser el papel de la ONU. O el de la Asociación de Vecinos del barrio de Moratalaz. O el de los socios del Rotary Club de La Valetta. Las tres son instituciones de parecida eficiencia en materia de política exterior.

Quien puede cambiar este estado de cosas es el islamismo radical con las acciones que acometa. Y esto es, a mi modo de ver, lo que hace que el año 2009 comience con un claro tufillo inquietante.

lunes, diciembre 22, 2008

Asueto

Hoy comienzan unos días de asueto. Desde hoy, 22, hasta bien entrado el mes de enero, no estaré en condiciones de acudir a esta cita por falta de conexión. Es posible que lo haga porque hoy en día en las ciudades grandes, y Madrid lo es, conseguir una conexión no es difícil y, por lo tanto, lo mismo tengo la oportunidad de asomarme. No obstante, mi intención primera, ya lo he dicho, es el asueto.

Asueto no quiere decir estar quieto parado. Siempre hay cosas que leer, pero estas Navidades, además, me tengo reservada alguna cosa bastante especial. Espero que pronto la podamos compartir.

En todo caso, os deseo el mayor de los placeres durante la celebración de esta fiesta, la del solsticio de invierno, que es tan vieja como el propio ser humano. Tan, tan vieja que, cuando unos padres que querían universalizar la creencia en un niño nacido en Judea, hicieron coincidir dicho nacimiento con el del sol (el sol renace tras el solsticio, pues los días comienzan a alargarse) para así aprovechar la proclividad que ya tenían las personas a celebrar fiesta en esa época del año.

En cuando a los reyes magos, que ni eran tres, ni eran reyes, ni eran magos, también espero que os sean propicios y os traigan muchos bienes y conocimientos.

Nos leemos.

viernes, diciembre 19, 2008

Binarios

A los lectores habituales de este blog quiero hacerles una advertencia previa para que no se decepcionen. Este post de hoy no les va a contar nada. En realidad, es sólo una opinión que me apetece colocar en este pequeño diario. Así pues, si a lo que eres aficionado es a conocer historias, esta llamada de hoy puedes saltártela. En fin, me apetece escribir estas líneas. Pero es sólo un paréntesis, de seguido volveremos a nuestras Historias. Pido, pues, disculpas por la digresión.

La Guerra Civil del siglo XX es el periodo histórico español más inaprensible en el que se me ocurre pensar. En torno a la GCE se produce uno de los fenómenos más curiosos, a la par que desilusionantes, que he visto como aficionado a la Historia. Es, probablemente, el periodo histórico mejor documentado. No hay nada en la Historia de España sobre lo que haya escrito tanta gente y tantas veces y eso incluye, especialmente, los testimonios directos. Prácticamente cada español que sabía levantar un bolígrafo y tuvo un papel mínimamente relevante en la gestación, desarrollo y consecuencias de la guerra, ha escrito algo. Aviadores, artilleros, comisarios políticos, falangistas de primera línea, nacionalistas vascos, catalanes, requetés, anarcosindicalistas, faístas, troskistas, prosoviéticos, burgueses, católicos, laicos, hombres, mujeres, franquistas, antifranquistas. Todos han aportado su granito de arena al conocimiento de la guerra.

Cualquier aficionado a la Historia se desespera cuando se mueve en un terreno en el que las referencias son escasas. ¿Quién fue en realidad Akhenatón? ¿En qué consistió, hablando en profundidad, la revolución amarniana, quién la impulsó, por qué, qué sustrato político hubo en su gestación y en su fracaso? Todas estas preguntas apenas pueden los egiptólogos contestarlas mediante teorías, suposiciones; mediante algo que podríamos denominar «modelos históricos». Si los egiptólogos contasen con menos de la centésima parte de referentes directos con que cuenta todo aquél que se acerca al conocimiento de la GCE, estoy seguro de que serían inmensamente felices. El estudio de la GCE consiste en bañarse en una generosísima piscina de datos y de puntos de vista.

