martes, diciembre 02, 2008

Cómo admirar a la vez a Marx, Lenin, Mao, Hitler y Franco (2)

Antes de nada, y para contestar a las consultas sobre la fuente del discurso de Macías, yo lo he sacado de un libro que cita dicho discurso, pronunciado en Bata a principios de los años setenta. El libro se llama Historia y tragedia de Guinea Ecuatorial, y es obra de Donato Ndongo Bidyogo.

En fin, sigamos con esta historia.

En agosto de 1938, es decir más o menos cuando Franco comenzó pensar que eso de ganar la guerra iba a ser que sí, el Estado franquista comenzó ya a regular el estatus de Guinea y de sus dos territorios, formados por la isla de Fernando Poo y la llamada Guinea continental. Se instituía la figura del gobernador general, con residencia de Santa Isabel (o sea, Malabo), con un cargo muy de corte colonial, con amplísimos poderes. El gobernador general tenía un subgobernador con residencia en el continente, así como administradores territoriales en las otras islas y en lo distritos continentales de Río Benito y Puerto Iradier. Los administradores generales tenían que ser polis, o sea mandos o bien de la guardia colonial o de bien de la guardia civil.

Asimismo, se creaba el llamado Patronato de Indígenas, institución destinada a procurar el bienestar de la población negra, aunque apenas se contaba con su concurso, pues en el amplio abanico de cargos, patronos y demás, apenas había dos negros, que además tenían que estar emancipados, ser, por lo tanto, miembros de la oligarquía negra formada por los descendientes de los libertos llegados, sobre todo, de Cuba o de Liberia.

El franquismo no reguló propiamente los derechos de los negros hasta 1944. Lo hizo mediante un decreto que dividía a los negros de Guinea en emancipados plenos, emancipados parciales y no emancipados. En términos generales, un negro emancipado pleno era totalmente asimilable a un español residente en Guinea, lo cual quiere decir que a partir de ese momento podía comprar aceite de oliva, pan blanco y tomar bebidas alcohólicas en los mismos bares que los blancos. Aunque había algunas restricciones. No podía hacer guarrerías con mujeres blancas y mucho menos desposarlas. Los blancos también tenían prohibido casarse con negras, pero eso no les importaba demasiado porque el orden de Franco, del muy católico y conservador Franco, les permitía tenerlas en concubinato.

Un negro emancipado, decía la legislación, tenía que tener 21 años y ser suficientemente maduro, expresión ésta que se presta a notables dosis de subjetivismo. Debía de tener cualificación universitaria o similar y poder demostrar un trabajo durante dos años como mínimo en la explotación de un blanco, con un salario mínimo de 5.000 pesetas al año, o haber alcanzado en el funcionariado al menos la categoría de auxiliar indígena. O sea, para ser un negro guineano con derechos había que dar la impresión de que, al lado de uno, el Sidney Poitier de Adivina quién viene a cenar esta noche era un imbécil iletrado.

El emancipado parcial podía endeudarse hasta 10.000 pesetas sin tener que pedir permiso al Patronato, así como ser jurado. No podía ni comprar ni consumir bebidas alcohólicas.

En la base del sistema estaba el negro no emancipado. El cual no podía vender bienes inmobiliarios, contraer obligaciones por encima de 500 pesetas y ni siquiera se le reconocía capacidad jurídica para comparecer por sí mismo ante un tribunal. El sistema de tribunales, por cierto, estaba formado por salas con jueces blancos asistidos por jefes territoriales, en las instancias más bajas, y negros emancipados, en las más altas. Pero, de todas formas, el gobernador general retenía la potestad de anular o cambiar una sentencia a su discreción.

Todos los cargos de representación, notablemente los económicos, eran ocupados por blancos, a muchos de los cuales la normativa les exigía ser acordes con la moral católica. Quizá algún día encuentre a algún obispo que me explique eso de que el concubinato con negras, o como quien dice el concubinato en sí, es acorde con la moral católica.

Con todo, probablemente el mayor descuido social de la metrópoli española respecto de Guinea fue la educación. Muy pocos guineanos alcanzaban el nivel de optar para obtener los certificados de educación y, de los que lo hacían, superaban lo exámenes entre una cuarta y una quinta parte de ellos. En 1944, el director del Instituto Colonial Indígena, Heriberto Álvarez, hizo un esfuerzo racional por impulsar la educación de los guineanos, con una ley de bases de la enseñanza indígena, conocida como Ley Álvarez. A pesar de esos esfuerzos, diez años después de la ley, y en un país mayoritariamente negro como Guinea, todavía la mitad de los escolarizados en el país eran blancos.

Todos los alumnos estaban obligados a hablar en castellano dentro de la escuela, recreo incluido.

