jueves, mayo 07, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (35): Rebelión en la granja

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


El 8 de enero de 1926 recomenzó el cabildeo político. Siguiendo el plan, el rechazo de los socialdemócratas llevó a Hindenburg a pedirle a Luther que negociase un nuevo gabinete, cosa que éste consiguió el día 20.

El segundo gobierno Lutero se hizo con los mismos partidos que habían formado el anterior: DVP, Zentrum y DDP; la única excepción, pues, era el relapso DNVP. Permanecieron en el gabinete: el propio Luther, independiente, como canciller; Stresemann, DVP, Exteriores; Karl Stingl, DVP, Correos; Rudolf Krohne, DVP, Transportes; Otto Gessler, independiente, Defensa; y Heinrich Brauns, Zentrum, en Trabajo. Entraron los miembros del DDP: Wilhelm Külz (Interior) y Peter Reinhold (Finanzas). Asimismo, el DVP Julius Curtius entró como ministro de Economía; el Zentrum Heinrich Haslinde fue ministro de Alimentación y Agricultura. Y, finalmente, el ex canciller Wilhelm Marx fue nombrado ministro de Justicia y de Territorios Ocupados.

Luther se fue al debate de investidura con la intención de hacerle mucho la pelota a los socialdemócratas. El SPD no había entrado en el gobierno porque los partidos burgueses no se habían avenido a avanzar en los derechos sociales de los sucios proletarios, que al fin y al cabo iban en contra de sus brillantes carteras; pero el gobierno era consciente de que necesitaba como poco la indiferencia roja para poder sobrevivir. Como suele ocurrir, ante la imposibilidad manifiesta de darle a los partidos obreristas ventajas de verdad para la gente, lo que hizo el gobierno fue ofrecerle esas ventajas al propio partido. Luther, en consecuencia, anunció una serie de leyes que no es que fuesen demasiado buenas para el personal; pero a quien le ponían un piso en la Castellana era a los sindicatos. El típico si no hay derechos habrá marisco de toda la vida.

El debate se encendió poti-poti cuando tomó la palabra Wilhelm Henning, el portavoz del DNVP. El partido derechista acusó al gobierno de ser “el asesino de su propio pueblo” con la firma de Locarno. Kuno von Westarp, que en marzo sería aclamado líder de la formación, anunció una dinámica de oposición permanente por parte del partido derechista.

Las derechas hollaban terreno fácil. Los socialdemócratas no se veían nada convencidos; las posibilidades eran altas de que el voto de confianza del gobierno se perdiera. Y se perdió.  De 440 diputados, sólo 160 le votaron a favor. Sin embargo, el gobierno sobrevivió porque sólo hubo 150 votos en contra (DNVP, comunistas y nacionalsocialistas); el SPD salvó los muebles absteniéndose.

[Aprovecho esta información para introducir un off-topic personal: nunca he entendido que en los parlamentos democráticos se permita la abstención. Lo menos que se le puede pedir a un tipo, tipa o tipe cuyo trabajo es ser diputado, es tener claro si una ley le gusta o no le gusta. Yo no sé vosotros; pero yo, cuando menos, no voto a gente para que luego vaya al parlamento a decir que no tiene nada que decir sobre los proyectos que se le someten; claro, será quizás por eso que no les voto.]

Este gobierno tremendamente débil le envió el 10 de febrero a Sir Eric Drummond, secretario general de la Liga de las Naciones, la petición alemana de tener una copia de las llaves. Se demandaba un puesto permanente en el Consejo junto a Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón; el consejo tenía otros seis miembros elegidos por la asamblea con mandatos de tres años.

El 8 de marzo se reunieron el Consejo y la Asamblea de la Liga. Stresemann y Luther estaban presentes en el encuentro. Cuatro países pusieron objeciones a la entrada de Alemania en la Liga: Polonia, Brasil, China... y España. Todos ellos reclamaron ser declarados miembros permanentes del consejo. Esto bloqueaba en la práctica el tema, ya que la entrada de un nuevo miembro en la Liga era como las modificaciones de la fachada del edificio: tenía que aprobarse por todos los comuneros.

En medio de todo ese merdé, Gran Bretaña, de forma un tanto extraña, anunció que apoyaba las dudas españolas; y Francia apoyó las polacas. Polonia, de forma muy racional en mi opinión, opinaba que Alemania no podía tener un puesto permanente en el Consejo mientras sus conflictos territoriales con Polonia no estuviesen adecuadamente resueltos; en corto, pues, estaba argumentando que Locarno se había quedado corto; algo que pensaban los polacos desde el minuto uno de la firma, la verdad.

Tras un acalorado debate, la Liga propuso que Alemania entrase con un puesto permanente en el Consejo; pero que se creasen tres puestos no permanentes adicionales para Polonia, Brasil y España. Polonia, no muy convencida, acabó aceptando. Pero no así Brasil, que anunció que vetaría la entrada de Alemania; aunque el 11 de junio, finalmente, fue el propio país el que abandonó la Liga. España, asimismo, también amenazó con largarse. Considerando que nuestro mayor peso pesado en las reuniones de la Liga era Salvador de Madariaga, un señor que, digamos las cosas como son, era un poco brasas y truñete, supongo que muchos países estarían esperando con ilusión que los hispanos cumpliesen su amenaza.