Lo esquizofrénico del proceso es que, teniendo la oportunidad de saber muchas cosas, no queremos saber. Porque el, por así llamarlo, público de la Guerra Civil Española, más que saber, lo que quiere es que le confirmen lo que ya sabe antes de haberlo sabido.

Toda persona que investiga parte de hipótesis que trata de confirmar. Pero si una persona obtiene siempre confirmación para las hipótesis que se ha planteado, entonces tiene que pensar que o bien es un genio fuera de lo común o bien, simple y llanamente, no es un investigador. Es lo que yo denominaría un investigador, o conocedor, de parte.

La mayoría de las personas que conozco mínimamente interesadas en la Guerra Civil Española son personas que han decidido, antes de investigarla, cuál va a ser su interpretación final de los hechos. Investigar, para ellos, consiste, básicamente, en tomar de los hechos aquéllos que confirman dicha idea, y desechar, o, en el mejor de los casos, «reinterpretar», los demás. Es evidente que no hay nada malo en tener una interpretación, y defenderla. Pero las interpretaciones, en un método mínimamente científico, han de ser interpretaciones ex post, no ex ante.

La enorme proliferación de estos investigadores prejuiciales, incluso en el ámbito de la historiografía (yo diría: especialmente en este ámbito, especialmente entre los historiadores) ha generado una situación binaria. La Guerra Civil Española consiste, básicamente, en un enfrentamiento entre un Cero y un Uno. Utilizando la terminología del catecismo del padre Astete: entre un combatiente que era compendio de todo Mal, sin mezcla de Bien alguno; contra otro combatiente que era compendio de todo Bien, sin mezcla de Mal alguno.

En realidad, da igual quién es el Cero y quién el Uno, porque la metodología es la misma; es igual que la cosa vaya de convencer al mundo de que Franco era un santo varón o de que Negrín merecía el Nobel de la Paz porque, en el fondo, quienes tal cosa pretenden hacen exactamente lo mismo. Los Binarios, que son legión en este asunto, legión aplastantemente mayoritaria, pervierten la gran virtud de la GCE como hecho histórico, la abundancia de documentación, para lograr sus fines. Cualquiera que se tome el trabajo de hacer lecturas y escribir fichas puede escribir un libro de seiscientas páginas en el que no haya ni una sola crítica a la persona del general Franco, o de Largo Caballero, y aún así citar decenas, si no centenares, de libros en el apéndice bibliográfico y las notas.

En entornos de gran riqueza referencial, en realidad lo que importa, lo que marca la diferencia, es la honestidad del investigador. Honestidad no quiere decir contar la verdad. Eso queda para los niños pequeños. El mundo real es mucho más complicado y una de sus mayores complicaciones es que la verdad no existe. Y si puede existir una verdad moral o religiosa para quien crea en estas cosas, desde luego lo que no existe, nunca, es la verdad histórica. La interpretación histórica es un ejercicio enormemente complejo repleto de caminos que se bifurcan. El interpretador de los hechos históricos se enfrenta a retos como decidir en qué medida va a dar importancia al contexto contemporáneo de los hechos que juzga o va a realizar un juicio más propio de su momento. Tomar uno u otro camino nos puede llevar a conclusiones en ocasiones radicalmente diferentes. Saber eso, y actuar en consecuencia, es el núcleo duro de eso que he llamado honestidad del investigador.

En mi opinión, nos movemos en un entorno en el que la honestidad del investigador es muy, muy escasa. Por eso nos encontramos con efectos como que, por ejemplo, las biografías de los personajes de la guerra se dividan en hagiografías y trabajos dedicados a describir la absoluta indignidad del personaje analizado. Casi no hay términos medios. Los libros al uso sobre la Guerra Civil apenas plantean preguntas; más bien lo que hacen es dejar claras, desde la página 1, las respuestas. Y, por eso, en los libros sobre la Guerra Civil rara vez encontramos personajes medio héroes, medio villanos; medio listos, medio tontos; medio traidores, medio incorruptibles. Sólo encontramos héroes listos e incorruptibles, y villanos tontos y traidores. Y, sin embargo, esto es lo que fueron muchos de ellos. Pero para saberlo, no tenemos más remedio que leer un libro de un historiador Uno, otro de un historiador Cero, y luego dividir por dos, como en el cole.

