Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
El 8 de enero de 1926 recomenzó el cabildeo político. Siguiendo el plan, el rechazo de los socialdemócratas llevó a Hindenburg a pedirle a Luther que negociase un nuevo gabinete, cosa que éste consiguió el día 20.
El segundo gobierno Lutero se hizo
con los mismos partidos que habían formado el anterior: DVP, Zentrum y DDP; la
única excepción, pues, era el relapso DNVP. Permanecieron en el gabinete: el
propio Luther, independiente, como canciller; Stresemann, DVP, Exteriores; Karl
Stingl, DVP, Correos; Rudolf Krohne, DVP, Transportes; Otto Gessler,
independiente, Defensa; y Heinrich Brauns, Zentrum, en Trabajo. Entraron los
miembros del DDP: Wilhelm Külz (Interior) y Peter Reinhold (Finanzas). Asimismo,
el DVP Julius Curtius entró como ministro de Economía; el Zentrum Heinrich
Haslinde fue ministro de Alimentación y Agricultura. Y, finalmente, el ex
canciller Wilhelm Marx fue nombrado ministro de Justicia y de Territorios
Ocupados.
Luther se fue al debate de
investidura con la intención de hacerle mucho la pelota a los socialdemócratas.
El SPD no había entrado en el gobierno porque los partidos burgueses no se
habían avenido a avanzar en los derechos sociales de los sucios proletarios,
que al fin y al cabo iban en contra de sus brillantes carteras; pero el
gobierno era consciente de que necesitaba como poco la indiferencia roja para
poder sobrevivir. Como suele ocurrir, ante la imposibilidad manifiesta de darle
a los partidos obreristas ventajas de verdad para la gente, lo que hizo el
gobierno fue ofrecerle esas ventajas al propio partido. Luther, en
consecuencia, anunció una serie de leyes que no es que fuesen demasiado buenas
para el personal; pero a quien le ponían un piso en la Castellana era a los
sindicatos. El típico si no hay derechos habrá marisco de toda la vida.
El debate se encendió poti-poti
cuando tomó la palabra Wilhelm Henning, el portavoz del DNVP. El partido
derechista acusó al gobierno de ser “el asesino de su propio pueblo” con la
firma de Locarno. Kuno von Westarp, que en marzo sería aclamado líder de la
formación, anunció una dinámica de oposición permanente por parte del partido
derechista.
Las derechas hollaban terreno
fácil. Los socialdemócratas no se veían nada convencidos; las posibilidades
eran altas de que el voto de confianza del gobierno se perdiera. Y se
perdió. De 440 diputados, sólo 160 le votaron
a favor. Sin embargo, el gobierno sobrevivió porque sólo hubo 150 votos en
contra (DNVP, comunistas y nacionalsocialistas); el SPD salvó los muebles
absteniéndose.
[Aprovecho esta información para introducir un off-topic personal: nunca he entendido que en los parlamentos democráticos se permita la abstención. Lo menos que se le puede pedir a un tipo, tipa o tipe cuyo trabajo es ser diputado, es tener claro si una ley le gusta o no le gusta. Yo no sé vosotros; pero yo, cuando menos, no voto a gente para que luego vaya al parlamento a decir que no tiene nada que decir sobre los proyectos que se le someten; claro, será quizás por eso que no les voto.]
Este gobierno tremendamente débil
le envió el 10 de febrero a Sir Eric Drummond, secretario general de la Liga de
las Naciones, la petición alemana de tener una copia de las llaves. Se
demandaba un puesto permanente en el Consejo junto a Francia, Gran Bretaña,
Italia y Japón; el consejo tenía otros seis miembros elegidos por la asamblea
con mandatos de tres años.
El 8 de marzo se reunieron el Consejo y la Asamblea de la Liga. Stresemann y Luther estaban presentes en el
encuentro. Cuatro países pusieron objeciones a la entrada de Alemania en la
Liga: Polonia, Brasil, China... y España. Todos ellos reclamaron ser declarados
miembros permanentes del consejo. Esto bloqueaba en la práctica el tema, ya que
la entrada de un nuevo miembro en la Liga era como las modificaciones de la
fachada del edificio: tenía que aprobarse por todos los comuneros.
En medio de todo ese merdé, Gran
Bretaña, de forma un tanto extraña, anunció que apoyaba las dudas españolas; y
Francia apoyó las polacas. Polonia, de forma muy racional en mi opinión,
opinaba que Alemania no podía tener un puesto permanente en el Consejo mientras
sus conflictos territoriales con Polonia no estuviesen adecuadamente resueltos;
en corto, pues, estaba argumentando que Locarno se había quedado corto; algo que pensaban los polacos desde el minuto uno de la firma, la verdad.