Los negros no hacían servicio militar, pero prestaban una especie de servicio social al Estado durante dos años. Bueno, no todos. Los jornaleros por cuenta ajena no cumplían dos, sino cuatro: dos a cuenta de ellos mismos, y otros dos a cuenta de su amo.

El nacionalismo comenzó cuando el gobernador general Mariano Alonso comenzó, según algunas versiones, a albergar la esperanza de ser entronizado por los bubis. La resistencia a esta injerencia forzó la formación del primer grupo propiamente antiespañol, denominado Las Hijas de Bissila. Las protestas llegaron a Madrid y provocaron la visita a la colonia de una comisión de investigación presidida por Carrero, que de esta manera tenía su segundo contacto con la realidad guineana. El gobernador fue cesado.

Pasado este episodio, el nacionalismo más sólido comenzó a surgir a finales de los cuarenta, que es cuando salen de la escuela los primeros maestros negros. Se unieron con algunos propietarios como Acacio Mañé y, por primera vez, esas reuniones fueron transtribales.

En 1952, los negros impulsaron una huelga en el seminario de Banapé para protestar por cosas como la bazofia que comían o que les restringiesen las lecturas. La huelga provocó la expulsión del seminario de algunos prohombres del primer nacionalismo guineano, como Atanasio Ndongo Miyone o Enrique Gori Molubela. Ndongo, a la salida del seminario, toma contacto con la Cruzada de Liberación, organización surgida a la sombra de Mañé, y la convierte en el Movimiento Nacional de Liberación de Guinea Ecuatorial, MONALIGE.

En cuanto en Madrid se olieron la tostada de que los negros comenzaban a organizarse, sacaron a relucir la historia de que la política española en Guinea tenía como objetivo proteger a los no fang del imperialismo de éstos, que afectaba también al Camerún. Una nutrida representación de opositores, entre ellos el propio Ndongo, Jesús Mba, Clemente Ateba, Acacio Mañé y otros, enviaron un memorando a las Naciones Unidas negando todas estas acusaciones y sustentando, por primera vez, el derecho de los guineanos a la autodeterminación.

En la noche del 20 de noviembre de 1958, Acacio Mañé fue sacado de su domicilio. Nadie volvió a verlo. Franco acababa de construir un mártir. Aunque el régimen hizo esfuerzos por tender la mano, sobre todo mediante declaraciones de que la dependencia de los guineanos había llegado a su fin, no consiguió evitar que el nacionalismo se exacerbase. Además, el juego sucio continuó. El 21 de noviembre de 1959, fue asesinado en Gabón Enrique Nvó, líder del MONALIGE. Radicalizado por este hecho, el otro líder del partido, Atanasio Ndongo, comenzó a frecuentar a las fuerzas socialistas de la zona y a viajar por países de la órbita soviética, explicando que la reciente ley de provincialización de Guinea, que según se pretendía en Madrid terminaba con el colonialismo, era en realidad ineficaz. Por su parte, Antonino Eworo, Clemente Ateba, Jesús Mba y otros fundaban el IPGE (Idea Popular de Guinea Ecuatorial), partido anticolonialista aunque algo más moderado respecto de la independencia.

Mientras ocurría esto en Guinea, en Madrid también había sus leches. Estamos ya en 1960 y hace ya algunos años, unos tres, que los llamados tecnócratas han comenzado a entrar en las estructuras de la cúpula del franquismo. De la mano de Luis Carrero, que es su gran factótum en los inicios, en mayor medida que la fuerza del Opus Dei. Carrero tiene intereses en Guinea, se ha escrito que incluso de índole económica y de negocios, y por lo tanto tiene un alto interés en el mantenimiento del status quo. En la otra esquina el gobierno, está Fernando María Castiella. Castiella era un franquista sincero, pero como ministro de Asuntos Exteriores era el tipo al que le tocaba ir por el mundo adelante y acabar escuchando que al franquismo no había por dónde cogerlo. Como la obsesión de Castiella, y quizá la orden que tenía de Franco, era conseguir la normalización internacional de España, el ministro lo intentó. Suya fue, por ejemplo, la idea de que España solicitase, en 1962, el ingreso en la Comunidad Económica Europea. Pero, claro, en los foros internacionales a Castiella le comían la oreja con que tenía que ser España un país presentable. Y ser presentable pasaba por dejar de ser colonialista. Así pues, Castiella era partidario de la autodeterminación de Guinea.

El corolario de estos enfrentamientos fue una nueva legislación sobre gobierno y administración de Guinea, de 1960, que creó diputaciones y ayuntamientos, además de establecer que las provincias de Fernando Poo y Río Muni tendrían representantes en el Consejo Nacional del Movimiento y en las Cortes. No obstante, ante esas Cortes, en 1964, el almirante Carrero diría: “somos respetuosos como nadie con la autodeterminación, pero cuando es de verdad, es decir cuando lo que votan saben lo que votan”. Dicho de otra forma, seguía sin creer en el albedrío de los negros.