Otro efecto de este estado de cosas es que, demasiado a menudo, lo que uno piensa sobre las cosas pese tanto, o más, que las cosas. En un entorno de honestidad histórica, los hechos son todo lo sagrados que su conocimiento permite que lo sean. El historiador respeta, más que nada, los hechos, aunque sepa que es su tarea interpretarlos y relacionarlos con otros hechos mediante metodologías o modelos que le son propios. En la buena Historia, los análisis son tributarios de los hechos. Pero en esta Historia nuestra, son los hechos los que son tributarios de los análisis. Y, como digo, siempre habrá fuentes que abonen y confirmen lo que vemos o creemos ver.

Resulta, pues, decepcionante que habiendo heredado un caudal tan enorme de datos, de información, estemos construyendo un entorno en el que a veces da la impresión de que, cuanto más tiempo pasa, menos sabemos. Y es doblemente triste porque, ciertamente, esto ya ocurrió en el pasado. Recuerdo bien que la penúltima vez que tuve el placer de almorzar con Tiburcio Samsa le regalé un libro de uno de los más vehementes propagandistas del franquismo, Mauricio Karl, dedicado en cuerpo y alma a la demostración de que los principales elementos de la República española habían sido unos sodomitas; libro que, evidentemente, se escribió en unos tiempos en los que la homosexualidad tenía un baldón que hoy no tiene. Lo que ocurre, pues, no es nada nuevo.

Y cuando la sensación que se tiene es que la ciencia histórica, lejos de avanzar, retrocede, la única palabra puede ser: decepción.

miércoles, diciembre 17, 2008

Adivinanza barcelonesa: alcalde por bien vestir

Desde luego, no hay quien pueda con vosotros. Anoche me fui a cenar, sin leer los mensajes del blog, sintiendo en mis tripas el calorcillo ese cabrón que se siente cuando se gana. Pero ya he visto que he perdido. Hay un comunicante anónimo que ha dado en el bull's eye: en efecto, nuestro alcalde de Barcelona por la razón de vestir bien es don Josep Banqué. Vayamos con la historia.

lunes, diciembre 15, 2008

Adivinanza barcelonesa

Según el Analytics, y según los comentarios y correos que nos van llegando, no son pocos los lectores que este blog tiene desde diversos puntos de Cataluña. De las 51.000 visitas que lleva el blog desde el 1 de enero de este año, 4.700 se hicieron desde Barcelona, 452 desde Tarragona y 374 desde Hospitalet del Llobregat, por citar sólo las tres mayores.

Así que vamos a tratar de remunerar tamaña fidelidad colocando aquí una adivinanza que da para una historia ciertamente curiosa.

Espoleando a los catalanes, pues: ¿alguno sabría decirme qué alcalde de Barcelona lo fue por la única y exclusiva razón de ir bien vestido?

La solución [por mi parte] dentro de un par de días. Y, con un poco de suerte, también acabaremos haciendo un Barcelona History Quiz.

sábado, diciembre 13, 2008

Cómo admirar a la vez a Marx, Lenin, Mao, Hitler y Franco (4)

Algunas semanas después de ganar las elecciones, Francisco Macías forma su primer gobierno independiente, en el que figuran representantes de las diferentes fuerzas en las que se ha apoyado para ganar. Además de la presidencia y el ministerio de Defensa que quedan en manos de Macías, Edmundo Bosío ocupa la vicepresidencia y el ministerio de Comercio; Atanasio Ndongo ocupa la cartera de Exteriores; Angel Masié Ntumu será ministro del Interior; Andrés Ebonde Ebonde ministro de Hacienda; Jesús Oyono Alogo ocupa el departamento de Obras Públicas; Ricardo Erimola Chema en Industria y Minas; Agustín Grande Molay en Agricultura; Pedro Ekong Andeme en Sanidad; José Nsue Angüe en Educación; Román Borikó Toichoa en Trabajo; y, finalmente, Jesús Eworo en Justicia.