Tras un acalorado debate, la Liga
propuso que Alemania entrase con un puesto permanente en el Consejo; pero que
se creasen tres puestos no permanentes adicionales para Polonia, Brasil y
España. Polonia, no muy convencida, acabó aceptando. Pero no así Brasil, que
anunció que vetaría la entrada de Alemania; aunque el 11 de junio, finalmente,
fue el propio país el que abandonó la Liga. España, asimismo, también amenazó
con largarse. Considerando que nuestro mayor peso pesado en las reuniones de la Liga era Salvador de Madariaga, un señor que, digamos las cosas como son, era un poco brasas y truñete, supongo que muchos países estarían esperando con ilusión que los hispanos cumpliesen su amenaza.
Así las cosas, el 17 de marzo la
Liga llegó a la conclusión de que el tema de la entrada de Alemania era muy
complicado, y que había que darle tiempo. Se anunció una revisión de las reglas
de funcionamiento de la Liga, definidas por una comisión de estudio en la que
se invitó a Alemania.
Cuando Stresemann regresó a
Berlín, el 18 de marzo, el ambiente urdido contra él por la Prensa de derechas
era casi irrespirable. El 22 de marzo, el DNVP, reclamando que Alemania diese
marcha atrás en su solicitud de entrar en la Liga de Naciones, lanzó una moción
de censura, que fue derrotada por 141 votos afirmativos contra 260 negativos.
Una vez más, el SPD había salvado al gobierno.
Mientras ocurría todo esto, en las
frías semanas del principio de 1926, muchos apostaban porque Adolf Hitler era
un político acabado. Apenas había aparecido en la escena pública desde que
salió de Landsberg. Desde el 26 de febrero de 1925, el Völkischer Beobachter había superado la prohibición y vuelto a
publicarse; pero aun así Hitler tenía prohibido hablar en público en mas de
media Alemania.
Durante su “exilio”, Hitler había
puesto el NSDAP en manos de Alfred Rosenberg y Hermann Esser. Ninguno de ellos
había nacido para caudillo, como decía monseñor Escrivá de Balaguer de sus
ovejas del Opus Dei; razón por la cual el partido se disolvió en querellas
internas y, de hecho, se había roto en dos: el llamado Partido Germano o DP,
donde estaban los nacionalsocialistas bávaros; y el NSFP, del que ya hemos
hablado, formado fundamentalmente por nacionalsocialistas de otras partes de
Alemania, con perfiles socialmente mucho menos conservadores, muchos de ellos
filo socialistas, con fuerza sobre todo en el noroeste del país.
Con mucho esfuerzo, los mandos del
NSDAP consiguieron refundarlo el 27 de febrero de 1925, aglutinando a estas dos
facciones, utilizando para ello la argamasa del liderazgo personal de Hitler,
que era lo único que verdaderamente unía a aquellos falangistas y jonsistas
alemanes. Esta unión era muy importante para Hitler puesto que el austríaco,
tras su paso por la cárcel y la experiencia del putsch, donde había aprendido que las probabilidades eran muy altas
de que cualquier movimiento por la fuerza fuese traicionado por los políticos
profesionales, había decidido que la forma de llegar al poder era por medios
constitucionales. Así, el partido fue dividido en 35 distritos electorales, al
frente de los cuales fue puesto un responsable regional que recibió un cargo
que se repite machaconamente en la literatura sobre el nazismo: Gauleiter.
La diversificación geográfica del
NSDAP, es decir la pérdida de su identidad bávara por influjo de la
ultraderecha filo socialista del noroeste, provocó la entrada de nuevos nombres
en el círculo de confianza del líder. Hitler recibió muy bien estas incorporaciones,
consciente de que su capacidad personal a la hora de construir una organización
de ámbito nacional eran pocas. Hitler, efectivamente, era algo así como un
aseado líder catalán; pero, claro, tenía el problema de que en Sanxenxo no lo
conocía ni dios.
Fueron estas nuevas
incorporaciones las que dieron más peso a la parte socialista del apellido
nacionalsocialista. Fundamentalmente, fueron Gregor Strasser y Josef Göbels.
Strasser, que paradójicamente era bávaro (geisenfeldino, para más datos), era
químico de profesión y había luchado en el ejército, donde había recibido la
Cruz de Hierro de primera clase. Pero lo que era, sobre todas las cosas, era un
pico de oro modelo hitleriano, y un organizador excelente. Para Strasser, no
había problema insoluble; lo que había eran nenazas que no sabían resolverlo.
El 11 de marzo de 1925, Hitler le había encargado personalmente la organización
del NSDAP en la Alemania noroccidental; un paso que Adolfo consideraba conditio sine qua non para poder, algún
día, labrar un peso electoral potable. Cuando Strasser llegó a estas
responsabilidades, el NSDAP tenía en la locomotora económica noroccidental unas
70 secciones del partido, y algunas de ellas más teóricas que prácticas. Meses
después, eran 262, y todas marcando el paso.
