sábado, noviembre 29, 2008

Cómo admirar a la vez a Marx, Lenin, Mao, Hitler y Franco (1)

Es una sonrisa lo que veis en mi rostro.

:-)

Os he pillado.

La verdad, empezaba a dudar que fuera a ser capaz. De hecho, Pablo ha estado a punto, a puntito, de desmentir mis ilusiones. Ha estado cerca, pero no ha dado.

Pablo ha dicho Idi Amín. Supongo que porque ha pensado en alguien lo suficientemente capullo como para tener admiraciones tan abracadabrantes. Y no ha fallado, salvo en el detalle de que Amín, probablemente, nunca se preocupó de saber quién era Franco.

El truco, Pablo et altera, consiste tan solo en buscar un Idi Amín que supiera quién fue Franco.

Y ese no es otro que Francisco Macías Nguema.

De todas maneras, no me extraña que no lo hayáis pillado, sobre todo los más jóvenes de entre vosotros. Para la España actual, Guinea Ecuatorial es como si nunca hubiera existido, como si nunca hubiera sido española. De hecho, nuestra influencia en dicho país hoy es inexistente. Sin embargo, Guinea y España tienen una historia en común, una historia, en ocasiones tristísima, con hechos tan palmarios como que mientras en España se desarrollaba una dictadura sobre cuya crueldad hoy hablamos y hablamos, en Guinea se desarrollaba otra, la de Macías, al lado de la cual, a mi modo de ver, Franco aparece como una especie de reformista bienintencionado.

Este post, pues, y alguno que le seguirá, es, en parte, una reivindicación. A aquellos de entre vosotros que seais maestros os pediría que, algún día, invirtáis aunque sólo sea media horita en señalar Guinea en un mapa, y explicarle a vuestros alumnos que un día fue española. Y las cosas que ocurrieron durante esa etapa, pocas buenas.



En 1472, apenas veinte años antes de que Colón pusiera sus pies en América, dos navegantes portugueses, Fernao Poo y Lopes Gonsalves, se convertían en los primeros blancos en poner el pie el golfo de Guinea, en África. Aquella fértil esquina del mapa africano se convirtió pronto en un teatro secundario de las luchas entre las dos grandes potencias imperialistas de la zona, España y Portugal. En 1510 se establecen ya en la zona las primeras factorías españolas dedicadas al tráfico de negros, cuya práctica estaba prohibida a los españoles, motivo por el cual la corona hispana arrendaba los servicios de intermediarios flamencos para ello. Todas las islas de la zona, Annobón, Corisco, Santo Tomé y Príncipe, se convirtieron en enormes hipermercados de negros, de donde salieron a centenares de miles camino de sus nuevos destinos vitales.

Ya en tiempos del rey con nombre de coñá, o sea Carlos III, España hizo un movimiento bélico por el cual sus tropas, comandadas por el virrey de La Plata, Pedro de Cevallos, ocuparon la isla de Santa Catalina y la colonia de Sacramento en Rio Grande do Sul, o sea en Brasil. El conde de Floridablanca, hombre fuerte del gobierno carlita, que ya estaba preocupado por el coste que le suponía a España el aprovisionamiento de esclavos para sus colonias, pactó con Portugal una ampliación de las posesiones africanas de España a cambio de devolverle los territorios brasileiros. Fruto de estas negociaciones es el denominado tratado de El Pardo (24 de marzo de 1778), por el cual España se quedaba con Annobon y Fernando Poo. Llama la atención el detalle de que en la expedición que, inmediatamente, se puso a la mar desde Uruguay para hacerse con la colonia, iba un teniente coronel llamado Joaquín Primo de Rivera. Aquella primera expedición fue un desastre. Su jefe, el conde de Argelejo, murió de unas fiebres, y el resto de los miembros, al llegar a Annobón, se encontraron a los esclavos rebelados y en las hostias casi no quedó ningún blanco vivo.

Durante el siglo XIX, España empieza a registrar la presión de la potencia emergente, o sea Inglaterra, la cual se establece en la zona mediante establecimientos como Gold Coast, que además del nombre de un cigarrillo es como se conoció a la actual Ghana, o la ciudad de Lagos, que como sabemos es la capital de la actual Nigeria. También patea por ahí Francia, la cual celebra el fin de la esclavitud en su civilización con la fundación de Ciudad Libre, o sea Libreville.

A pesar de que en 1831 vuelve a haber otra expedición española, la de Marcelino Andrés, e incluso el nombramiento de un gobernador en la persona de Juan José de Lerena, la verdad es que a la España de la primera mitad del XIX, Guinea le sobra. En 1858, un nuevo gobernador, Pedro Chacón, y después José de la Gándara, se lo toman más en serio, echan del país a los misioneros metodistas y a los colones ingleses, traen a los jesuitas y dan carta de naturaleza, por primera vez, a la etnia bubi, en constante dialéctica con los fang, el pueblo mayoritario del continente, al parecer originario de Egipto. Más o menos de aquella época data la colonización de Guinea a la australiana, es decir intentando atraer a delincuentes y otros seres prostibularios que en España ya no tenían destino; así como a negros llegados a África a través de las emigraciones desde Estados Unidos a Liberia; razón por la cual, en aquella primera Guinea era relativamente común encontrar negros apellidados Jones, Douglas, o King. La labor de estos gobernadores no fue fácil, pues los bubis se alzaron contra el poder español, razón por la cual el poder español se llevó por delante a unos 20.000 de ellos. Luego de vencer sobre los bubis, comenzó la expansión por la Guinea continental, donde los españoles habrían de encontrarse con los fang.