Los inicios de Macías fueron notablemente moderados. Se mostraba en público casi siempre en compañía del embajador español y repetía en sus actos que España debía ser considerada como una nación amiga. Sin embargo Madrid, probablemente cediendo a las presiones de los terratenientes blancos que respiraban por la herida de no haber logrado colocar a sus hombres en las magistraturas del país, se mostró tan poco interesada en la nueva Guinea que a la proclamación de su independencia ni siquiera acudieron ni el ministro Castiella ni Carrero Blanco.

El enfrentamiento acabó llegando por el flanco económico. Macías acabaría por denunciar públicamente, en una reunión en presencia del embajador español, que las principales empresas españolas radicadas en Guinea apenas tenían capital circulante. El dinero había volado. Este conflicto comenzó a generar en la cabeza de Macías la psicosis del atentado personal y del derrocamiento. Al calor de diversos enfrentamientos entre negros y blancos, Macías retiró la bandera española de los edificios oficiales y declaró al embajador Durán-Lóriga persona non grata. España respondió ordenando a la guardia civil que ocupase el aeropuerto de Santa Isabel (Malabo) y la oficina de Correos, y que armase a los colonos blancos. El 1 de marzo, el gobierno declaró el estado de emergencia e hizo un llamamiento a los jóvenes para que le apoyasen. De aquella forma, acababa de nacer una de las instituciones más siniestras de la Guinea de Macías: las Juventudes en Marcha con Macías. El 2 de marzo comenzó la repatriación de españoles.

Meses antes de estos enfrentamientos, Macías había conseguido del presidente de Gabón que le devolviese a Bonifacio Ondó, que estaba en el país vecino autoexiliado. Tras la caída en desgracia de Ondó, la única alternativa seria a Macías era Atanasio Ndongo, ministro de Asuntos Exteriores. Al parecer, Ndongo aprovechó sus viajes por España para reunirse allí con guineanos residentes en el país y hablar de alternativas de gobierno. Después de eso, Ndongo voló a Guinea, llegó a Malabo y se entrevistó con Macías. Luego se marchó a Río Benito y después se dirigió a Bata. Muy cerca ya de esta ciudad, inmovilizó al delegado gubernativo que le acompañaba, Andrés Nuchuchuma, y luego al delegado del distrito de Bata, Esteban Nsue. Una vez encerrados ambos, buscó a Macías, pero no lo encontró. Sin embargo, el movimiento de Ndongo fracasó en el momento en que el capitán al mando de la Guardia Nacional, Salvador Ela, se negó a obedecerle. Tiempo después, estando Ndongo en el palacio presidencial, llegó Macías. Su gente desarmó a la guardia que el ministro había colocado en la puerta, y el presidente subió al primer piso. Lo que ocurrió allí es muy difícil de saber. El único dato cierto es que, al poco tiempo, Ndongo salía volando por la ventana del primer piso. Al día siguiente, aterrizó en Bata un avión en el que viajaban diversos prohombres del régimen presuntamente conchabados con Ndongo. Fueron llevados a presencia de Macías pero, por el camino, varios de ellos murieron apaleados. El régimen de Macías sostuvo que se había recibido un telegrama del ministro español Castiella felicitando a Ndongo por su acceso a la presidencia del país.

Macías culpó a España del golpe de Estado y, aunque ordenó a la población que los españoles no fuesen molestados, exigió la marcha de todas las fuerzas militares de Guinea. De 7.000 españoles que había en el país, en muy pocos días apenas quedaron 500.