Así las cosas, el 17 de marzo la Liga llegó a la conclusión de que el tema de la entrada de Alemania era muy complicado, y que había que darle tiempo. Se anunció una revisión de las reglas de funcionamiento de la Liga, definidas por una comisión de estudio en la que se invitó a Alemania.

Cuando Stresemann regresó a Berlín, el 18 de marzo, el ambiente urdido contra él por la Prensa de derechas era casi irrespirable. El 22 de marzo, el DNVP, reclamando que Alemania diese marcha atrás en su solicitud de entrar en la Liga de Naciones, lanzó una moción de censura, que fue derrotada por 141 votos afirmativos contra 260 negativos. Una vez más, el SPD había salvado al gobierno.

Mientras ocurría todo esto, en las frías semanas del principio de 1926, muchos apostaban porque Adolf Hitler era un político acabado. Apenas había aparecido en la escena pública desde que salió de Landsberg. Desde el 26 de febrero de 1925, el Völkischer Beobachter había superado la prohibición y vuelto a publicarse; pero aun así Hitler tenía prohibido hablar en público en mas de media Alemania.

Durante su “exilio”, Hitler había puesto el NSDAP en manos de Alfred Rosenberg y Hermann Esser. Ninguno de ellos había nacido para caudillo, como decía monseñor Escrivá de Balaguer de sus ovejas del Opus Dei; razón por la cual el partido se disolvió en querellas internas y, de hecho, se había roto en dos: el llamado Partido Germano o DP, donde estaban los nacionalsocialistas bávaros; y el NSFP, del que ya hemos hablado, formado fundamentalmente por nacionalsocialistas de otras partes de Alemania, con perfiles socialmente mucho menos conservadores, muchos de ellos filo socialistas, con fuerza sobre todo en el noroeste del país.

Con mucho esfuerzo, los mandos del NSDAP consiguieron refundarlo el 27 de febrero de 1925, aglutinando a estas dos facciones, utilizando para ello la argamasa del liderazgo personal de Hitler, que era lo único que verdaderamente unía a aquellos falangistas y jonsistas alemanes. Esta unión era muy importante para Hitler puesto que el austríaco, tras su paso por la cárcel y la experiencia del putsch, donde había aprendido que las probabilidades eran muy altas de que cualquier movimiento por la fuerza fuese traicionado por los políticos profesionales, había decidido que la forma de llegar al poder era por medios constitucionales. Así, el partido fue dividido en 35 distritos electorales, al frente de los cuales fue puesto un responsable regional que recibió un cargo que se repite machaconamente en la literatura sobre el nazismo: Gauleiter.

La diversificación geográfica del NSDAP, es decir la pérdida de su identidad bávara por influjo de la ultraderecha filo socialista del noroeste, provocó la entrada de nuevos nombres en el círculo de confianza del líder. Hitler recibió muy bien estas incorporaciones, consciente de que su capacidad personal a la hora de construir una organización de ámbito nacional eran pocas. Hitler, efectivamente, era algo así como un aseado líder catalán; pero, claro, tenía el problema de que en Sanxenxo no lo conocía ni dios.

Fueron estas nuevas incorporaciones las que dieron más peso a la parte socialista del apellido nacionalsocialista. Fundamentalmente, fueron Gregor Strasser y Josef Göbels. Strasser, que paradójicamente era bávaro (geisenfeldino, para más datos), era químico de profesión y había luchado en el ejército, donde había recibido la Cruz de Hierro de primera clase. Pero lo que era, sobre todas las cosas, era un pico de oro modelo hitleriano, y un organizador excelente. Para Strasser, no había problema insoluble; lo que había eran nenazas que no sabían resolverlo. El 11 de marzo de 1925, Hitler le había encargado personalmente la organización del NSDAP en la Alemania noroccidental; un paso que Adolfo consideraba conditio sine qua non para poder, algún día, labrar un peso electoral potable. Cuando Strasser llegó a estas responsabilidades, el NSDAP tenía en la locomotora económica noroccidental unas 70 secciones del partido, y algunas de ellas más teóricas que prácticas. Meses después, eran 262, y todas marcando el paso.

Strasser era un devoto creyente de las veleidades anticapitalistas del programa de puntos del NSDAP. Algo menos fogoso, pero no mucho, era Göbels; pero esa relativa tenuidad no le impedía pensar que una de las cosas que tenía que hacer el partido era girar su discurso hacia mensajes más sociales y de izquierdas. Göbels quería la destrucción del capitalismo. En su diario escribió: “Nacional y Socialista. ¿Qué viene primero? No hay duda sobre la respuesta a esta pregunta entre nosotros en el oeste [de Alemania]. Primero, redención socialista; después, la liberación nacional habrá de llegar como un huracán.” Göbels, de hecho, consideraba que tenía más en común con los comunistas que con la burguesía. Y, cuando menos en lo que toca a la opinión de este amanuense, era verdad; pues los fascismos, al fin y a la postre, siempre se entienden entre ellos.

