viernes, diciembre 19, 2008

Binarios

A los lectores habituales de este blog quiero hacerles una advertencia previa para que no se decepcionen. Este post de hoy no les va a contar nada. En realidad, es sólo una opinión que me apetece colocar en este pequeño diario. Así pues, si a lo que eres aficionado es a conocer historias, esta llamada de hoy puedes saltártela. En fin, me apetece escribir estas líneas. Pero es sólo un paréntesis, de seguido volveremos a nuestras Historias. Pido, pues, disculpas por la digresión.

La Guerra Civil del siglo XX es el periodo histórico español más inaprensible en el que se me ocurre pensar. En torno a la GCE se produce uno de los fenómenos más curiosos, a la par que desilusionantes, que he visto como aficionado a la Historia. Es, probablemente, el periodo histórico mejor documentado. No hay nada en la Historia de España sobre lo que haya escrito tanta gente y tantas veces y eso incluye, especialmente, los testimonios directos. Prácticamente cada español que sabía levantar un bolígrafo y tuvo un papel mínimamente relevante en la gestación, desarrollo y consecuencias de la guerra, ha escrito algo. Aviadores, artilleros, comisarios políticos, falangistas de primera línea, nacionalistas vascos, catalanes, requetés, anarcosindicalistas, faístas, troskistas, prosoviéticos, burgueses, católicos, laicos, hombres, mujeres, franquistas, antifranquistas. Todos han aportado su granito de arena al conocimiento de la guerra.

Cualquier aficionado a la Historia se desespera cuando se mueve en un terreno en el que las referencias son escasas. ¿Quién fue en realidad Akhenatón? ¿En qué consistió, hablando en profundidad, la revolución amarniana, quién la impulsó, por qué, qué sustrato político hubo en su gestación y en su fracaso? Todas estas preguntas apenas pueden los egiptólogos contestarlas mediante teorías, suposiciones; mediante algo que podríamos denominar «modelos históricos». Si los egiptólogos contasen con menos de la centésima parte de referentes directos con que cuenta todo aquél que se acerca al conocimiento de la GCE, estoy seguro de que serían inmensamente felices. El estudio de la GCE consiste en bañarse en una generosísima piscina de datos y de puntos de vista.

Lo esquizofrénico del proceso es que, teniendo la oportunidad de saber muchas cosas, no queremos saber. Porque el, por así llamarlo, público de la Guerra Civil Española, más que saber, lo que quiere es que le confirmen lo que ya sabe antes de haberlo sabido.

Toda persona que investiga parte de hipótesis que trata de confirmar. Pero si una persona obtiene siempre confirmación para las hipótesis que se ha planteado, entonces tiene que pensar que o bien es un genio fuera de lo común o bien, simple y llanamente, no es un investigador. Es lo que yo denominaría un investigador, o conocedor, de parte.

La mayoría de las personas que conozco mínimamente interesadas en la Guerra Civil Española son personas que han decidido, antes de investigarla, cuál va a ser su interpretación final de los hechos. Investigar, para ellos, consiste, básicamente, en tomar de los hechos aquéllos que confirman dicha idea, y desechar, o, en el mejor de los casos, «reinterpretar», los demás. Es evidente que no hay nada malo en tener una interpretación, y defenderla. Pero las interpretaciones, en un método mínimamente científico, han de ser interpretaciones ex post, no ex ante.

La enorme proliferación de estos investigadores prejuiciales, incluso en el ámbito de la historiografía (yo diría: especialmente en este ámbito, especialmente entre los historiadores) ha generado una situación binaria. La Guerra Civil Española consiste, básicamente, en un enfrentamiento entre un Cero y un Uno. Utilizando la terminología del catecismo del padre Astete: entre un combatiente que era compendio de todo Mal, sin mezcla de Bien alguno; contra otro combatiente que era compendio de todo Bien, sin mezcla de Mal alguno.