Este fue, probablemente, el mejor momento para Macías. Que su golpe de mano contaba con el apoyo de los guineanos es un hecho, sobre todo porque muchos de ellos lo vieron como una justa reacción contra la injerencia española. La comunidad de naciones africanas, asimismo, mostró una amplia solidaridad con Guinea. Sin embargo, había elementos de gran inquietud. El principal de ellos era que Guinea se había quedado sin cuadros. Los españoles eran fundamentales para la prosperidad del país, y se habían marchado de la noche a la mañana. Para colmo, los intentos de Macías de permanecer neutral en el cercano conflicto de Biafra, complicados porque en Guinea residían nada menos que 60.000 trabajadores de origen nigeriano, le llevaron a prohibir la exportación de divisas por parte de dichos trabajadores, lo cual provocó el exilio de muchos de ellos, reduciendo aún más el número de técnicos.

En octubre de 1969, Franco remodeló el gobierno de España con una serie de cambios que reforzaban la posición de los tecnócratas cercanos al Opus Dei y a Carrero. Esto modificó de nuevo la relación de fuerzas en lo que a las relaciones con Guinea se refiere, de modo que éstas entraron en una clara etapa de distanciamiento. Una punta de lanza muy clara de la creciente desconfianza existente entre las partes fueron los estudiantes guineanos residentes en España, que en Madrid solían vivir en el colegio mayor Nuestra Señora de África. Macías retiró las becas de muchos de estos estudiantes y, al tiempo, el gobierno español se desentendió de ellos, condenándolos a una existencia económicamente muy comprometida (algo que, años después, seguía ocurriendo).

En Guinea, tras los sucesos de marzo, Macías había ilegalizado todos los partidos políticos menos una formación de creación propia, denominada Partido Único Nacional o PUN; dos años después pasaría a ser PUNT, una vez que Macías se convirtió a la cruzada progresista mundial e incorporó al nombre de su formación la acostumbrada coletilla “ de los Trabajadores”.

Según las normas organizativas del PUNT, todo guineano, a los siete años de edad, entraba automáticamente en la Juventud en Marcha con Macías, donde permanecería hasta los 30 años. Para que no cupiera dudas de que aquéllas eran lentejas, el artículo 5 de los Estatutos del PUNT establecía, taxativamente, que “se pierde la condición de miembro del Partido con la muerte”. El PUNT tenía diversos ribetes de corte fascistoide, tales como arrogarse la misión de llevar a cabo el destino nacional y, sobre todo, establecer como obligación de sus militantes el colocar los intereses del partido por delante de los suyos propios.

Os reproduzco aquí el juramento del militante:

“Yo, guineano militante del PUNT, juro por Dios y mi honor luchar hasta la muerte, si hubiere lugar, por la integridad territorial de Guinea Ecuatorial, contra el colonialismo, neocolonialismo, imperialismo, colonialismo tecnológico, separatismo, la miseria y los golpes de Estado; respetar íntegramente y cumplir las declaraciones del Partido; reconocer y defender únicamente el gobierno legítimo votado por el Pueblo”.

Por decreto de 7 de mayo de 1971, Macías asumió todos los poderes de todas las instituciones del país. En un alarde de constitucionalismo del bueno, diversos artículos de dicho decreto derogaban artículos... ¡de la Constitución!

La gestión de Macías se fue volviendo crecientemente tribal. Macías era un ntumu procedente de un lugar llamado Mongomo; muchos españoles, confundiéndose con un célebre chiste de africanos rijosos, lo suelen llamar, equivocadamente, Mondongo. Ya desde su primer momento sus parientes y clientes, el muchas veces denominado Clan de Mongomo, ocupó muchos lugares en el poder. Conforme su paranoia respecto de posibles atentados y derrocamientos fue a más, esta tendencia se agudizó. Y no sólo se favoreció a los de Mongomo (entre ellos su sobrino y actual presidente, Teodoro Obiang), sino que se condenó al ostracismo a regiones enteras precisamente por lo contrario; así, Evinayong y Río Benito fueron perseguidas por el delito de ser la patria chica de Bonifacio Ondó y Atanasio Ndongo, respectivamente.

En 1971, Macías dijo haber descubierto un complot orquestado desde Madrid para derrocarle. Cesó a dos ministros, además de a otros altos funcionarios; pero el suceso es relevante, desde nuestro punto de vista, porque por tal motivo, el presidente culminó la limpieza de españoles del territorio, disponiendo la expulsión de la mayoría de los misioneros.

