jueves, junio 18, 2026

Franco y los EEUU (11): El engaño




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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones


La Prensa estadounidense estuvo muy interesada, y durante varios días, por los sucesos estudiantiles en España. El 17 de febrero, The New York Times editorializó sobre el tema, destacando el hecho de que Falange había perdido todo su poder en España, y que se había convertido en la jeta que se llevaba todas las hostias que recibía Franco. El 23 de abril, Gianfarra informó del juicio a cuatro detenidos de los sucesos de febrero, que fueron defendidos por José María Gil Robles. El hecho de que los detenidos fuesen acusados de difundir propaganda política prohibida, unida a la decisión de celebrar el juicio a puerta cerrada, sirvió para acentuar el tono crítico que el periodista estadounidense le dio a todo el asunto.

Todo este tema acabó por incrementar la preocupación de la embajada. En la calle Serrano estaban cada vez más convencidos de que la independencia de Marruecos, la movida estudiantil y los crecientes problemas laborales (el coste de la vida estaba provocando un rosario de huelgas, más o menos permitidas) estaba colocando al régimen contra las cuerdas.

En términos generales, cabe decir que los observadores estadounidenses sobrevaloraron el desprestigio del general Franco. El desprestigio, ojo, existió; Franco, en 1956, sufrió tentativas de acorralamiento por parte de, como poco, Falange y la Iglesia; por no mencionar los sectores del ejército que todavía pensaban que habían hecho lo que habían hecho para traer a un rey, y que ahora le reclamaban al jefe del Estado que se bajase del tiovivo. Estas presiones, sin embargo, nunca llegaron a ser serias, porque hay una cosa que Franco había hecho muy bien: descabezar a la oposición política real, allende la raya del régimen; y, consecuentemente, la presión para convertir España en una democracia era eso que los profesores de Física, cuando explican la cinemática, llaman un rozamiento despreciable.

Ciertamente, Franco enfrentaba, entre las elites del poder en España, un grave problema con la independencia de Marruecos. A menudo olvidamos que la independencia de Marruecos fue un hecho, desde algunos puntos de vista, más traumático que la pérdida de las colonias americanas. En primer lugar, la independencia de los Estados americanos se produjo en un momento convulso en el que, además, la actitud de las 13 colonias británicas en América había marcado un camino. Marruecos se marchó ya en el siglo XX, dejando a España sin su última, por así decirlo, posesión imperial. Para Franco, aquello era especialmente problemático, teniendo en cuenta hasta qué punto había tratado de jugar la carta de su pro arabismo; una posición que lo seducía mucho, sobre todo teniendo en cuenta la distancia, tanto personal como política, que siempre sintió hacia los judíos.

Otro elemento importante del análisis estadounidense sobre el terreno tiene que ver con el hecho de que la embajada, como tantas otras personas durante y después de la vida de Franco, no había tenido demasiado interés por entender a aquel señor bajito y regordete. Esta falta de un análisis real de la persona real, de sus motivaciones, de su capacidad de hacer o deshacer, es la que está detrás de la seguridad desarrollada por los observadores estadounidenses de que la estrecha relación entre España y los Estados Unidos, unida al ingreso de España en diversas organizaciones multilaterales, llevaría a Franco a “autocensurarse”, por así decirlo, a la hora de continuar la represión de su pueblo.

En este punto, pues, quedó claro que los funcionarios estadounidenses habían calculado que Franco, una vez que formase parte del Fondo Monetario, del Banco Mundial y de la Unión Internacional de Sexadores de Pollos, sería ese típico jefe de Estado que se dedicaría a viajar por el mundo para construirse imagen de moderno y guay; un poco lo mismo que hizo, décadas después, Leónidas Breznev, cuando, en cumbres internacionales, se dejó fotografiar relajado en la cubierta de yates con unas gafas de sol puestas, en plan latin lover. Pero Franco, claro, casi nunca salió de España, nunca mostró interés alguno por su imagen internacional, y prefirió poder seguir siendo el represor que había sido hasta entonces. Al fin y al cabo, le había funcionado de cojones.

Lo cierto, sin embargo, era que las publicaciones, sobre todo de Gianfarra, esto lo ponían en peligro. El conocimiento explícito y detallado en Estados Unidos de las represiones de que eran objeto estudiantes y trabajadores podía activar a los grupos de opinión más liberales en el país, y ponerle palos en las ruedas a casi cualquier elemento de ayuda posible.