En realidad, da igual quién es el Cero y quién el Uno, porque la metodología es la misma; es igual que la cosa vaya de convencer al mundo de que Franco era un santo varón o de que Negrín merecía el Nobel de la Paz porque, en el fondo, quienes tal cosa pretenden hacen exactamente lo mismo. Los Binarios, que son legión en este asunto, legión aplastantemente mayoritaria, pervierten la gran virtud de la GCE como hecho histórico, la abundancia de documentación, para lograr sus fines. Cualquiera que se tome el trabajo de hacer lecturas y escribir fichas puede escribir un libro de seiscientas páginas en el que no haya ni una sola crítica a la persona del general Franco, o de Largo Caballero, y aún así citar decenas, si no centenares, de libros en el apéndice bibliográfico y las notas.

En entornos de gran riqueza referencial, en realidad lo que importa, lo que marca la diferencia, es la honestidad del investigador. Honestidad no quiere decir contar la verdad. Eso queda para los niños pequeños. El mundo real es mucho más complicado y una de sus mayores complicaciones es que la verdad no existe. Y si puede existir una verdad moral o religiosa para quien crea en estas cosas, desde luego lo que no existe, nunca, es la verdad histórica. La interpretación histórica es un ejercicio enormemente complejo repleto de caminos que se bifurcan. El interpretador de los hechos históricos se enfrenta a retos como decidir en qué medida va a dar importancia al contexto contemporáneo de los hechos que juzga o va a realizar un juicio más propio de su momento. Tomar uno u otro camino nos puede llevar a conclusiones en ocasiones radicalmente diferentes. Saber eso, y actuar en consecuencia, es el núcleo duro de eso que he llamado honestidad del investigador.

En mi opinión, nos movemos en un entorno en el que la honestidad del investigador es muy, muy escasa. Por eso nos encontramos con efectos como que, por ejemplo, las biografías de los personajes de la guerra se dividan en hagiografías y trabajos dedicados a describir la absoluta indignidad del personaje analizado. Casi no hay términos medios. Los libros al uso sobre la Guerra Civil apenas plantean preguntas; más bien lo que hacen es dejar claras, desde la página 1, las respuestas. Y, por eso, en los libros sobre la Guerra Civil rara vez encontramos personajes medio héroes, medio villanos; medio listos, medio tontos; medio traidores, medio incorruptibles. Sólo encontramos héroes listos e incorruptibles, y villanos tontos y traidores. Y, sin embargo, esto es lo que fueron muchos de ellos. Pero para saberlo, no tenemos más remedio que leer un libro de un historiador Uno, otro de un historiador Cero, y luego dividir por dos, como en el cole.

Otro efecto de este estado de cosas es que, demasiado a menudo, lo que uno piensa sobre las cosas pese tanto, o más, que las cosas. En un entorno de honestidad histórica, los hechos son todo lo sagrados que su conocimiento permite que lo sean. El historiador respeta, más que nada, los hechos, aunque sepa que es su tarea interpretarlos y relacionarlos con otros hechos mediante metodologías o modelos que le son propios. En la buena Historia, los análisis son tributarios de los hechos. Pero en esta Historia nuestra, son los hechos los que son tributarios de los análisis. Y, como digo, siempre habrá fuentes que abonen y confirmen lo que vemos o creemos ver.

Resulta, pues, decepcionante que habiendo heredado un caudal tan enorme de datos, de información, estemos construyendo un entorno en el que a veces da la impresión de que, cuanto más tiempo pasa, menos sabemos. Y es doblemente triste porque, ciertamente, esto ya ocurrió en el pasado. Recuerdo bien que la penúltima vez que tuve el placer de almorzar con Tiburcio Samsa le regalé un libro de uno de los más vehementes propagandistas del franquismo, Mauricio Karl, dedicado en cuerpo y alma a la demostración de que los principales elementos de la República española habían sido unos sodomitas; libro que, evidentemente, se escribió en unos tiempos en los que la homosexualidad tenía un baldón que hoy no tiene. Lo que ocurre, pues, no es nada nuevo.

Y cuando la sensación que se tiene es que la ciencia histórica, lejos de avanzar, retrocede, la única palabra puede ser: decepción.