Desde 1970 estaba prohibida la entrada en Guinea de periodistas extranjeros. La paranoia llegó a tal punto que hubo casos en los que viajeros que simplemente se bajaron del avión con el periódico que venían leyendo debajo del brazo fueron inmediatamente expulsados. En 1972, Telefónica anunció que no admitiría conferencias a cobro revertido solicitadas desde Guinea.

Mandar, mandar, lo que se dice mandar, en la Guinea de Macías mandaban las Juventudes en Marcha con Ídem. Ellos dominaban la calle y concretaban la forma de actuar notablemente arbitraria de su presidente, que se muestra en cosas como el encarcelamiento de Federico Ngomo, un político retirado que había presidido la Asamblea en los tiempos de la autonomía y que había sido colocado en el Banco Central por el propio presidente. Fue encarcelado sin que nunca se le formase causa y murió en la cárcel el día que un guardia, no se sabe si por diversión, por cansancio o siguiendo órdenes, se dedicó a probar el filo de su machete en la arteria aorta del detenido. A Agustín Eñeso le practicaron varias mutilaciones y lo pasearon por Malabo a hostia limpia antes de matarlo.

En junio de 1972, Macías aprobó una ley constitucional que es un portento de equilibrio mental y político. En la dicha ley, que firma él mismo, se intitula de “Honorable y Gran Camarada, Su Excelencia Don Francisco Macías Nguema"; y luego se nombra presidente vitalicio, General Mayor de los Ejércitos, y Gran Maestro de Educación, Ciencia y Cultura de Guinea.

Esta patulea de nombramientos nos da la pista sobre otra de las características de Macías: eso que podríamos llamar el “Síndrome de Felipe II”. Sabido es que este rey nuestro no se fiaba de casi nadie y se empeñaba en que todos los asuntos de España pasaran por su mesa, lo que esclerotizó la marcha de su imperio. A Macías le pasó lo mismo. Esta afición por los muchos cargos ampulosos, sobre la que ya volveremos, demuestra, a mi modo de ver, que don Paco era una persona que no confiaba nada más que en sí mismo. Propio de personas así son medidas que tomó, como la prohibición de salir del país a toda persona que no tuviese una misión del gobierno encomendada, o la revisión sistemática de toda la correspondencia, mucha de la cual terminaba en su propia mesa.

Macías es ya un dictador puro y duro de Guinea. Aunque aún le quedan etapas por quemar. Por ejemplo, convertirse en un adalid del progresismo (tal cual).

Todo llegará.

martes, diciembre 09, 2008

Cómo admirar a la vez a Marx, Lenin, Mao, Hitler y Franco (3)

[INTERMEZZO] Pues sí, el Anónimo comunicante tenía razón. Eran Galán y García Hernández, militares que llevaron a cabo el golpe republicano de Jaca a finales de 1930, y que fueron fusilados, quienes iban a ser enterrados bajo la puerta de Alcalá, en un acto con manifestación masiva que tenia que celebrarse en algún momento del verano de 1936. La guerra cambió los planes.

Y, dicho esto, avanzamos en esta primera historia guineana que ya comenzamos a desarrollar aquí y aquí.

En 1961, las presiones que experimenta España en el ámbito internacional para convertirse en un país presentable, presiones que incluyen el asunto de la colonia guineana, dan su fruto. El contraalmirante Núñez Rodríguez, entonces gobernador general de la colonia, anuncia de forma absolutamente sorpresiva la decisión del gobierno de Madrid de conceder la autonomía a las dos provincias guineanas. Eso sí, tardó cerca de dos años en elaborar la ley marco de dicha autonomía, cuya redacción, en efecto, no empezó hasta 1963. El ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, que entonces hacía las veces de De la Vega y se encargaba de dar la cara ante los periodistas después del consejo de ministros, se permitió decir que aquel proyecto normativo se desarrollaba dentro de la sólida tradición de España “en su misión civilizadora de pueblos”. Así pues, todo en el discurso franquista seguía rezumando ese tufillo chungo de blanquito que”civiliza” al pobre negro zumbón.