Strasser era un devoto creyente de
las veleidades anticapitalistas del programa de puntos del NSDAP. Algo menos
fogoso, pero no mucho, era Göbels; pero esa relativa tenuidad no le impedía
pensar que una de las cosas que tenía que hacer el partido era girar su
discurso hacia mensajes más sociales y de izquierdas. Göbels quería la
destrucción del capitalismo. En su diario escribió: “Nacional y Socialista.
¿Qué viene primero? No hay duda sobre la respuesta a esta pregunta entre
nosotros en el oeste [de Alemania].
Primero, redención socialista; después, la liberación nacional habrá de llegar
como un huracán.” Göbels, de hecho, consideraba que tenía más en común con los
comunistas que con la burguesía. Y, cuando menos en lo que toca a la opinión de
este amanuense, era verdad; pues los fascismos, al fin y a la postre, siempre
se entienden entre ellos.
El 24 de enero de 1926, el Arbeitsgemeinschaft o Comunidad de
Trabajo de los Gau nacionalsocialistas del norte y el oeste de Alemania, es
decir las nuevas incorporaciones a la célula bávara original, se reunieron en
Hanover para diseñar un nuevo programa nacionalsocialista con mayores tintes
socialistas.
En estas discusiones fue donde se
alumbraron algunas de las ideas que acabarían por instilar muchos fascismos
europeos, entre ellos el español. Muy en concreto, se abogó por un Estado
corporativo, es decir, una economía y una sociedad perfectamente organizadas
desde la cúpula. Admitiendo la propiedad privada, por ejemplo de los
agricultores (cosa obvia pues de lo contrario en zonas rurales no les votaría
nadie), se abogaba por el control estatal de diversas industrias.
Los reunidos en Hanover ni
pudieron ni quisieron atacar o cuestionar el liderazgo de Hitler. Pero lo que
sí hicieron fue atacar el liderazgo del nacionalsocialismo bávaro, que
consideraban propio de personas de clase media, no auténticos socialistas anticapitalistas.
Cuando llegó a oídos de Hitler la
crónica de la reunión de Hanover, se puso furioso. Para mí es bastante evidente
que Adolf Hitler, como persona que era que había crecido políticamente en una
ciudad como Munich que las había pasado tiesas a causa de las veleidades
revolucionarias marxistas, tenía de socialista lo que yo de lagarterana. Por
eso, aquella reunión, que en la práctica era una OPA en la que un NSDAP
pretendía adquirir de modo hostil otro NSDAP,
le pareció un ultraje. Convocó a pelo puta una reunión de líderes nacionalsocialistas
el 14 de febrero en Bamberg, en la Franconia de Arriba.
Lo primero que hizo el austríaco
fue llevarse a Bamberg a todos sus lugartenientes y soldados bávaros. Se preocupó muy mucho que de
Strasser y Göbels pudieran estar; pero, al mismo tiempo, puso mil problemas
para que la mayoría de los dirigentes del nacionalsocialismo noroccidental
pudiesen llegar.
Ante los 60 delegados que lograron
estar en Bamberg, que fueron básicamente los que Hitler quiso que estuvieran,
el líder planteó una cuestión simple: ¿debía seguir siendo el NSDAP un partido
con un líder único y todopoderoso? ¿O el poder del partido lo tiene su
programa? Planteó, pues, lo que podríamos definir como Cuestión Julio Anguita.
Interesante pregunta. La respuesta
es simple: en los partidos democráticos, ocurre lo segundo; en los partidos
que, organizativamente hablando, son fascistas, ocurre lo primero. Ésta es la
razón de que apenas haya, hoy en día, partidos democráticos. En España, que yo cuente, ninguno.
Al final del encuentro, cuando ya
había dejado prístinamente claro que a él nadie le montaba una reunioncita
paralela para decidir una mierda, un Hitler en toda su sazón habló durante
cinco horas. Habló, por ejemplo, de política exterior, tema en el que dijo que
Alemania tenía que tener claro que su archienemigo mortal era Francia; pero, al
tiempo, descartando cualquier alianza con la Unión Soviética. Y sabía lo que
decía, porque eso: utilizar la unidad de intereses con la URSS, era,
precisamente, una de las cosas que Strasser y Göbels propugnaban.
Asimismo, Hitler hizo una
profesión de fe sin fisuras en defensa de la propiedad privada; y se negó, muy
particularmente, a la idea, que había circulado en Hanover, de proceder a
expropiarle sus tierras a la familia real para distribuirlas entre los
campesinos.
Por supuesto, la principal
conclusión de la reunión fue la aceptación del liderazgo indiscutido de Hitler;
y su afirmación de que el nacionalismo, no el socialismo, era lo que estaba en
el centro de la ideología nacionalsocialista. Strasser hizo una declaración muy
corta en la que se limitó a expresar su total obediencia a las órdenes del
Führer, momento en el que Hitler le pasó el brazo por los hombros, en un gesto
que todo el mundo interpretó como de reconciliación.
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