El 24 de enero de 1926, el Arbeitsgemeinschaft o Comunidad de Trabajo de los Gau nacionalsocialistas del norte y el oeste de Alemania, es decir las nuevas incorporaciones a la célula bávara original, se reunieron en Hanover para diseñar un nuevo programa nacionalsocialista con mayores tintes socialistas.

En estas discusiones fue donde se alumbraron algunas de las ideas que acabarían por instilar muchos fascismos europeos, entre ellos el español. Muy en concreto, se abogó por un Estado corporativo, es decir, una economía y una sociedad perfectamente organizadas desde la cúpula. Admitiendo la propiedad privada, por ejemplo de los agricultores (cosa obvia pues de lo contrario en zonas rurales no les votaría nadie), se abogaba por el control estatal de diversas industrias.

Los reunidos en Hanover ni pudieron ni quisieron atacar o cuestionar el liderazgo de Hitler. Pero lo que sí hicieron fue atacar el liderazgo del nacionalsocialismo bávaro, que consideraban propio de personas de clase media, no auténticos socialistas anticapitalistas.

Cuando llegó a oídos de Hitler la crónica de la reunión de Hanover, se puso furioso. Para mí es bastante evidente que Adolf Hitler, como persona que era que había crecido políticamente en una ciudad como Munich que las había pasado tiesas a causa de las veleidades revolucionarias marxistas, tenía de socialista lo que yo de lagarterana. Por eso, aquella reunión, que en la práctica era una OPA en la que un NSDAP pretendía adquirir de modo hostil otro NSDAP, le pareció un ultraje. Convocó a pelo puta una reunión de líderes nacionalsocialistas el 14 de febrero en Bamberg, en la Franconia de Arriba.

Lo primero que hizo el austríaco fue llevarse a Bamberg a todos sus lugartenientes y soldados bávaros. Se preocupó muy mucho que de Strasser y Göbels pudieran estar; pero, al mismo tiempo, puso mil problemas para que la mayoría de los dirigentes del nacionalsocialismo noroccidental pudiesen llegar.

Ante los 60 delegados que lograron estar en Bamberg, que fueron básicamente los que Hitler quiso que estuvieran, el líder planteó una cuestión simple: ¿debía seguir siendo el NSDAP un partido con un líder único y todopoderoso? ¿O el poder del partido lo tiene su programa? Planteó, pues, lo que podríamos definir como Cuestión Julio Anguita.

Interesante pregunta. La respuesta es simple: en los partidos democráticos, ocurre lo segundo; en los partidos que, organizativamente hablando, son fascistas, ocurre lo primero. Ésta es la razón de que apenas haya, hoy en día, partidos democráticos. En España, que yo cuente, ninguno. 

Al final del encuentro, cuando ya había dejado prístinamente claro que a él nadie le montaba una reunioncita paralela para decidir una mierda, un Hitler en toda su sazón habló durante cinco horas. Habló, por ejemplo, de política exterior, tema en el que dijo que Alemania tenía que tener claro que su archienemigo mortal era Francia; pero, al tiempo, descartando cualquier alianza con la Unión Soviética. Y sabía lo que decía, porque eso: utilizar la unidad de intereses con la URSS, era, precisamente, una de las cosas que Strasser y Göbels propugnaban.

Asimismo, Hitler hizo una profesión de fe sin fisuras en defensa de la propiedad privada; y se negó, muy particularmente, a la idea, que había circulado en Hanover, de proceder a expropiarle sus tierras a la familia real para distribuirlas entre los campesinos.

Por supuesto, la principal conclusión de la reunión fue la aceptación del liderazgo indiscutido de Hitler; y su afirmación de que el nacionalismo, no el socialismo, era lo que estaba en el centro de la ideología nacionalsocialista. Strasser hizo una declaración muy corta en la que se limitó a expresar su total obediencia a las órdenes del Führer, momento en el que Hitler le pasó el brazo por los hombros, en un gesto que todo el mundo interpretó como de reconciliación.

Göbels era otra historia. En las semanas posteriores a Bamberg, se convirtió en el objetivo número uno de las conspiraciones de Hitler. Lo quería fuera, o comiéndole el rabo; sin medias tintas. Lo invitó el 8 de abril a hablar en Munich y, antes de la fecha, le confesó a sus íntimos que tenía la intención de hablar con él para convencerlo. Göbels era cualquier cosa menos tonto. Sabía lo que había pasado; sabía que, una vez que Strasser había hecho el movimiento que había hecho, a él no le quedaba otra. Así pues, fue, vio, y venció. El 9 de abril, cuando Göbels terminó su discurso en la Bürgerbräukeller, Hitler lo abrazó teatralmente, con lágrimas en los ojos. Göbels escribió en su diario: “Me inclino ante el más grande, el genio político”. Y no mentía. Acabaría demostrando esa admiración saludando la muerte de su líder con el asesinato de sus hijos, de su mujer, y de él mismo.

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