En el fondo, lo que Madrid quería hacer era dividir y vencer. Dividir, porque el proyecto español era abordar por separado la autonomía de Río Muni y Fernando Poo, es decir la Guinea continental e insular. En segundo lugar, trataban de buscar algún local moderado que asumiese el gobierno autónomo, pero siguiendo las amables directrices de la metrópoli. Y ese alguien fue Bonifacio Ondó Endú, un ex seminarista bienintencionado que había huido del país tras el asesinato de Acacio Mañé.

Ondó fundó el Movimiento de Unión Nacional de Guinea Ecuatorial (MUNGE), un partido moderado en el sentido de que ni de coña se planteaba la ruptura de vínculos con España.

La actuación española fue muy acorde con la misión histórica civilizadora de nuestro país. En noviembre de 1961, el almirante Carrero presentaba ante las Cortes un borrador de proyecto de ley de autonomía sobre el que aún no se había posado ningún par de ojos con párpados oscuros. En efecto, los guineanos, beneficiarios al fin y a la postre de la norma, no la conocían. Eran los españoles los que la manejaban, con prisas porque en la ONU se estaba estudiando el asunto de Gibraltar, y España quería, con la autonomía de Guinea, demostrar su propensión al buen rollito anticolonial.

En el referéndum posterior, la oposición independentista acabó uniéndose al MUNGE en la defensa del Sí, tras un primer momento en que propugnaron pasar de las votaciones.

El 11 de enero de 1964, se convocaron en Guinea elecciones para renovar Juntas Vecinales, Ayuntamientos y Diputaciones, así como para constituir la primera Asamblea General autónoma. Sólo el MUNGE participó en los comicios. El gobierno resultante de las elecciones tenía a Bonifacio Ondó como presidente y a Francisco Macías Nguema como vicepresidente y consejero de obras públicas; Rafael Nsué era consejero de Agricultura (sustituido por Agustín Nvé por un asuntillo de corrupción); Antonio Cándido Nnang de Trabajo; Luis Rondo Maguga, de Educación (sustituido por Agustín Eñeso tras su fallecimiento); Gustavo Watson Bueco, de Sanidad; Aurelio Nicolás Ithoa, de Hacienda; Román Borikó Toichoa, de Industria y Minas; y, como consejero de Información y Turimo, Luis Mao Sicachá. Federico Ngomo Nandongo, Dámaso Sima Obono, Enrique Gori Molubela y Evaristo Motede Euchi fueron designados procuradores en las Cortes españolas.

El brazo sindical del MONALIGE, la Unión General de Trabajadores de Guinea Ecuatorial (UGTGE), montó en abril de 1967 una huelga general que pretendía ser una protesta por el régimen imperante, su nivel de corrupción, así como el hecho de que, cada vez con más claridad, se pretendía que fuera una especie de autonomía permanente que, por lo tanto, evitase en la práctica la plena descolonización del territorio.

Este momento de progresiva pérdida de imagen del MUNGE fue el que aprovechó Macías para convertirse en una especie de ala izquierda del partido y tender puentes hacia el MONALIGE y Atanasio Ndongo, quien ya había vuelto del exilio, entre otras cosas, por las gestiones en tal sentido del propio Macías. En un país que comenzaba a conocer las típicas historias de satrapía africanas, tan llenas de vividores y corruptos, Macías se labró una imagen de honrado a carta cabal, de hombre sin vicios (al igual que Hitler, y casi cabría decir que Franco, ni fumaba, ni bebía, ni se le conocían promiscuidades). Finalmente, Ndongo y Macías redactaron un manifiesto conjunto en el que demandaban la total autodeterminación de Guinea.