En aquel entorno, por otra parte, a la preocupación de que el poder de Franco se pudiera tambalear, la embajada comenzaba a añadir la preocupación por lo muy frecuentes que estaban empezando a ser las ocasiones en las que Estados Unidos salía, en términos de imagen, a empatar el partido en España. Un ejemplo de esto era el tema del aceite de oliva. En España apenas había aceite para las casas, y el que había tenía unos precios prohibitivos. La imaginación española, no con datos muy sólidos, desarrolló rápidamente la idea de que España cosechaba suficiente aceite para la población; pero que ese aceite no llegaba porque lo acaparaba el gigante estadounidense; entre otras cosas porque, al instrumentarse buena parte de su ayuda a través de sus excedentes agrícolas, así le daba salida a otros tipos de aceite de los que era excedentaria. Que relatos como éste prendiesen con mucha facilidad en la sociedad española era la mejor prueba de que la actitud inicial en plan Americanos, os recibimos con alegría, estaba empezando a cambiar.

Estados Unidos, además, fue víctima colateral del gran enfrentamiento producido en 1956 entre Franco y Falange. El caudillo, buscando cauterizar definitivamente la herida de una Falange dirigida por hombres demasiado falangistas, por así decirlo, había sustituido a Fernández Cuesta  por José Luis Arrese. Arrese, sin embargo, le salió rana, probablemente por presiones dentro del propio movimiento falangista; y aquel año de 1956 quiso sacar adelante unos proyectos legislativos seudo fascistas, que trataban de colocar incluso al propio Franco bajo el poder omnímodo del Partido.

Uno de los elementos colaterales de aquella tentativa de Arrese fue el traslado a los cuadros de la Falange de la orden de que tenían que “ganar la calle”; que tenían que convertirse en líderes de la sociedad española, y abrogarse todos los éxitos de desarrollo del país. Y eso incluía los acuerdos con los Estados Unidos y la ocupación de bases españolas por sus tropas. Falange comenzó a invitar a sus actos a representantes oficiales estadounidenses, y hacía una publicidad total de su presencia. Evidentemente, no consiguieron otra cosa que mover al Departamento de Estado a ordenar a sus diplomáticos que se abstuviesen en lo posible de ir a esos actos.

En el verano de 1956, las señales de alarma se incrementaron cuando por parte española comenzó a dejarse meridianamente claro que los acuerdos con Estados Unidos no estaban funcionando bien. El ministro de Marina, almirante Salvador Moreno Fernández, incluso se negó a cumplir los acuerdos, dado que tenía un serio desacuerdo en torno a la cuestión de a quién competía la seguridad de las instalaciones aeronavales ocupadas por los estadounidenses. Los españoles querían que el ejército estadounidense sólo se ocupase de la seguridad interior. El tema, conforme Moreno fue dejando claro que por sí mismo no iba a firmar una mierda, fue escalando hasta que quedó claro que era Franco quien tendría que solucionarlo. Pero Franco dejó que se pudriese sin hacer nada, en lo que los americanos interpretaron como una medida de presión.

Todas estas situaciones vinieron a coincidir con la ola que se vino después de los sucesos de 1956; un momento en el que las tendencias más conservadoras dentro del régimen encontraron muchos argumentos para poder decir eso de “te lo dije”; puesto que, efectivamente, el régimen había ensayado una tímida permisividad (más que apertura) de la mano del ministro Ruiz Giménez; y aquello había terminado con un falangista recibiendo un tiro en la cabeza. En consecuencia, los hombres de la Administración Eisenhower, que siempre habían estado inquietos ante los problemas que les podría causar estar amigados con un régimen dictatorial como el español, ahora que dicho régimen parecía girar en un sentido todavía más ultraconservador, aumentaban dicha inquietud. Además, los observadores de la embajada comenzaban a ser cada vez más conscientes de que se estaban quedando sin el aval de una población que ya no estaba totalmente entregada a la admiración del amigo americano. Conforme avanzaba el tiempo tras la firma de los acuerdos, los españoles comprobaban, desalentados, que su vida no mejoraba. Que, aunque la propaganda oficial publicase fotos y fotos de los pallets recién descargados de comida procedente de los Estados Unidos, o hablase de la ayuda económica, España seguía sin remontar el vuelo. Los españoles, de un modo u otro, se sentían engañados.

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