España, no obstante, se encontró con la rapiña de las grandes potencias europeas. A Inglaterra le interesaba Fernando Poo y, al parecer, hasta nos llegó a ofrecer 60.000 libras de la época por la isla. Por su parte, Alemania redujo muy notablemente las posesiones españolas, en su beneficio, en la conferencia de Berlín (1884-85). Francia también se hizo con territorios. Todo parecía perdido para España en la Guinea continental hasta que, pasado 1898 y tras el desastre colonial, éste tuvo la curiosa ventaja para la diplomacia española de poder ahora centrarse en el asunto guineano. Aparte de enviar negros cubanos a la zona, España reclamó la reapertura de las negociaciones internacionales, en 1900. Fue en esas negociaciones cuando salvó los muebles, pues se quedó con los 26.000 kilómetros cuadrados que compusieron nuestra colonia guineana; pero cabe recordar que la zona de influencia española, al principio del proceso, era de unos 300.000 kilómetros cuadrados, así reconocidos como españoles en las actas de la Conferencia de Berlín.

En 1923, durante la dictadura de Primo de Rivera, se dieron los primeros reclutamientos de negros guineanos en la legión española. La existencia legal de los negros en su propio país era, como siempre en los regímenes coloniales, bastante problemática y difícil. De hecho, Guinea se gobernaba mediante una especie de consejos vecinales, que quizá pretendían recoger de alguna forma la tradición africana inveterada pero, en cualquier caso, estaban dominados por los blancos. El régimen jurídico de los negros en Guinea a principios del siglo XX incluía medidas como la prohibición de venderles bebidas alcohólicas o contratarlos en determinadas condiciones, digamos, blancas. Los colonos blancos se aprovecharon de la situación de alegalidad del guineano, en mayor medida que de discriminación, y procedieron a expoliarlo, sobre todo en lo que se refiere a los terrenos de explotación comunal, bastante comunes en las relaciones socioeconómicas tribales, y que se fueron aplicando a sus haciendas por el artículo 33, de una forma tan escandalosa que en 1926 la dictadura tuvo que aprobar un decreto ilegalizando parte de aquellos robos.

En 1927, el gobierno primorriverista envió un buque, el Cánovas del Castillo, con la misión de levantar realizar la cartografía de Río Muni, como se llamaba la provincia continental de Guinea. El dato tiene su interés porque en aquella expedición fue un oficial de la Armada que habría de morir casi medio siglo después, sentado en su coche oficial, de vuelta de misa. Era, sí, Luis Carrero Blanco. Y el interés del dato es alto porque, evidentemente, durante aquel viaje, Carrero desarrolló algún tipo de vínculo estrecho con Guinea, que habría de ser muy importante para la historia de esta colonia, después país.

La República, que tan buena se quiere ver para muchas cosas, pasó por Guinea sin romperla ni mancharla. En realidad, el principal valor de Guinea para la República fue como destino de destierro, pues allí fueron enviadas diversas personas que el régimen consideró desterrables; eso, claro, y el famoso escándalo Nombela, del que algún día deberíamos hablar. A pesar de que el país distaba mucho de ser una balsa de aceite, y si no que se lo digan al general Sostoa, gobernador general, asesinado por un miembro de la Guardia Colonial, poco hizo la República por Guinea, aparte de incrementar la presencia de blancos en los pueblos a través precisamente de la guardia colonial. Cabe reconocer que la República hizo intentos, pocos, de mejorar las condiciones sociolaborales (en realidad, suciolaborales) de los negros; pero, aún siendo poco, chocó a menudo con los colonos.

Si hubo dos Españas, apenas hubo dos Guineas (eso si nos olvidamos del pequeño detalle de las relaciones entre negros y blancos, claro). Ciertamente, en la colonia había dos tendencias, llamadas laicos y clericales, cuyas simpatías políticas son fáciles de adivinar. Sin embargo, baste un dato para explicar lo superficial que era todo allí: sólo existía un partido político, llamado Frente Popular pero no muy identificado con el Frente Popular de España. Tenía, en toda Guinea, 150 adeptos. Y la política le resultaba tan interesante que, el 16 de febrero de 1936, ni siquiera reclamó una urna. En Guinea, simple y llanamente, no se votó.

Cuando los nacionales se sublevaron a favor de Franco, animados por el jefe local de la guardia civil, el subgobernador de Bata, Miguel Hernández Porcel, se negó a sumarse. En la orilla del río Ekuku, las tropas republicanas salieron al paso de la expedición rebelde que iba a tomar Bata. Se intercambiaron unos disparos y murieron dos soldados negros. Eso fue todo. Bata permaneció con la República. En realidad, la guerra civil en Guinea se ciñó, sobre todo, a la pelea radiotelegráfica por un barco, el Fernando Poo, que estaba en la zona. Ambas facciones, los sublevados desde Santa Isabel (actual Malabo); y los republicanos desde Bata, llamaban al barco afirmando que ellos eran los representantes de la legalidad, y ordenando al barco que se presentarse en su puerto. Finalmente, el Fernando Poo se fue a Bata, donde fue utilizado como prisión, sobre todo de sacerdotes y monjas. Algunas semanas después llegó a Bata el Ciudad de Mahón, barco de guerra enviado desde Canarias para apoyar la sublevación, el cual bombardeó el puerto y el Fernando Poo, hundiéndolo con los prisioneros dentro. El franquismo consideró a aquellos ahogados mártires de la Cruzada, aunque solía olvidar, habitualmente, que había sido él mismo el que los había enviado al fondo del mar.

Cuando Franco ganó fue cuando se produjo, por primera vez, una auténtica administración española sobre Guinea. Este será el próximo escalón de la escalerita.