En España, poco a poco, y como lógica consecuencia de las presiones internacionales, ganaban peso los defensores de esa autodeterminación. España invitó a estudiar el caso guineano a la llamada Comisión de los Veinticuatro, el grupo de la ONU dedicada a la descolonización; e, incluso, se adelantó a la propia ONU (Resolución 2.230) convocando una conferencia constitucional para diseñar la independencia del país. La conferencia comenzó a currar el 30 de octubre de 1967, en la sede del ministerio español de Asuntos Exteriores. En la misma intervinieron personas de la Administración española que serían importantes, tales como Fernando Morán, entonces Director General de África y luego ministro de Asuntos Exteriores con el PSOE; o Rodolfo Martín Villa, que representó al Ministerio de Industria. Por parte guineana participaron 47 personas. Estos representantes guineanos, a partir de un comunicado conjunto del IPGE, el MUNGE y el MONALIGE, se apresuraron a exigir a España que fijase una fecha para la independencia de Guinea anterior al 15 de julio de 1968. No firmaron dicho documento los partidos partidarios de una independencia distinta para la Guinea insular y la continental, es decir la Unión Fernandina y la Unión Bubi.

El avance de la conferencia, suspendida en noviembre de 1967 y recomenzada en febrero de 1968 una vez que quedó claro que la independencia sería sólo una, definió claramente la competencia como líderes guineanos de Ondó y Ndongo. En todo caso, la delegación guineana se aplicó a buscar los servicios de un asesor español; tras varios candidatos, el elegido sería el jurista Antonio García-Trevijano, cuyo papel en dicha conferencia constitucional y, en general, en Guinea, no dejaría de estar exento de polémica, incluso en aquellos años de prensa bajo sedación.

Pero lo más importante de esta segunda cascada constitucional es el papel de Macías. Hasta entonces, don Francisco se había mantenido como lo que era, un político sin ideología definida. En ese momento, sin embargo, y conforme los debates de la conferencia se iban liando, Macías fue destacándose como defensor a ultranza de la independencia. Cuando se opuso frontalmente al proyecto de Constitución elaborado por la conferencia, se convirtió en el principal adalid de la independencia de Guinea. De hecho, se quedó solo en la oposición a dicha Constitución, que consideraba neocolonialista, lo cual le habría de reportar muchos réditos en su país. La fecha de la independencia quedó fijada para el 12 de octubre de 1968. El día de la hispanidad, Guinea dejaría de ser española.

Los enemigos de Macías, partidarios del Sí en el referéndum constitucional, le ganaron dicho referéndum. Pero, en realidad, lo perdieron. La Constitución se aprobó con el 63% de lo votos emitidos, lo cual venía a significar que Macías, que propiamente no tenía partido político detrás, que estaba básicamente solo, haciendo campaña en solitario por el No, podría abrogarse hasta el último voto del 37% que le había seguido.

El 22 de septiembre se realizó la convocatoria de las elecciones presidenciales. España estuvo torpe. Su candidato, obviamente, era Bonifacio Ondó; pero empeñado como estaba Madrid en controlar Guinea empezando por dividir el continente de las islas, se montó un segundo candidato secesionista, Edmundo Bosío Dioco, de la Unión Bubi, que en la práctica dividió los votos de lo que podría denominarse los guineanos españolistas. En realidad, el candidato número dos (tras Ondó) era Atanasio Ndongo. Pero su vivero de votos estaba petado de candidatos, mientras que el de Macías era para él solo. Macías, además, fue muy listo al trabajarse a los disidentes de las formaciones teóricamente poderosas, como ocurrió con algunos dirigentes del MONALIGE. Por su parte Clemente Ateba, y su IPGE, optaron por la neutralidad.

Macías consiguió 36.716 votos, por 31.941 de Bonifacio Ondó, 18.223 de Ndongo y 4.795 de Bosío. En la segunda vuelta, quizá, Ondó creyó la partida ganada. Al fin y al cabo, era el candidato de Madrid. Macías, sin embargo, echó mano de la aritmética más sencilla, y llegó a un acuerdo con Ndongo para obtener su apoyo. Como corolario, la segunda vuelta la ganó Macías por más de 25.000 votos.

Probablemente nadie podía ni imaginarse lo que estaba por llegar.